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Qué fácil parece todo cuando se ve… Hacia Lindenow

Al caer la noche, después de cenar, nos dedicamos a escudriñar las curvas de nivel del mapa iluminado por nuestros frontales y con el dedo describiríamos lo que podría ser la mejor ruta.

A la mañana siguiente, el plan sería seguir por un antiguo trazado en color negro marcado en el papel, hasta subir al segundo plató, para luego desviarnos del mismo, ya que nuestra intención era ir en la dirección opuesta. Nos adentrábamos en un terreno totalmente desconocido y oculto por nieve recién caída. Todo parecía “fácil” al ver el impresionante paisaje, pero sabíamos que no sería así. El lugar no regala nada si no es a cambio de algo, y lo comprobaríamos  en poco tiempo.

Desayuno, leche y café en polvo, avena, pan wasa y galletas con mermelada, simple pero efectivo.

Desayuno: leche y café en polvo, avena, pan wasa y galletas con mermelada, simple pero efectivo.

 

Aunque sabemos que viene una borrasca, hoy aprovecharemos al máximo el esplendido día.

Aunque sabemos que viene una borrasca, hoy aprovecharemos al máximo el esplendido día.

 

Jorge atraviesa un pequeño manto de nieve nueva en el plató, lleva una sonda de avalanchas para ir palpando el suelo en búsqueda de las temidas grietas ocultas. Poco a poco nos vamos desviando del antiguo trazado en color negro (significado del color como peligroso) del mapa para ir más al Este.

Jorge atraviesa un pequeño manto de nieve nueva en el plató, lleva una sonda de avalanchas para ir palpando el suelo en búsqueda de las temidas grietas ocultas.
Poco a poco, nos vamos desviando del antiguo trazado en color negro (significado del color como peligroso) del mapa para ir más al Este.

QUÉ FÁCIL PARECE TODO EN UN DÍA SOLEADO

Amanece  un día esplendido, el Sol luce y se refleja, una brisa helada nos da de lleno en la cara, hay que taparse mientras seguimos ahora vinculados a través de la cuerda de seguridad. El progreso es suave, Jorge va delante tanteando el suelo con la sonda cada pocos pasos. Además de grabar la ruta en nuestros gps, dejamos un rastro de nuestras pisadas a posta.

El causante del viento helado es una densa niebla, que nos está ocultando el impresionante paisaje repleto de las montañas flotantes o nunataks, llamadas así por los antiguos esquimales.

Aquí veréis las vistas del primer plató

 

La heladora niebla se acerca pasando por encima, en poco nos adentraremos en una nueva zona de grietas.

La heladora niebla se acerca pasando por encima, en poco nos adentraremos en una nueva zona de grietas.

EMPIEZA LA RUMBA…

¡Y de qué modo! mientras vamos avanzando en un pedazo de día soleado, podemos ver desde lejos el posible paso por el que iremos, aunque la pendiente aparenta ser no muy inclinada, las grietas están ahí, ocultas en el manto nevoso.

La nieve nueva es fácil distinguirla por el color más brillante y limpio, aun no está compactada, siendo la que nos puede meter en líos, ya que hace de falso tapón a la hora de pisar.

Los peligros objetivos se cambian por peligros subjetivos e incertidumbre, sobre todo para el que va delante palpando con la sonda.

Lo mejor es ir turnándose, para compartir el riesgo al andar en un lugar así. Había que llevar la cabeza muy fría y en alerta total, lo que conllevaba más desgaste mental.

Nos encontrábamos haciendo zigzags mientras andábamos por un terreno parecido a un ¡campo de minas! no sabíamos cuándo podía colapsar el suelo.

Andamos en silencio, con la vista clavada tratando de diferenciar los tonos más blanquecinos del suelo. Es hora de hacer un nuevo zigzag y a la vez de recoger un poco de cuerda con una mano,  procurando que siguiera en tensión entre los dos, en la otra mano, sujetando fuertemente un piolet preparado para frenar una posible caída del otro. AQUÍ UN EJEMPLO: CÓMO FRENAR UNA CAIDA EN GRIETA

De vez en cuando mirábamos de reojo las bocas abiertas en el hielo, eran negras, oscurecidas por la gran profundidad, tratábamos de evitar su cercanía pero cada vez nos adentrábamos donde no había ni un metro cuadrado seguro en la superficie.

 

Los bloques de hielo colgantes o seracs nos cortan el paso más seguro, nos vamos apartando de la posible caída de esas grandes moles, obligándonos a entrar por la zona de grietas. Foto de Jorge

Los bloques de hielo colgantes o seracs nos cortan el paso que aparenta más seguro. Nos vamos apartando de la posible caída de esas grandes moles, obligándonos a entrar por la zona de grietas. Foto de Jorge

No sé si será lo mejor, comentamos, pero no nos va a avisar si un tempano de tres plantas de altura decide deslizarse por la empinada pendiente de unos 500 metros de altura…

ANDANDO ENCIMA DE CÚPULAS DE CATEDRALES

Después de un rato de zigzagueo en tensión total, encontramos una “isla” de unos 6 metros cuadrados de superficie segura, rodeada de un mar de infames grietas. Paramos a comer algo y marcar el lugar en el gps, por si no nos quedara otra de pasar la noche allí.

De nuevo, intercambiábamos la sonda y esta vez después de unos pocos pasos tuvimos que reandar nuestras tenues pisadas para encontrar la “isla” otra vez, llevábamos algo más de cuatro horas de aquí para allá avanzando algunos metros. Había que arriesgar un poco más si no queríamos pasar la noche en esa pesadilla, apretamos los dientes y cruzamos el primer puente de hielo “fino”,  otro y otro… ufff, -¡recoge cuerda Jorge! le decía, estábamos demasiado flojos de cuerda, si alguno se cae nos podemos estampar en el fondo de estas grietas.

Debido a la tensión de andar allí, se nos atragantó hasta la única barrita de cereales que comimos en tooodo el día.

¡Qué gracia! –Este lugar no nos regala nada, decía Jorge. -¿A ver? ¿Y si tiramos un poco más a la izquierda? esa fue mi ocurrente pregunta afirmativa. –¡!Vale!! Dijo. Y nos metimos sin darnos cuenta en un lugar terrible.

A través de algunos huecos que no tapaba la nieve, pudimos ver la exagerada profundidad de 30 ó 40 ó 50 metros, cascadas de agua helada caían en escalones, aristas afiladas abajo, estalactitas colgantes y enormes bloques desprendidos de hielo apoyados en enormes paredes de azul cobalto. Un mundo frío e inerte nos esperaba.

Pero lo más preocupante era lo que estaba bajo nuestros pies. Una fina capa de unos 30 centímetros hacía de techo en aquellas grietas, a veces cubría casi la misma superficie que la cuerda desplegada que nos vinculaba a los dos.

Estaban dispuestas como a contrapelo, lo que hacía que en nuestra dirección de marcha no nos percatásemos del peligro de estar sobre esas cúpulas, ya que lo que tratábamos era de ascender por allí. Así estuvimos otra angustiosa larga hora, hasta que decidimos volver sobre nuestros pasos de nuevo y entender su orografía.

¡Mi cara lo dice todo! alivio al salir de las enormes cúpulas, aunque sigue habiendo dificultades, estas no son comparables. Por cierto… no tengo fotos de ese temido lugar por razones obvias, no quiero tener más pesadillas jejeje. Foto de Jorge

¡Mi cara lo dice todo! alivio al salir de las enormes cúpulas, aunque sigue habiendo dificultades, estas no son comparables. Por cierto… no tengo fotos de ese temido lugar por razones obvias, no quiero tener más pesadillas jejeje. Foto de Jorge

 

Detalle de una larga grieta y los “famosos” falsos tapones. Encontrado un paso más seguro, solo era cuestión hacer ahora largos zigzags. Foto de Jorge

Detalle de una larga grieta y los “famosos” falsos tapones. Encontrado un paso más seguro al fin, solo era cuestión hacer largos zigzags. Foto de Jorge

Nos había llevado algo más de seis horas remontar un desnivel de 300 metros y plantarnos casi a 1400 metros ¡estábamos en el casquete polar! ¡Bien!

El color de la superficie se hizo más homogéneo, no distinguíamos tan fácilmente la nieve “fresca” debido al ángulo del Sol de la tarde.

Más pendientes de buscar un lugar protegido del viento catabático, decidimos acampar en el lado Este del valle helado al pie de otro nunatak, fijando la vista en un enorme bloque hundido en un gran cráter de hielo.

Caminábamos ya más relajados, contemplando el magnífico paisaje alrededor de nosotros, dejamos atrás la montaña con el puntiagudo centinela en la cima. Y zassssss, de repente sin darme cuenta caí en una grieta quedándome las piernas completamente en el aire. ¡Jorge!!  ¡Pillamé!!! Le grité.

Cuando le volví a mirar, estaba tirado sobre el piolet clavándolo en la nieve compacta, así me paró para no ser engullido por la grieta, quedándome totalmente atorado.

La suerte estaba a nuestro favor, Jorge me había parado para que no me tragara aquel agujero. Tensó la cuerda y con un poco de trabajo pude salir, el hecho de llevar doble mochila ayudó también para quedarme atorado, aunque apenas me podía mover por el peso y por todos los cachivaches que se suelen llevar en la progresión de un glaciar, se resolvió con alguna sonrisa nerviosa…jejeje.

Nuevo campamento instalado al pie del cráter de hielo.

Nuevo campamento instalado al pie del cráter de hielo.

 

Antes que oscurezca nos dimos un pateo sin lastre hasta el collado Este, estamos ya en la vertiente del fiordo de Lindenow. Foto de Jorge

Antes que oscureciera nos dimos un pateo sin lastre hasta el collado Este, estabámos ya en la vertiente del fiordo de Lindenow. Foto de Jorge

 

¡Impresionantes vistas! Ha merecido la pena subir a pesar de la mala visibilidad por la densa niebla. Foto de Jorge

¡Impresionantes vistas! Ha merecido la pena subir a pesar de la mala visibilidad por la densa niebla. Foto de Jorge

 

Otra rica cena de liofilizados con alguna chuchería más, otro día intenso pero contentos.

Otra rica cena de liofilizados con alguna chuchería más. Dejamos encendido el hornillo de gas para estar más cómodos y de vuelta a estudiar el mapa como pasatiempos, día intenso pero contentos.

El único pensamiento o más bien deseo era tener un día más de visibilidad, ya que al ver la “meteo” que nos daba el deLorme, la cosa no pintaba nada bien. Esa misma noche la niebla se apoderó del suelo y era tan espesa como fantasmagórica.

A ver qué aventuras tendremos mañana…Reflexionamos.

Continuará……………………………………………………

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Rumbo de colisión

<<Dicen que las pesadillas son peores cuando se vuelven realidad>>

Hacía bastantes días que no incluía entradas en el blog y continuar con el diario de la travesía del Atlántico. Ensimismado andaba en mis estudios para terminar mi titulación náutica o lo poco que me queda.

Uno de los motivos por los que me embarqué en esta aventura fue para coger verdadera experiencia en navegación oceánica, o como pone en el título náutico “Capitán de Yate” sin limitaciones, en el que estoy a punto de finalizar… La normativa exige 48 horas embarcado y programar una derrota o rumbo de viaje a un destino como única práctica, cosa que me parece insuficiente después de haber vivido y comprobado en primera persona una travesía oceánica.  Desde siempre me ha parecido que estudiar un libro de texto y “aprobar” un examen tipo test con sus estúpidas preguntas “trampa” y un fin de semana de prácticas no ayudará mucho a la hora de enfrentarse a los pormenores de una travesía en alta mar o en medio de una galerna…sería una locura creerse algo que no se es aunque lo ponga un trozo de papel ¿no?

Vientos de Fuerza 7 levantan borreguitos en las crestas de las olas.

Vientos de Fuerza 7 levantan borreguitos en las crestas de las olas.

Hasta tres días estuvimos subidos en aquellas grandes olas, que continuamente hacían que el barco tuviera que corregir constantemente su rumbo debido a los zigzags yendo escorados, y apoyados sobre grandes rampas de tempestuosa agua que nos hacían orzar (derrapar). Gracias a que la embarcación llevaba  instalado un piloto automático conectado al sistema hidráulico de gobierno, corregía casi instantáneamente los latigazos moviendo la gran pala del timón.

Hora tras hora, nos libramos del intenso y difícil esfuerzo de manejar la rueda e ir luchando por corregir los azotes de la mar en una navegación de empopada. Manu llegó a agradecer al piloto automático el gran trabajo mecánico del que nos estábamos librando. Aunque a veces las cosas se le complicaban a la máquina, sobretodo cuando el viento arreciaba y trataba de tumbarnos más de la cuenta, entonces había que tomar la rueda del timón.

Aquellos días se hacían largos, parecíamos una pequeña nuez en una centrifugadora. Las noches eran frías y con bastante humedad, aunque solamente teníamos que estar atentos de la pantalla del radar y ayudar a trimar las velas, el cansancio hacía mella. Antes de anochecer y como de costumbre, arrancamos el motor del barco para poder cargar las baterías y así asegurar el suministro eléctrico al piloto automático, y al alumbrado para ser vistos.

Otro elemento imprescindible durante las guardias era la pantalla del Chartplotter  o más comúnmente GPS , aunque en este, el sistema era algo más sofisticado ya que incluía además el sistema AIS (Sistema de Identificación Automática) que detectaba barcos en las inmediaciones.

Trayecto de nuestro barco, cuando es captada la señal de radio VHF, ya estamos visibles en los mapas!

Trayecto de nuestro barco cuando es captada la señal de radio VHF, !ya estamos visibles en los mapas!

http://sailandtrip.com/que-es-el-sistema-ais-sistema-de-identificacion-automatico/  

-Sencilla Web donde poder buscar nuestro barco, dando el nombre y la nacionalidad https://www.marinetraffic.com/es/ais/home/centerx:-12.0/centery:25.0/zoom:4

Manu y Mikel detectan en la pantalla del radar, un buque mercante que viene a rumbo contrario al nuestro, como aparece el distintivo de llamada del navío en el sistema AIS, llamarán para que varíe su derrota (dirección). Foto de Elena

Manu y Mikel, detectan en la pantalla del radar un buque mercante que viene a rumbo contrario al nuestro, como aparece el distintivo de llamada del navío en el sistema AIS, llamarán para que varíe su derrota (dirección). Foto de Elena

A veces lo desconocido alimenta la imaginación hasta tal punto que hace reales los miedos. Despertar de una pesadilla que nos mantiene en vilo y de repente incorporarse sobresaltado, hasta darse cuenta uno que solo era eso, un mal sueño. Pero ¿qué pasaría si lo que estamos viviendo fuera real?

Lunes 25 de abril

La mar de fondo está remitiendo, Manu baja a la cocina para prepararse una sopa, está de guardia. Mientras, en la pantalla del chartplotter ha visto que está al alcance del radar un buque portacontenedores de 200 metros de eslora (longitud) navegando a 17 nudos, tres veces la velocidad del velero.

Sentado cómodamente en cubierta, sigue la trayectoria del portacontenedores en la pantalla, el sistema le da la hora de cuando nos rebasará y por qué costado lo hará. Mientras tanto poco a poco todo el mundo terminamos de cenar y cada cual se va a descansar.

Casi es medianoche, Manu, con un golpe de vista,ya ve las luces del gran buque, está a unas 3 millas solamente  por la amura de estribor. Vuelve a revisar el cata vientos y trima la vela mayor, al rato vuelve a mirar la pantalla del radar, algo le llama la atención cuando mira por la borda, ve otras luces a lo lejos, esta vez desde el costado de babor. Algo no cuadra, piensa, vuelve a mirar y revisa la pantalla, ve que sigilosamente nuestro barco ha dado una vuelta completa cambiando el rumbo en sentido contrario, asombrado, mira el indicador del piloto automático, este se ha vuelto loco, Manu no sabe lo que está pasando, toma el timón para ver qué ocurre y nota atónito que éste no responde, el barco está girando como una peonza en todas direcciones en medio de las olas.

En la pantalla vemos otros dos buques en vuelta encontrada o a rumbo de colisión, que pasan cerca, nosotros somos la flecha.

En la pantalla vemos otros dos buques en vuelta encontrada o a rumbo de colisión, que pasan cerca, nosotros somos la flecha.

Mientras tanto el buque sigue su dirección al 276º. Sin darnos cuenta, el timón del velero ha ido suelto el tiempo suficiente como para ponernos a rumbo de colisión del mercante. Manu avisa por radio al gran portacontenedores para  que varíe su ruta, ya que nosotros estamos a la deriva por el fallo del timón y no podemos maniobrar.

De repente noto una estridente luz en la cara y la voz en alto de Manu,

-Chicos hay que levantarse tenemos un problema, estamos sin gobierno y un mercante nos está dando alcance. ¡Subid pronto!

En el más completo aturdimiento nos levantamos, creyendo que es una broma o una pesadilla, pero ésta vez es real. Saltamos del camarote y subimos a cubierta.

-¡hay que recoger la génova para que el velero pierda velocidad! nos indica.

Al soltar la escota, ha quedado sin control peligrosamente la gran vela dando bandazos con riesgo de que se destroce, Manu corre a la proa para tratar de enrollar la vela a mano nuevamente.

-El enrollador de la génova está atrancado Jose! Grita.

Dejo de pulsar el botón del winche eléctrico del cabo de recogida de la vela, y de un salto me planto en la cocina a por un cuchillo para tratar de cortar el cabo trabado.

A su vez el puño de escota de la génova (una anilla de acero del tamaño de una pelota de tenis al que se amarra el cabo que la tensa) da latigazos buscando la cabeza de alguno para romperla y lanzarlo por la borda en mitad de la noche.

-¡Al carajo! Venga todos al camarote de popa, creo que sé lo que ocurre, se ha desconectado el brazo del timón. Dice Manu.

Todos corriendo tratamos de sujetarnos a lo que vamos encontrando en medio de la oscuridad, yendo a trompicones por la cubierta hasta llegar al camarote, comenzamos a desmontar el cuarto para acceder a la escotilla del espejo de popa donde está el mecanismo de gobierno del velero.

Con Manu, luchando por arreglar la avería. Elena nos va pasando las herramientas y arriba en la cubierta está Juanjo agarrado a la palanca de fortuna sujetando el timón, para poder bloquearlo y no nos aplaste las manos en el reducido espacio que tenemos para poder reparar la avería. Foto de Elena

Con Manu, luchando por arreglar la avería. Elena nos va pasando las herramientas y arriba en la cubierta está Juanjo, agarrado a la palanca de fortuna sujetando el timón para poder bloquearlo, y no nos aplaste las manos en el espacio tan reducido que tenemos para poder reparar la avería. Foto de Elena

Espacio reducido, donde el brazo del timón nos podía aplastar las manos.

El lugar es mínimo, el brazo del timón amenazante nos puede aplastar las manos.

El camarote de popa es un auténtico desastre, herramientas, tablas y demás trastos ruedan mientras la mar nos azota de un lado al otro. Al no tener control sobre la dirección del barco se queda peligrosamente atravesado a merced de las olas.

Una vez bloqueada la pala del timón, queda la difícil tarea de atornillar el mecanismo que se soltó en ese espacio tan pequeño y peligroso. Unos milímetros más, observo, va ser muy difícil poder colocarlo, mientras, miro la camiseta de manga larga que me regaló mi madre para el viaje, pienso en ella y en el lío que estamos metidos después de varios intentos infructuosos por conectar la pieza averiada.

Juanjo, arriba, agarrado como puede a la palanca de fortuna y bloqueando el vaivén del gran timón, ve pasar cerca el buque que un rato antes nos estaba dando alcance. Seguramente se han quedado extrañados al vernos en su pantalla, viendo los giros que da el velero junto a ellos…

– ¡Ya se está alejando el barco ! Grita aliviado mientras sujeta fuertemente la barra de hierro.

Llevamos bregando con la dichosa pieza hace rato y no hay manera de poder roscarla. Teniendo la cabeza metida en el pequeño compartimento, me puedo apoyar sobre las tuberías hidráulicas a fin de evitar el constante mareo y volver a intentar roscar el puñetero tornillo.

Por una pequeña pieza estamos a la deriva a 500 millas de tierra (926 kilómetros) en una situación bastante comprometida.

Manu grita y jura en arameo aguantando el sistema hidráulico.

Suavemente inclino la pieza y noto algo distinto en las puntas de los dedos. Esta vez, el dichoso tornillo se ha alojado en su sitio.

– ¡Lo vamos a conseguir! grito a Manu esperanzado.

Poco a poco todo vuelve a la normalidad, el sistema está funcionando nuevamente, Manu corre a cubierta y comprueba la rueda del timón.

-¡!Tenemos gobierno, coño, menos mal!!

Con el trajín debido a la avería,  la génova ha estado todo el tiempo suelta, flameando incontroladamente hasta engancharse su escota, en uno de los candeleros de la borda, arrancando los dos guardamancebos (barras y cables de seguridad para evitar la caída por la borda de algún tripulante). Ahora debemos arreglar el desorden de cabos y normalizar la vela teniendo extremo cuidado de que no nos golpee el puño de la escota. Otro ratito de apuros con la dichosa vela hasta que tuvimos que cortar el cabo de la driza del enrollador, esta es la tercera vez que debemos cortar el cabo. A este ritmo nos vamos a quedar sin cabos sanos en el barco…teniendo en cuenta que el velero salió de Coruña con todos los cabos nuevos cuatro meses antes.

El normal lio de cabos por la cubierta, siempre hay que cuidarse de que no caiga por la borda ninguno o podría provocar una peligrosa avería si lo coge la hélice.

El  lío normal de cabos en la cubierta de un velero, siempre hay que cuidarse de que no caiga ninguno por la borda o podría provocar una peligrosa avería si lo coge la hélice.

Habían pasado cerca de 5 horas hasta que solucionamos las averías. Perdimos la noción del tiempo, agudizándose los sentidos frente a una situación intensa como la que vivimos la madrugada el día 26 de abril. Fuimos capaces de solventar todas las averías, aportando cada uno su valiosa ayuda, excepto Mikel que dormía profundamente durante toda la noche y sin despertarse a pesar de tanto griterío en medio de aquel desastre.Al final, nos dimos un gran abrazo por el gran trabajo que acabábamos de realizar, el barco estaba de nuevo seguro rumbo a las Azores y el gran buque había desaparecido del horizonte.

El trabajo que hizo el piloto automático durante aquellos días de grandes olas, había forzado al sistema llevándolo hasta el límite, acrecentándose por un mal acoplamiento o por un mal diseño en una conexión, haciendo que se soltara un minúsculo tornillo, metiendo en un lío a la toda la tripulación del velero, exponiéndose al abordaje por un gran mercante con muchas papeletas de hacernos desaparecer sin que apenas se dieran cuenta de nuestra presencia.

¿Porqué será que las posibles desgracias suceden de noche y todas a la vez? ¿será que el destino nos estaba probando?, bueno, solo pensaré que formaba parte de la aventura y por ello la podemos contar.

Juanjo adujando cabos después de una larga noche de averías, gracias a tu esfuerzo pudimos colocar el maldito tornillo en su sitio. Foto de Elena

Juanjo adujando cabos después de una larga noche de averías, gracias a tu esfuerzo pudimos colocar el maldito tornillo en su sitio. Foto de Elena

 

Una imagen vale más que mil palabras, así amaneció el día después de la pesadilla, gracias Elena, que estuviste al quite corriendo de aquí para allá para que no nos faltara nada mientras tratábamos de arreglar aquel entuerto, por cierto…como molan esas gafas ;)

Una imagen vale más que mil palabras, así amaneció el día después de la pesadilla, gracias Elena, que estuviste al quite corriendo de aquí para allá para que no nos faltara nada mientras tratábamos de arreglar aquel entuerto, por cierto…como molan esas gafas 😉

Al fin la recompensa, no estábamos solos, nos acompañaban los juguetones delfines. Foto de Elena

Al fin la recompensa, no estábamos solos, nos acompañaban los juguetones delfines. Foto de Elena

 

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Encuentro con las grandes olas

Para navegar sobre estas latitudes los vientos de poniente pasaban a gran altura, por ello, la única manera de tener empuje era aproximarse a la zona de inestabilidades o el llamado frente polar Atlántico. Una zona que en los meses de abril se encontraba entre los paralelos  30º y 40º Norte.

Nuestra posición en el océano

Al no haber alisios (brisas del NE portantes y estables de hasta 14 nudos de velocidad), tendríamos que ayudarnos por los vientos de las “colas” de las tormentas, además con un nuevo elemento, las grandes olas del Atlántico Norte. En el nuevo rumbo hacia las islas Azores nos ayudaríamos de la energía del mar de fondo, provocado por el viento de las lejanas tormentas tropicales en su desplazamiento a las zonas frías de la Tierra.

Surfeando las olas

Semanas antes de iniciar la singladura, Manu me explicó detenidamente los detalles técnicos de la navegación, además de los recursos de la naturaleza que nos ayudaría para llevarla a cabo, estos serían; tipos de vientos que nos afectarían, corrientes marinas y las olas. Estas últimas no serían precisamente pequeñas, como más tarde pudimos comprobar.

Llegaba el momento de utilizar el último recurso para navegar, no sin antes preparar el barco para las violentas sacudidas (empopadas) que nos producirían. La misión de la tripulación ahora, era la de asegurar todo aquello en el interior y el exterior que fuera susceptible a caerse de su sitio o ser lanzado por la nave en sus enérgicos movimientos, como menaje de cocina, aparatos mal afianzados o amarrados o cualquier cosa que nos pudiera golpear, cortar, clavar y perder durante el tiempo que durase la mar de leva o mar de fondo. Manu nos afirmó que duraría algunos días este nuevo efecto de la mar. Esta fuerza de la naturaleza era difícil de controlar incluso para los expertos timoneles.

Cada vez estamos más cerca de la goleta, alcanzando 9 nudos de velocidad

El barco surfeaba empujado por las olas desde atrás, dando continuos y rápidos latigazos de lado, orzando (derrapando) mientras se deslizaba entre las grandes rampas de agua.

Seguíamos al gran velero, como si fuera una regata, motivados por los vientos de popa y el empuje del mar de fondo, trimamos las velas como un equipo, cada uno agarrado a un cabo, manivela del winche o al timón, decidimos que no nos dejaría atrás. Toda la tarde transcurrió así, llegando la sorprendente velocidad de 9 nudos, Manu gritaba;

-dale una vuelta más a la maquinilla (winche) para templar (tensar) el cabo de la escota de la mayor !más rápido!

al rato decía,

-!Preparados para largar la escota de la génova! !vamos a dar un bordo! !atención con la botavara! 

Acto seguido daba un golpe de timón, la emoción se apoderaba de nosotros, manteníamos una gran velocidad que lentamente nos iba acercando al Gulden Leeuw.

-Ahora vamos de empopada, vamos a poner las velas “de oreja de burro” ( las dos velas contra el viento) ordenaba el Capi. Así aprovecharíamos toda la fuerza inagotable del Dios Eolo y las olas que poco a poco iban creciendo.

Tras horas aprovechando la energía de la mar, al fin le cogimos la delantera a la gran goleta, ya de noche, nos pasó dando un bordo por nuestra popa haciendo señales luminosas a su paso.

Durante tres días navegamos junto a esta magnífica goleta de los años 30 llamada Gulden Leeuw. En lo alto se pueden ver enormes cumulonimbos (nubes tormentosas) que iluminarán el cielo nocturno con sus relámpagos aquellas noches.

 

Después de 17 días en alta mar, las olas comenzaban a empujarnos en la buena dirección y con cada cambio de escora yo volvía a sufrir grandes mareos debido a la agitada agua y a la nueva inclinación del barco, esa noche tuve que tomarme ración doble de biodramina para mitigar la “borrachera” mientras rodaba bajo la cubierta por los bandazos de la empopada.

Bajé al camarote de popa para asegurarlo y evitar el lanzamiento de objetos en la estancia, y nunca pensé que yo será uno de aquellos “objetos” lanzados de una banda a otra. En un momento de despiste, un repentino bandazo me lanzó de un extremo al otro, estrellando mi cabeza de forma incontrolada contra el casco de la embarcación, el golpetazo me acabó de agravar el mareo dejándome unos segundos sin sentido, al volver en si me encontraba embutido entre el colchón y una cuaderna con un par de mochilas encima, el golpe fue tan duro que me provocó un gran hematoma e inflamación cerca de la nuca. Conseguí empotrar mi cuerpo entre un costado del casco y un cajón bloqueando con las piernas hasta caer en un sueño profundo. Perdí la noción del tiempo y cuando desperté tuve que hacer un verdadero esfuerzo de voluntad, para levantar la cabeza ya que cada vez que trataba de ponerme en pie volvían los terroríficos mareos, Elena había venido de su guardia y dormía también embutida contra un mueble y un bolso para no salir despedida. Las jarcias rechinaban más de lo normal, el mástil vibraba y la embarcación clavaba la proa contra las olas.

Cuando fui capaz de incorporarme, salí para tomar la fresca brisa y reanimarme, bajo la escalera había agua de mar, a un lado estaba Manu apoyado en el sofá exhausto vestido con el mono de navegación empapado, daba vueltas a un café, arriba Juanjo, atado con la línea de vida y enganchado por el abdomen a otra línea, apoyado sobre el gps, somnoliento y blanco por la dura noche que habían pasado. Había un cuchillo en cubierta y varios cabos cortados enredados a los pies de la rueda del timón. Al asomarme al exterior soplaba más viento de lo que habíamos soportado durante toda la travesía.

Estamos sobre la cresta de una gran ola de 9 metros, al elevarnos tanto podemos ver más horizonte cada vez

-La noche ha sido movidita, nos ha alcanzado 42 nudos de viento, dijo Juanjo

desde bajo cubierta la voz de Manu replicó, -¡suma la velocidad del barco!

-¡Ay va! entonces… Juanjo hizo una pausa –¡hemos cogido 50 nudos de viento! 

-Tuvimos que cortar el cabo de la “génova” (gran vela que está en la proa) en medio de la noche, se atrancó el enrollador de la vela y tuvimos que cortar el cabo o hubiéramos rajado la vela, así que largamos vela y hemos perdido velocidad, la goleta nos ha vuelto a sacar ventaja, dijo Manu con voz cansada.

 

De repente, recibimos una llamada por radio,

-Zafir, Zafir, here Gulden leeuw, Gulden leeuw calling !over! (Zafir Zafir, aquí la Gulden Leeuw llamando, !cambio!)

Manu coge el micro y contesta, después de unos minutos de saludos y charla en inglés, el navegante al escuchar el acento, se dirige a Manu en un perfecto castellano, soy Dominic el segundo de abordo de la goleta, – ¿que tal habéis soportado el temporal? ayer por la noche no pudimos entablar comunicación. 

-llevamos la radio apagada por un fallo de corriente, dijo Manu.

Desde entonces mantuvimos la comunicación cada vez que Dominic estaba en el puente de guardia.

El  tener a la vista otro barco aliviaba un poco la sensación de soledad en medio de la nada, al tener la posibilidad de contrastar la meteorología con la goleta nos tranquilizaba siendo una garantía y un amparo.

Seguíamos surfeando las olas que cada vez eran más y más poderosas y cada vez se nos alejaba más y más la goleta al tener más superficie vélica, el contratiempo con el enrollador nos fue ralentizando hasta que la noche del tercer día la Gulden Leeuw desapareció del alcance de nuestra radio perdiéndose de la pantalla del radar. Volvíamos a navegar solos en medio de olas de 5 metros.

La última comunicación con Dominic nos confirmaba lo que hacía presagiar otra vez fuertes vientos del Noroeste y más mar de fondo a continuación.

Mar arbolada y vientos de fuerza 10

Un mes después vuelve a suceder lo mismo, aparece una gran borrasca con olas enormes en el mismo lugar.

Existe dos escalas de referencia que mide la altura de las olas y la fuerza del viento, sin meterme en profundidades son; Douglas para las olas y Beaufort para el viento.

http://www.aemet.es/documentos/es/conocermas/maritima/escalas_de_viento_y_oleaje.pdf

Wed de meteorología para náutica Passageweather

https://www.google.es/search?q=escala+de+douglas+y+beaufort&oq=escala+de+dou&aqs=chrome.2.69i57j0l4.11598j1j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8#q=passageweather

A partir de perder de vista la goleta, el viento arreció alcanzando el nivel de huracanado o fuerza 10 sobre 12 (más de 100 km/hora) y mar arbolada nivel 7 sobre 9 ( altura de olas entre 6 y 9 metros).

la cosa está difícil, las olas comienzan a romper en las crestas. Debemos arrancar el motor para alcanzar más velocidad para subir las grandes olas, ya que al ser tan altas la embarcación pierde viento y velocidad en cada valle que esta genera.

 

Continuará…

 

 

Aquí os dejo la charla completa que di con el gran apoyo y cariño de Antonio Mata, responsable de la Sala Bahnhof en Badajoz, sobre cruce del Océano Atlántico que realizamos en abril 2016, titulado “Atlántico Norte un reto comprometido”

 https://www.youtube.com/watch?v=bKdpUCHFyFQ  

 

Espacio cultural Sala Bahnhof, Badajoz

http://culturabadajoz.com/lugar/bahnhof/

https://www.facebook.com/bahnhofespaciocultural/

 

 

 

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Preparados para la galerna

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Carlos Castaneda, “las enseñanzas de Don Juan”

Viajando sobre la ruta de los grandes mercantes

Se podría pensar que navegar en medio de tan inmensa extensión de agua uno se encontraría solo, tan alejado de la costa, pero no suele ser así, en nuestra travesía nos encontramos con hasta 10 buques, por ello, había que mantener la guardia constante de noche y día de forma activa, mirando de vez en cuando la pantalla del radar para ver si había algún buque cerca, otras veces nos girábamos en la bañera donde nos acomodábamos y oteábamos el oscuro horizonte nocturno en busca de alguna luz en medio del oleaje.

Estas inmensas naves de más de 200 metros de eslora (largo), iban cargadas de miles de contenedores y a más de tres veces la velocidad del velero. Solían aparecer en la pantalla desde unas 20 millas (37 kilómetros) a la redonda, y hasta que no nos rebasaban por una banda no había que perderles el ojo, por si acaso.

El “Seabourn Odyssey”, un buque de pasaje de 646ft (196 metros)de eslora, navega casi tres veces nuestra velocidad, con destino a Funchal, nos cruza por delante a 1,5 millas (3 kilómetros).

Después de dos días haciendo bordos a derecha e izquierda buscando el viento, conseguimos estabilizar nuestro rumbo al 74º, mirando casi de frente a la salida del Sol. Habíamos pasado ya dos de los usos horarios de los cuatro que nos faltaban para llegar a la costa de las islas portuguesas, cada vez era más rápido ir cazando meridianos e ir moviendo las manecillas de nuestros relojes. Al fin…

Nos situábamos en la latitud de los 32º, empujados por una brisa fresca haciendo que el barco fuera cada vez más “alegre”. Manu amarró un cabo a la botavara de la mayor, para evitar que el palo de repente se desplazara de un lado al otro bruscamente por un golpe de viento, pudiendo provocar una grave avería en el mástil, y evitar un posible accidente a alguno de nosotros golpeándonos en la cabeza, y acabar saltando por la borda inconscientes.

Desde que salimos de la zona de las calmas tropicales, los vientos habían cambiado de dirección Suroeste rolando a Oeste, la temperatura ya no era tan agradable durante las guardias nocturnas, nuestras ropas quedaban húmedas. El viento era frío, y la mejor manera de soportar las tres horas de guardia era guarecerse bajo la capota del puente, dejando que el timón lo controlara el piloto automático para quitarnos del aire.

Al salir de esas guardias, buscábamos el refugio cálido de nuestro saco de dormir bajo cubierta, pero no antes de llamar al compañero que tenía que hacer el siguiente turno.

Otro gran mercante de contenedores que nos pasa cerca. Foto de Elena

Olvidado los días de parsimonia, nos introducimos en la ruta habitual de los mercantes y de la zona de más inestabilidad meteorológica habitual en los meses de abril.

La mejor manera de prever el tiempo era llamar a Wanda por el teléfono satélite, nuestro “ángel de la guarda” , un amigo de Manu que se ofreció a mirar la evolución de la meteorología. Ya que al tener problemas desde el principio con el ordenador del barco, tuvimos que requerir su ayuda casi diariamente, ya que él iba a ser nuestro plan “B” para seguir los partes meteorológicos.

El seguimiento de las tormentas

Regularmente, Manu el Capi, hablaba con Wanda, y este nos descifraba la predicción entre curvas de evolución, situándonos en el mapa midiendo la distancia, comparando la velocidad del barco con la velocidad y dirección del ojo del ciclón, que nos acechaba a casi mil kilómetros de nosotros, dirigiéndonos en la travesía, tratando siempre de coger la delantera a los efectos y cambios de dirección de los caprichosos vientos, era como el “Gran hermano” . Sabía que una embarcación a vela era lenta y tenía que anticiparse con varios días de margen para que huyéramos del peligro.

http://passageweather.com/

Pasaban las horas y días en una rutina que habíamos adquirido. Una vez revisadas las velas y “trimado”los cabos, Manu ajustaba el rumbo, Juanjo en la cocina, a veces leyendo en cubierta o teniendo una tertulia con el que pillaba, Miquel en cubierta diariamente contemplado la mar, Elena de aquí para allá haciendo fotos, leyendo un gran libro traído para la ocasión o exponiendo sus teorías como coach y manteniendo debates, Manu leía cerca de la mesa de cartas, dormitaba en el sofá bajo cubierta para estar siempre listo por si acaso, también debatía y rebatía sobre todo con Elena, ya que la inmensa mayoría de las veces no estaban de acuerdo. Bueno y yo, hacía lo que podía cuando me dejaba el mareo, estudiaba la meteorología y trataba de apoyar a Manu, manejaba la rueda del timón o aprendía el uso del radar y el AIS, aunque muchas de las veces me tenía que quedar postrado en la cama de popa, soportando el maldito mareo hasta que remitiese. Y para animar la tripulación, escuchábamos una repetitiva musiquilla de una antigua cinta de casete de Boney M., que encontramos en el barco.

De repente, alguien se percató de un sonido familiar que habíamos olvidado, con tantos días de desconexión ¿un teléfono? preguntamos extrañados, pero si aquí en medio nadie tiene cobertura…dijimos. Era Wanda llamando al teléfono satelital del barco.

-¡Manu! Salir de ahí rápido se está preparando una buena, la dirección de la tormenta ha cambiado, está bajando hacia vosotros.

      -¿Cuánto tiempo tenemos?

-Escasamente un día, tenéis que bajar de latitud para que no os afecte demasiado.

     -Ok recibido, daremos un bordo y cambiamos rumbo al 150º, dijo Manu.

En la zona donde nos encontrábamos aprovechamos los vientos residuales de una tormenta pasada, eso hacía que fuéramos cumpliendo una sorprendente media de 170 millas cada 24 horas, recuperando el tiempo perdido. En vista de la información de Wanda, volvíamos a encender el motor para salir pitando, pero al cambiar de nuevo  rumbo al Sur perderíamos velocidad y haría que volviéramos a perder lo ganado en esos días.

Mientras tanto, la desconcertante cifra del barómetro de 134 hpa del mar de los sargazos fue continuamente bajando poco a poco, el cielo se cerró empezando a acelerarse el viento.

Pasado el peligro inicial y habiendo perdido unas cuantas horas, Manu decide aprovechar el cambio de dirección del fuerte viento y volver a dar un bordo sobre el rumbo más directo hacia Horta.

–jejeje esta vez nos hemos librado… Ríe Manu.

Anochece y está bastante nublado, vemos a lo lejos luces sobre una silueta, no es un barco mercante. Al ver la pantalla del radar identificamos un gran barco de vela que viaja al mismo rumbo, se trata de la goleta llamada Gulden Leeuw, viajando al puerto de Horta en las islas Azores, mi pensamiento supongo que es el de todos, al menos no estamos solos en esta zona…

 Horta: http://www.azores-islands.info/s/places/faial/horta.html

El horizonte se ha vuelto negro y la visibilidad es cada vez peor. Una enorme célula tormentosa se aproxima, vemos trombas de agua y descarga de rayos.

A la mañana siguiente avisé a Manu, mostrando el barómetro y con la mano le indiqué que mirara hacia una dirección, no se trataba de una nube como de costumbre, era negra y gigantesca, se desplazaba velozmente. Pronto activamos el radar y la vimos más claramente, el viento estaba calmado y notamos una sensación más cálida en la piel.

Con gran maestría, Manu nos insta a Juanjo y a mi a preparar el aparejo para la tormenta, bajamos un rizo en la mayor y aseguramos fuertemente la botavara, arriamos (recogemos) dos rizos a la gran vela génova e izamos la vela trinqueta bien firme. Pasados unos minutos el calmado viento se acelera de repente bajando varios grados la temperatura.

-!Aquí viene agarraos! dice Manu.

El efecto sobre la embarcación es brutal, nos ha lanzado una fortísima racha de viento helado escorándonos al máximo, apenas quedan un par de metros para que el mástil toque la superficie del agua.

La preocupación es palpable, no nos puede alcanzar un rayo, somos lo único que tiene altura en miles de kilómetros cuadrados en la superficie. Nuestro mástil metálico está muy expuesto, debido a ello, hemos desconectado todo el sistema eléctrico que podemos, mientras aceleramos el motor y arriamos más vela para alcanzar más velocidad a pesar de las fuertes rachas de viento que nos bambolea.

       -Por ahí se abre un pequeño claro Manu. Indicándole por donde parece menos nuboso, mientras él lo comprueba en la pantalla del radar,

-hay que salir de aquí cuanto antes, replicó acelerando el motor.

-Vamos a virar al Norte directo, parece que se mueve hacia el Este.

Solo quedaba esperar que la estrategia nos funcionara. Mientras tanto el Gulden Leeuw sufría otra suerte, el “leviatán tormentoso” lo acababa de enfilar. Dejamos de ver unos minutos la goleta en el horizonte y nos centramos en localizarla sobre la pantalla del radar, viendo asombrados lo que está a punto de hacer. Está virando hacia la tormenta, entre las cortinas de agua que nos caen, logramos ver sus altos mástiles desnudos de velas, trata de capear el temporal.

El color rosa muestra la enorme tormenta que nos está acosando. Vemos en la pantalla la goleta Gulden Leeuw (triángulo gris) virando a toda máquina, se va a enfrentar a la tormenta bajando todo el trapo (las velas).

 

El viento levanta una marejada y las nubes cada vez son más densas y negras, el barómetro ha bajado hasta los preocupantes 1002 hpa. La altura de las olas es de 4 a 5 metros y nos baten por la popa, el barco orza constantemente y vuelve a recuperar la posición con el sistema automático del timón. Foto de Elena.

Continuará…

 

Aquí os dejo la charla completa que di con el gran apoyo y cariño de Antonio Mata, responsable de la Sala Bahnhof en Badajoz, sobre cruce del Océano Atlántico que realizamos en abril 2016, titulado “Atlántico Norte un reto comprometido”

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En el mar de los sargazos o mar del miedo ¡comienza la verdadera aventura!

<No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor>

Alejandro Dumas

Siguiente desafío ¡evitar el temible mar de los sargazos!

Me siento afortunado y feliz por tener lo que tengo y también con las personas de mi entorno, que de una manera u otra me apoyan y animan en todos estos líos en los que suelo andar siempre metido.

Antes de partir al Caribe para embarcarme en el cruce Atlántico, hablé con mi jefe de mis “vacaciones” o una parte de ellas… En la conversación le describía los detalles del viaje que íbamos a realizar cruzando el océano ante su atónita mirada. Al final solo le pude concretar el día de mi partida, ya que tenía un billete de ida a la isla de la República Dominicana, pero no supe decirle ni confirmarle mi vuelta, debido a un pequeño detalle, bueno, más bien un gran detalle, nuestro barco se propulsaría con viento, siempre que lo hubiera o quedaríamos a la “deriva” a merced del océano durante días, como se dice en términos náuticos.

Al salir del despacho de mi jefe solo acerté a decirle,

bueno te llamaré en caso de problemas… de todos modos tengo un pequeño margen en días…

-En fin, buena suerte y ten cuidado, queremos tenerte entero de vuelta, replicó con una sonrisa.

Alguien me enseñó una oportuna frase para estos casos de incertidumbre, y que aplico siempre desde entonces “NO NEWS GOOD NEWS” (si no hay noticias son buenas noticias).

Manu estudia detenidamente en el útil “Pilot chart” de abril los vientos predominantes de las zonas que atravesaremos.

En todas las partidas y como mandaba la tradición,  Manu el Capitán, derramó un trago de ron caribeño a las coralinas aguas para invitar a Poseidón, el  Dios del Mar, a fin de darnos buenos augurios durante nuestra travesía.

Aprovisionado los tanques con agua dulce y combustible, llevaríamos en cubierta unos 750 litros extra de diésel en barriles bien atados y junto a la sentina (espacio inferior cerca de la quilla de los barcos) más garrafas de agua potable. Así podríamos navegar a motor casi la mitad del trayecto, que serían unos 10 días y 24 horas de funcionamiento ininterrumpido, si llegara el caso. Según mi cálculo ortodrómico, unas 2750 millas náuticas (algo más de 5000 kilómetros) en una sola tirada hasta Horta en las islas Azores como primer puerto.

Con todo este combustible trataríamos de acelerar nuestra embarcación y poder sortear las tormentas o alejarnos lo antes posible del peligroso efecto de los ciclones tropicales, y también de lo más amenazador, evitar adentrarse en el mar de los sargazos.

 

 Qué es un cálculo ortodrómico https://es.wikipedia.org/wiki/Ortodr%C3%B3mica

 

DIA 14 de travesía. Tras otra puesta de sol, podemos escrutar en el horizonte el tiempo venidero, nubes cirros “cola de caballo”, sopla una brisa fresca, olas suaves, el tiempo será bueno mañana. Foto de Elena

Ya hacía unos días que acabábamos de rebasar el paralelo del Trópico de Cáncer (paralelo 24ºNorte), dejando de lado el tranquilizador efecto de tierra firme de las “cercanas” islas Bermudas a más de 700 kilómetros de nosotros. En adelante, solo agua durante inciertos días.

El mar de los Sargazos

SARGAZOS. Debió su nombre a Cristóbal Colon, quien en su primera travesía hacia las “indias” pudo estudiarlos, ya que permanecieron varios días inmóviles en medio de un infinito manto vegetal de penetrante olor en la superficie, que emergían del profundo abismo gracias a unas vejigas con gas en el interior. Incluso Pinzón creyó al ver niebla en el horizonte, que estaba a punto de ver Tierra firme y pidió una recompensa. La gran densidad de plantas que encontraban, hacían más y más desesperado y lento el movimiento de los navíos, en ocasiones se veían forzados a arriar los botes y remolcarlos a remo durante agotadoras horas. 

Se le solía llamar en la antigüedad, el mar inmóvil o cementerio de barcos, el mar dentro del océano, un fúnebre lugar de profundas aguas en calma total, sin viento ni corriente alguna. Llamado también la latitud de los caballos, porque  los navíos que los transportaban hasta las Américas a veces las tripulaciones se veían obligadas a arrojados por la borda, ya que consumían gran cantidad de la preciada agua dulce, llegando incluso comérselos al escasear los alimentos debido a permanecer más días de la cuenta parados en estas aguas. También llamado “el cementerio de los barcos” donde cuentan las leyendas de barcos fantasma que vagaban atrapados en este mar con los tripulantes fallecidos por inanición y sed o por locura.

La latitud de los caballos http://www.fogonazos.es/2006/08/la-latitud-de-los-caballos_31.html

 

Nuestro barco se desplazaba con parsimonia, cada vez era más difícil mantener una velocidad constante de 4,5 nudos de media. El velero se arrastraba haciendo continuos zigzags tratando de orientar la proa para cazar un poco de brisa, mientras tanto iba subiendo la presión del barómetro de mi reloj, hasta colocarse en la desconcertante y elevada cifra de los 134 hpa, nos estábamos situando bajo el dominio del gran anticiclón de las Azores.

Las nubes se van retirando y han desaparecido las acostumbradas olas del Atlántico, solo quedan pequeñas ondulaciones sobre la superficie marina.

Me desperté con una sensación extrañamente placentera, no oía los quejidos de la arboladura ni el flameo intermitente de las velas, habíamos estado durmiendo en una posición cómoda después de varios días de escora, resbalándonos y dándonos costalazos por todo el camarote de popa intentando descansar.

La pequeña bola que nos marcaba la escora del barco está inmóvil y centrada en el medio del marcador, apenas nos movemos, estamos varados sin viento alguno. Foto de Elena.

Llevábamos catorce días de navegación ininterrumpida y de golpe por primera vez nos encontrábamos parados en medio de la nada, no había ni una sola brizna de brisa y el agitado Atlántico más bien parecía un tranquilo embalse ¡la calma era total! poco a poco empezábamos a ver por primera vez plantas en la superficie, eran sargazos ¡los famosos sargazos!

La dificultad de hacer esta travesía desde América a Europa, radica en el viento para los veleros ya que sin él no se mueven, hay que tratar de rodear este mar interior evitando a toda costa introducirse por los traicioneros “malos vientos”, que irremediablemente nos dejaría varados durante días en una calma total. Psicológicamente puede ser desesperante la inactividad incluso más peligroso para la tripulación, que atravesar un mar embravecido por una profunda tormenta.

Nos situábamos peligrosamente cerca del mar de los sargazos, Manu tuvo que tomar una decisión arriesgada, seguir avanzando con una leve brisa que nos estaba introduciendo en el interior o gastar combustible y navegar a motor, cambiando el rumbo en busca de vientos más favorables.

Una vez que los vientos se calmaron, aprovechamos para descansar más cómodamente y hacer la colada, eso si, con agua de mar, para ahorrar el agua dulce de los tanques del barco. El Sol caía a plomo y había que buscar un poco la sombra que nos proporcionaba la carpa de la bañera junto al timón. Manu por primera vez dejó más tiempo encendido el motor para poder avanzar. Aquella jornada solamente alcanzamos unas !interminables 48 millas en 24 horas! con muy poco viento o casi nulo y a motor, alcanzando los casi 2,2 nudos de velocidad máxima (4 km/h).

Pasaban las horas y sin que las velas se hincharán, el motor nos estaba propulsando desde el amanecer, pregunté a Manu si apagaba el motor pensando que se le había olvidado, pero su contestación fue negativa.

-debemos dejarlo encendido y navegar solo a motor hasta que encontremos algo de viento, vamos a esperar. sentenció.

Aquella noche tuvimos que compartir el sueño con el traqueteo incesante del motor a apenas un metro de nuestros pies. Mi única preocupación ahora era que el motor no desfalleciese, así que cada vez que cambiaba de sonido, alguno de nosotros se sobresaltaba y me pregunta si el motor iba bien. Gajes por mi antiguo oficio…

Al tercer día la misma situación, y sin haberse parado el motor en ningún momento para darle descanso, el Capitán hizo una llamada para ver el pronostico del siguiente día, su cara lo decía todo.

¡Jose! tendremos que cambiar el rumbo y volver al Norte, a esta velocidad se nos puede hacer eterno… dijo Manu.

Esta decisión significaba muchas cosas, nos alejaríamos de nuestro destino, perderíamos un tiempo precioso y nos arriesgaríamos a adentrarnos por encima del paralelo 31º donde pasaban las “colas” de las tormentas tropicales en esta época del año, todo para tratar de encontrar viento y empujar la nave. La elección era clara, o seguir durante días en la misma parsimonia hacia ningún lado o arriesgarse a pasar por la zona de tempestades en busca de viento con una tripulación inexperta. Inquietante…

Los depósitos del barco se han quedado secos, es hora del primer repostaje en alta mar. desde ahora tenemos que racionar las horas de funcionamiento del motor y así también cargar las baterías y tratar gastar solo lo necesario.¡La presión barométrica es altísima! El sol cae a plomo y no sopla ni una ligera brisa, el calor es pesado, flotamos sobre una balsa de agua, solo se escucha el constante y molesto run run del motor. Foto de Elena.

Poco a poco, movimos la rueda del timón a babor (lado izquierdo), y de nuevo el compás náutico giró hacia el punto cardinal norte, la sensación era de optimismo y alivio entre todos, después de estar cuatro días y cuatro noches con el motor encendido, viajando al mismo paso que una persona andando por la acera.

Una vez cruzado el psicológico paralelo de las “tormentas de abril” solo nos contaba estar en alerta, comprobando los partes meteorológicos diariamente y a su vez el barómetro de mi reloj, que había puesto en la escalera para poderlo chequear las veces necesarias.

Una pequeña ave se posa sin complejos a descansar. Este pequeño ser se encuentra en medio del océano ¡a 3000 kilómetros a la redonda no hay tierra firme!

 

-Jose, vigila tu barómetro y apunta el dato en el cuaderno, hay que estar en alerta en esta zona, una bajada brusca de 4 hpa nos indicará que debemos salir huyendo de aquí lo antes posible. Anticiparse con días de antelación a la tormenta es fundamental para nuestra seguridad. dijo Manu.

A lo lejos vemos un objeto en el horizonte ¿qué será? nos preguntamos. Chequeamos nuestro radar, se trataba de un antiguo velero rompehielos que pasaba a 2,5 millas de nosotros.

 

La llamada por radio de esta goleta de nombre Gulden Leeuw, nos pone en aviso de los feroces vientos de fuerza 9 (90 km/h de velocidad) que nos alcanzarán en pocas horas. Hay que prepararse para la galerna.

 

 

Llamada con el teléfono satélite Iridium a mi hermano en Badajoz, dando posición, rumbo y velocidad. Avisamos de que en pocas horas nos alcanzará la cola de una potente tormenta tropical. Estamos asegurando todo en el interior del barco. Desearnos suerte!!. Foto de Elena.

 

 

 

 

 

 

Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí os dejo la charla completa que di con el gran apoyo y cariño de Antonio Mata, responsable de la Sala Bahnhof en Badajoz, sobre cruce del Océano Atlántico que realizamos en abril 2016, titulado “Atlántico Norte un reto comprometido”

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Hace un año que cruzamos el Triángulo de las Bermudas

El punto azul es nuestro barco

 

Esta nueva entrada más bien debería llamarse “Un Extremeño en el Atlántico …” en vez de como se llama este blog, pero todo absolutamente todo tiene relación.

Tal día como hoy, cruzábamos la línea imaginaria de una gigantesca superficie de agua de más de 1,1 millones de kilómetros cuadrados llamado Triángulo de las Bermudas, dejándolo atrás, en nuestra travesía en barco velero, de regreso de la República Dominicana hasta Europa.

Ese día salíamos de su misteriosa influencia, pero no nos alejábamos del peligro, ya que cruzar el Océano Atlántico en autonomía y sin ayuda exterior, estaría lleno de amenazas.

Tiempo atrás, había leído y visto algún documental cargado de dramatismo acerca de su terrible fama con extraños sucesos, al parecer capaz de engullir desde pequeños esquifes a grandes navíos, incluso aviones mientras lo sobrevolaban, alimentando su leyenda. Aunque escéptico de tanta tinta que se ha derramado del mito, el estar allí y poderlo comprobar en carne y hueso era un poquillo más diferente.

Poco a poco los vientos alisios nos fueron empujando hacia el interior del triángulo, viviendo en sus tempestuosas aguas durante 7 días, navegando siempre rumbo al Norte en una agotadora y constante ceñida (navegando en contra del viento con el barco escorado).

                        Vemos en nuestro radar meteorológico las primeras tormentas, estas son pequeñas…

Durante las primeras guardias nocturnas me invadían imágenes de aquellos sucesos acaecidos en ese lugar, sugestionándose aún más en medio de la oscuridad. Y por qué no decir también, que al estar tan cerca del agua, con solo movernos un poco de nuestro “seguro asiento” y alargar el brazo, podíamos sentir el peligro.

Al experimentar situaciones tan diferentes en nuestra confortable vida, como estar en medio de aquellas noches solo, mientras mis compañeros descansaban, fue la reafirmación de mis ansias por aprender y vivir tantas cosas que de joven había leído y soñado. Pudimos observar mi querida constelación llamada  Cruz del Sur, dejándola atrás por la estela del barco muy cerquita de la línea del horizonte, compartiendo la esfera celeste con las constelaciones del hemisferio Norte. Mientras fijaba con la mirada la estrella Mizar de la constelación de la Osa Mayor en la cruceta superior del lado de estribor del mástil para corroborar el rumbo, y así desconectar el piloto automático para que no se desvanecieran las baterías, y a su vez, yo podría mitigar mis fuertes mareos mirando a un punto fijo, que aún sufriéndolos no me quitarían la sonrisa.

He decir que, aunque soy un novato en la navegación de alta mar y no me asusto fácilmente, ver de noche unos extraños colores azules y verdes  fluorescentes no dejaron de inquietarme y despertar a Manu, el Capitán, quien primero soltó una carcajada a mi costa como pequeña venganza por levantarlo para tal cosa… y a continuación explicarme qué eran esas luminiscencias, que al batir el agua en el casco del barco en su movimiento generaba la extraña luz. Como me explicó, procedía de un tipo de organismo de la familia del fitoplancton que producían luz alrededor de las embarcaciones y en el agua movida de la estela.

baño refrescante cruzando la profunda fosa abisal de Bermudas. ¿¡que levante la mano quien lo ha hecho!? jejeje

 

Aunque este famoso espacio se encuentra muy al Sur del Ártico, entre las islas Bermudas, la península de Florida y puerto Rico, el combustible que hace moverme a estas aventuras es el que se me activó en mi primera navegación en solitario por los fiordos llenos de icebergs de Groenlandia.

 

BITÁCORA:  latitud 24º 29′ N Longitud 63º 16,2′ W Rumbo 045º

Día 11 de Abril de 2016 octavo día de travesía, cambiamos el rumbo. Cada vez más hacia el nacimiento del Sol, dejábamos atrás el Triangulo de las Bermudas y sus leyendas, que en muchos casos fueron más literarias que reales o quien sabe, al final lo pudimos contar contemplando un nuevo y precioso amanecer en medio del océano.

 

El Triángulo de las Bermudas

https://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/esp_bermuda_06a.htm

 

Los vientos alisios

http://sailandtrip.com/vientos-alisios/

 

Partes de un velero

http://singladurasnauticas.yolasite.com/elvelero.php

 

 

 

 

 

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Sobre el autor José Trejo
Autodidacta, soñador, entusiasta y aprendiz de Aventurero y navegante. Observador y sensibilizado por nuestro planeta y los habitantes de lugares inhóspitos, buscador de experiencias y maestros en otros mundos y culturas, que me ayuden a entender otras realidades. Con la necesidad de compartir con otros a través de mis ojos, las visiones, aprendizajes, aventuras y desventuras. Pretendido contribuir con mis vivencias una concienciación de lo efímera que es la belleza que nos rodea, en este maravilloso planeta y sus entornos naturales tan sensibles. Así nace un extremeño en el ártico.