Hoy

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Me pongo el uniforme. Monitora ambiental en una acampada en Pro Cosara.
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Marta Villasán | 09-09-2013 | 00:09

Esta entrada se la dedico a Estrella Croquetalia, y a mamá y papá. Ellos saben por qué.

El viernes por la tarde llegó un autocar lleno de niños que venían a pasar un fin de semana de campamento. Eran los Conquistadores Orión, Adventistas de la Iglesia del Séptimo Día. En diez minutos las instalaciones de Pro Cosara se habían llenado de movimiento, gente que llevaba equipajes, niños que montaban sus tiendas, otros construían mochileros y soportes para colgar la comida lejos de las hormigas… Eran un grupo muy organizado, similar a los scouts: estaban organizados en unidades, cada uno tenía una función, y hasta tenían ceremonia de izado y arriado de la bandera.

Construyeron un tótem (lo llaman holocausto; cuando me pidieron piedras para un holocausto, lo primero que se me pasó por la cabeza fue Hitler y los judíos, y luego el sacrificio de vacas de los antiguos griegos…) y un tinglado para colgar las banderas en el prado de Pro Cosara. Allí formaban cada mañana y cada tarde en una ceremonia muy marcial.

Campamento en Pro Cosara. En formación izando la bandera. 

 Esa misma noche me dieron mi uniforme de Pro Cosara y me encargaron que documentara la actividad. Así que durante las charla que dieron mis compañeros Celia y Gregorio sobre el BAAPA y la importancia de su conservación, y luego sobre serpientes, saqué mi vena de reportera y mi cámara y estuve sacando fotos para la página web.

En un momento una nena se me acercó a darme un beso y me dijo “¡Feliz sábado!”. Yo, un poco sorprendida de la alegría y la espontaneidad de la niña, sólo pude musitar un gracias un poco soso.

  Charla sobre el BAAPA. Centro de interpretación de Pro Cosara.

Acabamos muy tarde y me fui a acostar rápidamente, agotada; ya no hacía ese frío criminal que me lleva acompañando desde que vine a Paraguay, pero soplaba una brisa bastante fresca. Antes de meterme en mi habitación, Celia se me acercó y me preguntó si mañana podría darles yo otra charla, y recordé que tenía una que había preparado para el Proyecto Ecocentros, que había dado en algunos institutos de Badajoz y Talavera la Real. Así que estuve arreglando y adaptando la presentación al contexto paraguayo.

A la mañana siguiente nadie me despertó; sin embargo, a las 8 ya estaba con los ojos abiertos. Desayuné con Gregorio y le pregunté el plan del día. Hacía sol, pero había bastante viento. Tenía la mañana libre así que fui a pelearme con la conexión a internet. Pero cuando estaba contestando los primeros correos cuando hubo un corte de energía; el SAI mantuvo encendidos los ordenadores del centro de interpretación, pero no el módem…

Para aprovechar la mañana estuve haciendo más fotos del campamento y terminé mi presentación. A las dos y media (el equivalente a las cuatro y media en el horario español) empecé mi charla. No sabía si iba a ser capaz de llegar a los chicos y transmitirles las ideas del ecologismo y de la conservación; el salto cultural podía ser un problema.

Y, aunque parezca mentira, el idioma también era un obstáculo. Me concentré en que no debía decir la palabra prohibida (coger), pero aun así, se me escapó alguna vez. Yo sólo me di cuenta de una, pero Celia me contó tres; así que aproximadamente dos tercios de las veces no soy capaz de darme cuenta de que he dicho algo malsonante.

Charla sobre ecologismo y conservación. Centro de interpretación de Pro Cosara.

La verdad es que lo pasé un poco mal cuando fui consciente (los niños se reían y cuchicheaban entre ellos); sin embargo, a la salida se me arremolinaron unos cuantos, casi todas niñas, interesadas en algunas cosas que había dicho, pero sobre todo, porque yo era la extranjera y querían saber de dónde venía, cómo era mi tierra, si me gustaba su país, cuánto tiempo llevaba aquí, si era interesante o difícil trabajar de guardabosques… Yo les dije que Extremadura era la tierra más bonita del mundo, y que se parecía un poco a este lugar, con bosques, dehesas, prados y muchas aves, que también allí el suelo es rojo y fértil, y el calor veraniego también roza los 45ºC, aunque en invierno en algunas partes nieva y hace mucho frío.

Les encantaron mis prismáticos y estuvieron un rato mirando por ellos, admirándose de lo cerca que se veían los pajaritos. Yo disfrutaba al verme entre tanta alegría y espontaneidad y recordé mis propios campamentos de pequeña.

Después de la charla nos llevamos a los niños al sendero Urutaú para que dieran una vuelta por la selva. Las nenas seguían junto a mí y me preguntaban por los árboles, si podíamos ver serpientes (aquí el miedo a las serpientes es cultural, y es casi norma matar cualquier cosa que repte) y muchas cosas más. Por supuesto, con el jaleo de cuarenta personas, por muy silenciosamente que hablaran, no vimos ni un solo ave. Pero me lo pasé bien con las nenas.

A la noche tuve la oportunidad de revivir una de las cosas que más me gustaban de los campamentos: el juego de la caza del tesoro. Celia, Gregorio y yo preparamos y escondimos las pistas con la emoción de unos niños. Yo misma era una posta, tenían que venir a darme un beso y entonces yo les entregaría una pista. Pensé en esconderme, pero justo cuando salía del hangar con un bocata me encontraron y tuve que darles su pista… Gregorio y yo paseamos por el prado, ayudando a los chicos y riéndonos con sus ocurrencias; era como volver al pasado, a mis propios campamentos, pero mejor, porque nunca tuve oportunidad de organizar los juegos. Comprobé con alegría que los adolescentes son iguales en todos los países, las mismas bromas, las mismas risas, las mismas inquietudes…

 

Centro de interpretación de Pro Cosara, construido con ayuda española de la AECID.
Proyecto 09-CAP 1-0222

Ya muy tarde un grupo consiguió terminar el juego (eran sólo 4 pistas por grupo) y sorteamos dos mochilas entre los ganadores. Las nenas que habían cogido confianza conmigo me pidieron que bajara con ellas, que el grupo entero iba a hacer otra actividad en el lago. Pero yo apenas había cenado y estaba muy cansada, así que tuve que declinar la invitación a pesar de sus caras de pena.

 

A la mañana siguiente amaneció encapotado; los truenos y las cuerdas de lluvia en el horizonte presagiaban tormenta. Desmontaron el campamento en un tris y lo cargaron todo en el autobús, que se paró a esperar a los rezagados frente al centro de interpretación. Al asomarme, de repente salieron manos de todas las ventanillas con gritos de “¡Chao, Marta!” y “¡Chao, Española!”. Yo, contenta, levanté la mano y les saludé sonriente. Entonces, una de las niñas, la que me había pedido que les acompañara al lago la noche anterior, se bajó a la puerta del bus y yo me acerqué para que no tuviera que salir y la regañaran. Se despidió de mí muy calurosamente y ya por fin arrancó el autocar, lleno de manos agitándose entre la polvareda del camino.

Me gusta hacer esto. Aunque aun me quedara una sorpresita campamentil: Celia y yo estábamos recogiendo la basura de los niños, y me fijé que una papelera había volcado frente al centro de interpretación y los papeles estaban volándose y esparciéndose hasta los límites del bosque. Cuando llegué y recogí el primero, vi que estaba manchado de marrón. “Tierra”, pensé. Pero luego caí en que la tierra era mucho más roja que aquello… Al levantar la vista me di cuenta de que, además de papeles, había cartones de papel higiénico y otros regalitos… Era papel de baño usado. Muy usado. A pesar de todo, lo recogí entre las risas y las bromas de mis compañeros. Aquello nos sirvió a los cuatro para reírnos el resto de los días cada vez que nos acordábamos.

Sobre el autor Marta Villasán
Extremeña de nacimiento y de corazón, recién acabado el Máster en Conservación de la Biodiversidad, vuelo hacia mi próximo destino, Paraguay, gracias a una beca de la Oficina de Cooperación al Desarrollo de la Usal, donde cumpliré mi sueño: trabajar en la conservación de uno de los hábitats más amenazados del mundo, el Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAPA). Bióloga, blogger, educadora ambiental, fotógrafa, escritora y soñadora a tiempo parcial, tiendo a ver siempre el vaso medio lleno y a escarbar para ver qué hay más allá de la corteza, y disfruto contándole al mundo lo que encuentro allí. Lo que cambia nuestro planeta es la conciencia, y lo que crea conciencia es la educación.

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