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Educación ambiental en la escuela rural de Perlita
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Marta Villasán | 13-09-2013 | 23:07

Llegamos temprano a la escuela de Perlita (en Alto Verá, Itapúa), un pequeño barracón azul con dos pequeñas aulas. El patio era un pequeño prado en el que crecía el pasto libremente, y por el que correteaban algunas gallinas y un perro famélico. Al fondo se levantan dos pequeñas letrinas. El sol picaba un poco, pero corría una leve brisa que refrescaba el ambiente.

Lo primero que me llama la atención al asomarme a la clase, es que, junto a la pizarra con la lección del día, hay un portátil abierto. Lo segundo, las miradas de los niños. Curiosas. Abiertas. Y en muchos casos, inescrutables. Daban la sensación de haber visto muchas cosas, de tener una gran experiencia a sus espaldas, a pesar de que todos eran bastante pequeños. Algunos iban descalzos, y otros en chanclas. Y todos me miraban con esa mezcla de interés y recelo con que se mira lo nuevo y desconocido.

Avanzo junto con Claudio y Celia al interior del aulita mientras la profe terminaba de explicar la lección de castellano en guaraní. Me explicaron que en aquel entorno ese era el principal idioma, y que en general, aunque es una asignatura obligatoria, los niños sólo entieneden guaraní, o más bien guarañol (mezcla de guaraní con algunas palabras en español). Así que como yo aún apenas balbuceo un par de palabras, mi ayuda en la actividad de educación ambiental consistía en documentarla gráficamente.

Celia y Claudio explicaron la actividad en guaraní. Yo capté las pocas palabras castellanas que pronunciaron: investigación, diversidad, parcela. Por primera vez, me sentí completamente extranjera. Me sentí torpe y perdida; ni siquiera podía preguntarles a los niños sus nombres para hacerme su amiga.

Luego Celia me explicó lo que harían: por grupos, saldrían al patio para investigar la diversidad de pequeñas parcelas que les asignaríamos, para que aprendan a valorar lo que hay. Tenían que apuntar las especies vegetales (ellos sabían perfectamente diferenciarlas), los animalitos, y los tipos de basura que hay. Luego, de vuelta en el aula, se compararían los grupos, y se intentaría establecer una hipótesis que explicara las diferencias de diversidad. Por último, la basura inorgánica que hubieran encontrado deberían depositarla en la papelera.

La actividad salió bastante bien. Los niños sabían perfectamente distinguir una achicoria de una graminea, y de una plantita de ombú. Celia me contó que sobre todo, estos niños necesitaban que les demostraran que sabían, porque los conocimientos los tienen, pero ellos creen que no. Hay que enseñarles a confiar en ellos, pues tienen muy mal concepto de sí mismos.

 

La escuela de Perlita tiene alrededor de 29 niños repartidos en dos turnos, de mañana y de tarde. Como era por la mañana, estábamos con niños de 8 a 11 años, que correspondían a 5º y 6º grado de la educación primaria. En Paraguay la educación primaria abarca hasta noveno grado, y luego se estudian tres años más de secundaria. Por la tarde acudirían a la escuela los más pequeños, algunos incluso de preescolar.

Cuando acabamos la actividad y salieron al recreo, quedó claro que eran niños. Estuvimos un rato mirándolos jugar y hablando con la profe; tardaron al menos diez minutos en elegir los equipos de fútbol y comenzar. La profe nos contó que todos los días tardaban tanto que apenas les quedaba tiempo luego para el partido. Cuando les preguntamos por qué no tenían los equipos ya formados, nos contestaron que si siempre eran los mismos, entonces todos los días perdían los mismos…

 Está claro que la sabiduría que reflejaban sus ojos es mucho más profunda de lo que parece. Sin darse cuenta, conocían una lección primordial: si tú no cambias nada, nada cambiará a tu alrededor.

Esta primera visita a las escuelas rurales me afectó profuntamente. A mí los niños, y en especial los pequeños, siempre me han dado algo de miedo, pues nunca he sabido si sería capaz de comunicarme con ellos. Pero estos niños me han enseñado que con una sonrisa no importa el idioma que se hable.

 

 

Sobre el autor Marta Villasán
Extremeña de nacimiento y de corazón, recién acabado el Máster en Conservación de la Biodiversidad, vuelo hacia mi próximo destino, Paraguay, gracias a una beca de la Oficina de Cooperación al Desarrollo de la Usal, donde cumpliré mi sueño: trabajar en la conservación de uno de los hábitats más amenazados del mundo, el Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAPA). Bióloga, blogger, educadora ambiental, fotógrafa, escritora y soñadora a tiempo parcial, tiendo a ver siempre el vaso medio lleno y a escarbar para ver qué hay más allá de la corteza, y disfruto contándole al mundo lo que encuentro allí. Lo que cambia nuestro planeta es la conciencia, y lo que crea conciencia es la educación.

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