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Excursión a Tobati
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Marta Villasán | 06-10-2015 | 06:01

En noviembre de 2013 venía mi director de tesina a dar un curso de anillamiento a la FaCEN, y yo fui a Asunción a ayudarle. Cuando libré el fin de semana, mi amigo José me llevó de excursión a lo que llamaban montañas, que era la región de los cerros de Tobati, donde descubrí un paisaje diferente y muy bello.

Ayudando en el curso de anillamiento

El día había sido largo, habíamos estado anillando hasta las tres del mediodía (bueno, en Paraguay es ya la tarde), luego tuve una reunión para editar un libro de árboles de San Rafael y otra para ver cómo íbamos a tratar el tema de malófagos de aves en mi estudio, y después, por fin, nos pusimos en marcha. Fuimos andando hasta el super de San Lorenzo por la ruta (la carretera) y allí nos abastecimos para la cena. Preparamos bien las mochilas y nos sentamos a esperar el colectivo que nos llevaría a Tobati. Para entonces eran las ocho y había anochecido.

Llegamos a Tobati dos horas después. En la estación de servicio donde nos bajamos rellenamos las cantimploras, lavamos el termo y nos embadurnamos de repelente. Y por fin, con todo bien preparado y arreglado, comenzamos la marcha nocturna. Había luna llena, que nos iluminó el sendero por un pastizal hasta llegar a unas rocas cubiertas de árboles, donde José me descubrió un escondido y resbaladizo paso para trepar a la pared de un farallón donde me contó que se solía hacer escalada. Un poco más arriba llegamos a la parte superior de los cerros.

La luna alumbraba tanto que no era necesario encender la linterna. Por fin llegamos al palmar que iba a ser nuestra zona de campamento, al filo de la media noche. Montamos nuestra tienda en una zona libre de agujas de pindó (muy peligrosas) y fuimos a buscar leña. En la oscuridad del palmar encontré varias ramas secas de algún otro árbol que no pude identificar, y me la llevé a la zona de suelo de piedra cercana a nuestra tienda. Comenzamos a partir la leña a un tamaño adecuado para nuestra pequeña hoguera. José se sorprendió de que supiera cómo preparar y encender una.

Hoguera para cenar en Tobati

Cuando las brasas empezaron a estar en su punto, llenamos un pote con agua y la pusimos a hervir. Me parecía poca chicha así que decidí animar un poco el fuego hasta que el agua por fin hirvió y pudimos hacer el arroz con atún. Como ya sabréis, estas cosas en el campo saben mucho mejor. Para nosotros fue un banquete de reyes.

El paisaje nocturno era precioso. No hacía demasiado frío cuando nos fuimos a acostar, casi a regañadientes, pero al día siguiente queríamos explorar la zona así que nos metimos en nuestros sacos.

Por la mañana desayunamos y José me guió entre los farallones y paredes de piedra hasta lo que él llamaba “La Lagunita”, donde nos bañamos ante el apremiante calor. Luego colocamos mi recién comprada hamaca, que había conseguido unos días antes en el Mercado 4 a precio de paraguayo gracias a mi amigo.

Mi nueva hamaca paraguaya en la Lagunita

A mediodía descubrimos un Tropidurus, un pequeño lagartito, que correteaba por las rocas a nuestro alrededor.

Tropidurus sp

 

 

 

 

 

 

También exploramos las cimas de los cerros y el sistema de cuevas que encerraban. Todo era muy diferente al paisaje selvático de San Rafael al que ya me había acostumbrado.

Palmares de pindós a mis espaldas en lo alto del cerro

Palmares de pindós rodeados de paredes de piedra pintadas por miles de líquenes y musgos en un ambiente mucho más seco, arbustos espinosos, suculentas y cactus formaban un cuadro de extraña belleza, colmados por una luz blanca y cegadora del atardecer. A veces se hacía difícil guardar el equilibrio entre las rocas porosas y quebradizas, pero las vistas merecían la pena.

En lo alto del cerro de Tobati

Entramos en una de las cuevas que José conocía a fondo. Habíamos olvidado las linternas… pero no fue un problema. Encontramos algunos murciélagos que revolotearon asustados antes de vislumbrar la chimenea de salida.

Entrando en la cueva

Y al salir encontramos una llanura de pindós iluminada por el sol del atardecer, mientras escuchábamos las piriritas con su canto destemplado. El calor empezaba a aflojar y soplaba una suave brisa. En verdad era un lugar con una paz increíble.

Tobati en todo su esplendor

Estoy deseando volver.

Sobre el autor Marta Villasán
Extremeña de nacimiento y de corazón, recién acabado el Máster en Conservación de la Biodiversidad, vuelo hacia mi próximo destino, Paraguay, gracias a una beca de la Oficina de Cooperación al Desarrollo de la Usal, donde cumpliré mi sueño: trabajar en la conservación de uno de los hábitats más amenazados del mundo, el Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAPA). Bióloga, blogger, educadora ambiental, fotógrafa, escritora y soñadora a tiempo parcial, tiendo a ver siempre el vaso medio lleno y a escarbar para ver qué hay más allá de la corteza, y disfruto contándole al mundo lo que encuentro allí. Lo que cambia nuestro planeta es la conciencia, y lo que crea conciencia es la educación.

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