Andan descalzos y con una cadena enganchada a los tobillos; cargan con un leño atado a sus brazos estirados, en forma de “T”, en postura jorobada; llevan una corona de espinas y el tronco rodeado de una soga que actúa como faja. Así son los empalaos, reos con un delito desconocido que desfilan por las calles de Jerez de los Caballeros cada noche de Lunes Santo. Van acompañados de otros penitentes más sencillos, mujeres con velas, un Cristo crucificado y… miembros de la Cruz Roja, médicos y ATS, que, botellas de alcohol en mano, velan porque consigan recorrer el itinerario establecido sin desvanecerse.
La penitencia sigue siendo una forma de contrición habitual en algunas manifestaciones religiosas. Pero no es la penitencia que me aconsejaron seguir cuando era pequeño: la de hacer algo por los demás, la de sufrir por el bien del prójimo. Pocos han entendido que ese es su verdadero sentido. Dudo mucho que desfiles nocturnos de crucificados como el de ayer estén dirigidos al bien común, ni siquiera desde el punto de vista del espectáculo: se puede admirar la grandeza de la talla de una virgen, o lo melódico de una marcha bien interpretada por una banda; pero dudo que contribuyan al disfrute público los bandazos de personas que, voluntariamente, caminan como moribundas mientras rezan para que llegue el fin del desfile. Aunque, quién sabe, hay gustos para todo.
No sé por qué, pero cada vez que veo en persona o en televisión algún acto de penitencia que sólo conlleva al sufrimiento propio me acuerdo de que entre todos pagamos para que la Seguridad Social garantice la recuperación de otros “penitentes”, como los fumadores: sus cánceres pasan a ser tratados en los hospitales públicos, pero en este caso muchos afirman que esta asistencia sanitaria la pagan las tabacaleras en los impuestos con los que se grava a cada cajetilla. Y también me acuerdo de otras tradiciones lúdicas de nuestro país relacionadas con la muerte como espectáculo, cuyos defensores empiezan a estar en peligro de extinción. Por un lado, las corridas de toros están dejando de aparecer en algunos medios, que no quieren saber nada de matanzas públicas de animales. Por otro lado, la caza es una actividad de ocio cada vez menos accesible, por lo que muchos tendrán que dejar de pavonearse ante los amigos en la taberna por haberse cargado x jabalíes.
Anoche, menos espectadores que en años anteriores aguardaban en las aceras el paso de los penitentes. Sólo los jerezanos y escasos turistas se atrevieron a desafiar al frescor nocturno (no olvidemos que seguimos en invierno) para ver cómo otros desafiaban al frío y a su propia integridad. Como está ocurriendo con otros anacronismos de nuestro tiempo, parece que los empalaos están en crisis.

