La otra Semana Santa. Martes Santo: anécdotas que se repiten.

En el contexto de la Semana Santa, nacen anécdotas que se repiten año tras año pero siguen llamando la atención. Por ejemplo, siempre llama la atención la pasión (nunca mejor dicho) con la que el mayordomo de cualquier imagen arenga a los suyos para levantar el paso. Por una rejilla frontal, a los costaleros le llegan palabras de recuerdo a los que ya no están en la cofradía, de apoyo a los que si están pero necesitan ayuda divina o simplemente de ánimo para llevar al cielo la figura mejor que nadie. Cuando se acaba el sermón, se golpea el llamador dos veces y las andas se alzan bruscamente (en algunos casos parece que van a desarmarse), mereciendo el aplauso general.

Entre los testigos privilegiados de estampas como ésta, encontramos a los niños. Bien sea como nazarenos o como repartidores del olor a incienso, los más jóvenes acaban convirtiéndose en protagonistas en cada desfile. En la tarde del Domingo de Ramos, ponen en peligro a los espectadores con las afiladas palmas; el resto de noches de Pasión, no esconden su cansancio. La capucha dura poco tiempo en su cabeza, pasando a ser guardada por el familiar o conocido más cercano. Los que en un principio avanzaban solos en la procesión, luego van de la mano con otro nazareno y acaban regresando al templo en sus brazos. Si los hay que aguantan en pie, es por los entretenidos utensilios que llevan: portar un incensario exige un movimiento continuo que seduce la vista tanto como el olfato; sostener una vela puede convertirse en jugar con fuego, algo que atrae a los niños porque no les dejarían hacerlo en otro contexto.

Hablando de cirios, ¿que sería de los fabricantes de este bien de cera si no fuera por la Semana Santa? Al igual que los coches de caballo con los vehículos de motor, las velas han sobrevivido a la electricidad por su uso folclórico. Por eso, en Sevilla, los días posteriores a la Semana Santa, ambos instrumentos se juntan: las ruedas de los carruajes chirrían al pasar sobre la cera reseca en el umbral de la Catedral.

No hace falta irse hasta la capital mundial cofrade para analizar las peripecias del costalero. No sé si será por los nervios, el calor bajo el paso, la falta de previsión, el esfuerzo… Pero siempre hay alguno que tiene que salirse y pedir a algún vecino que le deje usar el baño. A otros también les gustaría salir en mitad de la procesión, pero para fumarse un cigarrillo, como si no quisieran respirar aire fresco tras unas horas llenas de sudores. Lo de buscar conversación lo llevan mejor: excepto en las procesiones denominadas “del silencio”, el coloquio bajo las tablas no para. Se oyen carcajadas, lamentos o preguntas a quien los dirige, como “¿cabemos por aquí?”, “¿hay alguien de relevo?” o “¿falta mucho?”. Bueno, sólo cinco días.

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