Hoy
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Conducir en Bali. Indonesia.
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Elvira Gallego | 24-05-2015 | 02:48| 0

Templo Tanah Lot

 

Llegué a Bali (Indonesia) desde Phnom Penh (Camboya). Aterricé a las 20:00 horas en el aeropuerto de Denpasar , la capital. Pasé la noche tumbada en el suelo  esperando a que amaneciera y pudiera coger un bus o un taxi a mejor precio que la tarifa nocturna que me ofrecían cada vez que salía fuera a fumarme un cigarrillo. Regateos incontables compartiendo humo, sin éxito. Ellos se lo estaban pasando en grande conmigo pensando que el cansancio iba a hacerme ceder, pero aún no sabían que mi testarudez era más determinante que mi desesperación…A las 4 de la mañana, ya sabía  que no había autobuses y que un taxi era la única opción de salir del aeropuerto. Viendo que las opciones se me agotaban, y tras comprobar que sería un milagro que la wifi del aeropuerto funcionara, decidí esperar a la mañana y andar un poco fuera del recinto para probar suerte fuera de la comuna de buitres que me esperaban fuera.  Y así lo hice. Ya con luz, salí  caminando entre ellos y en la primera carretera que encontré, tiré las mochilas al suelo y me dediqué a parar a todo el que pasaba. Conseguí un coche por la mitad de lo que me pedían en el aeropuerto…

Compartiendo risas

 

Me habían aconsejado quedarme en el pueblo de Ubud, centro cultural de Bali, a 1 hora  de donde estábamos. Tras preguntar allí en varios hostels y ver que se  salían de mi presupuesto, saqué de la mochila mi historia de niña buena, con mal estado de salud y sin dinero y conseguí que el conductor me llevara a la ciudad de Sanur, más económica y a media hora más de camino, sin subir el precio. En Sanur beach encontré lo que buscaba.

Cuando arrastré bajo la ducha toda la porquería que me había traído conmigo de refregarme toda la noche por el suelo, mezclada con el sudor inagotable que provoca el calor húmedo de Bali, y me tumbé en aquella cama….dormí como si aquella habitación sencilla, donde mi cuerpo se hundía desapareciendo sobre aquel colchón, fuese una suite del Ritz.

Pura Besakih (Templo)

 

A la mañana siguiente alquilé en el restaurante de enfrente una moto por 40.000 rupias diarias (menos de 3 euros). Iba a ser una aventura, porque en Bali, si no llevas carnet de conducir internacional, te multan (con lo que le da la gana y en función de las necesidades del policía que te pare…) y yo, no lo tenía. Así que decidí aparcar los pantaloncitos cortos de turista acalorada y disfrazarme. Pantalones largos, camiseta de manga y pañuelo en la cabeza escondiendo mi pelo corto. Metí 50.000.000 rupias (casi 4 euros) en el monedero y el resto del dinero  lo escondí en la cartera secreta que llevo en la barriga debajo del pantalón.

La gasolina en Bali cuesta 6700 rupias/litro (unos 40 céntimos de euro)…así que ¡¡a hacer kilómetros que es casi gratis!!

Después de haber pasado unos meses en India, el tráfico loco de Bali te parece un paseíto por una autopista alemana.  Aun así,  la única manera de no estamparte los dientes en el asfalto  era no usar los intermitentes ni los espejos retrovisores (si tienes) y rodar como si la carretera fuera tuya. Es decir, ahora paso por la derecha, ahora me voy a la izquierda, ahora cierro las piernas y me meto entre estos dos camiones, ahora me salgo por el arcén y me monto en la acera y que se j….. los que vienen detrás. Donde fueres, haz lo que vieres. Así lo hice. Se conduce por la izquierda, como en la mayoría de países de Asia, detalle que sólo practicaba cada vez que me pitaba un coche o moto que me encontraba de frente, recordándome ¡que iba por la derecha!

Cada vez que llegaba a un semáforo, me mezclaba entre las decenas de motos locales que se aglutinaban entre los coches para pasar desapercibida. Me colaba en medio de la marabunta con la mirada al frente como si fuese un burro con orejeras. Terminantemente prohibido mirar hacia la cuneta, donde se pone la policía, si los miras: te paran. A pagar. Terminantemente prohibido ser respetuoso y ceder el paso o quedarte la última detrás de las motos en los semáforos. Se te ve el plumero de turista “empanáo”: te paran. A pagar. Aquí mete rueda por donde puedas con actitud de “pa chulo mi pirulo” y todo iré bien.

Ofrendas hinduístas. Fuentes de TirtaEmpul.

 

 

En moto. Siempre.

 

Aún con todas estas precauciones, al final del día y cuando ya me estaba sintiendo invencible y sólo iba pensando en la pizza que me iba a comer cuando llegara, en un control donde estaban parando a todas las motos, me tocó la lotería. El estómago vacío me provoca un mal carácter que cuando el policía de turno me pidió que me quitara el casco tuve que contenerme para no tirárselo a la cara. Íbamos a ver cómo salía de ésta ahora. Conocía a gente que había tenido que pagar un millón de rupias (unos 70 euros) para que le dejasen seguir su camino. Tenía hambre. ¡No me apetecía nada tener que tirar en ese momento de mi vena artística familiar!

Bien, aquí sólo podía haber una solución: si no entiendo lo que me dicen, no puedo colaborar. Si no entiendo que me están pidiendo el carnet, no lo puedo entregar. Si no entiendo que me están pidiendo dinero, no puedo pagar. No saber inglés no es ilegal.  Pues si quieren que pague…tendrán que llamar a un traductor. Mientras bajaba de la moto decidí que ese sería el plan, alegrándome de haber metido sólo 50.000 rupias (menos de 4 euros) en la cartera, para estos casos, y llevar el resto escondido bajo la ropa. Como última opción si me cogían la cartera, no se llevarían más que eso.

Tras quince minutos de responder en español con un “no hablo inglés, lo siento, no hablo inglés, no estoy entendiendo nada, por favor” a las imposiciones que el policía me hacía en inglés mal chapurreado comprendí que esto iba a ser una batalla de desgaste. Aun así, no estaba dispuesta a ceder mi pizza por pagarle las cervezas al corrupto de turno. Así que si él seguía con energías, yo también.

Tras 45 minutos de tenerme allí parada escuchándome hablar en español con cara de desgraciada, se debió dar cuenta el muy lúcido, de la cantidad de motos que estaba perdiendo por seguir allí intentando que le entendiera y al fin me gritó “¡go!”…..  ¡Eeeeeehhhhh! ¡Cuidadooooo!……si no he entendido ni una sola palabra en 45 minutos, no puedo entender ahora “go”. Así que esperé pacientemente hasta que a la tercera me indicó con la mano que me subiera a la moto y me largara.

“Buff”. Esto de hacerse la tonta agota. Ahora tengo más hambre aún. Creo que al final, serán dos pizzas…

(Podéis ver álbunes de  fotos de mi viaje en mi facebook: Viajando sin mapas)

 

La Amistad

 

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Si quieres ser un auténtico viajero, no seas tímido
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Elvira Gallego | 11-05-2015 | 10:34| 0

Tras conseguir embarcar en apenas media hora, la viajera alemana y yo quisimos recordar nuestra aventura.

 

Después de dos meses en Bali (Indonesia) haciendo el curso de guía profesional de buceadores, me caducaba la visa, y tenía que salir del país y volver a entrar  para conseguir una nueva “visa on arrival” (a la llegada). En Indonesia la visa turística es de 30 días, pudiéndola extender otros 30  más ya estando en el país. Después de 60 días, tienes que salir obligatoriamente del país.

En ese punto estaba yo el 30 de abril. Había comprado un billete de ida y vuelta, en el mismo día, desde Bali a Kota Kinabalu (Borneo-Malaysia) y me había encontrado sólo con una opción: llegada a Kota Kinabalu a las 18:05 horas y salida a las 18:30 horas. Locura. Lo sé. Pero preferí arriesgar a tener que aumentar el presupuesto con hotel, comidas, taxis, etc…

Ya el billete me especificaba claramente que la puerta de embarque de mi vuelo de vuelta se cerraba 30 minutos antes de la salida, es decir, a las 18:30 horas ( y yo aterrizaba a las 18:05). Bien. Iba a llegar después de que tuviera que estar subiendo al avión, y tenía que pasar primero los dos controles de inmigración y el control de policía. Parecía misión impisible. Una persona cuerda ni siquiera lo hubiera intentado, pero como la cordura se me hace tan aburrida, ahí estaba yo, saltando de un país a otro y vuelta atrás, equipada sólo con mi riñonera incondicional y las zapatillas de deporte para la carrera por el aeropuerto. Iba a salir de un avión, conseguir los sellos de entrada y salida a Malaysia, y volver a subirme al mismo avión para volver a Bali.

Ya en el vuelo de ida le puse en antecedentes a la tripulación, solicitando la mayor colaboración posible. Les hice tres visitas en el vuelo de dos horas, ya que una sola la hubieran pasado por alto. Después de tantos años viajando sola y sin más equipaje que mi mochila, la verguenza de la insistencia no es algo que me frene normalmente. La timidez es solo un lastre en la mayoría de las ocasiones en las que te ves en apuros.

No sé si  inspiré pena al piloto, o aprovechó la excusa de querer haceme un favor para contar con más tiempo de descanso para llamar a su señora, el hecho es que me alentó a que corriera, y me prometió que me iba a esperar. Los indonesios son buena gente. Un favor así no te lo hacen en cualquier sitio.

Cinco minutos antes de aterrizar la situación era la siguiente: yo me había cambiado a la primera fila de asientos para saltar del avión nada más abrieran la puerta. Unos minutos después se sentó a mi lado una alemana con el pasaporte en la mano. Me miró sonriendo, diciéndome: “creo que tenemos el mismo vuelo”. ¡Otra chiflada!  Dos chifladas en un mismo vuelo  Organizamos juntas en un minuto la estrategia para conseguir nuestro objetivo y nos echamos unas risas.

No había otro vuelo de vuelta hasta dos días después. Teníamos que conseguirlo. Cuando abrieron la puerta del avión, la tripulación nos deseó buena suerte y salimos las dos corriendo. 18:05 horas.

Buscamos la ventanilla de  Inmigración de Entrada. Había una cola de unas 50 personas y, corriendo, nos colocamos las primeras gritando  “¡lo siento, lo siento, vamos a perder el vuelo!”, colocando los pasaportes delante de la cara del funcionario, y añadiendo a la situación  esa cara de desesperación profunda, que inspira una lástima inevitable y es capaz de transformar en el alma de los estafados un ” ¡pero qué cara tienen, serán sinverguenzas!” en un “pobrecillas, deberíamos ayudarles”, proceso que tengo muy ensayado ya.

La expresión del policía que nos iba a estampar el sello mientras le instigábamos con un ” por favor, ¡corre,corre!, ¡no tenemos tiempo!” era todo un poema. Me pidió que pusiera mis dedos en el scanner de huellas dactilares mientras yo le mantenía clavada la mirada como si fuera el último día de mi vida. Él bajó los ojos y me estampó el sello en el pasaporte. Ya eran las 18:08 horas.

Corriendo, pasamos el control de seguridad, el escáner de seguridad de la Policía, y volamos a los mostradores de Inmigración de Salida. Antes de que la gente de la cola tuviera tiempo de creérselo y abrir la boca para quejarse, ya corríamos nosotras con el sello de salida de Malaysia hacia las pantallas para buscar la puerta de embarque de nuestro vuelo. 18:13 horas.

Una azafata nos esperaba en el mostrador de la puerta, aún abierta para nosotras, y las alemana y yo nos reíamos y nos sacábamos fotos para recordar aquel día loco en el que dos locas se encontraron haciendo la misma locura, y con una suerte loca les salió locamente bien.

En el último momento me entró la tentación de seguir jugando con la adenalina e irme a fumar un cigarrito a la sala de fumadores. Total, el piloto dijo que me esperaría…. “Ejem, ejem….la avaricia rompe el saco….¡ súbete ya al maldito avión!”.

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Camboya. La eterna sonrisa.
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Elvira Gallego | 23-03-2015 | 15:28| 0

 

 

Llegué a Phnom Penh  cuando estaba amaneciendo. En inmigración del aeropuerto no me aceptaban euros para pagar la visa de 30 días y el funcionario no me dejó opción ninguna de un cambio justo sentenciando: “here,euros same dolars!”, así que pagué el dólar a precio de euro, teniendo claro que el departamento de inmigración de los aeropuertos no es un buen lugar para discutir. A la salida, las opciones eran tuc-tucs o taxis, pero no había autobuses al centro. Peleé el precio con un tuc-tuc que ya tenía sentado un cliente alemán y podía darse el lujo de bajarme el precio a mí y hacer más productivo el viaje, y le indiqué que me llevara a Riverside, la zona centro al lado del rio, según me habían comentado, la zona con más opciones para backpackers. El tipo se pasó todo el trayecto intentando convencerme de que el guest house de “su primo” era bueno, bonito y barato (intentando comisionar), cuestión que zanjé con un simple: “ mis amigos me han reservado habitación en el que ellos están, pero gracias”. Tras medio hora de búsqueda con las mochilas amenizándome la caminata, encontré un sitio económico y limpio para quedarme, mis dos únicas condiciones (a veces incluso puedo prescindir de la segunda…ajajaja).

Los tuc-tuc resultaban caros para moverse por la ciudad .Así que al día siguiente decidí probar suerte, salí a la calle y paré a un motorista ofreciéndole 1 dólar por llevarme a donde quería ir, y después del regateo de costumbre, aceptó. Bien, ya sabía que por un dólar podría conseguir los trayectos. Los paseos en moto por la ciudad los disfrutaba como si nunca me hubiera subido a una. Cámara en mano, iba inmortalizando cada detalle. Mis ojos siempre buscan inconscientemente la foto en cada rincón, es defecto de fábrica.

 

Lo primero que visité fue el “Tuol Sleng Genocide Museum”, antigua escuela convertida en prisión de alta seguridad durante el régimen de Kampuchea Democratica S-21, en el que desaparecieron entre 1 y 3 millones de personas entre 1975 y 1979 a manos de los Jemenes Rojos. Me habían hablado de él y se convirtió en mi prioridad en Phnom Penh. Según atravesaba sus pasillos dejando atrás las celdas de tortura, donde aún se conservaban las cadenas, y observaba los cubículos mínimos donde encerraban a las víctimas, la presencia de todos los que murieron acompañaba impasible cada uno de mis pasos a través del horror, haciéndome sentir cómo, en relación a las maldades del ser humano, el tiempo se congela con la intención de avergonzarnos. Hay salas llenas de fotografías de torturas y de las caras de las personas desaparecidas, y en la última, vitrinas y un mapa de Camboya hecho con cráneos humanos. Tenemos miedo. A todo. Pero cuando tienes la oportunidad de estar en un auténtico pozo del horror, deseas con temor que la vida no nos traiga todo lo que podemos soportar…porque eres realmente consciente, de que podemos aguantar mucho más de lo que imaginamos. Apenas encendí la cámara. Cada vez que mi dedo apretaba el disparador, sentía lo mismo que cuando estuve en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau (Polonia): miedo. Miedo de lo que somos. Miedo de lo que podemos ser. Miedo de lo que aún no conocemos de nosotros mismos.

Los siguientes días los dediqué a ver el “Royal Palace”, la “Silver Pagoda”, “Al Wat Phnom” y por las tardes me iba a cenar al Nightmarket y  me sentaba en Riverside, tan solo para mirar el Mekong mientras charlaba con cualquiera que me diera conversación. Observar es el mayor placer del viajero, y cada día aprendes a detener el tiempo para disfrutar con lealtad de lo que tienes delante. Al final, tus recuerdos se convertirán en tu mejor álbum de fotos.

Hace tiempo  me enseñaron que viajar no es correr sin pausa detrás de todo lo que te ofrece un lugar, con la ansiedad de volver a casa con cientos de fotos diferentes. Viajar es saber parar, para saborear e interiorizar lo realmente importante: la esencia de un lugar y un momento. Fotos de monumentos, calles y museos podemos encontrar millones en internet, pero las sensaciones y las experiencias que enriquecen sólo podemos hallarlas cuando nos saltamos el plan o, mejor aún, cuando ni siquiera tenemos plan…

Una mañana salí a dar una vuelta y decidí, sobre la marcha, ir a ver el Palacio Real, como no lo había programado, no llevaba ropa larga ni los hombros tapados ( exigido para entrar en cualquier templo hinduista, budista o musulmán, pero insoportable bajo los cerca de 40 grados de Camboya). En el mismo Palacio estaban a la venta camisetas y pantalones largos para los visitantes olvidadizos, pero para mí, resultaba un gasto inútil. Salí a la calle y empecé a preguntar a los que por allí pasaban si podían dejarme un rato su ropa para entrar. ¿ perdía algo, además de la vergüenza, por intentarlo…? Si, lo sé. Una locura. Pero a veces las locuras salen bien. Y esa fue una de ellas. Un conductor de tuc-tuc llevaba una camiseta  para cambiarse y me la dejó, sin pedirme nada a cambio. Bajé mi falda todo lo que pude hasta que tapó mis rodillas. Lo intentaría así. De nuevo, la suerte había estado conmigo. Volví a entrar devolviendo la sonrisa a los trabajadores que me habían intentado vender la ropa un rato antes y di un buen paseo por todo el recinto deleitándome en cada foto.

Al día siguiente cogí un bus a Seam Reap para ver una de las maravillas del mundo: Angkor Wat. La mayor estructura religiosa construida, bajo el imperio jemer, entre los siglos IX y XV. De tipología hinduista,abarca alrededor de los 200 km2. Dedicado inicialmente al dios hindú  Vishnú y siglos después, adaptado y ocupado por monjes budistas. Una de las joyas arquitectónicas del mundo, sin duda. Tenía infinitas ganas de poder pasear entre aquellas piedras con tanto que contar. El trayecto fue de 9 horas, en las que el conductor se paró unas cinco veces  para arreglar averías mientras los demás nos deshidratábamos dentro.

Seam Reap es la ciudad dormitorio de las ruinas de Angkor, pero no deja de tener algo especial. Allí volví a comer un auténtico Thali (plato típico Indio),  que no probaba desde que estuve en la India el año pasado, y que tanto había echado de menos. Podría comer thali toda mi vida sin cansarme…es lo que tienen las cosas buenas…

Para recorrer Angkor cogí un tuc-tuc por todo el día por 15 euros. Recorrimos los caminos de un templo a otro, que se escondían entre una  maleza exuberante y celosa. Cada uno de los templos desvelaba algo distinto.  He estado en muchos sitios espectaculares, pero Angkor me sorprendió más allá de lo que esperaba. Su silencio está impregnado de un aura enigmática y su misterio excita tus sentidos y enciende tu deseo por sus secretos. Angkor te envuelve y secuestra tu impaciencia. Me pasé aquella noche, soñando con  descubrirla de noche, sin un solo turista, para poder escuchar su respiración…

A pesar de tanta belleza, lo mejor de Camboya es su gente, y lo mejor de su gente, su sonrisa sincera como respuesta incondicional. El pueblo camboyano es un pueblo fuerte, hecho al dolor, es un pueblo con un orgullo bañado en humildad, que te cautiva para siempre y siembra en ti las ganas de regresar…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De Kohpayam a Chang Mai. Estrategias para dormir en el autobús
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Elvira Gallego | 26-02-2015 | 15:10| 1

La nostalgia acompañaba el movimiento suave del barco cuando partía de Kohpayam. La promesa de volver a ver a Jessy algún día quedó grabada con sal en mi mirada perdida.

Cuando atracamos en el puerto de Ranon, estaban esperando varias furgonetas taxi para llevar a la gente a la estación de autobuses por 100 bath (caro). Desistí de las ofertas, y caminé cinco minutos con la mochila pueblo adentro. Enseguida conseguí transporte por 30 bath.

El bus hacia Bangkok salía a las 19.30 horas, así que aproveché para comer algo con Marta, médico madrileña que había conocido en el barco. Yo, en principio, iba sólo a Bangkok, que ya era una buena paliza en bus (12 horas). Ella iba a continuar seguido hasta el norte, lo que me hizo sentir que me estaba volviendo comodona, y decidí pegarme el palizón con ella hasta Chang Mai. Tenía 5 días más de visa tailandesa, e iban a ser demasiadosdías solo en Bangkok.

Los asientos en los autobuses siempre van numerados, pero yo decidí, como siempre, hacerme la tonta ( para lo que no tengo que esforzarme mucho) y usar mi truquito para aviones y autobuses. Me quedé fumando fuera hasta que todos los pasajeros estaban sentados, y hasta que el conductor me dijo por décima vez que me subiera ya. Busqué con la mirada un par de asientos juntos vacíos para poder estirar un poco las piernas, pero esta vez, la suerte no estuvo conmigo. No había nada más que uno. El mío. “Bufff…vaya viajecito  me espera…”, pensé resignada.

Me tocó al lado de una señora mayor (alemana creo), que venía cargada de bolsas de chucherías para hacer el trayecto más ameno. Enseguida se dispuso a quitar sus bolsas del suelo para dejar espacio para mis pies cansados. “No se preocupe, no voy a necesitarlo”, le dije sonriendo.

Esta vez no esperé ni a que apagaran la luz. En cuanto el autobús arrancó, me cogí la riñonera ( mi inseparable almohada), me tumbé en el suelo del pasillo que queda entre las dos filas de asientos, me puse el antifaz de dormir, los tapones, y me tape con la mantita que nos habían dado, ante la estupefacción de todos los pasajeros (ande yo caliente, ríase la gente).

Y empecé a contar de 1.000 hacia atrás con la esperanza de quedarme dormida antes de llegar hasta el uno. Pues  llegué hasta el 1, agarrándome con la mano al hierro de la base de un asiento para evitar lesiones medulares con el traqueteo violento del maravilloso autobús, y con los pies de un italiano despertando mi nariz. Bien. No pasa nada. “Everything is perfect”, como me decía mi amigo Eloy. “Voy a ponerme del otro lado”, me dije.

Con dificultad, me di la vuelta y cambié los pies del italiano por los pies de una nórdica que dormía plácidamente sentada como si estuviese en el mismísimo cielo (con la correspondiente envidia insana recorriéndome las vísceras). Bien, vamos a contar de nuevo desde mil. “mil….setecientos treinta…quinientos veinte….ay!!!”, un toque en la pierna acompañado de un “excuse me!” me alejó de aquello que ya se estaba pareciendo al sueño. Un simpático tailandés necesitaba bajar al baño tan solo 10 minutos después de empezar el viaje. Bien. No pasa nada. “Everything is perfect”.

Me agarro al brazo de un asiento para levantarme despertando a la sueca con mi impulso, meto medio cuerpo encima de ella para que el tailandés pasara, me siento en mi asiento esperando a que el señor acabara y volviera , y con más positividad que antes, me vuelvo a tumbar en el suelo. Bien. Venga. Ahora ya sí. Me vuelvo a poner el antifaz (los tapones ni me había molestado en quitármelos) y esta vez pasé de contar. Ahora a dormir sin rodeos, por narices.

Quince minutos después, y aún en mi intento, vuelvo a escuchar otro “¡excuse me!”. Bien. No pasa nada. Repito el mismo proceso, y a los cinco minutos vuelvo a tumbarme, taparme hasta la cabeza y ponerme el antifaz. A todo esto la mitad del autobús ya iba dormida.

No sé cómo ni cuándo, pero caí en el sueño con el meneíto de la carretera hasta que de repente vuelvo a sentir una palmada en la pierna. Esta vez más intensa, más contundente y sin “excuse me “ que valga. “¡Dios!” pensé, “¡ésta sí que me ha fastidiado!”. “¡Maldición!” ( me pongo fina, por no poder reproducir la cadena de vocablos que pasaron por mi cabeza en ese momento…). “¡Otro meón!”. Me destapé la cabeza, me subí el antifaz y abrí los ojos arrugados como pude bajo la lámpara encendida del techo. Cuando miré hacia adelante, vi a dos militares con unas metralletas relucientes que medían lo mismo que yo, mirándome con cara de alucinados. “¡Excuse me!”, ahora la que lo dijo fui yo, acompañado de la cara de tonta que siempre me ayuda en estas situaciones. Me fui a mi sitio después de haberme apretujado contra los militares para dejarlos pasar, y observé cómo iban identificando a todos los pasajeros tailandeses y birmanos. De los “turist” pasaron completamente.

Una vez bajaron y el autobús arrancó de nuevo, me volví a tirar en el suelo. Valgo más por tozuda que por lista.

A las tres horas pararon para comer (lo que yo aproveché para fumarme sentada en un bordillo unos cigarritos, con los tapones, el antifaz en la frente y las legañas en los ojos)  y a las 8 de la mañana estábamos entrando en Bangkok.

El autobús de Bangkok a Chang Mai salía de otra estación, así que Marta y yo buscamos taxi. No teníamos mucho tiempo. Pregunté a un taxi colectivo y me pidió 100 bath. “¡Buff! You are very expensive, my friend, i have not money. Come on!, 70 bath?…yes!, yes! Come on! 70 bath is ok!”, oferta que el chavalito aceptó.

No teníamos cambio y me fui con cara triunfal por haber ganado el regateo a una tiendita a cambiar. Allí veo a un tailandés con un ticket en la mano de 35 bath. Le pregunto dónde se compra y me voy hacia allí. Y allí estaba sentado mi amigo, el que me pedía 100 bath. Sonrío, pero con esa sonrisa cerrada que suelo acompañar con cara de mala leche, diciéndole que me había intentado timar, después de lo cual él sí que se rió abiertamente a carcajadas en mi cara de sueño. Bueno. No pasa nada. “Everything is perfect”. Por lo menos esta vez no había pagado de más.

Al llegar al otro bus, Marta subió rápido y yo, como siempre, me quedé fumando abajo usando el mismo truquito que no me había servido antes. Cuando el conductor se subió  salté yo dentro por la puerta de atrás. Activé el scanner de búsqueda y……¡al final encontré dos sitios libres!. Bien. Bien. Me fui contenta hacia ellos, me senté y estiré bien las piernas. Esta vez había tenido suerte.

A los cinco5 minutos viene el sobrecargo a decirme que esos sitios no eran los míos. Le digo, están libres que más te da. Me dice que estaban ocupados. Me cambio al mío, delante. Espero a que baje a la cabina y me vuelvo a cambiar. Cinco minutos después me vuelve a despertar y a decirme que me cambiara. Me cambio. Espero a que baje y me vuelvo atrás otra vez. Sabía que en breve se iría a dormir para conducir la segunda etapa del viaje. Tapones, antifaz, mantita…y a dormir. Genial. Lo necesitaba.

A la hora de empezar el viaje y sumida por fin en un profundo sueño, vuelvo a escuchar el “excuse me”. Me levanto el antifaz muerta de cansancio y veo al sobrecargo acompañado de dos japoneses que, sonriendo, me pedían que vaciara su sitio. No voy a escribir lo que pensé. Y me volví a mi sitio tocada y hundida. Bueno. “Everything is perfect”. Siempre me quedará el suelo. Cuando sentí arrancar el autobús volví  a tenderme abajo hasta las diez de la noche que llegamos a Chang Mai (después de 36 horas de viaje ininterrumpido). En un aspecto sí fui afortunada: en este bus había menos meones, jajajaja.

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La caricia de Jessy, la mona huérfana de Kohpayam
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Elvira Gallego | 25-02-2015 | 06:46| 0

Mis primeros pasos en Kohpayam (Tailandia) desde el bungalow a la playa fueron descalza, sintiendo en cada paso la cercanía del mar de Andamán. Era ya febrero, justo antes del comienzo de la estación lluviosa.

Cuando terminaba la arboleda y el camino se abría al mar, un movimiento rápido a mi derecha captó mi atención. Jessy, la mona de Peter (el dueño de los bungalows), estaba allí atada a una cuerda de unos seis metros por un peto que llevaba en la cadera. Junto a ella, su caseta-dormitorio de madera.

Al verme, su expresión se enfureció levantando las cejas y enseñando sus dientes amenazantes. Me paré y dirigí un par de pasos hacia ella con intención de medir su grado de cabreo, a lo que ella respondió con la pequeña carrera que le permitía la cuerda para alcanzarme. Salté hacia atrás y seguí hacia la playa.

Por la noche le aseguré a Peter: “hasta que no toque a Jessy, no me iré de la isla”. Él rio a carcajadas y comenzó a contarme su historia.

Jessy era una mona huérfana que adoptó ocho años atrás cuando unos cazadores mataron a toda su familia. Sólo quedó ella, aún en la etapa de lactancia. Peter la alimentaba a base de biberones y dormía con él en la cama. Las autoridades tailandesas se habían llevado a Jessy en dos ocasiones, por ser ilegal mantenerla en casa. Las dos veces, tras quince días negándose a comer ni beber, y cerca de la muerte, se habían visto obligados a devolvérsela.

En los meses en los que hay más turistas, ella permanece atada porque no soporta a las mujeres ni a los niños, y había mordido alguna vez cuando alguna imprudente como yo había querido hacerle cariñitos. Pero pasada la temporada alta, en los meses de la estación lluviosa, ella vive libre con Peter, se sube a los árboles, se baña en el mar… disfrutando de su libertad.

Cada día acudía por la mañana y por la tarde, me sentaba frente ella, midiendo la distancia que alcanzaba con la cuerda para no estar a su alcance, y le hablaba durante un tiempo. A veces, le compraba alguna magdalena que ella partía por la mitad y se comía sólo la miga de dentro, dejando las partes quemadas. La monita, hambre, había pasado poca.

Cada diez minutos avanzaba sentada unos cuantos centímetros para ir acortando la distancia entre nosotras, y que me fuera aceptando en su territorio (el diámetro que alcanzaba la cuerda).

El segundo día me pasé de lista y me adelanté demasiado. Ella pegó la carrera con un gruñido e intentó morderme. Pegué un salto hacia atrás, pero ella se quedó con mi riñonera. La abrió, sacó la cartera y se la metió en la boca, y se dedicó a romper un paquete de clínex en trocitos. Estaba aburrida. Llamé a Peter y él le quitó mis cosas. Ella me miró cabreadísima acusándome de chivata, y su mirada me dejó claro que a la próxima iba a dejarme sin pelos en la cabeza. Peter se enfadó conmigo y me dijo que no me acercara más porque  iba a terminar mordiéndome. Jessy no soportaba a las mujeres. Yo terminé el día, triste, en el bungalow…

Pero a la mañana siguiente volví a sentarme frente a ella, lo que pareció sorprenderla….y seguí contándole “mis cosas” mientras ella sentada, mirándome, y hacía trizas todas las hojas que encontraba alrededor.

Día a día le fui  sintiendo cada vez más relajada con mi presencia.

Al sexto día, ella estaba alejada y me atreví a cogerle el cacito del agua vacío, se lo llené y volví a dejarlo en su sitio. Era mi primera incursión en su espacio, y ella ni se había movido. Buen avance. Aceptaba que entrara en su territorio. Esa noche me quedé dormida con una sonrisa.

Al noveno día, en una de nuestras conversaciones unilaterales, Jessy estaba a sólo un metro de mí. Sin esperarlo se levantó y vino hacia mí tranquila. En ese preciso instante me di cuenta de que me tenía a su alcance, ¡me había sentado demasiado cerca y ella llegaba con la cuerda! Fueron décimas de segundo de indecisión: o saltaba hacia atrás o me quedaba quieta. No sé qué me convirtió en una estatua, quizás que ella en ningún momento me había mirado a los ojos…Se me aceleró el pulso, el corazón se me salía del pecho: un paso, dos pasos, tres pasos…. alargó su mano y me quitó una mosca de la pierna….’Buff!!”, pensé yo, “o ahora o nunca”. Despacio, levanté el brazo y le acaricié la cabeza con la mano, suavemente. Ella no se movió, pero levantó la mirada y vio mi paquete de tabaco  a mi lado, lo agarró contenta, y se largó a la otra punta para cargárselo a gusto…¡jajajaja!

Empecé a gritar “¡ya la he tocado, ya la he tocado!”, a lo que Peter y el resto de huéspedes  sonrieron celebrándolo, mientras un amigo me gritaba: “ ¡ te lo mereces, le has dedicado mucho tiempo y eres tozuda como una mula!””.

Otro deseo cumplido.

Me conocía tan bien, que sabía que si me quedaba dos días más con ella, era posible que nunca más quisiera abandonarla… Había llegado el momento de marcharse. Ahora, camino a Camboya.

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10 días en Kohphayam (Tailandia) que iban a ser solo tres
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Elvira Gallego | 23-02-2015 | 10:29| 0

 

Los 3 días previstos en Kohphayman se convirtieron en 10.

A medida que el barco se va acercando al puerto, se ve un Buda dorado gigante, sentado en una de las lomas de la isla, entre la espesa arboleda.

Nada más llegar al puerto, donde ya se adivinaba una isla tranquila (no había ningún Thai esperando la llegada de turistas para agobiarlos con moto-taxis o precios de alojamientos), alquilé una moto (en la isla no hay coches) y me puse a buscar un bungalow frente al mar. Un deseo pendiente. La isla sólo tenía una carretera que la cruzaba, por el centro, de punta a punta, en 10 minutos.

La primera noche la pasé en unas cabañas perdidas en medio de ninguna parte. La señora me había asegurado que tenía vecinos al lado, pero  al llegar allí estaba más sola que la una. Si hubiera pegado unas voces, solo un gato que me hacía  compañía se habría enterado. Me dormí pensando ”bueno, ya vendrá alguien mañana …”.

Nada más despertarme me vi, literalmente, rodeada de millones de hormigas. La sábana de la cama ni se veía: subían y bajaban por mi cuerpo como si fuera un mango dulce. La estupefacción no me dejaba ni hablar, ni chillar, ni moverme. Pegué un salto de la cama y al apoyar los pies en el suelo me cargué involuntariamente a otros cientos. Todo el suelo. Toda la ropa. Las paredes. Estaba absolutamente alucinada. No tenía ni un centímetro donde pisar. No entendía aquello. No tenía comida guardada, mi ropa estaba toda limpia…. ¿Por qué?. Saqué todas mis cosas de la cabaña como pude, y ya fuera empecé a limpiar toda la ropa y las mochilas. Hasta que solo quedó alguna hormiga perdida por ahí. Arranqué la moto y fui a hablar con la señora. Según me comentó, eran las “hormigas del coco” y, seguramente, tendría alguna prenda que oliera a dicha fruta. No lo encontré lógico porque aún no había tocado un coco desde mi llegada a Tailandia, pero quien sabe… Llegó el momento de buscar otro sitio para dormir.

Los bungalows del “Sunset” me enamoraron : terriblemente sencillos, de madera vieja, un poco destartalados, sin cerrojo en la puerta, pero en medio de una vegetación exuberante. La zona común, una cafetería-recepción, era un “chill  out” situada justo frente al mar, con un pequeño mostrador de madera vieja y empolvada llena de libros donde Peter, el dueño francés que se enamoró de la isla 8 años atrás, apuntaba los cargos de los clientes con una libreta y un lápiz.

Los atardeceres en Kohphayam, sentada en un pequeño escenario de madera que Peter tenía en un alto a tres pasos del agua, eran sencillamente espectaculares… El sol pasaba del rojo enfurecido al gris invisible en cuestión de minutos…

Por la noche, me sumergía en el mar, removía el agua con mis manos…y aparecía la actividad del plancton (fitoplancton más concretamente), en forma de millones de partículas verdes fluorescentes. Era la magia de la naturaleza. La vida, a veces expresada de forma tan pequeña, ofrece postales difíciles de olvidar. No hay cámara en el mundo capaz de captar la belleza de esta experiencia.

Desperdigados por la isla, decenas de chiringuitos de ambiente reggae donde acabar el día con muy buena música y, a veces, espectáculos de fuego.

Una de las noches dio un concierto en la playa el mejor grupo de reggae de Tailandia, de cuyo nombre no puedo acordarme por impronunciable. Una noche irrepetible bailando descalzos sin descanso. Personas de todos los rincones del mundo unidos tan solo por las buenas vibraciones que trasmite el reggae.

Casi todas las mañanas las dedicaba a dar vueltas por la isla en la moto, en busca de fotos, y a hacer snorkel en una cala pequeña del norte con gran variedad de especies de peces. La cámara subacuática había sido lo mejor que había metido en la mochila. Por la tarde, intentaba identificarlos con una guía del sudeste asiático que algún viajero, con el macuto ya demasiado pesado, decidió dejarla descansar allí en forma de huella atemporal de su paso por aquel lugar especial.

Antes del atardecer, me sentaba con Jessy, la mona adoptada por Peter, y pasaba horas mirándola y hablándole despacio. De ella hablaré en el siguiente postque os envíe pues, para mí, se convirtió en lo mejor de la isla, y lo que más echo de menos…

Pero llegó un día en el que ocurrió lo que me dijo aquel día mi amigo Albert : “cuando ya no te da pereza volver a hacer la mochila, es porque ha llegado el momento de marcharse….”

.Y así fue.

 

 

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Koh tao (Tailandia).La isla del buceo.
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Elvira Gallego | 12-02-2015 | 06:25| 0

Saltar. Una mano sujetándote el cinturón de pesos. La otra, asegurando las gafas. Ya estás en el agua. Inflas el chaleco. Ahora. Llegó el momento. Tu momento. Desinflas lentamente el chaleco mientras tu cuerpo se va hundiendo y sientes cómo se deja arrastrar hacia el fondo. Tu cuerpo no pesa. Solo baila con el agua. El aire entra en tus pulmones a través del regulador que llevas en  la boca unido a la botella y, poco a poco, las inspiraciones dejan de ser pensadas…y permiten el paso a la meditación más profunda…entonces…ya solo existes tú, con tu movimiento lento y suave a través de la distancia, mientras te cruzas con  peces de todos los colores que te observan queriendo bailar contigo. Inflas tus pulmones  y tu cuerpo sube regalándote  alas. Expiras despacio y bajas….el arte de mantenerte en el mismo lugar es un juego mágico con tu cuerpo y el control de tu mente. Allí abajo todo es “aquí y ahora”. Nada existe entonces, solo tu cuerpo dulce atravesando tus miedos. Aquí eres parte del medio y sólo disfrutas de él. Bailar…bailar en el agua…flotar…volar…respirar…meditar…observar…Si existe algo cercano a la verdadera felicidad…eso es bucear.

Koh tao es la isla tailandesa del buceo. Decenas de centros de buceo, dispersados por toda la costa, te ofrecen la oportunidad de tu “bautismo” o de  seguir formándote profesionalmente.

Llegué  para volver a bucear después de muchos meses de deseo y espera y aquí estaba ya.

Después de buscar dónde dormir, me dirigí directamente a uno de los centros para sacarme el siguiente nivel de submarinismo: “Advanced”. Tras unos días y 6 inmersiones ya tenía mi carnet preparado.

Una de las inmersiones fue la de profundidad, bajamos a 30 metros, compensando los oídos todo el tiempo (tapándote la nariz y soplando por ella hacia fuera) para evitar daños auditivos. Otras fueron de orientación, trabajando con la brújula, buscando direcciones y aprendiendo a orientarte donde no existe el horizonte. La inmersión nocturna fue la más excitante, con una linterna en la mano derecha que te abría la oscuridad más inmensa del océano. Señalar con la luz un pez que duerme, de forma oblicua e indirecta para no despertarlo ni provocarle estrés, entrega, al que observa y busca, la sorpresa más satisfactoria del mundo.   Dar la vuelta a una roca y encontrarte de frente con decenas de puntos de luz en un fondo difusamente ennegrecido fue tan emocionante que dos gotas de felicidad recorrieron mi rostro mojado. Decenas de buzos señalando su posición con un  tenue rayo de luz, el mosaico de linternas maravilloso de aquellos que aman lo mismo que tú…el mar…la vida subacuática…la calma profunda que sólo allí abajo puedes experimentar…

El fondo de Koh tao no es especialmente espectacular, pero sirvió para calmar mis ganas. Debido al exceso de buceadores inexpertos, y muchos de ellos irresponsables en la práctica, deja la imagen de mantas de corales rotos en un fondo demasiado maltratado. En los puntos de buceo, era normal ver 20 barcos con un montón de buceadores cada uno, esperando para saltar o esperando para subir. Demasiado. Lo mejor que aprendí de mi instructora brasileña en Malasia, fue el respeto a lo que estás viendo. Un buceador nunca debe tocar absolutamente nada ni molestar en lo más mínimo la vida que observa. Cuando sale del agua, debe parecer…que nunca estuvo allí. Recordarla flotando en el fondo y recogiendo los plásticos que, con dolor, veía entre corales es lo que más me enamoró del buceo y lo que me hace, a día de hoy, seguir admirándola profundamente.

La isla como tal es demasiado turística y ha perdido gran parte del encanto de lo que se mantiene auténtico a lo largo del tiempo. Muchas tiendas, muchos pubs, muchos hoteles, muchos turistas y la dedicación casi exclusiva de la población local al turismo. Adaptación total a las costumbres de los visitantes con la pérdida irreparable de la propia identidad. El eterno dilema de todos los pueblos en el punto de mira del turismo exterior.

No obstante, perdiéndote con la moto, puedes encontrar alguna cala olvidada donde poder disfrutar de la soledad.

Pasé un par de días más descansando después de los madrugones y las inmersiones, y compré un billete de barco para Kohpayam, en la costa opuesta de Tailandia, según escuché, más tranquila y menos transitada.

El barco zarpó a las once de la noche y llegamos al puerto de  Chumphon a las 5 de la mañana. Allí cogí un bus  para cruzar la zona peninsular hasta la otra costa y volví a coger un barco hasta Kohpayam. Ya en el puerto, el panorama se advertía completamente diferente al del puerto que llevaba a Koh tao: barco pequeño típico tailandés, solo unos cuantos turistas, y cestos de frutas, pescados y carnes de los comerciantes locales….Kohpayam…aún no era muy anhelada….prometía…

 

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Bangkok
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Elvira Gallego | 08-02-2015 | 12:47| 0

 

Nada más llegar a Bangkok cogí un taxi con dos españoles de Valencia que había conocido en la cola de Inmigración del aeropuerto. Todos íbamos hacia “Kaosarn  road”. Ellos tenían reserva de hotel, pero yo, para variar, no. Me di unas cuentas vueltas por la calle entre puestos de comida, pubs al aire libre con dj´s que se hacían la competencia en pocos metros, turistas pasados de rosca bailando con las tailandesas y escaparates chivatos de estudios de tatuajes express.

 

Encontré un guest house bien de precio, dejé descansar la mochila y me tomé la ansiada ducha después de 2 días de viaje. Al tumbarme sobre la cama, aún con el agua en el cuerpo, para que el aire del ventilador calmase el calor sofocante de una habitación mínima, me pregunté a mi misma que descubriría en este viaje…Tailandia no era un destino que hubiera deseado especialmente, ya que lo sabía demasiado turísticos, pero, como en todos sitios, seguro que habría un lugar perdido y desconocido donde poder olvidarse de la civilización occidental….y ese era…el que yo quería encontrar…

Cenita estupenda en la calle, sentada en un bordillo viendo pasar la gente. Los puestos de comida tailandesa…lo mejor!!!!….”pad  thai” (tallarines) con verduras, fried chicken, arroz frito con verduras, un catálogo amplio de insectos calentitos….jajajaja… todo bien condimentado con guindilla seca molida, una auténtica aventura culinaria!!

No quería parar mucho en Bangkok, no me encuentro cómoda en las ciudades grandes, me aburren, así que dediqué el día siguiente a ver los principales monumentos en un tuc-tuc que alquilé por 20 bath (1 euro=36 bath) toda la mañana. El palacio real (Wat Phra Krao), el  Buda feliz (Waky Budda),el Marble Temple, el Buda inclinado (Wat Pho) ,lo que más me gustó con diferencia, el Gran Buda ( Standing Budda) y  quedé pendiente  el Mercado Flotante (vas comprando en barcas típicas tailandesas por el río) porque me habían dicho otros viajeros que era demasiado turístico.

Para entrar en el Palacio Real, tuve que alquilar en la oficina principal una camisa  por 200 bath, puesto que no te dejaban entrar con los hombros al aire. La escena de cientos de turistas humedecidos por el sudor esperando la cola para taparse era como un chiste malo. Al devolver la camisa después de la visita, te hacían la devolución del dinero. Dentro  había miles de personas, el calor se convirtió en una pesada manta de pelo que te asfixiaba dentro de una sauna y de la que se hacía imposible escapar, mientras buscabas huecos para pasar entre la marabunta de cuerpos deshidratados.

Caminata bajo el sol hacia el hotel. Duchita. Compré un plato de “pad thai” especiados con verduras fritas y me senté en un bordillo delante de un bar de copas en Khaosarn road. A mi lado estaba sentado un chileno bebiéndose una litrona y empezamos a hablar mientras a mí se me escurrían los tallarines por la boca. Resulta que el chico había estado un año trabajando en Australia y con los ahorros se había venido a Asia a fundirlo…”day by day”…hasta que la cartera aguante. Acababa de llegar como yo y se acababa de hacer un tatuaje en el estudio de enfrente, al estilo tailandés, con bambú y bastante más doloroso.

 

Bangkok no era para mí…mucho tráfico…distancias largas…y escenas de hombres occidentales “invitando” a una pequeña pizza a alguna joven nativa a cambio de su calor mudo y conformista. Había visto suficiente. Era el momento de cargar la mochila de nuevo y volver a hacer camino al andar…

 

Compré el billete de bus a Chumphon y  del  ferry a Koh Tao, la isla que me esperaba para, al fin, volver a bucear. Fueron en total 18 horas de viaje ininterrumpido. En el autobús me senté con una pareja de asturianos que iban también a bucear, y nos fuimos todo el viaje de bus riendo a carcajadas.Se rompió no se qué cable del techo y nuestros asientos se empaparon literalmente, por lo que nos tiramos en el suelo. A las 3 horas de comenzar el viaje, el olor que subía del baño  era tan fuerte que no tuve más remedio que meterme para fumarme un cigarrito, cosa que todos los pasajeros me agradecieron encarecidamente…jajaja…ya sabéis, apuntar en la taza entre bache y bache y curvas indomables, era misión

imposible para todos.

En el ferry a Koh Tao, las cabezas estaban ya tan idas, y el agotamiento y el aburrimiento eran tan grandes, que nos pusimos a grabar un videoclip de rap mi amigo Costas y yo, mientras el resto de pasajeros, narcotizados por el viajecito, nos miraban pensando: “esto entra en el billete,¿no?”.

Por fin llegamos a la isla. Ahora venía lo mejor. Con los 20 kilos a la espalda, patearte bien las calles en busca de un alojamiento barato. No nos sentíamos ni el paladar, pero adelante…siempre adelante!!!…En cuanto encontramos algo asequible a nuestro presupuesto, tiramos las mochilas y lo primero siempre…lo primero….meternos en el mar!!!! La luna era  redonda y su brillo coloreaba de sepia el agua. Caliente, suave, en el silencio de nuestras palabras calladas…ahora sólo tocaba SENTIR, VIVIR, SONREIR….Había merecido la pena…

 

 

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Asia…de nuevo a por ti!!!
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Elvira Gallego | 29-01-2015 | 12:09| 0

 

 

“Sentada en la cama. Pensando en ti. Una llamada. Tengo el dinero….Asia…tu que me has acompañado estos 9 meses desde que dejé en tus calles mis ganas…Abre tus brazos para mí  porque…VOY A POR TI…de nuevo…”

4 camisetas, 2 pantalones cortos medio rotos, 1 pantalón largo fino, un pantalón largo grueso, 1 forro polar,3 mudas, mis chanclas de trekking que compré en Hetauda (Nepal) por 2 euros y que han hecho ya tantos y tantos kilómetros… y  pañuelos para  el pelo. En el neceser un bote pequeño de champú, 1 pastilla de jabón en una caja de caramelos de plástico que compré por 50 céntimos en la India, cepillo y pasta de dientes, una pastilla de jabón verde para lavar la ropa,  repelente de mosquitos (siempre lo llevo y nunca lo uso…) para zonas donde haya malaria o dengue, ibuprofeno, amoxicilina (antibiótico), un antidiarreico, vendas, tiritas, un termómetro y unas tijeras. Mis gafas y tubo de buceo.  Una linterna de carga manual (no en todos los sitios voy a tener enchufes), un impermeable que cabe en un puño, una toalla fina tipo bayeta super absorbente (en todo hay que ahorrar espacio y peso al máximo). Y lo importante: la cámara de fotos, la subacuática para el buceo  y, esta vez….el portátil!!, para poder contaros las experiencias que las posibilidades y el tiempo me  permitan…!!!!

 

Las mochilas ya están hechas. Siempre llevo 2: la grande, en  la espalda, y una pequeña que llevo en el pecho con las cosas que no facturo (por si me pierden la grande)  con las cosas de valor como el portátil, las cámaras de fotos, y todo aquello sin lo que se me complicaría el viaje y con lo que necesito para las largas esperas de las escalas  en los aeropuertos.

A parte, mi inseparable riñonera que compré por 4 euros en el barrio de Thamel, en Katmandú (Nepal), después un largo y arduo regateo que ahora me hace reír…y un porta-documentos  que llevo enganchado  en la barriga, debajo del pantalón, para lo VITAL: el pasaporte, el billete de avión, el seguro médico, la tarjeta de crédito ,el dinero en efectivo y la llave del candado de la mochila. A partir de hoy, dormiré abrazada a él!!

 

 

Aeropuerto de Barajas (Madrid). A punto de perder el vuelo de salida de España por mi estupenda  manía de confiar en que la suerte siempre está de mi lado y no querer comprar un vuelo de salida de Thailandia, que te lo pueden pedir o no a la entrada al país. Como quería salir por tierra a Laos, pasé de comprarlo…. Y lo que no esperaba es que me lo pidiera para salir de España la compañía aérea…Patinazo… Embarcaba a las 15:30 horas. Eran las 15:10. Tenía 10 minutos para comprarlo por internet  y recibirlo en mi móvil para enseñarlo en facturación y otros 10 minutos para buscar la puerta de embarque. Con el internet de mi móvil necesitaría 1 hora para comprar el billete, seguro. Viri, piensa rápido. Quién puede estar a las 3 de la tarde delante del ordenador…Cristina! Llamada. Intenta comprar el vuelo para Yakarta (Indonesia). No hay vuelos para ese destino. “Cristina, solo nos quedan 5 minutos o me quedo en tierra. Compra un vuelo de Bangkok a donde sea.” Consigue comprar uno a Camboya, me envía la confirmación de la reserva por email. Para variar, mi email no se abre…”Cris, hazle una foto a la pantalla del ordenador y me lo mandas por “guasap”,corre!”. Así lo hace, con las mismas me voy a facturación, se lo enseño en el móvil. Y ahora la simpática de turno me pide el número de vuelo, que no venía…yo no sé si fue que le di pena o que se cansó de aguantarme…pero el resultado fue….que me dio la tarjeta de embarque…jajajaja

Según me montaba en el asiento del avión, aun jadeando, pensé….”bufffff….lo que mal empieza, peor acaba, Viri!!”….pero según lo estaba pensando me dije “que narices!!!…lo que mal empieza…mejor acaba!! Jajajaja , que por algo soy nacida en domingo!!! “

En fin, que como no llevaba planes hechos…ya se estaban haciendo por sí mismos…en 30 días, que es lo que me duraría el visado en Thailandia, tendría que salir por aire hasta Camboya. Esto es lo que más me gusta de viajar así…que el camino se vaya haciendo solo!!  Jajajaja!!. Si  el destino me envía después  a Camboya, será que algo bueno me espera allí…

Aeropuerto de Bangkok. Salgo del avión con cara de cadáver y anestesiada bajo las escaleras, después de 6 horas de autobús a Madrid, casi 1 hora de metro al Aeropuerto de Barajas, 3 horas de vuelo a París, una espera de 4 horas, otras 9 horas de vuelo a Mumbai (India), otra espera de 5 horas en el aeropuerto y finalmente el último vuelo, de 5 horas, a Bangkok (Thailandia)….peldaño a peldaño voy levantando  la vista, mientras el sol baila sobre mi cara cansada, y de forma automática sonrío llenando mis pulmones de optimismo y de ganas de comerme el sudeste asiático….

Seguiré contando…

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=G0mzLQyd36A

 

 

 

 

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Dormir y comer en Boudhanath (Katmandú)
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Elvira Gallego | 23-12-2014 | 12:36| 0

 

Boudhanath, antiguo pueblo de parada de caravanas que atravesaban los Himalayas desde Lhasa (Tíbet) hasta el subcontinente indio.

Lo que hace especial este barrio tibetano de Katmandú es deleitarse o mejor aún, unirse a los devotos budistas mientras dan vueltas a la estupa en sentido del reloj para ganar méritos, mientras recitan sus mantras y hacen rodar las “ruedas de oración” que contienen los mantras en la parte inferior de la estupa. Caminan y caminan con sus malas (rosarios de mano) sujetos con gran devoción y concentración. El mantra más famoso de Nepal, que baila en tus oídos saliendo de cada esquina es el “om mani padme hum”. Estas seis sílabas representan la purificación de los seis reinos de la existencia (OM meditación/dicha – MA paciencia – NI disciplina – PAD sabiduría – ME generosidad – HUM diligencia). “…significan que en la dependencia de la práctica de un camino que es la unión indivisible del método y la sabiduría, tú puedes transformar tu cuerpo, habla y mente impura al cuerpo, habla y mente pura y exaltada de un Buddha…” (S.A. El Decimocuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatzo).

 

Sumergirte en este ambiente lleno de paz y espiritualidad y caminar mezclada entre ellos alrededor de la estupa, compartiendo este momento con vidas errantes huídas del Tíbet, ancianos cargados de experiencias jamás imaginables por nosotros….es el mayor regalo que puede entregarte Boudhanath.

 

 

En el área de Boudanath existen numerosos Guest Houses a buen precio y cercanos a la estupa. Uno tan sólo tiene que perderse sin prisa para conseguir un sitio apacible, limpio y con buena compañía. En los Guest house de Boudhanath se mezclan turistas, estudiosos del budismo, monjes de otras partes del mundo que vienen con alguna tarea, de visita, o simplemente para conocer la zona, tan especial en la filosofía budista.

Habiendo estado en varios de ellos, el que siempre aconsejo es el “Khailas Guest House”, a unos200 metrosde la estupa. Tiene varias plantas, cada una con una maravillosa terraza donde por las mañanas da gusto sentarse al sol a leer, escribir o simplemente charlar con los demás huérpedes,así como una azotea excelente para practicar yoga o perder la noción del tiempo con sus vistas. Cuenta con habitaciones dobles muy sencillas,pero limpias,el baño es compartido,exterior, y tiene conexión wifi (ya sabéis…la wifi en ciertas zonas de Asia es como el Guadiana, aparece y desaparece cuando le da la gana…jajaja). Abajo hay un pequeño restaurante familiar donde se come bien y barato. Las habitaciones dobles, si regateáis bien, las podéis conseguir por 300 NPR  ( 1 EURO=123,98 NPR).

El ” Lotus Gest House” es más exclusivo. Pertenece al monasterio adyacente y es regentado por uno de los monjes. Tiene 2 plantas, habitaciones dobles con o sin baño, y un jardín  bastante relajante. El ambiente es muy tranquilo. Y aunque parezca a priori un inconveniente, su situación privilegiada, entre dos monasterios, te permite escuchar la puja matinal( manifestación de honra, adoración y devoción, generalmente a través de la recitación de Mantras acompañados de instrumentos musicales típicos) de los monjes a las 5.30 de la mañana aproximadamente, lo cual te hace comenzar el día cargada de energía y positividad. Es algo más caro. La habitación doble con baño ronda los 900 NPR. También tiene wifi y una pequeña biblioteca de intercambio interesante que en su momento me salvó el salto a la India…

 

 

En Boudhanath se congregan decenas de monasterios budistas perdidos entre sus callejuelas y alguno de ellos tienen su propio “Guest House”  (casa de huéspedes), apartado de las habitaciones  y las estancias comunes de los monjes; en este caso el viajero puede dormir allí pagando la tarifa establecida, como en un hotel normal, pero estos monasterios son muy escasos, dedicándose la mayoría de ellos exclusivamente a la vida espiritual,académica y de recogimiento de los monjes.

 

Pero si no hay problema en Bodhanath para algo….es para comer…dar un paseo entre sus calles más secundarias te permite dar con sitios muy muy baratos para comer muy bien. Son sitios más sencillos donde comen los nepalíes, con una cocina exquisita y abundante y sin tener que pagar más de 1 o 2 euros. Hay sitios donde al pedirte el Dalbat (plato tipico nepalí de arros blanco, verduras especiadas y patatas), te rellenan el plato si te has quedado con más ganas…pedid!!. Yo siempre digo que preguntar es gratis y pedir no cuesta nada!!

Para comer con excelentes vistas sobre la estupa me gusta el “Tibet Kitchen restaurant”, en la misma plaza central. “Turist prices”. Cuenta con una azotea pequeña, pero acogedora, donde sentarse al atardecer para disfrutar de los rezos de los budistas mientras caminan alrededor de la estupa. Siempre hay gente rezando o meditando, pero al atardecer se congregan mayor número de creyentes para dar las “vueltas”,  entonces los susurros de los  distintos mantras individuales se unen creando un murmullo único e ininteligible, pero cargado de energía, que te arrastra inevitablemente hasta la paz y la tranquilidad más absoluta.

Recordar esta terracita me saca siempre una sonrisa, ya que  aqui pasé estupendos momentos con mi padre cuando vino a verme y  es donde conocí a Gema y Jorge, una pareja de vascos que estarán siempre en mi corazón por compartir juntos momentos inolvidables que surgen cuando los que son al principio  unos desconocidos, terminan compartiendo lo más profundo de sus vidas, sentados muy lejos del calor de su cotidianeidad  …es la “amistad del viajero”….corta, pero tan intensa que se vuelve imposible de olvidar.

Viajar….sin rumbo…es lo más enriquecedor que alguien con ansias de vivir puede experimentar…porque lo que  encuentras por el camino y nunca esperas…se une a ti de tal manera….que cada día que despiertas dejas de ser la persona que eras…para convertirte en alguien distinto gracias a lo que el camino y las personas  van dejando en ti…

https://www.youtube.com/watch?v=kAK1dDqIMlM

Tema musical que te acompaña a cada paso por Boudhanath…que lo disfrutéis!!

 

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Sobre el autor Elvira Gallego
Cuando uno comienza a viajar sin mapas, sin reloj, sin móvil y sin billete de vuelta, tus sentidos se despiertan inesperadamente y comienzas a percibir el olor de cada segundo, el sonido de cada silencio... Tus ojos se convierten en cámaras fotográficas que disparan a cada paso congelando la imagen, y tu mente, en un maravilloso disco duro lleno de sensaciones indescriptibles que se convierten en el auténtico tesoro de tu existencia. Mi lema como viajera es " cada día orienta al siguiente".

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