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LO QUE VEO POR LAS MAÑANAS
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Pilar López Ávila | 19-11-2017 | 17:46| 2

Lo que veo por las mañanas –estas mañanas de otoño frías pero no tanto como las de otros otoños- es una tierra seca y agostada, como si el verano se hubiera instalado permanentemente en ella a pesar de los días más cortos y las noches más largas, a pesar de que ya el sol no calienta ni tanto tiempo ni con tanta intensidad.

Lo que veo por las mañanas es una tierra agradecida a la escasa lluvia que cayó hace unas semanas, una tierra que trata de hacer germinar las semillas a pesar de la sequedad y dureza del terreno, con la amenaza de las heladas que cada día son un poco más intensas. Sólo prospera la hierba donde ha estado el ganado, el resto es pasto seco y helado.

Lo que veo por las mañanas son bandos de avefrías atravesando la carretera, con su vuelo errante, sin rumbo fijo, girando en el aire hacia un lado o hacia otro, sin saber con certeza hacia dónde van.

Veo los cormoranes que vienen de pasar la noche en el embalse de Valdesalor y se desplazan quizás en busca de otras aguas donde encontrar los peces que les servirán de sustento. Con suerte, unos pocos gansos, tan poco frecuentes como difíciles de ver.

 

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Lo que veo en las amanecidas, cuando el sol nos da justo en la cara y hace brillar el asfalto de la carretera, son los bandos de grullas perfectamente alineados, volando en formación hacia los pastizales donde nos preguntamos qué comerán si no ha crecido la hierba. El único recurso que les queda para enfrentar el invierno son las bellotas caídas en el suelo.

 

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A la vuelta, el cielo nos descubre a menudo el vuelo en espiral de los buitres leonados, siempre entre ellos o un poco separados uno o dos buitres negros. Bandos de hasta veinte o treinta buitres volando sobre las corrientes ascendentes del aire calentado por un sol que a esas horas no debería calentar tanto siendo la época del año que es.

 

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Lo que veo por las mañanas son solitarios milanos reales volando a su antojo sobre la carretera, y a alguno a veces lanzarse en picado delante de nuestro coche sin importarle lo que arriesga, esquivando el peligro en una décima de segundo cuando todos pensamos que esta vez nos lo llevamos por delante.

Veo abubillas que parecen despistadas, gaviotas reidoras que pasan los meses más fríos en las aguas de los embalses, el río Ayuela sin agua, el blanco envés de las hojas de los álamos plateados bailando al son del viento, currucas cruzando la carretera para perderse entre las escobas de la mediana.

Lo que veo por las mañanas no quiero dejar de verlo, aunque sé que algún día dejaré de desplazarme para ir a trabajar. Entonces me acordaré de ese trayecto, de esos momentos compartidos con lo más bello de nuestra naturaleza, de los encinares cobijando la vida y de los caminos que dibujan en el aire los bandos de las grises y esbeltas grullas.

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LA CHARLA DE LOS ESTORNINOS
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Pilar López Ávila | 22-10-2017 | 18:03| 0

¿Qué se contarán los estorninos posados sobre las antenas?

 

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En su charla atropellada es imposible distinguir la multitud de sonidos que imitan: el ruido del tráfico, el canto de un mirlo, una olla a presión que se escucha tras la ventana de una cocina…

Del Estornino Negro (Sturnus unicolor) –más conocido por tordo– solo destaca entre su negrura el pico amarillento. No es elegante ni bello. Es ruidoso y vocinglero.

Hace años que vigilo a los estorninos desde mi terraza, me gusta observarlos cuando se posan al atardecer sobre las antenas de los tejados y parecen conversar. Suelen estar agitados, nerviosos, realizan vuelos cortos y se vuelven a posar, bajan y suben por el entramado de las antenas y de repente desaparecen todos a la vez.

 

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“…asoman por el día a los caminos,

y callan por la noche su deseo.

Tienen fama, los bellos estorninos,

de ser más amorosos que Romeo.”

“La suerte de las aves” de Margarita Souviron.

 

No es un pájaro que me guste especialmente, pero espero impaciente la época de cría todas las primaveras, pues el piar de sus polluelos se escucha en las habitaciones superiores de mi casa. Entonces me paso largo rato observando a los adultos cebando a los pollos.

Son los estorninos excelentes insecticidas de la naturaleza. Entran al nido con el pico lleno de mantis religiosas, saltamontes y otros insectos que nos desagradan y estropean los cultivos. Los agricultores, sin embargo, no estarán muy contentos de tenerlos cerca. Los higos son su manjar preferido y pocos artificios les hacen desistir de probar su dulce pulpa.

 

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“Veloces vuelan, van abriendo brechas,

entre las nubes que sostiene el aire,

dibujando en el cielo con donaire

escuadras de aviones como flechas…”

“La suerte de las aves” de Margarita Souviron.

 

Por cientos se cuentan al atardecer los estorninos que se desplazan a los dormideros. Al ver las inmensas bandadas negras en el cielo decíamos de pequeños que estaban de boda. Son impresionantes algunas imágenes de las figuras que dibujan en el cielo los grandes bandos de estorninos, cómo se coordinan para no chocar unos contra otros.

 

Mi cuñado Manolo me contó algo extraordinario sobre los estorninos. Hace unos días observó a un Milano Real sobre el cielo de la ciudad. Según su relato, la rapaz volaba haciendo círculos, giros, algún pequeño picado… y justo encima, pero sin molestarle, un bando de tordos haciendo todas las secuencias idénticas…¡como si estuvieran jugando!

 

Resulta simpático este pájaro que vive entre nosotros.

 

Que además de oportunista, prolífico y cosmopolita, sabe divertirse.

 

FOTO: José Luis López de la Banda por cortesía de Jacinto López Carnero.

FOTO: José Luis López de la Banda por cortesía de Jacinto López Carneros.

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ESPACIOS URBANOS DE BIODIVERSIDAD
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Pilar López Ávila | 25-09-2017 | 19:03| 0

Ahora que ha terminado el verano -y vuelven a subir las temperaturas con el veranillo del membrillo- se echa de menos un baño refrescante. Los recintos donde se ubican las piscinas en nuestra ciudad son verdaderos espacios de biodiversidad.

Para los que casi no salimos fuera de vacaciones la piscina se convierte en un refugio ideal para pasar las calurosas tardes del verano cacereño.

Nada más comenzar la temporada, sobre la rama de un plátano falso se movían inquietos dos polluelos de Tórtola Turca (Streptopelia decaocto). Los adultos iban y venían mientras los observaba tumbada en la toalla, soleándome tras el baño.

El atrevido Rabilargo (Cyanopica cyanus) se posaba incluso en el respaldo de la silla, mirándome con curiosidad. A menudo se le veía en el césped buscando algún resto de comida.

La Urraca (Pica pica), sin embargo, rara vez bajaba al suelo, más ávida de buscar algún nido que tuviera huevos o algún pequeño pájaro que llevarse al pico.

La Abubilla (Upupa epops) hacía siempre el mismo recorrido: volaba desde el tejadillo donde tenía el nido, pasaba sobre las piscinas y regresaba, al cabo de un rato, sobre los cipreses, entrando de nuevo al nido con su carga de insectos para los pollos.

El Mirlo (Turdus merula) ha estado presente durante toda la temporada, en especial al atardecer cuando el recinto se despejaba de personas. Los adultos y los individuos jóvenes buscaban entre el césped alguna lombriz. A las crías se las distingue muy bien por el plumaje todavía pardusco y moteado, y el pico decolorado.

Todas las tardes sobrevolaban cinco o seis ejemplares de Cotorra de Kramer (Psittacula krameri). Este ave –originaria de África y sur de Asia- lleva instalada en nuestras ciudades desde hace varias décadas gracias a individuos cautivos que consiguieron escapar o fueron liberados, y ha colonizado los espacios verdes urbanos con mucha facilidad. Ruidosas y de vistoso plumaje verde, se hacían notar cuando pasaban por encima de los bañistas, ajenos a su algarabía. Es posible que solamente yo me fijara en ellas, con esa obsesión que tengo de mirar todo lo que vuela.

Otra especie que visitaba el recinto todas las tardes y en algunas ocasiones bastante más cerca del suelo de lo que acostumbra, era el Águila o Aguililla Calzada (Hieraaetus pennatus). Esta rapaz planea buscando las corrientes de aire caliente para elevarse en el cielo, bajando en ocasiones para estar más cerca de sus posibles presas.

 

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Muy cerca de ella sobrevolaba el Cernícalo Primilla (Falco naumanni), que tiene establecida una colonia en algunos de los bloques que rodean el recinto de la piscina, pues los llevo observando en el mismo lugar desde que era niña, con su agudo reclamo y su vistoso cernirse bajo el azulado cielo del verano.

La Grajilla (Corvus monedula), córvido gregario y abundante, formaba bandos muy numerosos que llenaban el aire de la tarde con sus ruidosos reclamos.

Pequeñas aves pululaban entre el césped y los arbustos del seto. El oportunista Gorrión Común (Passer domesticus), el minúsculo Mosquitero (Phylloscopus collybita), el insistente Carbonero (Parus major) con sus infinitas variedades de reclamo y el Herrerillo (Parus caeruleus) buscando bajo la corteza del plátano falso la larva de algún insecto.

Quizás el ave más sorprendente que he visto ha sido el Chochín (Troglodytes troglodytes), minúsculo pájaro –es el más pequeño de nuestra avifauna- de carácter inquieto y potente canto. De su plumaje pardo rojizo y compacto destaca la ceja de color crema que le hace inconfundible.

 

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Al final de temporada hicieron su aparición el territorial Petirrojo (Erithacus rubecula) y el Papamoscas Gris (Muscicapa striata), este último de paso hacia sus cuarteles de invernada en el África tropical.

Al anochecer les tocaba el turno a los murciélagos. El Murciélago Común (Pipistrellus pipistrellus) se atrevía incluso a acercarse a la piscina para beber. En alguna ocasión tuvimos que sacar alguno que se acercó demasiado y cayó al agua. El gran Murciélago Ratonero Grande (Myotis myotis) salía de su escondite y daba varias vueltas rápidas antes de desaparecer en la oscuridad. Un gato atigrado se paseaba despacio por el césped, buscando al Ratón Común (Mus musculus) que algunas veces se aventuraba entre las sillas ya vacías.

No puedo olvidarme de las mariposas, la Niña Celeste (Polyommatus bellargus) que recuerdo que cuando yo era precisamente una niña revoloteaba entre los rodales de tréboles mientras buscábamos alguno de cuatro hojas. Ya no existen esos tréboles entre el césped, más duro y resistente, pero todavía hay niñas celestes.

Ni de las diferentes especies de golondrinas y aviones que bajaban a beber a la piscina dibujando ondas en el agua. El Avión Común (Delichon urbica), la Golondrina Común (Hirundo rustica) y la Golondrina dáurica (Cecropis daurica), que incluso rozaban las cabezas de los bañistas, tan intrépidas… ni siquiera me daba tiempo de que salieran en la foto, tan solo su sombra…

 

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Avispas y moscas, molestas representantes de los insectos, hacían que la tarde no fuera a veces tan plácida como una desearía.

Resulta sorprendente la cantidad de seres vivos que conviven en este espacio urbano donde hay hierba siempre verde, agua, árboles y arbustos.

Pero lo más sorprendente, quizás, fue encontrarse una muda de saltamontes a los pies, molde perfecto del inquilino que alojó.

 

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JARDINES SUBACUÁTICOS
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Pilar López Ávila | 16-08-2017 | 17:06| 0

En los charcos intermareales, los erizos de mar excavan huecos tan profundos que se diría que nunca más van a poder salir de ellos.

 

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Las estrellas de mar se esconden entre las grietas de las rocas y las actinias permanecen sujetas, con los tentáculos retraídos, esperando a que suba nuevamente la marea.

 

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En algunas playas, sobre las rocas arrancadas a los acantilados por la acción continua del oleaje se forman los llamados charcos intermareales.

La zona intermareal es la que se encuentra entre la tierra y el mar, quedando sumergida durante la marea alta y emergida durante la marea baja.

El agua que queda atrapada entre las rocas durante la bajamar constituye un hábitat intermitente para algunos seres vivos que se han adaptado perfectamente a las mareas, esos cambios del nivel del mar provocados por la fuerza gravitacional que ejercen el Sol, y principalmente la Luna, sobre la Tierra.

 

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Pequeños camarones transparentes y grupos de peces se ocultan bajo algas de colores pardos y verdes y en el fondo arenoso se pueden ver caracoles de conchas nacaradas en espiral y cangrejos semienterrados.

 

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En ocasiones, una concha vacía de un mejillón yace sobre un erizo, artimaña utilizada por estos equinoideos para tratar de pasar desapercibidos.

 

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Las actinias, también llamadas anémonas de mar por la semejanza con esta flor terrestre, son pólipos marinos con tentáculos urticantes que utilizan para cazar pequeños peces. Como son sésiles, pueden fijarse a las rocas que quedan expuestas a la superficie durante la bajamar. La más común de las actinias de nuestras costas es la llamada “tomate de mar” (Actinia equina) por su semejanza con el color de este fruto. Algunas variedades pueden tener tonos ocres o amarronados.

 

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Algunos crustáceos cirrípedos, como las “bellotas de mar” (Balanus perforatus) también viven fijos a las rocas y en ocasiones son tan abundantes que las cubren casi en su totalidad. Son animales muy extraños, pues siendo crustáceos no se parecen en nada a los cangrejos, por ejemplo, o a las gambas, langostinos o camarones, sino más bien a otros parientes también muy apreciados gastronómicamente y más difíciles de conseguir, los percebes. Las bellotas de mar se alimentan por filtración de partículas de alimento y son inquilinas no solo de las rocas, sino también de las conchas de los mejillones, las quillas de los barcos o la piel de las ballenas.

 

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Bajo las grietas de las rocas de los charcos intermareales quedan expuestas también las populares estrellas de mar. La especie Marthasterias glacialis es muy común, su color es amarillento y tiene el cuerpo cubierto de espículas endurecidas para protegerse del asentamiento de otros organismos como las algas. Es carroñera y carnívora, alimentándose de peces, crustáceos y otros equinodermos como los erizos de mar.

 

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Otras especies colonizan las pozas de marea: mejillones y cangrejos ermitaños, moluscos nudibranquios y esponjas, cochinillas y orejas de mar, lapas, holoturias y gusanos poliquetos.

 

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Los charcos intermareales, auténticos jardines submarinos en superficie, hacen las delicias de los amantes de la naturaleza, sobre todo de aquéllos que buscan en las playas algo más que el calor de la arena bajo las toallas o la mera contemplación, más allá de lo que alcanza la mirada, de un mar azul, brillante e infinito.

 

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LIBÉLULAS VERDES Y ROJAS
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Pilar López Ávila | 20-07-2017 | 14:53| 0

El verano es época de libélulas.

Libélulas rojas, verdes, pardas.

Pequeñas libélulas azules.

Vuelan sobre las aguas remansadas y se detienen ante su reflejo.

Se posan sobre algún saliente adoptando posturas imposibles.

Libélulas equilibristas.

 

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Crocothemis erythraea

Crocothemis erythraea

 

Las persigo por el huerto intentando fotografiarlas y, como dice el poema, apenas llegan, desaparecen.

Pero son agradecidas.

Y bellas.

Con sus grandes ojos que te miran fijamente.

Y sus alas transparentes brillando al sol.

 

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“Libélulas verdes y rojas

de alas ligeras y transparentes.

 

¿Serán flores que vuelan

o estrellas que saltan?

 

Por favor, deteneos en mi jardín

para hacer sonreír a las flores

que con sus hojas verdes

con aplausos os van a recibir.

 

¡Ay! Libélulas rojas y verdes.

¿Por qué, apenas llegamos a mi jardín,

desaparecéis?”

 

Qingyun Huang

Feilong Liang

“Claro de Luna”, Factoría K de libros.

 

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Ischnura graellsii hembra

Ischnura graellsii hembra

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LAS GOLONDRINAS DE MI BARRIO
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Pilar López Ávila | 02-07-2017 | 10:48| 0

En mi barrio hay edificios altos donde los aviones comunes construyen sus nidos bajo las cornisas y los vencejos dan vueltas en los patios interiores de las manzanas de bloques antes de meterse bajo los aleros de los tejados.

En un lugar así es difícil pensar que haya golondrinas, ya que estas aves son más frecuentes en los entornos rurales.

Sin embargo, hay golondrinas en mi barrio.

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Las escucho por las mañanas cuando salgo temprano.

Las veo volar entre las calles y desaparecer doblando las esquinas.

A veces vienen hacia el coche en marcha y lo esquivan en el último momento dejándome ver su garganta roja.

Las golondrinas de las calles de mi barrio vuelan a ras de suelo buscando insectos y anidan en los locales vacíos colándose entre los huecos que dejan los ladrillos.

El sol ilumina su plumaje oscuro que se torna negro metalizado.

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Se posan en las ramas más altas de los árboles, a veces en algún hierro que sobresale bajo una cornisa, o en un cable.

Las golondrinas son ruidosas y bullangueras. Oigo sus conversaciones por encima de los ruidos de la calle: el tráfago incesante, el griterío de los niños, la charla de los viandantes.

Las oigo como escucho a los estorninos sobre las antenas, a los vencejos reunidos por cientos sobre mi terraza, a los aviones defendiéndose de las urracas.

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Y aunque vaya caminando distraída, o hablando, o pensando en otros asuntos, escucho a las golondrinas.

Y me parece increíble que las tenga aquí, en mi barrio, anidando al final de la calle.

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Todas las fotos han sido cedidas amablemente por Antonio J. Pérez Toranzo, al que estoy muy agradecida.

En el siguiente enlace, se pueden ver algunas de sus preciosas fotografías:

https://500px.com/antonioperezprofe

 

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LOS NOMBRES DE LAS FLORES (I)
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Pilar López Ávila | 04-06-2017 | 18:25| 0

Mayo, a veces caluroso, a veces fresco, imprevisible, ahora llueve, ahora hace sol, ahora sopla el viento.

Ha pasado fugaz dejando barro y polvo, sembrando de flores los bordes de los caminos, tierras pobres donde se arriesgan a nacer las plantas más resistentes.

Amapolas y dedaleras, tolpis y crisantemos silvestres, murajes y campánulas, margaritas y tréboles, lirios y silenes, alfilerillos de pastor, viboreras y jaras, guitarritas y fumarias, candilitos y malvas, gladiolos y cardos, acianos y achicorias, cantuesos y borrajas, verbenas y centáureas, escobas y ajos silvestres.

 

 

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La flor llamada muraje (Anagallis arvensis), que también recibe el nombre de pimpinela escarlata, es diminuta. La variedad caerulea es azul, y también está la forma roja que es más bien anaranjada. Las murajes tapizan el pastizal dándole una nota de color.

 

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Los alfilerillos de pastor (Erodium cicutarium), también llamados picos de cigüeña, tienen flores rosadas y el fruto asemeja a un pico. Recuerdo que de niña pinchaba sobre la ropa una de las semillas y al cabo de un rato, al perder humedad, se había retorcido en forma de espiral. Erodium viene del griego erodios, que significa “garza”.

 

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La viborera (Echium vulgare) es llamada así porque la forma del fruto asemeja a la cabeza de una víbora. Suelen extender su manto púrpura sobre amplios pastizales. También se las llama chupamieles por el sabor dulce de su néctar, recogido en el fondo de la corola.

 

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He de confesar que tengo debilidad por las amapolas (Papaver rhoeas). Bellas entre las bellas, frágiles, efímeras, fugaces. Su intenso color rojo da alegría a los caminos.

 

“Me has rogado que retenga

en los ojos la explosión de amapolas,

que no olvide mirar a la cornisa

donde el mirlo despide las horas”.

 

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Reciben las amapolas muchos otros nombres, pero el que más me gusta es ababol, que según el diccionario significa “persona distraída, simple, abobada”. Así son tal vez las amapolas, bellísimas en su simplicidad.

 

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Para saber más de flores recomendamos Biblioabrazo, blog donde Ana Nebreda presenta los libros más interesantes y bellos de literatura infantil y juvenil y, en esta ocasión, nos habla de “Inventario de flores”. https://biblioabrazo.wordpress.com/2017/05/23/inventario-de-flores-virginie-aladjidi-y-emmanuelle-tchoukriel/

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SORPRENDENTE NATURALEZA
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Pilar López Ávila | 07-05-2017 | 18:56| 0

La verdad es que me gustaría salir más a menudo al campo, pero a veces me resulta imposible.

Sin embargo, tengo una amplia terraza.

Cierto es que no se puede comparar con el medio natural, pero mi terraza es un pequeño vergel.

Hay en mi terraza una jara florecida que planté hace más de diez años.

Un lilo que da flores desde hace dos temporadas.

Hay glicinias, un jazmín y una buganvilla rosa.

Un pequeño roble y varias encinas que han brotado esta primavera de bellotas que sembré en otoño.

Tengo rosales y un manzano.

Granados enanos, enredaderas y muchas plantas crasas.

Un naranjo y un limonero.

Un pino.

La vinca rosa está ahora plenamente florecida.

Violetas, un liquidámbar y un frambueso que ya tiene frutos.

Y un acebo cuajado de flores.

 

Flores del lilo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En mi terraza hay caracoles.

Una salamanquesa que ronda la compostadora para atrapar pequeñas moscas.

Los estorninos anidan en las chimeneas de ventilación del tejado y el piar de sus pollos se escucha en las habitaciones interiores.

Pasan cerca los vencejos, los aviones comunes, las urracas rapiñando polluelos entre sus nidos.

Veo golondrinas de las que anidan en los locales vacíos que hay al final de la calle.

Los mirlos, gorriones y verderones visitan la terraza después del riego.

Los mirlos revuelven las macetas buscando lombrices.

Una abeja cortahojas deja marcas en forma de medialuna en las hojas del lilo y de la glicinia. Con el trozo de hoja que corta se introduce en el desagüe de una jardinera. Supongo que las larvas se alimentarán de los trozos de hojas y se convertirán en insectos adultos la próxima primavera.

 

Abeja cortahojas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marcas en medialuna de la abeja cortahojas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abeja cortahojas en acción

 

Entre las hojas de la enredadera, se me pasa el tiempo observando la cooperación entre las hormigas y los pulgones. Las hormigas protegen a los pulgones y a cambio éstos segregan una sustancia azucarada que las hormigas recolectan. Es como un rebaño, y las hormigas son los pastores.

Hormigas y pulgones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hace unos días encontré una minúscula araña entre las hojas de la jara.

Cuando amplié la foto, me sorprendió el espectacular diseño de su abdomen.

Araña sobre hoja seca de jara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sorprendente naturaleza, veinte escalones por encima del salón.

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LA SIERRA DE LA MOSCA
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Pilar López Ávila | 16-04-2017 | 09:53| 2

Los cacereños tenemos una maravilla de la naturaleza a pocos pasos de la ciudad.

La Sierra de la Mosca es una joya del ecosistema de bosque mediterráneo que se puede disfrutar gracias a la red de caminos y senderos que la recorren.

Se puede acceder desde la propia ciudad cerca de la ribera del Marco, desde la carretera de Miajadas, desde Sierra de Fuentes, desde el santuario de La Montaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En estos días el matorral está en plena floración.

Entre los pétalos, multitud de especies diferentes de insectos polinizan las flores.

La jara pringosa, la jara crespa, el jaguarzo morisco.

Los brezos en las laderas de solana.

Las aulagas y retamas amarillas y blancas.

Los rosales silvestres y el espino albar.

También las plantas herbáceas.

Los cantuesos, las amapolas, las tolpis y borrajas.

Los gamonitos o varillas de San José.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los alcornoques y las encinas lucen sus colgantes y doradas flores masculinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si el caminante es amante de las aves, basta con que eleve la mirada para ver buitres leonados y milanos negros, águilas calzadas y con un poco de suerte la perdicera.

Pero es al detenerse y mirar entre los troncos de los alcornoques cuando empiezan a hacerse visibles los pájaros más huidizos: el trepador azul, el agateador, el pinzón vulgar.

Verdecillos, jilgueros, carboneros, herrerillos, trigueros, cogujadas, mirlos, rabilargos… salen al paso con frecuencia, son aves más comunes, más fáciles de ver.

Entre las cuarcitas de la sierra, la ermita del Cristo del Risco y su mirador invitan a subir a lo alto para otear los llanos, donde las avutardas estarán haciendo la rueda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Sierra de la Mosca es un goce para los sentidos.

Es la felicidad de vivir con la naturaleza.

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LOS SONIDOS DE LA DEHESA
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Pilar López Ávila | 26-03-2017 | 18:37| 0

¿Qué se oye en las dehesas estos días?

 

El rumor del río Salor lleno de agua, cayendo en pequeñas cascadas sobre las rocas del cauce. Ya esperan las riberas a los narcisos que han de brotar, agazapados aún bajo el calor de la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El canto del pinzón al salir el sol, insistente y sonoro sobre las copas de las encinas.

 

El reclamo del carbonero, chichipán chichipán en sus múltiples variantes. Es el carbonero común el más grande de la familia de los páridos, abundante en las dehesas donde busca los huecos de las encinas para anidar.

 

La melodía melancólica del zorzal charlo, el más grande de los zorzales, que pondrá hasta cinco huevos verdosos y moteados sobre un nido camuflado con líquenes.

 

El relincho de dos milanos negros mientras hacen piruetas en lo alto del cielo. Tras la parada nupcial, buscarán una rama alta y consistente para su nido.

 

Si hicieran ruido, se escucharía también el medrar bajo la tierra de los hongos. Asociados sus micelios a las jaras y a los cantuesos, los gurumelos buscan la superficie para abrirse en paraguas y esparcir las esporas.

 

Se escucha el silencioso florecer de las orquídeas. Las flores rosado blanquecinas de Orchis lactea provocan en el observador un grito de sorpresa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Suena en las dehesas, al ponerse el sol y avanzar la noche, el canto metálico y estridente de cientos de grillo topos -también llamados alacranes cebolleros– escondidos en sus galerías bajo el suelo.

 

En el siguiente enlace se puede escuchar el sonido del grillo topo: https://www.youtube.com/watch?v=wZ4j-lfkY-Y

 

 

Suena el viento entre las hojas, susurro que invita a callar y a poner los cinco sentidos al servicio de los sonidos de la noche en la dehesa.

 

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Sobre el autor Pilar López Ávila
“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”