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RECUERDOS DEL VERANO
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Pilar López Ávila | 23-09-2018 | 11:35

No lo parece, pero estamos otra vez en otoño. Las estaciones se suceden sin solución de continuidad aunque nos hayamos empeñado en acotarlas y marcar sus inicios y finales.

El equinoccio de otoño tuvo lugar aproximadamente a las cuatro de la madrugada de este domingo, 23 de septiembre.

Curiosamente, me he despertado esta noche en torno a esa hora, pero no he pensado en el otoño sino en la ausencia de brisa fresca entrando por la ventana y en el calor que hacía en la habitación.

Se resiste el verano a abandonar la estación y puede que todavía aguante un poco más.

Echando la vista atrás y rebuscando entre las fotos de cuando todavía estaba de vacaciones, han aparecido los caballitos del diablo.

 

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A mediados de agosto hicimos un viaje muy breve a la sierra de Francia, al sur de la provincia de Salamanca, frontera natural con Las Hurdes extremeñas.

Las piscinas naturales que se forman con los numerosos arroyos que nutren a los ríos Alagón, Francia y Cuerpo de Hombre, son abundantes en esta sierra. Bañarse en las aguas heladas de alguna de ellas y disfrutar de su entorno en plena naturaleza es uno de los mayores placeres del verano.

Lo sigue siendo para mí, sus aguas frías y cristalinas ofrecen un baño reparador, relajante y beneficioso para la salud. Aunque es cierto que en los últimos tiempos las piscinas naturales están saturadas de personas que huyen del calor o que buscan ese reducto de paz que ofrece siempre la naturaleza.

 

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En la piscina de Villanueva del Conde, huyendo del gentío, quisimos buscar aguas arriba algún remanso del arroyo en el que poder sentarnos a remojar los pies.

Encontramos una poza no muy profunda en la que no había nadie.

Sobre el agua y brillando con el sol, multitud de ditiscos se movían incesantemente. Cerca de ellos los zapateros, patinando en la superficie gracias al reparto de peso entre sus patas para no romper la fina película de agua.

La sorpresa llegó volando.

En forma de caballito del diablo, de iridiscentes colores verde oscuro y azul cobalto.

El caballito del diablo es un insecto del Orden Odonatos que pertenece al Suborden Zygoptera. Parecido a las libélulas, se diferencia de ellas, entre otras características, por la posición vertical de las alas.

Las hembras son de color verde con alas marrones y los machos son azules con alas del mismo color que al plegarse parecen negruzcas.

La especie Calopteryx virgo vive cerca de pequeños arroyos de aguas frías y limpias.

Tienen costumbre los caballitos del diablo de posarse al sol en alguna rama cerca del agua, al acecho de pequeñas moscas que cazan al vuelo, para regresar de nuevo al mismo lugar.

Sentadas en la poza con los pies en remojo, los caballitos comenzaron posándose en nuestras rodillas.

Un rato después, los teníamos sobre los dedos extendidos de nuestras manos, utilizándolos de posaderos desde los que se lanzaban a por las presas y regresaban para dar buena cuenta de ellas.

 

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Pasamos así un buen rato, maravilladas con este suceso extraordinario, los caballitos del diablo posándose sobre nuestros dedos como si nada, muy cerca de nuestros ojos abiertos y sorprendidos, bajo el aire de nuestras exclamaciones.

¡Qué felicidad!

No todos los días se le posa a una un caballito del diablo, azul cobalto, en los dedos de las manos.

Sobre el autor Pilar López Ávila
“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”