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SORPRENDENTE NATURALEZA

La verdad es que me gustaría salir más a menudo al campo, pero a veces me resulta imposible.

Sin embargo, tengo una amplia terraza.

Cierto es que no se puede comparar con el medio natural, pero mi terraza es un pequeño vergel.

Hay en mi terraza una jara florecida que planté hace más de diez años.

Un lilo que da flores desde hace dos temporadas.

Hay glicinias, un jazmín y una buganvilla rosa.

Un pequeño roble y varias encinas que han brotado esta primavera de bellotas que sembré en otoño.

Tengo rosales y un manzano.

Granados enanos, enredaderas y muchas plantas crasas.

Un naranjo y un limonero.

Un pino.

La vinca rosa está ahora plenamente florecida.

Violetas, un liquidámbar y un frambueso que ya tiene frutos.

Y un acebo cuajado de flores.

 

Flores del lilo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En mi terraza hay caracoles.

Una salamanquesa que ronda la compostadora para atrapar pequeñas moscas.

Los estorninos anidan en las chimeneas de ventilación del tejado y el piar de sus pollos se escucha en las habitaciones interiores.

Pasan cerca los vencejos, los aviones comunes, las urracas rapiñando polluelos entre sus nidos.

Veo golondrinas de las que anidan en los locales vacíos que hay al final de la calle.

Los mirlos, gorriones y verderones visitan la terraza después del riego.

Los mirlos revuelven las macetas buscando lombrices.

Una abeja cortahojas deja marcas en forma de medialuna en las hojas del lilo y de la glicinia. Con el trozo de hoja que corta se introduce en el desagüe de una jardinera. Supongo que las larvas se alimentarán de los trozos de hojas y se convertirán en insectos adultos la próxima primavera.

 

Abeja cortahojas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marcas en medialuna de la abeja cortahojas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abeja cortahojas en acción

 

Entre las hojas de la enredadera, se me pasa el tiempo observando la cooperación entre las hormigas y los pulgones. Las hormigas protegen a los pulgones y a cambio éstos segregan una sustancia azucarada que las hormigas recolectan. Es como un rebaño, y las hormigas son los pastores.

Hormigas y pulgones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hace unos días encontré una minúscula araña entre las hojas de la jara.

Cuando amplié la foto, me sorprendió el espectacular diseño de su abdomen.

Araña sobre hoja seca de jara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sorprendente naturaleza, veinte escalones por encima del salón.

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LA SIERRA DE LA MOSCA

Los cacereños tenemos una maravilla de la naturaleza a pocos pasos de la ciudad.

La Sierra de la Mosca es una joya del ecosistema de bosque mediterráneo que se puede disfrutar gracias a la red de caminos y senderos que la recorren.

Se puede acceder desde la propia ciudad cerca de la ribera del Marco, desde la carretera de Miajadas, desde Sierra de Fuentes, desde el santuario de La Montaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En estos días el matorral está en plena floración.

Entre los pétalos, multitud de especies diferentes de insectos polinizan las flores.

La jara pringosa, la jara crespa, el jaguarzo morisco.

Los brezos en las laderas de solana.

Las aulagas y retamas amarillas y blancas.

Los rosales silvestres y el espino albar.

También las plantas herbáceas.

Los cantuesos, las amapolas, las tolpis y borrajas.

Los gamonitos o varillas de San José.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los alcornoques y las encinas lucen sus colgantes y doradas flores masculinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si el caminante es amante de las aves, basta con que eleve la mirada para ver buitres leonados y milanos negros, águilas calzadas y con un poco de suerte la perdicera.

Pero es al detenerse y mirar entre los troncos de los alcornoques cuando empiezan a hacerse visibles los pájaros más huidizos: el trepador azul, el agateador, el pinzón vulgar.

Verdecillos, jilgueros, carboneros, herrerillos, trigueros, cogujadas, mirlos, rabilargos… salen al paso con frecuencia, son aves más comunes, más fáciles de ver.

Entre las cuarcitas de la sierra, la ermita del Cristo del Risco y su mirador invitan a subir a lo alto para otear los llanos, donde las avutardas estarán haciendo la rueda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Sierra de la Mosca es un goce para los sentidos.

Es la felicidad de vivir con la naturaleza.

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LOS SONIDOS DE LA DEHESA

¿Qué se oye en las dehesas estos días?

 

El rumor del río Salor lleno de agua, cayendo en pequeñas cascadas sobre las rocas del cauce. Ya esperan las riberas a los narcisos que han de brotar, agazapados aún bajo el calor de la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El canto del pinzón al salir el sol, insistente y sonoro sobre las copas de las encinas.

 

El reclamo del carbonero, chichipán chichipán en sus múltiples variantes. Es el carbonero común el más grande de la familia de los páridos, abundante en las dehesas donde busca los huecos de las encinas para anidar.

 

La melodía melancólica del zorzal charlo, el más grande de los zorzales, que pondrá hasta cinco huevos verdosos y moteados sobre un nido camuflado con líquenes.

 

El relincho de dos milanos negros mientras hacen piruetas en lo alto del cielo. Tras la parada nupcial, buscarán una rama alta y consistente para su nido.

 

Si hicieran ruido, se escucharía también el medrar bajo la tierra de los hongos. Asociados sus micelios a las jaras y a los cantuesos, los gurumelos buscan la superficie para abrirse en paraguas y esparcir las esporas.

 

Se escucha el silencioso florecer de las orquídeas. Las flores rosado blanquecinas de Orchis lactea provocan en el observador un grito de sorpresa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Suena en las dehesas, al ponerse el sol y avanzar la noche, el canto metálico y estridente de cientos de grillo topos -también llamados alacranes cebolleros– escondidos en sus galerías bajo el suelo.

 

En el siguiente enlace se puede escuchar el sonido del grillo topo: https://www.youtube.com/watch?v=wZ4j-lfkY-Y

 

 

Suena el viento entre las hojas, susurro que invita a callar y a poner los cinco sentidos al servicio de los sonidos de la noche en la dehesa.

 

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UN VIAJE DE IDA Y VUELTA

Hace pocos días que se fueron desde estos lugares hacia el norte.

Las veía todas las mañanas al ir a trabajar, justo al amanecer, cruzando en fila por encima de la carretera hacia los encinares de la falda de la sierra.

Me han contado que el jueves pasado se reunieron en el cielo -a cientos se podían contar- todas las grullas que pasan parte del otoño y el invierno por las dehesas del entorno de Cáceres y duermen cerca de los embalses.

Y a la señal de una de ellas –es misterioso y fascinante el comportamiento de estas aves- emprendieron la marcha dibujando uves en el cielo.

 

 

He volado con las grullas

por encima de las nubes,

y he pintado

de rojo sus coronas.

 

En estos momentos del año, resulta inevitable hablar de grullas.

Será porque tengo la suerte de verlas todos los días camino del trabajo, desde que vienen en noviembre hasta que se van a finales de febrero.

Y porque contemplar su llegada al embalse de Valdesalor, por ejemplo, o al de Talaván, o a los cultivos de regadío cercanos a Madrigalejo, cuando cae la noche, es uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza.

 

 

Ya vienen.

Ya van llegando.

Gráciles volando.

En uve y con trompetas.

A revolver

las aguas quietas del embalse.

 

 

No es la grulla un ave especialmente bella.

Es esbelta y desgarbada.

Su plumaje es grisáceo, a excepción del cuello negro, antifaz blanco y píleo rojo.

Pero su modo de vida, su ir y venir por los caminos del cielo, su forma de volar en formación, ese sonido de trompetas para comunicarse con sus congéneres, supone un comportamiento tan elaborado que la convierte en una de mis aves favoritas.

 

Extremadura es un área fundamental de invernada para la Grulla Común (Grus grus) en Europa. Unos 80.000 individuos llegan hasta nuestra comunidad todos los años para pasar parte del otoño e invierno, esto supone más de la mitad de la población española.

 

Esperemos que sigan haciéndolo, que se hayan ido con billete de vuelta, y que regresen el próximo año con su algarabía a revolver el aire del cielo y las aguas del embalse.

 

Ya vienen.

Ya van llegando.

Regresa la esperanza,

la vida se renueva.

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LA FELICIDAD DE VIVIR CON LA NATURALEZA

Edith Holden -naturalista inglesa- falleció trágicamente en 1920 en las aguas del Támesis al caerse cuando cogía flores de castaño. Es fácil suponer que si no hubiera ocurrido tan fatídico accidente, habría realizado con esas flores una bella ilustración.

A lo largo de 1906, Edith escribió un diario en el que narró el día a día de la naturaleza a lo largo de las diferentes estaciones. Su extraordinaria capacidad para observar lo que ocurría a su alrededor, junto con los poemas de autores consagrados (Keats, Coleridge, Byron… ), refranes populares y acuarelas de aves, flores e insectos, compusieron un hermoso libro cuya edición facsímil (Blume, 1979) guardo celosamente desde hace tiempo.

 

Soñar entre las rocas, por colinas y ríos;

adentrarse en silencio por regiones boscosas,

donde está cuanto escapa al dominio del hombre,

¡donde huellas mortales tal vez nunca han llegado!

Escalar por montañas invisibles, sin rastro,

como animal salvaje; y a solas, embebido,

contemplar las cascadas, los barrancos más altos;

eso no es soledad: es más bien comulgar,

sumergirse en la magia de la Naturaleza.”

 

Quizás no sea posible en estos tiempos -con nuestros días saturados que pasan casi sin darnos cuenta- vivir la naturaleza del modo en que lo dice Byron en este poema que aparece al inicio del libro de Edith Holden.

Pero representa la idea que surge continuamente en mi cabeza cuando pienso en el medio natural. No tengo, ni mucho menos, la pretensión de imitar a Edith Holden, ni puedo ni estoy capacitada para ello.

Solo quiero aprovechar la posibilidad que me ofrece este medio de comunicación para expresar esos sentimientos que me surgen cuando, por ejemplo, veo las grullas volar al amanecer al ir a trabajar, o simplemente me emociono al ver que los ajos que plantamos hace una semana ya han brotado en el invernadero que hicimos con botellas de plástico…. o con los mirlos que vuelan bajito entre las calles de mi barrio porque están empezando a anidar, o con los almendros ahora florecidos que salpican de puntos blancos el paisaje, o con los aviones comunes que han regresado y arreglan sus nidos de barro….

 

Tanto que contar de la naturaleza que deseo compartirlo con quien quiera leerlo.

Porque las palabras que se escriben quedan para siempre y nunca se las lleva el viento.

Portada del libro de Edith Holden

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Sobre el autor Pilar López Ávila
“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”