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	<title>GRATIS TOTALAlbert Camus &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Nuccio Ordine y sus &#8216;Clásicos para la vida&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Jan 2018 19:33:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>CUENTA Nuccio Ordine, filósofo y profesor de Literatura italiana en la Universidad de Calabria, que durante quince años todos los lunes en el primer semestre leía a sus alumnos breves citas de escritores, filósofos, artistas o científicos a los que luego dedicaba media hora de comentarios y debate. A esas clases se sumaban además de sus alumnos habituales, muchos estudiantes matriculados en otros departamentos humanísticos y científicos, «o incluso», añade Ordine, «amigos de los asistentes, atraídos simplemente por la curiosidad de escuchar la palabra de un poeta o un novelista».<br />
Esos textos los fue transformando en una columna semanal para el prestigioso suplemento del ‘Corriere della Sera’ e integran ahora la compilación reunida en el libro ‘Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal’ (Acantilado), del que G. Steiner ha escrito: «Pocos libros sobre la relación entre el arte, la literatura y la historia de las ideas resultan tan apasionantes y luminosas como el de Nuccio Ordine».<br />
De alguna forma este libro es una vuelta de tuerca a su ensayo ‘<a href="http://www.acantilado.es/catalogo/la-utilidad-de-lo-inutil/">La utilidad de lo inútil</a>’, donde cargaba lúcidamente contra lo que denomina «la dictadura del provecho», el sentido mercantilista de la universidad y vindicaba una vuelta a las humanidades como el mejor antídoto contra la barbarie. Una vuelta a las humanidades y a los clásicos.<br />
Por aquí desfilan la experiencia vital de Albert Camus y su conmovedora carta al señor Germain, su maestro en la escuela; el ejemplo de Cavafis y el simbolismo del poema ‘Ítaca’ (lo que importa es el viaje, no la meta) hasta las hondas lecciones de Nietzsche acerca del ‘bálsamo’ que constituye en cualquier aprendizaje la lentitud y la filología.<br />
Ordine nos incita a profundizar en las obras de Hipócrates, Platón, Thomas Mann, Maquiavelo, Marguerite Yourcenar, Goethe, Stefan Zweig, Borges, Giordano Bruno, Rilke, Dickens, Primo Levi, Cervantes, Boccacio, Daniel Defoe, Gracián, Ariosto, Rabelais, Saint-Exupéry, Montaigne, Swift, Molière, Ben Jonson, García Márquez, Montale, Plauto, Homero, Balzac, Guy de Maupassant, Flaubert, Italo Calvino, Czeslaw Milosz, Rostand, Montesquieu, John Donne, Pessoa, Estuart Mill, Albert Einstein&#8230;<br />
Creo que el mérito de Ordine no consiste solo en la selección de obras y autores, sino en la jerarquización (por decirlo así) de su mirada. Cuando habla de Saint-Exupéry, por ejemplo, glosa este fragmento de su obra inacabada ‘Ciudadela’: «No confundas el amor con el delirio de la posesión, que causa los peores sufrimientos. Porque al contrario de lo que suele pensarse, el amor no hace sufrir. Lo que hace sufrir es el instinto de la propiedad, que es lo contrario del amor». ¿Alguien desvela con más acierto la clave de la violencia machista actual? A mí me parece este libro un festín de sabiduría y lucidez. Y de compromiso con Europa, el Hombre (con mayúscula) y la cultura. Ordine rehuye lo moralizante y estetizante, pero nunca lo moral. Y nos regala el testimonio de clásicos, –entre otros el Thomas Mann de ‘Los Buddenbrook’– con las contradicciones del capitalismo, la conciencia y los negocios.</p>
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		<title>Maneras de triunfar</title>
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		<pubDate>Thu, 25 May 2017 19:16:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Confieso que me acerco estos días a los asuntos de la actualidad política con algo de distanciamiento, buscando esa perspectiva que permite dotarnos de ecuanimidad y nos afina el juicio. Creo que de esa forma se hacen más llevaderos, más soportables, dos problemas relevantes para el conjunto de España: el llamado desafío del independentismo catalán [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Confieso que me acerco estos días a los asuntos de la actualidad política con algo de distanciamiento, buscando esa perspectiva que permite dotarnos de ecuanimidad y nos afina el juicio. Creo que de esa forma se hacen más llevaderos, más soportables, dos problemas relevantes para el conjunto de España: el llamado desafío del independentismo catalán y la necesaria ‘recomposición’ de un PSOE que acaba de elegir secretario general a Pedro Sánchez.<br />
Respecto al ‘problema’ catalán –denominarlo la ‘cuestión’ catalana me parece que sería rebajar improcedentemente su importancia– creo que el ‘souflé’ empieza a bajar, aunque los aspavientos y el farfulleo de Puigdemont intenten convencernos de lo contrario. La prueba que lo resume son los datos de la encuesta de Metroscopia publicada ayer por ‘El País’, y según la cual dos de cada tres catalanes (el 66%) consideran que el proceso soberanista no va bien, que pierde fuelle cuando se acerca la teórica fecha del referéndum, mientras que solo uno de cada tres (34%) cree que la independencia será posible en un futuro más o menos cercano.<br />
El descenso del ímpetu independentista (exacerbado en los últimos años por un puñado de dirigentes que emprendieron la huida hacia el abismo o el viaje hacia ninguna parte que no sea el ‘choque de trenes’) esa reducción de la calentura soberanista, decía, no justifica sin embargo la política de negativas absolutas; en consecuencia, ni el gobierno del PP ni ningún otro pueden violentar la legalidad para dar satisfacción a un grupo concreto, por nutrido que sea, de ciudadanos. Pero sí puede perseverar –y está obligado a ello– en posiciones dialogantes y negociadoras, siempre dentro del orden constitucional y democrático.<br />
La encuesta de Metroscopia revela también el distanciamiento de una mayoría de catalanes respecto a ciertas propuestas del Gobierno de la Generalitat. Por ejemplo, cuando se les pregunta por la posibilidad de una declaración de independencia unilateral (como prevé la llamada ‘ley de ruptura’) únicamente el 35% de los catalanes apoyan esa opción, mientras que la rechazan de plano el 61%. ¿Funcionan los frenos o es una falso efecto?<br />
En cuanto a la ‘recomposición’ del PSOE, un partido imprescindible en el sistema de contrapesos de la democracia española, mis temores no tienen que ver tanto con la propuesta ideológica o ponencia marco, casi seguro que en la línea socialdemócrata que todos esperan, sino con la forma y el fondo con los que Pedro Sánchez ejerza su ‘dirección’. Y escribo ‘dirección’ y no ‘liderazgo’ porque a mi parecer Pedro Sánchez es un dirigente pero no es un líder. Y creo que la forma en que ha sido aupado a la Secretaría General socialista tiene más relación con circunstancias externas que con méritos o capacidades personales.<br />
Así que tanto en el ‘problema’ catalán como en el regreso triunfal de Pedro Sánchez supongo que la clave para una evaluación correcta es la conocida frase de Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo». Que los mismos protagonistas se pongan nota.</p>
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		<title>De la corrupción y su naturaleza</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Apr 2017 19:33:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio».<br />
Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la corrupción, pero juzgándola con sentido sectario, cuando no interesado. Si reprochas ante alguien de derechas los excesos que está causando la corrupción, lo primero que hará no será reconocerlo sino contrargumentar y recordar que los de izquierdas hicieron o hacen lo mismo&#8230; El cainita discurso del «&#8230;y tú más». O en el mejor de los casos optar por la equidistancia, reduciendo la naturaleza del mal a un problema general. «Es que toda la vida los políticos han hecho y hacen lo mismo&#8230;», vendrá a decir.<br />
Lo terrible es que la corrupción cuando deja de ser un problema anecdótico o circunstancial, cuando supera ese porcentaje digamos&#8230; ‘natural’ de manzanas podridas que entran en todos los cestos, se convierte en la gangrena incontenible que acaba devorando al propio sistema democrático.<br />
Por eso resulta incomprensible que en los partidos o en las instituciones en que se descubren ‘manzanas podridas’ la primera respuesta consista en ocultar el hecho y si ‘te han pillao con el carrito del helao’ jugar al despiste o aventurar justificaciones vergonzantes. La ocultación es otra forma de complicidad.<br />
La corrupción es la carcoma que destruye el andamiaje de la casa común. Y además de un problema con nefastas repercusiones económicas inmediatas –el agujero en las cuentas públicas asciende a miles de millones de euros– es una lacra moral de efectos devastadores a medio y largo plazo.<br />
Cuando se trata de corrupción de cuello blanco, promovida por dirigentes de primerísimo nivel, la gravedad crece de forma exponencial. Serían precisos millones de corruptos para sumar, migaja a migaja, las cifras que se manejan en las grandes operaciones contra la podredumbre de las últimas décadas en España.<br />
Por otra parte, vista la cuestión desde la perspectiva de una comunidad autónoma como Extremadura, me parece al menos tranquilizador el hecho de que los niveles de corrupción nunca alcanzarían, por la propia dimensión económica de la tierra, las cotas escandalosas de otras comunidades.<br />
¿Alguien se imagina que dirían de  nosotros, los extremeños, si alguno de los presidentes de esta región hubiera sido acusado de enriquecimiento ilícito y de la retahíla de presuntos delitos a los que se enfrentan el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol o el exministro Rodrigo Rato, entre otros?<br />
Es cierto que nadie debe derribar la presunción de inocencia y que la última palabra la tiene la justicia. Pero tampoco conviene olvidar la propia naturaleza de los delitos (no es igual meter la mano que meter la pata) ni olvidar lo que decía Albert Camus: «Inocente es quien no necesita explicarse». Así de simple.</p>
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		<title>Universo futbolero</title>
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		<pubDate>Fri, 23 May 2014 11:22:26 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El fútbol además de un deporte es una estética. Y una cantinela. No siempre ha gozado del prestigio intelectual que ilumina, por ejemplo, muchas de las argumentaciones vertidas en las últimas fechas a favor o en contra del estilo esencial del Real Madrid o del Barça o del Atlético de Madrid. Antes de que se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El fútbol además de un deporte es una estética. Y  una cantinela. No siempre ha gozado del prestigio intelectual que ilumina, por ejemplo, muchas de las argumentaciones vertidas en las últimas fechas a favor o en contra del estilo esencial del Real Madrid o del Barça o del Atlético de Madrid.<br />
Antes de que se hicieran famosas las trapacerías de Bilardo, o los zig-zagueos éticos de Maradona;  antes de las ‘boutades’ de Helenio Herrera o de las sentencias implacables de César Luis Menotti;  mucho antes de que Vujadin Boskov resumiera el asunto con un sustantivo y un verbo: «Fútbol es fútbol», ese deporte se había convertido en una religión en cuyos devocionarios figuraban oraciones como el poema de Rafael Alberti al portero húngaro Platko o la celebérrima cita de Camus: «Lo que sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Decir que la pasión del fútbol excede lo estrictamente deportivo o del mundo del espectáculo es una obviedad. Basta escuchar cualquiera de las reflexiones que formula Jorge Valdano o las historias que recrea tan hábilmente José Antonio Martín ‘Petón’ para adivinar que detrás de esa pugna de once contra once por un balón existe una mística universal que tiene que ver con el territorio insondable de los hombres. Dicho con menos retórica: «De las cosas sin importancia, el fútbol desde luego es la más importante», que es una frase que no sé quién  pronunció por primera vez porque se la atribuyen a medio mundo. El fútbol es, como dice Eduardo Galeano, un espejo. «Todo lo bueno y lo malo de la condición humana está en la cancha».<br />
Pero al igual que ocurre con otros aspectos de la vida, lo peor no son los protagonistas, sino quienes los rodean, o los actores secundarios. A veces lo peor de un partido no es el partido en sí, sino la versión que intentan transmitirte del mismo o las interpretaciones –generalmente interesadas– que hacen los colaterales. Yo suelo encontrar disfrute en los partidos que presencio, pero no tanto en las versiones de algunos comentaristas, profesionales o aficionados. Digamos que a mí no suelen molestarme las obras de los autores sino las glosas de los testigos. Con sus excepciones, claro está.<br />
Esa literatura futbolera (oral, escrita y visual) me parece que ha dado frutos memorables, antológicos. Pero también genera una cantidad de ruido enorme que lo único que hace es distorsionar la sintonía general. Me refiero a los típicos talibanes de barra de bar que identifican la pasión por un equipo con una garantía de exactitud, con un certificado personal de verdades y aciertos. Esos que piensan –y a veces hasta lo escupen–: «Esto es así porque lo digo yo». «Y ha sido penalti». «Y estaba en fuera de juego». Sin rechistar. Burrancos del argumento y de la insistencia;  gente que te invita a ponerle distancia a tu afición futbolera. A  pesar de todo, me parece que aquí también hemos avanzado y ya no tendría tanto sentido aquella descalificación de Unamuno: «Lo cierto es que todas esas gentes que se pasan media vida hablando de fútbol son gentes que maldita la pena que vale el que hablen de otra cosa». </p>
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		<title>Sobre los docentes</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 19:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según recordaba el filósofo y profesor <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Marina">José Antonio Marina</a> hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.<br />
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Camus" target="_blank">Albert Camus</a> escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega  en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.<br />
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘<a href="http://www.lecturalia.com/libro/22182/mal-de-escuela" target="_blank">Mal de escuela</a>’, de Daniel Pennac –que él  presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.<br />
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración,  credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía <a href="http://mayora.blogspot.com.es/2013/04/maestros-de-las-letras_23.html" target="_blank">Álvaro Valverde</a> esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «&#8230;para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso&#8230;». Cuánta razón.<br />
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».</p>
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		<title>La obra bien hecha</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Jan 2013 21:32:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[A mediados del siglo veinte, concretamente 55 años después de haberse concedido el primer Premio Nobel de Literatura, la Academia de Ciencias de Suecia reveló que ese galardón inicial entregado en 1901 debía haber recaído en el gran escritor francés Émile Zola, pero ante la oposición de la Academia Francesa el premio fue para el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mediados del siglo veinte, concretamente 55 años después de haberse concedido el primer Premio Nobel de Literatura, la Academia de Ciencias de Suecia reveló que ese galardón inicial entregado en 1901 debía haber recaído en el gran escritor francés <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%89mile_Zola">Émile Zola</a>, pero ante la oposición de la Academia Francesa el premio fue para el poeta y ensayista Sully Prudhome.<br />
Zola ha pasado a la historia de la literatura a pesar de que se presentó catorce veces a la Academia Francesa y en todas ellas fue derrotado. Padre del naturalismo, obligado a exiliarse tras el famoso ‘caso Dreyfus’, autor del legendario artículo-carta ‘Yo acuso’, fue rehabilitado después de su muerte y sus cenizas acabaron con todos los honores en el Panteón donde reposan los hombres ilustres de Francia.<br />
De Sully Prudhome no he oído hablar en mi vida. Por la Wikipedia me entero de que fue miembro de la Academia Francesa y también de otro detalle que le diferencia de Zola: sus retos no son venerados en el Panteón. ¿Justicia poética?<br />
La balanza del reconocimiento, de la recompensa por el trabajo de cada uno, tiene muchas veces los platillos vacíos. La historia está llena de casos como el de Zola, preterido por la fortuna de un éxito más que merecido. Quizás por ello no debe perder  vigencia el consejo de Kipling: «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia».<br />
A mí me gusta mucho el principio pedagógico, el modelo de la ‘obra bien hecha’ que defendía Eugenio D’Ors y que puede leerse en su <a href="http://www.fotomadrid.com/ver/414">monumento</a> del Paseo del Prado de Madrid: «Todo pasa; una sola cosa te será contada y es tu obra bien hecha». Un principio de aplicación para cualquier sociedad y persona. La obra bien hecha, el trabajo responsable como aspiración permanente. Un lema que sirve igual para un pastor que para un mecánico; para un médico que para un arquitecto; igual para un camarero que para un juez o una bailarina.<br />
Habrá a quien le parezca que delegar a la posteridad la recompensa por los trabajos que tienen proyección de futuro (y en cierto sentido todos la tienen) es vana ilusión, como escribir en el mar. Yo creo que lo mejor es olvidarse de esos dos impostores y abundar en el ideal del trabajo diario bien hecho, lo mejor hecho posible, por encima de cualquier casuística y circunstancia.<br />
Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia. No te dejes engañar por el señuelo del aplauso fácil ni del reconocimiento arduo; no dejes que te venza tampoco la melancolía del desánimo ni el agotamiento de la voluntad. Ni sumirte en las sombras ni vivir en las nubes.  Ante el desasosiego, más esfuerzo; frente al pesimismo, innovación. Y siempre en mente el ideal de la «obra bien hecha».<br />
Lo que venga después podrá quitarte el sueño pero no te hará peor. Podrá dañarte, pero no vencerte. Y si por la noche antes de irte a dormir dispones de un rato para repasar la jornada, acuérdate de lo que dijo Albert Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo». Es lo que cuenta.<br />
¿Que hay tormenta y está lloviendo afuera? Ya escampará.</p>
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