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	<title>GRATIS TOTALÁlvaro Valverde &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Álvaro Valverde en estado puro</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Oct 2018 11:27:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Del mismo modo que Manuel Machado equiparaba el éxito de una copla a esa suerte de difusión masiva que culmina cuando la autenticidad del texto fagocita incluso el nombre de quien la creó: «Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son,/ y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor», las redes sociales están favoreciendo una modalidad de ‘éxito’ similar. ‘El cuarto del siroco’, el último libro de poemas de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), ilustra bien el fenómeno: muchos de quienes se hacen eco de su publicación no se limitan a hilvanar una breve reseña o reflexión apresurada sino que reproducen uno o varios de los 75 poemas que componen el volumen. De esta forma se convierten en altavoces y difusores de una obra dirigida a la ‘inmensa minoría’ juanramoniana que lee en papel y al mismo tiempo a esa otra minoría –no menos inmensa, tal vez– que frecuenta la galaxia digital. Desde que ‘El cuarto del siroco’ llegó a los estantes hace apenas unos días, he visto en Facebook y en otras redes sociales reproducidos completos los poemas: ‘Jardim do Paço’, ‘Candelario, 8 de agosto’, ‘Homenaje’, ‘Hacia adentro’, ‘Tristeza’, ‘A modo de poética’, ‘Canción de aniversario’, ‘Aquél’… Supongo que solo es el principio.</p>
<p>De alguna manera la ‘presencia’ que garantiza Internet a través del autor y de quienes multiplican sus referencias en las redes, opera como la música en las emisoras de radio o en las plataformas multimedia. Ya no se trata únicamente de volúmenes impresos en papel sino de ‘contenidos’ que perviven en el tiempo y en el espacio (digital) igual que las viejas coplas o las canciones se transmitían de viva voz generación tras generación.</p>
<p>Me parece que recepciones tan fructíferas están reservadas para poetas como Álvaro Valverde, uno de los ‘consagrados’ de la poesía española desde hace décadas, y en el que se da también la condición de crítico prestigioso y atento a la actualidad.</p>
<p>Cuenta el propio Valverde que ‘El cuarto del siroco’ debe su título a la «habitación donde las familias nobles sicilianas se guarecían mientras soplaba el temible siroco, impetuoso viento del sudeste que atraviesa el Mediterráneo procedente de los desiertos del norte de África», es decir, «un refugio que uno interpreta también como metáfora de la poesía. Y de la vida, que es lo mismo», confiesa el placentino.</p>
<p>Yo recomiendo leer el ‘El cuarto del siroco’ en papel, y pausadamente. Es la voz madura, natural, de un poeta sin otros énfasis que los de la emoción y la belleza. En cualquiera de los 75 poemas que forman ‘El cuarto del siroco’ brilla A.V. en estado puro. Pero puestos a seleccionar uno, yo elijo ‘Cánción de aniversario’, coronado por estas palabras de Miguel Hernández: «…con el amor a cuestas». Un poema, en fin, que entrelaza la ofrenda y la disculpa:</p>
<p>«Con la misma insistencia / con que cantan las tórtolas, / con la fuerza indomable / con que sopla el levante, /con la nota perenne / del olor del jazmín, / te he querido estos años./ Si ha sido para bien, / celebrémoslo juntos. / Si todo lo contrario, / tu sabrás perdonármelo».</p>
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		<title>Álvaro Valverde</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jan 2018 17:46:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Para mí los Reyes Magos se han adelantado este año con la pequeña antología poética de Álvaro Valverde ilustrada por Esteban Navarro que acaba de publicar la Editora Regional de Extremadura en su colección ‘El Pirata’. Pero no temas, mi buen Yorick, no voy a incurrir en la osadía de ensayar aquí ninguna crítica o [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Para mí los Reyes Magos se han adelantado este año con la pequeña antología poética de Álvaro Valverde ilustrada por Esteban Navarro que acaba de publicar la Editora Regional de Extremadura en su colección ‘El Pirata’. Pero no temas, mi buen Yorick, no voy a incurrir en la osadía de ensayar aquí ninguna crítica o reseña profesional entre otras razones porque ya lo ha hecho, –lúcidamente como acostumbra– el crítico y profesor Simón Viola en su blog de literatura ‘<a href="http://simonviola.blogspot.com.es/2017/12/alvaro-valverde.html">Notas al margen’</a>. Tampoco incurro en exageración si digo que Álvaro Valverde es uno de los ‘grandes’ de la poesía española contemporánea, y me acojo, para revalidar mis palabras, al juicio de críticos literarios y antólogos tales como José Luis García Martín, Miguel García Posada, Luis Antonio de Villena, Juan Cano Ballesta, Andrés Soria Olmedo, Ángel Luis Prieto de Paula, José Enrique Martínez…; me acojo a la bibliografía selecta incluida en este pequeño volumen o mejor aún: al imperturbable testimonio de las hemerotecas desde hace treinta años. </span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">De ahí que encuentre digna de aplauso la publicación de este libro para difundir entre los más jóvenes la obra de un escritor que se queda deliberadamente en su tierra y funda un ‘territorio’ poético que trasciende sin embargo lo personal y nos abarca a todos y al mundo. Lo expresa mejor Jordi Doce en su introducción a Álvaro Valverde ‘Un centro fugitivo’, antología poética (1985-2010) publicada por La Isla de Siltolá. Ahí puede leerse: «Desde la publicación de ‘Territorios’ en 1985, esta poesía se ha esforzado por dar testimonio veraz del paso de un hombre por el mundo. Un pasar en el que la conciencia y los sentidos tratan de aprehender cuanto parece apartarse o escapar de su camino, esto es, el tiempo mismo con sus limos y sedimentos». (…) «El prodigio de la poesía radica precisamente en esto. Que solo el poeta dotado de una voz y un mundo personales, distintivos, es capaz de hablar en nuestro nombre, mostrar en qué radica nuestra vida».</span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Me parece también un acierto que la antología se abra con ese poema que seleccionó José Luis García Martín en ‘La generación de los 80’ y en el que Álvaro Valverde parece fijar los límites de su paraíso cuando habla de: «Hojas de acanto y rosas, / una vieja piedra de molino y enramadas, / el suelo tejido de una hiedra fresca. / (…) Aquí, en el huerto sombrío / donde las horas son luz tamizada / y del limón aroma./ Hagamos de este lugar un territorio». Y cuyo revés, a modo de eco, percibo en el poema ‘Estela’, de ‘Ensayando círculos’, texto en cuyos versos finales resuena la musicalidad de la ‘Canción a las ruinas de Itálica’, de Rodrigo Caro: «Viajero que ahora pasas, / ten presente / que estas ruinas fueron / andamios una vez, / hombres silbando». La vida misma. </span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Yo no quitaría, claro está, ninguno de los poemas seleccionados pero hubiera incluido el ‘Entonces la muerte’ (4) de su libro ‘Desde fuera’, al que Fernando Aramburu (el autor de ‘Patria’) dedicó en el Suplemento de cultura ‘Territorios’ una página iluminadora que yo creo que vale por toda una galería de reconocimientos y premios.</span></p>
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		<title>Borges, medicinal</title>
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		<pubDate>Fri, 09 May 2014 08:47:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El escritor vasco Fernando Aramburu, uno de esos ‘hombres justos’ cuya trayectoria y decencia moral se han agigantado tras la noche tenebrosa del terrorismo etarra, acaba de inaugurar una nueva sección en el suplemento literario ‘Territorios’, de ‘El Correo’. La noticia –de la que el propio Aramburu daba cuenta en su blog y reproducía asimismo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El escritor vasco Fernando Aramburu, uno de esos ‘hombres justos’ cuya trayectoria y decencia moral se han agigantado tras la noche tenebrosa del terrorismo etarra, acaba de  inaugurar una nueva sección en el suplemento literario ‘Territorios’, de ‘El Correo’. La noticia –de la que el propio <a href="http://fernandoaramburu.blogspot.de/2014/05/vetas-profundas-los-justos-de-borges.html" target="_blank">Aramburu</a> daba cuenta en su blog y reproducía asimismo el escritor <a href="http://mayora.blogspot.com.es/2014/05/vetas-profundas.html" target="_blank">Álvaro Valverde </a>en su bitácora– me parece una magnífica novedad. Todos los meses, Aramburu reflexionará acerca de poemas de autores célebres.<br />
El primer trabajo de la serie lo dedica al texto ‘Los justos’, de Jorge Luis Borges. Un poema, como recuerda Fernando Aramburu, que Borges incluyó en su libro ‘La cifra’, y que vio la luz cuando el escritor argentino   era ya una celebridad mundial, un octogenario «que en lugar de rechazar con resquemor de viejo el mundo vetado a sus ojos, del que pronto se despedirá, tiene la delicadeza de dedicarle unas palabras aprobatorias».<br />
No pretendo (ni podría) resumir aquí la iluminadora reflexión y glosa que hace Aramburu de ‘Los justos’. Lo que sí hago fervientemente es recomendarles que la lean. Equivale a un curso completo de literatura. Un genio como Borges glosado por un escritor también excepcional.<br />
A mí me emociona la capacidad de Borges para reunir en una docena de versos esa especie de ‘cosmogonía’ poética sobre la figura de los hombres justos; es decir, sobre los ‘héroes’ anónimos, cotidianos, que hacen que el universo, la vida, discurra sin cataclismos, sin anomalías insalvables. Borges enumera una serie de personas o de situaciones. Los dos primeros versos: «Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. / El que agradece que en la tierra haya música»&#8230; y dibuja la esencia de esas cosas importantes en las que tantas veces no reparamos. Tras la enumeración, el oro de la sabiduría, el verso final: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».<br />
Yo creo que la lectura de los ‘Los justos’ supone un bálsamo muy recomendable para quienes se ven sometidos a las vicisitudes a veces absurdas e intrascendentes de la vida. ¡Cuántos desengaños y frustraciones podrían evitarse frecuentando la lectura de poemas como el de Borges! Lo digo en serio. Frente al energumenismo, a la insensatez o a la soberbia del que solo aspira a imponer sus razones, los versos de ‘Los justos’.<br />
Del mismo modo que las ‘Bienaventuranzas’ nos invitan a mantener un punto de vista en el que la promesa de felicidad suele ser inversamente proporcional a la altura de nuestro pedestal, las enseñanzas de ese poema borgeano nos adiestran en el descubrimiento de lo trascendente, de lo esencial. Si yo pudiera influir en los contenidos de nuestros libros de texto, ese poema desde luego que figuraría en los manuales de Lengua y Literatura. Y  lo recomiendo con entusiasmo asimismo a quienes tienen que tomar decisiones que trascienden el ámbito personal. Y a quienes dudan entre ‘ser’ y ‘tener’. Bien pensado, además de hacernos más cultos, la lectura de ‘Los justos’ nos ahorra desazones, nos acarrea paz y, sobre todo, nos hace mejores personas.</p>
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		<title>Paisajes del alma</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Mar 2014 09:39:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El paisaje me parece una parcela semiabandonada en el tráfago de la actualidad periodística y literaria. No me refiero a las publicaciones especializadas (algunas verdaderamente antológicas) ni a los reportajes de viajes con fotos como postales que salpican algunas páginas en revistas y diarios. Estoy pensando en esos escritores cuya mirada trascendía la pura descripción geográfica o el censo demográfico (digamos Ponz) y ahondaron en la tradición de los viajeros ilustrados de los siglos XVIII y XIX, una trayectoria donde sobresalen autores que van desde la genialidad de Laurence Sterne con su <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Viaje_sentimental_por_Francia_e_Italia" target="_blank">‘Viaje sentimental por Francia e Italia’ </a>hasta ‘La Biblia en España’, de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/George_Borrow" target="_blank">George Borrow</a>, que tradujo nada menos que don Manuel Azaña.<br />
A mí me gusta la pasión por el paisaje que mostraron los escritores de la Generación del 98, desde Unamuno a <a href="https://archive.org/details/elpaisajedeespa00azor" target="_blank">Azorín</a>, pasando por Baroja y Antonio Machado, hasta las obras de autores más jóvenes como eran Ortega, Gregorio Marañón, Juan Ramón Jiménez, para desembocar en los poetas del 27, empezando por Rafael Alberti y terminando por Luis Cernuda.<br />
Me parece que después del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Camilo_Jos%C3%A9_Cela" target="_blank">‘Viaje a la Alcarria’ </a>de Cela y de varias de las obras de Miguel Delibes, resulta difícil encontrar algo similar a los grandes reportajes literarios de Pla o Cunqueiro, donde el paisaje nunca es fondo de escenario y se convierte en protagonista absoluto. Creo que aquella pasión noventayochista por el paisaje se refugió en los poetas –ahí sigue alumbrando, inagotable, la obra de Claudio Rodríguez– y ha fructificado hasta en las generaciones de la poesía última. Por cierto, aunque no sea este lugar oportuno para recuentos minuciosos, hay que decir que el gusto por el paisaje está muy vivo en la obra de algunos de los grandes poetas nacidos en Extremadura: desde Álvaro Valverde a Ángel Campos, desde Pureza Canelo a Basilio Sánchez o desde José Antonio Zambrano a Santos Domínguez.<br />
Sin embargo, yo echo de menos en las páginas de los periódicos ‘aproximaciones’ al paisaje similares a las que firmó en su día Azorín recorriendo media España. O a las estampas que Unamuno recreó tras las caminatas entre nuestro paisaje y paisanaje.<br />
Ya sé que en la actualidad los medios informativos y técnicos se han multiplicado con las cámaras de fotos, los vídeos, los intercambios de mensajes raudos y triviales&#8230; Y habrá quien repare en que las formas de abordar los asuntos informativos también han crecido exponencialmente. Pero yo no estoy hablando de tecnología y de recursos, sino de emociones. No me refiero a las herramientas con las que se hace el trabajo, sino al trabajo mismo, al fruto del esfuerzo. Es sabido que la belleza del paisaje no está únicamente en el paisaje, sino en la mirada del viajero. Y  más cuando los ojos del que mira trasciende la simple cartografía, si puede decirse así, para capturar y trascender el alma de las cosas. Esas miradas capaces de revelarnos la emoción de la tierra, de nuestros pueblos, de nuestros días felices y también de nuestros anhelos es lo que echo de menos. Pero  sé que esas miradas llenas de humanidad y de poesía nos aguardan.</p>
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		<title>Sobre los docentes</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 19:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según recordaba el filósofo y profesor <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Marina">José Antonio Marina</a> hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.<br />
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Camus" target="_blank">Albert Camus</a> escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega  en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.<br />
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘<a href="http://www.lecturalia.com/libro/22182/mal-de-escuela" target="_blank">Mal de escuela</a>’, de Daniel Pennac –que él  presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.<br />
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración,  credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía <a href="http://mayora.blogspot.com.es/2013/04/maestros-de-las-letras_23.html" target="_blank">Álvaro Valverde</a> esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «&#8230;para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso&#8230;». Cuánta razón.<br />
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».</p>
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