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	<title>GRATIS TOTALaprendizaje &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>¿A mano o a máquina?</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jun 2016 19:30:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El paso del lenguaje hablado al escrito representó para el hombre miles de años y cambios complejos en la estructura y en los circuitos del cerebro. Una conquista inseparable del progreso de la especie y cuyos resultados se traducen en glorias como las obras de Shakespeare y de Cervantes o en productos tan banales como [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El paso del lenguaje hablado al escrito representó para el hombre miles de años y cambios complejos en la estructura y en los circuitos del cerebro. Una conquista inseparable del progreso de la especie y cuyos resultados se traducen en glorias como las obras de Shakespeare y de Cervantes o en productos tan banales como la telebasura.<br />
Quizás no haya lugar al derrotismo excesivo y creer como Nexus 6 que «&#8230;todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia», pero la ciencia advierte que abandonar el hábito de escribir a mano en favor del teclado tiene consecuencias negativas en nuestro cerebro, que no sigue los mismos procesos cognitivos ni hace que se activen las mismas áreas cerebrales cuando escribimos a mano o recurrimos a la frialdad del teclado. Según los especialistas, la escritura a mano resulta muy importante en la etapa infantil no solo para complementar el desarrollo del lenguaje, sino porque favorece el aprendizaje: unos apuntes manuscritos se recuerdan con más detalle aunque a la hora de escribirlos nos cueste más tiempo que si hubiéramos recurrido al teclado. O  mejor, precisamente por eso. Por ser manuscritos.<br />
Además de constatar la intuición popular de que lo escrito queda, yo creo que estas investigaciones contribuyen a reivindicar –y no por pura nostalgia– el valor de los textos escritos a mano. ¿Alguien compararía las cartas que se intercambian dos amantes con una colección de correos electrónicos o una serie de watsap?<br />
Basta pensar en los cuadros ‘Joven leyendo una carta’ y ‘Mujer de azul leyendo una carta’, ambos de<a href="https://www.google.es/search?q=joven+leyendo+una+carta+vermeer&#038;biw=1145&#038;bih=790&#038;source=lnms&#038;tbm=isch&#038;sa=X&#038;ved=0ahUKEwi11562oq3NAhXPyRoKHeONCosQ_AUIBigB#imgrc=Fqc5h-NcePq1hM%3A" target="_blank"> Veermer</a>, para percatarse de cuánta sensibilidad y belleza nos transmite la simple contemplación de quien lee un texto manuscrito y se emociona&#8230; La foto del soldado en la trinchera que escribe a lápiz  durante la Primera Guerra Mundial es por sí misma una historia conmovedora. Tan ilustrativa como aquellas tarjetas postales que jalonaban los primeros viajes de vacaciones lejos de casa o las interminables y desorbitadas historias que se contaban a los amigos, con pelos y señales, durante los meses de mili; cuando había que hacer la mili&#8230;<br />
Pienso en cuántos libros sobreviven al escrutinio de las bibliotecas por el hecho determinante de que guardan una dedicatoria y la firma del autor.<br />
¿Se imaginan que algún día acabara de verdad el hábito de la escritura a mano y en las ferias del libro los escritores se acompañaran de una impresora para teclear mecánicamente sus dedicatorias y ganar tiempo?<br />
En España era habitual regalarles a los niños que hacían la Primera Comunión una pluma o un bolígrafo. No sé si se conserva la costumbre o en el apartado de regalos ahora priman objetos más propios de la sociedad digital: cámaras, teléfonos móviles, tabletas&#8230; Recuerdo que durante años conservé una pequeña estilográfica con la que enseguida me puse a escribir historias donde recreaba un universo de aventuras. Las ficciones infantiles.<br />
A pesar de todo lo dicho, confieso que esta columna la he escrito  en el ordenador, pero prometo que la siguiente la escribiré antes a mano.</p>
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		<title>Sobre los docentes</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 19:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según recordaba el filósofo y profesor <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Marina">José Antonio Marina</a> hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.<br />
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Camus" target="_blank">Albert Camus</a> escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega  en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.<br />
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘<a href="http://www.lecturalia.com/libro/22182/mal-de-escuela" target="_blank">Mal de escuela</a>’, de Daniel Pennac –que él  presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.<br />
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración,  credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía <a href="http://mayora.blogspot.com.es/2013/04/maestros-de-las-letras_23.html" target="_blank">Álvaro Valverde</a> esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «&#8230;para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso&#8230;». Cuánta razón.<br />
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».</p>
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