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	<title>GRATIS TOTALborges &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Lo que cuenta</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Sep 2018 12:27:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Más madera, es la guerra. Levantada la veda de las dimisiones a diestra y siniestra –de Cifuentes a Montón– la esgrima de ayer en el Congreso sirvió para que Rivera exhumara el viejo asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez. ¿Se habla de másteres, de cursos, de tratos de favor, de zonas de sombra? [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Más madera, es la guerra. Levantada la veda de las dimisiones a diestra y siniestra –de Cifuentes a Montón– la esgrima de ayer en el Congreso sirvió para que Rivera exhumara el viejo asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez. ¿Se habla de másteres, de cursos, de tratos de favor, de zonas de sombra? Aprovechemos la proximidad de conceptos, debió de pensar el líder de Ciudadanos, dando por sentado que existen «dudas razonables» sobre la tesis doctoral de Sánchez y que la mejor manera de acabar con las sospechas es someterla al escrutinio público: «No puede haber un caso presidente del Gobierno. Haga pública su tesis doctoral para disipar las dudas. ¿Qué tiene que ocultar?», le preguntó Rivera a Sánchez.</p>
<p>El episodio me recordó la famosa parodia de insulto que Borges recoge en ‘Arte de injuriar’ (‘Historia de la eternidad’), donde se atribuye al doctor Johnson la siguiente contestación: «Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende género de contrabando». Doble nudo.</p>
<p>Creo que en estos tiempos de frikismo democrático y populismo encendido resulta imprescindible para un seguimiento ‘racional’ de la política, conseguir que las ramas no nos impidan ver el bosque; es decir, no dejarnos deslumbrar por el brillo trucado de los gestos y reparar en lo que importa. No hay manera de disculpar los plagios y menos si se vinculan a beneficios (los que sean) con un cargo público, pero la condena por tal hecho no puede ocultar otros aspectos positivos como la recuperación de la sanidad universal y los primeros pasos para el fin del copago farmacéutico de los pensionistas. No se trata de comparar para disculpar sino de establecer escalas de valores, graduar el daño y la responsabilidad.</p>
<p>La algarabía por la tesis sin publicar de Pedro Sánchez (con todo lo que tiene de ‘prevención’ infructuosa pues probablemente acabará saliendo a la luz) no puede ensombrecer otras iniciativas de más trascendencia para el conjunto de los españoles como esa ley con la que se va a prohibir la venta a fondos buitres de las viviendas destinadas a alquiler social. Una ley que hará más justa y más segura la vida de quienes menos tienen.</p>
<p>Otra cosa es que esta última medida, anunciada también por el presidente del Gobierno en el pleno del Congreso, llegue con freno y marcha atrás como ha ocurrido con la defensa del juez Llarena ante la demanda de Puigdemont y algunos responsables del ‘procés’ fugados a Bélgica, o ante el caso de las bombas inteligentes y la construcción de cinco corbetas para Arabia Saudí cuya resolución está dejando al descubierto los consabidos conflictos de intereses que se producen cuando gobernar es una responsabilidad diaria y no mera teoría sin daños colaterales.</p>
<p>El espectáculo de la política de gestos y las sucesivas ‘penas de telediario’ a que son castigados los nuevos galeotes de la política patria quizás resultan muy entretenidos para esta sociedad mediática obligada a consumir productos perecederos, pero más cuenta nos tendrá a todos reparar en lo esencial: Cataluña, el paro, la sanidad, la educación, las pensiones… y no en quien vende género de contrabando.</p>
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		<title>Los libros y la biblioteca ideal</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Dec 2017 19:12:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>LAS luces navideñas son para mí la señal anunciadora de que han llegado los libros al Paseo de Cánovas. Del variado mercadillo que se forma en estas fechas, los puestos de libros –nuevos y viejos– constituyen la mayor atracción, el principal imán de mi interés. Busco y me entretengo repasando las colecciones de títulos de aventuras, las cajas con volúmenes sueltos descatalogados, las viejas series de obras clásicas en ediciones populares&#8230; Me gusta el olor de esos libros de papel algo ajado y amarillento que el librero despliega ante nuestros ojos como si fueran cautivos del enésimo embalaje a la espera de su oportunidad. Hay libros en los que percibo la misma dignidad que la de un sabio sometido al silencio y que anhela lectores a quienes desvelar la elocuencia del tesoro, el universo fantástico y deslumbrante de sus páginas.<br />
«Quizás no hay días de nuestra niñez vividos más plenamente que aquellos que creemos que dejamos pasar sin vivirlos del todo: esos días que dedicamos a la lectura de nuestros libros preferidos», escribió Marcel Proust. Una buena manera de blindarme contra el riesgo de tal incertidumbre son las visitas a los puestos de libros callejeros. De esta forma no solo me reconcilio con viejos amigos que leí en la infancia y en la juventud, sino que además trato de buscar aquel ejemplar que presté y nunca volvió, o aquel otro que sucumbió a los sucesivos traslados o sencillamente fue pasto del olvido.<br />
Recorrer las baldas de estos puestos de libros tiene algo de liberador y de terapéutico. Me desahogo conmigo mismo y atenúo mi desapego sobrevenido al toparme por ejemplo con aquel libro que pensé que nunca olvidaría y ahora reencuentro sin evocar muchos detalles de su historia. La misma sensación que te embarga cuando vuelves a vivir un pasaje del ayer y ahora compruebas que apenas se perfila como una estampa sepia y devastada por el tiempo.<br />
Los libros nos permiten vivir infinidad de vidas. Y pueden obsequiarnos con vidas más vivas que la vida misma. «Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos», decía Graham Greene, un escritor que transitó con sus obras por algunos de los laberintos morales de la condición humana, y del que se puede asegurar que sabía bien de lo que hablaba.<br />
Así que para mí la feria del libro también es la Navidad. Todo el año. Confieso no obstante que el cúmulo de libros sin leer me provoca ‘estados carenciales’ que procuro sobrellevar de la mejor manera posible. Necesitaría una vida ‘borgeana’ para leer los volúmenes de la mínima biblioteca ideal.<br />
Dado que es más determinante releer que leer y teniendo en cuenta que el hombre puede leer con provecho –Borges dixit– unos dos centenares de libros más o menos en esta vida, la clave está en seleccionarlos bien para acertar. ¿Alguien lo garantiza? Por supuesto que no. Descreo de los ‘cánones’ y de las listas universales. La tarea es que cada lector elabore su propia relación de obras imprescindibles y habite esa biblioteca ideal. Una vida da para mucho.</p>
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		<title>De la pasión y las obras nutricias</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Nov 2016 10:59:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En el mundo hay libros y autores nutricios y autores y libros infecundos; juzgados, claro está, de manera personal, no con pretensión generalizadora. Para mí han sido fértiles y estimulantes por ejemplo los libros de Borges, de Monterroso, de Cervantes, de Laurence Sterne&#8230; entre otros muchos. Pero imagino que cada lector puede elaborar una lista de obras que le despertaron el afán creativo o la necesidad de acudir a nuevas historias para enriquecer su universo literario. Un fenómeno que no se limita únicamente a las creaciones de ficción sino que abarca cualquier fruto del espíritu humano, desde los tratados de filosofía y de historia hasta los manuales de ciencias humanas y las enciclopedias de arte. Desde la exposición o el cuadro que nos abre la puerta a  estéticas insospechadas hasta la película o la música que literalmente nos traslada a un universo fértil, abonado al trabajo creativo.<br />
Esa efervescencia y vitalidad que se adivina en la exposición <a href="https://www.fundacionmapfre.org/fundacion/es_es/exposiciones/sala-recoletos/fauves-pasion-por-color.jsp" target="_blank">‘Los fauves. La pasión por el color’</a> que la Fundación Mapfre mantendrá abierta en Madrid hasta el 29 de enero de 2017. Una muestra donde se comprueba cómo la pasión por los colores puros y la intensidad en la pincelada condujo a un grupo de artistas entre los que estaban Matisse, Derain, Maurice de Vlaminck y Braque a romper con ciertos planteamientos estéticos periclitados, anhelantes de cambios para avanzar en nuevas formas de mirar la vida y plasmar las emociones.<br />
Supongo que un cataclismo similar al de los ‘fauves’ debió sentir <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Elias_Canetti" target="_blank">Elías Canetti</a> cuando profundizó en el  <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Leviat%C3%A1n_(Hobbes)" target="_blank">‘Leviathan’ de Hobbes</a>, al que considera –entre los  pensadores no atados por ninguna religión– como el más importante y el que más le impresiona por la radicalidad de su pensamiento. Canetti, premio Nobel de Literatura de 1981, admira en Hobbes el hecho de que no esconde el poder bajo un velo pero tampoco lo glorifica, «lo deja simplemente como está». Dice de él que supo lo que es el miedo y que vivió «el primer período de la Historia Moderna, el siglo XVII», de «un modo consciente y reflexivo». «Desde que existe Hobbes, ocuparse de Maquiavelo tiene sólo sentido histórico», añade en su libro ‘La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972’, obra deslumbrante y lúcida donde Elías Canetti se refiere fervorosamente a ‘Leviathan’ como uno de esos libros «que le aguzan a uno el ingenio, no libros que le paralizan por estar ya exprimidos y agotados desde hace tiempo». Fuentes nutricias.<br />
De igual estirpe debe de ser la pasión que impulsó a Stefan Zweig a trazar los perfiles biográficos de Balzac, Nietzsche, Dickens, Stendhal, Tolstoi, Dostoiesvski&#8230; y a Fernando Savater a escribir su ameno y divulgativo <a href="https://www.amazon.es/Aqu%C3%AD-viven-leones-Fernando-Savater-ebook/dp/B016E45QD6" target="_blank">‘Aquí viven leones’</a>, ocho viajes sentimentales a los lugares clave y a la obra de otros tantos maestros de la literatura universal: Shakespeare, Valle-Inclán, Allan Poe, Leopardi, A. Christie, Alfonso Reyes, Flaubert y Stefan Zweig. Libros y autores nutricios al cuadrado.</p>
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		<title>A los del lado oscuro</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jun 2016 21:14:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La condena a quienes se dedican a insultar amparados en el anonimato de los foros digitales resulta ya asunto recurrente y lleva camino de convertirse en un nuevo género literario. ¿Quién no ha maldecido la despreciable tarea del trol que arremete con ánimo malicioso e injurioso? El último escritor al que he leído quejarse amargamente de esta práctica es a Felipe Benítez Reyes, que el sábado pasado firmaba su columna en HOY con el título ‘Los ocultos’ y en la que advertía: «Lees en pantalla un artículo o una noticia y sabes que lo espeluznante empieza tras su punto final, en esa sección de comentarios en que unos seres con nombre de robot o de mascota exhiben su desprecio no ya por la gramática y la ortografía, no ya por el criterio ajeno, no ya por las técnicas budistas de control sobre las emociones, no ya tal vez por sí mismos, sino también, y sobre todo, por la facultad de distinguir un razonamiento de un vómito» (&#8230;) «Gente que solo hecha espumarajos por el pensamiento cuando se siente a salvo en su cueva, bajo el amparo de un pseudónimo».<br />
Supongo que ya habrá alguien preparando la correspondiente antología de textos en los que se condena y refuta a los troles odiosos. Sin embargo hay que reconocer que no estamos ante una práctica nueva; lo nuevo es el canal o los medios a través de los  que se insulta o se emborrona la inteligencia. Los insultos supongo que tienen la misma edad que la humanidad. Y  son insoportables cuando no lucen el blindaje del humor sino únicamente la carga de la maldad, del daño gratuito, del puro energumenismo zoquete. ¿Quién no ha disfrutado por ejemplo con el ingenio y la inteligencia que revelan los legendarios insultos que recoge Borges en ‘Arte de injuriar’? Como aquellas palabras que él atribuye al doctor Johnson: «Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando». La quintaesencia de la injuria. O la reacción del caballero al que en una discusión «teológica o literaria», le arrojan a la cara un vaso de vino y sin inmutarse contesta al ofensor: «Esto, señor, es una digresión; espero su argumento». ¿Alguien imagina una respuesta equivalente ante el trol que garabatea sus infamias en un foro digital?<br />
Lo mejor es la callada por respuesta. Antes y ahora. «De todas las reacciones posibles ante la injuria, la más hábil y económica es el silencio». La frase no pertenece a ningún consultor o experto en foros digitales y redes sociales. Esa frase la acuñó el sabio español Santiago Ramón y Cajal, aunque acaso pueda resultar chocante en un país donde ha alcanzado categoría de lema nacional una consigna con variantes paradójicas: «Que hablen de uno aunque sea bien» y «Que hablen de uno aunque sea mal».<br />
De todas formas, yo creo que lo peor de los troles no son los atentados mostrencos a la buena educación sino sus disparates contra la inteligencia. Y en ese sentido, aún sin proponérselo, ellos también forman parte de un ecosistema a cuya mejora contribuyen indirectamente porque ayudan a que la luz y la razón se sobrepongan a las sombras.</p>
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		<title>Efemérides íntimas</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2015 20:40:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Los aniversarios y efemérides son habituales en los medios de comunicación. Jalonan las páginas de la prensa con temas más o menos relevantes que se convierten en generales cuando brillan las cifras redondas de los aniversarios: hoy hace diez, veinte, treinta&#8230; años que sucedió tal cosa o tal otra. Mañana por ejemplo, 20 de noviembre, hará cuarenta años que murió Franco. Y hoy jueves se cumplen 14 años del asesinato de cuatro periodistas occidentales, entre ellos el español Julio Fuentes, de ‘El Mundo’, cerca de Kabul. También hoy, jueves, hace 25 años la OTAN y el Pacto de Varsovia firmaron la declaración que ponía fin a la ‘Guerra Fría’. Y el 19 de noviembre de 1933, es decir, hace hoy 82 años, la República celebró las primeras  elecciones generales en que las mujeres pudieron ejercer en España su derecho al voto&#8230;<br />
No obstante, creo que mi lista personal de aniversarios y efemérides memorables no tiene que ver tanto con estos ‘acontecimientos relevantes’ que reseñan los periódicos sino con otros de ámbito más íntimo que perfilan –como supongo que les ocurre a todas las personas– la propia educación sentimental.<br />
Así que en mi memoria habita el recuerdo, claro que sí, de la muerte de Franco, pero relucen con más fuerza otras teselas del mosaico: la primera vez que vi surcar el aire a un trapecista en el circo; aquel verano en que curamos con yodo el ala de una tórtola herida; mis primeros deslumbramientos ante los dibujos de Antonio López; los grabados de José Hernández, la pintura de Equipo Crónica y Lichtenstein o los primeros cuadros de Vermeer en el Museo del Prado. El día que visité la casa de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Bergam%C3%ADn" target="_blank">José Bergamín</a> y observé sobre su mesa de trabajo una reproducción del cuadro ‘La familia de Carlos IV’ de Goya; la mañana en que hablé con el mexicano <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Rulfo" target="_blank">Juan Rulfo </a>sobre la novela que ya no iba a escribir&#8230;<br />
Aniversarios esenciales como el de la lectura en el café La Universitaria del cuaderno donde escribiste aquella larga y temblorosa declaración de amor. Y luego, las fechas luminosas del nacimiento de tus hijos; y las conversaciones con Claudio Rodríguez o con José Ángel Valente. Recuerdos de infancia y juventud: el rodaje en Trujillo de ‘El tulipán negro’ o las capeas en su Plaza Mayor. Y las horas y horas habitando películas como ‘El mensajero’, de J. Losey o <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Barry_Lyndon" target="_blank">‘Barry Lyndon’</a>, de Kubrick.<br />
El aniversario de mi primer viaje a París y el descubrimiento de las obras de Borges y de Bioy Casares. Y antes la desolación de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Aleksandr_Solzhenitsyn" target="_blank">‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’, de Alexander Solzhenitsyn</a> y las obras de Delibes y de Cela y de Gabriel García Márquez. El capítulo VIII de ‘Paradiso’, de Lezama Lima, que compré en la Librería Cervantes de Salamanca un año antes de que muriera Franco, precisamente, y ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa. Y los aniversarios de otras lecturas que pueblan también mi parnaso sentimental: ‘La saga / fuga de J.B.’, de Torrente Ballester; ‘Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy’ y ‘Viaje sentimental por Francia e Italia’, del genial <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Laurence_Sterne" target="_blank">Laurence Sterne</a>. La historia, también aquí, podría ser interminable. </p>
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		<title>De lecturas pendientes</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jul 2015 20:39:37 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ando estos días organizando el donoso escrutinio de los libros que pienso llevarme en las vacaciones y como suele ocurrirme cada año se disputan los huecos en la maleta las relecturas, las deudas antiguas (confieso que de este agosto no pasa ‘El gran Meaulnes’, de Alain-Fournier ) y algunos títulos más recientes entre los que solo voy a citar dos, muy distintos entre sí, de dos escritores nacidos en Extremadura: ‘Cuentos del día a día’, de Tomás Martín Tamayo y ‘Vida secreta’, el último libro de poemas de Javier Rodríguez Marcos, aparecido en la colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets.<br />
Durante un tiempo yo creí también que los libros son la residencia más confortable de la vida. (Por cierto, Alberto Manguel, ese sabio que en su juventud le sirvió de lazarillo lector al Borges ya vencido por la ceguera, ha escrito hace poco ‘El viajero, la torre y la larva.  El lector como metáfora’, donde viene a desmentir que el lector ideal sea precisamente el que se encierra en su torre de marfil parafraseando al fray Luis de León en ‘Vida retirada’: «¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruïdo / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!». Como tampoco pueda blasonar de lector ideal el insigne Quevedo solitario en la Torre de Juan Abad: «Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos»).<br />
Borges calculaba que en la vida de cualquier hombre da tiempo a leer con provecho unos 200 libros y que lo importante es elegirlos con tino y releerlos. Baroja decía que cuando uno se hace viejo le gusta más releer que leer. Y Juan Goytisolo ha confesado alguna vez que más que un gran número de lectores, lo que busca es «un cierto número de relectores». Los placeres de la relectura los conoce bien un autor que es también un poeta y un crítico esencialmente ‘lector’. Me refiero a Luis Alberto de Cuenca, exdirector de la Biblioteca Nacional, Premio Nacional de Traducción y autor de poemarios memorables como ‘La caja de plata’ o ‘Cuaderno de vacaciones’. Uno de los festines que me he regalado como lector se lo debo al libro ‘Palabras con alas’, de la sevillana Ediciones de la Isla de Siltolá, en el que Luis Alberto de Cuenca reúne una selección de artículos críticos y reseñas aparecidos entre 2006 y 2012 en la revista ‘Mercurio’.<br />
Lejos de pedanterías académicas o de improvisadas ocurrencias, De Cuenca conduce al lector por el mundo de las novedades literarias pero sobre todo por el de la historia de la literatura. Lee, reseña y contextualiza. Y lo hace con una prosa milimétricamente precisa, rítmica, culta y elegante que a mí me parece que constituye la primera muestra de respeto a quien se adentra en sus páginas. Es admirable que al hilo de un puñado de títulos y pequeños artículos logre mantener siempre el interés del lector desvelándole claves personales o literarias de autores como Montaigne, Coleridge, Catulo, Ezra Pound, Bioy Casares, Kipling, Juan Eduardo Cirlot&#8230; y temas que van del cómic a la ciencia ficción o al arte contemporáneo.</p>
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		<title>De escribir y leer</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jun 2015 20:56:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las paradojas llamativas de la sociedad contemporánea es la falta de relación directa entre información y conocimiento. Tener acceso a muchos datos no garantiza mayor grado de conocimiento ni tampoco mayor nivel de ‘sabiduría’. Reunir papeles al azar, sin criterio alguno, no convierte una pila de documentos en un archivo. De igual modo, recibir a todas horas ingentes cantidades de información no nos acarrea mayor conocimiento ni mayor nivel de consciencia. Toda la información que no sea procesada, analizada, jeraquizada, etcétera, de forma debida se convierte en mero decorado o en lo que los expertos denominan ‘ruido’.<br />
Entre las funciones de la Prensa y de los medios de comunicación está precisamente cumplir con esa tarea de jerarquizar y ordenar el caos informe que nos rodea. Lo que hacen los medios (al margen de ‘limitaciones’ ideológicas o técnicas) es justo eso: ofrecer una visión coherente de la realidad que nos envuelve; y dando por sabido que los medios nunca ‘son’ la realidad en sí misma, sino el reflejo, la consecuencia de haber puesto el foco sobre aquellos aspectos que consideran relevantes.<br />
Las redes sociales han elevado a la enésima potencia el flujo informativo, lo que en apariencia supone un gran avance: la universalización de los emisores. Como si tras el banderazo de salida se dijera: «Nada de unos cuantos emisores (los medios tradicionales) lanzando mensajes a millones de receptores. Las nuevas tecnologías permiten que todos seamos emisores y cualquiera puede convertirse a través de una cuenta de Facebook, de Twitter o de Instagram en un ‘medio de comunicación’ universal&#8230;».<br />
Pero no es así. O por ser más preciso: solo es así en apariencia. Si ya hemos dicho que el montón de papeles necesita determinados criterios para convertirse en archivo, en conocimiento, los millones de mensajes de las redes sociales precisan asimismo de una ‘recepción jerarquizada’ para abandonar la condición de ruido de fondo y transformarse en contenido ‘significativo’, en materiales que deberán ser reprocesados para superar –si cabe decirlo así– los controles de calidad. El crecimiento exponencial que han experimentando las redes sociales y por tanto los ‘emisores’, se produce en paralelo a una circunstancia curiosa: muchos titulares de las cuentas no se limitan a enlazar contenidos sino que ellos mismos se convierten en incontenibles grafómanos a los que les iría como anillo al dedo la conocida humorada de George Burns: «Éste es el sexto libro que escribo, lo que no está nada mal para un tipo que solo ha leído dos».<br />
Tal fertilidad creativa no suele mantener por desgracia una relación directamente proporcional a la calidad de lo difundido. Reconozco que he dejado de seguir algunas cuentas de redes sociales por la banalidad de los mensajes y sobre todo por su número excesivo. Por la incontinencia ‘escribidora’.<br />
Yo prefiero los medios tradicionales (en soporte papel o digital) y me acojo a los versos de Borges en su poema ‘Un lector’: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».</p>
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		<title>Selfies y estadísticas</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Dec 2014 18:51:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Para justificar el descreimiento en relación a las estadísticas, nada mejor que el caso de esas dos personas de las cuales una se come dos pollos y la otra ninguno. La estadística señalará que tocan a un pollo por cabeza. Hay muchas otras sentencias famosas en la materia. Desde aquella tan citada –y tan polémica– [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para justificar el descreimiento en relación a las estadísticas, nada mejor que el caso de esas dos personas de las cuales una se come dos pollos y la otra ninguno. La estadística señalará que tocan a un pollo por cabeza. Hay muchas otras sentencias famosas en la materia. Desde aquella tan citada –y tan polémica– de Borges: «La democracia es el abuso de la estadística» hasta la de Churchill: «Solo me fío de las estadísticas que he manipulado», pasando por la de David Loyd George, siempre de actualidad: «No se pueden alimentar hambrientos con estadísticas». Y donde pone hambrientos escriba parados o damnificados por la crisis económica.<br />
Aunque no lo parezca yo no quiero hablar hoy de estadísticas, sino de selfies o autofotos o autorretratos, que es como se puede llamar en español al fenómeno social que consiste en fotografiarse a sí mismo generalmente con un teléfono o una webcam para subir después la imagen a Internet o a las redes sociales.<br />
Ahora hablamos de selfies pero la costumbre de dejar constancia de nuestro paso por un lugar, sobre todo si es famoso, se remonta a la noche de los tiempos. ¿Qué otra cosa son las pinturas rupestres? Los historiadores hablan incluso de pintadas en muros de la antigua Roma miles de años antes de que el turista grabara sobre el yeso y las ruinas  «Fulanito de tal estuvo aquí». La tecnología lo que hace es facilitarnos la tarea. Aún recuerdo la impresión que me produjo contemplar por primera vez el cuadro de la Gioconda en el Louvre. Tuve que abrirme camino braceando entre una nube de orientales arremolinados en torno a la famosa obra de Leonardo. En la actualidad ocurre lo mismo, solo que en vez de mirar al cuadro, el rebaño se pone de espaldas a la obra para extender el brazo y poder hacerse la autofoto con la vitrina al fondo desde la que sonríe a la eternidad la enigmática Mona Lisa.<br />
Resulta que el 59 por ciento de los españoles se declara adicto a los selfies, según una encuesta del servicio de mensajería instantánea Line en la que participaron 27.000 personas de todas las edades, aunque es práctica preferida de forma mayoritaria por los jóvenes. Así que considero natural que el fenómeno sea cuantificado por las estadísticas. Y también me parece lógico que en una época de pensamiento débil, de apoteosis tuitera; en un tiempo marcado por lo breve y lo fragmentario, la devoción se consagre a los instantes. El clic del selfie. Justo el momento en que decidimos ‘comunicar’ al mundo que estamos en tal sitio o con tal gente. Si viviera Marshall McLuhan se habría dado el gustazo de comprobar que en el selfie se cumple al milímetro su tesis. Ahí sí que el medio es el mensaje. Un medio que es un fin en sí mismo. Yo creo que los selfies constituyen la metáfora perfecta del hombre a quien le basta con leer la solapa del libro, no el libro entero; la metáfora del turista que únicamente necesita subir a las redes sociales el ‘lugar’ donde se encuentra; la metáfora de quien quizás espera resumir la filosofía de toda una vida en un tuit. Lo que me extraña es que solo el 59% de españoles sean adictos. Yo creo que somos muchos más.</p>
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		<title>Para salir de casa</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Sep 2011 11:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El desembarco en España de esa gran multinacional de la venta ‘online’ que es Amazón suscita la misma inquietud que la visión de un elefante en una cacharrería. Algunos libreros y editores están con la mosca detrás de la oreja, a la espera de conocer la política de distribución del más gigantesco bazar de  libros, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El desembarco en España de esa gran multinacional de la venta ‘online’ que es <a href="http://www.amazon.es/">Amazón</a> suscita la misma inquietud que la visión de un elefante en una cacharrería. Algunos libreros y editores están con la mosca detrás de la oreja, a la espera de conocer la política de distribución del más gigantesco bazar de  libros, películas y música que fundamenta precisamente en la distribución su política de expansión por el mundo.<br />
Haciendo abstracción de las circunstancias estrictamente mercantiles o de la logística concreta del negocio, que me resultan tan desconocidos como los algoritmos de <a href="http://www.google.es/">Google</a>, no entiendo muy bien esta inquietud en un país como España, donde las ventas relacionadas con el hogar siempre han exigido el ‘factor humano’, por ejemplo, del jubilado que te llevaba los libros del Círculo de Lectores; la complicidad ‘presencial’, como se dice ahora, de las amigas reunidas para que Avon llamase a su puerta o de esos encuentros amistosos donde las amas de casa empezaron a conocer los envases Tupperware o el robot de cocina Thermomix (y conste que cito marcas concretas para ilustrar mejor el razonamiento, aunque les aseguro que no llevo comisión publicitaria&#8230;).<br />
En realidad, a mí lo que me gustaría conocer, a raíz del desembarco de Amazon en España, es qué metáforas le hubieran sugerido a <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Luis_Borges">Jorge Luis Borges</a> la expansión del megagigante americano, a él que era capaz de construir sobre la ficción de una biblioteca infinita, de un laberinto, de una lotería, de un juego de espejos o de un ‘aleph’ la cartografía minúscula de todo el universo.<br />
¿Es que va a desaparecer de la noche a la mañana el placer de acudir a una librería (grande, chica o mediana) y entretener la vista y la atención ojeando libros, repasando títulos en los estantes o sencillamente charlando con el librero amigo acerca de la última novedad que ha recibido de ese autor que sabe que te gusta y cuyas obras aguardas como un festín? ¿Es que esa expedición a la librería-biblioteca, que debe satisfacer también nuestro instinto ancestral de cazadores, puede sustituirse por el simple navegar en la Red para hacer un encargo y aguardar a que el ‘secretario’ te lleve la pieza cobrada como si fueras un señorito cazador? ¿Es que puede sustituirse el chispazo de emoción que proporciona descubrir una novela apasionante tras un vistazo reposado y acaso hecho al azar?<br />
En el capítulo XXIII de ‘El Príncipito’, de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antoine_de_Saint-Exup%C3%A9ry">Antoine de Saint- Exupéry</a>, el pequeño protagonista se encuentra con un vendedor de píldoras perfeccionadas que calman la sed. Quienes las toman, durante una semana no  sienten más la necesidad de beber.<br />
El pequeño príncipe le pregunta por qué vende ese producto. «Es una gran economía de tiempo», le responde el vendedor. «Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana».<br />
Entonces el principito le pregunta:<br />
–¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?<br />
–Se hace lo que se quiere&#8230;<br />
–Yo -se dijo el principito- si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente&#8230;»</p>
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		<title>Cazar la felicidad</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 01:10:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Stephen Hawking, ese «científico plegable», como lo llamó el otro día Manuel Alcántara, ha declarado en el periódico británico &#8216;The Guardian&#8217; que no hay cielo, que eso es un «cuento de hadas» de quienes tienen miedo a la oscuridad. Además de un genio de la física teórica y un desastre desde el punto de vista [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="p" id="story-texto"><strong>Stephen Hawking, ese «científico plegable», como lo llamó el otro día Manuel Alcántara, ha declarado en el periódico británico &#8216;The Guardian&#8217; que no hay cielo, que eso es un «cuento de hadas» de quienes tienen miedo a la oscuridad. </p>
<p>Además de un genio de la física teórica y un desastre desde el punto de vista físico, Hawking es doctor en &#8217;boutades&#8217; y maestro en la autopromoción, habilidades que se han empadronado otras veces en el espíritu de personajes tan variopintos como Picasso, Dalí, Cela o Borges, por atenernos a unos pocos del área de la lengua española. </p>
<p>Dios me libre de disputas teológicas. Nada más lejos de mi intención que refutar la fe o las creencias de Hawking, tarea por otra parte supongo que inútil además de metafísicamente imposible. Lo que me interesa de este episodio es la atracción que sigue ejerciendo sobre el ser humano el concepto de misterio, la llamada de lo desconocido. Basta que un científico prestigioso arriesgue una opinión sobre cualquier materia, aunque no pertenezca en concreto a su ámbito de estudio, para que nos asalten la curiosidad y el interés. Si la opinión incluye la polémica, entonces la ecuación es perfecta. Le pasaba a Picasso cuando hablaba de política o de dinero; a Dalí hablando de Franco, de Gala o del ácido desoxirribonucleico; a Cela pontificando sobre los cornudos o acerca de su habilidad para absorber el agua de una palangana por conducto de retambufa. ¿Y qué decir de Borges en este punto? Borges, quizás el mayor genio de la literatura en español del siglo XX, concibió además algunas de las mejores y más fascinantes &#8217;boutades&#8217; de todos los tiempos, muchas de las cuales se encuentran en un libro que ya he citado aquí en otras ocasiones, &#8216;Borges el palabrista&#8217;, de Esteban Peicovich (Editorial Letra Viva). </p>
<p>Retornemos a la llamada de lo desconocido. «He sospechado que la única cosa sin misterio es la felicidad, que se justifica sola», escribió Borges. ¿Pero eso es una iluminación o una &#8217;boutade&#8217;? ¿Hay un misterio mayor que la felicidad? El propio autor de &#8216;El Aleph&#8217; nos advierte que la felicidad casi siempre habita en el pasado y que para él ser feliz es haberlo sido alguna vez o creer que alguna vez lo fue. Y cita un verso que expresa muy bien, según dice, lo que siento con respecto a la felicidad: </p>
<p></strong><em>«Es mucho haber tocado el viviente jardín siquiera un día».</em><strong> </p>
<p>En realidad, la inquietud del misterio no ha dejado de acompañarnos desde las remotas noches de sombras en la caverna con pinturas de animales a los que invocaba el espíritu de la tribu o del cazador de bisontes, caballos y ciervos. Ahora la atracción del misterio es más prosaica y coloniza todas las horas. El abismo del misterio viaja en las mochilas y en la imaginación de esos miles de jóvenes concentrados en las plazas españolas como cazadores dispuestos a capturar una felicidad que para desgracia suya no adivinan en el presente. Y lo que es más grave, nunca habitó su pasado. No equivocarse, porque están dispuestos a que </strong><em>«tocar el viviente jardín siquiera un día»</em><strong> deje de ser un sueño y anuncie el fin de otro misterio: que se han echado a la calle y a las plazas a cazar nada menos que la felicidad.</strong></div>
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