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	<title>GRATIS TOTALcamps &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Cifuentes, las cremas y los daños colaterales</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Apr 2018 16:16:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[EL azar de las efemérides ha querido que coincidiera en 25 de abril, (‘Grândola, vila morena’&#8230;) el anuncio de la dimisión más agónica y mediática que se recuerda en España tras la de Francisco Camps, presidente de la Generalitat valenciana, en julio de 2011. Habrá quienes piensen que la culpa entonces fue de unos trajes [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>EL azar de las efemérides ha querido que coincidiera en 25 de abril, (‘Grândola, vila morena’&#8230;) el anuncio de la dimisión más agónica y mediática que se recuerda en España tras la de Francisco Camps, presidente de la Generalitat valenciana, en julio de 2011. Habrá quienes piensen que la culpa entonces fue de unos trajes y que ahora la culpa es de unas cremas de belleza. Pero es obvio que no es así. Los trajes y las cremas son el envoltorio de algo mucho peor en un responsable público: comportamientos poco ejemplares y mentiras. ¿Hace falta recordar que la dimisión del presidente Nixon no se debió al hecho de que unos ‘fontaneros’ de su partido entraran en la sede del partido rival, sino al hecho de haber mentido descaradamente?<br />
Va a resultar que España, de verdad, es diferente. Durante más de un mes Cristina Cifuentes se ha mantenido en la cuerda floja y al frente de la Comunidad Autónoma de Madrid a pesar de un escándalo de proporciones cinematográficas y el ‘regalo’ de un máster universitario que ha ocasionado graves daños colaterales precisamente a la Universidad que se lo concedió. Por si el episodio no resultaba todo lo incendiario e intolerable preciso para que la presidenta de la Comunidad hubiera puesto de inmediato su cargo a disposición de su partido, ha tenido que hacerse público un incidente como el de las cremas sustraídas de un supermercado en 2011 para que el vaso rebose y Cifuentes decida al fin dimitir.<br />
No voy a entrar ahora en quién está detrás y cuáles son los motivos de esa filtración a la prensa. Ese es tema para otra reflexión.<br />
Lo cierto es que pocos minutos después de conocerse el episodio de las cremas en las redes sociales pululaban ‘memes’ y chistes cuajados de ingenio y sarcasmo: como ese que reproduce un cartel con seis retratos de Cifuentes en diversas épocas y este encabezamiento: «Por lo menos queda claro que las cremas *** van de puta madre».<br />
Sin embargo, más allá del humor –esa válvula de escape contra el malestar social– creo que la sensación generalizada tras conocerse el asunto de las cremas fue la incredulidad. «¿Que la pillaron robando cremas? ¿Es una broma», se preguntaba la gente al difundirse la noticia. Nada de bromas.<br />
A partir de ahí caben dos posiciones. La primera, atribuir directamente a la ‘moralidad relajada’ estos comportamientos inadmisibles en cualquier cargo público, y la segunda, preguntarse qué necesidad tenía esta señora, con su posición y sus ingresos económicos, de ‘aceptar’ un máster universitario en esas condiciones o de llevarse (según ella «por error» y de «manera involuntaria») unas cremas que apenas valen 40 euros.<br />
Puestos en el caso, habrá quienes le reprochen también no solo la inmoralidad del ‘descuido’ y las mentiras sobre el máster, sino lo cutre de ambos procederes, frente a las golferías de altura y el desparpajo de otros conmilitones que les proporcionó al menos millones de euros aunque les obligara a destrozar discos duros y llevarse la pasta a paraísos fiscales. Qué nivel.</p>
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		<title>Camps, otro raro</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jul 2011 22:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Aquí se le presta más atención al entierro que al bautizo o a las bodas de oro. La hora del adiós no es la de las alabanzas, sino la de ¡ya era hora! Y a pesar de ello, no prosperan los voluntarios dispuestos a cosechar la gloria de la despedida. Quieto todo el mundo. Curioso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Aquí se le presta más atención al entierro que al bautizo o a las bodas de oro. La hora del adiós no es la de las alabanzas, sino la de ¡ya era hora! Y </strong><strong>a pesar de ello, no prosperan los voluntarios dispuestos a cosechar la gloria de la despedida. Quieto todo el mundo. Curioso país el nuestro, donde el cometa de la dimisión deja una estela más grande que la del mismo personaje. Resulta tan inusitado ser dimisionario en España que reuniendo unos cuantos se podría elaborar otra ‘Galería de raros’ como la publicada por don Ramón Carande. Descubrir una dimisión que no sea forzada o inducida parece más difícil que toparse con Aristóteles en una tertulia televisiva. </p>
<p>Es tan asombroso dimitir en España que algún personaje público ha convertido ese descabalgamiento en su mayor timbre de gloria, en lo más relevante de su trayectoria histórica. Muchos estudiantes de Secundaria lo único que sabrían decir de Nicolás Salmerón es que renunció a la presidencia de la I República por no firmar una sentencia de muerte, y de Francisco Pi y Margall,  su predecesor en el cargo, que también dimitió porque el cantonalismo minaba sus ideales federalistas. Ambos casos en el siglo XIX. En nuestros días, exceptuando el edificante gesto del señor Camps –que se ha resistido como gato panza arriba a ofrecer ese «sacrificio por España»– las dimisiones en el ámbito político prácticamente se reducen a las de Antonio Asunción, que renunció al cargo de ministro de Interior tras la estrepitosa fuga de Luis Roldán, exdirector de la Guardia Civil, y la dimisión del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, tras haber participado en una  montería junto al juez Garzón y para la que no contaba además con la licencia de caza andaluza. Aunque a los dos ex ministros les quede mucho futuro en la política, una cosa es segura: pasarán a la historia por haber asumido una culpa y deslizarse al panteón de los dimisionarios. Gente rara.<br />
</strong><br />
<strong>No sé si el Diccionario Biográfico Español o cualquier otra obra similar podrán cuantificar alguna vez el número y la filiación política de nuestros dimisionarios. Yo creo que han sido algo más abundantes en la izquierda que en la derecha, considerando el tiempo, claro está, que han gobernado en los últimos ciento cincuenta años los de un signo político y los del otro. </p>
<p>Aunque probablemente sea una ‘contabilidad’ que importa poco. Ya don Antonio Machado nos avisaba, con su lucidez bondadosa y llena de humor descreído, de una realidad española que trasciende el momento e incluso el signo político del momento:  </p>
<p>«–Yo no sé,<br />
don José,<br />
cómo son los liberales<br />
tan perros, tan inmorales.<br />
 –¡ Oh, tranquilícese, usté !<br />
Pasados los carnavales,<br />
vendrán los conservadores,<br />
buenos administradores<br />
de su casa.<br />
Todo llega y todo pasa.<br />
 Nada eterno:<br />
ni gobierno que perdure,<br />
ni mal que cien años dure». </p>
<p>Seguro que Camps no lee a Machado. </strong></p>
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