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		<title>La extinción de la realidad</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2021 13:39:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la primavera de 2017 Timothy Snyder publicó en España un libro de apenas 150 páginas y título revelador: ‘Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX’. Snyder, doctorado en Oxford, es titular de la cátedra Housum de Historia en la Universidad de Yale y autor de libros tan destacados como ‘Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin’, galardonado con el Premio Hannah Arendt de Pensamiento Político. Recuerdo que leí ‘Sobre la tiranía’ cuando la presencia de Trump en la Casa Blanca nos transformaba en espectadores forzados de una distopía inimaginable mientras en España sufríamos el desvarío separatista del ‘procés’, la gran extinción de la realidad. Concebido como un manual, Snyder encabeza cada capítulo con una advertencia: ‘No obedezcas por anticipado’, ‘Defiende las instituciones’, ‘Desmárcate del resto, ‘Cree en la verdad’&#8230;</p>
<p>Precisamente en el apartado ‘Cree en la verdad’ destaca: «Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes». ¿Les suena la letra?</p>
<p>En el terreno pantanoso de la demagogia y la desinformación, los más débiles llevan las de perder. Existe una generosidad primigenia consistente en regalarle zapatos al que va descalzo, pero hay otra forma de generosidad negativa que opera modificando el sentido de la realidad para que el desvalido llegue a creer, –con pleno convencimiento, dopado de delirio– que transita sobre los problemas sin necesidad de pisar el suelo&#8230; Engaños de banda ancha: desde las aspiraciones políticas fundadas en un principio arbitrario e imaginario (el “derecho a decidir”, por ejemplo) hasta la promesa de una bonanza económica en la que desaparecerían los estragos del paro, la enfermedad y los perros irían atados con longanizas.</p>
<p>Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000, reniega desde hace décadas de China, el país en el que nació pero cuyos dirigentes le obligaron a quemar una maleta con todos sus escritos y le condenaron a un campo de reeducación a labrar la tierra. En el otoño de 2017, este gigante moral autor de ‘La montaña del alma’, participó en Rumanía en un festival de literatura y traducción donde alertó públicamente de los peligros que acechan a las sociedades occidentales: «Estamos atrapados bajo el yugo de las ideologías del siglo XX. Y el verdadero problema es que esas ideologías devienen en dogma que no resuelve los problemas. Tomemos como ejemplo el marxismo, el comunismo, que se han vuelto una pesadilla. O el fascismo y el nacionalismo, que tienen efectos brutales. Ideologías que a pesar de todo no han sido derrotadas y que, como hemos visto, tristemente no caducan». Aparte de los peligros denunciados por Snyder y Gao Xingjian, otra amenaza se expande como un virus: confundir la verdad con la realidad, los hechos con el relato. Encima, en plena pandemia.</p>
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		<title>Camba y la ingeniería social</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2020 08:29:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El azar de los hechos (¿o la necesidad?) ha querido que mientras España afronta una situación complicadísima de lucha contra la pandemia y la crisis económica, algunos independentistas catalanes y adscritos siguen poniendo palos en las ruedas de la convivencia nacional como esos alborotadores que un día sí y otro también entran en clase dispuestos a impedir que el resto de los alumnos aprendan en las aulas. Gestos que nos recuerdan lo acertado del vaticinio de Nietzsche: «La locura es muy rara en los individuos; en los grupos, en los partidos, en las épocas, es la regla». Y más aún en épocas donde el populismo y el nacionalismo se extienden como manchas de aceite que lo impregnan todo, retroalimentados por sistemas en los que han sido sustituidos los debates por las consignas, la razón por los sentimientos y la tolerancia por el sectarismo. Se trata de una constante global. Como apuntó la polémica y lúcida Cayetana Álvarez de Toledo en la ‘La reunión secreta’: «Todos los países pueden volverse locos, no hay ningún sistema que nos vacune para siempre de los delirios colectivos; el nacionalismo es una peste que puede entrar con cualquier sistema»; la experiencia demuestra que hasta el modelo británico, tan ponderado en otros aspectos, genera «disparates colectivos y extraordinarios como el brexit».</p>
<p>Hace más de cien años, en julio de 1918, Julio Camba publicó un artículo titulado ‘La verdadera nacionalidad’, en el que elucubraba, con su particular ironía, sobre lo fácil que puede resultar ‘hacer’ una nación. «Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid». La tarea, según Camba, consistía en observar si había más hombres rubios o morenos, si predominaban los branquicéfalos sobre los dolicocéfalos, porque «es indudable», argumentaba, «que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe». Con tales datos, más la recogida de unos cuantos modismos locales, en poco tiempo no sólo habría ganado una fortuna sino que habría reducido al silencio a quien le cuestionara que Getafe es una nación…</p>
<p>Pero no acaba ahí el artículo. Camba traza un penúltimo giro a su argumentación: cuando un nacionalista convencido le advierte que él mismo es celta, el genial periodista aclara que si eso es así, fue en una época tan remota de la que no guarda recuerdo y que también, en el transcurso de los siglos, cabe que haya sido godo, fenicio y moro. «Por qué no han de asociarse los hombres por temperamento en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería, indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de ver cómo algún día se declara una gran guerra intercontinental de biliosos contra linfáticos. Los biliosos, naturalmente», concluye Camba, «serán quienes rompan las hostilidades». ¿Vivimos ya la distopía del separatismo?</p>
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		<title>No se atraganten con los sapos</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jan 2020 10:49:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace dos siglos el francés D’Alambert, preeminente ilustrado y uno de los padre de la ‘Enciclopedia’, ya intuyó que la guerra es el arte de destruir a los hombres mientras que la política es el arte de engañarlos. Para constatar que estaba en lo cierto basta mirar al ‘brexit’, hoy de estreno, al amenazador laberinto del ‘procés’ o al auge de los populismos y de las ‘realidades’ inventadas. Ahora no se necesitan más trincheras ni otras armas que algunas ‘supersticiones’ de la modernidad: el puro engaño, la sobreexcitación de las emociones y el recurso al olvido. El truco consiste en someter al ciudadano a una avalancha tan vertiginosa de estímulos que pasado mañana no recuerde siquiera lo que parecía relevante ayer. La estrategia de la distracción. Señuelos y fogonazos para adormecer la memoria. Está claro que si la realidad política –próxima o lejana– se nos presenta todos los días mediante ‘chutes emocionales’, nuestras respuestas pueden ser ‘inducidas’ y controladas, igual que los ratones en el laboratorio. La repetición de falsedades y mantras abonan el terreno para respuestas vinculadas a los sentimientos, a las estrategias manipuladoras, antes que al análisis y al fruto racional. Y aún más en sociedades polarizadas en las que el populismo (mejor, los diversos populismos) sobreviven pescando en el río revuelto de la radicalidad. Un principio de aplicación universal. Desde Trump al ‘brexit’; desde el nacionalismo supremacista en España, hasta los populismos de izquierda y de derecha en todo el mundo.</p>
<p>Cuánta razón tiene D’Alambert. Al contrario de lo que ocurría en siglos pasados, la destrucción del hombre no llegará mediante el hecho físico de la guerra, sino a través de los mecanismos intangibles del engaño. El Reino Unido se despide de la Unión Europea sin más bombardeos que los de la mentira, la exageración, el miedo, la demagogia y las falsas promesas de prosperidad.</p>
<p>El despeñadero político del ‘procés’ sería impensable sin las «ensoñaciones» suscitadas por los dirigentes independentistas: sin las porfías tramposas respecto a que existe un «derecho a decidir», así en abstracto, o que la democracia, también en abstracto, «está por encima de la ley», obviando no solo la falta de apoyo popular a sus tesis, sino el dato incuestionable de que todo el poder institucional que les respalda proviene precisamente de esa ley, la Constitución y el Estatut, contra la que enfrentaron hechos, decisiones jurídicas, no meras opiniones personales. Hechos tan ‘democráticos’ como ignorar a los representantes elegidos por más de la mitad de la ciudadanía de Cataluña. El ‘procés’ consagra una especie de hipocresía tan incoherente como la del hombre que se cargó a sus padres y luego pedía clemencia con el argumento de que era huérfano.</p>
<p>Ahora parece que da igual ocho que ochenta. Tan es así que «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros» se ha convertido en la cita ‘marxista’ más socorrida para ilustrar la actualidad nacional. El paradigma de la contradicción permanente. Y del cinismo. Aunque tal vez no debamos ser muy severos en el juicio, pues incluso antes del resurgir populista era lugar común otra verdad: «La política implica tragarse sapos». Supongo que sin atragantarse.</p>
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		<title>Secesionismo aprovechado</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jan 2020 09:15:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si observo el panorama político nacional que dibujan las redes sociales ahora mismo, me dan ganas de cerrar los ojos y echarme las manos a la cabeza. La crispación sube como la leche hirviendo. No se trata de apocalípticos o integrados, de crédulos o pesimistas, sino de posturas cada día más radicalizadas e irreconciliables. Acabamos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si observo el panorama político nacional que dibujan las redes sociales ahora mismo, me dan ganas de cerrar los ojos y echarme las manos a la cabeza. La crispación sube como la leche hirviendo. No se trata de apocalípticos o integrados, de crédulos o pesimistas, sino de posturas cada día más radicalizadas e irreconciliables. Acabamos de inaugurar el año 2020 y sin embargo, al asomarnos a las redes sociales parece que vivimos en los años treinta del siglo pasado. «¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?», que pregunta Groucho Marx. Cada quien sacará sus propias conclusiones. Además de esa ‘realidad’ en la que centran el foco las redes sociales y algunos medios de comunicación, existe otra no totalmente ajena a la primera, pero que no se percibe con aristas tan radicales, con perspectivas tan incendiarias. Es el día a día de una sociedad que no está sometida a la presión emocional que transita por Internet (¡cuántos cerebros conectados de forma permanente a los chutes de propaganda, manipulación y visceralidad que distribuyen imperceptiblemente las redes!). Un albañal de maniqueísmo, blanco o negro, sin grises intermedios. Hace unas pocas horas, por ejemplo, he visto cómo miles de personas de todas las edades corrían divertidas y entusiastas la San Silvestre de su ciudad. Calles llenas de luces, colorido y diversión. Puestos de comercio, familias enteras buscando los regalos de Reyes o tomándose las cañas entre el bullicio propio de estas fechas. Nada que ver, desde luego, con ese ‘apocalipsis’ que algunos anticipan para nuestra realidad nacional. «¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?». Sin embargo, me digo en silencio, algo se mueve. Quizás no sean incompatibles –ni falsas– ambas certidumbres. Ambas percepciones.</p>
<p>Según Anatole France, «se puede dudar de lo que se ve, pero no de las palabras de un hombre honrado». La cuestión, trasplantada a nuestra realidad, sería determinar si existen políticos honrados y creíbles. «Pues Bruto es un hombre honrado», apostilla Marco Antonio en el ‘Julio César’ de Shakespeare. ¿Han sido honrados los políticos que antepusieron su interés personal al de la nación? ¿Y lo son los que anteponen el interés de su partido al de España? ¿Son honrados quienes, pudiéndolo hacer, no evitan que se ataque a la Constitución de 1978? ¿Y quienes se amparan en su legalidad para tratar de destruirla? ¿Alguien está dispuesto a ‘inmolarse’ políticamente por defender ante todo el bien común y la legalidad democrática que nos lo garantiza?</p>
<p>Mi único consuelo es que, aunque parezca paradójico, Cataluña siempre llevará las de perder, quiero decir la Cataluña separatista, la que conmemora una derrota y consagra, precisamente, su primera ‘tergiversación’ histórica. No hay peor engaño que el que se sufre a destiempo, ya sea por anticiparse al momento oportuno o por hacerlo cuando ha pasado la oportunidad. La prueba de que el espíritu secesionista es artificioso y aprovechado, radica en su carácter fijo discontinuo, según los intereses de quienes ganan avivando el fuego (llámese burguesía ávida de privilegios, nacionalismo depredador, carlistas de nuevo cuño o izquierdistas desclasados de segunda generación). Decía Napoleón: «Es más fácil engañar que desengañar». Basta observar la codicia del ‘procés’ para constatarlo.</p>
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		<title>&#8216;Chernobyl&#8217; y el &#8216;procés&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jul 2019 08:03:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar la catástrofe. Las dos escenas para mí reveladoras apenas reflejan acción: se limitan a unas pocas frases cortas. La primera, la respuesta que les da a los operarios de la central el ambicioso Anatoli Diátlov, –empeñado a toda costa en completar la prueba que condujo a la catástrofe– cuando se le advierte del peligro de esa operación y de contravenir las normas: «No me hables de normas», le espeta a uno de ellos. Un comportamiento que el profesor Valery Legasov, el científico que sirve de hilo conductor del relato, resume con un juicio inapelable: «Diátlov rompió todas las reglas». Saltarse la ley. Hacerse trampas en el solitario. La otra escena pertenece a la vista oral que se celebra para dirimir los hechos. Tras explicar las claves científico-técnicas del accidente, el profesor Valeri Legásov habla de algunas carencias de los reactores empleados en la antigua URSS y reflexiona en voz alta sobre las terribles consecuencias de ocultar ciertos aspectos o detalles para no perjudicar, supuestamente, el prestigio del sistema… «Cada mentira que decimos supone una deuda a la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga».</p>
<p>Yo creo que la lección de ‘Chernobyl’ no radica tanto en el plano de los problemas técnicos (de hecho, solucionados poco después de la catástrofe), sino en el plano moral, de los comportamientos. Ese plano que tiene que ver con la condición humana y con determinados valores éticos y democráticos. Según Amiel, el peligro de un error está en proporción a la cantidad de verdad que contiene. La dimensión siempre es relevante.</p>
<p>Por eso me parece significativo descubrir cuánta verdad y cuánta mentira registrarían los medidores de errores éticos –si se hubieran inventado– para casos como el del ‘procés’. ¿Cuánto combustible políticamente ‘radiactivo’ se ha destinado a multiplicar en el imaginario colectivo la falsa especie de que España ‘robaba’ a Cataluña? ¿Cuántas falsedades han sido precisas para enturbiar la convivencia entre las gentes de Cataluña, ignorando que en cualquier sistema democrático moderno son las personas, no los territorios, quienes pagan impuestos? ¿Cuántas iniciativas políticas se han planteado para huir hacia delante, pura tramoya, y disfrazar los desmanes de la corrupción y el latrocinio?</p>
<p>Creo que en Cataluña, igual que en la serie ‘Chernobyl’, además de los detalles técnicos es preciso conocer los auténticos comportamientos políticos y las bases éticas y democráticas que los inspiraron. Su compromiso con la verdad, no con la leyenda, la propaganda o el interés sectario. No se trata de dar vueltas a la noria del error. «Esperar que la verdad salga del razonamiento», decía Hannah Arendt, «es confundir la necesidad de pensar con la urgencia de conocer». Si se hace una serie sobre el ‘procés’, espero que lo revelador sea, justamente, las verdades que es urgente conocer, no cuántos Dyatlov siguen dispuestos a envenenar el reactor y a repetir el desastre.</p>
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		<title>Génesis de las sombras</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Jun 2019 07:29:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Supongo que existen hechos y acciones cuya interpretación no puede practicarse en abstracto, como si se tratara de una simple operación aritmética. La noticia de que una maestra de Terrassa había agredido supuestamente a una alumna de 10 años por dibujar una bandera española en un trabajo escolar se convirtió la semana pasada en un [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que existen hechos y acciones cuya interpretación no puede practicarse en abstracto, como si se tratara de una simple operación aritmética. La noticia de que una maestra de Terrassa había agredido supuestamente a una alumna de 10 años por dibujar una bandera española en un trabajo escolar se convirtió la semana pasada en un aldabonazo contra el sentido común. Resultaba tan disparatado que parecía increíble. «Seguro que es una ‘fake news’», pensé. Sin embargo, poco después se confirmó su veracidad, con algunos matices que ahora no vienen al caso. Lo esperpéntico de la noticia ha alimentado multitud de artículos. Entre otros, uno de Félix de Azúa, ‘La maldad’, que me ha interesado no tanto por la anécdota de la que parte sino por la interpretación del hecho, por el razonamiento que sostiene: el caso de la niña reprendida por pintar la bandera española «es solo un ejemplo, casi trivial», escribe Azúa, «dentro del diluvio de agresiones que sufren a diario los catalanes que no son nacionalistas». Su tesis es que a los nacionalistas les gusta acosar, agredir, pero se reprimen «porque creen que es malo para la propaganda» y «saben que su nación onírica se basa en la propaganda, el soborno y la subvención».</p>
<p>Cualquier hecho aislado, si no se conocieran las circunstancias y el <em>proceso</em> (nunca mejor dicho) en que surge, resultaría difícil de interpretar, de valorar. De ahí lo necesario de contar con opiniones, con evaluaciones críticas de la realidad desde una perspectiva no sectaria y auténticamente libre. La diferencia entre un chiste y un tratado de filosofía. Entre un chascarrillo y un argumento.</p>
<p>Tales premisas son de aplicación, como es lógico, no solo a la realidad catalana y a las lúcidas consideraciones de un profesor y catedrático como Félix de Azúa. El conjunto de la realidad debe estar sometido a las mismas reglas. Por ese motivo me parece también digno de resaltarse reportajes como el de Javier Guillenea, que publican esta semana los periódicos regionales de Vocento, sobre el castigo a la fidelidad que sufren los consumidores británicos de telefonía, seguros y servicios financieros. Una realidad que, de partida, puede parecernos también insólita y paradójica. ¿Penalizar por la lealtad? ¿Hacer que paguen más quienes se muestran más fieles y leales con los servicios de la empresa? Javier Guillenea titula su trabajo: ‘Castigo a la fidelidad’. Reconozco que mi primera impresión al leerlo es la de vivir acechados por prácticas que podrían englobarse también bajo el mismo título que el artículo de Azúa: La maldad.</p>
<p>No por las semejanzas anecdóticas con el caso de la profesora catalana, sino por el hecho de que es un problema, un conflicto de intereses, en el que las circunstancias y el contexto son lo significativo. Tan significativo que el Gobierno británico «estudia multar a las empresas que cobran más a sus clientes leales». Buena parte del reportaje explora, como es natural, las posibles similitudes con la realidad española en los citados sectores: seguros, telefonía y servicios bancarios. En fin, el valor del periodismo<br />
–informativo o de opinión–, creo que es poner el foco, la crítica, donde se imponen las sombras.</p>
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		<title>Mensajes con brilli brilli</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Feb 2019 10:59:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que buena parte del éxito de las redes sociales se sustenta en la brevedad. Un valor prestigiado desde antiguo: «Lo bueno si breve, dos veces bueno», resume el dicho popular bastantes siglos después de que Tales de Mileto lo intuyera también a su manera: «Muchas palabras nunca indican mucha sabiduría». Un lema que sirve, paradójicamente, para refutar y confirmar, al mismo tiempo, el triunfo de los superventas en la literatura y la apoteosis de los tuits en la galaxia digital. Sin embargo, no todos los ‘tochos’ de cientos de páginas contienen mayoritariamente la corcha de la torpeza ni los chispazos breves encierran, a la fuerza, sabiduría. En ocasiones, tras el chisporroteo del ingenio solo luce el chiste fácil, el guiño hueco de la gracieta.</p>
<p>A pesar de su prestigio antiguo: «Sé breve en tus razonamientos; que ninguno hay gustoso si es largo» (Cervantes) y el convencimiento general de que en los proverbios y en los refranes se encierra la sabiduría de los pueblos, yo creo que la brevedad está sobrevalorada; con la excepción, claro está, de todo lo escrito por Monterroso, ¡salve, Augusto!, que son palabras mayores.</p>
<p>Creo que ya he referido alguna otra vez lo que cuenta el mexicano Gabriel Zaid en torno a la influencia de los libros. En su opinión, si en el ámbito de habla española se esperó hasta 1966 para traducir al castellano una obra como la ‘Fenomenología del espíritu’</p>
<p>–«sin que mientras tanto se haya caído el mundo de habla española por falta de Hegel»–, apostillaba zumbón, cabe preguntarse sobre la influencia de ciertos títulos en los círculos cultos y «ya no digamos en las masas».</p>
<p>Lo que deseo apuntar es que si hablamos de literatura considero tan válidas las obras extensas como las breves. La Odisea o los cuentos de Monterroso. Pues su valor no radica tan solo en la extensión. Pero si de lo que se trata es de juzgar argumentos filosóficos, proyectos de vida, programas políticos, desconfío de la brevedad. Ahí son precisos diferentes criterios. Los profetas de la brevedad en la literatura, sí; en la política, no. Sí al ingenio, a la inteligencia y a la belleza concentradas en un poema, en un artículo, en una novela. No a la simplificación del eslogan, al argumento espasmódico.</p>
<p>El penúltimo conflicto generado por el ‘procés’ y el separatismo cavernícola se vivió ayer a cuenta del eufemismo ‘relator’, ‘mediador’ o ‘facilitador’ que con carácter internacional pretenden imponer en su chantaje a la España constitucional y democrática. Formulados en abstracto, ‘diálogo’ o ‘derecho a decidir’, son simples mantras destinados a socavar la integridad territorial. Aceptar tales espejismos es asumir intereses espurios. No vale el trágala de la tergiversación.</p>
<p>Ahora que se acercan elecciones, resulta imprescindible desechar la simplicidad de la propaganda, el chascarrillo de lo visceral. Ninguna apuesta política se perfila con cuatro brochazos ideológicos, por muy salpicados que lleguen de populismo, separatismo, tactismo resistente o promesas de futuro tan artificiosas como el brilli brilli. Si hablamos de política, coherencia y rigor. Poca broma. «Toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa», decía el economista inglés Alfred Marshall. Más claro, agua.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Torra y el tigre de Camba</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Jan 2019 11:55:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Dice un proverbio judío que «con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanza de volver». Y no pienso ahora en las promesas del AVE y del tren digno para Extremadura. Las ‘mentiras’ a que me refiero tienen que ver con el ‘brexit’ fallido tras el referéndum trapacero de 2016, aquella consulta plagada desde el origen de falsedades, manipulación y malentendidos. Enredados en el laberinto de sus propias contradicciones, lo difícil para Reino Unido será encontrar billete para el viaje de vuelta. Regresar a una estación menos deteriorada de la que partieron.</p>
<p>Creo que enfrentamos estos días otras dos ‘realidades’ a las que cabe aplicar el viejo proverbio judío sobre las rémoras que acarrean las mentiras: el intento de tergiversar los efectos devastadores de la violencia machista en España y la machacona campaña del separatismo catalán para obviar que el ‘procés’ y todas las iniciativas en contra de la legalidad en que se amparan el Estatut y la Constitución son un intento de ‘golpe de Estado’, además de un ataque, que no puede quedar impune, a la convivencia democrática de un país miembro de la Unión Europea.</p>
<p>El juez Joaquim Bosch publicó el pasado lunes en su cuenta de Twitter, citando fuentes del INE y del Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género, unos <a href="https://twitter.com/JoaquimBoschGra">pocos datos</a> que remiten a la contundencia de las cifras, no a las meras opiniones. Respecto a la violencia de género en el ámbito familiar (de hombres contra sus parejas) representa el 83% del total. El 17% restante corresponde a violencia doméstica (contra hermanos, padres, hijos y maridos). «Querer que todo sea doméstica y suprimir la violencia machista, es buscar esconderla, como pasaba antes», concluye Joaquim Bosch.</p>
<p>La contumacia del separatismo pasa por internacionalizar el problema<br />
–Torra de nuevo en Estados Unidos–, buscando <a href="https://www.abc.es/espana/abci-torra-viaje-washington-para-denigrar-otra-espana-201901150821_noticia.html">denigrar</a> la imagen de <a href="https://www.abc.es/espana/abci-consul-espanol-deja-evidencia-torra-estados-unidos-respetar-leyes-201901161031_noticia.html">España</a>. La cansina cantinela. Hace más de un siglo, en 1917, contaba Julio Camba que a raíz de un artículo donde decía que los catalanes hablan el castellano con acento… había recibido cartas de particulares y en prensa atacándole con insultos de tres tipos: zoológicos (reptil, hiena, cuervo, chacal, cocodrilo, vampiro); patológicos (lepra devoradora, sarna nacional, virus morboso) y varios (estúpido, ignorante, chusma, ralea, inmundo, Quijote (sic), ser inútil, horda, ladrón, melifluo, almibarado, raza de decadencia, fermento de antepasados, hipócrita, cabezota, grosero…). En algunos se anticipa ya esa obsesión de Torra por el ADN y el supremacismo de campanario. Camba, claro está, ni se inmutó. Al contrario, les regaló su ingenio e inteligencia: «Estamos muy cerca del Mediodía de Francia, tierra de Tartarín. La luz es deslumbradora; la imaginación es fecunda. Un conejo, visto a cierta distancia, puede parecer un tigre. Un escritor de periódicos puede resultar un Nerón… Hay algo de tartarinesco en esto de atribuirle una intención de hiena a la menor broma que se haga sobre Cataluña. En el fondo, los catalanes saben muy bien que yo no soy hiena ni chacal, y si me dirigen epítetos tan formidables, no es para darme importancia a mí, sino para dársela a ellos mismos».</p>
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		<title>Diálogo y contención</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Oct 2018 12:22:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes de que el sociólogo Zigmunt Bauman resumiera su diagnóstico sobre nuestro tiempo con una metáfora afortunada: ‘modernidad líquida’, coloquialmente se describía ese estado general de incertidumbre con una frase plena de ingenio: «Apenas conocíamos las respuestas y ya nos han cambiado las preguntas». Cuando Bauman explica que la nueva sociedad pivota, entre otros, sobre conceptos como fluidez, flexibilidad, cambios, fin de las rutinas, necesidad de la adaptación permanente…, es fácil comprender que lo que antes considerábamos certezas ahora nos parezcan incertidumbres, ya hablemos de política, de economía, de vida laboral, de la validez de ciertas titulaciones universitarias y hasta del concepto mismo de cultura.</p>
<p>Me parece que el caso del ‘procés’ catalán ejemplifica bastante bien el desasosiego que se produce en el conjunto de cualquier sociedad cuando las instituciones y las normas (democráticas) dejan de ser sólidas, metódicas, incluso previsibles, para transformarse en un torbellino azaroso, dominadas por la ‘sentimentalidad’ antes que por la ‘racionalidad’, en el sentido de la conocida frase de Ortega y Gasset: «Las ideas se tienen; en las creencias se está».</p>
<p>Victoria Camps recuerda esa frase precisamente en una tribuna periodística donde aboga por la necesidad de la contención en política. «La falta de contención», escribe, «lleva a ver al opositor como un enemigo al que hay que vencer como sea. La contención, en cambio, tiene una función tranquilizante y moderadora porque, cuando se posee esa virtud, no solo se aplica en la relación con el adversario, sino con uno mismo». La contención entendida como una virtud que «se aprende practicándola», es decir, como un ejercicio de negociación efectivo, de reconocimiento del rival, buscando convencerle, no solo pelearse con él. En fin, la posibilidad de la duda, de la tolerancia frente al fanatismo y el exterminio del ‘otro’, del oponente. Victoria Camps sostiene también que la voluntad negociadora debe probarse con hechos, no con simples palabras, y que «por eso no prosperan las declaraciones [las meras declaraciones, diríamos] a favor del diálogo».</p>
<p>¿Pero es aconsejable dialogar, conduce a algo hacerlo con alguien como los independentistas, a quienes solo les interesa hablar «sí o sí» de la autodeterminación y de la destrucción territorial de España? La duda que encierra esa pregunta se la ha planteado en voz alta el expresidente del Gobierno Felipe González. Aun reconociendo la necesidad del diálogo y de la distensión, el dirigente socialista se interroga acerca de si hay un diálogo con los independentistas que «conduzca a algo». Si las condiciones son el trágala de ‘lo tomas o lo dejas’, para ese viaje no hacen falta alforjas…</p>
<p>Lo terrible de este laberinto de nuestra modernidad es que más allá de la esfera política, las incertidumbres y desasosiegos que han multiplicado el ‘procés’ se extienden como un tsunami emocionalmente radiactivo por todos los intersticios de la vida cotidiana: en las casas, entre los familiares, en los colegios, en todos los puestos de las empresas, en los bares, en las tiendas, en la universidad, en las asociaciones, en las calles… Una convivencia cada vez más enturbiada y endeble debido a los continuos ultimátums del fanatismo político. Basta ya.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Del topo al tótem</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Sep 2018 11:16:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la película ‘El topo’, basada en la obra de ese maestro de las novelas de espías que es John Le Carre, hay una escena llena de humanidad y perspicacia en la que el veterano George Smiley, en tiempos de la guerra fría, le relata a un joven colega de los servicios británicos cómo fue el único encuentro que tuvo en su vida con Karla, el jefe del espionaje soviético. El revés del espejo al otro lado del telón de acero. George Smile cuenta que al final de aquella reunión, Karla no aceptó ningún tipo de negociación y prefirió viajar hacia donde creía que le esperaba la muerte «antes de rendirse».</p>
<p>–Y por eso sé que podemos vencerle –añade Smile– porque es un fanático, y los fanáticos siempre ocultan una duda secreta.</p>
<p>El fanatismo está siempre emparentado con la falta de razón. Desde posiciones auténticamente democráticas, razonar, respetar la verdad, dialogar, son términos incompatibles con el fanatismo, se exprese este con violencia física o sin ella, porque el fanatismo siempre implica en cualquier caso ‘violencia moral’. El viejo axioma: «Rasca en un fanático y hallarás una herida no cicatrizada» resume mejor que cualquier tratado de psicología social los estragos que están causando el populismo de la posverdad, los nacionalismos étnicos, los supremacismos de aldea y otras supersticiones que abonan el adoctrinamiento mediático y el arrinconamiento contumaz de la razón ante cualquier efluvio de ‘sentimentalidad’. Adiós al hombre, al ciudadano, en beneficio del tótem y de la tribu…</p>
<p>Aún resuenan las palabras de Torra en mayo de 2018, durante su toma de posesión como presidente de la Generalitat: «No nos rendiremos nunca». Más otras cuentas previas de la misma o similares letanías: «los españoles solo saben expoliar», «vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario», «no vamos a defendernos en ese juicio, sino que vamos a acusar al Estado español de haber promovido una causa contra el independentismo». Actitudes consecuencia lógica del ‘procés’ y diariamente reactivadas por ejemplo con iniciativas sectarias y discriminadoras con la mitad de la población de Cataluña como el viaje ‘propagandístico’ a Estados Unidos, donde un embajador de España tuvo que salir al paso y cantarles las verdades del barquero. Pacífica y democráticamente. Un fanatismo que impregna las múltiples decisiones de ese Parlament ‘cerrado’ que juega con el cínico argumento del victimismo invertido: presentarse como ‘golpeados’ quienes en realidad son los ‘golpistas’. Cuánta razón tiene Voltaire: «Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable».</p>
<p>Por suerte, frente a toda esa carcunda dopada por el separatismo, España responde con el respeto a la ley y a la democracia que se derivan de la Constitución. Y a pesar de las provocaciones y desafíos independentistas, en las calles no faltan las sonrisas ni siquiera el espejo revelador de Tabarnia. El tiempo corre contra el fanatismo porque como dice Smile, «los fanáticos siempre ocultan una duda secreta». Y a la ONU no le caben dudas, sin embargo, de a qué colonias puede aplicarse con justicia el derecho de autodeterminación.</p>
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