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	<title>GRATIS TOTALcorrupción &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>&#8216;Chernobyl&#8217; y el &#8216;procés&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jul 2019 08:03:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar la catástrofe. Las dos escenas para mí reveladoras apenas reflejan acción: se limitan a unas pocas frases cortas. La primera, la respuesta que les da a los operarios de la central el ambicioso Anatoli Diátlov, –empeñado a toda costa en completar la prueba que condujo a la catástrofe– cuando se le advierte del peligro de esa operación y de contravenir las normas: «No me hables de normas», le espeta a uno de ellos. Un comportamiento que el profesor Valery Legasov, el científico que sirve de hilo conductor del relato, resume con un juicio inapelable: «Diátlov rompió todas las reglas». Saltarse la ley. Hacerse trampas en el solitario. La otra escena pertenece a la vista oral que se celebra para dirimir los hechos. Tras explicar las claves científico-técnicas del accidente, el profesor Valeri Legásov habla de algunas carencias de los reactores empleados en la antigua URSS y reflexiona en voz alta sobre las terribles consecuencias de ocultar ciertos aspectos o detalles para no perjudicar, supuestamente, el prestigio del sistema… «Cada mentira que decimos supone una deuda a la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga».</p>
<p>Yo creo que la lección de ‘Chernobyl’ no radica tanto en el plano de los problemas técnicos (de hecho, solucionados poco después de la catástrofe), sino en el plano moral, de los comportamientos. Ese plano que tiene que ver con la condición humana y con determinados valores éticos y democráticos. Según Amiel, el peligro de un error está en proporción a la cantidad de verdad que contiene. La dimensión siempre es relevante.</p>
<p>Por eso me parece significativo descubrir cuánta verdad y cuánta mentira registrarían los medidores de errores éticos –si se hubieran inventado– para casos como el del ‘procés’. ¿Cuánto combustible políticamente ‘radiactivo’ se ha destinado a multiplicar en el imaginario colectivo la falsa especie de que España ‘robaba’ a Cataluña? ¿Cuántas falsedades han sido precisas para enturbiar la convivencia entre las gentes de Cataluña, ignorando que en cualquier sistema democrático moderno son las personas, no los territorios, quienes pagan impuestos? ¿Cuántas iniciativas políticas se han planteado para huir hacia delante, pura tramoya, y disfrazar los desmanes de la corrupción y el latrocinio?</p>
<p>Creo que en Cataluña, igual que en la serie ‘Chernobyl’, además de los detalles técnicos es preciso conocer los auténticos comportamientos políticos y las bases éticas y democráticas que los inspiraron. Su compromiso con la verdad, no con la leyenda, la propaganda o el interés sectario. No se trata de dar vueltas a la noria del error. «Esperar que la verdad salga del razonamiento», decía Hannah Arendt, «es confundir la necesidad de pensar con la urgencia de conocer». Si se hace una serie sobre el ‘procés’, espero que lo revelador sea, justamente, las verdades que es urgente conocer, no cuántos Dyatlov siguen dispuestos a envenenar el reactor y a repetir el desastre.</p>
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		<title>De Barrabás a Zaplana</title>
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		<pubDate>Mon, 28 May 2018 19:13:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Para atracar un banco solo es preciso un minuto de arrojo y desvarío. Para robar 10,5 millones de euros hacen falta guantes blancos y toda una vida. Theodore Roosevelt lo resumió mejor hace años: “Un hombre que no haya ido nunca a la escuela, es posible que robe en un vagón de mercancías; pero si [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para atracar un banco solo es preciso un minuto de arrojo y desvarío. Para robar 10,5 millones de euros hacen falta guantes blancos y toda una vida. Theodore Roosevelt lo resumió mejor hace años: “Un hombre que no haya ido nunca a la escuela, es posible que robe en un vagón de mercancías; pero si tiene una educación universitaria, puede que robe el tren entero”.<br />
Sin embargo, no hay que engañarse, las destrezas en el latrocinio, salvo casos excepcionales de, digamos, ‘talento natural instintivo’, son fruto de un ecosistema moral y político relajado de previsible impunidad y corrupción galopante. Aquí no vale el ejemplo de la oveja descarriada: hay que dar por descontada una vocación ‘trincadora’ que únicamente sobrevive y fructifica en ambientes con la catadura del patio de Monipodio. De ahí lo grave del asunto. Si fueran anécdotas, casos aislados, resultaría llevadero; lo devastador es que se trata –como se ha señalado tantas veces– de un problema sistémico sustentado en tres patas: el de las empresas dispuestas a corromper, el de los políticos o responsables públicos dispuestos a corromperse y el de los votantes que intuyendo o siendo incluso conscientes de las tramas oscuras consienten con sus votos tales anomalías.<br />
En mi opinión no se trata pues de cuestiones ideológicas, sino morales. Y aunque pueden rastrearse ejemplos en todo el arco ideológico: en la izquierda, en el centro, en la derecha y no digamos en el nacionalismo catalán, sería injusto equiparar la dimensión y la naturaleza de los delitos en todos los casos. Lo único evidente es que si en algunas comunidades autónomas españolas se ‘recrease’ el juicio de Jesús ante Pilatos, los votantes exigirían que liberasen a ‘su’ Barrabás; porque será malo, “pero es de los nuestros”. Y en esas estamos. El amparo indirecto a delitos puede ir del robo al asesinato. ¿Acaso no era igual de ‘corrupto’, desde la perspectiva ética, el apoyo con votos a los partidos o formaciones que rentabilizaban de manera expresa y sangrienta las estrategias de la ETA?<br />
Lo terrible es que la detención de Eduardo Zaplana, presidente de la Generalitat Valenciana entre 1995 y 2002 y exministro de Trabajo con Aznar, acusado de blanquear más de 10 millones de euros depositados en paraísos fiscales y procedentes de supuestas comisiones, no haya resultado tan llamativo ni sorprendente, pues según cuentan los periódicos en su comunidad autónoma existía la percepción de que Zaplana era “hábil” y “escurridizo” hasta el extremo de que durante todos estos años había sorteado cualquier contratiempo judicial. Quien quiera ver la botella medio llena se fijará en que la Justicia actúa. Quien la vea medio vacía reparará en que ha transcurrido tanto tiempo que los presuntos delitos de cohecho, malversación o prevaricación… ya han prescrito. Solo cabe imputarle blanqueo. Es decir, el viaje de vuelta del dinero. La ida, de balde. Cabe tal vez una tercera postura de realismo esperanzador. Fijarnos no solo en el problema sino en la tendencia: día a día aumenta el reproche social frente a las prácticas corruptas y cada vez resulta más abominable tolerar, consentir y disculparlas. Ni aunque sea de los tuyos.</p>
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		<title>Moix y la tórtola con el tiro en el ala</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Jun 2017 16:35:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ante el caso Moix la división de opiniones que suele darse en el ruedo ibérico se ha transformado en unanimidad, pero las críticas en vez de a su familia, como en el chiste, se dirigen al partido que lo apadrina y que ‘formalmente’ lo sostiene en el puesto. Bueno, hasta este momento en que escribo, porque la historia de Moix me recuerda bastante los primeros capítulos de la historia del exministro José Manuel Soria y la maldición de Panamá.<br />
Por lo visto, oído y leído, buena parte de los reproches al proceder de Moix y del PP giran alrededor de estos argumentos: «No es sostenible ni política, ni ética, ni estéticamente». «La mujer del César debe ser honrada y además parecerlo». «¿Qué credibilidad va a tener Moix si mantiene una empresa en un paraíso fiscal?». «Con qué autoridad moral va a seguir siendo fiscal jefe Anticorrupción?».<br />
En las redes sociales, sin embargo, las críticas son menos convencionales y más demoledoras. Por ejemplo algunos tuits de Gerardo Tecé con munición de ironía: «El fiscal jefe Anticorrupción con empresa en paraíso fiscal no tiene intención de dimitir, porque si al español no lo toreas, se extingue». Y otro: «En un paso más en su lucha contra la corrupción, el PP quiere normalizar ahora que un jefe anticorrupción tenga una sociedad offshore».<br />
Si se tratara de una serie televisiva o de un programa de humor diríamos: «Qué exagerados». Pero no es un programa de humor, si acaso un episodio propio de esta era de la posverdad en la que los acontecimientos o las noticias se consumen con tal velocidad que todas devienen en ‘dinamita p’a los pollos’ o en mera fruslería y banalidad de consumo rápido. El ritmo al que se mueve la máquina informativa (global) hará que cualquier «hecho», por relevante que sea, acabe convertido en almendrilla o en golosina para tomar como simple aperitivo. Hay que seguir pedaleando. Y «más madera, es la guerra», gritamos con Groucho Marx.<br />
Acabe como acabe el caso Moix, «el tiro ya lo lleva», que dicen los cazadores de tórtolas. El tiempo corre en contra del fiscal jefe Anticorrupción y de quien tiene la potestad legal de mantenerlo en el puesto o removerlo. También operan en su contra las circunstancias en que fue nombrado y esas filtraciones donde Ignacio González (entonces en libertad) opinaba sobre él. La súplica de los mexicanos: «No me defiendas, compadre».<br />
En cualquier caso, más que dañar al Partido Popular o a Rajoy la continuidad de Manuel Moix en estas circunstancias erosiona, en mi opinión, al propio sistema democrático, pues contribuye a que en la calle se perciba la separación de poderes como una entelequia más teórica que real mientras se intenta revestir de normalidad («¿Queremos que sea pobre de solemnidad?», «¿No tiene derecho a tener nada?», se preguntaba ayer ante los periodistas Celia Villalobos) el hecho insólito de que un fiscal jefe Anticorrupción posea el 25% de una empresa radicada en un paraíso fiscal&#8230; No es chiste.<br />
Con los Presupuestos generales ya aprobados, cuánto va a durar Moix en el cargo. Hagan sus apuestas.</p>
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		<title>De la corrupción y su naturaleza</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Apr 2017 19:33:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio». Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio».<br />
Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la corrupción, pero juzgándola con sentido sectario, cuando no interesado. Si reprochas ante alguien de derechas los excesos que está causando la corrupción, lo primero que hará no será reconocerlo sino contrargumentar y recordar que los de izquierdas hicieron o hacen lo mismo&#8230; El cainita discurso del «&#8230;y tú más». O en el mejor de los casos optar por la equidistancia, reduciendo la naturaleza del mal a un problema general. «Es que toda la vida los políticos han hecho y hacen lo mismo&#8230;», vendrá a decir.<br />
Lo terrible es que la corrupción cuando deja de ser un problema anecdótico o circunstancial, cuando supera ese porcentaje digamos&#8230; ‘natural’ de manzanas podridas que entran en todos los cestos, se convierte en la gangrena incontenible que acaba devorando al propio sistema democrático.<br />
Por eso resulta incomprensible que en los partidos o en las instituciones en que se descubren ‘manzanas podridas’ la primera respuesta consista en ocultar el hecho y si ‘te han pillao con el carrito del helao’ jugar al despiste o aventurar justificaciones vergonzantes. La ocultación es otra forma de complicidad.<br />
La corrupción es la carcoma que destruye el andamiaje de la casa común. Y además de un problema con nefastas repercusiones económicas inmediatas –el agujero en las cuentas públicas asciende a miles de millones de euros– es una lacra moral de efectos devastadores a medio y largo plazo.<br />
Cuando se trata de corrupción de cuello blanco, promovida por dirigentes de primerísimo nivel, la gravedad crece de forma exponencial. Serían precisos millones de corruptos para sumar, migaja a migaja, las cifras que se manejan en las grandes operaciones contra la podredumbre de las últimas décadas en España.<br />
Por otra parte, vista la cuestión desde la perspectiva de una comunidad autónoma como Extremadura, me parece al menos tranquilizador el hecho de que los niveles de corrupción nunca alcanzarían, por la propia dimensión económica de la tierra, las cotas escandalosas de otras comunidades.<br />
¿Alguien se imagina que dirían de  nosotros, los extremeños, si alguno de los presidentes de esta región hubiera sido acusado de enriquecimiento ilícito y de la retahíla de presuntos delitos a los que se enfrentan el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol o el exministro Rodrigo Rato, entre otros?<br />
Es cierto que nadie debe derribar la presunción de inocencia y que la última palabra la tiene la justicia. Pero tampoco conviene olvidar la propia naturaleza de los delitos (no es igual meter la mano que meter la pata) ni olvidar lo que decía Albert Camus: «Inocente es quien no necesita explicarse». Así de simple.</p>
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		<title>La corrupción y otras conmemoraciones</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Apr 2017 18:21:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada día tiene su afán y la ONU por su parte un surtido calendario para conmemorar causas justas. Algunas de esas jornadas son tan conocidas como el Día Mundial contra el Cáncer, el Día Internacional de la Mujer o el Día Mundial del Libro y de los derechos de autor, que se celebra precisamente el próximo domingo, 23 de abril. Otros días internacionales se nos antojan menos relevantes, aunque es probable que la cercanía o los vínculos con el tema de que se trate condicionará nuestra opinión.<br />
Se establecen días tan de sobra justificados como el de los Refugiados o el  de la Salud, pero la programación oficial incluye también algunos más singulares: el de la Diversión en el Trabajo,  el del Beso, el de la Felicidad o el Día Internacional de los Asteroides, por ejemplo. Salvo este último, cuya necesidad específica me queda algo a trasmano, la conveniencia de los demás estoy dispuesto a defenderla de forma entusiasta, sobre todo los de la Diversión en el Trabajo y el Beso, cuya culminación habría que celebrar, supongo, el Día Internacional de la Felicidad.<br />
No quiero pecar de tiquismiquis porque es obvio que la mayoría de las conmemoraciones se establecen para el ámbito sanitario, de la salud, la ciencia, el desarrollo económico y los avances sociales. Sin embargo, me desconciertan algunas propuestas de la ONU. El 11 de diciembre se fijó como Día Nacional del Tango (es de suponer que en Argentina), pero ¿por qué no su equivalente en México para las rancheras o los corridos; y en España para las bulerías, los fandangos y la jota aragonesa? ¿No da lugar a discriminaciones la reserva oficial de jornadas conmemorativas? ¿Vivimos ya bajo el imperio de lo políticamente correcto a toda costa?<br />
Cuando repaso el calendario de días internacionales y mundiales no me atrevo a borrar ninguno, al contrario, subrayaría varios imprescindibles: el 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa; el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz; el 7 de abril, Día Mundial de la Salud; el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer&#8230;<br />
Y bueno, me siguen sorprendiendo algunos recordatorios bien peculiares: el Día del Orgullo Zombie, el del Soltero, el del Pistacho o el Día del Orgullo Friki. ¿Significa que vivimos en una sociedad fértil en conquistas y plural en matices sociales? ¿La apoteosis del postureo? Desde luego la nómina de días raros alberga joyas de museo: Día del Bolígrafo, del Cannabis, de Star Wars, de los Calcetines desparejados&#8230;<br />
Aunque pueda parecer que todas las causas cuentan con su correspondiente cumpleaños, echo de menos bastantes aniversarios. ¿Cuándo es por ejemplo el Día de la Corrupción, afán al que miles de personas se entregan frenéticamente en España desde hace años? ¿Cuándo el Día nacional de la Irresponsabilidad, de quienes dicen «yo no sé nada» o «a mí que no me pregunten»? ¿Cuándo el Día de la Ley del Embudo? Me parece que alguien tendría que ir avisando a la ONU. </p>
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		<title>El revés de la trama</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Mar 2017 19:09:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La última novela de Tomás Martín Tamayo, ‘El secreto del agua’, narra varias historias que arrancan en la Extremadura de posguerra y en el pueblecito Pajar de los Encinares, inundado por una presa que los terratenientes impusieron en el lugar que beneficiaba a sus intereses por encima de las protestas y la voluntad de los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La última novela de Tomás Martín Tamayo, ‘El secreto del agua’, narra varias historias que arrancan en la Extremadura de posguerra y en el pueblecito Pajar de los Encinares, inundado por una presa que los terratenientes impusieron en el lugar que beneficiaba a sus intereses por encima de las protestas y la voluntad de los vecinos.<br />
Centrada en la figura de un maestro de escuela que capitanea la oposición y que muere en extrañas circunstancias, ‘El secreto del agua’ recrea la vida de aquella Extremadura rural dominada por ribetes de pobreza y la densa sombra del autoritarismo y la posguerra.<br />
Treinta años después, el hijo de aquel maestro –convertido en presidente de una de las grandes multinacionales del  mundo del petróleo– decide aclarar la trágica desaparición de su padre y ajustar cuentas con el pasado&#8230;<br />
No voy a desvelar la historia (eso que ahora se denomina con el anglicismo hacer ‘spoiler’), entre otras cosas porque más allá del entramado argumental en la novela de Martín Tamayo me parece que destaca el valor de una prosa eficaz y la mirada de quien  pergeña personajes (especialmente cuando se trata de tipos populares) tal vez muy característicos de  aquella Extremadura rural.<br />
Aunque la historia avanza en varios planos narrativos y múltiples escenarios, confieso que para mí la aportación más sobresaliente y una de las claves argumentales es la descripción pormenorizada de cómo puede manipularse la opinión pública y cuáles son algunos de los mecanismos consustanciales a la corrupción. A la corrupción como estrategia, como procedimiento, en cualquier nivel. La mirada novelística de Tomás Martín Tamayo en esta materia no resulta cínica, si acaso descreída y seguramente propia de quien ha conocido las amarguras del desengaño en la política y en la condición humana.<br />
En determinado momento un personaje, experto internacional en comunicación y asesor del protagonista, explica que la publicidad y la propaganda se basan muchas veces en la compasión, en la indignación, en el miedo&#8230;<br />
Alguien le contesta:<br />
–«La política tiene poco que ver con todo esto&#8230;».<br />
Y él responde:<br />
–«Es igual. La política, la presa, Miterrand, la Coca-Cola o una compañía aérea, son productos que hay que vender y para nosotros las diferencias son meras sutilezas. Igual que se convence a la gente de que no es buena la sacarina, se la puede convencer de que no es buena la presa. El mercado compra lo que está en el mercado, y si en el mercado vendemos indignación, la gente compra indignación. Lo haremos escalonadamente, de menos a más y administrando los tiempos. Es un plan que no ha fallado en ningún sitio. El miedo se vende muy bien».<br />
Quevedesco a ratos, Tomás Martín Tamayo maneja en ‘El secreto del agua’ la pincelada elocuente, enérgica, realista&#8230; Extremadura es aquí el escenario originario, pero el plano narrativo de fondo es universal y además está diseñado por alguien que conoce bien la condición humana y el revés de la trama donde el hombre –desde la noche de los tiempos– aviva sus pasiones.</p>
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		<title>¿Olvidarse de don Vito?</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Oct 2016 19:24:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Si la imagen que mejor encarna la Transición a la democracia es <a href="http://www.efe.com/efe/espana/cultura/el-abrazo-de-juan-genoves-la-clandestinidad-al-congreso-diputados/10005-2805298#" target="_blank">‘El abrazo’, de Juan Genovés</a>, estos años de crisis económica y corrupción los resumen las imágenes del macrojuicio de las tarjetas ‘blacks’ y del ‘Gürtel’, concurridos patios de Monipodio a los que Equipo Crónica, –de existir aún el grupo artístico– podría dedicar una serie completa.<br />
Al margen de lo que decidan los jueces en su momento, lo evidente es que ambas estampas están más cerca del gansterismo que de la filantropía,  a pesar de los arriscados aliños indumentarios que lucen sus protagonistas, muy lejos de los que suelen utilizar los «robagallinas» para quienes está pensada la ley en España (Carlos Lesmes, presidente del TS, dixit) en vez de para los grandes defraudadores.<br />
España, precisamente el país desarrollado donde más ha crecido la brecha entre ricos y pobres durante el periodo 2007 a 2014 según el informe ‘Panorama de la sociedad 2016’ elaborado por la OCDE para medir los indicadores de bienestar. El póster de esa crónica, la portada del informe podría ser la foto del cualquiera de esos macrojuicios.<br />
El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) confirma que el paro, la corrupción y el desprestigio de los políticos siguen siendo las tres preocupaciones principales de los españoles. Llueve sobre mojado. Pero aumenta la preocupación por la falta de gobierno, una circunstancia a la que ciertos políticos (o mejor, ciertos cargos orgánicos sin responsabilidades institucionales) parecen ajenos. Hasta que les llegue el agua al cuello.<br />
Creo que en España se teme más a la corrupción que al populismo, un fruto derivado de esa estirpe, el daño colateral o la consecuencia inevitable, igual que el relámpago y la descarga eléctrica. Acabad con la corrupción y la desigualdad y os evitaréis el populismo. Muerto el perro se acabó la rabia.<br />
La corrupción a pequeña escala asusta menos que la elegida por los beneficiarios de la amnistía fiscal o  los emboscados aún en la ‘lista Falciani’. Si al mirar atrás nos topamos con escándalos como Gürtel, ERE, tarjetas ‘black’, Bárcenas, Pujol, Noós, Malaya, Fabra, operación Taula&#8230; la primera conclusión es que hay que limpiar los establos de Augías y el trabajo de Hércules lo tiene que hacer, sí o sí, la Justicia. Con mayúscula. Soslayarlo equivaldría a poner en gravísimo riesgo el sistema mismo.<br />
Parecen incompatibles con la convivencia democrática comportamientos que hasta la ética ciudadana más laxa nunca daría por buenos. La pretensión del PP  de que se anule o se dé carpetazo definitivamente a un caso de corrupción como ‘Gürtel’ causa sobresalto y deja al personal patidifuso. Pensar que ese entramado cutre y esperpéntico del ‘albondiguilla’, el ‘bigotes’ o ‘llámame don Vito’, –entre otros muchos de la variopinta patulea– podrían irse de rositas y si te he visto no me acuerdo es para echarse las manos al pasaporte, y salir pitando. </p>
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		<title>Las promesas y cómo caza la perrina</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2016 18:34:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Las promesas suele olvidarlas quien las hace, no quien las recibe. De ahí la famosa dedicatoria de Miguel Hernández en ‘El rayo que no cesa’: «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya». Doble declaración de amor y de reproche. Hay que ser un poeta para reunir con agudeza y sensibilidad las contradicciones del amor y del deseo; el doble sentimiento de la pasión y de la queja.<br />
Por desgracia, ese tipo de hallazgos suele estar reservado al ámbito de la literatura y creo que difícilmente lo encontramos por ejemplo en las promesas de la vida pública. Quiero decir que el desconsuelo por las promesas incumplidas de los políticos nunca es objeto de deleite ni trae la indemnización de la belleza literaria. Suenan en prosa, sin poesía y sin anestesia.<br />
Las promesas incumplidas que me desazonan no son únicamente las del partido que ahora está en el gobierno y que conocemos de sobra:  subida de impuestos (incluido el IVA  cultural) copago, amnistía fiscal, reforma laboral, rescate a los bancos&#8230;, sino las promesas de un futuro a corto o medio plazo que han hipotecado para varias generaciones de españoles a los que no les queda otro destino que emigrar al extranjero y prepararse para afrontar una existencia marcada por una deuda billonaria y terriblemente monstruosa.<br />
Un país que favorece y promueve la concentración de la riqueza hasta extremos insensatos, promoviendo un desequilibrio social inestable y de riesgo. Un país donde parece justificada cualquier estrategia ‘electoral’ si se le supone rentabilidad en las urnas. Me duele no tanto que incumplan promesas de asuntos económicos muy concretos, sino que ensombrezcan la esperanza, que es casi lo único que nos queda; me desazona que nos roben el futuro. Y  el de nuestros hijos.<br />
Me duele la deriva de quienes llevan años incumpliendo y las perspectivas de quienes en pocos meses ya han dado muestras de una ‘inmoralidad’ populista, cuajada de contradicciones, que no reconoce más dios que el de la megalomanía y el tactismo propio de trepadores, ágrafos o con estudios&#8230;<br />
Así que no temo únicamente las promesas incumplidas de quienes ante la corrupción más apestosa miran al cielo y se ponen a silbar, sino las promesas que presiento traicionadas con «carácter retroactivo» desde el mismo instante en que los que aspiran a tocar poder se desplieguen por las moquetas y asalten el cielo de los sillones.<br />
Mejor hechos que promesas. Y  mejor aun promesas que puedan cumplirse, que no añadan frustración al malestar general. Basta de Job y ‘minijob’. De igual modo que nos expresamos con el lenguaje oral, escrito y el lenguaje no verbal, las campañas electorales sirven para conocer promesas y programas, pero también para descubrir lo que popularmente se resume con la frase: «me gusta (o no me gusta) cómo caza la perrina». Ustedes me entienden. </p>
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		<title>Contra el posibilismo desmemoriado</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jun 2016 19:37:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En ‘Tartarín de Tarascón’, la divertida novela de Daudet, uno de los pasajes más reveladores es el que cuenta el episodio de la muerte del león y el consiguiente proceso para determinar si el felino había muerto en territorio civil o militar. Podía parecer baladí, pero era asunto trascendente&#8230; Si la muerte le sobrevino en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En  ‘Tartarín de Tarascón’, la divertida novela de Daudet, uno de los pasajes más reveladores es el que cuenta el episodio de la muerte del león y el consiguiente proceso para determinar si el felino había muerto en territorio civil o militar. Podía parecer baladí, pero era asunto trascendente&#8230; Si la muerte le sobrevino en territorio civil, el juicio sería ante un tribunal de comercio. En el otro caso Tartarín sería sometido nada menos que a un consejo de guerra&#8230; ¿Solución? Tras un mes de idas y venidas por juzgados, cafés y trato con leguleyos se llegó al acuerdo de que si bien el león había sido muerto en territorio militar, cuando el cazador disparó estaba en territorio civil. «El asunto se juzgó, pues, por lo civil, y a nuestro héroe se le impusieron dos mil quinientos francos de indemnización y las costas».<br />
Aparte de parodiar los turbios ámbitos judiciales y pleiteadores donde transcurre la acción, Alphonse Daudet lo que ejemplifica con el episodio de las dos jurisdicciones para la muerte del león es un caso concreto de posibilismo rentable: esa ideología que subyace en la famosa frase de Marx (Groucho): «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros» o estos días en las metamorfosis definitorias del líder de Podemos, protagonista de un singular ‘show de Truman’ y a la vez posmoderno Frankestein dispuesto a complicarle la vida incluso a sus creadores y patrocinadores&#8230;<br />
En este teatrillo apresurado y desmemoriado en que se ha convertido la política actualmente, son posibles carreras vertiginosas sin más sustento que la salmodia de las tertulias y unos millones de tuits en las redes sociales&#8230; Frente a miles de militantes sencillos, honrados, generosos y labrados en el esfuerzo (en el caso de algún partido con más de un siglo de lucha, sufrimiento por la represión y decenas de generaciones sacrificadas en favor de la democracia y la convivencia). ¿Es que en nuestros pueblos y ciudades no sabe la gente distinguir quiénes son los que participan en la política para servir al bien común y no para servirse de ella? ¿No saben distinguir el trigo de la paja y quiénes son los que tratan de dar un formidable tocomocho sobre la base del populismo, del posibilismo y la megalomanía?<br />
Los pecados de los otros no te convierten a ti en santo, por mucho desparpajo que demuestres popularizando la hucha para recoger las ganancias&#8230; Es incuestionable que en España se han producido situaciones escandalosas y casos de corrupción que exigen   remedios severos. Pero a mí por lo menos siempre me resultará más fiable el instinto de alguien que apuesta políticamente por la limpieza, la claridad y la pasión sincera en el bien común antes que por las prácticas del político de laboratorio y estrategia oportunista&#8230; A otro perro con ese hueso.<br />
De todas formas, los grandes partidos se estarán equivocando también de lado a lado si creen que los cambios en España no son urgentes. Casos como el del joven que ha ingresado en prisión por pagar hace seis años 79,20 euros con una tarjeta falsa tiene tanto de escandaloso como de sintomático. Para hacérselo mirar. En profundidad.</p>
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		<title>Demagogos y populistas</title>
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		<pubDate>Fri, 29 May 2015 21:57:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La política, o es percibida como un proceso que exige auténtica democracia o solo es oficio de tinieblas. Nadie la librará de ese anatema. Y no son reticencias recientes y gratuitas, al contrario, creo que se trata de una prevención muy evidente en esos dos tópicos tan esencialmente reaccionarios y propios del ADN español: «Todos los políticos son iguales» y «Lo mejor es no meterse en política». Quizás tras una guerra civil despiadada, una posguerra implacable y una interminable dictadura, el concepto ‘político’ se devaluó en exceso y nos ha llegado igual que la manzana podrida o el símbolo de connotaciones negativas. Hasta la Transición y la Constitución de 1978, al término ‘político’ solo le cuadraban dos interpretaciones. Primera: la del ‘político’ del Régimen, del Movimiento Nacional de la autodenominada «democracia orgánica» franquista, interesado en la reproducción o mantenimiento del citado Régimen y, segunda, la del ‘político’ que más o menos vinculado a los partidos de la clandestinidad y a través de un compromiso personal se esforzó por romper con los modos y servidumbres propios del antiguo régimen y aquella forma de hacer política inconcebible en cualquier democracia occidental.<br />
Pero la España democrática, mi buen Yorick, cumplirá pronto cuarenta años, tantos como duró el régimen franquista, y no parece razonable limitarse ahora a modelos políticos basados en la sola premisa de acudir a las urnas cada cuatro años. Como si al ciudadano, cumplimentado ese trámite, le repitieran el cínico consejo que se atribuye a Franco: «Haga como yo, lo mejor es no meterse en política». Ya no cuela. Que los muertos entierren a los muertos. Se impone una política donde la transparencia y la realidad cotidiana de las personas, de las familias, no quede postergada ante los intereses abstractos de las grandes corporaciones. Una política sin vedetismo, sin imposturas y sin comisionistas del apocalipsis. Una política que promueva nuevas vías de participación y exija más compromisos, por supuesto dentro del orden constitucional.<br />
Guste o no, los casos recientes de gigantesca podredumbre moral y sobre todo económica constituyen la mayor prueba de cargo contra el sistema político. Pero pensar que hay que demoler hasta los cimientos de ese sistema me parece tan disparatado como los extravíos de esos mercenarios del miedo y tertulianos atrabiliarios que agitan los fantasmas de ‘soviets’ ¡en Madrid!, agentes de Venezuela o ‘Cheguevaras’ irredentos. Cielo santo, cómo se ponen las cabezas…<br />
El hombre de la calle, el ciudadano que dedica buena parte del día a buscarse la vida y a luchar contra las dentelladas que el paro  seguramente le está dando a su familia, teme más a la corrupción que a los modelos venezolanos o a los soviets. Y más que a Marx, que le quedará a trasmano, seguro que le teme a los Bárcenas, Gürtel, Rato, Blesa y a todos los enjuagues de la política concebida como un ‘negocio de familias’. Gente que tal vez nunca ha leído –ni leerá– el ‘Manifiesto Comunista’ pero que entienden a la primera a la advertencia de Balzac: «Detrás de cada fortuna hay un delito».  </p>
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