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	<title>GRATIS TOTALcrisis económica &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>La mina y el saqueo de la materia prima</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2018 19:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>DECÍA Roosevelt que un hombre sin estudios es posible que robe en un vagón de mercancías, pero si tiene una educación universitaria puede que robe el tren entero. Ahora diríamos que más que la titulación académica, lo determinante para calcular las probabilidades de robo es la cercanía al poder. Al poder corrupto, claro está. Basta pensar en la industrialización del latrocinio que lleva soportando Cataluña desde hace décadas o en los pertinaces casos de corrupción que avergüenzan al conjunto de España.<br />
Con ser indecorosas, la ratería del pillo al menudeo o la sisa del pícaro resultan llevaderas; lo intragable es cuando se llevan el tren entero y encima intentan justificarlo. Pretender la impunidad agigantando la dimensión del agujero. Cuanto más grande, más protección. El viejo adagio: si el sujeto debe mil euros tiene un problema, pero si consigue catapultar la deuda a cien millones, el problema lo tiene el banco o la entidad a la que haya ordeñado.<br />
En nuestros días, los robos históricos, los atracos descomunales de guante blanco no los han protagonizado los corruptos de este o aquel partido, que también, sino el sistema financiero mundial que juega siempre en casa y nunca pierde, pues de vislumbrarse por el horizonte «riesgo sistémico» se blinda con la amenaza de la crisis global y enseguida exige que los peones acudan al rescate&#8230; Y ya puede imaginarse quiénes son los peones en esta partida.<br />
Sin embargo, a ese peligro invisible del sistema financiero globalizado le ha salido una competencia complementaria que trabaja de manera más sutil y efectiva. Me refiero a las redes sociales y más concretamente al mercadeo en torno a ellas, pues como declaraba ayer <a href="http://www.hoy.es/culturas/libros/munoz-molina-observador-20180221231206-ntrc.html">Antonio Muñoz Molina</a>, «las redes sociales debían ser un arma de libertad y sirven para que Rusia intervenga donde y como quiera; para que regalemos nuestra información más íntima y se enriquezcan comerciando con ella Google, Amazon o Facebook», empresas que son «monopolios y armas perfectas para los manipuladores como Trump y Putin. Mandan más», añade Muñoz Molina «que muchos gobiernos y no dejan de acumular poder y dinero».<br />
Facilitarles datos a las empresas y plataformas tecnológicas es la manera más directa de contribuir a su enriquecimiento. Ya no tienen que molestarse en meter la mano en su bolsillo, es usted mismo, como usuario de las redes sociales quien les facilita directamente la tarea. Usted, es decir, sus tendencias, sus actividades, sus aspiraciones, su modelo de consumo&#8230; es lo que les interesa y con lo que van a comerciar. En este singular negocio usted es el ‘esclavo’ y a la vez la ‘materia prima’. Un producto, en realidad la ‘mina de datos’ que les suministra gratuitamente y ellos obtienen a través de sus terminales para que las grandes plataformas sigan girando la rueda del negocio y le proporcionen a su vez las sugerencias de lo que debe hacer (leer, pensar, consumir&#8230;) y al mismo tiempo les permita crearles nuevas necesidades&#8230; Y tan contento, porque en su inocencia bondadosa se dice a sí mismo: «¿Qué más da, yo no tengo nada que ocultar?».</p>
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		<title>La felicidad y el futuro</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Aug 2017 22:49:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista que le hace Íñigo Domínguez en ‘El País’ que el ser humano está programado para el optimismo y que esa es la mejor herramienta para afrontar el discurso del miedo tan vigente en nuestro tiempo. Poco días antes, en otra entrevista de Víctor M. Amela en ‘La Vanguardia’, Chökyi Nyima Rimpoché, monje y maestro de budismo tibetano en Nepal afirmaba que la bondad es la base de la felicidad y la salud. Y descendía a los detalles: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto». Es decir, la felicidad como un estado al que se llega cuando sabes apreciar lo que tienes, a través de la calma y la ‘bondad plena’ que equivalen a «querer lo mejor para el otro, regocijarte de sus éxitos y felicidad». </span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Reconozco que no siento particular inclinación por la literatura de autoayuda ni por esas filosofías multirremedios de manual. Pero es curioso, Rojas Marcos no se limita a enunciar una frase bonita, relaciona por ejemplo la importancia que tiene en Estados Unidos esa condición optimista frente a Europa, –más proclives a la «cultura de la queja»– en las tasas de suicidios: mientras en Europa siempre se sitúan entre un 8 o un 9 por 100.000, en los ‘optimistas’ y ‘felices’ USA esas tasas no aumentan. El valor antropológico de la felicidad.</span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">En el caso del monje budista, su lección me resulta tan familiar como la gran recomendación cristiana: «ama a tu prójimo», o todas las tesis vinculadas a la felicidad (eterna) que se contienen en las bienaventuranzas.</span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Cuando releo una de las frases de Chökyi Nyima Rimpoché: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto»&#8230;  confieso sin embargo que enseguida esbozo una sonrisa no tanto porque descrea de la tesis sino porque imagino a cualquier estratega electoral de España recetando a sus huestes la medicina de la bondad con el adversario. Y la sonrisa asciende a carcajada si busco mentalmente algún ejemplo que pruebe de forma empírica la recomendación del tibetano&#8230; </span></p>
<p class="x_MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Probablemente la relación entre felicidad y optimismo y entre bondad y felicidad esté ya siendo reformulada por la ciencia a través de algún algoritmo que nos alegrará la existencia, sin necesidad de psiquiatras o de monjes budistas… Algún programa o alguna aplicación que nos redirija, como el GPS del espíritu, hacia modos de vida placenteros: un país pongamos por caso donde los jóvenes obligados a marcharse por la crisis puedan regresar sin sucumbir en los ‘trabajos basura’; un país donde el cambio climático no sea considerado una ‘posverdad’; donde los populismos tengan fecha de caducidad; donde no haya crisis de crecimiento; donde el futuro no lo escriban las grandes plataformas tecnológicas. Un futuro en el que Trump o el líder norcoreano solo quepa imaginarlos dentro de un cómic y donde se castiguen por ley, –y de una vez por todas– las llamadas durante la siesta para que cambiemos de compañía telefónica.</span></p>
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		<title>Humor negrísimo</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Oct 2015 22:58:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Podría creerse que el humor negro es un invento español, sobre todo si se recuerda aquel chiste de Gila en que unos mozos desnucan al boticario de la aldea con un cepo para lobos y cuando la mujer del pobre hombre se queja y les reprocha el disparate, los energúmenos entre risotadas se limitan a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Podría creerse que el humor negro es un invento español, sobre todo si se recuerda aquel chiste de Gila en que unos mozos desnucan al boticario de la aldea con un cepo para lobos y cuando la mujer del pobre hombre se queja y les reprocha el disparate, los energúmenos entre risotadas se limitan a exclamar: «¡Pues si no sabe aguantar una broma, que se vaya del pueblo!». O aquel otro chiste gráfico de Mingote en los años de la barbarie etarra en el que se ve a un hombre en el suelo al que acaban de disparar y junto a él un niño que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!», mientras que dos tipos con sus ‘txapelas’ contemplan la escena y uno de ellos sentencia: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».<br />
Humor negro de alta concentración. En esa veta también trabajaron de mineros <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_de_Quevedo" target="_blank">Quevedo</a>, el autor del Lazarillo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y luego otros muchos autores, desde el creador de ‘Gil Blas de Santillana’ hasta <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Jonathan_Swift" target="_blank">Jonathan Swift</a>, que es a donde yo quería llegar. Aparte del famosísimo ‘Los viajes de Guilliver’, Swift, escribió uno de esos textos que puede considerarse el paradigma del humor negro de todas las épocas y que le valió más de un disgusto, quizás porque en su pueblo, como le ocurrió al personaje de Gila, tampoco sabían aguantar una broma.<br />
El texto –aproximadamente igual de largo que un discurso de Fidel Castro– se titula «Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público».<br />
Se trata en apariencia de la propuesta bienintencionada de alguien que reflexiona en torno a un problema grave y que quiere brindar al mundo la mejor de las soluciones. Pero ahí está el quiebro a la lógica que supone toda acción humorística. El sarcasmo. La dinamita para los pollos. A medida que avanzamos por las páginas se descubre que la ‘modesta’ proposición de Swift consiste en que los pobres (cargados de hijos a los que no pueden mantener) los vendan de niños para que los ricos se los coman; de este modo además de poner fin a un inquietante problema demográfico se contribuye con eficacia a la producción gastronómica…<br />
Sin derivas derrotistas, habrá quien establezca semejanzas (¡y maldita la gracia!) entre la proposición teórica de Swift y la que se está aplicando en la práctica a raíz de la crisis económica y la globalización. ¿Qué otra cosa están haciendo los más pobres sino entregar ‘bienes’ a los más ricos para que los ‘consuman’? ¿Cómo se explica si no el crecimiento desbocado de la desigualdad en los últimos años?<br />
Jonathan Swift consiguió a través de la ironía y del humor negro desvelar las miserias y vergüenzas de una sociedad en exceso injusta y desigual. Muchos le recriminaron su «mal gusto» y no repararon en la Luna, sino en el dedo que la señalaba. Ahora, con la crisis y el crecimiento de la desigualdad no ha lugar ni al sarcasmo: se da por hecho que siempre hubo ricos y pobres y el que no aguante una broma, que se vaya del pueblo. Si no se ha pirado ya. </p>
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		<title>Demagogos y populistas</title>
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		<pubDate>Fri, 29 May 2015 21:57:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La política, o es percibida como un proceso que exige auténtica democracia o solo es oficio de tinieblas. Nadie la librará de ese anatema. Y no son reticencias recientes y gratuitas, al contrario, creo que se trata de una prevención muy evidente en esos dos tópicos tan esencialmente reaccionarios y propios del ADN español: «Todos los políticos son iguales» y «Lo mejor es no meterse en política». Quizás tras una guerra civil despiadada, una posguerra implacable y una interminable dictadura, el concepto ‘político’ se devaluó en exceso y nos ha llegado igual que la manzana podrida o el símbolo de connotaciones negativas. Hasta la Transición y la Constitución de 1978, al término ‘político’ solo le cuadraban dos interpretaciones. Primera: la del ‘político’ del Régimen, del Movimiento Nacional de la autodenominada «democracia orgánica» franquista, interesado en la reproducción o mantenimiento del citado Régimen y, segunda, la del ‘político’ que más o menos vinculado a los partidos de la clandestinidad y a través de un compromiso personal se esforzó por romper con los modos y servidumbres propios del antiguo régimen y aquella forma de hacer política inconcebible en cualquier democracia occidental.<br />
Pero la España democrática, mi buen Yorick, cumplirá pronto cuarenta años, tantos como duró el régimen franquista, y no parece razonable limitarse ahora a modelos políticos basados en la sola premisa de acudir a las urnas cada cuatro años. Como si al ciudadano, cumplimentado ese trámite, le repitieran el cínico consejo que se atribuye a Franco: «Haga como yo, lo mejor es no meterse en política». Ya no cuela. Que los muertos entierren a los muertos. Se impone una política donde la transparencia y la realidad cotidiana de las personas, de las familias, no quede postergada ante los intereses abstractos de las grandes corporaciones. Una política sin vedetismo, sin imposturas y sin comisionistas del apocalipsis. Una política que promueva nuevas vías de participación y exija más compromisos, por supuesto dentro del orden constitucional.<br />
Guste o no, los casos recientes de gigantesca podredumbre moral y sobre todo económica constituyen la mayor prueba de cargo contra el sistema político. Pero pensar que hay que demoler hasta los cimientos de ese sistema me parece tan disparatado como los extravíos de esos mercenarios del miedo y tertulianos atrabiliarios que agitan los fantasmas de ‘soviets’ ¡en Madrid!, agentes de Venezuela o ‘Cheguevaras’ irredentos. Cielo santo, cómo se ponen las cabezas…<br />
El hombre de la calle, el ciudadano que dedica buena parte del día a buscarse la vida y a luchar contra las dentelladas que el paro  seguramente le está dando a su familia, teme más a la corrupción que a los modelos venezolanos o a los soviets. Y más que a Marx, que le quedará a trasmano, seguro que le teme a los Bárcenas, Gürtel, Rato, Blesa y a todos los enjuagues de la política concebida como un ‘negocio de familias’. Gente que tal vez nunca ha leído –ni leerá– el ‘Manifiesto Comunista’ pero que entienden a la primera a la advertencia de Balzac: «Detrás de cada fortuna hay un delito».  </p>
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		<title>Nostalgias</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2015 17:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a casa de la tía Leoncia, sino que le abrieron de par en par las puertas a la avalancha evocadora de ‘En busca del tiempo perdido’. ¿Quién no ha vivido ese instante maravilloso en que al escuchar una determinada melodía o paladear un sabor ha tenido que contener las lágrimas por la emoción? Y quien dice un sabor o un olor puede decir las sensaciones de unas viejas imágenes o el tacto inconfundible de un abrazo o de unas manos acariciadas.<br />
Somos memoria porque los sentidos nos regalan recuerdos. Ocurre en lo personal y en lo colectivo. A veces el ritmo de la vida nos empuja a vivir el presente con una intensidad digamos que frenética, como si no hubiera mañana ni pasado. Supongo que los sociólogos conocerán bien el fenómeno y habrá estudios que lo analicen de forma sistemática. Yo identifico esas etapas con una especie de ‘adolescencia’ social donde importa más el vértigo de la prisa, el mero crecimiento, el ensimismamiento, que la mirada sosegada y nostálgica. Viví esa sensación, por ejemplo, durante los primeros años de nuestra Transición política, cuando películas como <a href="http://www.basiliomartinpatino.org/filmografia/canciones-para-despues-de-una-guerra/" target="_blank">‘Canciones para después de una guerra’</a> de Basilio Martín Patino o libros como ‘Crónica sentimental de España’, de Manuel Vázquez Montalbán, hacían que se esfumara el espejismo del presente para que nos atropellara la avalancha de la nostalgia. Del anteayer y del ayer mismo.<br />
Imagino que debe de ser la misma nostalgia evocadora que hizo triunfar después las series televisivas ‘Crónicas de un pueblo’, ‘Verano azul’ o más recientemente ‘Cuéntame’. De la adolescencia a la madurez. Cada generación al llegar a cierta edad se recrea en una mirada al pasado, y a ser posible en una mirada sin ira.<br />
En las redes sociales es un fenómeno con miles de seguidores. Miles de usuarios de facebook o twitter que disfrutan con las canciones antiguas subidas a internet por los coleccionistas de vinilos, o miles de ciudadanos de cualquier provincia que disfrutan con las imágenes de rincones y edificios a los que la piqueta del desarrollismo condenó a una muerte conmutada ahora por el viejo álbum de fotos&#8230; La industria de la nostalgia. Muchos de esos blogs o sitios web especializados se están convirtiendo en ágiles naves para viajar por el túnel del tiempo y recrearnos, ¡ay!, en el ayer. ¿Puro costumbrismo? Quizás algo más. En España se puede pasar ahora sin solución de continuidad de los versos de Rodrigo Caro: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa» a los episodios más contemporáneos de ‘El ministerio del tiempo’.<br />
Un viaje personal y colectivo. Sí. Como el de esos jóvenes –miles de ellos en el extranjero– nostálgicos de un país con horizontes  más esperanzadores y atmósfera de hogar.</p>
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		<title>¿Qué es eso del arte?</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Oct 2014 19:16:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Pocos conceptos habrán suscitado tanta controversia, tanta polémica, tantos debates y discusiones como el de la naturaleza del arte. ¿Qué es arte? Al calor de esa pregunta se han edificado teorías, se han escrito tratados, se han declarado guerras, se han abierto rutas comerciales y se han aprovechado los amantes de las emociones profundas desde [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pocos conceptos habrán suscitado tanta controversia, tanta polémica, tantos debates y discusiones  como el de la naturaleza del arte. ¿Qué es arte? Al calor de esa pregunta se han edificado teorías, se han escrito tratados, se han declarado guerras, se han abierto rutas comerciales y se han aprovechado los amantes de las emociones profundas desde hace siglos. Basta repasar los catálogos de joyas que se encuentran en las tumbas etruscas o en las de los faraones.<br />
De joven, algún amigo solía advertir en las reuniones que jamás hablaba de mujeres, de literatura o de Dios para evitar conflictos. Bien pudo incluir al arte entre los temas tabú. Yo creía que las rivalidades más feroces, que el ‘odio africano’ por antonomasia era el que se profesaban los poetas de cualquier corriente y los profesores de cualquier universidad hasta que me topé con los primeros artistas (fundamentalmente plásticos) y sus correspondientes planetas, satélites y demás corpúsculos tangenciales.<br />
La tolerancia e incluso la generosidad con que se ha otorgado históricamente el estatus de arte a ‘productos’ que no deberían haber pasado de la condición (por muy dignísima que fuera) de ‘ocurrencia’, me temo que más que un pecado de omisión es una culposa dejación de responsabilidades que ha venido a enturbiar el panorama.<br />
Entre las pocas consecuencias benéficas que hay que agradecer a la crisis económica está el adelgazamiento obligado de la burbuja artística, de la que se han evaporado ‘ocurrencias’, performances, instalaciones y otras ingeniosidades livianas. Un recorte en favor de lo esencial, «a menos bulto, más claridad», similar al de bastantes cartas de restaurantes, donde se ha vuelto a poner el acento en la enjundia y autenticidad de su cocina y no tanto en la retórica con la que se describen o bautizan los platos&#8230;<br />
No conviene engañarse. El debate no se detendrá. El juicio o el valor acerca del arte es como el río de Heráclito, en el que no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas porque no dejan de fluir. ¿Qué es arte? Pues según la época, una cosa; y dependiendo del lugar, otra. Siempre ha sido así y seguirá siendo, a pesar de la globalización. «Si se vende, es arte», zanjaba Frank Lloyd.<br />
Lo bueno de ahora es que a la par de comportamientos tan poco edificantes como los del expresidente de Caja Madrid, <a href="http://www.hoy.es/economia/banca/201410/01/rato-otros-exdirectivos-devuelven-20141001130445-rc.html#comments" target="_blank">Miguel Blesa</a> –con ese estilo de vida y aficiones propias de nuevo rico– perviven trayectorias como las del empresario y financiero <a href="http://www.hoy.es/culturas/201410/01/coleccion-abello-delicioso-festin-20141001160122-rc.html" target="_blank">Juan Abelló</a>, del que estos días la Sala CentroCentro de Madrid expone la colección de pintura que ha reunido con su esposa, Anna Gamazo, y en la que figuran obras de los grandes artistas de todos los tiempos, desde Zurbarán a Murillo o Canaletto hasta Picasso, Van Gogh, Modigliani o Bacon, entre otros muchos.<br />
Y mirando a Cáceres, por hablar de la ciudad desde la que escribo, yo diría que lo bueno es poder disfrutar de todo el arte contemporáneo que nos regala la Fundación Helga de Alvear y ahora mismo también, de la impresionante muestra de obras de Barjola que exhibe la Fundación Mercedes Calles en pleno corazón de la ciudad monumental.  </p>
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		<title>De &#039;El Caso&#039; a Diógenes</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jan 2014 20:05:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>CUANDO yo era pequeño se editaba un periódico de sucesos, ‘El Caso’, lleno de noticias truculentas: crímenes horrendos, violaciones, fenómenos misteriosos… Aquella publicación iba dirigida a un público poco interesado por otros aspectos de la actualidad; quiero decir que quienes frecuentaban sus páginas no se sentían desengañados por encontrar, precisamente, lo que allí iban buscando. Nada de información subliminal ni doble sentido. El lector que se asomaba a aquellas historias sabía que no iba a toparse con la firma de Azorín, ni con la de Julián Marías. Nadie se sentía engañado. Como tampoco se sentían engañados quienes devoraban las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las exitosas obras de Corín Tellado y las fotonovelas que recreaban todo tipo de historias amorosas en un país que empezaba a desperezarse del subdesarrollo y la censura.<br />
Ese mercado potencial de temas y lectores no ha desaparecido, tan solo ha cambiado de ubicación. Coloniza ahora un ecosistema mediático al que solemos referirnos como ‘telebasura’. Pero decimos ‘telebasura’ de manera coloquial, para entendernos, porque esos contenidos que hacían las delicias de los lectores de ‘El Caso’ y rara vez traspasaban las fronteras de la prensa generalista se los han subrogado ahora muchos periódicos, radios, televisiones y digitales hasta el extremo de que parece la misma sustancia escapada de la máquina del tiempo.<br />
Las páginas de nacional y de política, los contenidos de las tertulias y los ‘magazines’ de radio y televisión no envidian ya a las páginas de ‘El Caso’. Por los temas y por la manera en que se abordan. En la actualidad hay asuntos relativos a la corrupción vinculada a los partidos políticos y escándalos en el mundo financiero y empresarial que convierten en ursulinas a los protagonistas de las historias truculentas que aparecían en aquel semanario de sucesos.<br />
Necesitamos a muchos Diógenes que tomen la lámpara y salgan a la calle buscando honradez, moralidad, decencia. Muchos Diógenes contemporáneos y muchas lámparas que alumbren con potencia, porque donde quiera que los medios de información (no digo los de propaganda) centran el foco, surge algún escándalo. Se equivocan quienes creen que a los periodistas no nos gusta dar buenas noticias. Es falso. Como es falso eso de que «las buenas noticias no son noticia». Claro que lo son. Lo que ocurre es que no abundan, para nuestra desgracia. Atenazados en la espiral de los desmanes, en la persistencia del morbo, la dura realidad del panorama te acerca más a Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados» que al optimismo ingenuo del ‘Himno a la alegría’. Por muchos repuntes que anuncien el FMI y los ponentes del Foro Económico Mundial de Davos.<br />
Nos han machacado tanto con el binomio ‘crisis-economía’ que hemos llegado a creer que ese par de palabras constituye la columna vertebral de nuestros problemas. Pero es otra falsedad. El auténtico repunte a fomentar no es el de la riqueza, sino el de la moral. Sobre todo la pública. Y que nos tachen de pesimistas, o de inconscientes.</p>
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		<title>Los antihéroes</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Feb 2013 20:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando murió ‘<a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jon_Manteca">el cojo Manteca</a>’,  a los 29 años de edad, <a href="http://www.fundacionmanuelalcantara.org/">Manuel Alcántara</a> escribió una columna con la que le reservaba plaza fija entre los inmortales de la marginalidad y los desplazados de la opulencia. En cierto modo, haber dado pie –aunque solo fuera con uno– a esa obra genial del maestro Alcántara es también una forma de cumplir con el mundo, igual que justificaron su existencia, pongamos por caso, quienes inspiraron a personajes como la Celestina, Lázaro de Tormes o el buscón llamado don Pablos.<br />
A mí me parece una especie de redención, de sublimación, que personajes como aquel ‘cojo Manteca’ que tanto se afanó en las manifestaciones estudiantiles de los años ochenta y que parecía abocado a una notoriedad efímera y tangencial quede en la memoria colectiva aunque solo sea por el mármol glorioso de un obituario periodístico. No necesitó más. Igual que no lo necesitaron los bufones que pintó Velázquez, acaso recordados y ‘existentes’ gracias al genio de su arte.<br />
Cada época genera sus ‘desplazados de la normalidad’, esos que constituyen las excepciones a la regla en el ámbito social, político, cultural, profesional&#8230; La nómina puede ser tan variopinta y abigarrada como una falla valenciana o una letra de carnaval. Imaginen juntos y revueltos en su apoteosis a los roldanes, a los dionis, a los cojos mantecas o a la caterva de nuestros queridos monstruos cebados en las pocilgas de la telebasura. ¿Quién les inmortalizará en su condición de becados por esa España de charanga y pandereta que cantó Machado?<br />
Me gustaría conocer qué dirán las crónicas futuras de los protagonistas y secundarios que trabajan en la compañía Gürtel; qué dirán de Luis Bárcenas, de Iñaki Urdangarín, de Amy Martin y de los aspirantes que aún no ha debutado en el patio de Monipodio. Me gustaría conocer qué dirán de ellos y de otros aparentemente prohombres de las finanzas que se han jugado y repartido la túnica del hombre de la calle y encima le han hecho pagar la madera donde le crujen y crucifican con la crisis.<br />
A propósito del ‘cojo Manteca’ decía Manuel Alcántara que un tiempo como el nuestro merecía un héroe como él. Llevaba razón, ¿pero qué modelo de héroe nos reserva la actualidad? No lo quiero ni pensar. Lo malo de las malas hierbas es que además de parasitar la buena cosecha enturbian el paisaje, afean la tierra común. ¡Cuánto tiempo perdido glosando las andanzas de quienes no merecen la atención pública!<br />
En su pelea con el mundo, señalaba Manuel Alcántara, ‘el cojo Manteca’ «enarbolaba sus muletas, que eran como la tizona y la colada de este campeador urbano y alcanzaba los más altos objetivos». Vocacional y solitario ‘kale borroka’, él atizaba a las farolas y a los escaparates a la luz del día, a cara descubierta, dejando clara la autoría del estropicio. Y además, como advertía en su ‘Réquiem por El cojo Manteca’ el maestro Alcántara, «desde Manolete nadie ha dado mejores muletazos por alto». ¿Pero qué dirán las crónicas futuras de estos héroes inversos de nuestros días si buena parte de sus obras transcurren en la sombra y únicamente buscan el medro personal?</p>
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		<title>Dioses e ídolos</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jun 2012 20:25:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace pocos años era lugar común la idea de que España, recién llegada a la democracia, no soportaría dos millones de parados sin que estallara una peligrosísima revolución social. La historia probó lo poco fundamentado de aquellos augurios. La situación socioeconómica general fue mejorando y hasta se llegó al deslumbramiento de que éramos más ricos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace pocos años era lugar común la idea de que España, recién llegada a la democracia, no soportaría dos millones de parados sin que estallara una peligrosísima revolución social. La historia probó lo poco fundamentado de aquellos augurios. La situación socioeconómica general fue mejorando y hasta se llegó al deslumbramiento de que éramos más ricos de lo que en realidad marcaba la caja de caudales.<br />
La crisis llegó para apagar la luz y ordenar que nos quitásemos el traje de fiesta. Durante mucho tiempo la esperanza colectiva, no la individual, se asentaba en opciones políticas teñidas de un fondo ideológico. De esa forma, había quienes confiaban en la derecha, con su amplio espectro de opciones; o en la izquierda, también con todos sus registros. Pero formulado aquel pronunciamiento de «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo estoy muy malito», la confusión, la mezcla, la homogeneización adquirió dimensiones casi bíblicas y desembocamos en una época en que determinar con precisión el espíritu ideológico de un partido resulta más complicado que secuenciar el genoma humano.<br />
No me refiero a eso de «todos los partidos políticos son iguales» sino a que cautivas y desarmadas todas las ideologías autoritarias, liquidados los viejos enfrentamientos de bloques, extendida la globalización, reducidos a contrapuntos pintorescos los movimientos ‘alternativos’ y consagrado el becerro de oro como único dios y los mercados como sus profetas, empieza a nublarse el horizonte. No es que todos los partidos sean iguales –que no lo son, aunque a veces lo parezca– es que los partidos se han convertido en  meros comparsas, en simples instrumentos, en personal menestral o de servicio de eso que podríamos denominar ‘el sistema’. Y el sistema trasciende las instituciones, los partidos, los países, las ideologías&#8230;. ‘El sistema’ es, no nos engañemos, la verdadera ideología de nuestro tiempo.  Decía Joubert que «unos quieren lo que es injusto; otros, lo que es imposible». Parece un diagnóstico escrito para estos días de incertidumbre. Millones de personas que han nacido y trabajan en sociedades aparentemente racionales, avanzadas, con vocación de justicia, se debaten entre la desesperanza y la pobreza porque la atmósfera tóxica de los mercados impone la implacable lógica de un ‘sistema’ para el que todavía no se ha encontrado antídoto.<br />
‘El sistema’ aspira a que nadie cambie, a que se consolide lo injusto de esta situación mientras que del otro lado del cristal aspiramos al ‘imposible’ de que esa fatalidad termine de una vez. La historia prueba que los padecimientos no son eternos. Lo sabía Juan de Mairena: «No hay mal que cien años dure ni gobierno que perdure». Antes, la esperanza en que se produjeran cambios que sirvieran de bálsamo a la sociedad se depositaba en los partidos políticos. La gente de derecha, en los de derecha, y la de izquierda, en los suyos. Sin embargo cambia la cosa. Imagino que ahora, por ejemplo, la arriesgada lucha de IU para retirar el crucifijo del salón de plenos del Ayuntamiento de Cáceres consuela a la vanguardia de la izquierda en la lucha por un mundo mejor.</p>
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		<title>Los cerditos y el lobo</title>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2012 19:46:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando yo era niño escuché muchas historias de las penurias que habían ensombrecido la larga postguerra y el ‘año del hambre’ en aquella Extremadura que empezaba a olvidarse del arado romano y la lentitud de los bueyes. Relatos de vecinas que llamaban, envueltas en la noche y el sigilo, a la puerta de alguna casa [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo era niño escuché muchas historias de las penurias que habían ensombrecido la larga postguerra y el ‘año del hambre’ en aquella Extremadura que empezaba a olvidarse del arado romano y la lentitud de los bueyes. Relatos de vecinas que llamaban, envueltas en la noche y el sigilo, a la puerta de alguna casa caritativa donde sabía que le podrían ofrecer algo de aceite, pan y un trozo de queso con que matar aquel día el hambre de su prole.<br />
Historias como las de esas familias que sobrevivían recogiendo cardillos y romazas. O las de aquellos niños que dejaban la escuela (a donde llegaba el queso y la leche americana) para ponerse a trabajar y echar una mano en casa. Gente que afrontó las adversidades de un tiempo difícil, que transitó el amargo camino de la emigración y que nunca perdió, sin embargo, la sonrisa ni la esperanza.<br />
Relatos que los niños escuchábamos con  cierta aprensión y quizás sin conocer muy bien el significado profundo porque en la patria de la niñez suele reinar la alegría del juego, de la amistad y no las congojas que oscurecen y gravan de responsabilidad a los mayores.<br />
Al igual que los turistas y los viajeros se sorprenden ahora de cómo se muestran felices, desprendidos, los niños de países pobres del Tercer Mundo, supongo que cuando yo era niño ocurría algo parecido, de manera que solo la mirada consciente de la edad nos hace recapacitar, ‘reinterpretar’ en blanco y negro, en tonos sepia, aquella realidad que vivimos con todos sus colores.<br />
La situación fue cambiando, o por lo menos la percepción que los muchachos teníamos de ella. Hasta el punto de que, alejados de la niñez, aquella insistencia en los ‘mandamientos’ del esfuerzo, del sacrificio, nos empezaba a sonar a batallitas de viejo: «Vosotros no sabéis lo que son necesidades y lo que valen las cosas», nos advertían los adultos una y otra vez, machaconamente, como si temieran que el tiempo y el progreso difuminaran en nuestra memoria el severo pasado de escasez y sacrificios.<br />
El ‘progreso’ acabó arrumbando el discurso de los abuelos y la histórica ley del péndulo funcionó de nuevo para varias generaciones, alimentadas ya por las ubres del estado del bienestar y la bonanza económica. Las historias de penurias y privaciones quedaron reducidas al ámbito del cine y de la literatura, nos parecían tan antiguas como  la Guerra de Cuba, ‘Lo que el viento se llevó’ o las canciones de Antonio Machín.<br />
El caso es que el estado del bienestar se parece a los chamizos del cuento de los tres cerditos y el lobo. Han bastado unos cuantos  soplidos de la fiera para tirar abajo el decorado. Y ahora tratamos de entrar en la casa de ladrillo y piedra del cerdito trabajador, pero no sé si nos va a dar tiempo antes de que nos zampe el lobo de los mercados&#8230;<br />
Estoy deseando situarme al otro lado del espejo. Cierro los ojos y me imagino cómo será el día en que nuestros descendientes pidan que no les relatemos las’ batallitas’ de aquella crisis que empezó en 2008 porque es la ‘prehistoria’. Deseo que llegue ese momento y, sobre todo, que la historia a contar no sea de ciencia ficción.</p>
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