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	<title>GRATIS TOTALdemocracia &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>La extinción de la realidad</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2021 13:39:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la primavera de 2017 Timothy Snyder publicó en España un libro de apenas 150 páginas y título revelador: ‘Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX’. Snyder, doctorado en Oxford, es titular de la cátedra Housum de Historia en la Universidad de Yale y autor de libros tan destacados como ‘Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin’, galardonado con el Premio Hannah Arendt de Pensamiento Político. Recuerdo que leí ‘Sobre la tiranía’ cuando la presencia de Trump en la Casa Blanca nos transformaba en espectadores forzados de una distopía inimaginable mientras en España sufríamos el desvarío separatista del ‘procés’, la gran extinción de la realidad. Concebido como un manual, Snyder encabeza cada capítulo con una advertencia: ‘No obedezcas por anticipado’, ‘Defiende las instituciones’, ‘Desmárcate del resto, ‘Cree en la verdad’&#8230;</p>
<p>Precisamente en el apartado ‘Cree en la verdad’ destaca: «Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes». ¿Les suena la letra?</p>
<p>En el terreno pantanoso de la demagogia y la desinformación, los más débiles llevan las de perder. Existe una generosidad primigenia consistente en regalarle zapatos al que va descalzo, pero hay otra forma de generosidad negativa que opera modificando el sentido de la realidad para que el desvalido llegue a creer, –con pleno convencimiento, dopado de delirio– que transita sobre los problemas sin necesidad de pisar el suelo&#8230; Engaños de banda ancha: desde las aspiraciones políticas fundadas en un principio arbitrario e imaginario (el “derecho a decidir”, por ejemplo) hasta la promesa de una bonanza económica en la que desaparecerían los estragos del paro, la enfermedad y los perros irían atados con longanizas.</p>
<p>Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000, reniega desde hace décadas de China, el país en el que nació pero cuyos dirigentes le obligaron a quemar una maleta con todos sus escritos y le condenaron a un campo de reeducación a labrar la tierra. En el otoño de 2017, este gigante moral autor de ‘La montaña del alma’, participó en Rumanía en un festival de literatura y traducción donde alertó públicamente de los peligros que acechan a las sociedades occidentales: «Estamos atrapados bajo el yugo de las ideologías del siglo XX. Y el verdadero problema es que esas ideologías devienen en dogma que no resuelve los problemas. Tomemos como ejemplo el marxismo, el comunismo, que se han vuelto una pesadilla. O el fascismo y el nacionalismo, que tienen efectos brutales. Ideologías que a pesar de todo no han sido derrotadas y que, como hemos visto, tristemente no caducan». Aparte de los peligros denunciados por Snyder y Gao Xingjian, otra amenaza se expande como un virus: confundir la verdad con la realidad, los hechos con el relato. Encima, en plena pandemia.</p>
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		<title>Sobre la duda y la falsedad</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jan 2021 12:55:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Aunque dudar es el principio de la sabiduría, como enseña Aristóteles, me parece que en la vida se premian antes las actitudes firmes, seguras, que las dubitativas o indecisas. Pronunciarse con convicción es el primer mandamiento de cualquier actividad social, desde la venta en el mercado a la declaración del político de turno. Hay expertos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque dudar es el principio de la sabiduría, como enseña Aristóteles, me parece que en la vida se premian antes las actitudes firmes, seguras, que las dubitativas o indecisas. Pronunciarse con convicción es el primer mandamiento de cualquier actividad social, desde la venta en el mercado a la declaración del político de turno. Hay expertos en comunicación que lo que recomiendan a sus pupilos es que se muestren convincentes, más allá de la relevancia o la veracidad de lo que digan. Igual que en aquellos mítines de la predemocracia en donde se aplicaba al pie de la letra las indicaciones del asesor: «Hable de cualquier cosa, aunque no le entiendan, pero dígalo con entusiasmo y deprisa».</p>
<p>Esa tendencia se ha exacerbado. ¿Quién no ha visto cómo proliferan en redes sociales e incluso en los informativos de radio y televisión esas peroratas ‘cantinflanescas’ en las que el ‘mensaje significativo’ consiste en un rostro conocido (de político profesional, generalmente) interpretando una sucesión acelerada de lugares comunes o mantras partidistas? Si le quita el sonido a la pantalla, cualquier espectador habituado a tales intervenciones no se perdería nada, pues conociendo a qué formación política pertenece, intuiría de inmediato el sentido de su palabras.</p>
<p>Antes de la globalización y de la expansión de la Red, quienes trataban de informarse y acceder a opiniones plurales en los países democráticos, solían hacerlo a través de discursos, libros, artículos, debates… donde el propio formato (el medio es el mensaje, avisó McLuhan) favorece una actitud crítica que no impone ni dogmatiza, sino que deja espacio para las dudas razonables. Ahora, –en plena orgía de los populismos– en vez de mensajes extensos y elaborados, a las audiencias se las regala el oído con la matraca de los argumentarios, las consignas y el ingenio de ja, ja, ja en las redes sociales. En puridad, reclamos propagandísticos, cohetería que chisporrotea y se disipa al instante como pompas de jabón. La espuma de la ola.</p>
<p>Esta semana hemos vivido un caso paradigmático de lo nociva que puede llegar a ser, por ejemplo, la estrategia de quien no duda en equiparar a Puigdemont con los exiliados republicanos durante el franquismo, y encima, cuando se le advierte de lo injusto de su creencia, se niega a rectificar&#8230; La demagogia del oportunismo que asoma la cabeza para ganar cuota de visualización. A mí me parece, sin embargo, que cada vez resultan más repudiables esos representantes públicos que sueltan el rollo, al margen de la verdad o de la razón, atendiendo exclusivamente al propio rebaño y al tacticismo mediático; esos a quienes en la calle definen con un sintagma sencillo: les da igual ocho que ochenta. Confío, no obstante, en la vigencia de la conocida advertencia de Abraham Lincoln: «Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Tiempo al tiempo.</p>
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		<title>Espíritu crítico</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Dec 2020 12:23:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Un reproche habitual a cualquier sociedad atrasada económicamente es su tendencia a la pasividad, su escaso dinamismo, su falta de iniciativas innovadoras, aunque en ocasiones el atraso no quepa atribuirlo precisamente a la desidia oficialista, sino al revés: a un exceso de proteccionismo que en vez de promover el desarrollo, lo anestesia. Cuando una sociedad [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un reproche habitual a cualquier sociedad atrasada económicamente es su tendencia a la pasividad, su escaso dinamismo, su falta de iniciativas innovadoras, aunque en ocasiones el atraso no quepa atribuirlo precisamente a la desidia oficialista, sino al revés: a un exceso de proteccionismo que en vez de promover el desarrollo, lo anestesia.</p>
<p>Cuando una sociedad está recibiendo ayudas y subvenciones de forma continua, se zancadillea el valor del esfuerzo, el espíritu de sacrificio, la cultura del compromiso; en ese sentido, las subvenciones –no hablo, claro está, de ayudas ‘incuestionables’– acaban siendo caramelos envenenados, trampas paralizantes donde tan solo prende, a medio o largo plazo, la semilla del fracaso y la frustración.</p>
<p>A cualquiera se nos vienen a la cabeza ejemplos en los que dicha estrategia desemboca en cepo mortal para proyectos empresariales que no resultaron viables por su condición enclenque, falta de músculo creativo o nulas perspectivas de futuro. Modelos en los que la supervivencia estaba ligada desde sus inicios a la concesión de ayudas concebidas como maná, premios para cazadores de subvenciones, no como impulso y estímulo. En el peor de los casos, simples dádivas clientelares.</p>
<p>Al igual que sucede en el ámbito estricto de la economía, yo creo que en el plano político se da también un ‘exceso’ de subvenciones que debilita la fortaleza ciudadana y moral. ¿Cuándo se produce ese fenómeno? En mi opinión, cuando el hombre de la calle se desentiende del compromiso que exige la práctica democrática y se limita a votar cada equis años, contentándose con el ‘obsequio’ de una actividad política pasiva; es decir, un encargo cuya función principal consiste en compartir sin rechistar las ideas de los suyos, odiar o menospreciar las ideas de quienes no piensan como ellos o, incluso, odiar, menospreciar e ignorar al resto de adversarios políticos. Por si fuera poco, lo que el hombre de la calle percibe desde esa ‘caverna de Platón’ no son debates racionales, controversias académicas o discusiones civilizadas; lo que encuentra a diario es el pandemónium de la política de declaraciones; el seguidismo que marca el gabinete correspondiente con el descaro cínico de quien defiende un único lema tatuado en la memoria: El que venga detrás que arree. Mi futuro soy yo.</p>
<p>Por eso, ante situaciones políticas enturbiadas, quizás lo primordial sea cultivar el espíritu crítico y las actitudes abiertas, sin sectarismo, racionales y realistas; recordando la vieja máxima de Joubert: «Los que nunca varían de opinión se aman a sí mismos más que a la verdad». Y en el plano de la economía, apostar por la voluntad transformadora, por la innovación y el talento. «La oscuridad nos envuelve a todos», decía Anatole France, «pero mientras el sabio tropieza con una pared, el ignorante está tranquilo en el centro de la estancia». Los sabios imprescindibles son los que se mueven, se sacrifican e innovan; no quienes aguardan –indolentes en mitad de la estancia– el maná de la subvención.</p>
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		<title>La hemeroteca de Babel</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2020 19:17:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Reconozco que estos días en que vislumbramos la luz al final del túnel, quizás lo más interesante no sea cuándo y cómo concluirá definitivamente la ‘anormalidad’ de la pandemia, sino las conclusiones de los estudios sobre nuestro pesimismo y resiliencia ante la crisis. Comprobar si es cierto aquello de la filosofía griega: el carácter es [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Reconozco que estos días en que vislumbramos la luz al final del túnel, quizás lo más interesante no sea cuándo y cómo concluirá definitivamente la ‘anormalidad’ de la pandemia, sino las conclusiones de los estudios sobre nuestro pesimismo y resiliencia ante la crisis. Comprobar si es cierto aquello de la filosofía griega: el carácter es el destino, –en el caso de que pueda hablarse del carácter de un país, de una nación– porque según Julián Marías «los españoles creemos automáticamente, a pie juntillas, todo lo que puede desalentarnos» y en especial, me parece a mí, cuando lo que se enjuicia es justamente nuestro nivel de autoestima, nuestra opinión al mirarnos en el espejo de la historia nacional, ese desaliento derrotista que refrenda el título famoso de Sánchez Dragó: ‘Y si habla mal de España… es español’.</p>
<p>Acaban de regalarme el libro ‘Rubalcaba. Un político de verdad’, de Antonio Caño, periodista y ex director de ‘El País’. En sus páginas se traza el retrato de un verdadero hombre de Estado, químico de formación, que sirve durante treinta años a la democracia y quien al despedirse de la política activa regresa a su casa de siempre y a su trabajo en la universidad. Un retrato poliédrico elaborado a partir de las voces y testimonios de múltiples amigos y colaboradores que concluyen, sin embargo, en un reconocimiento unánime: a la hora de elegir, Alfredo Pérez Rubalcaba anteponía el Estado, en segundo lugar el partido y en último, él. Nada de arribismo y jamás deslealtad.</p>
<p>Una vez superado el trance del maldito virus, el problema acuciante que tendrán que abordar nuestros responsables políticos –el dinosaurio de Monterroso sigue ahí– es la gobernabilidad de un Estado con fuerzas centrífugas cada vez más aceleradas. En ese sentido me parecen reveladoras las palabras de Antonio Caño cuando en una entrevista en ‘El Mundo’ le preguntan por las diferencias entre el PSOE de Rubalcaba y el de Sánchez: «El PSOE ha estado siempre en la izquierda, pero la izquierda solidaria, por el progreso, la igualdad, la justicia. La del PSOE es la izquierda antinacionalista y antiidentitaria, que está por los ciudadanos, no por las identidades».</p>
<p>Sea o no cierta esa máxima que se atribuye a Napoleón: «Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos», todos sabemos que en la era del populismo, la digitalización y las mentiras, contradecirse y engañar sin recato son acciones que no se penalizan en la urnas, quizás porque es sabido que, a la velocidad con que se suceden los mensajes y transcurrido el tiempo, nadie, ni siquiera una hipotética hemeroteca de Babel, podría recordárnoslo con una advertencia y una campanita. Ahora vale cualquier afirmación. Cuando a una vieja conocida le reprochaban que incurriera en contradicciones y cambios de criterio, siempre argumentaba como justificación de la misma forma: «Me cago en todo lo que he dicho». Y a navegar.</p>
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		<title>Pitas, pitas, pitas</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2020 08:24:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No estoy de acuerdo con quienes consideran que uno de los grandes problemas de nuestra época son las redes sociales, donde cualquiera se erige en altavoz de sus propias paparruchadas, como advirtió Umberto Eco: «le conceden el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No estoy de acuerdo con quienes consideran que uno de los grandes problemas de nuestra época son las redes sociales, donde cualquiera se erige en altavoz de sus propias paparruchadas, como advirtió Umberto Eco: «le conceden el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad, y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel». Con la pandemia, me temo, la situación es incluso peor que cuando vivía Eco, pues entonces perduraba la alternativa del parlanchín espontáneo, mientras que ahora no se permite a nadie acercarse a la barra y además se recomienda mascarilla permanente y no hablar en voz alta. Siniestro total.</p>
<p>En cualquier caso, el problema de las redes sociales no es tanto de calidad –lo diga Agamenón o su porquero– sino cuantitativo. «Por bien que se hable, cuando se habla demasiado, se acaba siempre diciendo tonterías» (Alejandro Dumas), que es una manera elegante de reformular el viejo adagio castellano «Quien mucho habla, mucho yerra». Frente a los medios de comunicación impresos o digitales que aspiran a un pluralismo ‘equilibrado’ y ofrecen información contrastada y opiniones libres, las redes sociales han abonado el crecimiento exponencial de una ‘selva’ tupida de cuentas y sitios web cuyo principal y único fin son la multiplicación del caos (a río revuelto, ganancia de pescadores), la manipulación sostenida, la propaganda tenaz y la posverdad. El imperio del odio, de los bulos y del disparate; factorías donde los ‘bots’ políticos funcionan a destajo.</p>
<p>Lo inquietante es que cada vez más ciudadanos escojan la visión mediatizada del mundo que genera las redes sociales. Llevando sus anteojeras, recurriendo a sus ‘filtros’, se hacen imposibles realidades complejas, poliédricas, con matices. Sin el contrapeso de otras fuentes de información y opinión, únicamente disponemos de un ventanuco con cristal monocolor para mirar la vida.</p>
<p>Sin embargo, insisto, las redes sociales creo que no constituyen por sí mismas un problema irresoluble. Igual que el cuerpo humano aprende a inmunizarse frente a los virus que le atacan, la sociedad también va aprendiendo a ‘convivir’ con el riesgo y los contagios que ellas provocan. Y de igual forma que los panfletos y libelos perdieron históricamente virulencia a medida que la población se consideró mejor informada y proclive a opiniones más plurales, nuestra sociedad está aprendiendo a ‘vacunarse’ contra los excesos de la propaganda y del populismo, contra la ‘dinamita pa los pollos’. Es cierto que algunos episodios parecen desmentir dicha tendencia. Episodios como los protagonizados por Trump, quien el último día de campaña recurrió a su cuenta de Twitter en 75 ocasiones para que un ejército de fieles multiplicara al instante sus falsedades sobre los comicios, según contaba ayer en estas mismas páginas Luis Anarte. La gota de agua horada la roca no por su fuerza, sino por su constancia. Pero también hay caudales que pueden cortarse.</p>
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		<title>De &#8216;Patria&#8217; a &#8216;Nuestros chicos&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2020 08:10:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estos días que la serie ‘Patria’, basada en la genial obra del escritor Fernando Aramburu, devuelve a la memoria colectiva los estragos y la devastación –física y moral– que propiciaron durante décadas el terrorismo etarra en España, he recordado también otra serie televisiva de HBO estrenada el año pasado: ‘Our Boys’ (‘Nuestros chicos’), un drama [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estos días que la serie ‘Patria’, basada en la genial obra del escritor Fernando Aramburu, devuelve a la memoria colectiva los estragos y la devastación –física y moral– que propiciaron durante décadas el terrorismo etarra en España, he recordado también otra serie televisiva de HBO estrenada el año pasado: ‘Our Boys’ (‘Nuestros chicos’), un drama que recrea la investigación emprendida por los propios servicios de seguridad de Israel tras el asesinato de un adolescente palestino por jóvenes israelíes extremistas en lo que, aparentemente, era una venganza por el previo secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes a manos de terroristas de Hamás. Acción y reacción.</p>
<p>No pretendo juzgar ahora las razones o motivos del enfrentamiento histórico entre Israel y Palestina. Respecto a aquella serie, lo que de verdad llamó mi atención fue la manera en que desentrañaba y reflexionaba sobre los mecanismos que sustentan el terrorismo. Me refiero a la explicación psicológica acerca de cómo –y sobre todo de por qué– una mente sana puede transformarse en la mente de un asesino.</p>
<p>Es sabido, como demuestra ‘Patria’, que no se trata de meros ‘lavados de cerebros’, propios de sectas o entidades fanatizadas. En ese proceso operan factores personales, familiares, comunitarios… vinculados antes que al desarrollo económico de un determinado país, a la degradación moral de la propia sociedad y de algunas de sus instituciones. Ámbitos donde te empujan a mirar para otro lado por miedo o por interés.</p>
<p>En el caso de ‘Nuestros chicos’, la investigación se centra en los familiares del adolescente palestino asesinado y sobre todo en el entorno de un rabino y de los asistentes a una ‘yeshiva’ (escuela talmúdica).</p>
<p>La noche en que el joven extremista, alumno de la ‘yeshiva’ y un tío suyo, recorren en automóvil la ciudad, buscando a cualquier chaval palestino que encuentren a su paso, se produce uno de los momentos decisivos de la historia. Tras un primer intento fallido, el tío reconviene al sobrino por no haberse atrevido a ejecutar la acción: «Compadecerte de ellos es una debilidad», le advierte. «El miedo es otra cosa, pero tienes que superarlo», concluye el tío. Esas palabras me parece que revelan algunos de los axiomas básicos de toda mentalidad terrorista. Entre otros, resumen el rechazo profundo, radical, innegociable, a cualquier posibilidad de empatía y menos aún de compasión. De esta forma, «compadecerte de ellos es una debilidad» se convierte en una especie de primer mandamiento del extremismo, en el dogma supremo para aquellos que fundan su apuesta en el odio, en el desprecio al otro, a quienes no son ‘de los nuestros’.</p>
<p>Los españoles de cierta edad que guardan memoria de esa devastación tan fidedignamente reflejada en ‘Patria’, saben bien las consecuencias que acarrean el odio y la intolerancia extremista. ¿Mi esperanza? Que se recuerde asimismo lo que hace veinte siglos advirtió Cicerón: «De humanos es errar y de necios perseverar en el error». La historia como maestra.</p>
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		<title>Una entrevista</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Sep 2020 07:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Víctor Pérez Díaz]]></post_tag>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Quienes conocen bien el valor de las argumentaciones políticas sostienen que no hay debate con enjundia si, a las primeras de cambio, alguno de los ponentes apela al consabido caso del nazismo y subraya –con énfasis, por supuesto–, que Hitler conquistó el poder a través de una elección democrática. Aquella ‘anomalía’ de la Alemania del Tercer Reich no invalida la primogenitura del sistema democrático sobre todos los demás sistemas. En esa batería de razonamientos se inscribe también la famosa ‘boutade’ de Borges: «Para mí la democracia es un abuso de la estadística». Yo creo que cuando se parte de argumentaciones tan anémicas, cuando la calculadora trabaja sólo con unos pocos decimales, el resultado final necesariamente es erróneo, inservible. Guisos de populismo y sal gorda.</p>
<p>Hace unos días, César Coca publicaba en los periódicos regionales de Vocento, una magnífica entrevista con el catedrático de Sociología Víctor Pérez Díaz, doctor en Derecho y Ciencias Políticas por la Complutense, doctor en Sociología por Harvard y profesor visitante en universidades tan prestigiosas como Nueva York, Harvard, California o el MIT de Massachusetts. En la primera pregunta, Coca plantea lo siguiente: «La imagen de la clase política es, por encima de cualquier otra consideración, la de una gran división. ¿Está también dividida la sociedad española?». La respuesta de Víctor Pérez Díaz no deja lugar a dudas: «La sociedad española está mucho menos dividida o polarizada de lo que está la clase política, y de lo que, en general, reflejan los medios y los comentaristas en el espacio público. Algo parecido sucede en todo Occidente. Aunque la opinión política, mediática, y académicamente correcta suele ser la contraria, en realidad, las gentes del común suelen tener unos sentimientos identitarios más complejos, y su modo de estar en el mundo es más abierto a probar y a experimentar, y son más capaces de escuchar, que sus élites».</p>
<p>En este tiempo en que los gabinetes de comunicación política se empeñan de manera insistente en cultivar la idea de la polarización, de la división radical en bloques irreconciliables, ‘por el interés te quiero Andrés’, esa respuesta del catedrático Víctor Pérez Díaz me parece que es el mensaje más estimulante y esperanzador que puede recibir el españolito de a pie; es decir, la inmensa mayoría a la que denominamos sociedad civil. Por tanto, aunque a veces creamos ser víctimas de la propaganda o de la confusión partidistas, de los argumentarios y clichés que ‘declaman’ los políticos, en opinión de Pérez Díaz no es así, pues «la mayor parte de la gente vota sin entusiasmo, pero no se deja engañar», «incluso cuando parece que vota por meros sentimientos, utiliza bastante el sentido común». Confío en que la ‘sensatez’ demostrada por los españoles en las últimas décadas dará sus frutos frente a unas élites políticas alicortas en sus aspiraciones y, en general, poco generosas con el adversario, al que siguen mirando como enemigo de clase –o de partido–, antes que como simple conciudadano o compatriota.</p>
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		<title>La prisa y la desgracia</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jul 2020 07:05:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[La Covid 19 se ha convertido en el centro de nuestras vidas. Y la mascarilla en su bandera. Además de las previsiones meteorológicas, hay que estar pendiente de las disposiciones autonómicas sobre la obligatoriedad de su uso si viajas fuera de tu región. Imagino que lo inmediato será recurrir a nuevas aplicaciones tecnológicas para conocer [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Covid 19 se ha convertido en el centro de nuestras vidas. Y la mascarilla en su bandera. Además de las previsiones meteorológicas, hay que estar pendiente de las disposiciones autonómicas sobre la obligatoriedad de su uso si viajas fuera de tu región. Imagino que lo inmediato será recurrir a nuevas aplicaciones tecnológicas para conocer en tiempo real si uno se encuentra próximo a cualquier potencial foco de contagio o a salvo, sin amenazas cercanas.</p>
<p>Igual que invade los resquicios de nuestra cotidianidad, la Covid-19 planea también sobre la vida política. No solo cuando miramos al pandemonio catalán, sino al analizar las recientes elecciones en Galicia y en el País Vasco. Todo es Covid-19, desde el debate sobre el estado de la región en Extremadura hasta las incertidumbres que acechan a la economía española durante la cumbre de la UE este fin de semana. El Covid-19 es la pandemia. La razón de nuevos hallazgos e investigaciones: «Los anticuerpos generados por las llamas logran, en pruebas de laboratorio, neutralizar al coronavirus, según ha puesto de manifiesto un estudio llevado a cabo por investigadores del Instituto Rosalind Franklin, la Universidad de Oxford, Diamond Light Source y Public Health England (Reino Unido)», informa Europa Press. Más madera.</p>
<p>Supongo que la Covid-19 planea también sobre el desplome de Podemos; sobre la concesión por la Generalitat del tercer grado penitenciario a los condenados del ‘procés’; sobre las transferencias millonarias del Rey emérito desde paraísos fiscales. Planea, desde luego, sobre las recomendaciones oficiales del Real Madrid para que los aficionados –en el caso de ganar la Liga esta misma noche del jueves– no acudan a los tradicionales lugares de celebración, «especialmente a la plaza de Cibeles», porque todos, añade el comunicado del club blanco, «debemos contribuir, como hasta ahora, con absoluta responsabilidad a evitar riesgos de contagio de la pandemia». ¿Alguien estaba pensando en el 8-M?</p>
<p>En realidad, sobre la Covid-19 lo que planea desde hace tiempo –tal vez desde que a finales de enero la OMS declaró la alerta sanitaria internacional–, es el dilema, la contradicción, entre salud y economía. Entre la bolsa o la vida. Después cabe extraer en la operación todos los decimales que se quiera. Hay un proverbio ruso que resume sabiamente esa paradoja: «Si vas de prisa, alcanzas la desgracia; si vas despacio, es la desgracia la que te alcanza a ti». Si olvidamos los peligros del bicho, si bajamos la guardia, el virus nos da caza; si nos excedemos en la prevención y en el aislamiento, la economía se va al garete y nosotros detrás…</p>
<p>¿Qué hacer? Yo creo que afrontar el riesgo con prudencia pero sin angustia; cumplir las recomendaciones sanitarias (lavado de manos, distancia de seguridad, mascarilla) y recordar aquello tan sabido: los más peligrosos suelen ser los más tontos, mientras que los más sensatos son quienes demuestran civismo y dignidad. ¿El resto? Algo de buena suerte, mi buen Yorick.</p>
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		<title>Mantras, mentiras y sofismas</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jul 2020 07:19:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Creo que uno de los síntomas más ilustrativo de nuestro tiempo es la rapidez con que se olvidan los mensajes políticos. Es tal avalancha y el ritmo con que se desvanecen esos mensajes, esencia del populismo, que nadie sabe con certeza si responden a una estrategia coherente o son mera contradicción, fruto a la vez del azar y de la necesidad. Cuando da igual ocho que ochenta. Tronchos o berzas. Cuando Trump proclama tan campante que podría pararse en mitad de la Quinta Avenida para disparar a la gente «y no perdería votantes». Cuando la izquierda, el centro, la derecha, la extrema derecha, la extrema izquierda, el nacionalismo moderado y el independentismo supremacista dicen una cosa y la contraria, según sople el viento electoral. Y lo proclaman, claro está, sin ruborizarse, con la desfachatez de quien sabe, como Trump, que también ellos podrían disparar a la gente –metafóricamente, claro– y no perderían votantes…</p>
<p>Sin embargo, para mí lo escandaloso no está en la facilidad con que algunos líderes políticos –en la apoteosis populista que padecemos– mienten sin empacho, tergiversan y se contradicen; para mí lo escandaloso es que la sociedad no ‘penalice’ esas actitudes y, si atinan las encuestas sobre intención de voto, a la hora de acudir a las urnas resulte indiferente que en vez de mensajes hayas recibido trolas; en vez de razones, cohetería emocional, y en lugar de argumentos y hechos: consignas, propaganda a casco porro y yesca al mono hasta que aprenda a parlotear.</p>
<p>Decía el escritor Robert Nathan que «no hay, en nuestro planeta, distancia más remota que el ayer». Desgraciadamente, lo terrible, lo descorazonador es que el hombre de la calle parece cada vez menos ‘autónomo’ respecto al debate político, como si hubiera devenido en un simple terminal anónimo, impersonal, en una «fórmula famélica de masa», con palabras de César Vallejo. Quiero decir que, a mi entender, la estrategia partidista habitual en España, el ‘dirigismo’ político, resulta cada día más abrumador, más acelerado y menos reflexivo. ¿Memoria, para qué? Al ciudadano se le percibe básicamente como un simple votante al que hay que ‘remodelar’ a través del bombardeo masivo de mantras, manipulaciones, mentiras, sofismas, demagogia e incoherencias que las redes sociales y los altavoces mediáticos partidistas se encargan de multiplicar.</p>
<p>Con un panorama político cada vez más segmentado, polarizado y volátil, lo primero que advertirán los gurús a sus respectivos líderes es que, visto lo visto, no hace falta que el ciudadano visualice un programa, ni tampoco que reconozca unos principios ideológicos o una aspiración generacional. Esas cosas ocurrían en tiempos de la ‘política antigua’. Ahora, con la ‘nueva política’, sin embargo, el planteamiento es sencillísimo: basta y sobra con que los futuros votantes tengan claras unas siglas, dos o tres mantras y su fe de catecúmenos (cada uno la que le corresponda). Más algo de escenografía: iconos electorales y sobredosis de emoción en vena. Ruido y furia.</p>
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		<title>Pues que me gustó&#8230;</title>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2020 07:20:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Jaime Casillas]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[Durante el otoño de 1981 yo pasé un par de semanas en México, D.F. con el mejor y más divertido ‘cicerone’ que pude soñar jamás: el director de cine Jaime Casillas (1936-2008), un personaje de inteligencia locuaz y cordialidad apasionada y divertida. Creo que me referí a él en otra ocasión con motivo de las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante el otoño de 1981 yo pasé un par de semanas en México, D.F. con el mejor y más divertido ‘cicerone’ que pude soñar jamás: el director de cine Jaime Casillas (1936-2008), un personaje de inteligencia locuaz y cordialidad apasionada y divertida. Creo que me referí a él en otra ocasión con motivo de las visitas al bar librería ‘El Parnaso’ de Coyoacán. Hoy me viene a la memoria su figura por una anécdota que ilustra claramente la cuestión de la que quiero hablar. En bastantes de los desplazamientos por la capital mexicana y alrededores era Jaime quien conducía su propio coche. Pero aquellos días viajamos también con otro mexicano, Carlos, que hacía las veces de conductor. Después de una intensa jornada en la que desayunamos y comimos todos juntos, por la tarde noche nos dirigíamos al hotel en el que me alojaba. Carlos aceptaba sin inmutarse los ‘Ducados’ –que eran los cigarrillos que yo llevaba de España– hasta el extremo de que Jaime Casillas, mosqueado y en parte avergonzado porque el conductor nunca ofrecía tabaco ni le habíamos visto fumar otro que no fuera el mío, le pregunta:</p>
<p>–Carlos, ¿usted qué fuma?</p>
<p>–Marlboro, –responde él.</p>
<p>–¿Y cómo fuma este, que es como un insecticida? –insiste Jaime.</p>
<p>–Pues que me gustó…</p>
<p>Compartir ha sido siempre un verbo de prestigio. Acaso porque compartir es sinónimo de generosidad y figura grabado en el ADN de aquellos antepasados remotos que sobrevivieron –uniendo esfuerzos– en la noche de los tiempos. Desde una perspectiva más prosaica, sin embargo, hay quien se niega a conjugar el verbo compartir en la primera persona del singular del presente de indicativo. Son esos a los que popularmente tachamos de tacaños. «‘Doy tabaco a todos los que veo’ y cerraba los ojos», era la forma humorística de caricaturizar a tales especímenes cuando el hábito del tabaco tenía un componente social similar al de tomar cañas con los amigos e invitar a la ronda que te toque. No ir de gorrón, no beber de gañote.</p>
<p>Más allá de las bondades o defectos de algunos productos a ‘compartir’, a mí lo que me resulta inquietante ahora (en plena apoteosis de los nacionalismos) es la falta de compromiso, el egoísmo radical que se percibe actualmente en España. Ese ir cada uno a las suyas, dando por hecho que a mí únicamente me corresponde aprovechar lo que ofrezcan otros, pero guardando a buen recaudo lo mío para mí. «Pues que me gustó», sin más, que diría el tal Carlos. Me preocupa la tacañería –económica y espiritual– de quienes se sienten cómodos con su ‘política de campanario’ (grande o chico, de extrema izquierda o de extrema derecha), ignorando a la vez que en este barco navegamos todos. La generosidad aquí, siguiendo con la anécdota de los cigarrillos, consiste en compartir con desinterés nuestro propio tabaco, no que el conjunto de los españoles fume forzosamente los de una marca.</p>
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