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	<title>GRATIS TOTALenseñanza &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Don Donato y Tartarín</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jul 2015 19:47:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En mis años de estudiante en Trujillo nos daba clase de francés en el instituto un profesor, don Donato De la Horra, al que debo entre otras cosas el descubrimiento de esa obra maestra que es ‘Tartarín de Tarascón’, de Alphonse Daudet y algunas lecciones vitales a las que me referiré más adelante.<br />
Don Donato era uno de aquellos profesores de estilo machadiano, de caminar pausado, fiel a sus bares y a un gabán marrón que en mi recuerdo forma parte de su indumentaria como si fuera otra más de sus señas de identidad. De natural bondadoso y tolerante, siempre me transmitió la impresión de un hombre que miraba la vida desde la atalaya de quien conoce el valor de la ironía y también del descreimiento.<br />
Esta semana en que se ha convertido en noticia mundial la caza del león ‘Cecil’, enseguida han venido a mi memoria las andanzas de Tartarín de Tarascón y su caza del león en el Atlas. Pero antes que esos lances terribles de enfrentarse al peligro de la fiera que ruge, lo que he recordado son los descacharrantes episodios de la afición cinegética dominical  de los tarasconeses, quienes dada la ausencia total de piezas de pelo o de pluma a las que disparar, formaban partidas con sus perros, sus morrales y sus escopetas para después quitarse la gorra cada uno, lanzarla al aire con todas sus fuerzas y disparar «al vuelo con perdigones del cinco, del seis o del dos, según se haya convenido».  Y prosigue Daudet: «El que da más veces en su gorra queda proclamado rey de la caza, y por la tarde regresa en triunfo a Tarascón, con la gorra acribillada colgada del cañón de la escopeta, entre ladridos y charangas».<br />
No me extraña que en algunas regiones españolas donde se ha esquilmado la caza los Tartarines de turno acaben imitando a los cazadores de Tarascón y desquitándose contra sus gorras o contra algún otro objeto volandero. Supongo que han desaparecido para siempre aquellos veranos legendarios en los que era posible que un solo cazador durante el rato de la siesta se colgara cuarenta o cincuenta o sesenta tórtolas comunes. Yo conocí aquellos días en las paredes de los Carrascos, muy cerca de Ibahernando, o entre Robledillo de Trujillo y Santa Ana, unos pasos de tórtolas privilegiados hasta los que llegaban incluso cazadores de Portugal cuyos cartuchos ingleses los niños buscábamos y recogíamos después como tesoros de coleccionista. Era desde luego una Extremadura con miles de hectáreas sembradas de trigo, cebada y centeno y encinares y alcornocales sin amenazas de la ‘seca’.<br />
Y basta de caza, que no pretendo convertir esta columna en un manifiesto procinegético ni en una retrospectiva ‘alabanza de aldea’. A quien quiero evocar hoy es a don Donato De la Horra. Recuerdo que un día, poco antes de los exámenes finales de junio,  ofreció la lección, hizo algunas anotaciones en el encerado y nos puso los deberes de costumbre: textos en francés para traducir. Pero antes de acabar la clase nos dio un consejo que he recordado toda mi vida: «Estudien y aprovechen el tiempo porque yo en el examen final no les voy a suspender, pero si no estudian les va a suspender la vida».</p>
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		<title>A la luz de la pintura</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Mar 2013 20:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace pocos días visité en Madrid una doble exposición organizada por la Fundación Mapfre sobre los ‘Impresionistas y postimpresionistas’, con obras maestras del Museo D’Orsay, y otra titulada ‘Luces de bohemia’, acerca de la presencia de los gitanos en el arte y la definición del mundo moderno. No quiero abordar aquí la emoción que produce contemplar de cerca un puñado de cuadros de Van Gogh –entre ellos alguno de sus incontables autorretratos–, las genialidades del Cézanne de ‘Bodegón con cebollas’ o varias obras fundacionales de Monet, Renoir, Toulouse-Lautrec, Signac, Gauguin o Pisarro. No quiero tampoco aburrirles subrayando el placer que produce la contemplación de otras muchas obras maestras (desde el ‘Autorretrato ante el caballete’ de Goya, que parece pintado ahora mismo, hasta ‘Un par de botas’, de Van Gogh, o el pequeño autorretrato a tinta china de Baudelaire) entre otros motivos porque ambas exposiciones (con entrada gratuita) permanecen abiertas en las Salas Recoletos hasta el 5 de mayo.</p>
<p>De lo que quiero hablarles es de dos aspectos, quizás anecdóticos, que descubrí durante el recorrido por las muestras. Pongámonos en situación. Visitantes desfilando ante los cuadros y que pocas veces se detienen. Pero ante alguna de las obras, una joven profesora sienta a un grupo de ocho o diez niños de primaria y les adentra, con preguntas y sugerencias muy inteligentes, en la atmósfera y el universo del  cuadro elegido. Qué envidia, pienso para mí, acceder a la comprensión y al disfrute del arte mediante esa vía. A ratos el verdadero espectáculo es el círculo que forman la profesora y sus pequeños alumnos. Muchos espectadores lo confirman siguiendo, embobados, las explicaciones de la maestra y las respuestas, llenas de ingenuidad y también de sentido común de los pequeñajos.</p>
<p>Segundo acto. Al fondo de unas de las salas, el famoso cuadro <a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Henri_Fantin-Latour_005.jpg" target="_blank">‘Un rincón de mesa’, de Henri Fantin-Latur</a>, cubre casi toda la pared. A la izquierda, en la parte inferior, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud parecen mirar, ajenos al grupo, sus propios pensamientos. Tal vez el ensimismamiento de los geniales y  ‘malditos’ poetas franceses me induce a plantearme otras preguntas. ¿Por qué ha desaparecido el motivo ‘retrato de grupo literario’ en la pintura contemporánea? ¿Por qué los pintores siguen pintando por ejemplo marinas, bodegones o praderas con montañas y pajaritos pero ya no pintan a escritores o a artistas formando un grupo? ¿Después de ‘La tertulia del Café Pombo’ de Gutiérrez Solana, ha desaparecido el género, al menos en España? ¿La liquidación hay que atribuírsela a la popularización de la fotografía o a la imposibilidad de reunir a más de dos escritores hermanados para la posteridad? Exceptuando alguna inusual fotografía en los reportajes ‘generacionales’ que a veces publican los suplementos literarios de los periódicos, no recuerdo ninguna imagen contemporánea que pueda equipararse a ‘Un rincón de mesa’ de Fantin-Latur. Sigo con mis cavilaciones. Tengo que preguntar por el asunto a mis amigos escritores y pintores. Igual pueden aclarármelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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