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	<title>GRATIS TOTALespaña &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Davos y el penalti</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Feb 2021 12:39:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El periodista Antonio Barquilla escribe últimamente lo que él denomina ‘crónicas de ficción’ que nos envía por internet a un grupo de amigos. Como experimentado reportero, curtido en el afán de ‘tomarle el pulso a la calle’, las crónicas de Barquilla son como los medicamentos de amplio espectro: actúan contra muchos tipos de bacterias y resultan eficaces para el tratamiento de infinidad de infecciones; quiero decir que por sus columnas desfilan los problemas de la política nacional e internacional, el desafío del paro juvenil, el calvario de los autónomos, los estragos de la pandemia, la insensatez de algunos representantes políticos, la evasiva frivolidad de ciertos programas televisivos, el triunfo de los evasores de impuestos, la corrupción generalizada y hasta los planes de Davos. Él ha bautizado sus columnas como ‘crónicas de ficción’, pero creo que ficción funciona ahí solo como un adjetivo que sirve de burladero a Barquilla para restar solemnidad a lo que escribe, para blindarse contra el engreimiento de creerse en posesión de la verdad. De ahí también el humor, los guiños al escepticismo, la bonhomía.</p>
<p>A mí me gustan particularmente sus artículos porque entremezclan las cuitas del desayuno y los paseos (cuando se puede) con los amigos, porque eluden siempre los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa y, sobre todo, porque no añaden tenebrismo al de por sí inquietante panorama actual. Sin embargo, reflexionando sobre las reuniones que celebran el G-7, el club Bilderberg o los foros de Davos, Barquilla describe de una forma que empieza a preocuparme en qué consiste ‘el partido vital’ que el futuro nos reserva a los españoles: «Hasta los 60 años, juegas la primera parte; de los 60 a los 70, estás en la segunda parte del partido; de los 70 a los 80, disputas la prórroga, y a partir de los 80, cada día te tiran un penalti. Hasta que llega el gol. Y kaput». En lo relativo a dichos tramos vitales, me parece que su optimismo sale malparado, pues probablemente los 60 años de antes equivalen ahora –por lo menos– a los 80 años, de ahí que España gozara antes de la pandemia de una esperanza de vida de 85,8 años de media, la mayor del mundo, seguida de cerca por Japón, con una décima menos. Es obvio que el marcador vital no ha dejado de darnos alegrías hasta parecernos remotas aquellas palabras de Pío Baroja: «Los que conocen el corazón humano dicen que la edad más romántica, más cándida, más llena de ilusiones para el hombre son los cincuenta años».</p>
<p>Es verdad que Barquilla defiende la bondad de esos tramos, las doradas perspectivas entre sexagenarios y octogenarios, pero dando por hecho que son más esperanzadoras aún que las que el G-7, Davos o el club Bilderberg diseñan para los más jóvenes. A ellos, desde luego, el futuro no les sonríe; les van a lanzar los penaltis bastante antes.</p>
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		<title>Portugal y los afectos</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2021 16:58:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi madre suele decir que a los entierros nadie te invita. Y enseguida recuerda con orgullo espontáneo, indisimulado, lo que le dijo una mujer hace décadas, cuando aún vivía mi abuelo: «Al entierro de tu padre tiene que ir el pueblo entero». «¿Y eso por qué», preguntó mi madre. «Porque él no ha faltado a ninguno», respondió la mujer. Mi madre nos ilustra así acerca de esos acontecimientos sociales en los que, –al revés, por ejemplo, de bodas, bautizos o comuniones– lo que cuenta no es la invitación, sino la voluntad y la disposición de cada uno. Creo que en otras encrucijadas de la vida también ocurre igual si el destino te hace un regate imprevisto y nos vienen mal dadas. En tal caso lo que vale es el ánimo, la actitud empática o, sencillamente, esas cálidas palabras de «ya sabes donde estoy para lo que necesites». El bálsamo del afecto.</p>
<p>Este lunes publicaba Natalia Reigadas una magnífica información y una entrevista con una enfermera pacense que trabaja en la Unidad covid de Elvas sobre los estragos del coronavirus en Portugal, donde algunas de las poblaciones cercanas a Extremadura arrojan cifras de incidencia acumulada inquietantes: Elvas, 1.880 casos por cada cien mil habitantes; Campomayor, 1.884; Estremoz, 2.491, y Borba, uno de los distritos más castigados, 3.652. En esas mismas páginas se daba cuenta del llamamiento en petición de auxilio que ha hecho el Gobierno de Lisboa a la ministra de Defensa alemana, dado que el 70% de los médicos en los hospitales lusos están infectados con el coronavirus. También conocíamos el ofrecimiento del canciller de Austria a Portugal para recibir en su país a pacientes graves y quitar presión al sistema sanitario luso.</p>
<p>¿Y Extremadura? A mí me consuela saber que nuestra comunidad no se ha puesto de perfil en este asunto. Desde el primer instante, a través del Ministerio de Sanidad español (dado que «la política exterior es competencia del Gobierno de España») se ha mostrado disponibilidad para –cada uno «dentro de sus posibilidades»– contribuir a mejorar la situación. En encrucijadas como esta, plena de incertidumbre y riesgos, es donde hay que dar la cara y afrontar las responsabilidades de la vecindad y de la hermandad real, efectiva, no solo para la galería.</p>
<p>La ayuda que más se agradece es la que recibimos incluso sin necesidad de pedirla. Si cuando ofreces auxilio lo haces ‘en justa correspondencia’ no practicas ningún tipo de virtud, de generosidad, solo intercambias una recompensa. Ocurre, en último extremo, que ante una pandemia devastadora como la del coronavirus, ayudar al vecino es más que nunca ayudarse a uno mismo. Supongo que en Extremadura habrá reticentes que ya estarán exclamando: «¡Pues estamos aquí como para socorrer…!», pero confío en que sean los menos. «No se cava con el mango de la azada, pero el mango ayuda a cavar», enseña un proverbio africano. Ahí puede estar, quizás, nuestra contribución.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La extinción de la realidad</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2021 13:39:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Gao Xingjian]]></post_tag>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la primavera de 2017 Timothy Snyder publicó en España un libro de apenas 150 páginas y título revelador: ‘Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX’. Snyder, doctorado en Oxford, es titular de la cátedra Housum de Historia en la Universidad de Yale y autor de libros tan destacados como ‘Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin’, galardonado con el Premio Hannah Arendt de Pensamiento Político. Recuerdo que leí ‘Sobre la tiranía’ cuando la presencia de Trump en la Casa Blanca nos transformaba en espectadores forzados de una distopía inimaginable mientras en España sufríamos el desvarío separatista del ‘procés’, la gran extinción de la realidad. Concebido como un manual, Snyder encabeza cada capítulo con una advertencia: ‘No obedezcas por anticipado’, ‘Defiende las instituciones’, ‘Desmárcate del resto, ‘Cree en la verdad’&#8230;</p>
<p>Precisamente en el apartado ‘Cree en la verdad’ destaca: «Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes». ¿Les suena la letra?</p>
<p>En el terreno pantanoso de la demagogia y la desinformación, los más débiles llevan las de perder. Existe una generosidad primigenia consistente en regalarle zapatos al que va descalzo, pero hay otra forma de generosidad negativa que opera modificando el sentido de la realidad para que el desvalido llegue a creer, –con pleno convencimiento, dopado de delirio– que transita sobre los problemas sin necesidad de pisar el suelo&#8230; Engaños de banda ancha: desde las aspiraciones políticas fundadas en un principio arbitrario e imaginario (el “derecho a decidir”, por ejemplo) hasta la promesa de una bonanza económica en la que desaparecerían los estragos del paro, la enfermedad y los perros irían atados con longanizas.</p>
<p>Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000, reniega desde hace décadas de China, el país en el que nació pero cuyos dirigentes le obligaron a quemar una maleta con todos sus escritos y le condenaron a un campo de reeducación a labrar la tierra. En el otoño de 2017, este gigante moral autor de ‘La montaña del alma’, participó en Rumanía en un festival de literatura y traducción donde alertó públicamente de los peligros que acechan a las sociedades occidentales: «Estamos atrapados bajo el yugo de las ideologías del siglo XX. Y el verdadero problema es que esas ideologías devienen en dogma que no resuelve los problemas. Tomemos como ejemplo el marxismo, el comunismo, que se han vuelto una pesadilla. O el fascismo y el nacionalismo, que tienen efectos brutales. Ideologías que a pesar de todo no han sido derrotadas y que, como hemos visto, tristemente no caducan». Aparte de los peligros denunciados por Snyder y Gao Xingjian, otra amenaza se expande como un virus: confundir la verdad con la realidad, los hechos con el relato. Encima, en plena pandemia.</p>
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		<title>Espíritu crítico</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Dec 2020 12:23:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Un reproche habitual a cualquier sociedad atrasada económicamente es su tendencia a la pasividad, su escaso dinamismo, su falta de iniciativas innovadoras, aunque en ocasiones el atraso no quepa atribuirlo precisamente a la desidia oficialista, sino al revés: a un exceso de proteccionismo que en vez de promover el desarrollo, lo anestesia. Cuando una sociedad [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un reproche habitual a cualquier sociedad atrasada económicamente es su tendencia a la pasividad, su escaso dinamismo, su falta de iniciativas innovadoras, aunque en ocasiones el atraso no quepa atribuirlo precisamente a la desidia oficialista, sino al revés: a un exceso de proteccionismo que en vez de promover el desarrollo, lo anestesia.</p>
<p>Cuando una sociedad está recibiendo ayudas y subvenciones de forma continua, se zancadillea el valor del esfuerzo, el espíritu de sacrificio, la cultura del compromiso; en ese sentido, las subvenciones –no hablo, claro está, de ayudas ‘incuestionables’– acaban siendo caramelos envenenados, trampas paralizantes donde tan solo prende, a medio o largo plazo, la semilla del fracaso y la frustración.</p>
<p>A cualquiera se nos vienen a la cabeza ejemplos en los que dicha estrategia desemboca en cepo mortal para proyectos empresariales que no resultaron viables por su condición enclenque, falta de músculo creativo o nulas perspectivas de futuro. Modelos en los que la supervivencia estaba ligada desde sus inicios a la concesión de ayudas concebidas como maná, premios para cazadores de subvenciones, no como impulso y estímulo. En el peor de los casos, simples dádivas clientelares.</p>
<p>Al igual que sucede en el ámbito estricto de la economía, yo creo que en el plano político se da también un ‘exceso’ de subvenciones que debilita la fortaleza ciudadana y moral. ¿Cuándo se produce ese fenómeno? En mi opinión, cuando el hombre de la calle se desentiende del compromiso que exige la práctica democrática y se limita a votar cada equis años, contentándose con el ‘obsequio’ de una actividad política pasiva; es decir, un encargo cuya función principal consiste en compartir sin rechistar las ideas de los suyos, odiar o menospreciar las ideas de quienes no piensan como ellos o, incluso, odiar, menospreciar e ignorar al resto de adversarios políticos. Por si fuera poco, lo que el hombre de la calle percibe desde esa ‘caverna de Platón’ no son debates racionales, controversias académicas o discusiones civilizadas; lo que encuentra a diario es el pandemónium de la política de declaraciones; el seguidismo que marca el gabinete correspondiente con el descaro cínico de quien defiende un único lema tatuado en la memoria: El que venga detrás que arree. Mi futuro soy yo.</p>
<p>Por eso, ante situaciones políticas enturbiadas, quizás lo primordial sea cultivar el espíritu crítico y las actitudes abiertas, sin sectarismo, racionales y realistas; recordando la vieja máxima de Joubert: «Los que nunca varían de opinión se aman a sí mismos más que a la verdad». Y en el plano de la economía, apostar por la voluntad transformadora, por la innovación y el talento. «La oscuridad nos envuelve a todos», decía Anatole France, «pero mientras el sabio tropieza con una pared, el ignorante está tranquilo en el centro de la estancia». Los sabios imprescindibles son los que se mueven, se sacrifican e innovan; no quienes aguardan –indolentes en mitad de la estancia– el maná de la subvención.</p>
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		<title>La hemeroteca de Babel</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2020 19:17:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Reconozco que estos días en que vislumbramos la luz al final del túnel, quizás lo más interesante no sea cuándo y cómo concluirá definitivamente la ‘anormalidad’ de la pandemia, sino las conclusiones de los estudios sobre nuestro pesimismo y resiliencia ante la crisis. Comprobar si es cierto aquello de la filosofía griega: el carácter es [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Reconozco que estos días en que vislumbramos la luz al final del túnel, quizás lo más interesante no sea cuándo y cómo concluirá definitivamente la ‘anormalidad’ de la pandemia, sino las conclusiones de los estudios sobre nuestro pesimismo y resiliencia ante la crisis. Comprobar si es cierto aquello de la filosofía griega: el carácter es el destino, –en el caso de que pueda hablarse del carácter de un país, de una nación– porque según Julián Marías «los españoles creemos automáticamente, a pie juntillas, todo lo que puede desalentarnos» y en especial, me parece a mí, cuando lo que se enjuicia es justamente nuestro nivel de autoestima, nuestra opinión al mirarnos en el espejo de la historia nacional, ese desaliento derrotista que refrenda el título famoso de Sánchez Dragó: ‘Y si habla mal de España… es español’.</p>
<p>Acaban de regalarme el libro ‘Rubalcaba. Un político de verdad’, de Antonio Caño, periodista y ex director de ‘El País’. En sus páginas se traza el retrato de un verdadero hombre de Estado, químico de formación, que sirve durante treinta años a la democracia y quien al despedirse de la política activa regresa a su casa de siempre y a su trabajo en la universidad. Un retrato poliédrico elaborado a partir de las voces y testimonios de múltiples amigos y colaboradores que concluyen, sin embargo, en un reconocimiento unánime: a la hora de elegir, Alfredo Pérez Rubalcaba anteponía el Estado, en segundo lugar el partido y en último, él. Nada de arribismo y jamás deslealtad.</p>
<p>Una vez superado el trance del maldito virus, el problema acuciante que tendrán que abordar nuestros responsables políticos –el dinosaurio de Monterroso sigue ahí– es la gobernabilidad de un Estado con fuerzas centrífugas cada vez más aceleradas. En ese sentido me parecen reveladoras las palabras de Antonio Caño cuando en una entrevista en ‘El Mundo’ le preguntan por las diferencias entre el PSOE de Rubalcaba y el de Sánchez: «El PSOE ha estado siempre en la izquierda, pero la izquierda solidaria, por el progreso, la igualdad, la justicia. La del PSOE es la izquierda antinacionalista y antiidentitaria, que está por los ciudadanos, no por las identidades».</p>
<p>Sea o no cierta esa máxima que se atribuye a Napoleón: «Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos», todos sabemos que en la era del populismo, la digitalización y las mentiras, contradecirse y engañar sin recato son acciones que no se penalizan en la urnas, quizás porque es sabido que, a la velocidad con que se suceden los mensajes y transcurrido el tiempo, nadie, ni siquiera una hipotética hemeroteca de Babel, podría recordárnoslo con una advertencia y una campanita. Ahora vale cualquier afirmación. Cuando a una vieja conocida le reprochaban que incurriera en contradicciones y cambios de criterio, siempre argumentaba como justificación de la misma forma: «Me cago en todo lo que he dicho». Y a navegar.</p>
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		<title>Camba y la ingeniería social</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2020 08:29:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El azar de los hechos (¿o la necesidad?) ha querido que mientras España afronta una situación complicadísima de lucha contra la pandemia y la crisis económica, algunos independentistas catalanes y adscritos siguen poniendo palos en las ruedas de la convivencia nacional como esos alborotadores que un día sí y otro también entran en clase dispuestos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El azar de los hechos (¿o la necesidad?) ha querido que mientras España afronta una situación complicadísima de lucha contra la pandemia y la crisis económica, algunos independentistas catalanes y adscritos siguen poniendo palos en las ruedas de la convivencia nacional como esos alborotadores que un día sí y otro también entran en clase dispuestos a impedir que el resto de los alumnos aprendan en las aulas. Gestos que nos recuerdan lo acertado del vaticinio de Nietzsche: «La locura es muy rara en los individuos; en los grupos, en los partidos, en las épocas, es la regla». Y más aún en épocas donde el populismo y el nacionalismo se extienden como manchas de aceite que lo impregnan todo, retroalimentados por sistemas en los que han sido sustituidos los debates por las consignas, la razón por los sentimientos y la tolerancia por el sectarismo. Se trata de una constante global. Como apuntó la polémica y lúcida Cayetana Álvarez de Toledo en la ‘La reunión secreta’: «Todos los países pueden volverse locos, no hay ningún sistema que nos vacune para siempre de los delirios colectivos; el nacionalismo es una peste que puede entrar con cualquier sistema»; la experiencia demuestra que hasta el modelo británico, tan ponderado en otros aspectos, genera «disparates colectivos y extraordinarios como el brexit».</p>
<p>Hace más de cien años, en julio de 1918, Julio Camba publicó un artículo titulado ‘La verdadera nacionalidad’, en el que elucubraba, con su particular ironía, sobre lo fácil que puede resultar ‘hacer’ una nación. «Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid». La tarea, según Camba, consistía en observar si había más hombres rubios o morenos, si predominaban los branquicéfalos sobre los dolicocéfalos, porque «es indudable», argumentaba, «que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe». Con tales datos, más la recogida de unos cuantos modismos locales, en poco tiempo no sólo habría ganado una fortuna sino que habría reducido al silencio a quien le cuestionara que Getafe es una nación…</p>
<p>Pero no acaba ahí el artículo. Camba traza un penúltimo giro a su argumentación: cuando un nacionalista convencido le advierte que él mismo es celta, el genial periodista aclara que si eso es así, fue en una época tan remota de la que no guarda recuerdo y que también, en el transcurso de los siglos, cabe que haya sido godo, fenicio y moro. «Por qué no han de asociarse los hombres por temperamento en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería, indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de ver cómo algún día se declara una gran guerra intercontinental de biliosos contra linfáticos. Los biliosos, naturalmente», concluye Camba, «serán quienes rompan las hostilidades». ¿Vivimos ya la distopía del separatismo?</p>
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		<title>De &#8216;Patria&#8217; a &#8216;Nuestros chicos&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2020 08:10:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Estos días que la serie ‘Patria’, basada en la genial obra del escritor Fernando Aramburu, devuelve a la memoria colectiva los estragos y la devastación –física y moral– que propiciaron durante décadas el terrorismo etarra en España, he recordado también otra serie televisiva de HBO estrenada el año pasado: ‘Our Boys’ (‘Nuestros chicos’), un drama que recrea la investigación emprendida por los propios servicios de seguridad de Israel tras el asesinato de un adolescente palestino por jóvenes israelíes extremistas en lo que, aparentemente, era una venganza por el previo secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes a manos de terroristas de Hamás. Acción y reacción.</p>
<p>No pretendo juzgar ahora las razones o motivos del enfrentamiento histórico entre Israel y Palestina. Respecto a aquella serie, lo que de verdad llamó mi atención fue la manera en que desentrañaba y reflexionaba sobre los mecanismos que sustentan el terrorismo. Me refiero a la explicación psicológica acerca de cómo –y sobre todo de por qué– una mente sana puede transformarse en la mente de un asesino.</p>
<p>Es sabido, como demuestra ‘Patria’, que no se trata de meros ‘lavados de cerebros’, propios de sectas o entidades fanatizadas. En ese proceso operan factores personales, familiares, comunitarios… vinculados antes que al desarrollo económico de un determinado país, a la degradación moral de la propia sociedad y de algunas de sus instituciones. Ámbitos donde te empujan a mirar para otro lado por miedo o por interés.</p>
<p>En el caso de ‘Nuestros chicos’, la investigación se centra en los familiares del adolescente palestino asesinado y sobre todo en el entorno de un rabino y de los asistentes a una ‘yeshiva’ (escuela talmúdica).</p>
<p>La noche en que el joven extremista, alumno de la ‘yeshiva’ y un tío suyo, recorren en automóvil la ciudad, buscando a cualquier chaval palestino que encuentren a su paso, se produce uno de los momentos decisivos de la historia. Tras un primer intento fallido, el tío reconviene al sobrino por no haberse atrevido a ejecutar la acción: «Compadecerte de ellos es una debilidad», le advierte. «El miedo es otra cosa, pero tienes que superarlo», concluye el tío. Esas palabras me parece que revelan algunos de los axiomas básicos de toda mentalidad terrorista. Entre otros, resumen el rechazo profundo, radical, innegociable, a cualquier posibilidad de empatía y menos aún de compasión. De esta forma, «compadecerte de ellos es una debilidad» se convierte en una especie de primer mandamiento del extremismo, en el dogma supremo para aquellos que fundan su apuesta en el odio, en el desprecio al otro, a quienes no son ‘de los nuestros’.</p>
<p>Los españoles de cierta edad que guardan memoria de esa devastación tan fidedignamente reflejada en ‘Patria’, saben bien las consecuencias que acarrean el odio y la intolerancia extremista. ¿Mi esperanza? Que se recuerde asimismo lo que hace veinte siglos advirtió Cicerón: «De humanos es errar y de necios perseverar en el error». La historia como maestra.</p>
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		<title>Una entrevista</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Sep 2020 07:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Quienes conocen bien el valor de las argumentaciones políticas sostienen que no hay debate con enjundia si, a las primeras de cambio, alguno de los ponentes apela al consabido caso del nazismo y subraya –con énfasis, por supuesto–, que Hitler conquistó el poder a través de una elección democrática. Aquella ‘anomalía’ de la Alemania del Tercer Reich no invalida la primogenitura del sistema democrático sobre todos los demás sistemas. En esa batería de razonamientos se inscribe también la famosa ‘boutade’ de Borges: «Para mí la democracia es un abuso de la estadística». Yo creo que cuando se parte de argumentaciones tan anémicas, cuando la calculadora trabaja sólo con unos pocos decimales, el resultado final necesariamente es erróneo, inservible. Guisos de populismo y sal gorda.</p>
<p>Hace unos días, César Coca publicaba en los periódicos regionales de Vocento, una magnífica entrevista con el catedrático de Sociología Víctor Pérez Díaz, doctor en Derecho y Ciencias Políticas por la Complutense, doctor en Sociología por Harvard y profesor visitante en universidades tan prestigiosas como Nueva York, Harvard, California o el MIT de Massachusetts. En la primera pregunta, Coca plantea lo siguiente: «La imagen de la clase política es, por encima de cualquier otra consideración, la de una gran división. ¿Está también dividida la sociedad española?». La respuesta de Víctor Pérez Díaz no deja lugar a dudas: «La sociedad española está mucho menos dividida o polarizada de lo que está la clase política, y de lo que, en general, reflejan los medios y los comentaristas en el espacio público. Algo parecido sucede en todo Occidente. Aunque la opinión política, mediática, y académicamente correcta suele ser la contraria, en realidad, las gentes del común suelen tener unos sentimientos identitarios más complejos, y su modo de estar en el mundo es más abierto a probar y a experimentar, y son más capaces de escuchar, que sus élites».</p>
<p>En este tiempo en que los gabinetes de comunicación política se empeñan de manera insistente en cultivar la idea de la polarización, de la división radical en bloques irreconciliables, ‘por el interés te quiero Andrés’, esa respuesta del catedrático Víctor Pérez Díaz me parece que es el mensaje más estimulante y esperanzador que puede recibir el españolito de a pie; es decir, la inmensa mayoría a la que denominamos sociedad civil. Por tanto, aunque a veces creamos ser víctimas de la propaganda o de la confusión partidistas, de los argumentarios y clichés que ‘declaman’ los políticos, en opinión de Pérez Díaz no es así, pues «la mayor parte de la gente vota sin entusiasmo, pero no se deja engañar», «incluso cuando parece que vota por meros sentimientos, utiliza bastante el sentido común». Confío en que la ‘sensatez’ demostrada por los españoles en las últimas décadas dará sus frutos frente a unas élites políticas alicortas en sus aspiraciones y, en general, poco generosas con el adversario, al que siguen mirando como enemigo de clase –o de partido–, antes que como simple conciudadano o compatriota.</p>
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		<title>Kafka en el agua</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Sep 2020 10:59:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En los bazares de la calle comercial, relojes de pared reclaman la atención de los turistas. Esas esferas multicolores crean una atmósfera de exposición decorativa y galería surrealista. Cómo es posible, me pregunto en silencio, que durante el más generoso paréntesis de tiempo libre que disfrutamos al cabo del año, los relojes se conviertan en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En los bazares de la calle comercial, relojes de pared reclaman la atención de los turistas. Esas esferas multicolores crean una atmósfera de exposición decorativa y galería surrealista. Cómo es posible, me pregunto en silencio, que durante el más generoso paréntesis de tiempo libre que disfrutamos al cabo del año, los relojes se conviertan en símbolo omnipresente, justo ahora, además, que mucha gente ha dejado de llevarlos en la muñeca porque les basta con mirar el móvil.</p>
<p>En la playa, con las sombrillas algo más diseminadas por la pandemia, la lotería nacional se anuncia en avioneta. Atrás quedan los días veraniegos en que esa publicidad la monopolizaban las empresas de Ruiz Mateos, las marcas de cervezas o las ofertas de las grandes superficies comerciales. Supongo que el Estado (mejor el Gobierno) necesita recaudar y apura las concentraciones de bañistas para recordarnos que ya hay lotería de navidad, «el impuesto de los tontos», como se la llamaba antiguamente. ¿Y si toca aquí?</p>
<p>Esta mañana luminosa, con el mar en calma, la sensación de placidez y despreocupación es general, aunque las noticias sobre brotes y contagios resultan cada vez más alarmantes. Miro a mi alrededor y pienso: ¿cuántos de quienes disfrutan de esta supuesta normalidad darían positivos en la covid-19? Bajo las sombrillas solo se perciben risas, charlas intrascendentes y esa felicidad superficial, genérica, del tiempo libre y las vacaciones.</p>
<p>Me acuerdo de la famosísima anotación que hizo Franz Kafka en su Diario el 1 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Piscina por la tarde». Quizás no quepa, sin embargo, establecer paralelismos. No tanto por las ‘amenazas’ tan diferentes que suponen la Primera Guerra Mundial y la pandemia del coronavirus, sino por el hecho de que a Kafka, según su biógrafo, Reiner Stach, no puede acusársele de «frivolidad» al emparentar en la misma anotación la referencia a la contienda mundial y su cita con la piscina. Al revés. Si se rastrea su diario, de carácter personal, tal alusión fue la única referencia política; la prueba, advierte Stach, de la importancia histórica que atribuía, precisamente, a aquel acontecimiento.</p>
<p>Mientras escribo –agonizando agosto–, soy incapaz de sustraerme, no obstante, a la sensación de que en España vivimos estados de ánimo colectivos bastante similares a los de aquella encrucijada de Kafka en 1914. Una catástrofe global se cierne en el horizonte pero no renunciamos a la ‘normalidad’ cotidiana de acudir a la piscina o al calorcito del sol y de la playa. Quizás sea el único proceder razonable.</p>
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		<title>La prisa y la desgracia</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jul 2020 07:05:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[La Covid 19 se ha convertido en el centro de nuestras vidas. Y la mascarilla en su bandera. Además de las previsiones meteorológicas, hay que estar pendiente de las disposiciones autonómicas sobre la obligatoriedad de su uso si viajas fuera de tu región. Imagino que lo inmediato será recurrir a nuevas aplicaciones tecnológicas para conocer [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Covid 19 se ha convertido en el centro de nuestras vidas. Y la mascarilla en su bandera. Además de las previsiones meteorológicas, hay que estar pendiente de las disposiciones autonómicas sobre la obligatoriedad de su uso si viajas fuera de tu región. Imagino que lo inmediato será recurrir a nuevas aplicaciones tecnológicas para conocer en tiempo real si uno se encuentra próximo a cualquier potencial foco de contagio o a salvo, sin amenazas cercanas.</p>
<p>Igual que invade los resquicios de nuestra cotidianidad, la Covid-19 planea también sobre la vida política. No solo cuando miramos al pandemonio catalán, sino al analizar las recientes elecciones en Galicia y en el País Vasco. Todo es Covid-19, desde el debate sobre el estado de la región en Extremadura hasta las incertidumbres que acechan a la economía española durante la cumbre de la UE este fin de semana. El Covid-19 es la pandemia. La razón de nuevos hallazgos e investigaciones: «Los anticuerpos generados por las llamas logran, en pruebas de laboratorio, neutralizar al coronavirus, según ha puesto de manifiesto un estudio llevado a cabo por investigadores del Instituto Rosalind Franklin, la Universidad de Oxford, Diamond Light Source y Public Health England (Reino Unido)», informa Europa Press. Más madera.</p>
<p>Supongo que la Covid-19 planea también sobre el desplome de Podemos; sobre la concesión por la Generalitat del tercer grado penitenciario a los condenados del ‘procés’; sobre las transferencias millonarias del Rey emérito desde paraísos fiscales. Planea, desde luego, sobre las recomendaciones oficiales del Real Madrid para que los aficionados –en el caso de ganar la Liga esta misma noche del jueves– no acudan a los tradicionales lugares de celebración, «especialmente a la plaza de Cibeles», porque todos, añade el comunicado del club blanco, «debemos contribuir, como hasta ahora, con absoluta responsabilidad a evitar riesgos de contagio de la pandemia». ¿Alguien estaba pensando en el 8-M?</p>
<p>En realidad, sobre la Covid-19 lo que planea desde hace tiempo –tal vez desde que a finales de enero la OMS declaró la alerta sanitaria internacional–, es el dilema, la contradicción, entre salud y economía. Entre la bolsa o la vida. Después cabe extraer en la operación todos los decimales que se quiera. Hay un proverbio ruso que resume sabiamente esa paradoja: «Si vas de prisa, alcanzas la desgracia; si vas despacio, es la desgracia la que te alcanza a ti». Si olvidamos los peligros del bicho, si bajamos la guardia, el virus nos da caza; si nos excedemos en la prevención y en el aislamiento, la economía se va al garete y nosotros detrás…</p>
<p>¿Qué hacer? Yo creo que afrontar el riesgo con prudencia pero sin angustia; cumplir las recomendaciones sanitarias (lavado de manos, distancia de seguridad, mascarilla) y recordar aquello tan sabido: los más peligrosos suelen ser los más tontos, mientras que los más sensatos son quienes demuestran civismo y dignidad. ¿El resto? Algo de buena suerte, mi buen Yorick.</p>
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