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	<title>GRATIS TOTALesperanza &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>El porvernir</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Oct 2012 19:08:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Roberto tiene 19 años. Hasta hace poco vivía con su madre, pero como ella no lograba la mitad de los días comida para él ha decidido irse de casa. Se ha marchado al piso de una familia que le ha acogido y a la que conoció porque también ellos iban en ocasiones al mismo comedor [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Roberto tiene 19 años. Hasta hace poco vivía con su madre, pero como ella no lograba la mitad de los días comida para él ha decidido irse de casa. Se ha marchado al piso de una familia que le ha acogido y a la que conoció porque también ellos iban en ocasiones al mismo comedor social donde acudían él y su madre. La pareja está divorciada, pero conviven juntos porque no pueden permitirse ir cada uno por su lado. Roberto dice que «es gente humilde, como yo» y que está contento con ellos. Les paga ciento y pico euros al mes que los servicios sociales de su ciudad le han conseguido por apuntarse a uno de esos cursos formativos subvencionados.<br />
Roberto no sabe nada de su padre, únicamente que vive en una ciudad lejana y que nunca se ha preocupado por él ni ha contribuido con una ayuda para su sustento. La última vez que lo vio, hace una pila de años, fue el día de la primera comunión. Su abuela paterna, que habita una casa baja en una barriada de las afueras, le dijo que mientras ella viviera no le faltaría para comer. Roberto se acuerda muchas veces de esa frase que es como un asidero, como un refugio calentito donde acurrucarse cuando le resulta demasiado inhóspito el desamparo, la mala suerte y la soledad.<br />
La madre de Roberto tiene un hijo más pequeño de otra relación. Pero Roberto no ve mucho a su hermano. «Es un chavalino que apenas conozco; cuando su padre lo llevaba a casa de mi madre le encantaba jugar conmigo y que le sacara a dar una vuelta por ahí».  Roberto está preocupado porque el curso del que cobra los pocos euros que destina a su familia de ‘acogida’ termina el mes que viene y aún no ha encontrado un trabajo ni una ayuda oficial para el próximo trimestre.<br />
Algunas mañanas se le echa de menos en el aula. Cuando los profesores preguntan el motivo de la falta a clase, los compañeros de Roberto dicen que se ha tenido que marchar porque estaba indispuesto. Pero no es verdad. O no es verdad del todo: las faltas coinciden siempre con los días en que va a ver a su abuela a recoger bolsas con comida y unos pocos eurillos que ella le da como a escondidas&#8230;<br />
A Roberto le gusta una chica que conoce desde que eran niños y jugaban en la orilla del gran río que baña su ciudad. Cuando se cruzan por la calle no puede evitar ruborizarse ni que el corazón se acelere desbocado. Ya no se atreve a hablar con ella y mucho menos quedar para irse al botellón o a ver una película. En realidad, cuando Roberto la ve venir de frente, por la misma acera, se limita a sonreírle y acelera el paso, como si no quisiera mostrar ninguna emoción especial, como si no quisiera desvelar que el corazón, boom, boom, boom, retumba en el pecho como los altavoces de un coche tuneado. En cuanto se cruzan, él gira la cabeza para verla alejarse con la carpeta de estudios. Roberto confía secretamente en que algún día ella vuelva también la cabeza y se crucen las miradas. Sabe que a esa chica le aguarda un futuro mejor, pero se resiste a rendirse, «soy joven y tengo toda la vida por delante», dice para sí mientras pulsa el timbre de la casa de su abuela.</p>
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		<title>Los cerditos y el lobo</title>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2012 19:46:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando yo era niño escuché muchas historias de las penurias que habían ensombrecido la larga postguerra y el ‘año del hambre’ en aquella Extremadura que empezaba a olvidarse del arado romano y la lentitud de los bueyes. Relatos de vecinas que llamaban, envueltas en la noche y el sigilo, a la puerta de alguna casa [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo era niño escuché muchas historias de las penurias que habían ensombrecido la larga postguerra y el ‘año del hambre’ en aquella Extremadura que empezaba a olvidarse del arado romano y la lentitud de los bueyes. Relatos de vecinas que llamaban, envueltas en la noche y el sigilo, a la puerta de alguna casa caritativa donde sabía que le podrían ofrecer algo de aceite, pan y un trozo de queso con que matar aquel día el hambre de su prole.<br />
Historias como las de esas familias que sobrevivían recogiendo cardillos y romazas. O las de aquellos niños que dejaban la escuela (a donde llegaba el queso y la leche americana) para ponerse a trabajar y echar una mano en casa. Gente que afrontó las adversidades de un tiempo difícil, que transitó el amargo camino de la emigración y que nunca perdió, sin embargo, la sonrisa ni la esperanza.<br />
Relatos que los niños escuchábamos con  cierta aprensión y quizás sin conocer muy bien el significado profundo porque en la patria de la niñez suele reinar la alegría del juego, de la amistad y no las congojas que oscurecen y gravan de responsabilidad a los mayores.<br />
Al igual que los turistas y los viajeros se sorprenden ahora de cómo se muestran felices, desprendidos, los niños de países pobres del Tercer Mundo, supongo que cuando yo era niño ocurría algo parecido, de manera que solo la mirada consciente de la edad nos hace recapacitar, ‘reinterpretar’ en blanco y negro, en tonos sepia, aquella realidad que vivimos con todos sus colores.<br />
La situación fue cambiando, o por lo menos la percepción que los muchachos teníamos de ella. Hasta el punto de que, alejados de la niñez, aquella insistencia en los ‘mandamientos’ del esfuerzo, del sacrificio, nos empezaba a sonar a batallitas de viejo: «Vosotros no sabéis lo que son necesidades y lo que valen las cosas», nos advertían los adultos una y otra vez, machaconamente, como si temieran que el tiempo y el progreso difuminaran en nuestra memoria el severo pasado de escasez y sacrificios.<br />
El ‘progreso’ acabó arrumbando el discurso de los abuelos y la histórica ley del péndulo funcionó de nuevo para varias generaciones, alimentadas ya por las ubres del estado del bienestar y la bonanza económica. Las historias de penurias y privaciones quedaron reducidas al ámbito del cine y de la literatura, nos parecían tan antiguas como  la Guerra de Cuba, ‘Lo que el viento se llevó’ o las canciones de Antonio Machín.<br />
El caso es que el estado del bienestar se parece a los chamizos del cuento de los tres cerditos y el lobo. Han bastado unos cuantos  soplidos de la fiera para tirar abajo el decorado. Y ahora tratamos de entrar en la casa de ladrillo y piedra del cerdito trabajador, pero no sé si nos va a dar tiempo antes de que nos zampe el lobo de los mercados&#8230;<br />
Estoy deseando situarme al otro lado del espejo. Cierro los ojos y me imagino cómo será el día en que nuestros descendientes pidan que no les relatemos las’ batallitas’ de aquella crisis que empezó en 2008 porque es la ‘prehistoria’. Deseo que llegue ese momento y, sobre todo, que la historia a contar no sea de ciencia ficción.</p>
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		<title>Píos deseos para 2012</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 11:26:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Jaime Gil de Biedma]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Llegados a este precipicio del calendario, a este acantilado donde el año dobla la esquina y metafóricamente dobla hasta la testuz, no queda otro remedio que incurrir en el balance, pero también en la esperanza. Es tiempo de recuentos. De sopesar lo bueno y lo malo, de separar la paja del trigo. Tiempo de examen [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llegados a este precipicio del calendario, a este acantilado donde el año dobla la esquina y metafóricamente dobla hasta la testuz, no queda otro remedio que incurrir en el balance, pero también en la esperanza. Es tiempo de recuentos. De sopesar lo bueno y lo malo, de separar la paja del trigo. Tiempo de examen de conciencia. Nadie se libra de los balances. Los acometen las empresas, los políticos, los medios de comunicación y hasta una institución como la Iglesia Católica, que acaba de reunir en su boletín ‘Religión Confidencial ‘Las 10 noticias más importantes del 2011’.<br />
A mí por estas fechas me domina casi siempre una sensación de melancolía que no creo, por cierto, que se disuelva acudiendo al concierto de Aute esta noche en Cáceres. Ya sé que Aute no es Faemino y Cansado, ni se le puede comparar en justicia con unas castañuelas. Tampoco cultiva la melancolía algo canalla y ‘acomodada’ de Joaquín Sabina, pero digamos que sus canciones forman parte de mi educación sentimental desde aquellos años de adolescente en los que, como todos los jóvenes, estaba dispuesto a llevarme la vida por delante, que decía Jaime Gil de Biedma.<br />
Ahora que lo pienso, Gil de Biedma sí que es un poeta de balances y postrimerías. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez con esa mirada hacia atrás sin ira y sin demasiado ímpetu que atesoran los versos de su famosísimo poema ‘<a href="http://www.poemasde.net/de-vita-beata-jaime-gil-de-biedma/">De vita beata</a>’:<br />
«En un viejo país ineficiente<br />
algo así como España entre dos guerras<br />
civiles, en un pueblo junto al mar,<br />
poseer una casa y poca hacienda»&#8230;</p>
<p>¿Quién no ha sentido la necesidad del recuento, del balance, del examen introspectivo que formula en ‘<a href="http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#P%C3%8DOS%20DESEOS%20PARA%20EMPEZAR%20EL%20A%C3%91O">Píos deseos para empezar el año</a>’:<br />
«Pasada ya la cumbre de la vida,<br />
justo del otro lado, yo contemplo<br />
un paisaje no exento de belleza<br />
en los días de sol, pero en invierno inhóspito»&#8230;<br />
En fin, que está muy bien y es muy tradicional detenerse a revisar y hacer balance, pero quizás haya que darle prioridad a la esperanza. Es imposible no perderse en la selva de la vida sin saber qué ruta seguimos o qué frutos cosechamos. Pero además del recuento son imprescindibles los planes de futuro. «El sueño y la esperanza son los dos calmantes que concede la naturaleza al hombre», advirtió sabiamente Federico II de Prusia. En el borde final del 2011 necesitamos saber que al menos nos queda la esperanza. Entre otras razones, porque la memoria siempre nos supera en edad y la esperanza va delante de nosotros como una luz, no como una sombra. A la hora de formular peticiones, que cada cual rellene a su antojo el cuestionario y le escriba a los Reyes Magos la carta con los obsequios que espera recibir. Seguro que tras soportar el tsunami de la crisis y el azote de las negras perspectivas, encontramos resquicios en los que afianzar una mirada esperanzada, asideros en los que fijar el cable que mantenga nuestro barco amarrado a tierra firme. Porque siempre escampa, porque antes perder la vida que la esperanza, y un paso atrás, ni para coger impulso.</p>
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