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	<title>GRATIS TOTALFernando Pessoa &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Las estatuas</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2021 21:07:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La única estatua ecuestre con que cuenta Cáceres es la de Hernán Cortés, obra del escultor extremeño Enrique Pérez Comendador. Recuerdo que nada más levantarse el monumento, en los años ochenta del pasado siglo, hubo cierta polémica tras conocerse el enorme parecido de esta escultura con la dedicada a Pedro de Valdivia en Santiago de Chile, también debida a Pérez Comendador. Cáceres lucía al fin la figura de un jinete a caballo, aunque el caballo y el conquistador, excepto la cabeza, pareciesen un duplicado. Por otra parte, lo novedoso del conjunto escultórico o el hecho de ocupar una céntrica glorieta –paso obligado a La Madrila cuando la llamada ‘movida cacereña’ alcanzaba su apogeo– propiciaron también más de una subida colectiva a la grupa del caballo, donde los jóvenes se encaramaban de madrugada quizás para conquistar la ebriedad de la fiesta.</p>
<p>El aislamiento obligado por la pandemia hace que añore los viajes a tierras lejanas. Paseos por ciudades y pueblos donde el recuerdo cristaliza, siguiendo el azar de la memoria, en un cuadro, en un paisaje, tal vez en la estatua solitaria de un parque. Aún recuerdo, a mis veintipocos años, la noche en que llegué al Hotel Victoria de Ronda y descubrí en un jardincillo, cerca del tajo y orientada hacia la serranía, la estatua de Rilke, obra del escultor Nicomedes Díaz Piquero. En la soledad de aquellas horas me dominó una emoción similar a la descrita por el propio Rilke en una de sus cartas desde Ronda a Lou Andreas-Salomé: «Y ahora estoy aquí y miro y miro hasta dolerme los ojos, y trato de grabarme lo que estoy viendo y me lo repito como si tuviera que aprenderlo de memoria».</p>
<p>A veces las estatuas nos trasladan, desde su quietud, no solo a determinados rincones de una ciudad sino a las obras de esos autores que nos contemplan desde la frialdad del bronce. Ese Fernando Pessoa junto al que todos nos fotografiamos alguna vez delante de ‘A Brasileira’ en Lisboa representa además de un icono para turistas o viajeros el recuerdo de las ‘Odas’ de Ricardo Reis que tradujo Ángel Campos Pámpano para Pre-Textos: «Ve de lejos la vida. / Nunca la interrogues. / Ella nada puede / decirte. La respuesta / está más allá de los dioses». Desde que colocaron la estatua de Gonzalo Torrente Ballester en el café Novelty de Salamanca me resulta imposible visitarlo sin acordarme de las crónicas culturales de su sección ‘Torre del Aire’ en el diario ‘Informaciones’. O de aquel prodigio de imaginación que es ‘La saga/fuga de J.B.’</p>
<p>Entre los centenares de negativos pendientes de digitalizar que conservo en casa está el de la estatua de Voltaire, cuyos restos mortales inauguraron la cripta del Panteón de Hombres Ilustres de París. El autor de ‘Cándido’, siempre opuesto al fanatismo y a la intolerancia, sonríe desde la eternidad mientras sostiene en la mano una pluma para escribir.</p>
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		<title>Paisajes vitales</title>
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		<pubDate>Thu, 14 May 2020 08:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura alimenta la imaginación y el fetichismo. Y el turismo. En 2016, al cumplirse el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, la búsqueda de sus restos en el convento madrileño de las Trinitarias se convirtió en acontecimiento de interés mundial. El pasado miércoles fue subastada en Lisboa y adjudicada por 41.000 euros la cómoda en que escribía Fernando Pessoa (1888-1935). Yo creo que todos estos detalles de atrezo cultural contribuyen muy bien a subrayar el valor de los grandes escritores, pero como se argumentó hasta la saciedad en el caso de Cervantes, lo que de verdad importa no es el lugar preciso en que reposan los huesos de un enterramiento o el escritorio donde el genio compuso su obra, sino la obra en sí. Una obra, si hablamos de Pessoa, que él fue guardando en un arcón de madera que le acompañó toda su vida y que atesora 27.000 documentos, bastantes de ellos inéditos o sin ordenar.</p>
<p>En el Museo Hemingway de la Finca Vigía, en Cuba, se exhibe el escritorio elevado donde el autor de ‘El viejo y el mar’ redactó algunos de sus textos. Yo recuerdo la impresión que me causó contemplar en la Casa de Víctor Hugo, en la plaza de Los Vosgos de París, el escritorio elevado que utilizaba el autor de ‘Los miserables’, una verdadera maravilla. Ninguna de esas emociones, sin embargo, cabe equipararlas con las suscitadas por la lectura de sus obras, desde las andanzas de Jean Valjean y sus desencuentros con la justicia, hasta las desdichas de Esmeralda y Quasimodo en la catedral de Nôtre Dame.</p>
<p>¿Se leería más a Cervantes si por un azar imposible se hallara la mesa rústica o el jergón de aquella cárcel «donde toda incomodidad tiene su asiento», en que fue «engendrado» (es decir, concebido) El Quijote? ¿Se leería más la poesía de Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura, si finalmente su casa de la calle Velintonia, 3, (por donde pasaron García Lorca, Cernuda, Alberti, Dámaso Alonso, Neruda, Miguel Hernández, Carlos Bousoño, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, José Hierro, Vicente Molina Foix…) fuera rescatada de la incuria y del olvido oficial? Pues en ambos casos me parece que la respuesta es «sí». Sí se leería más porque en esta sociedad de palos de selfi y turismo de consumo, todo lo que puede transformarse en imagen de recuerdo es un valor firme y en alza. Es sabido que una obra no ‘solo’ es el texto del autor. Cada lector ‘recrea’ activamente, con su imaginación, lo que lee.</p>
<p>Cuando el coronavirus ensombrece las perspectivas para el turismo de masas, a mí me parece que buscar protagonistas en sus escenarios biográficos, en sus paisajes vitales, es una formidable opción para ahondar en su literatura. Desde la Lisboa de Pessoa, al Madrid de Galdós; desde las rutas de Delibes por Valladolid, a la Casa de Gabriel y Galán en Guijo de Granadilla.</p>
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		<title>Otra posteridad</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Aug 2012 19:48:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="ecxtestArtCol_a">La historia de la literatura y del arte está llena de personajes que se pasan la vida persiguiendo la gloria postrera. «Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos», escribe Jaime Gil de Biedma en su famoso poema ‘No volveré a ser joven’. Escritores como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, Proust, James Joyce o Borges, cuya existencia no logra una dimensión plena si no es a través del genio creativo. Gente como Óscar Wilde, empeñado en convertir cada minuto de su vida en una obra de arte, a pesar de la confesión que se le atribuye: «He puesto todo mi genio en mi vida, y en mis obras sólo he puesto mi talento».<br />
Desde hace años, a mis amigos escritores jóvenes les recomiendo una novela de Henry James, no demasiado conocida, que se titula ‘La lección del maestro’. No voy a desvelar aquí cuál es esa lección, pero sí que tiene mucho que ver con la vocación literaria y con la pasión que aturde a cualquier adolescente ‘letraherido’.</div>
<div id="ecxtestArtCol_b">Trascender, permanecer en la memoria es otra forma de vivir. Una vez leí y me impresionó la displicencia ‘romántica’ de un poeta que escribía versos geniales sobre papel de liar cigarrillos que luego se fumaba tranquilamente sin el mínimo temblor por convertirlos en ceniza. Qué diferencia con Fernando Pessoa, el genio portugués que escribía a la única mujer de la que se enamoró advirtiéndole: «Toda mi vida gira en torno a mi obra literaria». «Todos tienen que convencerse de que soy así, de que exigirme sentimientos –que considero muy dignos, dicho sea de paso– de un hombre común y corriente es como exigirme que sea rubio y con los ojos azules», según anota Jiménez Barca al reseñar el libro ‘Cartas de amor de Fernando Pessoa e Ofélia Queiroz’ publicado por Assírio &#038; Alvim.<br />
El mundo de la literatura admite muchas variantes respecto a la consideración del más allá, de ese tramo indefinido de tiempo que llamamos futuro. El extremo más descreído del espectro lo ocupa sin duda el poeta inglés Thomas Gray: «En cuanto a la posteridad, ¿qué ha hecho por mí que me obligue para con ella?». En el otro extremo debe situarse aquel escritor bohemio, amigo de Julio Camba, que obligado a pasar frecuentemente las noches al raso decía: «¡Ya me las pagaréis todas juntas, canallas de burgueses! En vida no tiene uno dónde caerse muerto; pero en cuanto me muera no os quedará más remedio que hacerme un panteón de mármol».</div>
<p>Nunca ha dispuesto la sociedad de más medios para reproducir y grabar, en multitud de soportes, sus obras artísticas, de libre creación. ¿Pero ha crecido en la misma proporción la voluntad de trascender, el deseo de asentarse, aunque sea temporalmente, en la posteridad? Creo que no. Al contrario. Frente a la cultura de la memoria oral y después de la palabra escrita, vivimos una época dominada por la imagen y los testimonios escritos cada vez más breves. Las nuevas tecnologías han hecho crecer exponencialmente el número de autores, de lectores y de espectadores. ¿Pero ha crecido también el deseo de que perduren esos contenidos? Liviandad, banalidad o trascendencia, he ahí la cuestión.</p>
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