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	<title>GRATIS TOTALFreud &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>El turismo del horror</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 20:43:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde siempre el hombre ha sentido atracción por el abismo y se debate entre Eros y Thanatos, lo dos impulsos, como advierte Freud, que son norte y sur de la existencia. Parece que entendemos y justificamos muy bien todo lo relativo a Eros, al amor y a sus múltiples ramificaciones, desde la conmoción de los primeros escarceos en la adolescencia hasta la convención de las bodas, bautizos y sus correspondientes días conmemorativos. ¿Pero qué pasa con Thanatos? Aparte de las funerarias y de las floristerías, del negocio de la muerte viven muchas personas, incluso del sector turístico. La Universidad Central Lancashire, de Inglaterra, ha creado el Instituto de Estudios sobre Turismo Necrológico para buscar una explicación académica al hecho de que miles de ciudadanos visiten durante sus vacaciones el campo de exterminio de Auschwitz, la ‘zona cero’ de Nueva York, los campos de la muerte de Camboya o la central nuclear de Chernóbil, según informa el diario ‘La Vanguardia’ citando fuentes de la BBC.<br />
El director del centro universitario, Philip Stone, cree que las visitas a esos lugares obedecen al sentido trascendente que concedemos a la vida, al hecho de que «vivimos en una cultura que por lo general elimina la muerte del dominio público», explica, y también a que visitando esos escenarios del horror, de las atrocidades, los turistas pueden dar un paso atrás y experimentar la sensación de alivio, la alegría de que no haberle sucedido a ellos la terrible desgracia de convertirse en víctimas.<br />
¿Pero el turismo necrológico no está relacionado en realidad con el nacimiento del turismo? ¿Qué buscaba Stendhal en sus paseos por Roma, Florencia y Nápoles? ¿Y qué buscaron Heine o Goethe o los viajeros ilustrados y del romanticismo por media Europa? ¿Qué tipo de turismo es el que conduce hasta las pirámides de Egipto, los mayores monumentos funerarios de la historia?<br />
Yo creo que el hombre que se acerca hasta los pabellones de Auschwitz o hasta los campos de la muerte de Camboya no solo acude para reflexionar sobre la muerte y la trascendencia de la vida, sino para interrogarse acerca de la maldita ‘banalidad del mal’ y del instinto irracional que aún alienta en muchos ejemplares de Homo sapiens.<br />
Esos lugares de las grandes hecatombes de la historia, de los apocalipsis que perpetraron el nazismo de Hitler, los Jemeres Rojos de Pol-Pot, el nacionalismo étnico en Bosnia-Herzegovina o la Al-Qaeda de Bin Laden no pueden invitar únicamente a que reflexionemos sobre el más allá, como si se tratara de un cuadro del barroco con el caballero observando la calavera junto al reloj de arena para ilustrar el tema del ‘tempus fugit’.<br />
Quienes visitan en París el cementerio Père-Lachaise, donde están enterrados desde Proust hasta Edith Piaf, Balzac y Chopin, o quienes recorren las galerías del Panteón de Hombres Ilustres, donde reposan, entre otros, los restos de Voltaire, Víctor Hugo y Zola, pueden ser adscritos al ‘turismo necrológico’, pero un turismo más preocupado por los aspectos estrictamente culturales de la historia que por el desasosiego que suscita la cercanía del horror y del mal.</p>
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		<title>El mundo progresa</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Jan 2012 22:13:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A historia es un albañal de miserias humanas, pero también un río que se regenera y cuyas aguas, a medida que pasan las décadas, se vuelven más cristalinas.<br />
Las vicisitudes de la política nos impulsan estos días a echarnos las manos a la cabeza no sé si debido al asombro o para resguardarnos de la que está cayendo. En estas cuestiones influye mucho el color del cristal con que se mira. Y los aumentos que tengan la lupa o el microscopio. No voy a caer en el descreimiento cínico de quienes sostienen que corruptos y malas hierbas han existido siempre, pero sí que me consuelo con un detalle incuestionable: solo en las sociedades democráticas el ciudadano acaba enterándose de los casos de corrupción y sus responsables sometidos al imperio de la ley. [Ahora es cuando alguien levanta la mano entre la audiencia y pone el ejemplo que constituye la excepción a la regla. Acepto la enmienda].<br />
Prosigamos. ¿En qué dictadura los delitos de corrupción son denunciados públicamente y sus responsables juzgados en procesos con todas las garantías? Quiero decir que a pesar de todos los reparos y de todas las excepciones, el mundo es, ‘globalmente’, mucho mejor un siglo tras otro.<br />
La sociedad del siglo XVIII fue bastante más injusta, más inhumana, que la del XIX. Y la sociedad del siglo XIX no admite comparación con la del XX, a pesar de esos dos gigantescos pasos atrás que constituyeron los totalitarismos comunista y nazi, que devastaron millones de vidas y redujeron al hombre a la triste condición de esclavo, de marioneta sin alma.<br />
En nuestros días padecemos la amenaza y los efectos del totalitarismo que encarnan los mercados financieros, esa multinacional cuyo objetivo es la felicidad de unos pocos. Con todo, estoy convencido de que el siglo XXI no admitirá comparación con el que le precede, encontrará vacuna para ese mal que es la voracidad del dinero –el capitalismo sin interés social– aunque seguramente para entonces todos calvos y ni usted ni yo lo veamos.<br />
Hasta Freud lo confiesa: «Efectivamente, el mundo hace lentos progresos: hace solo trescientos años me hubieran quemado». Vuelve uno la cabeza hacia los siglos pasados  y se le queda la mirada convertida en sal, como la mujer de Lot. Prueba y error. Avanzar, progresar, es apostar por los sueños, por lo que el hombre anhela en lo más profundo. Yo soy un entusiasta del progreso, pero desconfío instintivamente de esos ‘progresistas’ que lo son sin más base ni sustento que el de la propia etiqueta. No sin retranca lo advertía Roosevelt: «Un progresista es un hombre con ambos pies firmemente plantados en el aire».<br />
Hace unos días estuve viendo en el Museo del Prado la muestra cedida por el Museo del Ermitage ruso. Me cautivó la colección de piezas antiguas de oro que habían reunido los zares procedentes de excavaciones arqueológicas. Contemplar las armas y adornos con que los nómadas escitas de tres o cuatro siglos antes de Cristo enterraban a sus muertos es un buen ejercicio para reflexionar acerca de los progresos del mundo en el cielo y en la tierra.</p>
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