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	<title>GRATIS TOTALfuturo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Ante la consulta</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Nov 2019 09:49:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A quienes estamos ya en la sala de espera del hospital se nos ve cara de sueño. Quizás por el madrugón o por haber seguido el debate de las elecciones hasta el final. Llaman a consulta a los de las primeras horas. Una pareja de personas mayores ocupa a mi lado las únicas sillas libres que quedaban. Casi todos los pacientes charlan con sus acompañantes o se entretienen, como es mi caso, mirando el móvil. Nadie habla en voz alta. Las conversaciones están dominadas por ese tono propio de la charla doméstica en el que resultan igual de cómplices los silencios que esas muletillas: –«Ya me dirás», «A ver si no»– que hilvanan el lenguaje coloquial. La enfermera va llamando y la lista se mueve.</p>
<p>La consulta da a un pasillo por el que se transita en dirección a otras salas del hospital. Una señora de mediana edad camina a buen ritmo valiéndose de dos bastones largos de bambú.</p>
<p>—«Mira, una con cuatro patas», le dice en voz baja a su acompañante.</p>
<p>El hombre, quizás por la asociación de ideas, le cuenta a ella, también en tono confidencial, algo que le había ocurrido:</p>
<p>—«Pues mira, ayer cuando iba de la cancilla para arriba, no usé cuatro patas, pero me agarré a la cola de la yegua y me ayudó a subir la cuesta».</p>
<p>—«Cómo hiciste eso, capaz de que te diera una coz».</p>
<p>—«Quita, quita, mujer, la yegua no se espanta conmigo, le doy de comer a diario».</p>
<p>La mayoría de la gente acude con sus pruebas diagnósticas y son derivadas a consulta según el orden prefijado. Hay quien explica, sin embargo, que no recibió cita para nuevas analíticas y que todos los papeles que tiene son los que entrega en ese momento a la enfermera…</p>
<p>La sala de espera es un microcosmo en continuo cambio. Algunos llegan para sustituir al familiar a quien es preciso acompañar. Un padre se marcha y sustituye a la hija que hasta ese momento cuidó del abuelo. Casi todos los pacientes son hombres y casi todas las acompañantes mujeres. Ellas se preocupan de que tras la consulta se coloquen bien la chaqueta o terminen de abotonarse la camisa. Alguna le regaña incluso mientras aguardan en la sala de espera: «Pero, padre, ¿no podías haberte puesto hoy otros zapatos?». El hombre refunfuña un poco y mueve la mano displicente, como diciendo «…qué más da…».</p>
<p>Cerca de mí un paciente entrado en años sujeta una carpetita de cartón con la que se sacude el aburrimiento de la espera golpeándose rítmicamente en la rodilla, sobre el pantalón de pana. Un par de veces le ha sonado el móvil y siempre ha explicado lo mismo: que aguardaba a que le llamaran para que le viera el médico. Y nada más.</p>
<p>Se habla en voz baja, pero no puedes evitar escuchar lo que se dice a tu alrededor. Nadie comenta nada del debate, ni de elecciones, ni de política. Sin embargo, es más que probable que todos los que estamos aquí, ante la consulta, haciendo uso de la sanidad pública, dependemos también de esa ‘otra’ consulta, relevante, del próximo domingo. Ya me entienden.</p>
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		<title>Entre el algoritmo y el apocalipsis</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Feb 2018 19:14:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>EN nuestra época la principal preocupación no es el presente, sino el mañana; no lo que ocurre, sino lo que está por llegar, aunque a veces no llegue. Antes que reconocerle méritos a quien describe la actualidad y el ayer –poniendo luz y razón en hechos y circunstancias– le obsequiamos con nuestra complacencia a quien aventura sus apuestas por el porvenir. Aunque tal porvenir no llegue o se cumpla.<br />
En esta época se enaltece con más entusiasmo al oráculo que al historiador. El vaticinio manda. Vivimos más pendientes de la predicción del tiempo o de las encuestas que de la crónica del temporal y del análisis pormenorizado de las elecciones. Nos interesa más la proyección teórica del sondeo que el resultado práctico de las urnas, aunque entre una y otro apenas se registre, por ejemplo, un parentesco tangencial o lejano&#8230;<br />
Y cabe agregar circunstancias agravantes: la homegeneización acelerada –fruto de la globalización económica y las nuevas tecnologías– nos precipita de cabeza a eso que el filósofo surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, califica como «el infierno de lo igual». Un universo donde paradójicamente se aspira a la individualidad, a la diferenciación narcisista, pero en el fondo abocado a una igualdad ‘artificial’ que determinan los algoritmos y la nueva ingeniería social del sistema. ¿Qué sistema? Por supuesto el de las grandes corporaciones tecnológicas y económicas del mundo. Los verdaderos amos del cotarro.<br />
Como explica muy bien Yuval Noah Harari en su libro ‘Homo Deus. Una breve historia del mañana’, en pocas décadas los vehículos estarán conectados a una red que controlará un algoritmo. El poder de los datos. El algoritmo no solo nos sugerirá qué libros leer o qué vino compartir en las reuniones familiares, sino que a través de las múltiples aplicaciones nos inducirá a decidir qué carrera estudiar, qué trabajo elegir, en qué ciudad (o país) buscar empleo, qué servicios adquirir, en qué tipo de medicina creer, a qué especialistas acudir, a quién votar&#8230;<br />
Un estudio presentado recientemente en Davos prueba que más del 52% de quienes siguen prescripciones creadas por un algoritmo no cambia nunca de opinión o lo hace en muy pocas ocasiones respecto a cuestiones sociales importantes. ¿Qué significa dicho dato? Pues que más del 50 % de ese mercado de la opinión pública está blindado frente a opciones de gente que piensa de diferente manera&#8230; Equivale a entrar en un auditorio y saber que más de la mitad se inclinará por quien maneja el algoritmo. Como afirma <a href="https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html?id_externo_rsoc=FB_CC">Byun-Chul-Han</a> en una magnífica entrevista publicada en ‘El País’: «Los macrodatos hacen superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual&#8230; Estamos en pleno ‘dataísmo’: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino que es resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba».<br />
¿No hay salidas? Creo que sí. El panorama es apocalíptico pero veremos si cuando llegue el mañana verdadero no acabamos invocando el viejo lamento: «¡Lo que habremos sufrido por lo que no ha pasado!».</p>
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		<title>De la inteligencia y la astucia</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Jun 2017 19:21:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Las investigaciones sobre el desarrollo de la inteligencia incluyen campos tan distintos como el de la inteligencia artificial y la genética. El propio concepto de inteligencia es complejo y poliédrico. En realidad no cabe hablar de una sola inteligencia sino de varias. De hecho los científicos sostienen que existen al menos doce ‘inteligencias’ distintas, entre ellas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las investigaciones sobre el desarrollo de la inteligencia incluyen campos tan distintos como el de la inteligencia artificial y la genética. El propio concepto de inteligencia es complejo y poliédrico. En realidad no cabe hablar de una sola inteligencia sino de varias. De hecho los científicos sostienen que existen al menos doce ‘inteligencias’ distintas, entre ellas la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la emocional, la intrapersonal, la interpersonal, la colaborativa&#8230;<br />
Percibida como un valor característico de la ‘mente’ y opuesto al ‘corazón’, a la inteligencia solemos vincularla con la frialdad, la reflexión o el rigor frente a la pasión de lo sentimental y espontáneo, frente a esa efervescencia que resume el adjetivo ‘romántico’. De ahí que a través de la historia el prestigio del concepto ‘inteligencia’ haya fluctuado como los valores en la bolsa. De la Rochefoucauld advierte que «todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia», que a mí me parece además de una aguda observación psicológica un compendio (guasón) de experiencia histórica.<br />
Y más de veinte siglos antes uno de los siete sabios griegos sentenciaba: «El deseo de lo imposible es una enfermedad de la inteligencia», que también se nos revela como una fórmula breve y sentenciosa para incitarnos a la reflexión realista, racional, quizás estoica.<br />
Otra idea muy extendida en el imaginario colectivo respecto a la inteligencia es que reconocerla en los demás exige que uno mismo la posea. Es decir, una variación del principio teórico según el cual únicamente los iguales se reconocen entre sí. Goethe lo formuló también con pocas palabras: «todas las inteligencias son invisibles para el que no tiene inteligencia él mismo».<br />
En la vida cotidiana casi todos conocemos ejemplos en los que antes de calificar a una persona de ‘inteligente’ preferimos definirla como ‘lista’. Es una manera de matizar y también de rebajar el valor del concepto ‘inteligencia’, revestido de atribuciones positivas, encomiables, frente al de ‘listeza’, vinculado con aspectos como egoísmo, ambición, interés, avidez&#8230; En el mundo de la política (y conste que no deseo hablar de ningún político en concreto) los ejemplos de ‘listos’ frente a los ‘inteligentes’ seguro que darían para completar una enciclopedia.<br />
Me temo que una de las fatalidades de las políticas populistas que ensombrecen el porvenir es la abundancia de listos frente a inteligentes. Y más que listos, profesionales de la astucia, es decir, del maniobrerismo, de esa mediocridad que busca ganar batallas inmediatas porque en el fondo no confían en su capacidad para ganar la guerra&#8230;<br />
Lo terrible de las políticas populistas no es su falta de respeto a la verdad (desde las mentiras del ‘brexit’ hasta los tuits de Trump; desde la hipocresía de los dirigentes independentistas catalanes hasta las manipulaciones del régimen chavista o de Le Pen en Francia) lo descorazonador son las propuestas endebles y la abundancia de contradicciones. El porvenir concebido como una política de gestos contada por un astuto lleno de ruido y de furia.</p>
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		<title>De la inteligencia artificial y los libros</title>
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		<pubDate>Thu, 11 May 2017 18:42:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Supongo que las elucubraciones sobre el futuro acompañan al hombre desde el mismo instante en que nuestros antepasados se bajaron del árbol y echaron un pie a tierra. Lo que vino después es más o menos conocido y puede rastrearse a través de las religiones, la arquitectura, las diversas ramas de la ciencia e incluso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que las elucubraciones sobre el futuro acompañan al hombre desde el mismo instante en que nuestros antepasados se bajaron del árbol y echaron un pie a tierra. Lo que vino después es más o menos conocido y puede rastrearse a través de las religiones, la arquitectura, las diversas ramas de la ciencia e incluso a través de intuiciones geniales como las de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick con su ‘2001, una odisea del espacio’.<br />
Al pesimismo creciente respecto a las posibilidades de sobrevivir en un planeta que destruimos apresuradamente como prueba el cambio climático –que no es causa, sino efecto– hay que sumar también las prevenciones mostradas por el científico Stefan Hawking ante los peligros que entrañan la guerra nuclear, el calentamiento global, los virus genéticamente modificados y la inteligencia artificial.<br />
Y ahí es donde yo quería llegar, a la famosa inteligencia artificial (IA). Porque frente a las ‘alertas’ y prevenciones de Hawking cabe oponer el optimismo de <a href="http://xlsemanal.hoy.es/personajes/20170507/magazine-en-portada-las-maquinas-tendran-sentimientos-se-enamoraran.html#ns_campaign=rrss-inducido&#038;ns_mchannel=xlsemanal&#038;ns_source=tw&#038;ns_linkname=noticia&#038;ns_fee=0" target="_blank">Geoffrey Hinton</a>, el científico al que nadie discute el título de ‘padrino’ de la inteligencia artificial y convencido de la imposibilidad de establecer predicciones, más allá de 5 años, respecto al peligro de máquinas con IA susceptibles de ‘dominar’ y destruir al hombre.<br />
Lo inquietante para mí de la IA no es que sea una técnica basada en la ‘intuición’, –como el cerebro humano– y no tan sólo en la ‘lógica’, como cualquier computadora convencional; ni que la inteligencia artificial se convierta a corto plazo en potencial amenaza por su capacidad para destruir puestos de trabajo; ni por los terremotos que desate en los mercados financieros mundiales; ni por hacer que una máquina se enamore como el replicante de ‘Blade Runner’, ahora que se estrena otra versión de la ideada por Ridley Scott. Lo más inquietante para mí de la inteligencia artificial es que ya existe el ‘software’ capaz de crear un relato, según cuenta Pablo Burgos en el digital ‘Bez’ e ilustra con varios ejemplos: aquella novela que superó la primera ronda de un premio literario en Japón; la versión coescrita en 2008 de ‘Anna Karenina’ con un nuevo ‘software’, o los algoritmos utilizados por Google para que otra máquina a la que previamente se le ha ‘familiarizado’ con más de 12.000 libros electrónicos, ‘escriba’ alguna obra de ficción con aspiraciones románticas y de superventas&#8230; Esos libros de los que hablaba ayer en su columna Alfonso Callejo, «escritos en una prosa escolar simple e insulsa con poca intención de buscar la belleza del lenguaje». Esos libros que terminarán inundando el mercado.<br />
Así que las aplicaciones de la IA que de verdad me parecen inquietantes no son las derivadas de la realidad socioeconómica (que también) sino la devastación que pueden causar en el panorama literario futuro. ¿Qué será de nuestros genios cuando los algoritmos además de ganarte al ajedrez y al complejo Go sean capaces de escribir ‘La comedia humana’ «mejor» que el propio  Balzac? O superar a Cervantes&#8230; Para que luego digan que los robots no tienen que pagar impuestos, como sugiere Bill Gates.</p>
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		<title>Los hijos y la felicidad</title>
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		<pubDate>Thu, 19 May 2016 20:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[HABÍA un viejo maestro que cuando algún escolar se aturullaba y empezaba a contestar a las preguntas de forma confusa, extendía su mano izquierda con la palma abierta y dando unos pequeños toques sobre ella con la otra mano le decía: «Déjate de cuentos, y échame aquí la sustancia». La sustancia, sin circunloquios, se resume [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>HABÍA un viejo maestro que cuando algún escolar se aturullaba y empezaba a contestar a las preguntas de forma confusa, extendía su mano izquierda con la palma abierta y dando unos pequeños toques sobre ella con la otra mano le decía: «Déjate de cuentos, y échame aquí la sustancia». La sustancia, sin circunloquios, se resume en un titular informativo: «Liberbank reducirá su plantilla en cerca de 1.000 empleados». Liberbank es la entidad bancaria creada por Cajastur-Banco CCM, Caja Cantabria y Extremadura. El nuevo plan de reducción de empleo del grupo se hará mediante bajas voluntarias e incentivadas y a través, claro está, de la negociación con los sindicatos. Hasta ahí los datos.<br />
En las sociedades superutilitarias como la actual, los valores de uso, de cambio y mercantil quedan muy a trasmano –imagino que también para el señor Rosell, presidente de la patronal– y el valor supremo es el monetario, el verdadero ‘becerro de oro’ al que se tributa adoración para que no se resista el sistema. Sin embargo, el ‘becerro de oro’ tan solo es un ídolo, el dios por descontado es el sistema. ¿Les suena el mantra ‘crisis sistémica’? Dos palabras que perfilan ese mal abstracto percibido en el imaginario colectivo como algo ‘inexorable’, igual que las plagas bíblicas o una hecatombe para la que no existe vacuna: la peste negra que asolaba Europa en la Edad Media, por ejemplo. El mal como maldición.<br />
Es verdad que el panorama no invita al optimismo, pero la experiencia demuestra que a veces la historia no avanza siguiendo las líneas previsibles de un determinismo de piñón fijo. En ocasiones, por fortuna, se registran saltos cualitativos y avances en zigzag. «Ni el pasado ha muerto ni está el mañana, ni el ayer escrito», que apuntó Machado.<br />
De todas formas, yo no quería hablar hoy de los problemas cotidianos de las sociedades utilitarias como la nuestra, sino ampliar el arco de la reflexión como en el sabio y popular poema de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Gibran_Jalil_Gibran" target="_blank">Kalil Gibran</a> ‘Sobre los hijos’:<br />
«Tus hijos no son tus hijos / Son hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma. / No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen. / Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, / Pues ellos tienen sus propios pensamientos. / Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas, / Porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños. / Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti / porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. / Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados (…). / Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad».<br />
Imagino que todos aspiramos a dejar en herencia a nuestros hijos una sociedad más justa y solidaria, más confortable y más segura. Pero sin determinismos. Sin aceptar ni imponer de manera fatalista el mañana. Y  así como a los padres no les facilitan un manual de instrucciones personalizado para saber cómo tienen que colocar el arco desde el que sale la flecha, tampoco la sociedad dispone de programas preinstalados para saber cómo se conquista, a piñón fijo, un futuro mejor. </p>
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		<title>Billetes al paraíso</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Apr 2015 20:47:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Quiero resistirme hoy al pandemónium político-electoral que nos avasalla. Por eso mi buen Yorick seré cristalinamente sincero: si entre tus intenciones figura la búsqueda de combustible para alimentar esas fogatas, no sigas leyendo, aquí no hallarás nada que deje tu cabeza igual que una devanadera. Hoy no toca. Ayer por la tarde, cuando acudía al [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quiero resistirme hoy al pandemónium político-electoral que nos avasalla. Por eso mi buen Yorick seré cristalinamente sincero: si entre tus intenciones figura la búsqueda de combustible para alimentar esas fogatas, no sigas leyendo, aquí no hallarás nada que deje tu cabeza igual que una devanadera. Hoy no toca.<br />
Ayer por la tarde, cuando acudía al periódico no pude resistirme sin embargo a la paradoja de dos realidades simultáneas aunque muy diferentes. Mientras las ediciones digitales de los periódicos ‘ardían’ con las noticias del registro en la vivienda de Rodrigo Rato por agentes de la Agencia Tributaria y de la Policía Nacional, miles de jóvenes se concentraban en Cáceres para aprovisionarse de bebidas y trasladarse al recinto ferial donde se iba a celebrar la denominada –no sé si eufemísticamente o con polisémica precisión– Fiesta de la Primavera.  Ajenos a otras refriegas que no sean las de la juventud y la diversión, los participantes en la macrofiesta muestran un espíritu vitalista y celebratorio que suscita más simpatías que la del pandemónium político-electoral. «El paraíso lo prefiero por el clima, el infierno por la compañía», decía Mark Twain, que en el caso de haber vivido en Cáceres ayer se hubiera ido, por el clima y la compañía, con los jóvenes que daban la bienvenida a la primavera en el recinto ferial.<br />
Con el mismo destino de ultratumba bromeó Maquiavelo varios siglos antes que Twain: «Yo quiero ir al infierno y no al cielo. En el primer lugar disfrutaré de la compañía de papas, reyes y príncipes mientras que en el segundo solo encontraré mendigos, monjes y apóstoles». Espíritu realista.<br />
Las fiestas masivas juveniles tienen mala fama. Lo fácil es deducir que su desprestigio social es debido a la popularización de los botellones, pero yo creo que no es así. Un texto anónimo caldeo de veinte siglos antes de Cristo apunta: «Nuestra juventud es decadente e indisciplinada. Los hijos no escuchan ya los consejos de los mayores. El fin de los tiempos está próximo». Y desde la noche de los siglos retumban aún las famosas palabras de Sócrates (425 años antes de Cristo): «Los niños de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, engullen la comida y tiranizan a sus maestros».<br />
No quisiera precipitarme por el simplismo demagógico y falso de «no hay nada nuevo bajo el sol», pero incluso aceptando que «la juventud siempre es la juventud», cada época está sometida a valores ‘sociales’ que trascienden la forma en que se divierten y se relacionan los jóvenes. Quiero decir que  la popularización del botellón o de las macrofiestas solo representan aspectos anecdóticos para varias generaciones de chavales crecidos en los años del estado del bienestar, una simple etiqueta de los tiempos, igual que el uso de los teléfonos inteligentes, las tabletas o las indumentarias características que marcan las modas. Elementos secundarios, epidérmicos, tangenciales. Lo esencial de esta juventud son sus ganas de conquistar el futuro –aunque sea lejos de casa, en el extranjero– y la seguridad de que los paraísos también están en este mundo.</p>
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		<title>Decálogo urgente para situaciones de crisis</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Nov 2014 11:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[UN amigo aficionado a reflexionar sobre la política española ha elaborado un decálogo relativo a Podemos. En vez de aburrirles resumiendo torpemente sus razonamientos, lo reproduzco íntegro a continuación. 1.-Casi siempre, las elecciones las gana quien consigue atraerse al ‘centro sociológico’, integrado mayoritariamente por una clase media que igual vota, según las circunstancias, a partidos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>UN amigo aficionado a reflexionar sobre la política española ha elaborado un decálogo relativo a Podemos. En vez de aburrirles resumiendo torpemente sus razonamientos, lo reproduzco íntegro a continuación.<br />
1.-Casi siempre, las elecciones las gana quien consigue atraerse al ‘centro sociológico’, integrado mayoritariamente por una clase media que igual vota, según las circunstancias, a partidos de izquierda o de derecha.<br />
2.-A medida que la democracia se ha ido asentando, es más determinante a la hora del voto ‘castigar’ al que lo ha hecho mal que ‘premiar’ a la oposición.<br />
3.- Cuando un país es próspero y tiene perspectivas de futuro, a casi todos les parece absurdo pretender ‘socializar’ la pobreza.<br />
4.- Cuando un país deja de ser próspero y la pobreza castiga no solo a una generación sino seguramente a dos más, las opciones moderadas pierden peso, se extiende la percepción de «peor que estos, imposible» y en consecuencia crece el convencimiento de que quien quiera que venga lo hará mejor.<br />
5.- Si la clase media es golpeada por la crisis y se dispara el número de pobres (jubilados manteniendo a toda la familia&#8230;) las opciones que prometen ‘cambios’ reales tienen serias opciones de arrasar en las urnas.<br />
6.-Con las despensas vacías y las perspectivas individuales (no macroeconómicas) muy negras a corto y a medio plazo, hasta las sensatas clases medias prefieren esperanzarse con algo nuevo que persistir en el error y la inanición.<br />
7.-Los argumentos del tipo «¡que viene el lobo, que viene el lobo!» son poco efectivos para quienes han visto cómo los lobos auténticos llevan tiempo zampándose al rebaño  con ostentación y además con impunidad.<br />
 8.-La corrupción en las capas políticas dirigentes es el uranio enriquecido que alimenta ‘reactores políticos’ como Podemos u otras opciones alternativas que –sin necesidad de violencia ni de transgredir el actual marco democrático– están dispuestas a trabajar por un futuro mejor para los españoles.<br />
9.-El daño de la corrupción es tan escandaloso que no solo dinamita la credibilidad de los dirigentes ‘contaminados’ sino que los ha cegado hasta el extremo de no reparar en la inmoralidad de su proceder. Por eso casi todos se limitan a pedir perdón mientras que la sociedad exige antes que las simples disculpas la restitución del dinero.<br />
10.- Si el nivel de enfado con los políticos y responsables de la corrupción crece excesivamente, las honradas clases medias pueden sentirse dominadas por el &#8216;síndrome Sansón&#8217;, por el convencimiento de que llegados a este punto, lo mejor es cargarse el templo y «mueran Sansón y todos los filisteos».<br />
Hasta aquí el decálogo de mi amigo. Algunos postulados parecen de validez intemporal y otros muy circunscritos al momento presente. Yo no tengo ningún temor a Podemos. Temo mucho más a quienes le temen. Y temo sobre todo la ira del español sentado, que decía Lope. Un pueblo, el nuestro, veterano en pegar patadas a sus propios demonios en nuestros propios traseros. </p>
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		<title>Escapadas</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Oct 2014 19:49:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuenta Alonso Zamora Vicente en su libro ‘Primeras hojas’ cómo un personaje se enfurruña y un buen día decide irse de casa. ‘Escapada’ se titula el capítulo. «En una bolsa de tela puse, escogiéndolos, unos calcetines y un pañuelo, y el metro metálico que se cerraba a manivela». Episodio propio de la niñez. A mí me llama la atención el escuálido equipaje con que se marcha el personaje y en especial ese metro metálico «que se cerraba a manivela» y que debía de ser, primer tercio del siglo XX, un verdadero prodigio para la época. Tesoro sentimental para su dueño. Cuando yo era joven, un amigo también protagonizó una fuga de casa. Su escapada le llevó algo más lejos que al personaje de Zamora Vicente, que apenas deambuló durante varias horas alrededor de su barrio. Mi amigo, viajando como polizón en un autobús, consiguió llegar a otra ciudad alejada cientos de kilómetros de la suya. A los amigos nos sorprendió más que la escapada en sí, el hecho de que portaba como único equipaje un viejo despertador de cuerda del tamaño de un tazón de desayuno&#8230; En realidad aquella escapada nos pareció extraordinaria, legendaria, sobre todo por el despertador. ¿Para qué necesitaba un adolescente rebelde y airado aquel objeto? ¿Acaso para mantener una última conexión directa, mecánica, con el orden y la disciplina de la que parecía escapar? Nosotros nunca lo supimos. Ni nos atrevimos a preguntárselo. Él simplemente nos explicó, al regreso, que el despertador había sido su único compañero de viaje y que en ningún momento lo perdió de vista.<br />
Las cosas han evolucionado. Supongo que los niños siguen expresando su rebeldía pero ahora en vez de dar un portazo y correr a la calle para escaparse de quienes les llevan la contraria, se encierran en el ‘territorio libre’ de su habitación y se refugian en la realidad virtual del ordenador, del teléfono móvil o de la tableta digital. Un espacio, por desgracia, más peligroso que las azarosas calles de anteayer. Escapar sin salir de casa.<br />
Si hablamos de jóvenes ya es otro cantar. Sus escapadas no son fruto de conflictos generacionales sino hijas de la necesidad. Y no escapan temporalmente, sino que se ven abocados a dejar su casa en busca de un futuro que les regatea la propia tierra. Es verdad que no marchan con la maleta de cartón  como sus padres o sus abuelos, se van con un titulo universitario bajo el brazo y la esperanza con hambre de futuro. Gente joven afectada por lo que la ministra Báñez llamaría «movilidad exterior» o por lo que la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Corral, atribuyó al «impulso aventurero», en vez de a la cruda necesidad de un puesto de trabajo. Las escapadas de esos jóvenes, decía, no inquietan por dirigirse a lugares ignotos, sino por parecer inevitables y multiplicarse como una maldición. En casi todos los pueblos y en casi todas las ciudades de Extremadura. Por suerte, los jóvenes no tienen que cargar con ningún reloj despertador. Les basta el calendario perpetuo y el GPS del móvil por si en algún instante la palabra regreso representa algo más que una palabra y cobra sentido.</p>
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		<title>Edimburgo en la mirada</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Sep 2014 09:14:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Edimburgo, la capital de Escocia, es una de las ciudades europeas más bellas. En su centro histórico los guías de turismo se entusiasman con historias de rivalidad en las que Inglaterra y sus reyes encarnan, invariablemente, a los malvados del cuento. La verdad, sin embargo, es que Edimburgo está salpicada de estatuas de personajes y de enclaves que trascienden con mucho ese pasado de afrentas. Quienes recorren la Royal Mile y alrededores podrán disfrutar con recreaciones de episodios truculentos en pasadizos (los famosos ‘closes’), casas embrujadas, cementerios o edificios cubiertos de años y horrores, pero satisfecha esa parcela de anécdotas –incluida la de Bobby, el perrillo que permaneció casi 15 años junto a la tumba de su dueño– lo cierto es que en Edimburgo los turistas se fotografían también junto al monumento a sir Walter Scott, al lado de las estatuas de Adam Smith y de Sherlock Holmes, o delante de la cafetería, ya reformada, donde J.K. Rowling se refugiaba para escribir las primeras aventuras de Harry Potter. Una ciudad en la que pueden rastrearse los ecos de Robert Louis Stevenson, de Arthur Conan Doyle, de Irvine Welsh, el exitoso autor de ‘Trainspotting’ o participar cada verano en las animadísimas y sugerentes sesiones de su Festival Internacional de Teatro, una de las citas culturales de primer nivel en Europa.<br />
 Es verdad que Escocia no son únicamente  Edimburgo y su Parlamento; sería absurdo monopolizar en una ciudad de medio millón escaso de habitantes la complejidad de un territorio habitado por más de cinco millones de personas, que era el censo de Escocia en 2011. A pesar de ello, yo creo que Edimburgo es la metáfora de una convivencia superadora de mitos y de cortedad de miras. El ejemplo de una ciudad que ha convivido sin mayores problemas o inconvenientes con algunos de los símbolos principales de lo ‘british’ e incluso los ha encarnado. Quiero decir que ese pasado de humillaciones y episodios horrendos acaso lo percibe el turista necesitado de anécdotas que le amenicen la visita, pero ni mucho menos el habitante de una ciudad o de un viejo territorio que lleva más de tres siglos formando parte de una cultura, de unos valores y de un estilo de vida por voluntad propia y con todos sus derechos. Otra cosa son la economía y también la política, mi buen Yorick.<br />
Si lo principal en el referéndum de ayer en Escocia es la economía, por lo primero que hay que preguntarse no es por los verdaderos intereses de los escoceses, sino por los planes, por las previsiones de quienes han pisado el acelerador político de la ruptura para ‘exacerbar’ el sentimiento independentista. ¿Por qué ahora? ¿Quién sale ganando con la jugada? Esa es la pregunta. ¿Le salen las cuentas al conglomerado financiero-político que tendría que gestionar de inmediato una victoria del ‘sí’? ¿Y en tal caso, le salen esas cuentas también al ciudadano de la calle? Si el objetivo del pulso con Londres era conquistar mejoras en el autogobierno, está claro que esta batalla, sea cual sea el resultado del referéndum, la han ganado los partidarios de la ruptura. Otra cosa es ganar la guerra. O simplemente, ganar.</p>
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		<title>Aprendices de brujo</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Dec 2013 20:50:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[CUALQUIER persona que haya conocido con detalle los sustratos que alimentan el sentimiento nacionalista –y me refiero a cualquier nacionalismo– sabe que un factor imprescindible para mantener viva esa hoguera es la mitificación. Sin mitos no hay nación. De hecho, ‘mitificación’ y ‘nacionalismo’ deben de ser palabras sinónimas. Al menos a mí me lo parecen. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>CUALQUIER persona que haya conocido con detalle los sustratos que alimentan el sentimiento nacionalista –y me refiero a cualquier nacionalismo– sabe que un factor imprescindible para mantener viva esa hoguera es la mitificación. Sin mitos no hay nación. De hecho, ‘mitificación’ y ‘nacionalismo’ deben de ser palabras sinónimas. Al menos a mí me lo parecen.<br />
En el instante en que opera el factor ‘mitificación’ la ‘mecánica humana’, si puede decirse así, deviene en algo distinto. Por explicarlo con un ejemplo. Si hasta ese día el hombre ha respirado a pulmón libre, desde el instante en que se ve dominado por el sentimiento nacionalista ocurre algo inusual: es como si su sistema de respiración sufriera de pronto una metamorfosis vertiginosa y se viera impelido a respirar por branquias de forma que en vez de seguir moviéndose en la atmósfera de aire puro y pulmón libre  estuviera condenado a transformar su naturaleza y acabara en un medio acuático, convertido en una especie de pez que se moverá ya siempre, con firme instinto gregario, junto a los demás componentes del banco&#8230;<br />
Ahora nos sorprende la aceleración vertiginosa que ha adquirido el proceso de ‘mitificación’ que promueven ciertos nacionalistas catalanes, bastante aficionados a hacer de aprendices de brujos no con gaseosa, sino con gasolina. ¿Qué quieren que les diga? No me gustan nada las nuevas vísperas&#8230;<br />
Supongo que es muy difícil alcanzar acuerdos, establecer puntos de encuentro cuando en vez de hechos históricos se contraponen leyendas, tergiversaciones, visiones interesadas o simplemente mitos. Es muy difícil reconocer al ‘otro’ cuando uno se empeña en reparar únicamente en lo diverso y no en lo común. Cuando aspiras a subrayar lo que separa en vez de lo que une.<br />
Habrá quien crea que esos principios obedecen a estrategias políticas y que sobre ellos se puede edificar con futuro&#8230; Qué error. Únicamente los principios morales, cívicos, que trascienden las miserias y las contingencias del instante permiten confiar en obras de carácter intemporal y duradero; proyectos sobre los que edificar, en resumen, una sociedad. Lo demás es filfa, tramoya, cañahejas con las que levantar un chamizo que se vendrá al suelo al primer vendaval.<br />
Por eso lo disparatado, lo endeble, lo inconsistente del proyecto nacionalista catalán. No porque se trate de una aspiración injusta o alimentada de mitos, sino porque se trata de una aspiración injustificada; es decir, no argumentada, no construida sobre principios de valor universal: la justicia, la solidaridad con los débiles, la generosidad con el contrario&#8230;<br />
Se han citado muchas veces los versos del poema ‘Spoon river, Euskadi’, del libro ‘Suma de varia intención’, (1987), de Jon Juaristi, en los que revolotea la sombra de la barbarie terrorista en el País Vasco: «¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».<br />
Cuánto siento que para los nuevos aprendices de brujo, vengan como anillo al dedo esos versos de Jon Juaristi.  </p>
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