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	<title>GRATIS TOTALglobalización &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>El gordo de Navidad</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2020 12:05:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Estos días de negocios cerrados y limitación de aforos, las grandes colas en España siguen formándose ante la administración de lotería, templo laico al que se acude con la ilusión de premios sustanciosos que regalen alegría y felicidad. Próximo ya el sorteo de navidad, quién se atreve a cerrar los ojos y sustraerse a la superstición social de la fortuna repentina ¿Y si toca aquí?, repite el eco. Por estas fechas me acuerdo siempre de lo que le sucedió a la familia de unos amigos madrileños ‘agraciada’ con bastantes millones de pesetas del gordo de Navidad. Mientras el padre y los hijos festejaban alborozados el premio, la madre les sorprendió con una llantera imparable: «¡Qué desgracia ha caído sobre esta casa, qué desgracia, qué desgracia!». Nadie aplacaba su desconsuelo y algunos de los hijos incluso se lo tomaron a risa. Mi amigo contaba que el tiempo acabó dándole la razón a su madre pues lo que había sido hasta entonces una familia unida y feliz se convirtió enseguida en paisaje después de la batalla. Quizás intuyó que aquel regalo contenía presagios de desgracias en su aparente felicidad, igual que las monedas contienen dos caras distintas, o la propia vida, con sus luces y sus sombras. Cicerón lo advirtió hace siglos: «No solo es ciega la fortuna, sino que de ordinario vuelve también ciegos a aquellos a quienes acaricia».</p>
<p>Las celebraciones navideñas hace tiempo que cambiaron. Me parece que el debate ya no está en ‘belén, sí; árbol, no’ o a la inversa, sino en el casi monopolio de los bazares chinos a la hora de vender belenes, árboles, luces y todo tipo de adornos navideños. La fiebre por la lotería ha crecido pareja a la globalización. Entre otras cosas porque es un manantial de recursos para el Estado. Aquel cartel donde el ministro Montoro nos avisaba con sonrisa traviesa: «Participo gratis en tu décimo y lo sabes», seguramente se actualice en internet con la caricatura del ‘montoro’ de turno o, por qué no, con el perfil vampiresco de Iglesias Turrión. Al mismo tiempo que dejamos de ser un país industrializado que produce y fabrica manufacturas –cosa que en China, por contra, crece exponencialmente– nuestra adicción a la lotería y a las apuestas adquiere niveles de pandemia. La lotería del gordo de Navidad se reparte por media Europa. Al gobierno de turno le interesa, claro está, revestirlo de ‘acción social’ y hasta el eslogan de la campaña de este 2020 ahonda en la idea: ‘Compartir como siempre, compartir como nunca’.</p>
<p>Creo que pocos reaccionarían si les tocara el gordo como la madre de mis amigos madrileños, pero estoy convencido de que para nadie sería bastante el premio obtenido, todos anhelarían recibir más. La fortuna es caprichosa y perecedera. Ya se sabe que la mejor lotería es el trabajo; lo malo es que para ese sorteo no hay décimos a la venta.</p>
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		<title>De cliente a operario</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2020 09:44:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En el horizonte financiero nacional se vislumbran dos hiperfusiones bancarias: la del BBVA con el Sabadell y la de Unicaja y Liberbank, que se añaden a la reciente de CaixaBank con Bankia. Recuerdo que en los años ochenta, cuando se multiplicaban las oficinas bancarias por las mejores esquinas urbanas, en Cáceres se popularizó un lamento [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el horizonte financiero nacional se vislumbran dos hiperfusiones bancarias: la del BBVA con el Sabadell y la de Unicaja y Liberbank, que se añaden a la reciente de CaixaBank con Bankia. Recuerdo que en los años ochenta, cuando se multiplicaban las oficinas bancarias por las mejores esquinas urbanas, en Cáceres se popularizó un lamento irónico que resumía bastante bien lo que pasaba en la calle: «Desde la Plaza Mayor hasta la Cruz de los Caídos está todo lleno de bancos pero no hay forma de sentarme un rato a descansar».</p>
<p>Las perspectivas han variado sustancialmente y tal vez ahora resulta complicado hacerle hueco al humor. Por lo pronto, las fusiones bancarias forzarán la reducción de miles de puestos de trabajo y otras tantas prejubilaciones y jubilaciones en un país con el paro juvenil desbocado y una de las poblaciones más envejecidas del mundo. Del universo laboral en expansión al agujero negro. La tormenta perfecta.</p>
<p>Los problemas de la galaxia financiera no afectan únicamente a la macro, sino a la microeconomía. Por paradójico que resulte, hasta aquello de Mark Twain: «El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos los exige cuando empieza a llover» ha dejado de ser cierto, pues el banco no te paga ya por disponer de tu dinero; eres tú quien tienes que pagarle a él para que te lo guarde. Lo frustrante es que el propio sistema ‘obliga’ a que se realice cualquier operación a través de una entidad financiera: desde domiciliar pagos a las compañías suministradoras (electricidad, agua, teléfono) hasta el abono de los impuestos locales, regionales y nacionales. Mecanización y control.</p>
<p>De ahí los fastidiosos episodios que sufren a diario en las sucursales bancarias muchos clientes –mayores y jóvenes– sin destrezas suficientes ni acceso a las herramientas digitales para interactuar con su propio banco y no digamos para cualquier trámite con las administraciones públicas. Los bajos intereses, los problemas de solvencia, la globalización y sobre todo la escasa rentabilidad de algunas entidades financieras están haciendo que el cobro de comisiones se convierta en una vía fácil para sobrevivir. De hecho, si usted repasa los conceptos por los que su banco puede cobrarle comisión, se echará las manos a la cabeza, y a la cartera.</p>
<p>La palabra ‘cliente’ deberían sustituirla por ‘operario’, pues es usted mismo quien debe hacer las operaciones y gestiones que antes efectuaban los trabajadores del sector y, encima, pagar por ello. Y no hablo de los cambios derivados de la revolución tecnológica y digital, me refiero a un problema de fondo en el que antes que ciudadano con derechos será considerado usuario con deberes, una minúscula pieza del engranaje que mueve el sistema. No crean que hablo de abstracciones, trasladen esas ideas a la realidad de su entorno, con nombre y apellidos, a tantas localidades casi despobladas y envejecidas de Extremadura. Y perdón por la tristeza.</p>
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		<title>Kafka en el agua</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Sep 2020 10:59:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En los bazares de la calle comercial, relojes de pared reclaman la atención de los turistas. Esas esferas multicolores crean una atmósfera de exposición decorativa y galería surrealista. Cómo es posible, me pregunto en silencio, que durante el más generoso paréntesis de tiempo libre que disfrutamos al cabo del año, los relojes se conviertan en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En los bazares de la calle comercial, relojes de pared reclaman la atención de los turistas. Esas esferas multicolores crean una atmósfera de exposición decorativa y galería surrealista. Cómo es posible, me pregunto en silencio, que durante el más generoso paréntesis de tiempo libre que disfrutamos al cabo del año, los relojes se conviertan en símbolo omnipresente, justo ahora, además, que mucha gente ha dejado de llevarlos en la muñeca porque les basta con mirar el móvil.</p>
<p>En la playa, con las sombrillas algo más diseminadas por la pandemia, la lotería nacional se anuncia en avioneta. Atrás quedan los días veraniegos en que esa publicidad la monopolizaban las empresas de Ruiz Mateos, las marcas de cervezas o las ofertas de las grandes superficies comerciales. Supongo que el Estado (mejor el Gobierno) necesita recaudar y apura las concentraciones de bañistas para recordarnos que ya hay lotería de navidad, «el impuesto de los tontos», como se la llamaba antiguamente. ¿Y si toca aquí?</p>
<p>Esta mañana luminosa, con el mar en calma, la sensación de placidez y despreocupación es general, aunque las noticias sobre brotes y contagios resultan cada vez más alarmantes. Miro a mi alrededor y pienso: ¿cuántos de quienes disfrutan de esta supuesta normalidad darían positivos en la covid-19? Bajo las sombrillas solo se perciben risas, charlas intrascendentes y esa felicidad superficial, genérica, del tiempo libre y las vacaciones.</p>
<p>Me acuerdo de la famosísima anotación que hizo Franz Kafka en su Diario el 1 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Piscina por la tarde». Quizás no quepa, sin embargo, establecer paralelismos. No tanto por las ‘amenazas’ tan diferentes que suponen la Primera Guerra Mundial y la pandemia del coronavirus, sino por el hecho de que a Kafka, según su biógrafo, Reiner Stach, no puede acusársele de «frivolidad» al emparentar en la misma anotación la referencia a la contienda mundial y su cita con la piscina. Al revés. Si se rastrea su diario, de carácter personal, tal alusión fue la única referencia política; la prueba, advierte Stach, de la importancia histórica que atribuía, precisamente, a aquel acontecimiento.</p>
<p>Mientras escribo –agonizando agosto–, soy incapaz de sustraerme, no obstante, a la sensación de que en España vivimos estados de ánimo colectivos bastante similares a los de aquella encrucijada de Kafka en 1914. Una catástrofe global se cierne en el horizonte pero no renunciamos a la ‘normalidad’ cotidiana de acudir a la piscina o al calorcito del sol y de la playa. Quizás sea el único proceder razonable.</p>
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		<title>Nuevos escenarios</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jul 2020 07:03:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando era joven, uno de mis mejores amigos sostenía que existen, básicamente, dos maneras de ligar: la de ‘impacto directo’ y la de ‘impacto indirecto’. Mi amigo, de físico bastante agraciado, pertenecía al primer grupo. El de los guapos. Era suficiente con que le divisaran las chicas para despertar de inmediato honda expectación. El impacto [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando era joven, uno de mis mejores amigos sostenía que existen, básicamente, dos maneras de ligar: la de ‘impacto directo’ y la de ‘impacto indirecto’. Mi amigo, de físico bastante agraciado, pertenecía al primer grupo. El de los guapos. Era suficiente con que le divisaran las chicas para despertar de inmediato honda expectación. El impacto directo. El resto teníamos que recurrir, como Mercucio, a otras estrategias: desde aguzar el ingenio hasta recurrir a la retórica. Por lo general, a mi amigo siempre le colgaban las chicas la guirnalda reservada a la belleza. Los demás debíamos conformarnos con la medalla de consuelo, bruñida con el argumento: «No es guapo, pero es interesante, ¿verdad?».</p>
<p>Aunque en lo esencial imagino que han variado poco los factores que determinan la atracción entre un hombre y una mujer, y que la belleza sigue ocupando –por lo menos en los inicios– el primer cajón del podio, los usos amorosos en cualquier sociedad vienen complementados por otros atributos: la inteligencia, la sinceridad, la alegría, la empatía. Esos dones.</p>
<p>Cosa distinta son los condicionantes o las modas y costumbres. Si respecto a lo esencial nada hay nuevo bajo el sol, pues la belleza sigue dictando su ley (ahí están Grecia y Roma), en cuanto a los hábitos sociales me parece que sí se han producido cambios considerables. Basta elegir entre las variadas aplicaciones de ligoteo, los programas televisivos para buscar pareja, las webs de contacto o el uso polivalente de las redes sociales. Un catálogo de ofertas surtido y multicolor. Presenciales y en línea.</p>
<p>En mi opinión, sin embargo, lo más sorprendente no es que hayan cambiado las ‘herramientas’ para emparejarse los jóvenes (y no tan jóvenes) sino que han cambiado algunas circunstancias esenciales. En esta sociedad del consumo globalizado y del espectáculo, ligar se ha convertido también en un espectáculo en sí mismo que desborda la esfera privada y puede ‘consumirse’, valga la redundancia, como cualquier otro bien disponible en el mercado… Los modelos de comportamiento, los referentes que se ‘replican’ a través de los programas televisivos y de las redes sociales se encuentran a años luz de lo vivido en cualquier otra época. En el fondo, la condición humana seguro que no ha variado, y el amor –romántico o no– sigue moviendo el mundo, pero la tecnología ha impuesto otro programa y nuevos escenarios. Bien lo sabía Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: «<em>Aristóteles lo dijo, y es cosa verdadera / que el hombre por dos cosas se mueve: la primera, / por el sustentamiento, que la segunda era / por haber juntamiento con hembra placentera</em>».</p>
<p>Así que ahora, cuando las redes sociales entronizan lo breve, directo y ‘emocional’, en materia de amor y conocimiento habrá cambios que trascienden lo anecdótico. Por eso, si sigue valiendo el adagio: «Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación», ni mi viejo amigo ni el resto de la tropa tenemos nada que hacer.</p>
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		<title>La cebra de Wagensberg</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Feb 2020 09:45:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las reacciones ante el coronavirus en la sociedad globalizada del siglo XXI van del alarmismo a la indiferencia; la constatación, posiblemente, de que hemos salido de la Edad Media, aunque a ratos resulte difícil creerlo. Si viviéramos en la noche de los tiempos, el coronavirus avanzaría siguiendo la estela de esas epidemias terribles cuyo espanto [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las reacciones ante el coronavirus en la sociedad globalizada del siglo XXI van del alarmismo a la indiferencia; la constatación, posiblemente, de que hemos salido de la Edad Media, aunque a ratos resulte difícil creerlo. Si viviéramos en la noche de los tiempos, el coronavirus avanzaría siguiendo la estela de esas epidemias terribles cuyo espanto empujaba a refugiarse en la divinidad, sea la que fuere, y a ejercitarse en la prácticas mortificantes y en las rogativas. Sin embargo, la mejor prueba de que aún no cabalgan los cuatro jinetes del apocalipsis se halla en las redes sociales –Oráculo de Delfos de la modernidad– donde conviven ejemplos del catastrofismo extremo con recomendaciones ponderadas (mediante enlaces a los medios de comunicación prestigiosos) en pos de la sensatez y del sentido común. Borrando con luz la oscuridad; disolviendo miedos.</p>
<p>Pero el miedo es libre. Y avanza en la dirección que quiere. Lo advirtió hace más de dos mil años Aristóteles: «El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno». Yo creo que una forma de escabullirse del miedo, de sortear sus embestidas, es a través del humor, de la risa, igual que esa trinidad de chimpancés que se tapan la boca, los ojos y los oídos para desentenderse del mundo. La apoteosis del chiste y del meme en internet. Sucede que el miedo a veces se agazapa tras ciertas suposiciones y nos impele a hacernos preguntas. A trompadas contra la razón. Si el coronavirus no es nada más que una gripe, ¿por qué el revuelo mundial? ¿Por qué hemos pasado de ver calles de ciudades chinas medio desiertas a saber con certeza que la enfermedad se ha extendido ya a más de 38 países? ¿Por qué crece la población sometida a cuarentena? ¿Es irrelevante el hecho de que existan vacunas para la gripe, pero aún no para el coronavirus? Quizás para tranquilizarnos a diario nos recuerdan que el patógeno resulta menos letal que la gripe, pero mucho más contagioso. Sol y sombra.</p>
<p>Uno de los aforismos más conocidos del físico y divulgador científico Jorge Wagensberg asegura que «una cebra no necesita correr más que una leona, sino más que las otras cebras». Aplicándonos el cuento: procuremos no estar entre los candidatos de riesgo: personas mayores, pacientes con las defensas bajas, enfermos de neumonía… Dicho de otro modo: no pertenecer al grupo de ‘cebras’ lentas. Pues el azar también interviene en la partida y a cada hombre le reserva, asimismo, su propio plan.</p>
<p>Los diferentes periodos en que un afectado, asintomático, puede transmitir el virus es otra circunstancia que complica la batalla. Las autoridades sanitarias recomiendan no viajar a las zonas de riesgo, pero la cartografía de esas zonas tiene a cada hora que transcurre, perfiles más imprecisos. Seguramente el humor (y lavarse las manos con frecuencia, mi buen Yorick) previenen más que el miedo y algunas mascarillas.</p>
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		<title>Más de cien veces al día</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Jul 2019 07:21:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cada cual tiene sus propias manías y quien crea que no las tiene es que tiene muchas, dice el proverbio. Imagino que el proverbio se refiere a esos gestos, costumbres o rarezas que van desde levantarse siempre con el mismo pie, subir los escalones de dos en dos, o evitar pisar las rayas de las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada cual tiene sus propias manías y quien crea que no las tiene es que tiene muchas, dice el proverbio. Imagino que el proverbio se refiere a esos gestos, costumbres o rarezas que van desde levantarse siempre con el mismo pie, subir los escalones de dos en dos, o evitar pisar las rayas de las aceras: «quien pisa la raya, pisa la medalla», canturreaban los muchachos cuando yo era chico. En realidad, bastantes manías o hábitos comunes han cambiado forzadas por el cambio de los tiempos. Recuerdo que hace años, si se caía un trozo de pan al suelo cuando estabas sentado a la mesa, lo recogías y le dabas un beso antes de devolverlo a su sitio. ¿Quién saludaría ahora en la calle levantando la gorra deportiva e inclinando ligeramente la cabeza como si llevara un sombrero de fieltro? Para nuestros abuelos, sin embargo, ese gesto no representaba una rareza sino la cortesía propia de las reglas de urbanidad. Había quien se relajaba entonces ejercitándose en la papiroflexia mientras que en este tiempo hay jóvenes que son incapaces de concentrarse en cualquier actividad intelectual si no hacen girar de manera compulsiva un bolígrafo entre los dedos.</p>
<p>Por mi parte, confieso que persisto en cierta costumbre que no sé si debo calificar de manía. Cuando toca cambiar la ropa de temporada, por ejemplo, me gusta dejar ‘olvidados’ en los bolsillos de las chaquetas, desde las entradas a un concierto, a un cine o a una exposición, hasta la lista de la compra semanal, la dirección de un amigo en otra ciudad, o la factura mínima de aquel restaurante en París&#8230; Pistas que son como las migas que Pulgarcito iba dejando al adentrarse en el bosque con la esperanza de señalar el camino de vuelta. Siempre el de la memoria.</p>
<p>Aunque acaso lo más grave de ciertas manías es cuando pierden su condición de tic irrelevante para transformarse en adicción. Es decir, cuando esa extravagancia que en otro tiempo solo te hubiera acarreado un daño colateral –digamos un apodo– en nuestra época deviene en síndrome. Por ejemplo, quien se hacía un tatuaje y desde ese momento pasaba a ser ‘el legionario’, frente a las legiones que en esta época anhelan, por encima de todo, que la tinta cubra cada centímetro de su piel.</p>
<p>Sin embargo, creo que los hábitos y manías en verdad inquietantes ahora están vinculados a las nuevas tecnologías y al móvil. Al peligro de la hiperconectividad. Algunos datos recientes son para echarse a temblar: la mitad de los menores de 25 años pasan más de 3 horas diarias consultando las redes sociales o el WhatsApp; una de cada tres personas mira el móvil más de 100 veces al día; el 95% de los españoles pertenece como mínimo a un grupo de WhatsApp y un tercio tiene de 5 a 10 grupos. Casi el 90% somos conscientes, además, de que el uso indiscriminado de internet erosiona las relaciones presenciales, las que se hacen en familia, mirándose a la cara. ¿El móvil al volante? Se sabe que multiplica por 23 el riesgo de accidente. Y luego dirán que si la abuela fuma.</p>
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		<title>Instinto de defensa</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Mar 2019 10:47:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Dice el viejo proverbio que «todos los ríos van al mar, pero el mar no se desborda». ¿Seguro? Entre las catástrofes que anticipa el cambio climático está precisamente la subida de los océanos en más de ocho centímetros en los últimos 23 años, según un estudio de la agencia espacial estadounidense. Un fenómeno incontrolado al que contribuye el calentamiento global con el deshielo de los casquetes polares y alguno de cuyos síntomas ‘preadolescentes’ –si puede decirse así, hablando del clima– tal vez sean estas primaveras anticipadas y los inviernos escuálidos y reacios. Aparte de incrementar la frecuencia de fenómenos extremos como inundaciones catastróficas y olas de calor muy intensas en lugares desacostumbrados. La noticia mala es que además de Trump y aquel primo de Rajoy, son legión quienes no creen en el cambio climático y en sus efectos devastadores. La buena noticia es que algunos jóvenes, también en Extremadura, participaron la semana pasada en el movimiento ‘Viernes por el futuro’ que promueve la estudiante sueca Greta Thunberg en la lucha contra el cambio climático.</p>
<p>Por supuesto que se trata de un movimiento simbólico. Pero en estos tiempos de redes sociales y de aceleración progresiva de las comunicaciones, ha llegado ya a más de cien países. Y ha movilizado a miles de chavales por todo el mundo. Las dos caras de la globalización: los problemas se expanden sin fronteras y, a la par, las posibilidades de concienciación y lucha contra los retos que surgen. Como en el ‘Lazarillo’, «lo que te enfermó, te sana y da salud». Trompazo y cura.</p>
<p>A mí me parece muy relevante esta voluntad de plantarle cara al cambio climático porque creo que está siendo percibida no como un mero ‘ecologismo ideológico’, sino como un movimiento espontáneo, yo diría que casi de puro instinto de defensa, que se expande a partir de las protestas de esa joven sueca que decide manifestarse todas las semanas durante su jornada escolar para exigir a la UE que rebaje al menos en un 40% las emisiones de gases de efecto invernadero. Un compromiso de mínimos. Un movimiento que reclama hechos. Acciones. Medidas apremiantes.</p>
<p>Para esos cientos de miles de adolescentes, los ‘negros nubarrones’ del futuro no son metáforas. Son los términos de una condena que no están dispuestos a aceptar. El pasado mes de febrero, Greta Thunberg intervino en una conferencia del Comité Económico y Social en Bruselas y advirtió: «Están desesperados por quitar el foco de la crisis climática y cambiar de tema. No quieren hablar de ello porque saben que no pueden ganar esta batalla», afirmó. «Han barrido su desastre debajo de la alfombra para que nosotros lo limpiemos». Sin embargo, según ella, no cabe esperar a que los jóvenes de ahora tomen el control en el futuro y solucionen el problema. Deben resolverlo ya.</p>
<p>Confieso que al margen de su carácter simbólico, las reivindicaciones del movimiento ‘Viernes por el futuro’ me resultan esperanzadoras por su espíritu comprometido con el instinto de defensa de la humanidad, el instinto de los héroes. Un empeño que consuela frente a lo gratuito de las banderías separatistas y frente a la banalidad del populismo de cartón piedra.</p>
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		<title>Juego de adivinaciones</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Jan 2019 08:30:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Si algo caracteriza a las ‘sociedades líquidas’ y en constante transformación son el carácter volátil, la velocidad de los cambios y la incertidumbre de los resultados. Resultan tan profundas y numerosas las variaciones que, ante los nuevos conflictos, se devalúa lo que la experiencia aconseja: estudiar el ayer para predecir el mañana. Porque mirar hacia atrás y ver cómo se solventó determinado problema, puede que en la actualidad, más que orientarnos, nos despiste. Por ejemplo, ¿a qué modelo acudir para vislumbrar una posible resolución del conflicto entre el Podemos de Pablo Iglesias e Irene Montero frente a la opción de Íñigo Errejón y la candidatura de Más Madrid? ¿Hay que remontarse al cerco de alianzas de Stalin contra Trotksy o, como apuntan otros, lo acertado es repasar las estrategias de los Lannister en ‘Juego de Tronos’, la serie de ficción que el líder de Podemos regaló al rey Felipe VI para que «le dé las claves sobre la crisis política de España»? Quizás Pablo Iglesias descree del viejo proverbio ajedrecístico: «Una vez terminada la partida, el rey y el peón vuelven a la misma caja». Acaso supone que él forma parte de un juego al que le corresponde un destino más confortable que a las otras piezas del tablero.</p>
<p>Cómo acabará la crisis en la Venezuela de Maduro, a quien Pedro Sánchez acaba de llamar tirano en su viaje a Puerto Rico: «Somos socialistas porque defendemos la libertad. Quien responde con balas y prisiones a las ansias de libertad y democracia no es un socialista, es un tirano». Nada de indirectas. ¿Será suficiente con reconocer a Guaidó como presidente para evitar el enfrentamiento civil y el baño de sangre? «El poder está siempre en manos de quienes tienen el ejército», advirtió Tolstoy un siglo antes de que nos envolviera la neblina líquida de la globalización.</p>
<p>¿Cuándo se resolverá el conflicto de los taxistas en Madrid? ¿Resulta efectivo estudiar el pasado para predecir el futuro? ¿Hay que refrescar la memoria colectiva respecto a lo que supuso la revolución industrial, cuando las luchas se planteaban por la mano de obra y de jornales que destruían la mecanización y los avances de la ciencia? ¿Cuántos se han enterado ahora de la ‘guerra’ económica que enfrentó hace cien años a los primeros taxis con quienes guiaban precisamente los coches de caballos? Un servicio que se extinguió&#8230; ¿Cuántos ciudadanos ‘maldicen’ a diario las gigantescas transformaciones (con bajas incentivadas, prejubilaciones, expedientes de regulación de empleo o despidos) que acarrean las nuevas tecnologías digitales en el sector financiero, en el sector del automóvil o en miles de empresas de comunicación en todo el mundo? ¿Cuántos deploramos que en la banca, por ejemplo, además de clientes, las empresas nos hayan convertido a la vez en sus ‘propios’ trabajadores, previo adelgazamiento de las plantillas a niveles raquíticos?</p>
<p>Así que en tiempos volátiles y de incertidumbre, volver la vista al pasado no anticipa de por sí predicciones correctas del futuro. Al contrario, sospecho que deberemos acatar el pesimismo lúcido de Aldous Huxley: «Quizá la mayor lección de la Historia es que nadie aprendió las lecciones de la Historia».</p>
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		<title>Paradoja futurista</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jan 2019 12:43:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Me han regalado una de esas agendas que enriquecen sus páginas con frases de gente célebre. La correspondiente a hoy es de Víctor Hugo: «No son las locomotoras, sino las ideas, las que llevan y arrastran el mundo», pero me resisto a seguir por esa vía porque resulta sarcástico con los desastres del tren en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me han regalado una de esas agendas que enriquecen sus páginas con frases de gente célebre. La correspondiente a hoy es de Víctor Hugo: «No son las locomotoras, sino las ideas, las que llevan y arrastran el mundo», pero me resisto a seguir por esa vía porque resulta sarcástico con los desastres del tren en Extremadura. Hablar de locomotoras aquí es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Funesta metáfora. Es obvio que el mundo cambia y son las ideas nuevas las que lo mueven. A veces con progresos rectilíneos y continuos; en ocasiones, zigzagueando, con dos pasos adelante y uno atrás.</p>
<p>Antes de la globalización y del ‘capitalismo sin fronteras’ –a lomos, principalmente, de las nuevas tecnologías y los avances en las comunicaciones– resultaban inconcebibles problemas como los que plantean estos días el colectivo de taxistas frente a las empresas VTC (vehículo turismo con conductor) tales como Uber y Cabify, al margen de que buena parte de esas empresas sean propiedad de fondos de inversión internacionales y contribuyan, de hecho, a ‘precarizar’ los salarios y las condiciones laborales de sus trabajadores. Eso sí, a precarizarlos en la misma proporción y desde los mismos planteamientos que lo hacen infinidad de empresas de infinidad de sectores productivos, desde la industria al comercio, desde la agricultura a la hostelería; desde la banca al ocio y a los propios medios de comunicación. Quien esté libre de ajustes, que levante la mano.</p>
<p>No todos los cambios, sin embargo, son inexorables. Hace unas pocas décadas, el Ayuntamiento de cualquier ciudad española se encargaba directamente de los servicios municipales básicos: el abastecimiento de agua, la recogida de basura y limpieza viaria, el mantenimiento de parques y jardines, el parque de bomberos, el autobús urbano… Ahora suele ser al revés: en vez de estar municipalizados, tales servicios se contratan a través de empresas concesionarias. Aunque el debate sobre la conveniencia o no de privatizar servicios públicos existirá siempre. Quiero decir que no cabe una solución definitiva, tajante, incuestionable, como ocurre, por ejemplo, con la necesidad de vacunas en la población infantil. Una sociedad puede decidir en determinado momento que le interesa ‘privatizar’ tal o cual sector porque esté justificado socialmente, no solo desde el punto de vista de la rentabilidad económica. Y a la inversa: decidir que hay cuestiones en las que solo cabe decir lo que Manuel Vicent en su famoso artículo: «No pongas tus sucias manos sobre Mozart».</p>
<p>No sé si las razones de los taxistas resultan ‘sostenibles’ frente a la amenaza que representa para ellos las VTC. Pero parece claro que a través de acciones violentas y descontroladas lo que consigan será como escribir en el agua. El sector debe ser regulado a nivel nacional. No puede convertirse en una selva, sometida a la ley del más fuerte. En las redes sociales circula una vieja imagen que resume, con ironía, cómo perciben algunos ciudadanos el conflicto. Se ve a un hombre con boina y una cartera en bandolera que pregunta: «¿Para cuándo se prohíbe el correo electrónico? Los carteros nos estamos quedando sin trabajo y nos tememos lo peor».</p>
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		<title>La lealtad y el poder</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Oct 2018 11:01:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la película ‘La muerte de Stalin’, comedia negra dirigida por Armando Iannucci que indigna a Putin —quizás por lo verosímil de su relato—, se perfilan media docena de retratos geniales en sus trazos paródicos y caricaturescos. Uno de los personajes principales es Beria, entonces al frente de la terrible NKVD en los años de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la película ‘La muerte de Stalin’, comedia negra dirigida por Armando Iannucci que indigna a Putin —quizás por lo verosímil de su relato—, se perfilan media docena de retratos geniales en sus trazos paródicos y caricaturescos. Uno de los personajes principales es Beria, entonces al frente de la terrible NKVD en los años de las devastadoras purgas estalinistas, y otros: Nikita Khrushchev, Malenkov, Molotov, el general Zhukov, los propios hijos del tirano…</p>
<p>No creo destripar el desenlace principal si cuento la escena que ahora me interesa. Acaba de celebrarse un concierto de música clásica cuya grabación Stalin quería escuchar en casa. Por un fallo absurdo la grabación no se efectúa y el director de la sala obliga a que se repita el concierto con público reclutado de la calle para que haga de ‘claque’ y aplauda entusiasta. La solista se niega en un primer momento a regresar al escenario pero finalmente acepta. Y cuando los mensajeros enviados por el tirano llegan al estudio para recoger la grabación ella se muestra decidida a introducir en la funda del disco un papel con un mensaje manuscrito. «Quiero que el camarada Stalin conozca la intensidad de mis sentimientos», exclama con pasión mientras forcejea por desprenderse del papelito. En ese instante, el director de la sala, nervioso por el retraso, intenta interponerse entre la pianista y los mensajeros con una advertencia: «¡No, esto es narcisismo no autorizado!».</p>
<p>Iannucci hace creer al espectador que la intención de la solista en aquella atmósfera de disciplina y terror es lisonjear al tirano Stalin, aunque resulta que no era ese el verdadero sentido de su mensaje y más tarde se desatan acontecimientos de consecuencias imprevisibles.</p>
<p>En cualquier caso, yo no quiero reflexionar ahora sobre la doblez de Beria y las maniobras de los otros integrantes del comité directivo del Partido Comunista de la URSS sino sobre la hipocresía disparatada y la falsedad (ese ‘no afirmativo’ al que me he referido en otras ocasiones) que hace exclamar al director del estudio: «¡No, esto es narcisismo no autorizado!» para oponerse a lo que él supone un elogio encendido a la cúspide de un régimen que estaba llevando al paroxismo, precisamente, el pecado desvergonzado del ‘culto al líder’, del ‘culto a la personalidad’. O sea, al revés te lo digo para que me entiendas, que proclama el garboso sintagma castellano.</p>
<p>Mi descreimiento respecto al funcionamiento de las llamémoslas ‘dinámicas profundas del poder’ es que en todos los regímenes (tal vez incluso en los supuestamente democráticos) a quien primero se miente no es a la ciudadanía sino a sus principales dirigentes. De ahí esas lealtades edificadas sobre el miedo o el clientelismo, en vez de sobre el pilar indestructible de la sinceridad. Y este mal se agrava especialmente en nuestros días porque la ‘realidad’ que llega a las cúspides políticas no depende ya del talento o de la perspicacia de sus órganos directivos sino de factores (sociopolíticos, económicos, estratégicos…) que les supera y a quienes no pueden ni siquiera sugerir sentido común. Una lealtad que no sabe de otro ‘narcisismo’ que el de la cuentas (globalizadas) de resultados.</p>
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