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	<title>GRATIS TOTALGoya &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>GOYA EN CÁCERES</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Mar 2016 20:21:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Fundación Mercedes Calles regaló ayer a Cáceres la posibilidad de dos viajes, uno real y otro imaginario. El real está formado por los 218 grabados de Goya pertenecientes a las series ‘Los Caprichos’, ‘Desastres de la Guerra’, ‘La Tauromaquia’ y ‘Los Disparates’. El viaje imaginario puede hacerlo cada espectador de la muestra al recrear [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Fundaci%C3%B3n_Mercedes_Calles_y_Carlos_Ballestero" target="_blank">Fundación Mercedes Calles</a> regaló ayer a Cáceres la posibilidad de dos viajes, uno real y otro imaginario. El real está formado por los <a href="http://www.hoy.es/caceres/201603/03/mercedes-calles-amplia-oferta-20160303002011-v.html" target="_blank">218 grabados de Goya</a> pertenecientes a las series ‘Los Caprichos’, ‘Desastres de la Guerra’, ‘La Tauromaquia’ y ‘Los Disparates’. El viaje imaginario puede hacerlo cada espectador de la muestra al recrear grabado a grabado la España que dibujó Goya y establecer –sin prejuicios– la distancia que nos separa de aquel país y de aquella gente.<br />
«El sueño de la razón produce monstruos», proclama uno de sus más famosos grabados. Y él mismo dejó escrito: «La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos».<br />
Goya no fue   un simple notario sino un testigo. La suya no es la mirada de esas cámaras automáticas que popularizó la fotografía el siglo pasado. Es la visión de un hombre que trasciende lo que ve porque sabe ordenarlo, interpretarlo y establecer su jerarquía. Igual que el reportero ante una sucesión de hechos que precisan la ‘razón’, la inteligencia, para que no reflejen tan solo una sucesión de desgracias.<br />
Esa atmósfera antigua y esos detalles tan esencialmente bárbaros que nos asombran en ‘Los Desastres de la Guerra’ no resultan tan macabros cuando reparamos en las hecatombes que acarrearon las dos últimas guerras mundiales o el apocalipsis en Europa de la guerra civil española, la guerra de los Balcanes o los sucesivos terrorismos (etarra, checheno, yihadista&#8230;) que  perturban la convivencia y la razón.<br />
La obra de Goya no puede considerarse optimista ni pesimista en sí misma. No es una respuesta, como toda gran creación, plantea antes que nada interrogantes, preguntas. Y deja al espectador que sea él quien saque las conclusiones. En ese sentido diríamos que Goya es además de un pintor y grabador, un periodista. Un buen periodista que ofrece datos (hechos) para que el espectador reflexione sobre ellos.<br />
No obstante, siempre cabe el optimismo de quienes consideran enorme la distancia que separa a la España actual de aquella España que vivió y sufrió el genial Francisco de Goya. Del mismo modo que cabe el pesimismo de quienes repararán en lo que se denomina la condición humana y concluirán que en el fondo, en cuanto se rasca un poquito bajo la piel del hombre, asoma aquello que César Vallejo decía del hombre de Extremadura: «oigo bajo tu piel el humo del lobo, / el humo de la especie».<br />
En un país de excesos y pasiones desatadas en que se teatraliza con pasmosa frivolidad hasta las sesiones de investidura del presidente del Gobierno, Goya no hubiera parado de pintar.  Yo le imagino estos días tomando apuntes en el Congreso de los Diputados para ilustrar, por ejemplo, los dos famosos ‘Epitafios’ de Ezra Pound: «Fu I amaba las colinas y las altas nubes, / ¡ay!, murió por culpa del alcohol». «Y también Li Po murió borracho. / Intentó abrazar la luna / en el río Amarillo». Aunque no sé si los hubiera incluido en Los Disparates o en Los Proverbios.</p>
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		<title>El horror, como siempre</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Sep 2015 09:17:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la aldea global lo que no se ve no existe. De ahí la fuerza de las imágenes y su extraordinario potencial para causar pavor. Mientras Auschwitz o Treblinka fueron nombres desconocidos para el mundo civilizado, la existencia de campos de exterminio no pasaba del  puro rumor, de la ‘consabida’ propaganda de los conflictos bélicos. La llegada de las tropas aliadas y sobre todo la divulgación de testimonios e imágenes sobre la brutalidad nazi fue lo que permitió conocer, precisamente, la dimensión de la tragedia.<br />
En realidad, la técnica es nueva pero el procedimiento siempre ha sido el mismo. Ahora se recurre a fotografías o a documentales y vídeos, pero la iconografía bélica de los últimos milenios incluye saqueos, violaciones, cabezas decapitadas expuestas en picas, rollos de ajusticiamiento, matanzas colectivas&#8230; Basta repasar los frisos, bajorrelieves, esculturas o pinturas de los principales imperios o ejércitos del mundo.<br />
Volvemos la vista atrás y ahí están, prácticamente anteayer, ‘Los desastres de la guerra’ de Goya o la potentísima imagen del Guernica, con el que Picasso resumió la tragedia de los primeros bombardeos sobre una población civil. El horror es contumaz. ¿Quién le iba a decir a la civilizada Europa que apenas medio siglo después de los bombardeos masivos de la II Guerra Mundial se iban a revivir exterminios como los de Srebrenica o Sarajevo? En todos ellos el factor esencial fue la persistencia de la imagen. El símbolo del horror, como siempre.<br />
La imagen de Kim Phuc, «la niña del napalm», huyendo desnuda en Vietnam o la de aquel niño que levanta los brazos en el gueto de Varsovia o la pequeña que en 1939 cruza la frontera española camino de Francia con una sola pierna, apoyada en una muleta y de la mano de un adulto aterida de frío pertenecen a la misma estirpe que otras fotos conmovedoras y más recientes. Por ejemplo la del pequeño Mohamed Al Durrah en una de las intifadas de Gaza o la desgarradora fotografía de Manu Brabo en la que un padre sirio en cuclillas sostiene el cadáver de su hijo descalzo y ensangrentado. Dolor en estado puro.<br />
En la aldea global lo que no se ve no existe. Y lo que se ve, si es habitual y previsible, deviene en intrascendente. ¿Hay guerras en otros países? Entonces dicen: «No se les ocurra darnos la comida con imágenes o noticias desagradables, de mal gusto, morbosas; noticias que hieren nuestra sensibilidad».<br />
Sucede que sin imágenes como la del niño Aylan muerto en la orilla del mar, nuestro confortable discurrir ni se inmuta. La foto de ese niño al que la muerte ha lanzado a las portadas de los diarios e informativos de medio mundo revela la dimensión de la tragedia. Otro redoble de campanas. Y lo relevante no es cómo se publicita. La foto en sí, aunque parezca paradójico, es una anécdota, la consecuencia de un drama, pero lo importante no son los efectos sino las causas. El efecto se anestesia con lágrimas y emotividad. Las causas, la crisis de los refugiados, exige soluciones. Compromisos que van más allá del momentáneo malestar ante la imagen del horror. Del puro horror.</p>
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		<title>A la luz de la pintura</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Mar 2013 20:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace pocos días visité en Madrid una doble exposición organizada por la Fundación Mapfre sobre los ‘Impresionistas y postimpresionistas’, con obras maestras del Museo D’Orsay, y otra titulada ‘Luces de bohemia’, acerca de la presencia de los gitanos en el arte y la definición del mundo moderno. No quiero abordar aquí la emoción que produce contemplar de cerca un puñado de cuadros de Van Gogh –entre ellos alguno de sus incontables autorretratos–, las genialidades del Cézanne de ‘Bodegón con cebollas’ o varias obras fundacionales de Monet, Renoir, Toulouse-Lautrec, Signac, Gauguin o Pisarro. No quiero tampoco aburrirles subrayando el placer que produce la contemplación de otras muchas obras maestras (desde el ‘Autorretrato ante el caballete’ de Goya, que parece pintado ahora mismo, hasta ‘Un par de botas’, de Van Gogh, o el pequeño autorretrato a tinta china de Baudelaire) entre otros motivos porque ambas exposiciones (con entrada gratuita) permanecen abiertas en las Salas Recoletos hasta el 5 de mayo.</p>
<p>De lo que quiero hablarles es de dos aspectos, quizás anecdóticos, que descubrí durante el recorrido por las muestras. Pongámonos en situación. Visitantes desfilando ante los cuadros y que pocas veces se detienen. Pero ante alguna de las obras, una joven profesora sienta a un grupo de ocho o diez niños de primaria y les adentra, con preguntas y sugerencias muy inteligentes, en la atmósfera y el universo del  cuadro elegido. Qué envidia, pienso para mí, acceder a la comprensión y al disfrute del arte mediante esa vía. A ratos el verdadero espectáculo es el círculo que forman la profesora y sus pequeños alumnos. Muchos espectadores lo confirman siguiendo, embobados, las explicaciones de la maestra y las respuestas, llenas de ingenuidad y también de sentido común de los pequeñajos.</p>
<p>Segundo acto. Al fondo de unas de las salas, el famoso cuadro <a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Henri_Fantin-Latour_005.jpg" target="_blank">‘Un rincón de mesa’, de Henri Fantin-Latur</a>, cubre casi toda la pared. A la izquierda, en la parte inferior, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud parecen mirar, ajenos al grupo, sus propios pensamientos. Tal vez el ensimismamiento de los geniales y  ‘malditos’ poetas franceses me induce a plantearme otras preguntas. ¿Por qué ha desaparecido el motivo ‘retrato de grupo literario’ en la pintura contemporánea? ¿Por qué los pintores siguen pintando por ejemplo marinas, bodegones o praderas con montañas y pajaritos pero ya no pintan a escritores o a artistas formando un grupo? ¿Después de ‘La tertulia del Café Pombo’ de Gutiérrez Solana, ha desaparecido el género, al menos en España? ¿La liquidación hay que atribuírsela a la popularización de la fotografía o a la imposibilidad de reunir a más de dos escritores hermanados para la posteridad? Exceptuando alguna inusual fotografía en los reportajes ‘generacionales’ que a veces publican los suplementos literarios de los periódicos, no recuerdo ninguna imagen contemporánea que pueda equipararse a ‘Un rincón de mesa’ de Fantin-Latur. Sigo con mis cavilaciones. Tengo que preguntar por el asunto a mis amigos escritores y pintores. Igual pueden aclarármelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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