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	<title>GRATIS TOTALhonradez &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Las promesas y cómo caza la perrina</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2016 18:34:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Las promesas suele olvidarlas quien las hace, no quien las recibe. De ahí la famosa dedicatoria de Miguel Hernández en ‘El rayo que no cesa’: «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya». Doble declaración de amor y de reproche. Hay que ser un poeta para reunir con agudeza y sensibilidad las contradicciones del amor y del deseo; el doble sentimiento de la pasión y de la queja.<br />
Por desgracia, ese tipo de hallazgos suele estar reservado al ámbito de la literatura y creo que difícilmente lo encontramos por ejemplo en las promesas de la vida pública. Quiero decir que el desconsuelo por las promesas incumplidas de los políticos nunca es objeto de deleite ni trae la indemnización de la belleza literaria. Suenan en prosa, sin poesía y sin anestesia.<br />
Las promesas incumplidas que me desazonan no son únicamente las del partido que ahora está en el gobierno y que conocemos de sobra:  subida de impuestos (incluido el IVA  cultural) copago, amnistía fiscal, reforma laboral, rescate a los bancos&#8230;, sino las promesas de un futuro a corto o medio plazo que han hipotecado para varias generaciones de españoles a los que no les queda otro destino que emigrar al extranjero y prepararse para afrontar una existencia marcada por una deuda billonaria y terriblemente monstruosa.<br />
Un país que favorece y promueve la concentración de la riqueza hasta extremos insensatos, promoviendo un desequilibrio social inestable y de riesgo. Un país donde parece justificada cualquier estrategia ‘electoral’ si se le supone rentabilidad en las urnas. Me duele no tanto que incumplan promesas de asuntos económicos muy concretos, sino que ensombrezcan la esperanza, que es casi lo único que nos queda; me desazona que nos roben el futuro. Y  el de nuestros hijos.<br />
Me duele la deriva de quienes llevan años incumpliendo y las perspectivas de quienes en pocos meses ya han dado muestras de una ‘inmoralidad’ populista, cuajada de contradicciones, que no reconoce más dios que el de la megalomanía y el tactismo propio de trepadores, ágrafos o con estudios&#8230;<br />
Así que no temo únicamente las promesas incumplidas de quienes ante la corrupción más apestosa miran al cielo y se ponen a silbar, sino las promesas que presiento traicionadas con «carácter retroactivo» desde el mismo instante en que los que aspiran a tocar poder se desplieguen por las moquetas y asalten el cielo de los sillones.<br />
Mejor hechos que promesas. Y  mejor aun promesas que puedan cumplirse, que no añadan frustración al malestar general. Basta de Job y ‘minijob’. De igual modo que nos expresamos con el lenguaje oral, escrito y el lenguaje no verbal, las campañas electorales sirven para conocer promesas y programas, pero también para descubrir lo que popularmente se resume con la frase: «me gusta (o no me gusta) cómo caza la perrina». Ustedes me entienden. </p>
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		<title>Diógenes y el éxito</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Jun 2015 16:05:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>EN la sociedad competitiva la moneda de curso legal es el éxito. Según las épocas cambian las efigies y los símbolos que se acuñan, pero la moneda sigue representando un valor, el éxito, inseparable del hombre. Es verdad que no siempre (al menos antes de las grandes revoluciones burguesas) el principal sinónimo del éxito fuese la riqueza. Aunque hoy cueste entenderlo, en algunos momentos de la historia el éxito en la vida no se medía por la cantidad de dinero o patrimonio acumulado. Hubo hombres que gozaron de una existencia coronada por el mayor de los triunfos gracias a su condición de seres libres, jamás uncidos al yugo de ningún poder ni a la servidumbre de ningún amo. A mí me entusiasma la figura de Diógenes, aquel sabio griego que portaba una lámpara encendida a todas horas para «buscar a un hombre honrado». Aquel sabio que renunció a toda riqueza y atadura hasta el extremo de que utilizaba como único refugio donde cobijarse un viejo tonel de vino situado en la calle. Es famosa la anécdota del día en que se presentó ante Diógenes un triunfante y endiosado Alejandro Magno con ánimo obsequioso para decirle: «¿Qué deseas que te conceda? Pídeme lo que quieras». A lo que Diógenes contestó: «Solo deseo que te apartes un poco, que me estás quitando el sol». Esa actitud es también uno de los nombres del éxito.</p>
<p>La victoria corona la vida de otros muchos hombres que no buscaron la opulencia sino la libertad, la sabiduría o la pura bondad. Gente que no hizo de la filosofía, de la ciencia, de las artes o del compromiso con las propias creencias un camino mercantilizado. De Sócrates a Tomás Moro. De Galileo a Mahatma Gandhi.</p>
<p>Yo creo que cuando una sociedad identifica de forma casi exclusiva el éxito con el brillo del dinero y de la fama, entra en una espiral arriesgada. Si Kipling ya nos previene con su famosa advertencia acerca de esos dos impostores que son el éxito y el fracaso, más grave me parece aún errar en la diana y considerar que solo tiene éxito quien se ve recompensado por bienes materiales. La sabiduría popular lo resume mejor en frase sentenciosa: «Hay gente tan pobre que solo tiene dinero».</p>
<p>El éxito es un trofeo legítimo también para quien se ha esforzado limpiamente, aunque no ocupe el escalón más alto del podio. La vida es lucha. Pero no lucha a cualquier precio y con cualquier arma. Cuando Cervantes decía: «El hombre bien preparado para la lucha ya ha conseguido medio triunfo» estaba elogiando la disposición a la pelea, avisándonos de los esfuerzos que exige la existencia. Lo terrible es cuando la victoria se convierte en un fin en sí mismo (piensen en las ‘justificaciones’ de ciertos políticos y asesores respecto a los últimos resultados electorales). En un fin por encima del uso ‘instrumental’ que puede darse al triunfo. La cuestión esencial no es por qué he ganado o he perdido. ¿Vencer, para qué? es la pregunta. Parece una nimiedad, pero a los hombres que avanzan en la oscuridad intuyendo por dónde discurre esa sutil línea invisible probablemente son a los que busca Diógenes con su lámpara.</p>
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		<title>De Cantó a Dillana</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Dec 2011 19:53:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[La política está hecha de gestos. Y no es algo que se hayan inventado las consultoras mediáticas, los publicistas o los asesores de imagen. Está en la historia y en los libros, incluidos los de Shakespeare. Recuerden aquel discurso cuando, recién asesinado Julio César, toma la palabra Marco Antonio y con la excusa de que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La política está hecha de gestos. Y no es algo que se hayan inventado las consultoras mediáticas, los publicistas o los asesores de imagen. Está en la historia y en los libros, incluidos los de Shakespeare. Recuerden aquel discurso cuando, recién asesinado Julio César, toma la palabra Marco Antonio y con la excusa de que ha ido «a inhumar a César, no a ensalzarle», va indisponiendo al pueblo contra los asesinos del emperador. Gestos, palabras. Como son gestos y palabras la decisión del Príncipe de Mesina en ‘El gatopardo’ de favorecer la boda de su sobrino con una rica burguesa que aportará a la familia, tan sobrada de títulos, justo lo que le falta: solvencia económica. Gestos, palabras, dinero.<br />
Hay gestos heroicos, de prudencia, arriesgados, gestos para la galería, gestos grandilocuentes, gestos inútiles&#8230; Demagógicos&#8230;  En este último apartado incluyen muchos analistas de la prensa y de las redes sociales la decisión del actor Toni Cantó, diputado electo de UPyD por Valencia, de renunciar a que el Congreso le pague la línea gratuita de ADSL en su domicilio, el plan privado de pensiones y la parte de sueldo que le correspondería para gastos de manutención y alojamiento en Madrid.En un país como el nuestro, donde mucha gente no sabría explicar en qué consiste el teorema de Pitágoras pero pueden disertar sobre el teorema del chocolate del loro, gestos como los de Toni Cantó son rápidamente arrojados al sumidero del desprecio, como si fuera líquido sobrante de calamares en su tinta.<br />
De esa manera, se despacha el asunto en un santiamén y una vez etiquetado como  ‘demagógico’, lo que haga o lo que diga Toni Cantó ya no importa, simple ‘demagogia’ de un actor&#8230;  Algo similar ha ocurrido con  Cayo Lara, coordinador general de IU, y su renuncia al plan privado de pensiones con que obsequiamos a los diputados al Congreso. Son muchos, lo reconozco, a quienes esto les parece ‘el chocolate del loro’ y lo despachan con el sello de ‘demagogia’. Es aludir a los casos y enseguida saltan voces: «¡Demagogia, demagogia!». A mí, sin embargo, no me lo parece. Y me acuerdo del discurso de Marco Antonio ante el cadáver de Julio César, recordando lo «honrados» que eran Bruto, Casio y los que acababan de apuñalarle. Gestos, sí, y palabras.<br />
¿Qué quieren que les diga? Prefiero esos gestos (salpicados con todas las etiquetas que les quieran colgar) antes que gestos como el que ha protagonizado por ejemplo el exdiputado socialista Félix Dillana, impávido en su recurso, ¿qué hay de lo mío?, para exigir a la Asamblea unas cantidades a las que cree tener derecho. Entre el gesto generoso de Toni Cantó y el gesto interesado de Félix Dillana, me quedo con el primero. Entre otras cosas porque detrás de los gestos y las palabras hay dinero público.<br />
Mas no conviene amargarse. Hace la friolera de 14 años el entonces diputado socialista Desiderio Guerra escribió un libro, ‘Pido la palabra. Retratos parlamentarios’, donde dedica una cuarteta a cada uno de los 65 diputados. Esta es la de Félix Dillana:</p>
<p>«Puede ocurrirle a Dillana /</p>
<p>en Plasencia de esta guisa: /</p>
<p>hoy es don Félix con Visa /</p>
<p>sin visa infeliz mañana».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los versos, además de risueños, me parecen premonitorios.</p>
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