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	<title>GRATIS TOTALintolerancia &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Génesis de las sombras</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Jun 2019 07:29:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que existen hechos y acciones cuya interpretación no puede practicarse en abstracto, como si se tratara de una simple operación aritmética. La noticia de que una maestra de Terrassa había agredido supuestamente a una alumna de 10 años por dibujar una bandera española en un trabajo escolar se convirtió la semana pasada en un aldabonazo contra el sentido común. Resultaba tan disparatado que parecía increíble. «Seguro que es una ‘fake news’», pensé. Sin embargo, poco después se confirmó su veracidad, con algunos matices que ahora no vienen al caso. Lo esperpéntico de la noticia ha alimentado multitud de artículos. Entre otros, uno de Félix de Azúa, ‘La maldad’, que me ha interesado no tanto por la anécdota de la que parte sino por la interpretación del hecho, por el razonamiento que sostiene: el caso de la niña reprendida por pintar la bandera española «es solo un ejemplo, casi trivial», escribe Azúa, «dentro del diluvio de agresiones que sufren a diario los catalanes que no son nacionalistas». Su tesis es que a los nacionalistas les gusta acosar, agredir, pero se reprimen «porque creen que es malo para la propaganda» y «saben que su nación onírica se basa en la propaganda, el soborno y la subvención».</p>
<p>Cualquier hecho aislado, si no se conocieran las circunstancias y el <em>proceso</em> (nunca mejor dicho) en que surge, resultaría difícil de interpretar, de valorar. De ahí lo necesario de contar con opiniones, con evaluaciones críticas de la realidad desde una perspectiva no sectaria y auténticamente libre. La diferencia entre un chiste y un tratado de filosofía. Entre un chascarrillo y un argumento.</p>
<p>Tales premisas son de aplicación, como es lógico, no solo a la realidad catalana y a las lúcidas consideraciones de un profesor y catedrático como Félix de Azúa. El conjunto de la realidad debe estar sometido a las mismas reglas. Por ese motivo me parece también digno de resaltarse reportajes como el de Javier Guillenea, que publican esta semana los periódicos regionales de Vocento, sobre el castigo a la fidelidad que sufren los consumidores británicos de telefonía, seguros y servicios financieros. Una realidad que, de partida, puede parecernos también insólita y paradójica. ¿Penalizar por la lealtad? ¿Hacer que paguen más quienes se muestran más fieles y leales con los servicios de la empresa? Javier Guillenea titula su trabajo: ‘Castigo a la fidelidad’. Reconozco que mi primera impresión al leerlo es la de vivir acechados por prácticas que podrían englobarse también bajo el mismo título que el artículo de Azúa: La maldad.</p>
<p>No por las semejanzas anecdóticas con el caso de la profesora catalana, sino por el hecho de que es un problema, un conflicto de intereses, en el que las circunstancias y el contexto son lo significativo. Tan significativo que el Gobierno británico «estudia multar a las empresas que cobran más a sus clientes leales». Buena parte del reportaje explora, como es natural, las posibles similitudes con la realidad española en los citados sectores: seguros, telefonía y servicios bancarios. En fin, el valor del periodismo<br />
–informativo o de opinión–, creo que es poner el foco, la crítica, donde se imponen las sombras.</p>
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		<title>Savater, las putas y los intelectuales</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Sep 2017 17:15:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia&#8230; [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia&#8230;<br />
Los pequeños ensayos de aquel libro me enseñaron a mirar la literatura sin prejuicios ante algunos géneros ‘proscritos’ (entre otros la novela policiaca desde Allan Poe a Agatha Cristie, la ciencia ficción, las llamadas ‘novelas de aventuras’) y también a distinguir lo que la literatura conlleva de mirada moral, de espejo del hombre. Lecciones sobre el papel del héroe en los cuentos clásicos o indagaciones en torno al genio literario de Borges, Shakespeare o Robert Louis Stevenson.<br />
<a href="http://www.hoy.es/culturas/libros/savater-personajillos-catalunya-carcel-20170926142346-ntrc.html">Fernando Savater</a> suma a la claridad de ideas el compromiso, la coherencia cívica y una valentía que le han llevado a levantar la voz incluso frente a la mordaza del terrorismo y la barbarie sectaria. Savater ha sido un testigo incómodo para los variados matones y voceros del fanatismo ideológico y político durante las últimas cuatro décadas en España. Por eso me alegro del premio que acaba de entregarle la Asociación de Editores de Madrid y de algunas de sus afirmaciones tras recibir el galardón. Por ejemplo, disentir de los ataques al Gobierno de Rajoy por su «inmovilismo». «Como si la ley tuviera que moverse», apostilló. Y otros comentarios relativos a la situación catalana: «Algunos personajillos deberían llevar una temporada en la cárcel, que tiene también una función educativa».<br />
A mí lo que me parece más relevante de las declaraciones de <a href="https://elpais.com/cultura/2017/09/26/actualidad/1506441171_622064.html">Savater</a> es la crítica abierta a los intelectuales respecto a la coyuntura que se vive en Cataluña. «Nadie quiere dejar de gustarle a una mayoría», «hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales», «la cuestión es que los intelectuales somos como las putas, vivimos de gustar, y queremos gustar, aunque sea arrinconando otros valores», «esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país».<br />
¿Se trata de juicios excesivos, de opiniones extemporáneas del filósofo? Basta reparar en las lindezas que han tenido que escuchar estos días personajes como Serrat, Marsé o Boadella por mostrarse contrarios al referéndum convocado para el 1-O&#8230;<br />
Al autor de ‘La tarea del héroe’ hay que agradecerle también su veterano desdén por los nacionalismos excluyentes (todos los son) y su insistencia en el carácter ‘cultural’ (no político) del concepto nación catalana frente al de ciudadanía. «Si ligáramos otra vez la ciudadanía con la tierra, volveríamos a la época medieval».<br />
En resumen, el viejo enfrentamiento entre lo ‘sentimental-mitológico’ y lo ‘racional-democrático’ que tan rentablemente llevan mezclando ciertos dirigentes políticos en Cataluña para beneficio propio.</p>
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		<title>Los fanatismos y la ley</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jan 2015 10:37:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los problemas complejos suelen exigir soluciones complejas. Supongo que por eso aún no se comercializa el motor de agua ni la gente tiene excesiva fe en los crecepelos&#8230; Salvo el famoso nudo gordiano –que cortó Alejandro Magno con la espada– los problemas antiguos y complejos de la sociedad se desanudan con algo más que fórmulas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los problemas complejos suelen exigir soluciones complejas. Supongo que por eso aún no se comercializa el motor de agua ni la gente tiene excesiva fe en los crecepelos&#8230; Salvo el famoso nudo gordiano –que cortó Alejandro Magno con la espada– los problemas antiguos y complejos de la sociedad se desanudan con algo más que fórmulas mágicas.<br />
Aunque nunca faltan intrépidos salvadores que proclaman: «Eso lo arreglaba yo con&#8230;» y escriba usted lo que corresponda sobre los puntos suspensivos, lo cierto es que no se conocen varitas mágicas para hacer surgir el milagro de la nada. El terrorismo yihadista está haciendo que afloren nuestros sentimientos más primarios, nuestros miedos, nuestros demonios interiores, nuestros prejuicios, nuestras contradicciones&#8230; Basta repasar las múltiples posturas defendidas con ardor en tertulias y debates públicos para percibir que se trata de uno de esos problemas complejos que no admiten soluciones fáciles, rápidas y unánimes.<br />
En las redes sociales circula estos días el relato atribuido a un judío superviviente del holocausto nazi y en la actualidad psiquiatra forense en Estados Unidos. Se trata de un testimonio demoledor. Su tesis, sencilla y fácil de comprender: pocos alemanes eran nazis al principio, y a los verdaderos nazis los tomaban como tontos hasta que tomaron el control de todo. Con los musulmanes, –argumenta– ocurre igual: se dice que la mayoría solo quiere vivir en paz, pero los fanáticos son los que van dominando y provocando guerras, los que masacran a cristianos, los que ponen bombas, los que decapitan y degüellan&#8230; Fanáticos los que difunden la lapidación y la horca para las víctimas de violación y los homosexuales, los que enseñan a sus jóvenes a matar y a convertirse en terroristas suicidas&#8230; El relato incluye miradas igualmente descreídas a los ciudadanos que sólo querían vivir en paz en la Rusia y en la China comunistas, en el Japón anterior a la II Guerra Mundial o en la Ruanda de hace pocos años, pero cuyo silencio los convirtió en irrelevantes ante las acciones fanáticas de quienes acabaron causando carnicerías de millones y millones de seres humanos. Cuando quisieron reaccionar ya era tarde.<br />
Quienes primero tienen que oponerse a los fanatismos son los miembros de la propia comunidad a la que pertenecen los fanáticos. No caben el silencio o la omisión. Y menos aún cuando la intolerancia, la exaltación, van acompañadas de violencia física. Contra el delito, la ley.  Algunos, como es sabido, no aplican contra el delito la ley, sino el ojo por ojo y diente por diente. Y así es imposible abandonar el círculo vicioso de la violencia. Gente que ignora la sabia sentencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve con la violencia porque la violencia es el conflicto mismo».<br />
Yo creo que Occidente no puede dar un paso atrás y renunciar a un derecho tan esencial como la libertad de expresión. No digamos el derecho fundamental a la vida; lo contrario equivaldría a callar, a bajar la cabeza ante los fanáticos. Pero tampoco debe alimentar ‘gratuitamente’, saltándose otros derechos, los nidos de las serpientes.   </p>
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		<title>Al estilo Ciruela</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Feb 2014 21:33:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[EN tiempos de la transición política, al maestro de periodistas Carlos Luis Álvarez, ‘Cándido’, le acusaron desde una revista de ultraderecha de no discurrir ni razonar, circunstancia que venían a perdonarle displicentemente atribuyéndole la condición de fantaseador que se dejaba llevar por la imaginación y la literatura. «Cándido no discurre. Ya se sabe», le recriminaban. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>EN tiempos de la transición política, al maestro de periodistas Carlos Luis Álvarez, ‘Cándido’, le acusaron desde una revista de ultraderecha de no discurrir ni razonar, circunstancia que venían a perdonarle displicentemente atribuyéndole la condición de fantaseador que se dejaba llevar por la imaginación y la literatura. «Cándido no discurre. Ya se sabe», le recriminaban. Sin embargo, en un alarde de ingenio y de socarronería, ‘Cándido’ desataba el nudo argumental con el que querían inmovilizarle y dejaba al descubierto las artimañas empleadas contra él: «creo que el medio más cómodo para tener razón es quitársela previamente a los demás», respondió, y advertía a su antagonista: «En realidad no sé qué voy a hacer. Pero haga lo que haga, no dejaré que [Fulanito de Tal], piense por mí».<br />
Aquella controversia de tiempos de la transición desvela la perversidad de un mecanismo que opera no a partir de la anécdota, sino del procedimiento. Quiero decir que, en principio, cualquiera podría sostener esta tesis o la contraria, y no por ello se iba a derrumbar el templo. El templo empieza a resquebrajarse cuando alguien le niega al de enfrente toda capacidad de razonamiento y encima pretende hacerle comulgar con ruedas de molino. ¿Qué hubiera hecho ‘Cándido’ en nuestros días? Tal vez parafrasear el célebre monólogo de Blade Runner: «En la galaxia digital he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto a ‘maestros Ciruela’ que no saben leer y quieren poner escuela».<br />
Estoy seguro de que &#8216;Cándido&#8217; se hubiese rebelado contra el ‘pensamiento único’ que promueven quienes aspiran al matonismo dialéctico en las redes sociales, los ‘kale borroca’ de la descalificación y el improperio. Gente poco dada a la sutileza, a la complejidad de las realidades poliédricas. Los entusiastas de la sal gorda y del brochazo enérgico: «A mí me van a venir a contar estos&#8230;», y en esos puntos suspensivos se percibe que avanza, deslizándose, el desprecio a todos los que no piensan como ellos.<br />
Cada día, sin embargo, es más importante que otros no piensen por ti. «No dejaré que *** piense por mí», se plantó ‘Cándido’. Y cada cual sabe en su caso quién habita en esos tres asteriscos. Yo admiro a los que militan contra la intolerancia. Y admiro a quienes no confunden tolerancia con indiferencia o pasividad. Entre otras razones porque el valor de la tolerancia radica en que es consecuencia de la experiencia, de la bondad y de la razón; no como la indiferencia, que suele serlo del desafecto y de la distancia: ¡allá el ‘otro’ si está lejos y no le conozco!<br />
El estrado con altavoz que constituye cualquier cuenta en las redes sociales no puede suponer licencia para disparatar. No digo yo que haya que estar permanentemente envarado como el que se tragó un sable. Desde ahí también se hace periodismo, que es noble oficio. Tan noble que hasta Julio Camba no quiso más gloria que la de ese título y decía de Fernández Flórez que era un cursi porque se tenía por escritor. Pero una cosa es hacer periodismo y otra dar ‘doctrina’ y desbarrar si no piensas lo mismo que yo quiero que pienses.</p>
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		<title>La vomitera digital</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 20:24:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la epidermis para que asome, como en aquella serie televisiva de extraterrestres, el ‘lagarto’ que ha colonizado nuestro lado oscuro, el inquisidor de horca y cuchillo dispuesto a arreglar el mundo a su manera.<br />
Uno de los ‘rascadores’ de epidermis más populares lo proporciona Internet y la posibilidad de lanzar pedradas escondiendo la mano tras la confortable trinchera del anonimato. El anonimato funciona aquí como la rejilla del confesionario o el diván del psiquiatra, favorece la vomitera mental, la descarga de munición, con la ventaja de que no hay un cura que te ponga penitencia ni un facultativo que te pase la factura.<br />
Como en un carnaval gigantesco, diseminado entre innumerables ordenadores, el ejército de desinhibidos justicieros apalea a su antojo a quienes se les ponen por delante. Con el antifaz puesto, el trabajo de repartir leña es una actividad muy divertida. Lo digo en serio, lo único bueno de este matonismo digital es lo que tiene de ‘liberación’, de válvula terapéutica para dar rienda suelta a frustraciones económicas, familiares, políticas&#8230;, sin desembocar en ámbitos socialmente más sensibles. Es aquello que les decía el ex ministro Ernest Lluch, asesinado por ETA, a unos indeseables que le insultaban semanas antes del atentado: «¡Gritad! ¡Gritad, porque mientras gritáis no estáis matando!».<br />
Así que nunca falta gente dispuesta a llevarle la contraria a don Miguel de Unamuno con eso de la intolerancia y la razón.<br />
Los periodistas celebramos ayer, convocados por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, una serie de concentraciones en cuarenta ciudades del país para dar lectura a un manifiesto sobre los problemas del sector y bajo el lema general ‘Sin periodistas no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia’. ¿Alguien que utilice la razón, el raciocinio, puede usar ese mensaje –en mi opinión tan certero e inapelable como la ley de la gravedad– no solo para discrepar del lema, sino para ejercitarse en el insulto contra el periodismo y contra todos los miembros del colectivo?<br />
Es un ejemplo entre millones, traído al hilo de la actualidad, no porque desee situarme al otro lado del cristal. El periodista debe huir del protagonismo personal (el protagonista es siempre la información, el reportaje, el entrevistado&#8230;) si no quiere convertirse en una caricatura del mundo del espectáculo o en ‘otra cosa’.<br />
Más ejemplos. Un medio nacional anuncia que ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el nicaragüense Ernesto Cardenal, inmenso poeta, sacerdote de la teología de la liberación y en su día ministro sandinista. Uno de los comentarios a la noticia:  «Penosos, los ‘poemas’ del cura rebotado este. ¿Quién decide los premios, Stalin?». Por lo menos, el ‘mamporro’ ahí viaja rematado con humor.</p>
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