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	<title>GRATIS TOTALJulio Camba &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Camba y la ingeniería social</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2020 08:29:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El azar de los hechos (¿o la necesidad?) ha querido que mientras España afronta una situación complicadísima de lucha contra la pandemia y la crisis económica, algunos independentistas catalanes y adscritos siguen poniendo palos en las ruedas de la convivencia nacional como esos alborotadores que un día sí y otro también entran en clase dispuestos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El azar de los hechos (¿o la necesidad?) ha querido que mientras España afronta una situación complicadísima de lucha contra la pandemia y la crisis económica, algunos independentistas catalanes y adscritos siguen poniendo palos en las ruedas de la convivencia nacional como esos alborotadores que un día sí y otro también entran en clase dispuestos a impedir que el resto de los alumnos aprendan en las aulas. Gestos que nos recuerdan lo acertado del vaticinio de Nietzsche: «La locura es muy rara en los individuos; en los grupos, en los partidos, en las épocas, es la regla». Y más aún en épocas donde el populismo y el nacionalismo se extienden como manchas de aceite que lo impregnan todo, retroalimentados por sistemas en los que han sido sustituidos los debates por las consignas, la razón por los sentimientos y la tolerancia por el sectarismo. Se trata de una constante global. Como apuntó la polémica y lúcida Cayetana Álvarez de Toledo en la ‘La reunión secreta’: «Todos los países pueden volverse locos, no hay ningún sistema que nos vacune para siempre de los delirios colectivos; el nacionalismo es una peste que puede entrar con cualquier sistema»; la experiencia demuestra que hasta el modelo británico, tan ponderado en otros aspectos, genera «disparates colectivos y extraordinarios como el brexit».</p>
<p>Hace más de cien años, en julio de 1918, Julio Camba publicó un artículo titulado ‘La verdadera nacionalidad’, en el que elucubraba, con su particular ironía, sobre lo fácil que puede resultar ‘hacer’ una nación. «Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid». La tarea, según Camba, consistía en observar si había más hombres rubios o morenos, si predominaban los branquicéfalos sobre los dolicocéfalos, porque «es indudable», argumentaba, «que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe». Con tales datos, más la recogida de unos cuantos modismos locales, en poco tiempo no sólo habría ganado una fortuna sino que habría reducido al silencio a quien le cuestionara que Getafe es una nación…</p>
<p>Pero no acaba ahí el artículo. Camba traza un penúltimo giro a su argumentación: cuando un nacionalista convencido le advierte que él mismo es celta, el genial periodista aclara que si eso es así, fue en una época tan remota de la que no guarda recuerdo y que también, en el transcurso de los siglos, cabe que haya sido godo, fenicio y moro. «Por qué no han de asociarse los hombres por temperamento en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería, indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de ver cómo algún día se declara una gran guerra intercontinental de biliosos contra linfáticos. Los biliosos, naturalmente», concluye Camba, «serán quienes rompan las hostilidades». ¿Vivimos ya la distopía del separatismo?</p>
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		<title>Del café al consumo digital masivo</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Feb 2019 08:31:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En su artículo ‘Tres sociedades’, publicado en 1959, tres años antes de su muerte, sostiene Julio Camba que, mientras el francés se iba al campo todos los domingos, el inglés se quedaba en casa y el español se metía en el café, a pesar de existir estadísticas que probaban que tras el regreso del campo y del café, el parisiense y el madrileño «se encontraban más fatigados el domingo que cualquier día de la semana de vuelta del trabajo». En el breve tratado de costumbrismo e ironía de aquel artículo Camba regalaba al lector alguna otra revolera, por ejemplo: que el español, que sigue siendo en el fondo de su alma un hombre de café, «se encuentra con que de repente le han birlado los cafés y no tiene donde meterse».</p>
<p>Desconozco cuál era la situación de nuestra hostelería en 1959 para que formulara tal lamento. ¿Quizás el ‘desarrollismo’ de los primeros Seat 600 contribuyeron a promover las salidas familiares al campo y a restar clientela a los cafés? En el caso de España, desde luego, lo primero que sorprendería a Camba si ahora tuviera que volver a escribir sobre el asunto, es que el tiempo de descanso no se limita tan solo al domingo sino que ocupa por fortuna el fin de semana. O mejor, el ‘finde’, como se conoce coloquialmente ese periodo que abarca desde las tres de la tarde del viernes hasta las jornadas del sábado y del domingo completas.</p>
<p>Qué tiempos aquellos en que la cuestión a dilucidar eran las formas predominantes del ocio dominguero, no el ocio vinculado a la sociedad digital y a la globalización, donde la gente en vez de encerrarse en sus casas y no hacer nada, se dedica a machacarse con la bicicleta (estática o de montaña) y al «visionado bulímico de series televisivas», característico, según el pensador surcoreano Byung-Chul Han, de nuestro consumo mediático y de nuestro ‘modo’ de percepción dominante. <a href="https://www.elmundo.es/papel/lideres/2019/02/12/5c61612721efa007428b45b0.html">Byung-Chul Han</a>, autor del libro ‘Buen entretenimiento’ (Herder Editorial) reconoce en una entrevista en ‘El Mundo’ el potencial emancipador del medio digital, al tiempo que nos previene sobre ciertos riesgos de las redes sociales: «La comunicación digital es a menudo muy emocional. Twitter ha resultado ser un medio emocional. Permite descargar inmediatamente las emociones. La política que se basa en él es una política emocional, que ya no es política en sentido propio. Trump no gobierna: tuitea», concluye.</p>
<p>Pienso en el riesgo que entraña la unión de esos dos factores a los que se refiere el filósofo surcoreano: el consumo bulímico de series televisivas y las ‘apoteosis’ emocionales que se multiplicarán, como bombas de racimo, al amparo de las redes sociales. Más aún cuando dicho ‘consumo masivo’ en vez de estar centrado en series televisivas, afecte directamente a temas de actualidad: digamos las próximas campañas electorales o el juicio a los políticos procesados por el 1-O, retransmitido en directo como una realidad virtual que se entremezcla de forma paralela y simultánea con millones de tuits y juicios de valor en Internet durante varios meses. Una coctelera con un batido imprevisible y quién sabe si nutritivo o tóxico.</p>
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		<title>Torra y el tigre de Camba</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Jan 2019 11:55:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Dice un proverbio judío que «con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanza de volver». Y no pienso ahora en las promesas del AVE y del tren digno para Extremadura. Las ‘mentiras’ a que me refiero tienen que ver con el ‘brexit’ fallido tras el referéndum trapacero de 2016, aquella consulta plagada desde el origen de falsedades, manipulación y malentendidos. Enredados en el laberinto de sus propias contradicciones, lo difícil para Reino Unido será encontrar billete para el viaje de vuelta. Regresar a una estación menos deteriorada de la que partieron.</p>
<p>Creo que enfrentamos estos días otras dos ‘realidades’ a las que cabe aplicar el viejo proverbio judío sobre las rémoras que acarrean las mentiras: el intento de tergiversar los efectos devastadores de la violencia machista en España y la machacona campaña del separatismo catalán para obviar que el ‘procés’ y todas las iniciativas en contra de la legalidad en que se amparan el Estatut y la Constitución son un intento de ‘golpe de Estado’, además de un ataque, que no puede quedar impune, a la convivencia democrática de un país miembro de la Unión Europea.</p>
<p>El juez Joaquim Bosch publicó el pasado lunes en su cuenta de Twitter, citando fuentes del INE y del Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género, unos <a href="https://twitter.com/JoaquimBoschGra">pocos datos</a> que remiten a la contundencia de las cifras, no a las meras opiniones. Respecto a la violencia de género en el ámbito familiar (de hombres contra sus parejas) representa el 83% del total. El 17% restante corresponde a violencia doméstica (contra hermanos, padres, hijos y maridos). «Querer que todo sea doméstica y suprimir la violencia machista, es buscar esconderla, como pasaba antes», concluye Joaquim Bosch.</p>
<p>La contumacia del separatismo pasa por internacionalizar el problema<br />
–Torra de nuevo en Estados Unidos–, buscando <a href="https://www.abc.es/espana/abci-torra-viaje-washington-para-denigrar-otra-espana-201901150821_noticia.html">denigrar</a> la imagen de <a href="https://www.abc.es/espana/abci-consul-espanol-deja-evidencia-torra-estados-unidos-respetar-leyes-201901161031_noticia.html">España</a>. La cansina cantinela. Hace más de un siglo, en 1917, contaba Julio Camba que a raíz de un artículo donde decía que los catalanes hablan el castellano con acento… había recibido cartas de particulares y en prensa atacándole con insultos de tres tipos: zoológicos (reptil, hiena, cuervo, chacal, cocodrilo, vampiro); patológicos (lepra devoradora, sarna nacional, virus morboso) y varios (estúpido, ignorante, chusma, ralea, inmundo, Quijote (sic), ser inútil, horda, ladrón, melifluo, almibarado, raza de decadencia, fermento de antepasados, hipócrita, cabezota, grosero…). En algunos se anticipa ya esa obsesión de Torra por el ADN y el supremacismo de campanario. Camba, claro está, ni se inmutó. Al contrario, les regaló su ingenio e inteligencia: «Estamos muy cerca del Mediodía de Francia, tierra de Tartarín. La luz es deslumbradora; la imaginación es fecunda. Un conejo, visto a cierta distancia, puede parecer un tigre. Un escritor de periódicos puede resultar un Nerón… Hay algo de tartarinesco en esto de atribuirle una intención de hiena a la menor broma que se haga sobre Cataluña. En el fondo, los catalanes saben muy bien que yo no soy hiena ni chacal, y si me dirigen epítetos tan formidables, no es para darme importancia a mí, sino para dársela a ellos mismos».</p>
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		<title>La Edad del Bronce y el Gordo</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Dec 2016 17:37:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras Cela alumbraba aquello de «media España cree en Dios y la otra media en la lotería», <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Camba" target="_blank">Julio Camba</a> se pasó la vida escribiendo cada Navidad su artículo sobre la superstición del Gordo y las pedreas. Camba confesó incluso la necesidad que sentía de escribir sobre el tema nada más acercarse las Pascuas. Y  razonaba con ironía galaica sobre el carácter de los españoles en relación a los juegos de azar. «Que trabajen los pueblos de poca fe, pero no aquellos que creen en la Providencia. Al pueblo español ningún negocio le parece tan saneado como el de comprar un billete del sorteo de Navidad y ganar en unas horas quince millones de pesetas sin arriesgar más que dos mil».<br />
Aunque saneado de verdad el negocio resulta para Hacienda, que como la banca en el casino nunca arriesga y siempre gana. A mí lo que más me sorprende no es la parte económica del negocio, si puede decirse así, sino la espiritual. Ayer, 21 de diciembre, asistimos al espectáculo que supone la entrada de los primeros rayos de luz que marcan el solsticio de invierno en el corredor y el sepulcro prehistóricos de la Huerta Montero, en Almendralejo, una construcción que se remonta a la Edad del Bronce y en la que nuestros antepasados, como bien explica <a href="http://www.hoy.es/almendralejo/201612/21/solsticio-invierno-yacimiento-huerta-20161221125638.html" target="_blank">Israel J. Espino</a> en HOY, rezaron y celebraron ritos funerarios desde hace más de 4500 años y al menos durante un milenio.<br />
Vistas con los ojos y la perspectiva de nuestra época, habrá quien piense que tales celebraciones van unidas de forma indisoluble a la mentalidad prehistórica. Pero yo creo que no es así. Basta repasar algunas de las supersticiones a que se aferran precisamente los jugadores de la lotería de Navidad para descartar la hipótesis de inmediato. Según cuenta la web especializada en venta de lotería Ventura24.es, entre las manías y ritos de los compradores españoles figuran extravagancias que van desde pasar el décimo por la barriga de una embarazada, la cabeza de un calvo, la espalda de un jorobado, hasta situarlo junto a una herradura, la figura de un santo o caminar antes del sorteo con una moneda de oro en el bolsillo, un alfiler en la chaqueta&#8230;<br />
Creo que muchas personas conservan rarezas, hábitos inconscientes, tics&#8230;, que les emparentan si no con supersticiones en sentido estricto, sí con alguna forma de manía difícil de encajar en un propósito estrictamente racional. De modo que no hay que dejarse llevar por inercias invisibles, entre otros motivos porque como avisa Umberto Eco, la superstición trae mala suerte. En resumen, ¿quiénes eran más supersticiosos, los antepasados que habitaban en la zona del yacimiento de Huerta Montero hace miles de años o quienes idean modos y maneras inimaginables para atraerse la suerte del Gordo en la lotería de Navidad?<br />
Yo no sé la respuesta. Pero si viviera Julio Camba seguro que su tesis en el fondo –al margen de humoradas– sería la que sostuvo siempre: en España se juega a la lotería mientras no se juega en algunos otros países sencillamente porque aquí se organizan sorteos y en otros países no. Cosa diferente es que por estos pagos seamos más superticiosos que el gato de Curro Romero.</p>
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		<title>De Camba a Churchill</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2016 18:36:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Hay tres amenazas que procuro esquivar: el perro guardián que no ladra, la ira del hombre pacífico y las promesas de quien vende paraísos a la vuelta de la esquina. Bueno, conozco bastantes más peligros pero digamos que esos tres intento soslayarlos a toda costa. Las épocas de incertidumbre parecen propicias para que asome por [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay tres amenazas que procuro esquivar: el perro guardián que no ladra, la ira del hombre pacífico y las promesas de quien vende paraísos a la vuelta de la esquina. Bueno, conozco bastantes más peligros pero digamos que esos tres intento soslayarlos a toda costa. Las épocas de incertidumbre parecen propicias para que asome por el horizonte la tercera de dichas amenazas: la de vendedores de paraísos o la de aquel comisionista de revoluciones del que hablaba <a href="http://www.casadellibro.com/libro-sobre-casi-nada/9788484728108/2221494" target="_blank">Julio Camba</a> en su libro de artículos ‘Sobre casi nada’. Aquel buen hombre desplegaba el muestrario con sus productos ante los potenciales clientes, los políticos indecisos. Y cuando el político le preguntaba asombrado «¿Para qué necesito yo una revolución?», el comisionista le decía: «Para gobernar. Sin una revolucioncita bien empleada no gobernará usted nunca».<br />
El catálogo de revoluciones que enseñaba el comisionista era muy variado:  había revoluciones progresistas, reaccionarias, pacíficas, violentas, populares, antipopulares&#8230; Ahora diríamos que hay también ‘revoluciones’ de diseño, de laboratorio, algunas embrionarias pero creciditas y a las que otros se apuntaron como Charlot en ‘Tiempos modernos’ cuando recoge una bandera del suelo y sin proponérselo se ve encabezando una manifestación obrera que avanzaba a su espalda.<br />
Quienes hayan frecuentado durante los últimos meses opiniones variadas en los distintos medios de comunicación (no computan ahí la ‘propaganda’ de voceros y trolls que repiten cual papagayos en las redes sociales las consignas de turno) habrán concluido que la principal y más importante obligación de los políticos salidos de las urnas el 20 D es negociar y ponerse de acuerdo para formar gobierno, anteponiendo los intereses del país a los del propio partido. Un espíritu que resume muy bien la famosa frase de Churchill, nunca tan citada por cierto como en estos días: «El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones». A este paso va a tener que ser la propia ciudadanía la que se eche a la calle para manifestarse con pancartas donde se lea: «Necesitamos estadistas, no solo políticos de partido».<br />
Si a finales de los años setenta, en plena Transición política, se habló mucho de la fase del «desencanto» (quizás debido a la natural crisis de crecimiento de aquella joven democracia) en estos años de crisis económica-financiera global se ha hablado de otro fenómeno alarmante: la desafección a los políticos, un malestar en aumento y que se extiende –de ahí la gravedad– a todo el arco parlamentario. «Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje», advertía <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Aldous_Huxley" target="_blank">Aldous Huxley</a>. Hace años tal vez era posible engatusar a la gente con palabras bonitas o promesas de paraísos al alcance de la mano. Pero ya no. La gente sabe de obra cómo se hace la prueba del algodón. Quiero decir la prueba de la urna.  </p>
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		<title>Palabra en el tiempo</title>
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		<pubDate>Fri, 01 May 2015 20:20:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Varias veces me han preguntado qué columnistas o escritores en prensa son los que más me gustan. Y alguna vez yo mismo planteé esa cuestión a indiscutibles del género. En 1991 hablé acerca de sus maestros en el articulismo con Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’, quien confesó su gratitud por la amistad que le habían brindado [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Varias veces me han preguntado qué columnistas o escritores en prensa son los que más me gustan. Y alguna vez yo mismo planteé esa cuestión a indiscutibles del género. En 1991 hablé acerca de sus maestros en el articulismo con Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’, quien confesó su gratitud por la amistad que le habían brindado César González Ruano y Ramón Pérez de Ayala, dos estilos muy diferentes al suyo pero a partir de los cuales evolucionó con «infinitas lecturas». En aquella entrevista aproveché la buena disposición del periodista asturiano (por entonces uno de los grandes ‘popes’ del periodismo español) para que improvisara un juicio breve sobre lo más destacable en su opinión de otros contemporáneos ilustres:<br />
Por ejemplo, Francisco Umbral. «Francisco Umbral es un auténtico mago del lenguaje», dijo. ¿Y Manolo Vicent? «Tiene una imaginación mediterránea muy elegante». Jaime Campmany. «Jaime Campmany tiene ingenio verbal». Manuel Alcántara. «Manuel Alcántara es muy buen poeta. Es un articulista sosegado, pero que no traspasa las candilejas».<br />
Recuerdo que por aquella época todos esos nombres me parecían admirables en lo literario, en lo periodístico, aunque me sentía muy alejado de algunos de sus postulados ideológicos. Lo cortés no quita lo valiente. Acaso en el fondo no caben admiraciones absolutas. Si en la hemeroteca de HOY repasamos por ejemplo algunos de los artículos que escribió Julio Camba durante la Guerra Civil nos sorprende que en la misma persona convivan la mirada humorística de inteligente ironía con la radicalidad expresiva del que bromea con los apellidos de los ‘rojos’ Miaja y Negrín para convertirlos en Negrote y Miajón. Sal gorda. Supongo que otro desastre colateral propio de cualquier guerra.  El ejemplo de Camba, sin embargo, seguramente no pasa de anécdota y es uno más entre muchos. No quiero reavivar aquí el debate de la literatura militante (cuántas veces se ha reprochado incluso al bueno de don Antonio Machado aquel soneto en honor de Enrique Líster: «Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría»), lo que deseo es expresar mi escepticismo acerca de aquellos textos periodísticos a los que, más allá de su valor literario, les guía el instinto militante, el ánimo sectario.  Así que a la pregunta sobre mis columnistas o escritores en prensa favoritos respondo que la lista es larga, desde los imprescindibles del siglo XX: Julio Camba, Josep Pla, Umbral, Vicent, Vázquez Montalbán, Manuel Alcántara&#8230;, hasta los habituales en las páginas de opinión de los principales diarios de España.<br />
Con preferencia, eso sí, por los columnistas que sin vivir aislados en su torre de marfil y sin olvidar el carácter de «palabra en el tiempo» que Machado reclamaba para la poesía, buscan limpiamente textos con algo de trascendencia, no pura filfa, no simple cohetería ni género venal. Gente que pueda mirar para atrás y no avergonzarse de lo que escribió cinco, diez o veinte años antes. Gente de cuyos textos no se maldiga en clave agropecuaria o como se hace en los pueblos: «De esos no van a quedar ni los rabos». </p>
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		<title>Al estilo Ciruela</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Feb 2014 21:33:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>EN tiempos de la transición política, al maestro de periodistas Carlos Luis Álvarez, ‘Cándido’, le acusaron desde una revista de ultraderecha de no discurrir ni razonar, circunstancia que venían a perdonarle displicentemente atribuyéndole la condición de fantaseador que se dejaba llevar por la imaginación y la literatura. «Cándido no discurre. Ya se sabe», le recriminaban. Sin embargo, en un alarde de ingenio y de socarronería, ‘Cándido’ desataba el nudo argumental con el que querían inmovilizarle y dejaba al descubierto las artimañas empleadas contra él: «creo que el medio más cómodo para tener razón es quitársela previamente a los demás», respondió, y advertía a su antagonista: «En realidad no sé qué voy a hacer. Pero haga lo que haga, no dejaré que [Fulanito de Tal], piense por mí».<br />
Aquella controversia de tiempos de la transición desvela la perversidad de un mecanismo que opera no a partir de la anécdota, sino del procedimiento. Quiero decir que, en principio, cualquiera podría sostener esta tesis o la contraria, y no por ello se iba a derrumbar el templo. El templo empieza a resquebrajarse cuando alguien le niega al de enfrente toda capacidad de razonamiento y encima pretende hacerle comulgar con ruedas de molino. ¿Qué hubiera hecho ‘Cándido’ en nuestros días? Tal vez parafrasear el célebre monólogo de Blade Runner: «En la galaxia digital he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto a ‘maestros Ciruela’ que no saben leer y quieren poner escuela».<br />
Estoy seguro de que &#8216;Cándido&#8217; se hubiese rebelado contra el ‘pensamiento único’ que promueven quienes aspiran al matonismo dialéctico en las redes sociales, los ‘kale borroca’ de la descalificación y el improperio. Gente poco dada a la sutileza, a la complejidad de las realidades poliédricas. Los entusiastas de la sal gorda y del brochazo enérgico: «A mí me van a venir a contar estos&#8230;», y en esos puntos suspensivos se percibe que avanza, deslizándose, el desprecio a todos los que no piensan como ellos.<br />
Cada día, sin embargo, es más importante que otros no piensen por ti. «No dejaré que *** piense por mí», se plantó ‘Cándido’. Y cada cual sabe en su caso quién habita en esos tres asteriscos. Yo admiro a los que militan contra la intolerancia. Y admiro a quienes no confunden tolerancia con indiferencia o pasividad. Entre otras razones porque el valor de la tolerancia radica en que es consecuencia de la experiencia, de la bondad y de la razón; no como la indiferencia, que suele serlo del desafecto y de la distancia: ¡allá el ‘otro’ si está lejos y no le conozco!<br />
El estrado con altavoz que constituye cualquier cuenta en las redes sociales no puede suponer licencia para disparatar. No digo yo que haya que estar permanentemente envarado como el que se tragó un sable. Desde ahí también se hace periodismo, que es noble oficio. Tan noble que hasta Julio Camba no quiso más gloria que la de ese título y decía de Fernández Flórez que era un cursi porque se tenía por escritor. Pero una cosa es hacer periodismo y otra dar ‘doctrina’ y desbarrar si no piensas lo mismo que yo quiero que pienses.</p>
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		<title>Los otros cuentos de Navidad</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Dec 2013 20:13:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Acaba el año y el columnismo tradicional vive el momento de temas cíclicos: los resúmenes, más o menos prolijos, de lo ocurrido en los últimos 12 meses; la conveniencia o no de incluir inocentadas el 28 de diciembre en la prensa escrita; el amplísimo catálogo de asuntos navideños, con sus derivadas dulzonas o melancólicas: belenes, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acaba el año y el columnismo tradicional vive el momento de temas cíclicos: los resúmenes, más o menos prolijos, de lo ocurrido en los últimos 12 meses; la conveniencia o no de incluir inocentadas el 28 de diciembre en la prensa escrita; el amplísimo catálogo de asuntos navideños, con sus derivadas dulzonas o melancólicas: belenes, villancicos, aguinaldos y reencuentros familiares anhelados o imposibles; la apoteosis de la Lotería de Navidad y el Gordo presentido; la nueva cosecha de frases célebres y pensamientos filosóficos que poblarán las agendas y almanaques de 2014; la doble y callada pugna entre Papá Noel y el árbol con el belén y los Reyes Magos; la posibilidad de ahorrar o no ahorrar con la iluminación navideña en las calles; la desaparición de los antiguos concursos de escaparates que se organizaban con motivo de estas fiestas; el abuso de turrones, mazapanes y figuritas en la dieta diaria; las recomendaciones sobre libros, música y prendas de vestir para regalar en Navidades y Reyes; el exceso de regalos que reciben los niños y del que siempre culpamos a los abuelos y a los tíos que los malcrían; la multiplicación de las cenas de empresa, a pesar de las crisis y de los recortes; la práctica desaparición de las tarjetas postales manuscritas ante la llegada, imparable, de las felicitaciones a través del correo electrónico y de las redes sociales; los programas televisivos de fin de año y los cotillones y fiestas para jóvenes; los maratones benéficos y el reparto de las cestas navideñas; la subida y la bajada de los combustibles; las escapadas a la nieve de los más pudientes; las elucubraciones sobre el campeón de invierno en la liga de fútbol; las apuestas caseras sobre cuál será en las televisiones el último anuncio del año&#8230;<br />
Cuando era más joven, a mí me gustaban mucho los artículos que recreaban los cuentos navideños de Charles Dickens y la ironía con retranca de Julio Camba, sobre todo la antología donde refulge el de la lotería nacional: «El pueblo español invierte sus ahorros en la Lotería en lugar de dedicarlos a la industria, de la misma manera que, en vez de canalizar sus ríos, organiza rogativas durante las épocas de sequía. El trabajo no le inspira ninguna confianza, y, además, le resulta incómodo. Que trabajen los pueblos de poca fe; pero no aquellos que creen en la Providencia», apostillaba.<br />
La lotería era el tema por antonomasia. Y el momento de recordar aquella ocurrencia que se atribuye a Cela: «Media España cree Dios y la otra media en la lotería». Ahora parece distinto, como hemos visto. Hay más variedad de asuntos para llenar las casillas del imaginario popular. Descreídos en materia de culto (aunque no tanto en materia religiosa), el bajo ‘tono anímico’ del personal está para pocos cuentos de Dickens cuando la realidad golpea diariamente con historias mucho más dramáticas que en la ficción.  Tan dramáticas que hasta existe un programa que aprovecha las tardes para potenciar la ‘caridad-solidaridad’ televisada en directo. Otra manera de confiar en la suerte, –en el azar de la audiencia– ante la anemia enfermiza del estado del bienestar.</p>
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		<title>Mochuelo vacuo</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Dec 2012 20:22:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Muchas veces la diferencia entre un mochuelo vacuo y una persona inteligente no se distingue a primera vista y es preciso reparar en los pequeños detalles. El mochuelo vacuo, el zote por antonomasia, suele pavonearse y comportarse aparentemente igual que quien  va guíado por la razón, aunque en su caso en vez de trabajar con argumentos y alcanzar opiniones solo alimenta prejuicios. Y ya lo advirtió Voltaire: los prejuicios son la razón de los tontos.<br />
Puede decirse que en la mente del mochuelo vacuo opera un procedimiento de actuación averiado, defectuoso, como el de esos autómatas incapaces de llegar a conclusiones que no figuren en los circuitos integrados de su sesera; es decir, incapaces de saltar sobre la programación de sus prejuicios y actividades de repetición. El comportamiento habitual del mochuelo vacuo lo resume a la perfección un dicho popular: «Cuando el tonto coge la linde, la linde se acaba pero el tonto sigue».<br />
Yo creo que uno de los inconvenientes de las sociedades modernas –acaso consecuencia de la superabundancia de información y del déficit de análisis rigurosos, estructurados– es la progresión geométrica en que han crecido los prejuicios, antes circunscritos a ámbitos ‘privados’ y ahora colonizadores de toda la esfera social. Los prejuicios son bombas cuyos detonadores se llaman tópicos. ¿Y qué caldo de cultivo más propicio para la multiplicación de estas armas que el de una sociedad y una ‘cultura mosaico’ como la nuestra?<br />
En cierta medida, al mochuelo vacuo le ocurre como a aquel compañero de Julio Camba que era incapaz de referirse «a un funcionario sin llamarlo probo, a un menestral sin diputarlo honrado, a un criado sin proclamarlo fiel, ni a un banquero sin calificarlo de opulento», hasta el extremo de reconocer que si le obligasen a decir «el opulento funcionario», «el honrado banquero», «el probo criado», o «el fiel menestral» se volvería loco. Camba criticaba en su artículo la inercia de las frases prefabricadas y cerraba su argumentación con la idea de que para desintegrarlas «se necesita una energía mucho mayor que para desintegrar el átomo». Lo mismo, dicho con otras palabras, que sostenía Einstein: «Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio».<br />
Los prejuicios son malas hierbas en el jardín del pensamiento,  taras en cualquier  estructura argumental que acabarán minando su resistencia y anticipando el derrumbe. Frente a la moda del cliché, del lugar común, del topicazo y de la frase hecha que en vez de alumbrar enmascara hay que oponer el deseo de verdad y la mirada sin anteojeras propia de los limpios de corazón.<br />
El peligro del mochuelo vacuo de turno es su abuso del dicterio, del exabrupto, de la charlatanería. Porque su determinación a la hora de ahondar en lo sectario, en la filia o en la fobia interesada, no suele ser casual sino fruto de la vocación mercenaria. Una pasión por el piñón fijo argumental y por los calificativos que cotizan en bolsa. Si en su camino se cruza uno de esos que nunca dudan y se recrean en el tópico y en el prejuicio seguro que está ante un ejemplar de mochuelo vacuo. Dios le asista.</p>
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		<title>Otra posteridad</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Aug 2012 19:48:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La historia de la literatura y del arte está llena de personajes que se pasan la vida persiguiendo la gloria postrera. «Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos», escribe Jaime Gil de Biedma en su famoso poema ‘No volveré a ser joven’. Escritores como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, Proust, James Joyce o Borges, cuya existencia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="ecxtestArtCol_a">La historia de la literatura y del arte está llena de personajes que se pasan la vida persiguiendo la gloria postrera. «Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos», escribe Jaime Gil de Biedma en su famoso poema ‘No volveré a ser joven’. Escritores como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, Proust, James Joyce o Borges, cuya existencia no logra una dimensión plena si no es a través del genio creativo. Gente como Óscar Wilde, empeñado en convertir cada minuto de su vida en una obra de arte, a pesar de la confesión que se le atribuye: «He puesto todo mi genio en mi vida, y en mis obras sólo he puesto mi talento».<br />
Desde hace años, a mis amigos escritores jóvenes les recomiendo una novela de Henry James, no demasiado conocida, que se titula ‘La lección del maestro’. No voy a desvelar aquí cuál es esa lección, pero sí que tiene mucho que ver con la vocación literaria y con la pasión que aturde a cualquier adolescente ‘letraherido’.</div>
<div id="ecxtestArtCol_b">Trascender, permanecer en la memoria es otra forma de vivir. Una vez leí y me impresionó la displicencia ‘romántica’ de un poeta que escribía versos geniales sobre papel de liar cigarrillos que luego se fumaba tranquilamente sin el mínimo temblor por convertirlos en ceniza. Qué diferencia con Fernando Pessoa, el genio portugués que escribía a la única mujer de la que se enamoró advirtiéndole: «Toda mi vida gira en torno a mi obra literaria». «Todos tienen que convencerse de que soy así, de que exigirme sentimientos –que considero muy dignos, dicho sea de paso– de un hombre común y corriente es como exigirme que sea rubio y con los ojos azules», según anota Jiménez Barca al reseñar el libro ‘Cartas de amor de Fernando Pessoa e Ofélia Queiroz’ publicado por Assírio &#038; Alvim.<br />
El mundo de la literatura admite muchas variantes respecto a la consideración del más allá, de ese tramo indefinido de tiempo que llamamos futuro. El extremo más descreído del espectro lo ocupa sin duda el poeta inglés Thomas Gray: «En cuanto a la posteridad, ¿qué ha hecho por mí que me obligue para con ella?». En el otro extremo debe situarse aquel escritor bohemio, amigo de Julio Camba, que obligado a pasar frecuentemente las noches al raso decía: «¡Ya me las pagaréis todas juntas, canallas de burgueses! En vida no tiene uno dónde caerse muerto; pero en cuanto me muera no os quedará más remedio que hacerme un panteón de mármol».</div>
<p>Nunca ha dispuesto la sociedad de más medios para reproducir y grabar, en multitud de soportes, sus obras artísticas, de libre creación. ¿Pero ha crecido en la misma proporción la voluntad de trascender, el deseo de asentarse, aunque sea temporalmente, en la posteridad? Creo que no. Al contrario. Frente a la cultura de la memoria oral y después de la palabra escrita, vivimos una época dominada por la imagen y los testimonios escritos cada vez más breves. Las nuevas tecnologías han hecho crecer exponencialmente el número de autores, de lectores y de espectadores. ¿Pero ha crecido también el deseo de que perduren esos contenidos? Liviandad, banalidad o trascendencia, he ahí la cuestión.</p>
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