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	<title>GRATIS TOTALjuventud &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Un futuro mejor</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Dec 2020 12:35:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Confieso que he sentido la tentación de iniciar esta columna, para mí la última del nefasto 2020, con el poema de Gil de Biedma ‘Píos deseos para empezar el año’, pero desisto porque esos versos me parecen en exceso melancólicos y mejor recordar ahora aquel proverbio de Carlos Luis Álvarez: «Todo optimismo es una síntesis», [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Confieso que he sentido la tentación de iniciar esta columna, para mí la última del nefasto 2020, con el poema de Gil de Biedma ‘Píos deseos para empezar el año’, pero desisto porque esos versos me parecen en exceso melancólicos y mejor recordar ahora aquel proverbio de Carlos Luis Álvarez: «Todo optimismo es una síntesis», con el que resumía esas duras lecciones de la vida que siempre aprendemos tarde.</p>
<p>Viajé esta semana a Madrid por motivos familiares y he constatado las sustanciales diferencias actuales respecto a las que ofrecía décadas atrás esa ciudad cuando uno era joven, feliz e indocumentado. Recorrí las calles de mi barrio en la etapa universitaria y no hallé, como Quevedo, «cosa en que poner los ojos que no fuesen recuerdo de la muerte». En vez de los abundantes comercios tradicionales con escaparates sencillos pero luminosos, al paso encontré tiendecitas medio en penumbra con paredes desconchadas y por doquier carteles de ‘Cerrado’ o ‘Se vende’. En lugar de alguna pintada política salpicando los muros, grafitis indigentes y brochazos denunciando que ahí se vende ‘farlopa’. Verjas oxidadas, luminosos de colores chillones y laberintos de cables hormigueando bajo las ventanas y los balcones con rejas. En el parabrisas del coche no encuentras ya publicidad de la tienda de muebles ni las ofertas del híper, sino octavillas de un maestro vidente curandero, cuyo catálogo de habilidades –«No hay problema sin solución», proclama–, constituye acaso el diagnóstico más infalible acerca de lo que anhela esta sociedad: «Adivinación completa y clara. Con gran experiencia en todos los campos de la magia. Resuelva cualquier problema por difícil que sea, amarres, recuperación de pareja de 3 a 7 días, impotencia sexual, mal de ojo, depresiones, atraer clientes (compraventa), protecciones familiares, suerte en los negocios, mantener puesto de trabajo, endulzamientos, justicia y exámenes, deportes, enfermedades crónicas, etc… Especialista en problemas matrimoniales. Resultados inmediatamente garantizados al 100% de 3 a 7 días. Realizo también trabajos a distancia». Si tal es la oferta, fácil resulta imaginar la demanda. Sin embargo, de la panoplia de remedios que anuncia el maestro vidente curandero, a mí el que más me da que pensar es el etcétera y los puntos suspensivos, pues me parece un ingenioso procedimiento para traspasar al cliente la llave de peticiones, de modo que además de lo incluido en la octavilla, quede de su mano requerir solución a cualquier problema imaginable.</p>
<p>Con todo, Madrid no deja de crecer, se ha transformado y mejora día a día. Ya no es «el rompeolas de todas las Españas», sino la capital a donde no cesan de marcharse miles de personas en busca de trabajo y un futuro mejor; entre ellos, bastantes de esos 2.500 jóvenes extremeños en edad laboral (entre 20 y 39 años) que abandonan su tierra anualmente, según un estudio del Club Senior de Extremadura de 2019, para no perder la esperanza de que el futuro ya ha comenzado.</p>
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		<title>Los libros de la vida</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Apr 2019 07:22:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Si me atuviera al imán de las efemérides, hoy 25 de abril, cuando se cumplen 45 años de la Revolución de los Claveles, esta columna tendría como banda sonora ‘Grândola, vila morena’, y estaría jalonada de recuerdos juveniles y de esperanzas políticas. Si me atuviera a las urgencias de la actualidad, tendría que hablar de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si me atuviera al imán de las efemérides, hoy 25 de abril, cuando se cumplen 45 años de la Revolución de los Claveles, esta columna tendría como banda sonora<a href="https://www.youtube.com/watch?v=gaLWqy4e7ls"> ‘Grândola, vila morena’</a>, y estaría jalonada de recuerdos juveniles y de esperanzas políticas. Si me atuviera a las urgencias de la actualidad, tendría que hablar de los debates electorales o incluso de mis ‘premoniciones’ acerca del 28-A, pero reconozco que ambos asuntos me resultan poco estimulantes, pues albergo más dudas que certidumbres y además desconozco la letra y la música que arrojarán las urnas.</p>
<p>Así que hoy pienso escribir, mi buen Yorick, de los libros. No porque el martes pasado celebrásemos esa jornada, sino porque todos los días son, sin excepciones, el día del libro y de la lectura. En el pequeño volumen ‘<a href="http://www.editorialperiferica.com/index.php?s=catalogo&amp;l=23">Sobre arte y literatura</a>’ que la cacereña Editorial Periférica dedicó a Joseph Joubert, –ese genio a cuyo rescate tuvo que acudir Chateaubriand– se lee: «Son pocos los libros que pueden gustarnos toda la vida. Hay algunos de los que nos cansamos con el tiempo, con el saber y con la sensatez». Qué verdad tan bien resumida.</p>
<p>Un buen libro es siempre como un buen amigo, pero igual que en la vida cotidiana podemos tener ‘saludados’, ‘conocidos’ y ‘amigos’, probablemente habremos frecuentado libros que se quedan en el escalón de los ‘saludados’ o ‘conocidos’ sin llegar a superar el listón reservado para las obras magnas o las buenas amistades. Cabe la posibilidad, incluso, de que esos buenos amigos –esos buenos libros– alcanzaran el título en épocas o circunstancias concretas, pero transcurrido el tiempo la excelencia que les atribuimos se haya erosionado en la memoria. En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Acudo a las palabras de Luis Landero en una de las primeras entrevistas que le hice: «Yo fundamentalmente soy un lector y quizás en mis experiencias literarias lo más fuerte fueron las lecturas de mi adolescencia, porque como se lee entonces no se vuelve a leer ya nunca. Como se lee con 15, con 18 o incluso con 20 años no se vuelve a leer ya nunca más». La inocencia y la pasión lectoras nos hacen recordar algún libro con tanto desasosiego romántico que preferimos no volver a leerlo para eludir el riesgo de la desilusión.</p>
<p>Supongo que en ocasiones funciona también un sentimiento cercano a la superstición. Recuerdo que hace décadas, recién operado mi padre de un cáncer de laringe, mientras le acompañaba en el hospital comencé a leer ‘Pantaleón y las visitadoras’. Por suerte, abandonó el centro sanitario antes de que yo acabara de leer el libro, pero a partir de ese instante me resultó imposible retomarlo, quizás porque me parecía que era como volver al pasado o quizás porque lo identificaba con momentos de honda inquietud y preocupación familiar.</p>
<p>La dificultad mayor imagino que debe de ser seleccionar aquellos libros que nos gustan de forma perdurable. Y no porque nos reclamen criterio y juicio duraderos, sino porque comprobarlo nos exigiría emplear otra vida entera para releer todos los que recordamos, incluidos aquellos del anaquel ‘saludados’ y ‘conocidos’. De ‘Pantaleón…’, ni hablar.</p>
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		<title>Nostalgias</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2015 17:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a casa de la tía Leoncia, sino que le abrieron de par en par las puertas a la avalancha evocadora de ‘En busca del tiempo perdido’. ¿Quién no ha vivido ese instante maravilloso en que al escuchar una determinada melodía o paladear un sabor ha tenido que contener las lágrimas por la emoción? Y quien dice un sabor o un olor puede decir las sensaciones de unas viejas imágenes o el tacto inconfundible de un abrazo o de unas manos acariciadas.<br />
Somos memoria porque los sentidos nos regalan recuerdos. Ocurre en lo personal y en lo colectivo. A veces el ritmo de la vida nos empuja a vivir el presente con una intensidad digamos que frenética, como si no hubiera mañana ni pasado. Supongo que los sociólogos conocerán bien el fenómeno y habrá estudios que lo analicen de forma sistemática. Yo identifico esas etapas con una especie de ‘adolescencia’ social donde importa más el vértigo de la prisa, el mero crecimiento, el ensimismamiento, que la mirada sosegada y nostálgica. Viví esa sensación, por ejemplo, durante los primeros años de nuestra Transición política, cuando películas como <a href="http://www.basiliomartinpatino.org/filmografia/canciones-para-despues-de-una-guerra/" target="_blank">‘Canciones para después de una guerra’</a> de Basilio Martín Patino o libros como ‘Crónica sentimental de España’, de Manuel Vázquez Montalbán, hacían que se esfumara el espejismo del presente para que nos atropellara la avalancha de la nostalgia. Del anteayer y del ayer mismo.<br />
Imagino que debe de ser la misma nostalgia evocadora que hizo triunfar después las series televisivas ‘Crónicas de un pueblo’, ‘Verano azul’ o más recientemente ‘Cuéntame’. De la adolescencia a la madurez. Cada generación al llegar a cierta edad se recrea en una mirada al pasado, y a ser posible en una mirada sin ira.<br />
En las redes sociales es un fenómeno con miles de seguidores. Miles de usuarios de facebook o twitter que disfrutan con las canciones antiguas subidas a internet por los coleccionistas de vinilos, o miles de ciudadanos de cualquier provincia que disfrutan con las imágenes de rincones y edificios a los que la piqueta del desarrollismo condenó a una muerte conmutada ahora por el viejo álbum de fotos&#8230; La industria de la nostalgia. Muchos de esos blogs o sitios web especializados se están convirtiendo en ágiles naves para viajar por el túnel del tiempo y recrearnos, ¡ay!, en el ayer. ¿Puro costumbrismo? Quizás algo más. En España se puede pasar ahora sin solución de continuidad de los versos de Rodrigo Caro: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa» a los episodios más contemporáneos de ‘El ministerio del tiempo’.<br />
Un viaje personal y colectivo. Sí. Como el de esos jóvenes –miles de ellos en el extranjero– nostálgicos de un país con horizontes  más esperanzadores y atmósfera de hogar.</p>
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		<title>Mis cinco libros</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2015 11:27:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En abril, libros mil. Tiempo de recomendaciones y recuentos. ‘Territorios’, el suplemento cultural de ‘El Correo’, pide a escritores, editores, libreros y profesores que seleccionen cada uno las cinco obras que, a su juicio, deben leer los jóvenes antes de la mayoría de edad. Algunos títulos se repiten en los cánones sugeridos. Medito acerca de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En abril, libros mil. Tiempo de recomendaciones y recuentos. ‘Territorios’, el suplemento cultural de ‘El Correo’, pide a escritores, editores, libreros y profesores que seleccionen cada uno las cinco obras que, a su juicio, deben leer los jóvenes antes de la mayoría de edad. Algunos títulos se repiten en los cánones sugeridos. Medito acerca de cuáles seleccionaría yo. Es complejo limitarse a solo cinco obras, pero ahí van: ‘La isla del tesoro’, ‘Crimen y castigo’, ‘Cien años de soledad’, las ‘Narraciones extraordinarias’ de Poe y ‘El lazarillo de Tormes’.<br />
Creo que otras obras maestras, por ejemplo la poesía de Bécquer o de Machado, ‘El Quijote’, ‘Luces de Bohemia’, ‘La Regenta’, ‘Fortunata y Jacinta’&#8230; son imprescindibles también en cualquier canon, pero no sé si necesariamente en la primera juventud. ‘Quizás ‘La metamorfosis’ de Kafka o ‘Madame Bovary’ sean más ‘provechosas’ para un lector formado, para una sensibilidad lectora educada en los matices. O tal vez no, y lo  aconsejable sería dejarse llevar por el cataclismo de esas peripecias literarias que nos sacuden como aguas turbulentas.<br />
La lectura fluye en el río de Heráclito. Nunca somos el mismo lector que ayer ni leemos, aunque se trate de idéntico título, el mismo libro. Recuerdo que en 1996 le pregunté al novelista Luis Landero por sus reflexiones en torno a la lectura: «Yo fundamentalmente soy un lector y quizás en mis experiencias literarias lo más fuerte fueron las lecturas de mi adolescencia, porque como se lee entonces no se vuelve a leer ya nunca. Como se lee con 15, con 18 o incluso con 20 años no se vuelve a leer ya nunca más. Toda la sabiduría que puede tener un profesor, que puede tener un lector adulto, toda esa finura mental, todas las destrezas intelectuales, no es absolutamente nada comparado con la sabiduría y la inocencia de un chaval de 17 años que devora un libro y se apropia de un texto con una plenitud y una pasión extraordinarias».<br />
Por eso en mi selección de los cinco libros  supongo que pervive el recuerdo de aquella conmoción iniciática que supuso leer ‘La isla del tesoro’ identificado en el espejo del valiente Jim Hawkins, capaz de sobreponerse  a peligros inquietantes y embarcarse en la Hispaniola. O los vericuetos psicológicos y desasosiegos del Raskolnikov que tuvo que dejar de estudiar y asesina a la vieja usurera en una Rusia que Dostoievsky describe con  realismo universal y válido para cualquier época porque en ‘Crimen y castigo’ más que la geografía de un país importa la del alma humana. La misma pasión y conmoción que me produjo ‘Cien años de soledad’ y el Macondo de los Buendía, una de las pocas novelas que comencé a leer nada más terminar la primera lectura, entre otras razones para ir elaborando un árbol genealógico que sirviera a sucesivos lectores&#8230; Con las ‘Narraciones extraordinarias’ de Edgar Allan Poe llegué a pasar miedo y con ‘El lazarillo de Tormes’ reí, me emocioné, reflexioné sin ser consciente de hacerlo y viajé a una España cuyos ecos se percibían entonces y creo que aún resuenan. Cinco libros, en fin, que ayudan a crecer y a conocer la vida.</p>
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		<title>Billetes al paraíso</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Apr 2015 20:47:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Quiero resistirme hoy al pandemónium político-electoral que nos avasalla. Por eso mi buen Yorick seré cristalinamente sincero: si entre tus intenciones figura la búsqueda de combustible para alimentar esas fogatas, no sigas leyendo, aquí no hallarás nada que deje tu cabeza igual que una devanadera. Hoy no toca. Ayer por la tarde, cuando acudía al [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quiero resistirme hoy al pandemónium político-electoral que nos avasalla. Por eso mi buen Yorick seré cristalinamente sincero: si entre tus intenciones figura la búsqueda de combustible para alimentar esas fogatas, no sigas leyendo, aquí no hallarás nada que deje tu cabeza igual que una devanadera. Hoy no toca.<br />
Ayer por la tarde, cuando acudía al periódico no pude resistirme sin embargo a la paradoja de dos realidades simultáneas aunque muy diferentes. Mientras las ediciones digitales de los periódicos ‘ardían’ con las noticias del registro en la vivienda de Rodrigo Rato por agentes de la Agencia Tributaria y de la Policía Nacional, miles de jóvenes se concentraban en Cáceres para aprovisionarse de bebidas y trasladarse al recinto ferial donde se iba a celebrar la denominada –no sé si eufemísticamente o con polisémica precisión– Fiesta de la Primavera.  Ajenos a otras refriegas que no sean las de la juventud y la diversión, los participantes en la macrofiesta muestran un espíritu vitalista y celebratorio que suscita más simpatías que la del pandemónium político-electoral. «El paraíso lo prefiero por el clima, el infierno por la compañía», decía Mark Twain, que en el caso de haber vivido en Cáceres ayer se hubiera ido, por el clima y la compañía, con los jóvenes que daban la bienvenida a la primavera en el recinto ferial.<br />
Con el mismo destino de ultratumba bromeó Maquiavelo varios siglos antes que Twain: «Yo quiero ir al infierno y no al cielo. En el primer lugar disfrutaré de la compañía de papas, reyes y príncipes mientras que en el segundo solo encontraré mendigos, monjes y apóstoles». Espíritu realista.<br />
Las fiestas masivas juveniles tienen mala fama. Lo fácil es deducir que su desprestigio social es debido a la popularización de los botellones, pero yo creo que no es así. Un texto anónimo caldeo de veinte siglos antes de Cristo apunta: «Nuestra juventud es decadente e indisciplinada. Los hijos no escuchan ya los consejos de los mayores. El fin de los tiempos está próximo». Y desde la noche de los siglos retumban aún las famosas palabras de Sócrates (425 años antes de Cristo): «Los niños de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, engullen la comida y tiranizan a sus maestros».<br />
No quisiera precipitarme por el simplismo demagógico y falso de «no hay nada nuevo bajo el sol», pero incluso aceptando que «la juventud siempre es la juventud», cada época está sometida a valores ‘sociales’ que trascienden la forma en que se divierten y se relacionan los jóvenes. Quiero decir que  la popularización del botellón o de las macrofiestas solo representan aspectos anecdóticos para varias generaciones de chavales crecidos en los años del estado del bienestar, una simple etiqueta de los tiempos, igual que el uso de los teléfonos inteligentes, las tabletas o las indumentarias características que marcan las modas. Elementos secundarios, epidérmicos, tangenciales. Lo esencial de esta juventud son sus ganas de conquistar el futuro –aunque sea lejos de casa, en el extranjero– y la seguridad de que los paraísos también están en este mundo.</p>
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		<title>Escapadas</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Oct 2014 19:49:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuenta Alonso Zamora Vicente en su libro ‘Primeras hojas’ cómo un personaje se enfurruña y un buen día decide irse de casa. ‘Escapada’ se titula el capítulo. «En una bolsa de tela puse, escogiéndolos, unos calcetines y un pañuelo, y el metro metálico que se cerraba a manivela». Episodio propio de la niñez. A mí [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuenta Alonso Zamora Vicente en su libro ‘Primeras hojas’ cómo un personaje se enfurruña y un buen día decide irse de casa. ‘Escapada’ se titula el capítulo. «En una bolsa de tela puse, escogiéndolos, unos calcetines y un pañuelo, y el metro metálico que se cerraba a manivela». Episodio propio de la niñez. A mí me llama la atención el escuálido equipaje con que se marcha el personaje y en especial ese metro metálico «que se cerraba a manivela» y que debía de ser, primer tercio del siglo XX, un verdadero prodigio para la época. Tesoro sentimental para su dueño. Cuando yo era joven, un amigo también protagonizó una fuga de casa. Su escapada le llevó algo más lejos que al personaje de Zamora Vicente, que apenas deambuló durante varias horas alrededor de su barrio. Mi amigo, viajando como polizón en un autobús, consiguió llegar a otra ciudad alejada cientos de kilómetros de la suya. A los amigos nos sorprendió más que la escapada en sí, el hecho de que portaba como único equipaje un viejo despertador de cuerda del tamaño de un tazón de desayuno&#8230; En realidad aquella escapada nos pareció extraordinaria, legendaria, sobre todo por el despertador. ¿Para qué necesitaba un adolescente rebelde y airado aquel objeto? ¿Acaso para mantener una última conexión directa, mecánica, con el orden y la disciplina de la que parecía escapar? Nosotros nunca lo supimos. Ni nos atrevimos a preguntárselo. Él simplemente nos explicó, al regreso, que el despertador había sido su único compañero de viaje y que en ningún momento lo perdió de vista.<br />
Las cosas han evolucionado. Supongo que los niños siguen expresando su rebeldía pero ahora en vez de dar un portazo y correr a la calle para escaparse de quienes les llevan la contraria, se encierran en el ‘territorio libre’ de su habitación y se refugian en la realidad virtual del ordenador, del teléfono móvil o de la tableta digital. Un espacio, por desgracia, más peligroso que las azarosas calles de anteayer. Escapar sin salir de casa.<br />
Si hablamos de jóvenes ya es otro cantar. Sus escapadas no son fruto de conflictos generacionales sino hijas de la necesidad. Y no escapan temporalmente, sino que se ven abocados a dejar su casa en busca de un futuro que les regatea la propia tierra. Es verdad que no marchan con la maleta de cartón  como sus padres o sus abuelos, se van con un titulo universitario bajo el brazo y la esperanza con hambre de futuro. Gente joven afectada por lo que la ministra Báñez llamaría «movilidad exterior» o por lo que la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Corral, atribuyó al «impulso aventurero», en vez de a la cruda necesidad de un puesto de trabajo. Las escapadas de esos jóvenes, decía, no inquietan por dirigirse a lugares ignotos, sino por parecer inevitables y multiplicarse como una maldición. En casi todos los pueblos y en casi todas las ciudades de Extremadura. Por suerte, los jóvenes no tienen que cargar con ningún reloj despertador. Les basta el calendario perpetuo y el GPS del móvil por si en algún instante la palabra regreso representa algo más que una palabra y cobra sentido.</p>
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		<title>Del &#039;desvieje&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jul 2012 18:25:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace años escuché a una persona muy familiarizada con las cosas del mundo rural un pronóstico sobre la realidad de Extremadura que bordeaba la exageración y el humor negro: «Como en nuestros pueblos no se produzca pronto el ‘desvieje’, no sé cómo va a poderse mantener todo esto». La palabra ‘desvieje’ se usa mucho en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace años escuché a una persona muy familiarizada con las cosas del mundo rural un pronóstico sobre la realidad de Extremadura que bordeaba la exageración y el humor negro: «Como en nuestros pueblos no se produzca pronto el ‘desvieje’, no sé cómo va a poderse mantener todo esto».<br />
La palabra ‘desvieje’ se usa mucho en ganadería y significa precisamente eso que usted está pensando: separar del rebaño las ovejas o carneros viejos. Con  «todo esto» esa persona que conocía bastante bien la realidad de los pueblos extremeños se refería al creciente número de pensionistas y al envejecimiento palpable de la población, con una pirámide demográfica en la que cada vez hay menos criaturas para el ‘destete’ y cada vez más para un potencial ‘desvieje’, si es que esa práctica ganadera no fuera de imposible aplicación en los seres humanos.<br />
La humorada sobre el ‘desvieje’ gana sentido a medida que arrecia la crisis. Pero en la historia de la literatura no faltan ejemplos en que se buscan soluciones extremas a los problemas de pobreza. No faltan, quiero decir, ejemplos con humor, porque de los otros es sabido que la historia es un catálogo completo. El  escritor Jonathan Swift, el autor de ‘Los viajes de Gulliver’, publicó una sátira titulada: «Modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país» en la que el remedio, el chiste cruel, consistía en que los menos pudientes vendieran a sus infantes como alimento para la mesa de los ricos. De esa forma, además de quitarse una boca que alimentar y otro hijo al que cuidar, recibían un dinero para seguir adelante&#8230;<br />
La semana pasada el ministro de Educación, José Ignacio Wert, opinó que ‘la fuga de cerebros’ no debería considerarse un «fenómeno negativo» y que la marcha de jóvenes titulados a otros países en realidad supone un desafío para España. Cuando tenemos una generación abocada, en el mejor de los casos a buscarse la vida en el extranjero, el señor ministro va a permitir que discrepe seriamente de su opinión. Igual que lo hacía el catedrático de Economía alemán Juergen B. Donges, quien en una entrevista publicada en HOY  reconocía que para Alemanía era muy ‘bueno’ recibir capital humano sin haber invertido en su formación pero para España era «gravísimo».</p>
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		<title>Ecos del 68</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 00:40:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Recién casado yo tenía en Madrid un viejo póster con esta leyenda: ‘En Praga se muere todavía’. Ese cartel fue mi último contacto con la invasión de Praga por los tanques soviéticos, un triste episodio que solamente conocí más tarde a través de los libros de historia. En 1968 yo era un adolescente y aunque [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><big>Recién casado yo tenía en Madrid un viejo póster con esta leyenda: ‘En Praga se muere todavía’. Ese cartel fue mi último contacto con la invasión de Praga por los tanques soviéticos, un triste episodio que solamente conocí más tarde a través de los libros de historia. En 1968 yo era un adolescente y aunque conservo un nítido recuerdo de la muerte del Che, ocurrida un año antes, los tres acontecimientos destacados del 68 sobreviven en mi memoria entremezclados con la niebla de las fechas. Del mayo francés, por ejemplo, se me grabaron cuatro imágenes de algarabías callejeras y un par de nombres: Rudi Dutschke y Daniel Cohn-Bendit, dos de los líderes que encabezaban las revueltas estudiantiles. La invasión de Praga quedó en mi memoria como la confirmación de que ¡los experimentos, con gaseosa!, especialmente si los promueve el pez chico; y de la matanza de la plaza de Tlatelolco en México sólo me acuerdo por el libro-reportaje de Oriana Fallaci. Si echo la vista atrás descubro aspectos más próximos de 1968: paseos por &#8216;Cursi&#8217;, baños en la entonces única piscina pública de Cáceres: la Ciudad Deportiva, y un puñado de canciones: &#8216;La vida sigue igual&#8217;, de Julio Iglesias; &#8216;Hey Jude&#8217;, de los Beatles; &#8216;Qué tiempo tan feliz&#8217;, en la versión de Mary Hopkin o en la de Sandie Shaw y sobre todo &#8216;La bambola&#8217;, de Patty Pravo, que fue para mí el himno sentimental de aquel verano.<br />
La pasada semana mi hijo y unos amigos se fueron varios días a Praga. Yo confiaba secretamente en que me trajera algo relacionado con mi póster de recién casado. Me equivoqué: compró un impresionante gorro soviético, para él, y a mí me dijo: «¿No te gusta la literatura? Pues ahí tienes unas postales de Kafka».</big></p>
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		<title>¿Un habla popular?</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Apr 2008 00:51:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[«El extremeño ya tiene su edición en Wikipedia» (De los periódicos) La primera vez que salí de casa para irme a trabajar a otra ciudad llevaba la cartera vacía y un solo libro en el bolsillo: el &#8216;crisolín&#8217; de Luis Chamizo &#8216;El miajón de los castúos&#8217;. Por aquel entonces ya había leído a escritores más [&#8230;]]]></description>
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<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">«El extremeño ya tiene su edición en Wikipedia»</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">(De los periódicos) </span></p>
<h3><small>La primera vez que salí de casa para irme a trabajar a otra ciudad llevaba la cartera vacía y un solo libro en el bolsillo: el &#8216;crisolín&#8217; de Luis Chamizo &#8216;El miajón de los castúos&#8217;. Por aquel entonces ya había leído a escritores más &#8216;universales&#8217;: desde Joyce a Beckett o desde Borges a Flaubert, pero recuerdo que el único libro que elegí como un talismán fue &#8216;El miajón&#8217;. Tal vez por su tamaño. Era la época en que Extremadura aún no contaba con bandera ni con himno, Juanjo Gutiérrez diseñaba posters donde una masa famélica, incluida la estatua ecuestre de Pizarro, marchaba en fila con la maleta a cuestas camino de la emigración, y Pablo Guerrero cantaba aquello de «Mi novia de mañana va a vendimiar». Lo que son las cosas. A mí me dio por estudiar Periodismo y cuando se lo comenté a una persona muy cercana, familiarizada con la poesía de Gabriel y Galán, lo primero que hizo fue recordarme los famosos versos del «pi menus erre». El caso es que no me apliqué aquella conseja y opté por estudiar lejos de casa una carrera ‘de letras’ que ahora consume también casi todas mis horas. “Pi menus erre” opera ya en la Red, pero no conozco a ningún extremeño joven (exceptuando a Pepe Extremadura y a Matías Simón, ambos cantores sin edad) que sepan de memoria los versos de Chamizo o de Gabriel y Galán. Una memoria que conservó toda su vida Jorge Luis Borges –como bien ha contado Santiago Castelo– y que también mantiene viva García Márquez, capaz de recitar pasajes de &#8216;El Cristu benditu&#8217; –como bien ha contado Juan Cruz–. Lo que son las cosas.</small><span style="font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman";" lang="ES-TRAD"></span></h3>
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