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	<title>GRATIS TOTALliteratura &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Lectura estival</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jul 2020 09:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El verano de la Covid 19 está siendo el más caluroso de mi vida, pero espero recordarlo por los libros leídos antes que por las alertas naranjas que activa el 112. Probablemente, a la vuelta de los años, las altas temperaturas de julio y agosto serán solo una anécdota en el calendario, mientras confío que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El verano de la Covid 19 está siendo el más caluroso de mi vida, pero espero recordarlo por los libros leídos antes que por las alertas naranjas que activa el 112. Probablemente, a la vuelta de los años, las altas temperaturas de julio y agosto serán solo una anécdota en el calendario, mientras confío que guardaré ‘fresca’ memoria, no obstante, de los pocos libros que reservo para estas vacaciones. En la maleta viajarán títulos que llevo días leyendo porque invitan, dada su naturaleza, a la lectura fragmentaria. El primero de ellos: ‘Porque olvido. Diario 2005-2019’, que reúne una selección de las entradas que el poeta Álvaro Valverde publica en su blog; y el segundo, ‘Diligencias’, de Andrés Trapiello, que hace el número 22 de su descomunal novela en marcha ‘Salón de pasos perdidos’. Dos clásicos.</p>
<p>Este verano me adentraré también en una obra de la que tengo noticia por José Julián Barriga: ‘Viaje al sur. Rilke en Ronda’, de la profesora Carmen Rivas Rubiales, un minucioso y documentadísimo acercamiento al autor de las ‘Elegías de Duino’ y a la recuperación de la memoria de Rilke en España, precisamente a través de la revista ‘Índice’, dirigida por el extremeño Juan Fernández Figueroa, que publicó en 1966 un número monográfico y promovió el homenaje nacional tributado al cumplirse el 40 aniversario de la muerte del poeta. El libro, con decenas de fotografías e ilustraciones, incluye también una grabación donde Francisca Aguirre recita pasajes del libro ‘Recuerdos de Rainer Maria Rilke’ de la princesa Marie von Thurn un Taxis y Félix Grande lee poemas de Rilke.</p>
<p>Reservo espacio para otros volúmenes que transitan, directa o indirectamente, por el mundo de la cultura y la literatura. Por ejemplo, el relato ‘La biblioteca universal’, de Kurd Lasswitz, publicado en un periódico originalmente en 1904 y que sirvió a Borges de inspiración para su paradigmático ‘La biblioteca de Babel’. En el apartado de las obras breves (poco más de cien páginas), el librito ‘Tocar los libros’, de Jesús Marchamalo, que va ya por la séptima edición («una hazaña de gran merecimiento, sin duda, para un libro tan pequeño», confiesa el autor), donde espejean dedicatorias, anécdotas, aficiones de coleccionista, detalles íntimos y testimonios varios acerca de libros, bibliotecas y las obras de escritores como Walter Benjamín, Salinas, Aleixandre, Onetti, Laurence Sterne, Baroja, Juan Ramón, Gómez de la Serna, Landero, Brines, Delibes, Vargas Llosa, Arrabal, Savater, Kafka, Mateo Díez, Félix de Azúa, Trapiello, García Montero, Lezama Lima, Cabrera Infante, Max Aub, Cortázar, Julio Llamazares, Enrique Vila-Matas…</p>
<p>En el depósito de reserva llevaré también una novela de la que no recuerdo ahora cómo ha resistido el paso de los años: ‘En mi jardín pastan los héroes’, del cubano Heberto Padilla. Leerla de nuevo quizás sea el mejor antídoto contra el delirio totalitario propio de los populismos, cuando la condena es implacable para quien se confiese ‘fuera del juego’. A la vuelta les cuento.</p>
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		<title>Recordatorio</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jul 2020 07:50:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El domingo 28 de junio se cumplió un año de la muerte de Julián Rodríguez, (Ceclavín, Cáceres, 1968), traductor, editor y director de las revistas ‘Sub rosa’ y ‘La ronda de noche’, fundador de editorial Periférica, galerista de arte y sobre todo autor de una obra narrativa y ensayística singular: ‘Tiempo de invierno’, ‘Lo improbable’, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El domingo 28 de junio se cumplió un año de la muerte de Julián Rodríguez, (Ceclavín, Cáceres, 1968), traductor, editor y director de las revistas ‘Sub rosa’ y ‘La ronda de noche’, fundador de editorial Periférica, galerista de arte y sobre todo autor de una obra narrativa y ensayística singular: ‘Tiempo de invierno’, ‘Lo improbable’, ‘La sombra y la penumbra’, ‘Ninguna necesidad’, ‘Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás’, ‘Cultivos’ o ‘Nevada’, libro de poemas publicado el año 2000 en Renacimiento.</p>
<p>Yo conocí a Julián Rodríguez a mediados de los ochenta. Desde esa época su figura se multiplicó como la de un activista cultural al que nada le era ajeno: desde la hostelería hasta las iniciativas editoriales; desde el cuidado tipográfico (a él se debe, por ejemplo, el memorable diseño de la colección La Gaveta, de Editora Regional de Extremadura) hasta las galerías de arte Torre de Babel y Casa sin Fin, que promovió en Cáceres y Madrid; la Asociación de Escritores Extremeños –que contribuyó a impulsar junto a Antonio Sáez Delgado– o su trabajo de comisario de exposiciones en el Centro Helga de Alvear o en el MEIAC. Creo que Julián Rodríguez fue un verdadero ‘sabio renacentista’, pero sin el lastre del academicismo o la pedantería. Al contrario. Un escritor capaz de conmover a los lectores de su blog o de su diario en Facebook con esa sencillez lúcida, precisa, con que hablaba de los grandes creadores o de su inseparable Zama y sus paseos por la sierra.</p>
<p>Ahora, al año de su muerte, su hermano Javier edita, «destinadas a familiares y amigos», las conmovedoras páginas de ‘Una carta de Henry James a Fanny Stevenson nuevamente impresa en memoria de Julián Rodríguez Marcos’. James escribe a la viuda de R. L. Stevenson (muerto repentinamente a los 44 años) y ensalza su grandeza: «Iluminó un lado entero de la Tierra y era por sí mismo una provincia entera de la imaginación. Sin él somos gente más pequeña, personas más mediocres». Y añade: «Fue pese a todo un hombre con suerte. Quiero decir que tengo la sensación de que ha sido tan feliz en la muerte (abatido de esa manera, como los dioses, en una hora clara, gloriosa) como lo fue en los momentos de esplendor. Pese a todas las circunstancias tristes de su rica y exuberante vida, tuvo lo mejor de ella, lo más intenso de la lucha, lo más sonoro de la música, lo más fresco y espléndido de sí mismo. Sería distinto si no hubiese alcanzado la plenitud y la excelencia. Fue todo intenso, todo gallardo, todo exquisito desde el principio. (…). Se ha ido a tiempo para no envejecer. Lo suficientemente pronto como para ser generosamente joven y lo suficientemente tarde como para haber apurado la copa». Hablando de la carta, Javier Rodríguez le confesó a <a href="https://malama.blogspot.com/2020/06/una-carta-para-julian.html?fbclid=IwAR1ixYqSjRUFvyGgD1YTwwBbOYkUozNHL4CAPuSLL6eMatksQzIQBTUKuls">Miguel Ángel Lama</a>: «Con mi hermano muerto me pareció casi un retrato suyo». Quizás el mejor recordatorio.</p>
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		<title>Paisajes vitales</title>
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		<pubDate>Thu, 14 May 2020 08:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La literatura alimenta la imaginación y el fetichismo. Y el turismo. En 2016, al cumplirse el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, la búsqueda de sus restos en el convento madrileño de las Trinitarias se convirtió en acontecimiento de interés mundial. El pasado miércoles fue subastada en Lisboa y adjudicada por 41.000 euros la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura alimenta la imaginación y el fetichismo. Y el turismo. En 2016, al cumplirse el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, la búsqueda de sus restos en el convento madrileño de las Trinitarias se convirtió en acontecimiento de interés mundial. El pasado miércoles fue subastada en Lisboa y adjudicada por 41.000 euros la cómoda en que escribía Fernando Pessoa (1888-1935). Yo creo que todos estos detalles de atrezo cultural contribuyen muy bien a subrayar el valor de los grandes escritores, pero como se argumentó hasta la saciedad en el caso de Cervantes, lo que de verdad importa no es el lugar preciso en que reposan los huesos de un enterramiento o el escritorio donde el genio compuso su obra, sino la obra en sí. Una obra, si hablamos de Pessoa, que él fue guardando en un arcón de madera que le acompañó toda su vida y que atesora 27.000 documentos, bastantes de ellos inéditos o sin ordenar.</p>
<p>En el Museo Hemingway de la Finca Vigía, en Cuba, se exhibe el escritorio elevado donde el autor de ‘El viejo y el mar’ redactó algunos de sus textos. Yo recuerdo la impresión que me causó contemplar en la Casa de Víctor Hugo, en la plaza de Los Vosgos de París, el escritorio elevado que utilizaba el autor de ‘Los miserables’, una verdadera maravilla. Ninguna de esas emociones, sin embargo, cabe equipararlas con las suscitadas por la lectura de sus obras, desde las andanzas de Jean Valjean y sus desencuentros con la justicia, hasta las desdichas de Esmeralda y Quasimodo en la catedral de Nôtre Dame.</p>
<p>¿Se leería más a Cervantes si por un azar imposible se hallara la mesa rústica o el jergón de aquella cárcel «donde toda incomodidad tiene su asiento», en que fue «engendrado» (es decir, concebido) El Quijote? ¿Se leería más la poesía de Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura, si finalmente su casa de la calle Velintonia, 3, (por donde pasaron García Lorca, Cernuda, Alberti, Dámaso Alonso, Neruda, Miguel Hernández, Carlos Bousoño, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, José Hierro, Vicente Molina Foix…) fuera rescatada de la incuria y del olvido oficial? Pues en ambos casos me parece que la respuesta es «sí». Sí se leería más porque en esta sociedad de palos de selfi y turismo de consumo, todo lo que puede transformarse en imagen de recuerdo es un valor firme y en alza. Es sabido que una obra no ‘solo’ es el texto del autor. Cada lector ‘recrea’ activamente, con su imaginación, lo que lee.</p>
<p>Cuando el coronavirus ensombrece las perspectivas para el turismo de masas, a mí me parece que buscar protagonistas en sus escenarios biográficos, en sus paisajes vitales, es una formidable opción para ahondar en su literatura. Desde la Lisboa de Pessoa, al Madrid de Galdós; desde las rutas de Delibes por Valladolid, a la Casa de Gabriel y Galán en Guijo de Granadilla.</p>
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		<title>Hallazgos</title>
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		<pubDate>Thu, 07 May 2020 07:31:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Leo una entrevista, tipo cuestionario de Proust, en la que le preguntan al personaje por algún libro que haya robado. Él contesta que nunca robó un libro, aunque no devolvió el que le prestó su directora de tesis y todavía mantiene consigo, a pesar de «la mala conciencia que eso conlleva». Yo lo que más recuerdo, sin embargo, son los libros que no me devuelven. ¿Dónde estará aquel ejemplar de ‘Cien años de soledad’ que leí y subrayé incrédulo y maravillado? ¿Dónde ‘Los galgos verdugos’ de Corpus Barga? ¿En dónde acabó ‘Nueve cartas a Berta’, guion con fotogramas de la película de Basilio Martín Patino? Igual que sucede a esas personas a las que les sigue doliendo, pasado el tiempo, la extremidad amputada, a mí me asalta puntualmente el recuerdo de todos esos libros que añoro, lo mismo que el padre al hijo pródigo.</p>
<p>Yo me llevé una vez un libro al descuido, pero creo que demostré ser mejor lector antes que mal hurtador porque en la página de cortesía del ejemplar dejé escrita a rotulador la confesión del delito: «Noche de farra con T. y M.A.E. Madrid, madrugada del 26 de mayo de 1977. Debe constar que este libro, tasado en 150 pelas, fue ‘distraído’ –con gran placer, obvio es decirlo– en las dependencias de una multinacional hostelera de la capital de España». Trastada de juventud. En fin, me parece que la falta ha prescrito y además en ese mismo local dejé durante numerosas noches las suficientes ‘plusvalías’ como para dar por compensada la deuda. No obstante, cada vez que observo el libro en la biblioteca siento el baldón de su origen y, como señala el entrevistado del principio, «la mala conciencia que eso conlleva». Lo uno por lo otro.</p>
<p>Nunca coloqué en mi biblioteca ese cartelito tan popular que reproduce la pena de excomunión con que se castigaba el robo de libros en la biblioteca de la Universidad de Salamanca. Tal vez si lo hubiera expuesto, ahora no echaría de menos algunos volúmenes. Por otro lado, qué más da. Que no te devuelvan libros probablemente es una manera bien apropiada de ir adelgazando los estantes y que otros hagan a domicilio el donoso escrutinio que a ti te costaría tiempo y dudas sempiternas.</p>
<p>Si pongo en una balanza lo que me duele haber perdido libros y lo que me alegra haber descubierto otros, pesa más el segundo platillo. Aún recuerdo la emoción casi incontenible al descubrir en la Cuesta Moyano ‘El viaje sentimental por Francia e Italia’, con prólogo de Alfonso Reyes, en la Colección Universal, de 1919, (¡por solo 25 pesetas de los años setenta!) o la misma obra de Sterne, con prólogo de Salazar Chapela, de Ibero-Americana de Publicaciones, que descubrí en la madrileña Librería Puga. El valor de esos hallazgos se perderá como lágrimas en la lluvia y bla, bla, bla, por mucho que ya orbitemos en la galaxia digital.</p>
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		<title>En torno a Galdós</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Feb 2020 10:09:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Si en España las peleas literarias recurrían a munición como aquellos versos que Quevedo infligió a Góngora: «Yo te untaré mis obras con tocino, / porque no me las muerdas, Gongorilla» o los del propio Góngora contra Lope y Quevedo, a los que tachó de borrachos: «Hoy hacen amistad nueva, / más por Baco que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si en España las peleas literarias recurrían a munición como aquellos versos que Quevedo infligió a Góngora: «Yo te untaré mis obras con tocino, / porque no me las muerdas, Gongorilla» o los del propio Góngora contra Lope y Quevedo, a los que tachó de borrachos: «Hoy hacen amistad nueva, / más por Baco que por Febo, / don Francisco de Quebebo / y Félix Lope de Beba», la reciente polémica sobre la importancia literaria de Galdós arriba con modales que pueden parecernos versallescos. El cruce de opiniones entre Javier Cercas y Muñoz Molina ha renovado lo que <a href="https://elpais.com/cultura/2020/02/17/actualidad/1581971375_773340.html?ssm=TW_CC">A. Aguilar y Javier Rodríguez Marcos</a> consideran que «es casi un subgénero de la literatura española. A favor: Clarín, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Max Aub o Rafael Chirbes. En contra: Baroja, Unamuno, Azorín o Juan Benet».</p>
<p>Reconozco que lo que me alegra de la inusitada diatriba no son únicamente los términos civilizados en que se manifiestan los contrincantes, sino el hecho mismo de que se produzca; es decir, que el debate acerca de la relevancia de un novelista español que murió hace cien años consiga disputarle espacio en los medios y en las redes sociales a cuestiones ‘palpitantes’ como Venezuela, Cataluña y el ‘procés’, o al inminente obsequio en diferido de la reforma del Código Penal.</p>
<p>Supongo que en los ámbitos en que la polémica conlleva posiciones divididas lo habitual sea inclinarse por un contrincante: Messi o Cristiano Ronaldo; Curro Romero o José Tomás; Góngora o Quevedo. Estos días he visto incluso encuestas para que los tuiteros se pronuncien a favor de Muñoz Molina, de Javier Cercas o de Almudena Grandes. En principio podría constituir una tesela más para enriquecer el mosaico, para profundizar en la cuestión. Pero en realidad creo que no es así, pues junto a las opiniones defendidas y argumentadas personalmente por Almudena Grandes, Javier Cercas y Muñoz Molina, –algunas de las cuales no comparto– proliferan otras muchas vertidas en las redes sociales por quienes tercian en el festejo como espontáneos que saltan al ruedo, buscando su minuto de gloria. Y esta parte de la función es la que me enoja y me resulta poco edificante: la proliferación de juicios sectarios, prejuicios y hasta simples insultos que los trolls emiten contra alguno o contra todos los contendientes. Por el simple hecho de opinar de forma distinta a la suya. No todo es sal gorda, sin embargo. También está quien se permite el matiz lúcido: «Los leo a ambos y los dos reivindican a Galdós, uno más otro menos… ¿entonces cuál es el debate?» (Diego Cano); «Javier Cercas y Muñoz Molina no discuten sobre la figura de Galdós, sino sobre ellos mismos, su visión de la vida y la literatura» (Gabriel Aúz). Con el paso de los días, nuevos contrincantes se suman a la polémica. ¿Cabe mayor homenaje a un autor y a su obra? Larga vida a Galdós.</p>
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		<title>Cuerda y el canon</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Feb 2020 09:19:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[George Steiner]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[José Luis Cuerda]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[Quizás no esté todo perdido en España si la muerte de un director de cine y un escritor como José Luis Cuerda acaba convirtiéndose ‘en tendencia’ de Twitter, ese óscar fugaz de la modernidad digital. Creo que entre las pruebas más irrefutables del éxito de una película está la cantidad de frases y de escenas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quizás no esté todo perdido en España si la muerte de un director de cine y un escritor como José Luis Cuerda acaba convirtiéndose ‘en tendencia’ de Twitter, ese óscar fugaz de la modernidad digital. Creo que entre las pruebas más irrefutables del éxito de una película está la cantidad de frases y de escenas que los espectadores evocan, e incluso memorizan, generación tras generación. Frases de películas de cualquier género. Por ejemplo, desde: «¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!», (‘Lo que el viento se llevó’); «Siempre nos quedará París», (‘Casablanca’); «la parte contratante de la primera parte será considerada…», (‘Una noche en la ópera’), hasta el «me llamo Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones Félix…», de ‘Gladiator’. Seguro que cada lector podría elaborar, con otros títulos, su particular selección. A mí me parece extraordinario, sin embargo, que miles de espectadores sean capaces de recordar, partidos de risa, innumerables episodios de ‘Amanece que no es poco’, esa película a la que debe sucederle igual que, según los argentinos, le ocurre al ídolo del tango: «Cada año que pasa, Gardel canta mejor».</p>
<p>Con motivo de la muerte de Cuerda, los periódicos y las redes sociales rescatan una exuberante cosecha de frases ingeniosas, enraizadas ya en la memoria colectiva: «¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!»; «Yo es que he pensado que a mí también me gustaría ser intelectual, como no tengo nada que perder»; «¿No podía usted haber plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?»; «Queremos que la muchacha sea comunal». -«¡Y turgente!», exclamaba un vecino -«¡Que turgente ya es!», le apostillaba otro.</p>
<p>Yo creo que ‘Amanece que no es poco’ es una película que fue creciendo hasta convertirse en legendaria, como esas obras que –tal vez sin conocer el propio autor las razones últimas– enlazan con la sensibilidad característica de su época. Con esa capacidad de transmitir y ‘conectar’, con ese paso adelante intuitivo que mostraron en su día las piezas teatrales de Jardiel Poncela o ‘La venganza de Don Mendo’, de Muñoz Seca. Esa fuerza conmovedora que recorre la poesía popular de Gabriel y Galán o la de Miguel Hernández. Y el humor de Gila y el cine de Berlanga, pongamos por caso. La historia de la cultura está repleta de ejemplos.</p>
<p>Por eso considero también muy acertadas las palabras de Christopher Domínguez Michael en la revista ‘Letras Libres’ al recordar que George Steiner (fallecido el pasado lunes) nunca propuso un canon literario, al contrario que Harold Bloom, su discípulo y rival, «pues éste, decía, lo llevaba en el alma cada lector». Ocurre que no han sido los críticos, ni los estudiosos, ni los profesores quienes han convertido a ‘Amanece que no es poco’ en referencia ‘canónica’, en obra clásica. Fueron los miles de espectadores que perciben en esa película el valor de la comedia inteligente, su ternura, la ironía, el surrealismo, el humor absurdo y transgresor, lo irreverente, lo fantasioso, lo atrevido… El material con el que trabaja un espíritu inquieto, comprometido con su tiempo.</p>
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		<title>Aficiones y razón</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jan 2020 10:01:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo era chico el coleccionismo formaba parte de la cotidianidad. Los días de la infancia venían marcados por los juegos en la calle, los amigos y las colecciones. Colecciones de cualquier cosa. Desde canicas (‘bolindres’ en Extremadura) a cromos dedicados a la naturaleza, a países o monumentos artísticos. Colecciones caseras de chapas de botella con las que organizábamos carreras de ciclistas en las aceras de la plaza (a cada chapa se le asignaba el nombre de un corredor famoso), hasta un álbum de plástico donde había que fijar las siluetas de las provincias españolas, –iban dentro del envoltorio de las chocolatinas– afición que ayudaba a memorizar, de un vistazo, el perfil característico y la posición de cada una de las provincias en el mapa nacional. Recuerdo que también coleccionábamos cajas de cerillas o fósforos con imágenes de toreros, de trajes regionales, de futbolistas; sellos de correos; cartuchos de caza (los de los portugueses que venían durante el verano a las tórtolas en Los Carrascos, cerca de Ibahernando, eran muy apreciados, por su rareza); tebeos de ‘El Capitán Trueno’, de ‘El Jabato’, de ‘Hazañas Bélicas’, de ‘Supermán’… (antes de que se popularizaran los de Tintín y los de Astérix). Conozco a personas mayores que también reunían vistosas colecciones de vitolas de puros, paquetes de tabaco, monedas, cachimbas, insignias de solapa, plumas estilográficas, abrecartas, marcapáginas, calendarios de bolsillo, aperos de labranza en miniatura e incluso colecciones de llaveros.</p>
<p>En mi caso, enseguida pasé de la afición infantil y juvenil por ‘El Jabato’ y ‘El Capitán Trueno’ a la pasión por los libros, que siguen colonizando, mudanza tras mudanza, las estanterías de mi casa. Como suele ocurrirle a quien reúne bibliotecas con varios miles de ejemplares, no he leído la totalidad de los que conservo, pero jamás he renunciado a la aspiración melancólica de hacerlo en el futuro. Ahora bien, lo que no se me ocurrirá es proclamar aquella frase de George Burns que sí podría repetir –aunque sin el humor del cómico americano– alguno de nuestros políticos actuales: «Este es el sexto libro que escribo, lo que no está nada mal para un tipo que solo ha leído dos». Por ahí no me pillan.</p>
<p>Supongo que existen colecciones que nacen como una afición o entretenimiento y terminan por convertirse en verdadera obsesión. Tal vez un personaje que encarna perfectamente dicho trastorno es el que interpreta Geoffrey Rush en la película ‘La mejor oferta’, de Giuseppe Tornatore: un veterano experto en arte, agente de subastas, maniático y solitario, cuyo paraíso secreto está limitado por las cuatro paredes de la sala donde atesora una abigarrada colección de retratos de mujeres. Un personaje que desborda, incluso, al que Susan Sontag describe en ‘El amante del volcán’: «El auténtico coleccionista no está atado a lo que colecciona, sino al hecho de coleccionar».</p>
<p>Estoy convencido de que cualquier afición, para que resulte placentera, reclama cierto grado de intensidad. Pero apostar por aficiones que nos deslizan al precipicio de la pasión obsesiva –a título individual o como sociedad– equivale a transitar desde el entusiasmo al sufrimiento; desde la libertad, al infierno de las adicciones. Sean juegos, sueños o emociones políticas.</p>
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		<title>De hecatombes lejanas</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Jun 2019 07:36:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En un pequeño volumen de recuerdos, ‘La librería de los escritores’, cuenta el ruso Mijail Osorguin la experiencia que un grupo de escritores e intelectuales llevó a cabo en el Moscú de la guerra civil y la revolución soviética para mantener abierto, en mitad del caos y la devastación, un reducto de conocimiento donde comprar, vender volúmenes o, sencillamente, hacer lo que anhelaban muchos clientes: recorrer los estantes y aprovechar aquel refugio con estufa para pasar un momento en compañía de los libros. En más de un caso, junto a obras que habían marcado sus lecturas de infancia y juventud o que integraban las bibliotecas de sus familias. Mijail Osorguin estuvo comprometido con el movimiento revolucionario, pero en 1905 tuvo que exiliarse por primera vez de Rusia y vivió diez años en Italia. En 1917 regresa a Moscú y se muestra esperanzado con los cambios que se suceden. No le dura mucho el entusiasmo. En 1921 es detenido y el gobierno soviético lo expulsa a un exilio que será definitivo.</p>
<p>‘La librería de los escritores’ constituye un memorándum de la labor de sus promotores a favor de la cultura en una Rusia donde la municipalización y la nacionalización de las librerías casi borró del mapa el mundo editorial y librero. A la vez, constituye un alegato contra los excesos de un proceso político rodeado de inoperancia, hambre y muerte. Una lección histórica.</p>
<p>Estos recuerdos de Osorguin están cargados de anécdotas: desde el hecho de que la librería fue tolerada inicialmente porque las autoridades no habían comprendido «qué clase de institución éramos», hasta los conmovedores casos de bibliófilos o dueños de bibliotecas que, dada la miseria y el temor a las requisas forzosas, se desprendían de sus libros por un precio insignificante antes de ser confiscados «por necesidades del Estado». Tomos sueltos que acababan sirviendo para liar cigarrillos o hacer pelotas con las que jugar a los bolos. Colecciones de revistas humorísticas de la época de la Revolución Francesa vendidas a precio de papel de periódico. Bibliotecas selectas que no podían comprar a su dueño –aunque suplicase–, porque el transporte de las carretas necesarias, según el precio fijado por la autoridad, valía más que la propia biblioteca. El miedo permanente a que algún comisario inculto llegara a la librería y confiscara cualquier obra valiosísima que luego se perdiera «en los gigantescos archivos de la Cheka». Los laberintos del caos.</p>
<p>Sin embargo, para mí lo más aterrador de estos recuerdos de Osorguin no son las anécdotas y los episodios concretos que anota. No es la hecatombe cultural, sino la de subsistencia: aquella atmósfera dominada por el hambre y el miedo, donde un trueque con aceite, harina o mijo podía marcar la línea entre la vida y la muerte. Quiero decir que lo más espeluznante de la historia no son los personajes, sino el escenario en el que tienen que sobrevivir; no es el argumento, sino el tema: el miedo y la miseria que lo envuelven todo. «No hay cosa de que yo tenga tanto miedo como del miedo», escribió Montaigne. De ahí lo aleccionador del testimonio. Acaso para enjuiciar el pasado y anticipar riesgos futuros.</p>
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		<title>El tesoro y el cataclismo</title>
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		<pubDate>Thu, 23 May 2019 07:13:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[La Biblioteca Nacional de España me recuerda a través de sus redes sociales que el día 21 de mayo se conmemora el nacimiento del pintor y grabador Alberto Durero (1471-1528). A partir de ese detalle me he acordado del relato de Stefan Zweig, ‘La colección invisible’, que vio la luz a finales de los años [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Biblioteca Nacional de España me recuerda a través de sus redes sociales que el día 21 de mayo se conmemora el nacimiento del pintor y grabador Alberto Durero (1471-1528). A partir de ese detalle me he acordado del relato de Stefan Zweig, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/La_colecci%C3%B3n_invisible">‘La colección invisible’</a>, que vio la luz a finales de los años veinte del pasado siglo, en una Alemania que sufría las durísimas condiciones del tratado de Versalles, el hundimiento de la bolsa de Berlín en 1927 y una inflación estratosférica que hacía que los montones de billetes no valieran, en cuestión de horas, ni para pagar el papel en que estaban impresos. Una economía devastada, inexistente. En ese escenario convulso Zweig traza la historia de un coleccionista de grabados y dibujos de Durero, Rembrandt y otros grandes maestros. Un coleccionista que proclama orgulloso el valor de su tesoro: «Siempre habéis desconfiado y siempre me habéis reprochado», argumenta frente a su mujer y a su hija «que invirtiera todo nuestro dinero en mi colección: y es verdad, durante sesenta años, nada de cerveza, ni de vino, ni de tabaco, ningún viaje, ni teatro, ni libros, nada más que el ahorro y solo el ahorro por estas hojas. Pero un día, ya lo veréis, cuando yo ya no esté, entonces seréis ricas, más ricas que cualquiera de esta ciudad, y tan ricas como los más acomodados de Dresde».</p>
<p>No quiero destripar a quienes no han leído ‘La colección invisible’ los pormenores de ese magnífico relato de Stefan Zweig. Pero sí puedo adelantar una de las reflexiones ‘morales’ que ha suscitado en mí su lectura: en cualquier sociedad –y más en tiempos de crisis– no pueden darse por garantizadas permanentemente las piezas claves, llámense Constitución, convivencia en paz, libertades individuales y sociales, derecho a la sanidad, a la educación… Suponer que gracias al esfuerzo y el sacrificio de nuestra generación y de las que nos precedieron, gozaremos, para siempre, de bienes blindados contra las adversidades de la vida, es un tremendo error. Entre otros motivos porque antes que un valor fijo para caso de necesidades acuciantes, esas ‘piezas claves’ de la sociedad son recursos, herramientas que debemos tener dispuestas para que cumplan con su función. Un fin en sí mismas, pero a la vez el medio para garantizar ese fin.</p>
<p>Acaso venga a cuento también la metáfora de la planta sobre el amor y la convivencia.</p>
<p>Es probable que ‘La colección invisible’ encierre otras metáforas: entre ellas la del engaño y la ceguera ante los acontecimientos históricos; con sus inevitables resultados. Zweig se vale para la trama de un narrador que es el único que dispone –por el punto de vista que adopta– de los elementos necesarios para comprender la esencia del relato. Una historia que narra con ternura, con piedad y con empatía. Enmarcada en un escenario histórico muy concreto –de ahí su verosimilitud–, pero al mismo tiempo cargado de simbolismo y de humanidad.</p>
<p>Cuando los cataclismos tienen carácter global y repercuten en el conjunto de la sociedad, nadie puede guarecerse en sus propios tesoros, por valiosos que sean. Desdeñar esa evidencia siempre acarrea serias consecuencias. Probablemente, en la realidad política también.</p>
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		<title>Esbozo de agradecimiento</title>
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		<pubDate>Thu, 16 May 2019 07:22:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Recuerdo que muchos libros han llegado a mi vida por azar, y en otros casos por recomendación de personas que no olvido. Si Borges tiene razón cuando dice que él es todos los autores que ha leído, toda la gente que ha conocido, todas las mujeres que ha amado… en mi memoria de lector supongo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo que muchos libros han llegado a mi vida por azar, y en otros casos por recomendación de personas que no olvido. Si Borges tiene razón cuando dice que él es todos los autores que ha leído, toda la gente que ha conocido, todas las mujeres que ha amado… en mi memoria de lector supongo que estarán registradas no solo las peripecias de los personajes –de Ulises a Jim Hawkins, de Aureliano Buendía a Raskolnikov– sino las circunstancias íntimas en que habité esos universos inmateriales de la imaginación. A ratos estoy convencido de que es así porque podría recrear con detalle las horas veraniegas en que leí (ya por gusto, no por obligación) el ‘Quijote’; reconstruir también el deslumbramiento amoroso y la pasión que imaginaba en los versos de ‘La voz a ti debida’, de Pedro Salinas, o en el retrato inquietante de ‘Madame Bovary’. La emoción de la vida en un pueblo que tan bien traza Delibes en ‘El camino’; el descenso de ‘Pedro Páramo’ a Comala; las porfías filosóficas, los laberintos, la imaginación de todos los libros de Borges en aquellos pequeños volúmenes de Alianza Editorial. La vida en el colegio militar Leoncio Prado de ‘La ciudad y los perros’, de Vargas Llosa (poco antes, precisamente, de la mili); el talento fulgurante de Felipe Núñez y su ‘Leticia va del laberinto al treinta’. Las lecturas ‘vacacionales’ de Agatha Christie, en cuyas novelas me sumergía con la liberación de haber finalizado los exámenes y saber que me aguardaban páginas donde no había nada que subrayar, puro disfrute y evasión mental. El atlas de la literatura. Una lista interminable.</p>
<p>Sin embargo, a veces no aflora el recuerdo del lugar exacto, la estación del año o el espíritu con que leímos determinado libro, pero asoma imborrable el nombre de quien nos encareció su lectura. ¿Por qué este libro sí y aquel otro no? Misterios de la memoria, siempre selectiva. Entre las guías primigenias, la propia familia. Antes que la película, recuerdo a mi madre leyéndonos pasajes del ‘Marcelino, pan y vino’ que se publicaba por capítulos en el periódico. La primera vez que oí hablar de César Vallejo fue a Juan Fernández Figueroa (entonces convaleciente en Trujillo) preparando el número especial que la revista ‘Índice de Artes y Letras’ dedicó al poeta peruano. A Luis Valdesueiro le debo el hallazgo de Laurence Sterne y su ‘Tristram Shandy’; a José Antonio González-Haba el descubrimiento –hace más de 40 años– de Joan Margarit, el poeta que, paradójicamente, ha contribuido a la recuperación póstuma del autor extremeño, fallecido en 2009. Gracias a Álvaro Valverde conocí las obras de Ángel Campos y de José Antonio Muñoz Rojas. Y gracias a Miguel Ángel Lama y al propio Á. Valverde, los libros de bastantes poetas y creadores de nuestros días. Estoy en deuda con Andrés Trapiello por su ‘Salón de pasos perdidos’ y su ‘rescate’ de Chaves Nogales. Confieso mi deuda con el profesor y escritor José Luis García Martín por el oro de sus diarios y su compromiso con una crítica literaria digna de tal nombre. En fin, la relación da para un libro.</p>
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