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	<title>GRATIS TOTALmaestros &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Borges y los maestros invisibles</title>
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		<pubDate>Thu, 05 May 2016 19:23:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuenta el escritor Alberto Manguel en una entrevista reciente que cuando acudía a casa de Borges entonces ya ciego para leerle cuentos de autores como Kipling, Henry James o Stevenson, el autor de ‘El Aleph’ los analizaba «y era como escuchar a un mecánico que desarmaba un motor y explicaba que tal tubo va en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuenta el escritor Alberto Manguel en una entrevista reciente que cuando acudía a casa de Borges entonces ya ciego para leerle cuentos de autores como Kipling, Henry James o Stevenson, el autor de ‘El Aleph’ los analizaba «y era como escuchar a un mecánico que desarmaba un motor y explicaba que tal tubo va en tal lugar, que tal tornillo va con ese tornillo. Para mí, como adolescente fue una lección de lectura, de literatura, de escritura, que en ese momento no supe apreciar, porque los adolescentes somos arrogantes y yo pensé que estaba ayudando a un pobre viejito ciego».<br />
En ocasiones, las más provechosas enseñanzas que nos regala la vida las recibimos como un don del que desconocemos su procedencia y ante todo su valor. Es preciso aprender a conocer la vida y a uno mismo para reparar en la trascendencia de algunas lecciones. Por eso hay magisterios ‘invisibles’ a pesar de su relevancia, pues al igual que la luz necesita la sombra para ‘concretarse’, ciertos aprendizajes son imposibles de alcanzar en soledad, por ciencia infusa, es decir, sin la fuente nutricia de un magisterio. Alberto Manguel, a quien el azar y una de esas simetrías de la historia han convertido también en director de la Biblioteca Nacional de Argentina –cargo que ocupó su admirado Borges– previene en la <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/21/actualidad/1461265837_711154.html">entrevista</a> que le hicieron Carlos E. Cue y Mar Centenera sobre la fuerza de atracción de su literatura: «Yo recomiendo a los escritores jóvenes no leer a Borges antes de escribir porque es tan contagioso el tono, el estilo, que inevitablemente la escritura será una suerte de parodia de Borges».<br />
Yo creo que las enseñanzas proceden de los maestros mientras que los escarmientos proceden de la política. Para ser sinceros, la frase anterior no es en puridad una idea mía, es la conclusión que me sugiere la entrevista en HOY  de Elena Sierra a Virgilio Ortega, que fue director editorial de Salvat, Plaza &#038; Janés y Planeta DeAgostini. Apasionado por las etimologías y las interrelaciones de los campos semánticos, con motivo de su último libro <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Spj7kPwnMaU">‘Palabradicción’</a>, publicado por Crítica, Virgilio Ortega recuerda su vocación de maestro, una palabra que viene «de magister, el que más sabe», opuesto a «ministro, de minister, el que menos sabe. ¿A ti  –le pregunta a la periodista– algún ministro te ha dejado huella? A  mí ninguno, pero maestros, tres o cuatro&#8230;».<br />
Las huellas de los maestros de la literatura equivalen probablemente a las enseñanzas perdurables en el alma que van forjando nuestra personalidad y nuestro carácter. De los políticos (aceptemos aquí ‘ministro’ como sinónimo o generalización) hay que reconocer que el panorama es poco ilusionante&#8230; De todos modos, que conste que no deseo ahondar en la desazón que azuzan las diatribas entre los partidos políticos (viejos y nuevos), entre otras cosas porque no podemos permitirnos el lujo de la desesperanza. En fin, mi buen Yorick, mejor seguir leyendo a Borges y a Virgilio Ortega, que también es un maestro.  </p>
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		<title>Sobre los docentes</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 19:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según recordaba el filósofo y profesor <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Marina">José Antonio Marina</a> hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.<br />
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Camus" target="_blank">Albert Camus</a> escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega  en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.<br />
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘<a href="http://www.lecturalia.com/libro/22182/mal-de-escuela" target="_blank">Mal de escuela</a>’, de Daniel Pennac –que él  presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.<br />
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración,  credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía <a href="http://mayora.blogspot.com.es/2013/04/maestros-de-las-letras_23.html" target="_blank">Álvaro Valverde</a> esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «&#8230;para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso&#8230;». Cuánta razón.<br />
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».</p>
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