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	<title>GRATIS TOTALManuel Vázquez Montalbán &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Tentación nostálgica</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Mar 2020 10:07:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que la literatura, desde los tiempos remotos de la Grecia clásica, parte de un fundamento esencial: alimentar la nostalgia. Desde la nostalgia de las aventuras encarnadas por el Ulises de Homero hasta las peripecias y regresos que imagina Kavafis en su poema ‘Ítaca’ para quien transita el periplo de la vida, es decir, para el común de los hombres. Pero en nuestra era de consumismo compulsivo, supongo que además de un motor, la nostalgia es una industria. Si en ‘Crónica sentimental de España’ –el libro con el que Vázquez Montalbán abrió de par en par las ventanas a una nueva manera de mirar la intrahistoria cotidiana–, el deseo más extendido inicialmente era sobrevivir y olvidarse de la guerra civil, poco después, a aquellos españoles que sorteaban el hambre y soñaban con las historias de la música y el cine en tecnicolor, podría haberles servido de «epitafio sonoro» una canción que alcanzó gran éxito a final de los años sesenta: «Qué tiempo tan feliz / que nunca ha de volver / y la canción alegre del ayer. / Por nuestra juventud / en que llenos de inquietud / tuvimos fe y deseos de vencer». El epílogo de una época.</p>
<p>La Cadena SER publicaba en su web el martes un reportaje donde rescata del baúl de los recuerdos objetos tan unidos a la nostalgia de millones de españoles como la mesa camilla con brasero; las latas de galletas reconvertidas en costureros llenos de bobinas de hilo, agujas y dedal; las vajillas color ámbar de Duralex; los portallaves con termómetro en el recibidor; los rollos de papel higiénico marca El Elefante; las mesas de formica, los sillones de skay… «¿Quién no recuerda», escribe David Justo, «aquellos pegajosos sofás veraniegos de los que era prácticamente imposible escapar tras una siesta después de comer?». Por mi parte, tengo noticia de algún ‘buhonero’ moderno que recorrió pueblecitos de Extremadura y aprovechó aquellas vajillas de Duralex para intercambiarlas por viejas (y valiosas) piezas de cerámica igual que si canjeara cuentas de colores por pepitas de oro.</p>
<p>Hablando de nostalgia, imagino que El Rastro, el viejo ‘mercadillo’ popular del que tanto han escrito Gómez de la Serna y Andrés Trapiello, es una de sus catedrales laicas. Aunque tal vez no sea la nostalgia, precisamente, sino la curiosidad cultural, el interés histórico o el simple afán coleccionista los que inciten al visitante a recorrer puestos y tenderetes. Creo que algunas derivas tan inseparables de la tentación nostálgica como el coleccionismo de discos de vinilo, postales, tebeos, cintas de vídeo, juguetes metálicos, monedas o bastones, por ejemplo, en realidad son inseparables del laberinto de sus calles. Desde Cascorro hasta Ribera de Curtidores. La nostalgia –como el éxito y el fracaso–, también es una gran impostora. Suele conseguir que varíe el color del cristal con que recordamos el ayer. Y siempre dicta la primera y la última palabra.</p>
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		<title>Nuestra educación sentimental</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Nov 2018 13:09:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En el episodio ‘¡A sangre y fuego!’ de El Capitán Trueno, el joven escudero de Trueno pregunta: «¡Oh, Dios mío! ¿Crees que logrará derribarle, Goliath?». Y el forzudo amigo responde: «Lo creo, Crispín…¡Como que Cristo vencerá al fin sobre el Islam! ¡Mira!», exclama satisfecho al comprobar cómo el héroe español vence en el combate a su rival. Recorriendo la exposición ‘Historietas del tebeo. 1917-1977’, que acoge hasta primeros de enero la Fundación Mercedes Calles, uno repara enseguida en que esa literatura popular, sobre todo en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, se vale de un lenguaje que ahora no superaría la barrera de lo políticamente correcto: «¡Malditos enanos, acabaré con vosotros!», por no recordar aquel «¡A mí, monos de ojos oblicuos!», que gritaba el Capitán Trueno refiriéndose a los guerreros del Tibet donde transcurría el episodio.</p>
<p>Aunque en su inigualable ‘Crónica sentimental de España’ anota Manuel Vázquez Montalbán que era «difícil sustraerse al clima colectivo de una época» y que «los grandes bocadillos de jamón aparecen con frecuencia en las historias de Roberto Alcázar y Pedrín (…) el Guerrero del Antifaz estaba más desligado de los bienes de la tierra, más atento a su cruzada nacional contra el moro Motamid y su siniestro hijo Olián», para los muchachos que nos adentrábamos en la lectura de ‘El Jabato’, de ‘El Capitán Trueno’, de ‘Hazañas bélicas’ o de los variados protagonistas que poblaban la revista ‘Pulgarcito’, lo adictivo era la emoción, el humor y la lectura placentera, quizás la más gozosa a la que podíamos acceder en el paraíso de la infancia y la juventud. Personajes míticos en los que admirábamos aparte del carácter valeroso y luchador, la excepcionalidad del héroe: ese que nunca olvida —como advierte Savater—, cuál es su misión, cuál es su deber.</p>
<p>Estoy convencido además de que promovían la convivencia: en nuestro entusiasmo lector solíamos intercambiarnos las historietas y apenas terminado de leer el cuaderno de aventuras, buscabas el próximo mediante una cadena de complicidad y compañerismo. «Te presto el último Jabato y tú me dejas el del Capitán Trueno». En mi casa estos ‘tebeos’ fueron también el germen de una primera ‘publicación’ que ideamos entre los hermanos mayores y en la que incluíamos noticias domésticas a veces ilustradas con los magníficos dibujos de Juan Rodríguez Villar. Historietas iniciáticas que constituían por ejemplo la pasarela a la colección ‘Historias Bruguera con 250 ilustraciones’ y supongo que, al igual que otros muchos lectores, la base para revisitar, siquiera con carácter nostálgico, aquellos entrañables cuadernos apaisados que busqué más de un domingo en los puestos del Rastro y en la Cuesta de Moyano incluso en mis años de universidad.</p>
<p>La muestra, que organiza y produce el Museo ABC en colaboración con la Obra Social de ‘La Caixa’, está comisariada por Antoni Guiral. Reúne 180 dibujos originales y 120 revistas agrupados con criterio cronológico y temático. En realidad contiene el ADN de la educación sentimental y de la literatura popular del último siglo en España y creo, sin exageración, que bien podía subtitularse: ‘Tal como éramos’. No se la pierdan.</p>
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		<title>Los Ronaldos</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jul 2018 17:45:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dice Valdano que la salida de Cristiano Ronaldo del Madrid no supone la marcha de un hombre solo sino de 40 o 50 goles por temporada. El mito y la contabilidad productiva. Es una forma de abordar el asunto. En marzo de 1997 cuando Ronaldo Nazário de Lima deslumbraba ya en el universo futbolístico como [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dice Valdano que la salida de Cristiano Ronaldo del Madrid no supone la marcha de un hombre solo sino de 40 o 50 goles por temporada. El mito y la contabilidad productiva. Es una forma de abordar el asunto. En marzo de 1997 cuando Ronaldo Nazário de Lima deslumbraba ya en el universo futbolístico como la joya del Barça, le pregunté al escritor <strong>Manuel Vázquez Montalbán</strong> acerca de a quién creía él que iban a querer más en Barcelona, a Kubala o a Ronaldo. Me sorprendió su respuesta porque dijo que eso era una incógnita, pero definió a la estrella brasileña como un jugador de la posmodernidad que más que pertenecer a un club, pertenece a una multinacional. <strong>«Y es muy difícil enamorarse de alguien que pertenece a una multinacional»</strong>, sentenció. No andaba errado el autor de ‘Crónica sentimental de España’ porque en efecto, la temporada siguiente Ronaldo vestía la camiseta del Inter de Milán y luego ya se sabe: la del Real Madrid, la del Milan…</p>
<p>En nuestra posmodernidad las estrellas del fútbol necesitan para serlo ser de algún modo una multinacional, como intuía el padre del detective Carvalho. Y eso que entonces no había alcanzado su esplendor ese complemento para la economía de los clubes que representa la venta de camisetas, un fenómeno, junto al de los derechos de televisión y la publicidad, que constituyen parte esencial del fútbol y sus circunstancias.</p>
<p>Ocurre que cuando llega el desamor o el cansancio y se pierde esa especial empatía entre las grandes estrellas y su club, casi siempre el aficionado se encuentra en medio y debiendo afrontar un hecho controvertido: la realidad no es únicamente de color blanco o negro, sino variada y poliédrica. Aquí cuenta la vertiente fiscal del Cristiano Ronaldo que debe dinero a Hacienda y está claramente contrariado por ello; computa también la poca o mucha ejemplaridad de una trayectoria rebosante de egocentrismo pero también de un esfuerzo titánico de superación personal; su estratosférica calidad deportiva, su vertiente emocional y primero de todo: sus estadísticas goleadoras, de verdadero ‘galáctico’.</p>
<p>Sólo por las alegrías que Cristiano Ronaldo ha dado a los aficionados del Real Madrid en estos nueve años (450 goles, cuatro Champions, tres Mundiales de Clubes, tres Supercopas de Europa…) está más que justificado y bien pagado su deseo, «de abrir una nueva etapa en mi vida», como plantea en su carta de adiós a la hinchada blanca.</p>
<p>Así que en esta posmodernidad de multinacionales deportivas me quedo con el tuit de Casillas (otro héroe caído o derribado a empujones) que escribió bajo una foto en las que se les ve a él y a Cristiano, de espaldas, abrazados tras un partido: «Las despedidas duelen, y más cuando se trata de un jugador así. Agradecerte aquello que hiciste por un club al que le hiciste ser más grande de lo que ya era! Felicitarte por tu empeño de querer ser el mejor y conseguirlo! Mucha suerte, en tu nuevo caminar, @Cristiano!».</p>
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		<title>Pla, Cataluña y los puntos suspensivos</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Sep 2017 17:17:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Vuelvo a la relectura de ‘El cuaderno gris’, de Josep Pla, que me reconcilia con una Cataluña bastante distinta de la del ‘procès’. Me adentro en sus páginas con el ánimo de encontrar precisamente el contrapunto a la tragicomedia del separatismo. En Pla me divierte su inclinación al sentido práctico: alguien anuncia que él y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Vuelvo a la relectura de ‘El cuaderno gris’, de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Josep_Pla">Josep Pla</a>, que me reconcilia con una Cataluña bastante distinta de la del ‘procès’. Me adentro en sus páginas con el ánimo de encontrar precisamente el contrapunto a la tragicomedia del separatismo. En Pla me divierte su inclinación al sentido práctico: alguien anuncia que él y sus amigos recibirán cuatro pesetas y enseguida lo traduce: «dieciséis cafés por barba». Recrea escenas populares que tienen más de costumbrismo que de apunte sociológico. «Un pescador de Calella, aficionado a cantar, me dice:<br />
—Me gustaría más saber tocar la guitarra que tener panteón…». Regala al lector el hallazgo del ingenio. Hay un ejemplo fulgurante de ironía que resume al mejor Pla de ‘El cuaderno gris’. Cuenta cómo Eugeni d’Ors habla ante su peña del Ateneo y dice:<br />
«—Los hombres son de dos clases: los que sirven para la Filosofía y los que no sirven para nada…<br />
—Sí, claro –ha dicho Pujols–, pero siempre se exagera…».<br />
Le basta contraponer tal respuesta rematada por puntos suspensivos para subrayar la potencia irónica del descreimiento ante la exageración sentenciosa de d’Ors.<br />
Pla huye casi siempre de la retórica, de la grandilocuencia, pero no del juicio contundente. Hablando de Baroja señala: «Sus novelas apenas tienen argumento y las personas que las leen buscando el interés, la emoción de los trucos dramáticos, quedan decepcionados. Pero en estas novelas, la vida española de su tiempo está admirablemente retratada. En este sentido, su obra, en la cual la gente hormiguea, es la comedia de un determinando momento». (…) «El defecto de Baroja», añade Pla, «es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente –los lanza como los burros los pedos».<br />
Hoy me gustaría leer a Pla y conocer su opinión acerca de unos acontecimientos graves y trascendentes, acaso tan relevantes como los que recogió en su crónica sobre el advenimiento de II la República.<br />
La voz de Pla en este libro no es la del frío notario que registra una sucesión de hechos y de días, es la del cronista que aventura también un juicio sobre los grandes creadores de nuestra cultura, y lo hace con perspicacia, humor y humanidad. Un escritor, como dijo de él Valentí Puig, que «supo ser perfectamente inteligente, estratégicamente huraño, secretamente generoso y brutalmente sentimental».<br />
Levanto la mirada de ‘El cuaderno gris’ ante los últimos acontecimientos de Cataluña y me dan ganas de salir corriendo. No solo echo de menos a Pla sino a referentes como Vázquez Montalbán. ¿Qué hubiera dicho el autor de ‘Crónica sentimental de España’ ante el pandemónium catalán? Tal vez la ‘tropa’ separatista anhelaba que el Estado les conminara con tanques&#8230; pero me parece que no se esperaban a los ‘cobradores del frac’ (o sea, la Ley y los mandamientos judiciales) escoltados por la Guardia Civil.</p>
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		<title>Nostalgias</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2015 17:55:11 +0000</pubDate>
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		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a casa de la tía Leoncia, sino que le abrieron de par en par las puertas a la avalancha evocadora de ‘En busca del tiempo perdido’. ¿Quién no ha vivido ese instante maravilloso en que al escuchar una determinada melodía o paladear un sabor ha tenido que contener las lágrimas por la emoción? Y quien dice un sabor o un olor puede decir las sensaciones de unas viejas imágenes o el tacto inconfundible de un abrazo o de unas manos acariciadas.<br />
Somos memoria porque los sentidos nos regalan recuerdos. Ocurre en lo personal y en lo colectivo. A veces el ritmo de la vida nos empuja a vivir el presente con una intensidad digamos que frenética, como si no hubiera mañana ni pasado. Supongo que los sociólogos conocerán bien el fenómeno y habrá estudios que lo analicen de forma sistemática. Yo identifico esas etapas con una especie de ‘adolescencia’ social donde importa más el vértigo de la prisa, el mero crecimiento, el ensimismamiento, que la mirada sosegada y nostálgica. Viví esa sensación, por ejemplo, durante los primeros años de nuestra Transición política, cuando películas como <a href="http://www.basiliomartinpatino.org/filmografia/canciones-para-despues-de-una-guerra/" target="_blank">‘Canciones para después de una guerra’</a> de Basilio Martín Patino o libros como ‘Crónica sentimental de España’, de Manuel Vázquez Montalbán, hacían que se esfumara el espejismo del presente para que nos atropellara la avalancha de la nostalgia. Del anteayer y del ayer mismo.<br />
Imagino que debe de ser la misma nostalgia evocadora que hizo triunfar después las series televisivas ‘Crónicas de un pueblo’, ‘Verano azul’ o más recientemente ‘Cuéntame’. De la adolescencia a la madurez. Cada generación al llegar a cierta edad se recrea en una mirada al pasado, y a ser posible en una mirada sin ira.<br />
En las redes sociales es un fenómeno con miles de seguidores. Miles de usuarios de facebook o twitter que disfrutan con las canciones antiguas subidas a internet por los coleccionistas de vinilos, o miles de ciudadanos de cualquier provincia que disfrutan con las imágenes de rincones y edificios a los que la piqueta del desarrollismo condenó a una muerte conmutada ahora por el viejo álbum de fotos&#8230; La industria de la nostalgia. Muchos de esos blogs o sitios web especializados se están convirtiendo en ágiles naves para viajar por el túnel del tiempo y recrearnos, ¡ay!, en el ayer. ¿Puro costumbrismo? Quizás algo más. En España se puede pasar ahora sin solución de continuidad de los versos de Rodrigo Caro: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa» a los episodios más contemporáneos de ‘El ministerio del tiempo’.<br />
Un viaje personal y colectivo. Sí. Como el de esos jóvenes –miles de ellos en el extranjero– nostálgicos de un país con horizontes  más esperanzadores y atmósfera de hogar.</p>
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		<title>Palabra en el tiempo</title>
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		<pubDate>Fri, 01 May 2015 20:20:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Ramón Pérez de Ayala]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Varias veces me han preguntado qué columnistas o escritores en prensa son los que más me gustan. Y alguna vez yo mismo planteé esa cuestión a indiscutibles del género. En 1991 hablé acerca de sus maestros en el articulismo con Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’, quien confesó su gratitud por la amistad que le habían brindado [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Varias veces me han preguntado qué columnistas o escritores en prensa son los que más me gustan. Y alguna vez yo mismo planteé esa cuestión a indiscutibles del género. En 1991 hablé acerca de sus maestros en el articulismo con Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’, quien confesó su gratitud por la amistad que le habían brindado César González Ruano y Ramón Pérez de Ayala, dos estilos muy diferentes al suyo pero a partir de los cuales evolucionó con «infinitas lecturas». En aquella entrevista aproveché la buena disposición del periodista asturiano (por entonces uno de los grandes ‘popes’ del periodismo español) para que improvisara un juicio breve sobre lo más destacable en su opinión de otros contemporáneos ilustres:<br />
Por ejemplo, Francisco Umbral. «Francisco Umbral es un auténtico mago del lenguaje», dijo. ¿Y Manolo Vicent? «Tiene una imaginación mediterránea muy elegante». Jaime Campmany. «Jaime Campmany tiene ingenio verbal». Manuel Alcántara. «Manuel Alcántara es muy buen poeta. Es un articulista sosegado, pero que no traspasa las candilejas».<br />
Recuerdo que por aquella época todos esos nombres me parecían admirables en lo literario, en lo periodístico, aunque me sentía muy alejado de algunos de sus postulados ideológicos. Lo cortés no quita lo valiente. Acaso en el fondo no caben admiraciones absolutas. Si en la hemeroteca de HOY repasamos por ejemplo algunos de los artículos que escribió Julio Camba durante la Guerra Civil nos sorprende que en la misma persona convivan la mirada humorística de inteligente ironía con la radicalidad expresiva del que bromea con los apellidos de los ‘rojos’ Miaja y Negrín para convertirlos en Negrote y Miajón. Sal gorda. Supongo que otro desastre colateral propio de cualquier guerra.  El ejemplo de Camba, sin embargo, seguramente no pasa de anécdota y es uno más entre muchos. No quiero reavivar aquí el debate de la literatura militante (cuántas veces se ha reprochado incluso al bueno de don Antonio Machado aquel soneto en honor de Enrique Líster: «Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría»), lo que deseo es expresar mi escepticismo acerca de aquellos textos periodísticos a los que, más allá de su valor literario, les guía el instinto militante, el ánimo sectario.  Así que a la pregunta sobre mis columnistas o escritores en prensa favoritos respondo que la lista es larga, desde los imprescindibles del siglo XX: Julio Camba, Josep Pla, Umbral, Vicent, Vázquez Montalbán, Manuel Alcántara&#8230;, hasta los habituales en las páginas de opinión de los principales diarios de España.<br />
Con preferencia, eso sí, por los columnistas que sin vivir aislados en su torre de marfil y sin olvidar el carácter de «palabra en el tiempo» que Machado reclamaba para la poesía, buscan limpiamente textos con algo de trascendencia, no pura filfa, no simple cohetería ni género venal. Gente que pueda mirar para atrás y no avergonzarse de lo que escribió cinco, diez o veinte años antes. Gente de cuyos textos no se maldiga en clave agropecuaria o como se hace en los pueblos: «De esos no van a quedar ni los rabos». </p>
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		<title>Ronaldo, otra vez</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jun 2013 20:40:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>DESDE que el fútbol traspasó la delgada línea que separa el puro espíritu deportivo del puro espectáculo de masas, esa nueva religión que se oficia al aire libre no sólo se ha convertido en eficaz sustitutivo de otras pasiones con más trascendencia social sino en un formidable analgésico para tiempos de pocas ofertas atractivas. Quiero decir que en el mercado de la vida actual el fútbol es una alternativa donde volcar los entusiasmos que no suscitan la política o la economía. En ese sentido, los clubes deberían estar subvencionados no sólo por los psiquiatras que nos ahorran sino por las válvulas de escape que proporcionan a una sociedad convulsa y cada día más desencantada.<br />
De la nueva religión que es el fútbol se ha dicho de todo. Y en todos los sentidos. Desde aquella oda que Rafael Alberti dedicó al portero <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Franz_Platko" target="_blank">Platko</a> hasta las palabras displicentes de don Miguel de Unamuno: «Lo cierto es que todas esas gentes que se pasan media vida hablando de fútbol son gentes que maldita la pena que vale el que hablen de otras cosas». Sin embargo, se ha hablado mucho más a favor del llamado ‘deporte rey’ que en contra. Quienes defienden los valores intrínsecos del balompié suelen citar la frase tan conocida del premio Nobel de Literatura Albert Camus: «Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Entre mis preferidas está la de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_V%C3%A1zquez_Montalb%C3%A1n">Manuel Vázquez Montalbán</a>: «El fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño». Breve, clarificadora y precisa.<br />
Recuerdo que a finales de los años noventa le hice una entrevista a Manuel Vázquez Montalbán en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, en el Edificio Valhondo. Además de hablar de literatura y de política, también le pregunté por otra de sus grandes pasiones: el fútbol. En aquellos días se especulaba acerca de si <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ronaldo" target="_blank">Ronaldo</a> (y por entonces no había más ‘ronaldos’ que él, el primigenio y genial Ronaldo Nazario de Lima) aceptaría finalmente romper con el Barça y fichar por otro equipo. Recuerdo que el padre del detective Carvalho me miró extrañado cuando le pregunté su opinión sobre la marcha del delantero brasileño. «Ronaldo no es un futbolista, es una multinacional», contestó como el que señala una obviedad. Los hechos confirmaron al poco su intuición. Aparte de la fidelidad al fútbol, jugadores de ese nivel deben fidelidad al mercado, al negocio. Y el gran Ronaldo se marchó al Inter de Milán tras haber deslumbrado al mundo con su talento.<br />
Ayer leí en este diario que peligra la renovación de Cristiano Ronaldo y que el astro portugués había anunciado en su cuenta de Twitter que los rumores sobre su renovación con el Madrid son falsos. Mientras tanto, en  otros medios periodísticos europeos se especula abiertamente con la posibilidad de que el Mónaco pague 100 millones de euros por él (tiene contrato con el Real Madrid hasta 2015) y le convierta así en el futbolista mejor pagado del mundo con un sueldo anual estratosférico. ¿Hablar de Messi? Para qué. Cualquiera comete un error y en su caso no debe de costarle mucho subsanarlo&#8230;</p>
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		<title>Mucha más política</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jun 2012 15:48:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[pensamiento político]]></post_tag>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En tiempo de bonanza económica  la sociedad tiende a no reparar excesivamente en la política. A quien le va bien en la feria de la economía aprovecha los gozos y placeres sin preocuparse por la cosa pública. Mientras la máquina registradora no se pare, dame pan y llámame tonto. Sin embargo, cuando el oleaje de la crisis asoma las orejas, muchos de los que jamás se interesaron por la política se echan las manos a la cabeza y exclaman alarmados: «¡Que viene el lobo, que viene el lobo».<br />
‘Otros’ no se andan con exclamaciones ni zarandajas. Cuando comprueban que los políticos en quienes habían ‘delegado’ no les dibujan un panorama suficientemente rentable para sus negocios, se dedican a mover ficha en el tablero de la economía internacional no vaya a ser que pierdan la partida del monopoly. Esos ‘otros’ a los que me refiero no son ciudadanos como usted o como yo, ni pequeños o medianos empresarios, son las grandes corporaciones bancarias, los inversionistas de los mercados globalizados, los usufructuarios de la ingeniería financiera, los mercaderes a los que aún no ha llegado ningún Jesús (ni se le espera) para expulsarles del templo.<br />
En su magnífico libro ‘Crónica sentimental de España’ contaba Manuel Vázquez Montalbán que nuestra prehistórica autárquica acabó en 1958 cuando «puestos a superar, superamos el mismísimo liberalismo y pasamos a ser neoliberales en economía» y aunque por entonces los neoliberales políticos no coincidían con los económicos, lo cierto es que el antiguo axioma de que «el pensamiento no delinque» se convirtió en el de «la economía no delinque», lo que traducido a lenguaje popular podría formularse de la siguiente manera: a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga y el último, que arree. Y ya ha llovido en el panorama económico mundial. Se han perfeccionado y sofisticado los mecanismos. En esta orgía de los inversionistas globalizados, apelar a sentimientos que no sean los del interés compuesto, los del porcentaje de beneficios o los del rendimiento es tan absurdo como esperar que el tiburón y la víbora se olviden del instinto con el que los ha dotado la madre naturaleza.<br />
El progreso del hombre, los avances de la civilización se han edificado sobre un principio universal: el ‘control’ o el dominio de los instintos más primarios, más egoístas, más insolidarios. Domar las tendencias que han impedido que impere como constitución universal la ley de la selva.<br />
La historia de la filosofía política está recorrida por etapas con avances y retrocesos que dibujan una tendencia general siempre positiva, siempre hacia cotas más altas, aunque nos avergüencen ‘borrones’ tan siniestros como los totalitarismos del siglo veinte.  De modo que, con todas las excepciones que se quiera, a más progreso, más justicia. Esos avances, sin embargo, no son fruto del azar. Ni de la generosidad voluntaria de los pueblos. Son conquistas de la política, de la política en su sentido más noble. La economía y sus ‘dueños’ son simples usurpadores del motor que mueve el mundo. Es injusto que la economía marque la música del baile. Hace falta más política. Y mejor.</p>
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