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		<title>Rita Barberá, del purgatorio a la gloria</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Nov 2016 18:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro país tiene mucho prestigio la muerte. Antes de hacer su aparición y sobre todo, después&#8230; «Dios nos libre del día de las alabanzas», avisa el proverbio popular. Por algo será. La muerte sirve para consagrar a una persona o para redimirla. Para procurar que perdure su memoria o para intentar que sucumba al olvido. Al amparo de su poder se han erigido mausoleos o se han sembrado las cunetas de sepulturas. Arriba y abajo.<br />
Durante el antiguo Bachillerato nos enseñaban que el entierro de Larra sirvió, entre otras cosas, para que se diera a conocer un poeta como José Zorrilla. La prosa funeraria siempre ha gozado de buena salud en España. La prosa y a veces hasta los propios muertos. Ahí el poeta bohemio Pedro Luis de Gálvez, de quien Pío Baroja contó que se paseaba por los cafés de Madrid con una caja donde llevaba un niño muerto, pidiendo dinero para enterrarlo.<br />
En España somos capaces de levantar panteones por suscripción pública a personajes populares y al mismo tiempo hacer humor negro sobre la muerte sin solución de continuidad. Recitamos de memoria las ‘Coplas a la muerte de su padre’ de Jorge Manrique y la ‘Elegía a Ramón Sijé’ de Miguel Hernández pero la Justicia se ve impelida a encausar a quienes hacen chistes sobre los judíos del Holocausto o sobre Irene Villa en las redes sociales&#8230; Para bastantes españoles el mayor agravio que puede proferirse no es atribuirles alguna condición inmoral o deshonesta, sino «cagarse en sus muertos».<br />
Nuestro himno más íntimo y esencial debería inspirarse en el cuento ‘La oveja negra’ de Augusto Monterroso. (Quienes no lo conozcan, acudan a una librería y léanlo). Subraya ese carácter cíclico, inamovible, del ser tradicional.<br />
Los episodios vividos ayer a raíz de la muerte repentina de Rita Barberá me parece que son una ilustración fidedigna de lo que significa morirse en España. Ayer, en el purgatorio;  hoy, en la gloria. Diputados de Podemos alambicando argumentos para evitar un gesto tan humano como el de guardar sencillamente un minuto de silencio. Representantes del PP ‘acusando’ de la muerte a quienes habían expresado sus discrepancias políticas y críticas a Barberá. Otros colegas suyos, vertiendo lágrimas de cocodrilo después de haber forzado su salida del PP. El ‘oportuno’ Aznar, tratando de cobrarse con reproches ‘postmortem’ agravios de familia. Y  las redes sociales a pleno rendimiento, convertidas una vez más en el gran albañal por el que discurren las inmundicias propias de atarjea.<br />
Pero que nadie se llame a engaño. Dentro de unos pocos días la posición de Podemos será recordada tan solo como una anécdota (alguien añadirá que tampoco se guardó un minuto de silencio cuando murió Labordeta) y no faltará quien se ría con el chiste tuitero de que Barberá  lo que ha hecho en el fondo es  «un simpa». En su ciudad le tributarán homenajes y seguro que en las Fallas se acordarán de ella.</p>
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		<title>No más &#039;piedades&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 18:17:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Pocas imágenes más conmovedoras que la de ese<a href="http://www.hoy.es/v/20130417/sociedad/piedad-brabo-20130417.html" target="_blank"> padre</a> en cuclillas, vencido por el dolor y el llanto, sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo del pequeño hijo muerto cerca del hospital de Alepo, en Siria, que le ha valido un premio Pulitzer 2013 al fotoperiodista español Manu Brabo, de Associated Press. La fotografía me ha recordado otra que se produjo en la Franja de Gaza el año 2000 durante la segunda ‘intifada’ y que se convirtió inmediatamente en un icono del conflicto que enfrenta desde hace décadas a palestinos e israelíes. Pido perdón por la autocita, pero a raíz de aquella imagen que sacudió el corazón de millones de espectadores y de lectores en todo el mundo publiqué en una sección de este diario, ‘El Alambique’ –que entonces firmaba con el seudónimo de Tristán Buendía– un artículo titulado: «La nueva ‘Piedad’ en Jerusalén». Era un desahogo personal, una muestra de indignación y de tristeza ante el rostro alucinado del horror que sacudía a aquel padre, Yamal, intentando proteger con el único escudo de unos brazos escuálidos a su hijo <a href="https://www.google.es/search?q=muhammad+al+dura&#038;hl=es&#038;tbm=isch&#038;tbo=u&#038;source=univ&#038;sa=X&#038;ei=8ohxUcuMDoWohAeOmoCoAg&#038;ved=0CEQQsAQ&#038;biw=1280&#038;bih=861" target="_blank">Muhammad Al-Dura</a>, de 12 años de edad, ante la lluvia enloquecida de balas que acabó con sus vidas.<br />
«La máquina trituradora de la actualidad», reflexionaba entonces, «convertirá sus nombres dentro de pocos días en dos minúsculas sombras, casi invisibles, en el bosque del olvido. Pero en mi álbum sus imágenes amanecerán a diario, congeladas, con esa expresión de pánico y horror que compone la desventura de un padre condenado a ver morir a su pequeño hijo antes de que otras balas asesinas acaben con su propio sufrimiento. Cada vez soy más pacifista», añadía. «Y cada día más convencido, como Lanza del Vasto, el discípulo de Gandhi, de que Dios dijo: ‘No matarás’, y lo escribió en una piedra, sin márgenes al lado para que el hombre no hiciera comentarios».<br />
Una docena de años después  la guerra de Siria reedita esa ‘piedad’ insufrible y despiadada que refleja la fotografía de Manu Brabo. Otra vez el absurdo de la muerte. De un padre acunando en su regazo el cadáver ensangrentado del hijo. Una escena doblemente ‘antinatural’, que atenta contra el instinto de la vida y contra los valores consustanciales a cualquier comunidad, incluso la más bárbara y primaria.<br />
Por desgracia, no me equivoqué en 2000 cuando supuse que la serie fotográfica (extraída de una grabación que emitió el canal France 2) sobre la muerte de Yamal y de su hijo Muhammad Al-Dura sería devorada irremisiblemente por la máquina trituradora de la actualidad. La historia se repite en cada guerra, al margen de las razones que esgriman los contendientes. Aquella constatación de Marx en el plano de las revoluciones sociales: «La violencia es la partera de la historia» no parece que lleve camino de ser desmentida por los hechos. Basta reparar en algunos conflictos de las ‘primaveras árabes’ o de carácter étnico en África. Decía Lanza del Vasto que «ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». Quiero huir del pesimismo y creer que tal enseñanza acabará prendiendo en el corazón de los hombres.</p>
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		<title>El llanto íntimo</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Nov 2012 17:51:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Soy poco dado a la lágrima, pero conozco una canción que nunca logro escuchar sin que se me humedezcan los ojos. Se titula ‘Lágrimas en el cielo’ (’Tears in heaven’) y la compuso Eric Clapton después de que su hijo Conor, de cuatro años, se precipitara al vacío, accidentalmente, desde su apartamento en la planta [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Soy poco dado a la lágrima, pero conozco una canción que nunca logro escuchar sin que se me humedezcan los ojos. Se titula ‘Lágrimas en el cielo’ (’Tears in heaven’) y la compuso Eric Clapton después de que su hijo Conor, de cuatro años, se precipitara al vacío, accidentalmente, desde su apartamento en la planta 53 de un rascacielos de Nueva York. Esa composición, que tiene algo de salmodia, de mantra contra la desolación del recuerdo, comienza con una pregunta de Clapton a su pequeño: «¿Sabrías cómo me llamo si me vieras en el cielo?».<br />
De la tragedia en el pabellón Madrid Arena una de las cosas que más me han conmovido no es lo absurdo de que cuatro jóvenes terminen en ese moridero maldito, sino la forma en que sus padres, sus hermanos, sus familiares directos han tenido que enfrentar la catástrofe. Algunos de los testimonios que han expresado estos días supongo que son fruto de una profundísima fe religiosa que actúa de bálsamo espiritual, de calmante frente a la desdicha, frente al dolor.<br />
Yo intento ponerme en su lugar y no consigo sobrevivir, aunque sea imaginariamente, a la hecatombe que tiene que representar la muerte de un hijo, al cataclismo emocional que se produce cuando te informan que al ser querido al que acabas de despedir feliz porque sale a una fiesta con los amigos  nunca más lo abrazarás con vida&#8230;<br />
Una de las psicólogas del Instituto Anatómico Forense de la capital de España, Lourdes Fernández Márquez, resumía para ‘El País’ lo que significa perder  un hijo: «el duelo más complicado». «Se aprende a vivir con ello, pero superar la muerte de un hijo es imposible».<br />
La religión podrá resultar un alivio pero estoy convencido de que, en efecto, el dolor de esa pérdida no desaparece jamás. Cuántas parejas confiesan que la desgracia a la que nunca querrían enfrentarse es precisamente a la de perder un hijo, y más cuando se trata de una vida joven, en plenitud.<br />
Los aficionados al cine que conozcan la película ‘La habitación del hijo’, del italiano Nanni Moretti, saben a lo que me refiero. Mientras escribo esta columna está sonando ‘Tears in heaven’, la canción de Eric Clapton, con numerosas versiones en Youtube, y con el fondo de sus acordes las informaciones acerca de los aspectos técnicos y ‘políticos’ de la avalancha que causó las cuatro muertes en el pabellón Madrid Arena me parecen los ‘flecos’ de la noticia. Entiéndaseme, no quiero decir que ahondar en las cuestiones relativas a la seguridad del recinto y de los accesos, el respeto a las autorizaciones administrativas, el control de los asistentes, etcétera, no deban abordarse hasta sus últimas consecuencias así como depurar hasta la última responsabilidad a que haya lugar. Lo que quiero decir es que todos esos aspectos me parecen ahora menos relevantes, de menor interés humano que el corazón del asunto: el dolor de cuatro familias por cuatro jóvenes muertas y una quinta que se halla en estado crítico. Cuando pasen los meses y los asuntos ‘técnicos’ y políticos hayan sido resueltos, en la memoria de esas familias seguirá resonando el llanto íntimo, incontenible, por unas muertes absurdas.</p>
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