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	<title>GRATIS TOTALnacionalismo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Empecinado</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Nov 2017 18:50:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>AUNQUE al huido Puigdemont le moleste, la prueba irrefutable de su ‘españolismo’ está en la inclinación firme al «sostenella y no enmendalla» que suele atribuirse al empecinamiento patrio. Con el agravante en su caso de ser un lastre que aplica con carácter retroactivo, es decir, su obstinación a la hora de negar la realidad, de cuestionarla, se extiende al pasado, al presente y me temo que al futuro.<br />
El empecinamiento de Puigdemont se funda en la ‘irrealidad’ de una Cataluña que únicamente ha existido en la geografía e historia fantástica de los deseos. De los «sentimientos», como se denomina ahora piadosamente a esa coartada contra la razón. La topografía por la que deambula Puigdemont está emparentada con la leyenda, con la mera ficción, no con la realidad. A quien le interese saber cómo nacen las ‘mitologías nacionalistas’, le bastará para entenderlo con mirar alrededor de nuestro día a día en Cataluña y reflexionar acerca del trajín de mentiras, engaños, ‘astucias’ y versiones de los hechos (y de las opiniones y de los sentimientos y hasta de las emociones) que se cuentan de lo que ha venido ocurriendo por esa tierra. Pensar en la verdad, la realidad y la simple mentira.<br />
Cuando pasado el tiempo pueda describirse con calma y perspectiva la secuencia de los acontecimientos nos parecerá que en estos años hemos asistido a una soberbia comedia de enredo, a una descomunal ‘farsa’ colectiva en la que se implicó a buena parte de la sociedad catalana más crédula y leal con la élite dirigente empecinada en acabar –«sostenella y no enmendalla»– con un magnífico modelo de convivencia y progreso. Supongo que esa mirada retrospectiva y desapasionada, o sea, con vocación de objetividad, nos servirá también para descubrir la dimensión del teatro, el revés de la trama. Aunque supongo que nada de ello ocurrirá mientras no se extingan los incendios que prendieron al calor de las soflamas antidemocráticas, excluyentes y cebadas con la hipocresía de la falsedad. Hasta que la realidad no baje el telón del esperpento y acabe el espectáculo.<br />
«La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?», se pregunta Gandhi con la lógica lúcida de quien distingue lo banal de lo relevante; lo auténtico de lo impostado. Parafraseándole yo preguntaría a Puigdemont por qué en vez de mirar por su solo interés no piensa, con perspectiva histórica, en los intereses colectivos de la sociedad a la que dice representar? Ya sé que es, claro, una pregunta retórica.<br />
No hay peor obstinado que el que se empeña en seguir la linde cuando esta ha llegado a su fin. O el que quiere seguir echando cartas sobre el tapete cuando alguien ha cantado las cuarenta y las diez de monte. La historia de Puigdemont no lleva camino de terminar bien. Es tan ominosa que probablemente requiera tratamiento externo. A lo grave de su error hay que añadir la voluntariedad. No es un dirigente que se equivoca por azar o de forma imprevista, lo hace de manera alevosa y premeditada. Por eso no le saldrá gratis la jugada y por eso va a necesitar de colaboradores directos para que le ‘rescaten’ del «sostenella y no enmendalla» en que está empecinado.</p>
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		<title>¿Mentiras?, poca broma</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Oct 2017 18:19:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas de la decencia democrática y legal.<br />
«Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía», dejó escrito el filósofo griego Anaxágoras.<br />
A un país como España, experimentado en sufrir durante años ‘treguas trampas’ del terrorismo y otras iniquidades, las argucias de «sí, pero no» le causan forzosamente antes que indignación, vergüenza e hilaridad. Para comprobarlo basta entrar en las redes sociales y carcajearse con los abundantísimos ‘memes’ y parodias que suscitan los últimos episodios del innombrable y poco honorable protagonista.<br />
Como en la vieja fábula, el parto de los montes fue un ridículo ratón. O si acaso, el par de cigüeñas que anida –en uno de los montajes humorísticos– sobre el pelucón del sujeto. O el camarote de los hermanos Marx simulando su salón de reuniones; o el acto de la firma del ¿acta? de la independencia; o al diputado que ganó en el sorteo una impresora portátil&#8230; Humor y desenfado. Quizás el mejor contrapunto al desbarre de quienes además de transgredir las normas legales del respeto y la convivencia democrática se obstinan en la mentira como arma política y estrategia partidista.<br />
¿Alguien cree que puede edificarse una sociedad estable, justa y próspera sobre la base de la mentira, la tergiversación y el engaño? ¿Alguien puede creerse que siendo esa región una de las más desarrolladas y beneficiadas por todos los gobiernos de España desde tiempos inmemoriales se trata de una tierra «oprimida» política, cultural o socialmente? ¿Cuánto tiempo pueden sostenerse trolas tan descomunales sin causar sonrojo? Por no hablar de la ‘mitificación’ de un pasado que olvida u obvia detalles relativos a la convivencia sin los que resulta incomprensible o más falso que el cartón piedra de un decorado cinematográfico. «Nadie puede engañar a todos durante todo el tiempo», dijo el presidente Abraham Lincoln.<br />
Hay un viejo poema de Jon Juaristi: ‘Spoon river, Euskadi’, de su libro ‘Suma de varia intención’ (1987) que a mí me encanta y que se ha citado más veces como explicación del ‘lavado de cerebro’ y de la atmósfera que propició el doloroso delirio terrorista en el País Vasco. Dice así:<br />
«¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».<br />
Salvando las evidentes –gracias a Dios– diferencias de muertes por terrorismo en una comunidad y otra, no conviene minusvalorar en cualquier caso el peligro de la mentira, del engaño, de la falsedad como origen y causa de las más graves enfermedades sociales; es decir, del progresivo envenenamiento de la convivencia. Ante ese riesgo (aunque sea latente) poca broma.</p>
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		<title>Cataluña, la ley y la violencia</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Oct 2017 18:09:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[HACE poco me inquietaba si la farsa separatista en Cataluña derivaría en esperpento o en tragicomedia. Ahora lo que me inquieta es saber si el tren sin frenos acabará en la Padania o en los Balcanes&#8230; Supongo que a la carcunda nacionalista y a sus esforzados compañeros de viaje les embargará (metafóricamente, claro) igual entusiasmo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>HACE poco me inquietaba si la farsa separatista en Cataluña derivaría en esperpento o en tragicomedia. Ahora lo que me inquieta es saber si el tren sin frenos acabará en la Padania o en los Balcanes&#8230;<br />
Supongo que a la carcunda nacionalista y a sus esforzados compañeros de viaje les embargará (metafóricamente, claro) igual entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!». Quiero decir que tras los episodios del 6 y 7 de septiembre en el Parlament, el megaparipé del 1 de octubre, los engolados ‘autoaplausos’ por la ‘heroica’ proeza de pisotear la ley, la democracia y los derechos constitucionales del conjunto de la sociedad catalana igual esperaban que la respuesta del resto de España siguiera siendo más diálogo, subir la puja y una palmadita en la espalda.<br />
Anoche Puigdemont arengó a los suyos como si se tratara del primer día del Diluvio Universal. ¿Piensa quizás que sus acciones van a quedar impunes? Alfonso Guerra ha sido el último que ha insistido en la evidencia del cuento sobre ‘El traje del emperador’. El veterano dirigente socialista ha tenido que insistir en esas verdades como puños que la ‘posverdad’ y ‘poslegalidad’ independentista tratan de presentar como género averiado. ¿Qué verdades? Pues el carácter esencialmente reaccionario de los nacionalismos (sobre todo de los nacionalismos identitarios o supremacistas), la interesada ‘confusión’ entre el conjunto de la sociedad (¡somos todo un pueblo!) y la ciudadanía con ánimo sectario; el desprecio ‘de facto’ a la soberanía nacional, representada por el conjunto de España y no por los habitantes de un territorio&#8230;<br />
Es cierto que casi toda la culpa de lo que está ocurriendo hay que atribuírsela a los dirigentes nacionalistas y populistas que con ánimo transgresor han sepultado la Constitución para situarse –sin rodeos– fuera de la ley, es decir, al margen de la democracia. Y me da igual que lo hayan hecho forzados por sus nuevos ‘compañeros de viaje’ o como quien huye perseguido por la sombra alargada del latrocinio y las corrupciones. Es así, pero el porcentaje de culpa restante corresponde a quien consintió que el enfermo empeorara sin aplicarle medidas quirúrgicas cuando la operación resultaba menos traumática.<br />
Creo que no tiene mucho sentido preguntarse a estas alturas si son galgos o son podencos. Lo hecho hecho está; procede resolver la avería: lo urgente y a la vez importante; retomar la senda constitucional y garantizar la única legalidad posible y democrática. ¿Cómo hacerlo? Ahí es donde todos los implicados directamente tendrán que mover ficha. El Gobierno de la nación y los representantes políticos de todas las administraciones en Cataluña. La gravedad es extrema. Las apelaciones a la responsabilidad, generales. ¿Límites? Acaso la conocida y sabia advertencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». ¿Hay tiempo?</p>
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		<title>Savater, las putas y los intelectuales</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Sep 2017 17:15:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia&#8230; [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia&#8230;<br />
Los pequeños ensayos de aquel libro me enseñaron a mirar la literatura sin prejuicios ante algunos géneros ‘proscritos’ (entre otros la novela policiaca desde Allan Poe a Agatha Cristie, la ciencia ficción, las llamadas ‘novelas de aventuras’) y también a distinguir lo que la literatura conlleva de mirada moral, de espejo del hombre. Lecciones sobre el papel del héroe en los cuentos clásicos o indagaciones en torno al genio literario de Borges, Shakespeare o Robert Louis Stevenson.<br />
<a href="http://www.hoy.es/culturas/libros/savater-personajillos-catalunya-carcel-20170926142346-ntrc.html">Fernando Savater</a> suma a la claridad de ideas el compromiso, la coherencia cívica y una valentía que le han llevado a levantar la voz incluso frente a la mordaza del terrorismo y la barbarie sectaria. Savater ha sido un testigo incómodo para los variados matones y voceros del fanatismo ideológico y político durante las últimas cuatro décadas en España. Por eso me alegro del premio que acaba de entregarle la Asociación de Editores de Madrid y de algunas de sus afirmaciones tras recibir el galardón. Por ejemplo, disentir de los ataques al Gobierno de Rajoy por su «inmovilismo». «Como si la ley tuviera que moverse», apostilló. Y otros comentarios relativos a la situación catalana: «Algunos personajillos deberían llevar una temporada en la cárcel, que tiene también una función educativa».<br />
A mí lo que me parece más relevante de las declaraciones de <a href="https://elpais.com/cultura/2017/09/26/actualidad/1506441171_622064.html">Savater</a> es la crítica abierta a los intelectuales respecto a la coyuntura que se vive en Cataluña. «Nadie quiere dejar de gustarle a una mayoría», «hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales», «la cuestión es que los intelectuales somos como las putas, vivimos de gustar, y queremos gustar, aunque sea arrinconando otros valores», «esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país».<br />
¿Se trata de juicios excesivos, de opiniones extemporáneas del filósofo? Basta reparar en las lindezas que han tenido que escuchar estos días personajes como Serrat, Marsé o Boadella por mostrarse contrarios al referéndum convocado para el 1-O&#8230;<br />
Al autor de ‘La tarea del héroe’ hay que agradecerle también su veterano desdén por los nacionalismos excluyentes (todos los son) y su insistencia en el carácter ‘cultural’ (no político) del concepto nación catalana frente al de ciudadanía. «Si ligáramos otra vez la ciudadanía con la tierra, volveríamos a la época medieval».<br />
En resumen, el viejo enfrentamiento entre lo ‘sentimental-mitológico’ y lo ‘racional-democrático’ que tan rentablemente llevan mezclando ciertos dirigentes políticos en Cataluña para beneficio propio.</p>
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		<title>Pla, Cataluña y los puntos suspensivos</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Sep 2017 17:17:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Vuelvo a la relectura de ‘El cuaderno gris’, de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Josep_Pla">Josep Pla</a>, que me reconcilia con una Cataluña bastante distinta de la del ‘procès’. Me adentro en sus páginas con el ánimo de encontrar precisamente el contrapunto a la tragicomedia del separatismo. En Pla me divierte su inclinación al sentido práctico: alguien anuncia que él y sus amigos recibirán cuatro pesetas y enseguida lo traduce: «dieciséis cafés por barba». Recrea escenas populares que tienen más de costumbrismo que de apunte sociológico. «Un pescador de Calella, aficionado a cantar, me dice:<br />
—Me gustaría más saber tocar la guitarra que tener panteón…». Regala al lector el hallazgo del ingenio. Hay un ejemplo fulgurante de ironía que resume al mejor Pla de ‘El cuaderno gris’. Cuenta cómo Eugeni d’Ors habla ante su peña del Ateneo y dice:<br />
«—Los hombres son de dos clases: los que sirven para la Filosofía y los que no sirven para nada…<br />
—Sí, claro –ha dicho Pujols–, pero siempre se exagera…».<br />
Le basta contraponer tal respuesta rematada por puntos suspensivos para subrayar la potencia irónica del descreimiento ante la exageración sentenciosa de d’Ors.<br />
Pla huye casi siempre de la retórica, de la grandilocuencia, pero no del juicio contundente. Hablando de Baroja señala: «Sus novelas apenas tienen argumento y las personas que las leen buscando el interés, la emoción de los trucos dramáticos, quedan decepcionados. Pero en estas novelas, la vida española de su tiempo está admirablemente retratada. En este sentido, su obra, en la cual la gente hormiguea, es la comedia de un determinando momento». (…) «El defecto de Baroja», añade Pla, «es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente –los lanza como los burros los pedos».<br />
Hoy me gustaría leer a Pla y conocer su opinión acerca de unos acontecimientos graves y trascendentes, acaso tan relevantes como los que recogió en su crónica sobre el advenimiento de II la República.<br />
La voz de Pla en este libro no es la del frío notario que registra una sucesión de hechos y de días, es la del cronista que aventura también un juicio sobre los grandes creadores de nuestra cultura, y lo hace con perspicacia, humor y humanidad. Un escritor, como dijo de él Valentí Puig, que «supo ser perfectamente inteligente, estratégicamente huraño, secretamente generoso y brutalmente sentimental».<br />
Levanto la mirada de ‘El cuaderno gris’ ante los últimos acontecimientos de Cataluña y me dan ganas de salir corriendo. No solo echo de menos a Pla sino a referentes como Vázquez Montalbán. ¿Qué hubiera dicho el autor de ‘Crónica sentimental de España’ ante el pandemónium catalán? Tal vez la ‘tropa’ separatista anhelaba que el Estado les conminara con tanques&#8230; pero me parece que no se esperaban a los ‘cobradores del frac’ (o sea, la Ley y los mandamientos judiciales) escoltados por la Guardia Civil.</p>
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		<title>De Gibraltar a Torrente</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Apr 2017 17:52:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Parafraseando al Borges que elogiaba a Quevedo cabe decir que Gibraltar es menos un género noticioso que una dilatada y compleja literatura. Un clásico de los contenciosos enquistados, el paradigma de nuestros nudos gordianos. Durante los primeros años del franquismo el grito «¡Gibraltar español!» resumía el santo y seña del espíritu patrio. El heredero natural [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Parafraseando al Borges que elogiaba a Quevedo cabe decir que Gibraltar es menos un género noticioso que una dilatada y compleja literatura. Un clásico de los contenciosos enquistados, el paradigma de nuestros nudos gordianos. Durante los primeros años del franquismo el grito «¡Gibraltar español!» resumía el santo y seña del espíritu patrio. El heredero natural del viejo «¡Santiago y cierra España». A veces –supongo que cuando convenía al régimen– asomaba cual serpiente de verano por el horizonte político con la disimulada intención de distraer al personal de otras reivindicaciones más acuciantes&#8230;<br />
 Es famosa la anécdota de los estudiantes falangistas que se manifestaban en los años cuarenta del pasado siglo ante la embajada británica en Madrid. Ante los amenazantes insultos y gritos reclamando la soberanía de Gibraltar para España, el embajador llamó a Ramón Serrano Suñer para protestar por la actitud de los manifestantes. Serrano preguntó al diplomático si quería que le mandase más policías para proteger la embajada. «No, quiero que me mande menos manifestantes», respondió el británico.<br />
Los tiras y aflojas sobre Gibraltar   ocupan miles de páginas de nuestra historia. La controversia se remonta al minuto uno, es decir, a 1713. A partir de entonces se han abordado prácticamente todas las estrategias posibles para acabar con el ‘nudo gordiano’: desde acciones artilleras, referendos, cierre de la verja, apertura de la verja, actitudes colaboradoras, protestas enérgicas, protestas morigeradas, acciones diplomáticas en la ONU, rifirrafes con los pescadores en la bahía de Algeciras&#8230;<br />
Hasta anteayer y el inesperado ‘brexit’, recibido en España como una ocasión de oro para modificar el estatus del Peñón y reactivar la tesis de un periodo transitorio de soberanía compartida.<br />
Si en una guerra la primera víctima siempre es la verdad, en este conflicto<br />
–antes incluso de enfrentamiento alguno– la primera víctima es el sentido común. ¡Cuánto se ha disparatado en los últimos días!, sobre todo desde el Reino Unido. Más que asombro, las salidas de tono invitan a la sonrisa: con ese exministro y miembro de la Cámara de los Lores, Norman Tebbit, que propone apoyar la independencia de Cataluña para presionar a España; con el antiguo líder del Partido Conservador,  Michael Howard, insinuando que Theresa May llegado el caso se comportaría igual que Margaret Thatcher cuando la guerra de las Malvinas&#8230;<br />
Por no hablar de  periódicos de un amarillismo rabioso como ‘The Sun’, en cuyas páginas se alude a los españoles como «follaburros» (¡!) y se sugieren entre otras medidas de presión ‘decir adiós’ a los 125.000 españoles que trabajan en Reino Unido, poner un impuesto al vino de Rioja o cerrar el espacio aéreo a los vuelos españoles&#8230; «La roca no se toca».<br />
Yo creo que lo mejor que los diplomáticos de España pueden hacer ahora es regalar a los exaltados ‘british’ una copia de la película ‘ Torrente 2’, esa en la que el héroe creado por Santiago Segura dirige un misil al Peñón mientras exclama: «Ya que estamos, Gibraltar español o ‘pa’ nadie». Y que se mueran de risa.</p>
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		<title>Vísperas del delirio</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Oct 2015 20:07:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Los acontecimientos en el ámbito de la política autonómica catalana evolucionan a una velocidad uniformemente acelerada. Supongo que es debido a lo que denominan los independentistas con el eufemismo «el proceso». El proceso de secesión, para entendernos. Pero en física, según prueba la tercera ley de Newton –y me parece que también en política– a toda acción le corresponde una reacción. En consecuencia, cuando alguien echa un pulso debe esperar que en el otro lado de la mesa alguien reaccione y empuje para torcerle el brazo y vencer. Aunque a ratos nos domine la sensación de que en el otro lado de la mesa no hay nadie (¿hay alguien ahí, señor Rajoy?) quienes le están echando el pulso a la España democrática tienen que ser conscientes de a quiénes en realidad se enfrentan para no caer en el error fatal de despreciar al contrincante.<br />
Entre otras cosas porque al contrincante, una joven democracia pero de un país muy antiguo y diverso, le indignan los tejemanejes del nacionalismo rampante y saqueador.<br />
Solo cuando el latrocinio sistemático se enquista bajo el blindaje de la ‘anomalía social’ que es el nacionalismo resulta fácil entender que la casta de corruptos piense «de perdidos, al río» y emprenda una huida suicida hacia adelante. Con el motor cada vez más revolucionado. ¿Las consecuencias? Imprevisibles. Pero seguro que no se despeñan únicamente los responsables del estropicio sino otras muchas personas a quienes el delirio de unos cuantos convertirá en víctimas colaterales. Si el famoso «choque de trenes» llega a producirse no creas mi buen Yorick que la vida se va a detener, pasado un tiempo (¿una generación, acaso dos?) todo volverá a su ser. El día antes de los dramas también sale el sol. Igual que al día siguiente.<br />
Pasado el tiempo, estoy seguro asimismo que la historia ofrecerá una nueva versión de la famosa frase de Churchill: «Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos». Y espero que sus nombres (y los nombres de quienes se sumaron de forma interesada al desvarío) no se pierdan por el sumidero del olvido. Ni les salga gratis.<br />
Un síntoma muy evidente del hartazgo  que provoca la desvergüenza y la irresponsabilidad antidemocráticas del bloque secesionista catalán son las frases populares con las que el hombre de la calle resume estos días el conflicto: «Mejor ponerse una vez colorado que cien amarillo». Lo que puede traducirse por medidas legales enérgicas y nada de medias tintas.<br />
Yo creo sin embargo que frente a  la orgía sibilina de las élites nacionalistas durante las últimas décadas la ‘respuesta’ por parte del resto de España, incluida Cataluña, no puede ser ¡eso les gustaría a ellos! cualquier medida que alimente de forma explícita su muy  rentable victimismo&#8230; La respuesta tiene que ser únicamente la que se deriva de la ley y de la democracia, es decir, de la Constitución. Que se aplique con mano de hierro en guante de seda es una cuestión secundaria. Lo importante es que se aplique. </p>
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		<title>Edimburgo en la mirada</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Sep 2014 09:14:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Edimburgo, la capital de Escocia, es una de las ciudades europeas más bellas. En su centro histórico los guías de turismo se entusiasman con historias de rivalidad en las que Inglaterra y sus reyes encarnan, invariablemente, a los malvados del cuento. La verdad, sin embargo, es que Edimburgo está salpicada de estatuas de personajes y de enclaves que trascienden con mucho ese pasado de afrentas. Quienes recorren la Royal Mile y alrededores podrán disfrutar con recreaciones de episodios truculentos en pasadizos (los famosos ‘closes’), casas embrujadas, cementerios o edificios cubiertos de años y horrores, pero satisfecha esa parcela de anécdotas –incluida la de Bobby, el perrillo que permaneció casi 15 años junto a la tumba de su dueño– lo cierto es que en Edimburgo los turistas se fotografían también junto al monumento a sir Walter Scott, al lado de las estatuas de Adam Smith y de Sherlock Holmes, o delante de la cafetería, ya reformada, donde J.K. Rowling se refugiaba para escribir las primeras aventuras de Harry Potter. Una ciudad en la que pueden rastrearse los ecos de Robert Louis Stevenson, de Arthur Conan Doyle, de Irvine Welsh, el exitoso autor de ‘Trainspotting’ o participar cada verano en las animadísimas y sugerentes sesiones de su Festival Internacional de Teatro, una de las citas culturales de primer nivel en Europa.<br />
 Es verdad que Escocia no son únicamente  Edimburgo y su Parlamento; sería absurdo monopolizar en una ciudad de medio millón escaso de habitantes la complejidad de un territorio habitado por más de cinco millones de personas, que era el censo de Escocia en 2011. A pesar de ello, yo creo que Edimburgo es la metáfora de una convivencia superadora de mitos y de cortedad de miras. El ejemplo de una ciudad que ha convivido sin mayores problemas o inconvenientes con algunos de los símbolos principales de lo ‘british’ e incluso los ha encarnado. Quiero decir que ese pasado de humillaciones y episodios horrendos acaso lo percibe el turista necesitado de anécdotas que le amenicen la visita, pero ni mucho menos el habitante de una ciudad o de un viejo territorio que lleva más de tres siglos formando parte de una cultura, de unos valores y de un estilo de vida por voluntad propia y con todos sus derechos. Otra cosa son la economía y también la política, mi buen Yorick.<br />
Si lo principal en el referéndum de ayer en Escocia es la economía, por lo primero que hay que preguntarse no es por los verdaderos intereses de los escoceses, sino por los planes, por las previsiones de quienes han pisado el acelerador político de la ruptura para ‘exacerbar’ el sentimiento independentista. ¿Por qué ahora? ¿Quién sale ganando con la jugada? Esa es la pregunta. ¿Le salen las cuentas al conglomerado financiero-político que tendría que gestionar de inmediato una victoria del ‘sí’? ¿Y en tal caso, le salen esas cuentas también al ciudadano de la calle? Si el objetivo del pulso con Londres era conquistar mejoras en el autogobierno, está claro que esta batalla, sea cual sea el resultado del referéndum, la han ganado los partidarios de la ruptura. Otra cosa es ganar la guerra. O simplemente, ganar.</p>
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		<title>De la identidad</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Jul 2014 20:34:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Decía el escritor Seumas MacManus que hay tres cosas con las que conviene ser muy precavido: el casco de un caballo, el cuerno de un toro y la sonrisa de un inglés. Supongo que la tercera de las prevenciones venía marcada por su condición de irlandés de nacimiento. ¿Quién mejor que un irlandés para saber cómo se las gastan los ingleses? Si yo tuviera que parafrasear el consejo de MacManus mantendría, por supuesto, los dos primeros postulados pero introduciría un tercero distinto: líbreme Dios del nacionalismo pelmazo, y utilizo ese adjetivo porque fue el que usó Rafael Sánchez Ferlosio en una magnífica entrevista que le hizo César Coca.<br />
En respuesta a una pregunta sobre el futuro de España y el riesgo de disgregarse, el autor de ‘El Jarama’ y ‘Sobre la guerra’ se lamentaba de que «los catalanes son unos pelmazos insoportables» y añadía: «Ellos se ensalzan mucho. Creo que el esfuerzo de los catalanes por ser eso, catalanes, es excesivo. La identidad hoy es una palabra vacía. Quizá en el siglo XIX tuviese algún sentido, pero hoy, que está todo mezclado, es ridículo hablar de identidad» (&#8230;) «hoy solo hay identidad individual».  Yo desearía fervientemente que la afirmación de Sánchez Ferlosio fuera cierta del todo, pero creo que expresa un deseo más que una realidad. Basta con mirar los movimientos de fronteras que ha registrado el mapa de Europa en el último siglo para sacudirnos el optimismo&#8230;<br />
Si en el conflicto nacionalista incluimos  a Israel y a Palestina (o de forma más precisa, a cierto radicalismo judío contra cierto radicalismo árabe), la actualidad se desentiende de cualquier esperanza. Imagino al Ferlosio de turno proclamando cual profeta en mitad del desierto a quien quiera oírle: «Hoy solo hay identidad individual», y no dura ni un suspiro, le lloverían las pedradas de un bando y las balas del otro. Así llevan años&#8230;<br />
Cuánto me gustaría que la formulación de Sánchez Ferlosio acabase convertida en verdad incontrovertible. Que el ciudadano del futuro fuera descrito a los niños en las escuelas como una persona perteneciente a una sociedad global, única en su diversidad, pero no como un eslabón ‘territorial’. Entre otras cosas porque ni ahora ni el futuro cercano puede garantizarse la ‘vinculación’ permanente de una sociedad a un territorio. Y quien lo dude, que reflexione unos segundos acerca de las grandes migraciones que se aproximan y –desde una perspectiva más doméstica– que reflexione acerca de la movilidad laboral y geográfica a que están condenadas las últimas generaciones de jóvenes, y no me refiero solo a los jóvenes de la Vieja Europa o del llamado Primer Mundo, sino de todos los continentes.<br />
«Donde no hay orden, él solo se pone», recuerdo que decía un viejo profesor en clase cuando intentaba hacernos comprender  la entropía y el segundo principio de la termodinámica. El nacionalismo forma parte del proceso y supongo que potencia la deriva hacia el caos. Creo que es una especie de sarampión o enfermedad de las etapas de crecimiento, una fase que no podemos eludir. ¿Qué hacer? Mirar hacia adelante y esperar a que escampe. </p>
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		<title>El DNI de Adriano</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Mar 2014 10:10:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La globalización tiende a convertirnos en mestizos, aunque las fronteras alzan sus empalizadas para refrenar las avalanchas. La realidad enseña sin embargo que los éxodos humanos acaban traspasando los muros reales e imaginarios que encuentran a su paso, igual que el agua de un arroyo acabaría desbordando el endeble tamiz formado por el cuenco de nuestras manos.<br />
No quiero que se me malinterprete. No estoy abogando –al calor demagógico de los sucesos últimos con los inmigrantes en Ceuta y Melilla– por la abolición unilateral de las fronteras. Eso sería además de inútil, contraproducente. Lo que sostengo es que el proceso de globalización a largo plazo hace inviable ponerle puertas al campo. Creo que la historia del hombre desde el primigenio ‘homo sapiens’ hasta los parientes de Einstein e incluso de la reina de Inglaterra no han hecho otra cosa en los últimos milenios que desplazarse de un continente a otro, reproducirse y traspasar puertas reales o imaginarias para sobrevivir y continuar la especie. Creced y multiplicaos. Está en el origen.<br />
Puede resultar paradójico, pero en ese sentido la globalización me parece que no es un fenómeno nuevo ni un proceso que afecte esencialmente a los cambios; lo que sí afecta es a la velocidad a que los cambios se producen. Durante siglos, cuando no se hablaba de ‘globalización’ con el sentido que hoy atribuimos a esa palabra, el vínculo del hombre con su patria chica, con su lugar de nacimiento, era indestructible. De ese vínculo, es bien sabido, se alimenta la hoguera de todos los nacionalismos y la historia de tribus, pueblos, comarcas, regiones, países&#8230; ¿Pero en realidad siempre ha sido así? Yo creo que no. Hace 2.000 años Séneca confesaba: «Mi nacimiento no me vincula a un único rincón. El mundo entero es mi patria». A pesar del tiempo transcurrido, el planteamiento de Séneca no lo comparten aquellos nacionalistas en cuya concepción vital ha cristalizado una mentalidad que atribuye valores sacrosantos, indestructibles, al lugar de origen. Y que conste que no es incompatible el amor por la tierra chica con la mirada abierta a todo lo que nos rodea.<br />
«Uno es del lugar donde ha hecho el bachillerato», decía Max Aub para significar el espacio, la población&#8230; donde se nace conscientemente al mundo. Más o menos lo mismo que Marguerite Yourcenar pone en boca del emperador nacido en Itálica en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Memorias_de_Adriano" target="_blank">‘Memorias de Adriano’</a>: «El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas».<br />
Me encanta esa frase del viejo emperador que muestra, ante lo inexorable de una muerte que presiente cercana, la lucidez del hombre sabio, sincero y sin rencores: «Mis primeras patrias fueron los libros». ¿Hay algo más universal, más ‘global’, que el conocimiento, que la cultura, que la conciencia de uno mismo? A quienes solicitan ‘papeles’ para esa patria universal, común, la historia nunca se los niega. A veces se rompe algún eslabón de la cadena, pero tras las empalizadas no deja de alumbrar la vida y el futuro.</p>
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