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	<title>GRATIS TOTALoccidente &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>El arte de la guerra</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Nov 2015 21:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ser realista equivale a ser precavido. La sabiduría popular lo formula con una paradoja que parece un retruécano: «El pesimista es un optimista informado». No hace falta recurrir a ningún gurú de la autoayuda para ser consciente de que en las batallas de la vida tan recomendables son las dosis de precaución como de arrojo. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ser realista equivale a ser precavido. La sabiduría popular lo formula con una paradoja que parece un retruécano: «El pesimista es un optimista informado». No hace falta recurrir a ningún gurú de la autoayuda para ser consciente de que en las batallas de la vida tan recomendables son las dosis de precaución como de arrojo. El año pasado, cuando se conmemoraron los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial muchos de los reportajes y artículos subrayaban la alegre despreocupación, la inconsciente insensatez con que los jóvenes europeos festejaban la oportunidad de batallar. Marchaban alegres y entusiastas como si se tratara únicamente de una excursión triunfal a los Campos Elíseos&#8230; No sospechaban que a la vuelta del camino les esperaba el horror de las trincheras, las mutilaciones, el gas mostaza, la barbarie, las alambradas, la crueldad, la desolación y la muerte. A ellos les dominaba antes de partir el mismo entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!».<br />
Sin embargo, no hay conflicto que se disuelva simplemente por el recurso a las invocaciones ni sociedad que sobreviva a una amenaza grave   metiéndose bajo la cama para no escuchar los truenos. En cualquier situación es preciso conocer el tamaño del atacante y la condición del enemigo. O del adversario, que a veces son términos sinónimos. En esta época inquietante que vive Europa y en general los países de tradición y cultura occidentales se están registrando fenómenos que enfrentan a los gobiernos y a la ciudadanía con realidades que no cabe ignorar  ni a las que nadie se puede sustraer. Época en que es preciso ‘mancharse las manos’ y tener claro la dimensión del compromiso.<br />
Bastantes de los conflictos que  ensombrecen el futuro son de escala internacional –la globalización ha dejado de ser un mero concepto– pero tampoco faltan los de ámbito doméstico. Y aunque se trate de desafíos no equiparables en su gravedad y trascendencia, probablemente sí comparten similitudes en cuanto a las estrategias y el espíritu con que deben afrontarse.<br />
Porque en las guerras pueden variar las armas, los métodos de ataque, los planes de resistencia&#8230;, pero nunca dejarán de ser, en cuanto a productos de la condición humana, idénticas en lo esencial.<br />
A pesar de que en un tratado tan sabio y tan antiguo como <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_la_guerra" target="_blank">‘El arte de la guerra’</a> se diga que «La mejor victoria es vencer sin combatir», la experiencia demuestra que no es posible permanecer en todo momento de perfil ni confiar en que el paso del tiempo se convierta en el principal aliado cuando no en el único ejército. La experiencia prueba asimismo que cuando no se afrontan los conflictos el resultado no es que se evaporan sino que se pudren. Por mi parte, confieso que me gusta mucho el tratado del general chino Sun Tzu y estos días le doy vueltas a una de sus más populares sentencias: «Cualquiera que tenga forma puede ser definido, y cualquiera que pueda ser definido puede ser vencido». ¿Lo sabrán nuestros dirigentes de España y de Europa?</p>
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		<title>Los fanatismos y la ley</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jan 2015 10:37:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los problemas complejos suelen exigir soluciones complejas. Supongo que por eso aún no se comercializa el motor de agua ni la gente tiene excesiva fe en los crecepelos&#8230; Salvo el famoso nudo gordiano –que cortó Alejandro Magno con la espada– los problemas antiguos y complejos de la sociedad se desanudan con algo más que fórmulas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los problemas complejos suelen exigir soluciones complejas. Supongo que por eso aún no se comercializa el motor de agua ni la gente tiene excesiva fe en los crecepelos&#8230; Salvo el famoso nudo gordiano –que cortó Alejandro Magno con la espada– los problemas antiguos y complejos de la sociedad se desanudan con algo más que fórmulas mágicas.<br />
Aunque nunca faltan intrépidos salvadores que proclaman: «Eso lo arreglaba yo con&#8230;» y escriba usted lo que corresponda sobre los puntos suspensivos, lo cierto es que no se conocen varitas mágicas para hacer surgir el milagro de la nada. El terrorismo yihadista está haciendo que afloren nuestros sentimientos más primarios, nuestros miedos, nuestros demonios interiores, nuestros prejuicios, nuestras contradicciones&#8230; Basta repasar las múltiples posturas defendidas con ardor en tertulias y debates públicos para percibir que se trata de uno de esos problemas complejos que no admiten soluciones fáciles, rápidas y unánimes.<br />
En las redes sociales circula estos días el relato atribuido a un judío superviviente del holocausto nazi y en la actualidad psiquiatra forense en Estados Unidos. Se trata de un testimonio demoledor. Su tesis, sencilla y fácil de comprender: pocos alemanes eran nazis al principio, y a los verdaderos nazis los tomaban como tontos hasta que tomaron el control de todo. Con los musulmanes, –argumenta– ocurre igual: se dice que la mayoría solo quiere vivir en paz, pero los fanáticos son los que van dominando y provocando guerras, los que masacran a cristianos, los que ponen bombas, los que decapitan y degüellan&#8230; Fanáticos los que difunden la lapidación y la horca para las víctimas de violación y los homosexuales, los que enseñan a sus jóvenes a matar y a convertirse en terroristas suicidas&#8230; El relato incluye miradas igualmente descreídas a los ciudadanos que sólo querían vivir en paz en la Rusia y en la China comunistas, en el Japón anterior a la II Guerra Mundial o en la Ruanda de hace pocos años, pero cuyo silencio los convirtió en irrelevantes ante las acciones fanáticas de quienes acabaron causando carnicerías de millones y millones de seres humanos. Cuando quisieron reaccionar ya era tarde.<br />
Quienes primero tienen que oponerse a los fanatismos son los miembros de la propia comunidad a la que pertenecen los fanáticos. No caben el silencio o la omisión. Y menos aún cuando la intolerancia, la exaltación, van acompañadas de violencia física. Contra el delito, la ley.  Algunos, como es sabido, no aplican contra el delito la ley, sino el ojo por ojo y diente por diente. Y así es imposible abandonar el círculo vicioso de la violencia. Gente que ignora la sabia sentencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve con la violencia porque la violencia es el conflicto mismo».<br />
Yo creo que Occidente no puede dar un paso atrás y renunciar a un derecho tan esencial como la libertad de expresión. No digamos el derecho fundamental a la vida; lo contrario equivaldría a callar, a bajar la cabeza ante los fanáticos. Pero tampoco debe alimentar ‘gratuitamente’, saltándose otros derechos, los nidos de las serpientes.   </p>
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		<title>Charlie y la libertad</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jan 2015 12:12:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>EL terrorismo es por principio la expresión de un fracaso. Apostar por el terror jamás fue una salida de futuro, al contrario, sólo es una vía de escape que conduce a la derrota. Nada más perecedero ni estéril que una victoria a través del terror. Ni siquiera pan para hoy y hambre para mañana, directamente hambre y muerte a la vez. La historia está llena de ejemplos. Y lo digo porque la etiqueta de ‘terrorista’ ha conocido infinidad de modelos en función de quiénes hayan sido las víctimas, quiénes los verdugos y quiénes los que escriban la historia. Los españoles tenemos recientes recuerdos por los que todavía sangra la memoria.<br />
El terrorista no es únicamente un bárbaro, un salvaje, alguien que comete un crimen contra la humanidad. El terrorista es igual de iluso que aquel que pretende edificar sobre arenas movedizas. Sin cimientos. Casi al azar. Yo entiendo que todas estas palabras pueden sonar a retórica cuando aún nos conmueve el asesinato de trece personas en París por terroristas yihadistas. Pero mantienen la validez. Los terroristas ganarán batallas, sembrarán el pánico y el dolor pero nunca han ganado una guerra. Las agujas del reloj de la historia se mueven en sentido contrario al suyo.<br />
El terror es también por principio azaroso e ‘imprevisto’. ¿Quién sabe cuándo estallará la bomba en el mercado, en el tren, en el autobús?, ¿quién conoce la hora definitiva del tiro en la nuca o del ametrallamiento despiadado? Al margen de las circunstancias temporales o del método empleado, el terror resulta especialmente abominable cuando se convierte en un arma de ataque no para derribar a determinados líderes o ideologías, sino para intentar acabar nada menos que con la libertad. Con la democracia. En ese sentido los crímenes contra el semanario satírico ‘Charlie Hebdo’ son además de un ataque a la libertad de expresión un ataque contra todas las libertades y todos los derechos del hombre.<br />
Si en una guerra la primera víctima es la verdad, en cualquier ataque terrorista la víctima primera es la libertad y la segunda la convivencia. Las balas del terrorismo yihadista derribaron en París a trece personas pero han esparcido una onda explosiva de recelos, desconfianza y temores que afectará al conjunto de la sociedad. Incluida, claro está, la comunidad musulmana, la mayoría de cuyos miembros probablemente abomina de los terroristas igual que el resto de sus conciudadanos.<br />
A corto plazo los efectos inmediatos del terror son muerte y desolación. A medio –como si se tratara de virus– una infección generalizada que acarrea desconfianza, es decir, temor en la sociedad a quienes no son ‘iguales’ que nosotros. Los atentados del terrorismo yihadista deteriorarán en Francia y en el conjunto de occidente la integración de todos los musulmanes, por mucho que se consideren personas pacíficas y socialmente irreprochables. Efecto colateral de la barbarie. No cabe pues bajar la guardia ante valores irrenunciables (el primero la libertad de expresión) pero tampoco confundir a justos con pecadores. </p>
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		<title>Historia renovada</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2013 20:09:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Aparte de las consabidas chanzas sobre Messi, Maradona y la proverbial fama de rollistas ¿viste? que se atribuye a los latinochés, la verdad es que buena parte del mundo mostró el pasado miércoles a través de los medios de comunicación y de las redes sociales su interés por la elección de un cardenal argentino nacido [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aparte de las consabidas chanzas sobre Messi, Maradona y la proverbial fama de rollistas ¿viste? que se atribuye a los latinochés, la verdad es que buena parte del mundo mostró el pasado miércoles a través de los medios de comunicación y de las redes sociales su interés por la elección de un cardenal argentino nacido en 1936 que se ha convertido en el primer papa latinoamericano,  en el primer jesuita que llega al pontificado y en el primer sucesor de Pedro que opta por el nombre de un santo, Francisco, símbolo de la pobreza y de la humildad.<br />
Tras conocerse la noticia, en las redes sociales triunfaban dos escuelas de monologuistas. La primera, la de los chistosos que  recordaban a la peña la ‘brasa’ que suelen dar los argentinos hablando de psiquiatría, de fútbol y de mujeres. La segunda, la de quienes expresaban su asombro (un poco con tono desganado, con fingida indiferencia) ante el ‘inusitado’ interés que despertaba la elección de un papa entre personas teóricamente alejadas de la condición de creyentes y del ámbito católico.<br />
Ocurre que como es sabido, la elección de Sumo Pontífice no es solo un acontecimiento religioso. El simple nombre de Roma simboliza mucho más que una fe y una tradición. Los orígenes de la Iglesia se remontan veinte siglos atrás y se extienden, para lo bueno y para lo malo, sobre la historia de Europa y de los cinco continentes.<br />
Según explicaba Indro Montanelli al relatar las vicisitudes de Roma tras el emperador Constantino, muchas de las estructuras de poder hasta entonces en manos de los prefectos, ya en declive, las asumían y desempeñaban mejor los obispos, que constituían un poder paralelo al civil más efectivo, organizado y disciplinado que el de la antigua Roma. «La Iglesia era notoriamente», escribe Montanelli, «la heredera designada y natural del Imperio en colapso. Los hebreos le habían dado una ética; Grecia, una filosofía y Roma le estaba dando su lengua, su espíritu práctico y organizador, su liturgia y su jerarquía». Quienes ayer se asombraban por la expectación que despierta en el mundo la elección de un nuevo papa deben tener en cuenta que ese ceremonial lo genera una institución sustentada en los pilares básicos de la historia occidental: el pasado judío, la sabiduría de Grecia y el poder de Roma.<br />
La grandeza litúrgica de estos días en el Vaticano trasciende lo acertado o no de la elección que, por otra parte, ¿quién puede  establecerla ahora? Va más allá del ‘argumento’ de la obra, si cabe recurrir a tal analogía.   No atrae a las masas por la grandiosidad de la Capilla Sixtina y del propio Vaticano, ni por las resonancias del latín. No atrae por el fulgor de la liturgia; ni por el atractivo misterioso e inquietante de la misión que se le encomienda a un hombre –a un simple mortal– llamado a ser el siervo de los siervos de Dios. No atrae por nada de eso y por todo ello a la vez. La atracción seguirá funcionando, deslumbrando al mundo, en sucesivos cónclaves, a través de los siglos, aunque cambien detalles escenográficos, epidérmicos, funcionales&#8230; Es la renovación de una fe y de una institución con larga historia.</p>
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