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	<title>GRATIS TOTALperiodismo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Cáceres y la hoja roja</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2021 11:10:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace un par de semanas leí en HOY una de esas informaciones que justifican, sin rimbombancias ni sensacionalismo, la necesidad de un periodismo cercano, reivindicativo y sobre todo de utilidad para el hombre de la calle. Se trata de un reportaje de Manuel M. Núñez y María José Torrejón cuyo título resume de manera precisa [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un par de semanas leí en HOY una de esas informaciones que justifican, sin rimbombancias ni sensacionalismo, la necesidad de un periodismo cercano, reivindicativo y sobre todo de utilidad para el hombre de la calle. Se trata de un reportaje de Manuel M. Núñez y María José Torrejón cuyo título resume de manera precisa un problema sobrevenido a la ciudad de Cáceres: ‘La difícil misión de encontrar un baño público abierto’. El cierre de los bares por la pandemia y el de aseos públicos como el situado en el Parque de Gloria Fuertes (antes de Calvo Sotelo) en la céntrica Avenida de España se traduce en restricciones que deja a muchos mayores, taxistas, repartidores, visitantes que están lejos de casa… sin el recurso de unos w.c. donde orinar o hacer frente a «algo tan sencillo como un apretón».</p>
<p>Los dos periodistas recorren a través del testimonio de Antonio del Barco, vecino de Mejostilla, los organismos públicos, establecimientos o instituciones en los que resulta posible acceder o no a los aseos. En alguno de tales organismos la excusa esgrimida fue que el acceso a las dependencias solo funciona con cita previa, «algo que en el caso de los baños no es operativo por razones obvias», concluyen M.M.N. y M.J.T. con sutil retranca.</p>
<p>Según explican, la chispa que terminó de concienciar a este vecino de Mejostilla, también pensionista, fue la escena sufrida por un hombre de casi ochenta años que había viajado a Cáceres desde La Vera para unos trámites oficiales. El anciano pidió permiso para entrar al baño y se lo denegaron. A este buen samaritano le pareció que aquel hombre estaba tan desconcertado y sin saber qué hacer que de inmediato se ofreció a acompañarle hasta el cercano paseo de Cánovas para que al menos pudiese orinar aunque fuese «tapado en el seto». Sin embargo, por pudor o por otra razón, no lo hizo y terminó aguantándose las ganas.</p>
<p>Estos episodios me trasladan a los tiempos de ‘La hoja roja’, de Delibes, en aquella capital de provincia donde el protagonista, el viejo Eloy, recomendaba a su amigo Isaías ante las dificultades intestinales «que bajase a la espesura del parque para evacuar de madrugada porque la naturaleza era el mejor regulador», a lo que su amigo replicaba acalorado «que eso no, que eso, como todo, iba en temperamentos».</p>
<p>A nuestros mayores seguramente les ha salido durante la pandemia aquella hoja roja que avisaba de que el papel de fumar estaba en las últimas. Una metáfora amarga. Yo creo que pasear por la ciudad y convivir en libertad son la mejor vacuna para combatir la melancolía y el derrotismo. Ojalá dentro de pocas semanas la primera inquietud para quienes recorren Cáceres sea algo tan ‘solucionable’ como encontrar un baño público abierto y no el desasosiego de esa ‘hoja roja’, de ese símbolo que cubría de desazón y acongojaba al personaje de Delibes.</p>
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		<title>Algo ufano</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Feb 2019 09:14:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Durante mis años al frente de una redacción periodística me tocó repetir muchas veces aquello de que, desde la perspectiva informativa, no hay tema malo, sino asunto mal o bien tratado periodísticamente. Otra cosa es si hablamos de opinión. Cuando se escribe un artículo de opinión, quizás la primera dificultad no sea escoger un tema [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante mis años al frente de una redacción periodística me tocó repetir muchas veces aquello de que, desde la perspectiva informativa, no hay tema malo, sino asunto mal o bien tratado periodísticamente. Otra cosa es si hablamos de opinión. Cuando se escribe un artículo de opinión, quizás la primera dificultad no sea escoger un tema atractivo, singular, extraordinario, sino sustraerse a la tentación de escribir también acerca de los asuntos que ocupan la atención general hasta erigirse en el ‘tema del día’. Y no tanto por incurrir en esas cuestiones de las que ‘habla todo el mundo’, sino por evitar el riesgo de abordarlo desde el mismo enfoque o sin enriquecerlo con una mirada personal. Nuestra «palabra en el tiempo», que diría Machado.</p>
<p>Pienso en esas cosas porque a la hora en que escribo esta columna lo que de verdad me resulta complicado es ‘no escribir’ hoy, por ejemplo, sobre el libro de Pedro Sánchez y la formidable legión de glosadores crecidos al calor de las redes sociales. Acaso se precisa la resistencia de Ulises amarrado al mástil frente al canto de las sirenas para no lanzarse al oleaje. Soy incapaz de resistirme sin embargo a reproducir un par de tuits que resumen, vía humor, la dimensión del escrutinio crítico. El primero, de Carmen Caesaris: «Por lo menos San Juan de la Cruz y Fray Luis de León son TT [‘trending topic’]. No hay mal que por bien no venga». Y el segundo, de Juan Soto Ivars: «El libro de Pedro Sánchez no lo escribió un negro, lo escribió un trol».</p>
<p>Ocurre que antes de escribir columnas de opinión, al menos en mi caso, más que musas dicharacheras o sirenas cantarinas, lo que me rodea cada semana son interrogantes e incertidumbres. ¿Atinaré con el tema? ¿Mejor parapetarse en una prosa transparente, directa y categórica? ¿Optar por el humor y sugerir tan solo preguntas en vez de certezas? ¿Trascender la actualidad y la mera anécdota para buscar lo intemporal y lo perdurable? ¿Hablar del yo o del vosotros? ¿Únicamente de lo propio o de lo común? ¿Lo esencial o lo circunstancial? ¿El retrato o la caricatura?</p>
<p>Esta mañana temprano, durante la caminata saludable prescrita por el médico, me crucé con un amigo a quien no veía desde hace tiempo. «No quiero interrumpirte», ha dicho con un gesto de disculpa mientras me sujetaba el brazo. «Leo todas las semanas tus artículos, son muy sustanciosos e ilustrativos». Le he dado las gracias afectuosamente y hemos seguido cada uno su ruta. Lo primero que he hecho ha sido anotar en un papelito, por si se me olvidaba, los dos adjetivos que ha empleado para calificar estos escritos: «sustanciosos» e «ilustrativos». Reflexionando sobre el asunto de las dudas y los artículos de opinión, descubro que las palabras del amigo hacen que camine más ligero, casi corriendo, y que además de la alegría del elogio, acaba de regalarme el tema para esta misma columna. Algo ufano, ¿cómo no estarlo?, sé que la mirada de hoy es ineludiblemente personal. Perdón por la flaqueza. ¿Pero en fin, cuánta es mi ufanía comparada con otras que pueblan la actualidad? Juzguen ustedes.</p>
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		<title>Hasta la vista</title>
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		<pubDate>Thu, 17 May 2018 18:26:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[ME gustan las citas literarias, aunque no por el halo erudito que se les atribuye, me gustan porque equivalen al boceto del pintor ejercitando la mano o al ejercicio del pianista que perfecciona su práctica ‘haciendo dedos’. Las citas son un motivo, el punto de partida para reflexionar sobre algún tema interesante, asediar las fortalezas [&#8230;]]]></description>
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<div>ME gustan las citas literarias, aunque no por el halo erudito que se les atribuye, me gustan porque equivalen al boceto del pintor ejercitando la mano o al ejercicio del pianista que perfecciona su práctica ‘haciendo dedos’. Las citas son un motivo, el punto de partida para reflexionar sobre algún tema interesante, asediar las fortalezas de la razón y desarrollar el argumento a partir de ese pie forzado. Quiero decir que antes que un tintineo en mitad del texto la cita para mí es una sugerencia, la melodía de una canción que intento adivinar más allá del estribillo.</div>
<div>Durante años he guardado una cita de Kalil Gibran para esta hora en que a uno le toca recoger las cosas de su despacho y cerrar una larga etapa laboral. La cita es sencilla como una pregunta breve, pero densa como las viejas cuestiones filosóficas que trascienden lo anecdóticamente personal: «¿Alguien es capaz de abandonar un edificio en cuya construcción gastó toda su vida, aunque ese edificio sea su propia prisión?».</div>
<div>Permitidme que me demore algo en contestar.</div>
<div>Mientras expurgo papeles, reviso viejas fotos, releo cartas, archivo recortes de prensa o repaso algunas anotaciones de agendas y cuadernos se me atropellan en la memoria un borbotón de recuerdos. «¿Qué sientes ahora, cuando vas a dejar tu despacho de toda la vida?», me preguntan los compañeros. «Muchos sentimientos encontrados», es lo único que acierto a responder. Y enseguida me salen al paso otra vez las palabras de Kalil Gibran. Estoy a punto de decir adiós a un edificio, a un trabajo, a una responsabilidad profesional en cuya construcción gasté toda una vida (más de tres décadas en el diario HOY) que ha representado para mí a ratos una prisión pero también un paraíso. Mucho esfuerzo, jornadas maratonianas, historias vivas. Pero al mismo tiempo la impagable satisfacción de un trabajo vocacional y acaso la íntima vanidad –sin falsas humildades– del deber cumplido. De haber entregado «el mensaje a García», por resumirlo con el título del legendario artículo de prensa que contaba la historia del soldado Rowan.</div>
<div>Sentimientos encontrados. Cárcel y paraíso. Esfuerzo y disfrute. Aunque en la tesitura de concentrar en pocas palabras una extensa trayectoria profesional lo mejor es recurrir a la fórmula de Woody Allen: «Hice un curso sobre lectura rápida y leí ‘Guerra y Paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia». Mejor un suelto que un editorial. Preferible la columna a la tribuna. En realidad, la fórmula óptima es la de Groucho Marx, que tituló sus memorias: ‘¡Hola y adiós!’ Pero me parecería un exceso y hasta una petulancia plagiarle el título a ese genio del ingenio entre otras razones porque en aquel libro, de más de 400 palabras, él repasaba toda una vida y aquí el que suscribe únicamente quiere dar cuenta de una jubilación profesional pero de ningún adiós. Como me repiten efusivamente estos días: «Enhorabuena, pasas a mejor vida», pero no me despido… De hecho voy a seguir colaborando con HOY y publicando todos los jueves esta columna.</div>
<div>Así que hasta la vista.</div>
</div>
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		<title>Entrevistas, escritores y géneros con futuro</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2018 16:51:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[EN su columna del pasado fin de semana en ‘El País’ se lamentaba Javier Marías –sin perder el humor, eso sí– de los excesos y descortesías que sufre por parte de algunos lectores o entusiastas que se consideran con derecho a requerirle tareas o dedicación que exceden no solo el sentido común sino su propio [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>EN su columna del pasado fin de semana en ‘El País’ se lamentaba Javier Marías –sin perder el humor, eso sí– de los excesos y descortesías que sufre por parte de algunos lectores o entusiastas que se consideran con derecho a requerirle tareas o dedicación que exceden no solo el sentido común sino su propio tiempo disponible. La columna se titula ‘<a href="https://elpais.com/elpais/2018/04/10/eps/1523360384_495373.html">Quitarse de la educación</a>’.<br />
Los episodios de ese nutrido catálogo de falsos devotos y ‘plastas’ que relaciona Marías me recordaron enseguida la conocida frase-excusa tras la que se parapetaba William Faulkner ante el abuso incontinente de los admiradores: «Este es un país libre. La gente tiene derecho a enviarme cartas y yo tengo derecho a no abrirlas».<br />
Puede parecer una postura bastante radical y políticamente incorrecta para alguien que vive como suele decirse «de cara al público», y más en estos tiempos de promociones constantes en los que tanto autores como obras deben aspirar a las mayores cotas de ‘visibilidad’ y escaparates mediáticos. No sé la causa, supongo que será una cuestión de carácter, pero yo me solidarizo enseguida con esos escritores a quienes las tareas de promoción siempre les resultan algo secundario, una especie de derivación ‘comercial’ que supera su compromiso esencial: escribir un buen texto, sea el que sea.<br />
Sin llegar a casos extremos como el de J. D. Salinger –alejado además de periodistas y admiradores, del resto del mundo– conozco a novelistas, poetas, pintores, filósofos&#8230; para quienes la simple obligación de sentarse en una caseta promocional y firmar libros constituye una prueba casi insuperable de pudor. No digamos nada de lo que les supone responder a cualquier entrevista apresurada, ‘ligera’ y convencional.<br />
En 1981 Gabriel García Márquez publicó en ‘El País’ «<a href="https://elpais.com/diario/1981/07/15/opinion/363996011_850215.html">¿Una entrevista? No, gracias</a>», donde argumenta y resume con ilustrativos ejemplos sus reticencias respecto a ese género periodístico: «Cuando se tiene que conceder un promedio de una entrevista mensual durante doce años, uno termina por desarrollar otra clase de imaginación especial para que todas no sean la misma entrevista repetida. En realidad», añade García Márquez, «el género de la entrevista abandonó hace mucho los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción».<br />
Aún recuerdo la época en que no era nada extraño que algún personaje célebre (eso sí, del mundo de la cultura, no del espectáculo&#8230;) sugería que estaba dispuesto a contestar la entrevista «pero con cuestionario», y resultaba sincero en su justificación: No lo hacía por «miedo a» sino para ser preciso y no caer torpemente en la generalidad o en el tópico. Entrevistas con enjundia, sin materiales de aluvión y fecha de caducidad. Textos con ‘opiniones contundentes’, igual que las del famoso libro de Nabokov.<br />
Así que en tiempos de prisas y regates en corto, creo que tienen más porvenir en los escaparates mediáticos los tuiteros con ingenio que cualquier ilustrado que reflexione con rigor, amplitud y precisión. No son materiales equivalentes.</p>
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		<title>No es serpiente, es Pesesín</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jul 2017 18:25:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En periodismo hay un género clásico que sobrevive a la propia evolución de los medios: la serpiente de verano. Me refiero a ese tipo de noticias sin excesiva relevancia, vinculadas a las vacaciones y bastante llamativas, a las que en casi todas las Redacciones se acudía en socorro ante la escasez de hechos destacados. La ‘serpiente de verano’ podía ser el avistamiento de ovnis, los excesos de ciertas fiestas ancestrales en lugares remotos o las noticias alarmantes sobre el abandono de mascotas en periodo estival.<br />
En estos tiempos de plena transición entre el soporte papel y los soportes digitales, el periodismo no ha renunciado a las serpientes de verano, aunque tal vez sí reclama para ellas un carácter esencialmente de entretenimiento y una procedencia preferente: el universo digital y las redes sociales. Más que en las páginas impresas de los periódicos el hábitat ideal para reproducirse la especie son las redes sociales. La galaxia digital.<br />
¿Por qué digo todo esto? Por la historia de Pesesín, de la que ayer se hacía eco ‘El País’. En pocas palabras: el dueño de un pez (que resultó ser dueña) se va de vacaciones y deja en el descansillo del edificio donde vive un pececito en su pecera junto a un bote de comida y un cartel con instrucciones sobre cómo cuidarlo: «¡Hola vecinos! me voy de vacaciones y no me dejan llevarme a PESESÍN. Necesito vuestra ayuda para que le deis de comer. Solo se le debe echar una vez al día. Dejo la comida y un cuadro para saber cuándo comió». Hasta ahí los primeros datos. ¿Pero en qué momento el cartel y el pez se convierten en algo más que la anécdota de una comunidad de vecinos? Justo en el instante en que la tuitera @Nuria_GMz, vecina también de ese bloque de pisos, decide subir a la Red un tuit con un par de fotos contando la historia que hasta ahora, mientras escribo, ha logrado ya más de mil comentarios, 50.000 retuits y 87.000 ‘me gusta’.<br />
Aparte de otros detalles sobre las opiniones de los tuiteros respecto al comportamiento de la persona dueña del pez, ‘El País’ informa también de que hasta la Policía Nacional a través de su perfil de Twitter se hace eco de la historia recordando (con humor y emoticono incluido) que «¡Siempre hay una alternativa al abandono animal!».<br />
Desde luego, mil veces mejor estas ‘noticias’ que las habituales también durante julio y agosto de ancianos ‘abandonados’ en sus domicilios o en los hospitales de las grandes ciudades porque sus familias no pueden hacerse cargo de ellos en vacaciones&#8230;<br />
Los dioses me libren de la demagogia o de la argumentación tramposa. Yo no critico que asuntos tan ‘ligeros’ como el de Pesesín conciten el interés de miles de tuiteros y dediquen su tiempo a comentar y entretenerse con la historia del pececito. Aunque se asemeje a las serpientes de verano. ¿Cómo no preferir, por ejemplo, esta historia frente al espectáculo indecoroso del grupo de dirigentes independentistas catalanes que se empeñan en disparatar hoy menos que mañana?</p>
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		<title>De Séneca a Azarías</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jun 2017 19:10:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Me parece que Internet y el universo de las redes sociales se asemeja a los tiempos de los pasquines y de las pintadas. Una época en que el rumor, las medias verdades y la información descontextualizada circulaban igual que la moneda de curso legal. En determinadas circunstancias (bajo una feroz censura o un poder absoluto) [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me parece que Internet y el universo de las redes sociales se asemeja a los tiempos de los pasquines y de las pintadas. Una época en que el rumor, las medias verdades y la información descontextualizada circulaban igual que la moneda de curso legal. En determinadas circunstancias (bajo una feroz censura o un poder absoluto) supongo que los pasquines cumplieron su papel –valga la expresión– igual que las pintadas en las paredes. Para difundir eslóganes nada mejor que un muro, de ladrillo o de Facebook. Que se lo cuenten a los jóvenes de Mayo del 68 cuando pedían «¡Levantad los adoquines que debajo está la playa!» o a esos precursores de Banksy que ironizaron en el Londres de 1975 con otra pintada memorable: «Dios no está muerto: está vivo, saludable y trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso».<br />
El universo de las redes sociales suscita firmes reticencias porque la información que nos llega a través de nuestras cuentas no suele estar jerarquizada (su carácter en un porcentaje altísimo es aleatorio, azaroso, circunstancial); puede tratarse de datos no confirmados y para muchos usuarios, además, las redes sociales ‘ocupan’ un espacio y un tiempo que no pueden dedicar a otras propuestas informativas o de comunicación mejor estructuradas, más fiables y rigurosas. Menos líquidas.<br />
En mi opinión las redes sociales están destinadas a convertirse<br />
–probablemente lo son ya– en grandes herramientas de entretenimiento y diversión. Muy aptas para la propagación de memes, chistes, chascarrillos, nimiedades y otros subproductos de bajo coste. Por decirlo como Paco el Bajo en ‘Los santos inocentes’ cuando disculpaba a su cuñado Azarías: desengáñese, señorito Iván, para la paloma vale pero para la perdiz es corto de entendederas.<br />
Una de las cosas que peor llevo en las redes sociales es la práctica del machaqueo: esos profesionales del Twitter o del Facebook que se pasan el día con el mismo sonsonete. En modo martillo pilón o picador de almendrilla. Entusiastas del bombo y de la propaganda a los que jamás les entraría en la cabeza aquel famoso reproche de Alberto Moravia: «Curiosamente los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado».<br />
Sin embargo, reconozco que me gusta Internet en general aunque solo sea por lo que ha aportado al mundo de la comunicación y sus enormes potencialidades. Debo insistir también en que mis reticencias respecto a las redes sociales tienen que ver más con el uso furtivo que se hace de ellas que con su carácter.<br />
Así como Séneca decía al hablar de los vicios que son propios «de los hombres, no de los tiempos» puede decirse que el problema de las redes sociales no radica en su naturaleza sino en la utilización que hacemos de ellas, en el fin al que las destinamos. Aunque sospecho que si Séneca viviera en el siglo XXI y observara a millones de personas en todo el mundo consultando ensimismadas cada poco tiempo un dispositivo móvil, tal vez cambiaba de opinión.</p>
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		<title>La carta traspapelada</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jun 2017 19:00:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[CUENTA el poeta, crítico y profesor José Luis García Martín que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>CUENTA el poeta, crítico y profesor <a href="https://www.facebook.com/joseluis.garciamartin.77?fref=nf&amp;pnref=story">José Luis García Martín</a> que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en 1976.<br />
Este episodio del documento traspapelado me resulta cercano por la arraigada costumbre de guardar entre las páginas de los libros diversas notas, reseñas, cartas, entrevistas&#8230; relativas a la obra o al autor. Mi último ‘hallazgo’ de una carta oculta o traspapelada tiene que ver con el novelista <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Garc%C3%ADa_Hortelano">Juan García Hortelano</a> y también, me parece, con el oficio del periodismo. Se lo voy a contar.<br />
A finales de 1986 tuve que cubrir informativamente un seminario internacional sobre el puente romano de Alcántara que se celebraba en esa localidad cacereña. Un trabajo digamos que rutinario, sin relieve especial&#8230; Cumplida la tarea, la jornada me reservaba sin embargo un regalo imprevisto: entre los invitados al encuentro figuraba un escritor famoso no por sus publicaciones sobre las estructuras de puentes y acueductos sino por ser el autor de obras tan apreciables como ‘Tormenta de verano’, ‘El gran momento de Mary Tribune’, ‘Los vaqueros en el pozo’ o ‘Gramática parda’. He tenido suerte, pensé.<br />
Resulta que Juan García Hortelano asistía a las jornadas en calidad de jefe de publicaciones del Centro de Estudios Históricos del MOPU (Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo). El caso es que a mí me faltó tiempo para proponerle una entrevista y a él le sobró cordialidad y disposición para aceptarla de inmediato, gustosamente. «Si te parece» dijo mientras me tomaba del brazo, «charlamos y paseamos un rato».<br />
Así que caminando sobre las lanchas lustrosas y las lápidas del claustro del <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Convento_de_San_Benito_(Alc%C3%A1ntara)">Conventual de San Benito</a>, Juan García Hortelano me habló de su experiencia novelística, de su trayectoria narrativa, de sus manías o de su incredulidad respecto a la muerte de la novela. Desgranó opiniones sobre la generación del medio siglo y los novelistas del socialrealismo, recordó anécdotas divertidas de la amistad con Carlos Barral, habló de sus lecturas habituales o de su interés por hacer novelas bien escritas pero sin aburrir&#8230;<br />
Funcionario público desde el año 1953, García Hortelano aseguraba entonces que su trabajo en un organismo oficial era la constatación «clarísima» de que en España no se puede vivir de la literatura. Y lo reconocía sin poses ni rimbombancias afectadas, sino a la inversa, confesándose partidario del «trabajo de ‘ganapán’, que se ha dicho toda la vida&#8230;».<br />
A los pocos días publiqué una amplia entrevista con el autor de ‘Gramática parda’ y se la envíe a Madrid, a su domicilio de la calle Gaztambide. Poco después me remitió una carta dándome las gracias por la entrevista y felicitándome «por tu oficio, tan difícil de ejercer a la hora de la página impresa». Esa carta ha dormido ‘traspapelada’ entre las hojas de ‘El gran momento de Mary Tribune’ desde diciembre de 1986. Hasta ayer mismo.</p>
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		<title>A los del lado oscuro</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jun 2016 21:14:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La condena a quienes se dedican a insultar amparados en el anonimato de los foros digitales resulta ya asunto recurrente y lleva camino de convertirse en un nuevo género literario. ¿Quién no ha maldecido la despreciable tarea del trol que arremete con ánimo malicioso e injurioso? El último escritor al que he leído quejarse amargamente de esta práctica es a Felipe Benítez Reyes, que el sábado pasado firmaba su columna en HOY con el título ‘Los ocultos’ y en la que advertía: «Lees en pantalla un artículo o una noticia y sabes que lo espeluznante empieza tras su punto final, en esa sección de comentarios en que unos seres con nombre de robot o de mascota exhiben su desprecio no ya por la gramática y la ortografía, no ya por el criterio ajeno, no ya por las técnicas budistas de control sobre las emociones, no ya tal vez por sí mismos, sino también, y sobre todo, por la facultad de distinguir un razonamiento de un vómito» (&#8230;) «Gente que solo hecha espumarajos por el pensamiento cuando se siente a salvo en su cueva, bajo el amparo de un pseudónimo».<br />
Supongo que ya habrá alguien preparando la correspondiente antología de textos en los que se condena y refuta a los troles odiosos. Sin embargo hay que reconocer que no estamos ante una práctica nueva; lo nuevo es el canal o los medios a través de los  que se insulta o se emborrona la inteligencia. Los insultos supongo que tienen la misma edad que la humanidad. Y  son insoportables cuando no lucen el blindaje del humor sino únicamente la carga de la maldad, del daño gratuito, del puro energumenismo zoquete. ¿Quién no ha disfrutado por ejemplo con el ingenio y la inteligencia que revelan los legendarios insultos que recoge Borges en ‘Arte de injuriar’? Como aquellas palabras que él atribuye al doctor Johnson: «Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando». La quintaesencia de la injuria. O la reacción del caballero al que en una discusión «teológica o literaria», le arrojan a la cara un vaso de vino y sin inmutarse contesta al ofensor: «Esto, señor, es una digresión; espero su argumento». ¿Alguien imagina una respuesta equivalente ante el trol que garabatea sus infamias en un foro digital?<br />
Lo mejor es la callada por respuesta. Antes y ahora. «De todas las reacciones posibles ante la injuria, la más hábil y económica es el silencio». La frase no pertenece a ningún consultor o experto en foros digitales y redes sociales. Esa frase la acuñó el sabio español Santiago Ramón y Cajal, aunque acaso pueda resultar chocante en un país donde ha alcanzado categoría de lema nacional una consigna con variantes paradójicas: «Que hablen de uno aunque sea bien» y «Que hablen de uno aunque sea mal».<br />
De todas formas, yo creo que lo peor de los troles no son los atentados mostrencos a la buena educación sino sus disparates contra la inteligencia. Y en ese sentido, aún sin proponérselo, ellos también forman parte de un ecosistema a cuya mejora contribuyen indirectamente porque ayudan a que la luz y la razón se sobrepongan a las sombras.</p>
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		<title>Salir igual que Tarzán</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Apr 2016 19:37:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La actualidad, como los viejos molinillos de café, es una máquina que tritura información a toda pastilla. Bueno, más que una máquina es una gran fábrica donde funcionan 24 horas al día y 365 días al año las batidoras de las televisiones, los digitales, los diarios de prensa, las emisoras de radio, las redes sociales&#8230; [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La actualidad, como los viejos molinillos de café, es una máquina que tritura información a toda pastilla. Bueno, más que una máquina es una gran fábrica donde funcionan 24 horas al día y 365 días al año las batidoras de las televisiones, los digitales, los diarios de prensa, las emisoras de radio, las redes sociales&#8230; y hasta los grupos de wasap. El fruto del colosal pandemónium no es sin embargo más información o más conocimiento, sino un desarrollo gigantesco de la sociedad del espectáculo y de la superficialidad, con el consumo de ‘ligerezas’ (vivimos bajo la advocación de lo ‘ligth’) como norma fundacional.<br />
Con ese panorama tienen razón quienes defienden que se lee  y se escribe bastante más que en otras épocas, pero no intenten averiguar qué es lo que se lee, se ve, se oye y se escribe a no ser que quieran deprimirse.<br />
En otras muchas ocasiones defendí precisamente la capacidad de los medios regionales para sobrevivir como verdaderos héroes en un ecosistema cada día más tóxico y vulgarizado. Lo que suele denominarse de manera perdonavidas y displicente como ‘prensa regional’ o ‘prensa de provincias’ se ha revelado en realidad como el sistema casi perfecto y en posesión de los dos vectores que hacen sostenible y blindan el modelo: la cercanía al lector y la calidad humana de su oferta. Un modelo que permite la convivencia de los grandes temas o las entrevistas a los grandes personajes por ejemplo con la crónica más doméstica y hasta entrañable de la vida municipal.<br />
Confieso que me han suscitado estas reflexiones un viejo artículo que tengo a la vista acerca de los dichos y del particularísimo lenguaje que utilizaba un dirigente sindical y exconcejal del Ayuntamiento de Cáceres, Miguel Ángel Rubio a raíz de la huelga general que convocaron los sindicatos CC OO y UGT el 28-M, coincidiendo con los 10 años del PSOE en el Gobierno de la nación. Los periodistas le preguntaron   si iba a haber piquetes ese día y él, con su particular gracejo contestó: «Una huelga sin piquetes es como una feria sin cacharritos».<br />
Amigo de los refranes y de las sentencias rotundas, en ese artículo del año 1992 se recordaba también que Rubio utilizaba una expresión muy gráfica para explicar dónde había que estar situado para conocer los  acontecimientos claves: «en la ‘cúpula’ de la pirámide&#8230;».<br />
Los periodistas tenían en el veterano dirigente sindical una fuente impagable de buenos testimonios. Acababa de salir de una sesión del Consejo Social de la Universidad y como vio que le miraban sorprendidos por llevar puesta una corbata les dijo: «Cuando la marrana se lava la cara todo el mundo repara». O aquella sentencia-resumen al dejar de ser concejal de Urbanismo: «Yo entré y salí del Ayuntamiento igual que Tarzán, con una mano delante y otra detrás».<br />
No quiero reivindicar ahora la actitud de Miguel Ángel Rubio, que también, sino el valor de un periodismo capaz de reflejar la actualidad en sus distintos ámbitos: municipal, político, deportivo, cultural&#8230; con el grado de humanidad y cercanía de aquel artículo dedicado a Miguel Ángel y a sus dichos.     </p>
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		<title>El &#039;otro&#039; síndrome Stendhal</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Mar 2016 21:04:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[AQUELLO que repetían los viejos manuales periodísticos de que las buenas noticias no son noticia es un tópico con cierta parte de verdad. La realidad más triste es la más real. Basta con mirar a Bruselas, igual que ayer a París. Lo más real es lo que más nos emociona, lo que nos conmueve de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>AQUELLO que repetían los viejos manuales periodísticos de que las buenas noticias no son noticia es un tópico con cierta parte de verdad. La realidad más triste es la más real. Basta con mirar a <a href="http://www.hoy.es/internacional/union-europea/201603/24/policia-sospecha-hubo-segundo-20160324100416-rc.html" target="_blank">Bruselas</a>, igual que ayer a <a href="http://www.hoy.es/fotos/internacional/201603/18/capturado-bruselas-salah-abdeslam-30131747001-mm.html" target="_blank">París</a>. Lo más real es lo que más nos emociona, lo que nos conmueve de manera más profunda. Lo saben de sobra los escritores y todos aquellos convencidos de que resulta más fructífera la tristeza a la hora de crear que la alegría. A lo largo de la historia ha generado bastante más literatura el desengaño que la felicidad.<br />
Cuenta <a href="https://fr.wikipedia.org/wiki/B%C3%A9atrice_Didier" target="_blank">Béatrice Didier</a> en un ensayo acerca de la escritura de diarios personales que el propio <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Stendhal" target="_blank">Stendhal</a> anota en un momento: «He dejado de escribir los recuerdos tiernos, me he dado cuenta de que eso los estropeaba». Pero enseguida puntualiza Didier: «Es un arrebato de mal humor de un chico joven, una decisión que no pondrá en práctica». Bien pensado, esa reacción podría sustentar y dar nombre a «otro síndrome Stendhal» pero a la inversa: el de aquellos profesionales obligados a registrar en los medios de comunicación los actos atroces y despiadados de una realidad como la que dibuja en el horizonte el terrorismo yihadista y radical.<br />
Supongo que a muchos periodistas les gustaría en estos tiempos de  tragedias humanas plantearse como el joven Stendhal la decisión de obviar aquello que no le resulta conveniente para su relato. Aunque (como en su caso) la decisión solo puede quedarse en el territorio de los deseos inconsistentes. Nadie puede mirar para otro lado, aunque quisiera. Ahí radica precisamente la grandeza y la miseria de este oficio, el periodismo. El foco no puede centrarse solo en los recuerdos tiernos ni en los otros. Porque la vida sigue, no se detiene. Y es buena gana barajar desde la prensa, desde los medios de comunicación en general, la pervivencia de una visión ‘tierna’ o ‘feroz’ de la vida. No es distanciamiento cínico ni insensibilidad. La realidad es la que es y a los periodistas les corresponde contarla de la manera más veraz, comprensible y completa. De lo que ocurra en días sucesivos ya nos avisó Cervantes: «No hay recuerdo que el tiempo no borre ni pena que la muerte no acabe».<br />
Ahora es el dolor, la desazón, quien impera. Pero quizás quepa más espacio para el optimismo. Un artículo de <a href="http://www.bez.es/236730715/Daesh-y-la-sociedad-del-cansancio.html?origin=newsletter&#038;id=20&#038;tipo=3&#038;identificador=236730715&#038;id_boletin=127658959&#038;cod_suscriptor=864091503&#038;email=jdfernandez@hoy.es" target="_blank">Teresa Amor y Luis Serrano</a> en el digital ‘Bez’ sostiene que la violencia de los yihadistas cada vez obtendrá «menos atención mediática» y citan entre otras razones para justificar ese hecho la saturación de información que proporcionan las redes sociales y su consumo atropellado, sin tiempo de analizar y profundizar en sus causas. La velocidad con que se consume la información a través de las redes opera en un doble sentido respecto al hecho terrorista: por un lado contribuye a su divulgación masiva pero por otro lo convierte en ‘rutina’. Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿Habrá quien prefiera incluso obviar la ‘guerra terrorista’?</p>
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