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	<title>GRATIS TOTALpiedad &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Sobre la piedad</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Feb 2015 19:35:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Se nos advierte una y otra vez que vivimos en sociedades competitivas y que avanzamos de forma irremediable hacia modelos de convivencia en los que primará el individualismo feroz. Puede ser. Sin embargo, nadie es una isla y a este mundo únicamente se llega formando parte del eslabón de una cadena que se remonta a la noche de los tiempos, a nuestra aparición como especie. De ahí el poco aprecio que me suscitan los nacionalismos aldeanos y la visión alicorta de los dominados por el racismo étnico. ¿Qué mayor riqueza que el mestizaje de sangre y la ancestral sabiduría acumulada por pueblos y generaciones? Preferiría mil veces tener antepasados que hubieran emparentado con griegos, fenicios, celtas, iberos, vetones, romanos, judíos&#8230; que aborígenes aislados en un terruño donde hace unos cuantos siglos empezaron a bajarse de los árboles.  <br />
Sin embargo, hoy no quiero hablar del pecado nacionalista ni de los modelos sociales que deshumanizan al hombre obligándole a unas condiciones de vida poco respetuosas con los valores esenciales. «El hombre es superior a las bestias no porque las pueda hacer sufrir, sino porque es capaz de compadecerlas», nos explica Schopenhauer. La capacidad de piedad nos diferencia de los animales no por el consabido «él no lo haría», lema de la campaña contra el abandono de perros, sino porque el hombre es capaz de apiadarse de los animales y de sus semejantes. De compasión racional, inteligente, no solo ‘instintiva’. Es cierto que suena a frase hecha, a lugar común el dicho: «vivimos en un mundo despiadado», pero hay que reconocer que expresa la realidad socioeconómica de un modelo que, cual pieza de caza, lleva plomo en las alas, el ave al que un disparo precipitará al suelo. Me parece que criticar lo ‘despiadado’ de nuestro mundo no es incurrir en una apreciación ideológica, acaso ni política. Es constatar la evidencia.<br />
En esta nave de la globalización que es la vida, con la solidaridad encapsulada y sorteando la deriva hacia un individualismo feroz se torna urgente la piedad. Y no me refiero a esa piedad mansurrona del meapilismo de escaparate, sino a la piedad evangélica, la piedad de las bienaventuranzas y de quien de verdad se conduele y empatiza con los que padecen y necesitan ayuda.<br />
Igual que hay empresas que establecen controles de calidad para sus productos, las sociedades deberían fijar criterios verificables para establecer el nivel de piedad –no de caridad o de limosnas económicas– que registra la existencia de sus ciudadanos. Una especie de ITV moral vinculada no solo a la justicia, sino a la política, a la economía, a lo cotidiano&#8230; La piedad es más fuerte que el perdón y que el odio, y más enriquecedora que el olvido. Una sociedad que no ha borrado de su memoria colectiva el sentimiento y el valor de la piedad es una sociedad con futuro. Pero una piedad que no se utilice mercantilmente o de moneda de cambio. Una piedad que no conduzca, mirando alrededor, a lo que temía/presentía Joubert hace 200 años: «Unos quieren lo que es injusto; otros, lo que es imposible».<br />
Y no señalo a nadie.</p>
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		<title>No más &#039;piedades&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 18:17:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Pocas imágenes más conmovedoras que la de ese<a href="http://www.hoy.es/v/20130417/sociedad/piedad-brabo-20130417.html" target="_blank"> padre</a> en cuclillas, vencido por el dolor y el llanto, sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo del pequeño hijo muerto cerca del hospital de Alepo, en Siria, que le ha valido un premio Pulitzer 2013 al fotoperiodista español Manu Brabo, de Associated Press. La fotografía me ha recordado otra que se produjo en la Franja de Gaza el año 2000 durante la segunda ‘intifada’ y que se convirtió inmediatamente en un icono del conflicto que enfrenta desde hace décadas a palestinos e israelíes. Pido perdón por la autocita, pero a raíz de aquella imagen que sacudió el corazón de millones de espectadores y de lectores en todo el mundo publiqué en una sección de este diario, ‘El Alambique’ –que entonces firmaba con el seudónimo de Tristán Buendía– un artículo titulado: «La nueva ‘Piedad’ en Jerusalén». Era un desahogo personal, una muestra de indignación y de tristeza ante el rostro alucinado del horror que sacudía a aquel padre, Yamal, intentando proteger con el único escudo de unos brazos escuálidos a su hijo <a href="https://www.google.es/search?q=muhammad+al+dura&#038;hl=es&#038;tbm=isch&#038;tbo=u&#038;source=univ&#038;sa=X&#038;ei=8ohxUcuMDoWohAeOmoCoAg&#038;ved=0CEQQsAQ&#038;biw=1280&#038;bih=861" target="_blank">Muhammad Al-Dura</a>, de 12 años de edad, ante la lluvia enloquecida de balas que acabó con sus vidas.<br />
«La máquina trituradora de la actualidad», reflexionaba entonces, «convertirá sus nombres dentro de pocos días en dos minúsculas sombras, casi invisibles, en el bosque del olvido. Pero en mi álbum sus imágenes amanecerán a diario, congeladas, con esa expresión de pánico y horror que compone la desventura de un padre condenado a ver morir a su pequeño hijo antes de que otras balas asesinas acaben con su propio sufrimiento. Cada vez soy más pacifista», añadía. «Y cada día más convencido, como Lanza del Vasto, el discípulo de Gandhi, de que Dios dijo: ‘No matarás’, y lo escribió en una piedra, sin márgenes al lado para que el hombre no hiciera comentarios».<br />
Una docena de años después  la guerra de Siria reedita esa ‘piedad’ insufrible y despiadada que refleja la fotografía de Manu Brabo. Otra vez el absurdo de la muerte. De un padre acunando en su regazo el cadáver ensangrentado del hijo. Una escena doblemente ‘antinatural’, que atenta contra el instinto de la vida y contra los valores consustanciales a cualquier comunidad, incluso la más bárbara y primaria.<br />
Por desgracia, no me equivoqué en 2000 cuando supuse que la serie fotográfica (extraída de una grabación que emitió el canal France 2) sobre la muerte de Yamal y de su hijo Muhammad Al-Dura sería devorada irremisiblemente por la máquina trituradora de la actualidad. La historia se repite en cada guerra, al margen de las razones que esgriman los contendientes. Aquella constatación de Marx en el plano de las revoluciones sociales: «La violencia es la partera de la historia» no parece que lleve camino de ser desmentida por los hechos. Basta reparar en algunos conflictos de las ‘primaveras árabes’ o de carácter étnico en África. Decía Lanza del Vasto que «ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». Quiero huir del pesimismo y creer que tal enseñanza acabará prendiendo en el corazón de los hombres.</p>
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