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	<title>GRATIS TOTALpolítica &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>¿Adiós a la globalización?</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2020 08:47:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>¿EN qué fase estamos? Cuando pienso en mis seres queridos, en la fase de preocupación inmediata, como todos. Desconozco si se denomina técnicamente fase de contención, de estabilización, de detección precoz&#8230; Pero sé que escampará. Alguna otra vez he dicho que procuro no perderme en el bosque de las cifras impersonales. Prefiero atender las reflexiones de quien posee formación y talento para elucubrar sobre cómo debe ser la sociedad posCOVID-19, es decir, acerca de si hemos aprendido la lección.</p>
<p>En la entrevista que el escritor Nuccio Ordine hace al filósofo Edgar Morin, el pasado domingo en &#8216;El País&#8217;, ambos pensadores están de acuerdo en que la globalización ha favorecido el desarrollo de los mercados y de las tecnologías, pero no de la fraternidad, de la solidaridad entre los países. «La pseudo-Europa de los banqueros y los tecnócratas ha masacrado los auténticos ideales europeos, cancelando cada impulso hacia una conciencia unitaria. Cada país está gestionando la pandemia de manera independiente». Morin se muestra también muy crítico con las repercusiones negativas del capitalismo, al que atribuye haber desatado «los grandes problemas del planeta: el deterioro de la bioesfera, la crisis de la democracia, el aumento de las desigualdades, la proliferación de los armamentos, los autoritarismos demagógicos».</p>
<p>Y expresa otro convencimiento, ineludible, sobre la sanidad: «No hay duda de que la sanidad tenga que ser pública y universal. En Europa, hemos sido víctimas de las directivas neoliberales a favor de una reducción de los servicios públicos. Programar la gestión de los hospitales como empresas significa concebir a los pacientes como mercancías». Basta pensar en los Estados Unidos de Trump, frente al modelo de Obama, para sentir pavor –echando la vista lejos– aunque en España algunos políticos ataron también a los perros con longanizas. Hay casos paradigmáticos.</p>
<p>Visto así, parecería que la primera enseñanza del COVID-19 es que la globalización tiene las horas contadas. Que retornaremos a modelos casi rurales, como los auspiciados por el feudalismo tras la caída del imperio romano. Nada más lejos de la realidad. Sospecho que la globalización ha venido para quedarse. ¿Para quedarse tal y como la conocemos? Desde luego que no. El historiador Yuval Noah Harari, autor de libros como &#8216;Sapiens&#8217; y &#8216;Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI&#8217;, confesaba en &#8216;XL Semanal&#8217; que no tiene sentido culpar a la globalización de la pandemia. «Desglobalizar el mundo solo nos protegería si volviéramos a vivir como en la Edad de Piedra, sin ciudades, sin agricultura. ¿Pero hay alguien que quiera esa vida?», se pregunta. Es verdad que ahora los virus viajan más rápidos, pero el mundo por suerte está mejor protegido.</p>
<p>La clave hay que buscarla en otras circunstancias. «Levantar muros, limitar el turismo y el comercio, solo sirve a corto plazo. A largo plazo, el aislacionismo lleva al colapso de nuestro sistema. El remedio contra el coronavirus», concluye Harari, «no es separarse, sino mantenerse unidos». ¿Estamos a tiempo?</p>
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		<title>Borges y los odiadores</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 08:43:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada mañana, nada más levantarme, hago el firme propósito de esquivar la sobredosis de información y de opinión que genera la pandemia del COVID-19. Así que sobrellevo el confinamiento forzoso sin reparar exhaustivamente en esa marea de datos, cifras, declaraciones institucionales, opiniones encontradas –y a veces también pura propaganda– con la que nos sobrecogen el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada mañana, nada más levantarme, hago el firme propósito de esquivar la sobredosis de información y de opinión que genera la pandemia del COVID-19. Así que sobrellevo el confinamiento forzoso sin reparar exhaustivamente en esa marea de datos, cifras, declaraciones institucionales, opiniones encontradas –y a veces también pura propaganda– con la que nos sobrecogen el ánimo a todas horas. No es que rehúya informarme e ignore el problema, al contrario. A lo que aspiro es a capear una inflación de dígitos, una catarata de abstracciones impersonales, un laberinto de curvas y de cifras que antes que serenarnos nos generan ansiedad y nos conducen al abatimiento.</p>
<p>Me parece que entre las maneras más atinadas de esquivar tal sobredosis están la lectura del periódico en papel y la de los libros. Pero existe otra forma –por omisión– de salvar dicho tsunami: eludir disciplinada y permanentemente todas las cuentas de las redes sociales en que se explayan los odiadores (conocidos con el anglicismo &#8216;haters&#8217;) que envenenan el debate político y siembran discordia y cizaña en el corazón del más templado.</p>
<p>Uno de los autores que releo con gusto es Borges. En su libro &#8216;Elogio de la sombra&#8217;, publicado en 1969, me detengo ahora en dos versículos del poema &#8216;Fragmentos de un Evangelio apócrifo&#8217;. El primero de ellos ha sido citado muchas veces por los entusiastas borgeanos: «No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz». Inevitablemente, pienso en el ruedo ibérico de nuestros días y en cuántos, a derecha e izquierda, acarician la navaja cabritera para cobrarse –verbalmente, faltaría más– los agravios, afrentas, insultos y contradicciones de anteayer o de hace décadas. La munición de los atrincherados en el &#8216;y tú más&#8217; de la dialéctica bárbara. Pienso en esa gente incapaz de anteponer la gravedad de la situación a la urgencia de su críticas. Sansón dispuesto a derribar el templo filisteo aun a costa de su vida. Pescadores en río revuelto.</p>
<p>El segundo de los versículos invita asimismo a una reflexión profunda: «No exageres el culto de la verdad: no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces». Pienso en el momento político español y creo que no es necesaria una imaginación desbordada para determinar quiénes encarnarían a la perfección la sentencia borgeana. Personajes de izquierda, de centro y de derecha. De extrema izquierda y de extrema derecha. Nacionalistas. E independentistas. Y de la Unión Europea. Guardianes de sus propios intereses.</p>
<p>La disyuntiva entre lo urgente y lo importante corre riesgo de convertirse en un guirigay si se antepone el interés partidista al del bien común. Cuanto más se embrolle la madeja, peor. «En las discusiones prolongadas», avisa Séneca, «se pierde la verdad». Aunque quizás resulte superfluo remontarse tan atrás. Basta con parafrasear a Clinton: «Es la salud, estúpido». Es decir, la vida.</p>
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		<title>Aficiones y razón</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jan 2020 10:01:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando yo era chico el coleccionismo formaba parte de la cotidianidad. Los días de la infancia venían marcados por los juegos en la calle, los amigos y las colecciones. Colecciones de cualquier cosa. Desde canicas (‘bolindres’ en Extremadura) a cromos dedicados a la naturaleza, a países o monumentos artísticos. Colecciones caseras de chapas de botella [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo era chico el coleccionismo formaba parte de la cotidianidad. Los días de la infancia venían marcados por los juegos en la calle, los amigos y las colecciones. Colecciones de cualquier cosa. Desde canicas (‘bolindres’ en Extremadura) a cromos dedicados a la naturaleza, a países o monumentos artísticos. Colecciones caseras de chapas de botella con las que organizábamos carreras de ciclistas en las aceras de la plaza (a cada chapa se le asignaba el nombre de un corredor famoso), hasta un álbum de plástico donde había que fijar las siluetas de las provincias españolas, –iban dentro del envoltorio de las chocolatinas– afición que ayudaba a memorizar, de un vistazo, el perfil característico y la posición de cada una de las provincias en el mapa nacional. Recuerdo que también coleccionábamos cajas de cerillas o fósforos con imágenes de toreros, de trajes regionales, de futbolistas; sellos de correos; cartuchos de caza (los de los portugueses que venían durante el verano a las tórtolas en Los Carrascos, cerca de Ibahernando, eran muy apreciados, por su rareza); tebeos de ‘El Capitán Trueno’, de ‘El Jabato’, de ‘Hazañas Bélicas’, de ‘Supermán’… (antes de que se popularizaran los de Tintín y los de Astérix). Conozco a personas mayores que también reunían vistosas colecciones de vitolas de puros, paquetes de tabaco, monedas, cachimbas, insignias de solapa, plumas estilográficas, abrecartas, marcapáginas, calendarios de bolsillo, aperos de labranza en miniatura e incluso colecciones de llaveros.</p>
<p>En mi caso, enseguida pasé de la afición infantil y juvenil por ‘El Jabato’ y ‘El Capitán Trueno’ a la pasión por los libros, que siguen colonizando, mudanza tras mudanza, las estanterías de mi casa. Como suele ocurrirle a quien reúne bibliotecas con varios miles de ejemplares, no he leído la totalidad de los que conservo, pero jamás he renunciado a la aspiración melancólica de hacerlo en el futuro. Ahora bien, lo que no se me ocurrirá es proclamar aquella frase de George Burns que sí podría repetir –aunque sin el humor del cómico americano– alguno de nuestros políticos actuales: «Este es el sexto libro que escribo, lo que no está nada mal para un tipo que solo ha leído dos». Por ahí no me pillan.</p>
<p>Supongo que existen colecciones que nacen como una afición o entretenimiento y terminan por convertirse en verdadera obsesión. Tal vez un personaje que encarna perfectamente dicho trastorno es el que interpreta Geoffrey Rush en la película ‘La mejor oferta’, de Giuseppe Tornatore: un veterano experto en arte, agente de subastas, maniático y solitario, cuyo paraíso secreto está limitado por las cuatro paredes de la sala donde atesora una abigarrada colección de retratos de mujeres. Un personaje que desborda, incluso, al que Susan Sontag describe en ‘El amante del volcán’: «El auténtico coleccionista no está atado a lo que colecciona, sino al hecho de coleccionar».</p>
<p>Estoy convencido de que cualquier afición, para que resulte placentera, reclama cierto grado de intensidad. Pero apostar por aficiones que nos deslizan al precipicio de la pasión obsesiva –a título individual o como sociedad– equivale a transitar desde el entusiasmo al sufrimiento; desde la libertad, al infierno de las adicciones. Sean juegos, sueños o emociones políticas.</p>
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		<title>Pelos en la gatera</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jan 2020 10:41:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Estos días, no sé por qué, he recordado el consejo de Múñez, fotógrafo veterano con el que trabajé muchos años en la Redacción del diario HOY: «En las ciudades hay que visitar las catedrales y las tabernas, porque las cafeterías son todas iguales». Múñez ahora seguramente no sostendrá la misma recomendación pues, salvo en algún pequeño pueblo, apenas quedan tabernas. Al menos aquellas tabernas de barra alta y aspecto rústico en las que además de servir chatos de pitarra se compartía conversación y se miraba al mundo, y a la vida, con otros ojos. Los de la cercanía y la familiaridad.</p>
<p>Aunque quizás lo que ocurre no es que hayan desparecido las tabernas, sino que se han transformado en cafeterías o bares de parroquianos fijos donde los ‘aspectos sociales’ a que me refería antes: la charla, la familiaridad, el humor… forman parte también de su oferta diaria, del menú cotidiano. Unas pocas escenas, a modo de ejemplo:</p>
<p>La conversación gira en torno a los trabajadores de una empresa contratada por la administración. Mientras apura el café, el cliente relata en voz alta varios episodios que ha presenciado y en los que tacha a esos empleados de ociosos e indolentes. Que si se han pasado tres horas en el mismo sitio; que si no dan palo al agua; que si él los vio a las nueve en determinado lugar y a las once sólo habían avanzado cuatro metros… «¿Sabes lo que es una vida sedentaria?», pregunta para resumir. «Pues eso es». Los parroquianos ríen con la ocurrencia.</p>
<p>Otro momento. Desde la barra saludan con alborozo fingido la entrada al café del asiduo que llevaba muy pocos días sin jugar con la máquina. «¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué, regresas de vacaciones?». Él responde con idéntico tono zumbón: «Sí, de vacaciones en Alcalá Meco». Y continúa la guasa.</p>
<p>Son más de las doce del mediodía. Otro cliente charla cansinamente con el camarero:</p>
<p>–«Esta mañana me he levantado a las seis y desde entonces llevo dando vueltas en la calle de un sitio para otro y sin parar».</p>
<p>–«¡La vida del jubilado es que es muy estresante!», tercia alguien desde un taburete próximo, con ironía que parecen percibir todos, dadas las sonrisas, salvo el parroquiano madrugador.</p>
<p>Pero no todo es jijí y jajá. En el tránsito de taberna a café, la expresión libre y sin prejuicios se ha dejado pelos en la gatera. Me parece que la crispación política que vivimos ahora está empujando a muchos habituales de esos espacios públicos tan abundantes en España a moderar sus comentarios y a opinar con prevención, de forma cautelosa y morigerada, siempre bajo el filtro de lo políticamente correcto. Es algo similar a lo que explica el arquitecto y pintor Oscar Tusquets, entrevistado por Andrea Aguilar: «En el franquismo el sistema era represivo pero tus amigos no. Ahora con cada persona debes pensar si es independentista o no, y en la conversación no sabes qué arriesgar, estás en la ambigüedad. Esto es nuevo». Igual podría suceder –otro daño colateral de la crispación política–, en uno de nuestros más singulares ámbitos de cercanía y convivencia: el bar de la esquina.</p>
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		<title>Resignación</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Nov 2019 09:23:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[Omaira Sánchez]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[La sección de efemérides nos recuerda que el 13 de noviembre de 1985 entró en erupción el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, que fundió miles de toneladas del glaciar de la montaña y provocó a su vez una avalancha colosal de lodo y escombros que acabó con la vida de más de 20.000 personas. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La sección de efemérides nos recuerda que el 13 de noviembre de 1985 entró en erupción el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, que fundió miles de toneladas del glaciar de la montaña y provocó a su vez una avalancha colosal de lodo y escombros que acabó con la vida de más de 20.000 personas. La tragedia del Nevado del Ruiz tuvo un protagonista involuntario: la niña de 13 años Omaira Sánchez, atrapada entre los restos de su casa –desplazados muchos metros por la avalancha de barro– donde resistió casi tres días mientras las cámaras de televisión y los fotógrafos de prensa grabaron, impotentes, sus esfuerzos por sobrevivir.</p>
<p>Omaira Sánchez conmovió al mundo porque en aquella trampa que se convertiría en su tumba, demostró una excepcional generosidad, valentía y entereza. En vez de derrumbarse con debilidad infantil, guardaba fuerzas para animar a otras personas. «Váyanse a descansar y después me sacan a mí», llegó a decirles a los voluntarios y socorristas que buscaban a supervivientes de la tragedia.</p>
<p>Creo que pocos testimonios resultan más enternecedores y dolorosos que los de Omaira Sánchez amarrada al palo que colocaron sobre el charco para que pudiera sostenerse y respirar. «Yo vivo porque tengo que vivir; apenas tengo 13 años», razonaba ante los periodistas. Cuentan algunos testigos que a ratos rezaba y –quizás ya con la cabeza perdida por el agotamiento– comentó que se le iba a hacer tarde… para ir al colegio. Temple frente a la adversidad. La fuerza de la esperanza.</p>
<p>«¿Puedo decir unas palabras», interrogó al cámara de TVE Evaristo Cañete. Y comenzó a hablar cuando el agua le llegaba a los labios, medio hundida, como un náufrago que lanza la botella al mar con su último mensaje: «Mamá, si me escuchas, yo creo que sí, reza para que yo pueda caminar y esta gente me ayude. Mami, te quiere mucho; Papi, hermanos, yo. Adiós, madre». Ojos enrojecidos y una mirada triste, sin sombra de odio.</p>
<p>Yo creo que la imagen de Omaira Sánchez es la de la entereza, la de una niña atrapada en un charco letal mientras los socorristas le hablan y se quedan con ella por la noche, intentando mover, incluso con un pequeño helicóptero, las piezas de construcción que le aprisionaban, o extrayendo desesperadamente el agua que seguía acumulándose.</p>
<p>Los esfuerzos al final, infructuosos. Omaira Sánchez murió tras una agonía de casi 72 horas, el 16 de noviembre de 1985. Más de tres décadas después el lugar se ha convertido en centro de veneración, repleto de placas de devotos que le agradecen favores recibidos y reclaman que sea declarada santa. Su trágica muerte convirtió a Omaira en símbolo de entereza y de resignación. ¡Ah, la resignación! En el resto del mundo, sin embargo, causó asombro la fatalidad de la naturaleza, pero también la falta de medios técnicos y humanos para salvarla. Quizás por eso, en este noviembre poselectoral, más que en la resignación que simboliza Omaira, pienso en aquella resignación contra la que nos previene Octavio Paz: «Ningún pueblo cree en su Gobierno. A lo sumo, los pueblos están resignados». ¿Será verdad?</p>
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		<title>Charlatanería de diseño</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Jul 2019 07:40:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En mi familia cuentan la anécdota de unos antepasados, hermanos y solteros, ya de cierta edad, que una mañana temprano salieron de su casa a caballo en dirección a Trujillo, apenas a 20 kilómetros de distancia. Nada más emprender la ruta, uno de ellos exclamó: «¡Mira, por allí va un lobo!». El acompañante guardó silencio. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En mi familia cuentan la anécdota de unos antepasados, hermanos y solteros, ya de cierta edad, que una mañana temprano salieron de su casa a caballo en dirección a Trujillo, apenas a 20 kilómetros de distancia. Nada más emprender la ruta, uno de ellos exclamó: «¡Mira, por allí va un lobo!». El acompañante guardó silencio. Prosiguieron la marcha, pero cuando estaban dentro del berrocal que rodea Trujillo el otro jinete se limitó a contestar: «O loba». Esa fue toda la conversación que mantuvieron durante cuatro leguas de viaje. La verdad es que este episodio solía utilizarse en la familia para reprochar a alguien sus &#8216;calladeras&#8217; o para retratarle con nula inclinación locuaz. «Este sale a la rama de los parientes aquellos de &#8216;lobo o loba&#8217;», oí más de una vez en casa cuando –por el motivo que fuera– alguno se mostraba más tenaz en los silencios que en la conversación.</p>
<p><strong>Cambian los hábitos sociales.</strong> Ya nadie viaja a caballo, salvo por diversión, para desplazarse de una localidad a otra. Pero<strong> creo que en los viajes colectivos, desde el tren al autobús, desde el taxi al Blablacar, le va ganando terreno el silencio a la charla;</strong> o mejor, <strong>las charlas que van ganando la mano son las que mantienen los usuarios de esos medios de transportes a través de la pantalla de su móvil con otros usuarios de dispositivos electrónicos. Las charlas en red.</strong> Decía Nietzsche que una conversación entre dos personas eran «dos monólogos con interrupciones más o menos pacientes». Sería en su época. <strong>Me parece que ahora vivimos la apoteosis del monólogo permanente y sucesivo, sobre todo en las redes sociales, en el &#8216;mátrix&#8217; globalizado de la realidad virtual. </strong></p>
<p>Por no conversar, me parece que ni los políticos conversan, aunque aparentemente hablan, se entrevistan, charlotean. Tal vez se limitan a interpretar un argumentario guionizado; acceden a fotografiarse con gestos de &#8216;diseño&#8217; que prohíbe, por ejemplo, mirar con afecto o cordialidad al interlocutor. Mirarle así supondría mostrar debilidad o sumisión. <strong>Hasta en los programas televisivos más populares empieza a ser frecuente la figura del especialista en comunicación no verbal, encargado de glosar, puntero en mano, lo significativo de esta mirada, de aquella mueca, de esa sonrisa… </strong>Supongo que dichas apreciaciones y dictámenes acabarán siendo recibidas por todos –espectadores o no de tales programas– con la credibilidad de los etruscos ante el arúspice que examina las entrañas de las aves y adivina qué presagios les reserva el porvenir.</p>
<p>En la era de la imagen, cualquier contenido de valor tiene que ser susceptible de ser resumido en un símbolo, en un gesto, en un atributo, en un relato. Y preferiblemente también en una &#8216;imagen potente&#8217;, en un eslogan, en un titular de prensa. Basta pensar en la actual encrucijada política de España para entenderlo. Antes que ingenio (llámese ocurrencia o estrategia) en cualquier negociación lo primero que se necesita es confianza. Confianza entre quienes negocian. Y hablar con sinceridad, lejos del postureo. Porque si de lo que se trata es de incurrir a diario en la facundia monologuista y charlatana, prefiero aquella contención de mis parientes en sus marchas a caballo. Se les entendía todo.</p>
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		<title>Murphy y los ases en la manga</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Jun 2019 08:28:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No piensen que estoy haciendo un juego de palabras, pero creo más en las previsiones preelectorales que en las postelectorales. Y no me refiero a las ‘realidades políticas’ surgidas tras los recientes comicios autonómicos y municipales. La política en cualquier gobierno democrático –de los otros no hablo– siempre es cambiante, y lo son, en consecuencia, las circunstancias y las previsiones sobre la misma. La política se parece más a una partida de juegos de azar que a un texto teatral inmutable. Todos los días hay que barajar los naipes y cambian las bazas. Lo que pensará el elector en la próxima cita con las urnas es algo incierto y difícil de calcular. No caben guiones y el tiempo es relativo. Aprender a ‘leer’ la realidad es una sabiduría que no proporcionan las encuestas puntuales de los asesores. Se decide y se vota por factores tan diversos, tan cambiantes, como las probabilidades del movimiento de las piezas en un tablero de ajedrez. Millones de jugadas.</p>
<p>Resulta tan difusa la voluntad de los electores que, salvo en los casos de mayorías absolutas, la posibilidad de la moción de censura en los ayuntamientos y en otras instituciones públicas planeará tan cierta como la ley de Murphy. Adivinen de qué lado va a caer la tostada.</p>
<p>Pensar que porque ayer se confirmó una determinada tendencia electoral es previsible que se mantenga mañana, me parece algo iluso. No tanto porque sea estadísticamente imposible, sino porque exige conjugar tal cantidad de imponderables que solo lo garantiza un factor: la aplicación de políticas que defienden el interés general, el bien común; políticas plurales que huyan del sectarismo como de la peste.</p>
<p>Por eso considero que lo prioritario en los objetivos de cualquier institución democrática no es garantizarse a toda costa cuatro años de estabilidad, sino antes de nada, garantizarse programas de gobierno, proyectos, iniciativas y reformas que obedezcan al verdadero interés de la mayoría, concebida esta de forma generosa y sin anteojeras partidistas. ¿Es pedir demasiado? Al contrario. Me parece que frente al politiquismo maniobrero, especulador, de regate corto y ambición larga, apostar por el compromiso con el interés general, quizás sea la única manera de conseguir la fidelidad de los ciudadanos más allá de contingencias momentáneas.</p>
<p>El político dispuesto a transitar, día a día, por esa senda de dificultades y de esfuerzos (¿alguien creyó que resultaría fácil?) es el único, en mi opinión, que atesora ases en la manga –de forma legítima– para confiar en que las previsiones futuras le acaben resultando favorables. Lo demás es escribir en el agua.</p>
<p>Basta echar una mirada a lo sucedido a nivel nacional y preguntarse ¿cuántos ‘sorpassos’ ha dado en el conjunto de España Podemos al PSOE, Ciudadanos al PP o VOX también al PP en Andalucía? ¿Cuánto pueden esperar esos partidos, en sus distintos ámbitos de representación, solo en virtud de los votos obtenidos en los últimos comicios? Allá cada cual con sus estrategias y previsiones. Aunque, quién sabe, acaso sea el momento oportuno para recordar también la advertencia ‘marxista’ de Groucho: «No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio».</p>
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		<title>La calidad de los días</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jun 2019 07:24:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A la hora en que camino, sorteando obstáculos, el sol ilumina la acera derecha del paseo de las Acacias, en obras desde hace meses. Ando con precaución y procuro no salirme del itinerario señalizado. Sin embargo, tropiezo de repente y durante unos segundos, en pleno trastabilleo, vuelvo la cabeza para descubrir dónde se me ha enganchado el zapato. Un resalte del pavimento tiene la culpa. Medio recuperado del traspié, aún con esa sensación de ridículo que se le queda a quien arriesga su verticalidad con tan poca compostura, observo que avanza hacia mí un viejo amigo, testigo fortuito del ejercicio de evolución tierra-aire-tierra: «Tropezar y no caer, ganar terreno es», recita sonriendo mientras me sujeta por el brazo, no sé si con ingenio cómplice o convencido de que aún no había recuperado totalmente el equilibrio tras el tropezón.</p>
<p>Entro en un bar cercano para tomar café. Observo que en la barra, junto a varios clientes, hay un ejemplar del principal diario de la comunidad. Extiendo el brazo y pregunto al que tengo más cerca:</p>
<p>—«¿El periódico es de la casa?».</p>
<p>—«Sí, claro», asiente, alargándome el ejemplar. «Y si fuera mío, era suyo», apostilla con una sonrisa.</p>
<p>Apuro el café y pienso en esos intangibles que nos hacen la existencia más grata: la cordialidad, la educación, los gestos afectuosos, el sentido del humor… Tengo la impresión de vivir un día de suerte. Crece en mí el optimismo y el buen rollo. Supongo que el episodio del traspié o el de la gentileza –también bienhumorada– de un desconocido en la barra del bar, me lleva a asociar ideas sobre ciertos valores que no calculan las estadísticas o, si los registran, tal vez no reparemos demasiado en ellos.</p>
<p>Por ejemplo, para medir la calidad de vida de nuestra sociedad, el Instituto Nacional de Estadística maneja una serie de indicadores tales como el trabajo, la salud, la educación, el ocio y hasta el hecho (subjetivo) de si nos hemos sentido felices o con emociones positivas durante las últimas cuatro semanas. Con todas esas variables, con ese conjunto de pinceladas, el INE perfila la imagen ‘constatable’ de algo que ya no es pura estadística, simple abstracción; aunque el retrato, formado a partir de letras y cifras, quizás se asemeje más a un holograma vaporoso que a un cuadro de Antonio López. Quiero decir que acaso se trate de una aproximación más emparentada con el texto publicitario de cualquier solapa de un libro que con el dictamen de un crítico riguroso.</p>
<p>Yo creo que lo ideal sería perfeccionar el cálculo de nuestra calidad de vida incorporando indicadores que aún no ponderan en las estadísticas. Por ejemplo: la duración de las obras públicas, cuya finalización casi nunca se corresponde con la fecha prometida; el porcentaje de promesas electorales que termina cumpliéndose; el tiempo preciso para resolver las cuestiones que nos interesan a todos; la vigencia real de los pactos políticos, o el precio exacto de los famosos «¡y también dos huevos duros!». Puestos a especificar: hasta la pasta que pagará el Real Madrid por Hazard, o lo que nos está costando, en realidad, el proceloso ‘procés’.</p>
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		<title>El tesoro y el cataclismo</title>
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		<pubDate>Thu, 23 May 2019 07:13:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[La Biblioteca Nacional de España me recuerda a través de sus redes sociales que el día 21 de mayo se conmemora el nacimiento del pintor y grabador Alberto Durero (1471-1528). A partir de ese detalle me he acordado del relato de Stefan Zweig, ‘La colección invisible’, que vio la luz a finales de los años [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Biblioteca Nacional de España me recuerda a través de sus redes sociales que el día 21 de mayo se conmemora el nacimiento del pintor y grabador Alberto Durero (1471-1528). A partir de ese detalle me he acordado del relato de Stefan Zweig, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/La_colecci%C3%B3n_invisible">‘La colección invisible’</a>, que vio la luz a finales de los años veinte del pasado siglo, en una Alemania que sufría las durísimas condiciones del tratado de Versalles, el hundimiento de la bolsa de Berlín en 1927 y una inflación estratosférica que hacía que los montones de billetes no valieran, en cuestión de horas, ni para pagar el papel en que estaban impresos. Una economía devastada, inexistente. En ese escenario convulso Zweig traza la historia de un coleccionista de grabados y dibujos de Durero, Rembrandt y otros grandes maestros. Un coleccionista que proclama orgulloso el valor de su tesoro: «Siempre habéis desconfiado y siempre me habéis reprochado», argumenta frente a su mujer y a su hija «que invirtiera todo nuestro dinero en mi colección: y es verdad, durante sesenta años, nada de cerveza, ni de vino, ni de tabaco, ningún viaje, ni teatro, ni libros, nada más que el ahorro y solo el ahorro por estas hojas. Pero un día, ya lo veréis, cuando yo ya no esté, entonces seréis ricas, más ricas que cualquiera de esta ciudad, y tan ricas como los más acomodados de Dresde».</p>
<p>No quiero destripar a quienes no han leído ‘La colección invisible’ los pormenores de ese magnífico relato de Stefan Zweig. Pero sí puedo adelantar una de las reflexiones ‘morales’ que ha suscitado en mí su lectura: en cualquier sociedad –y más en tiempos de crisis– no pueden darse por garantizadas permanentemente las piezas claves, llámense Constitución, convivencia en paz, libertades individuales y sociales, derecho a la sanidad, a la educación… Suponer que gracias al esfuerzo y el sacrificio de nuestra generación y de las que nos precedieron, gozaremos, para siempre, de bienes blindados contra las adversidades de la vida, es un tremendo error. Entre otros motivos porque antes que un valor fijo para caso de necesidades acuciantes, esas ‘piezas claves’ de la sociedad son recursos, herramientas que debemos tener dispuestas para que cumplan con su función. Un fin en sí mismas, pero a la vez el medio para garantizar ese fin.</p>
<p>Acaso venga a cuento también la metáfora de la planta sobre el amor y la convivencia.</p>
<p>Es probable que ‘La colección invisible’ encierre otras metáforas: entre ellas la del engaño y la ceguera ante los acontecimientos históricos; con sus inevitables resultados. Zweig se vale para la trama de un narrador que es el único que dispone –por el punto de vista que adopta– de los elementos necesarios para comprender la esencia del relato. Una historia que narra con ternura, con piedad y con empatía. Enmarcada en un escenario histórico muy concreto –de ahí su verosimilitud–, pero al mismo tiempo cargado de simbolismo y de humanidad.</p>
<p>Cuando los cataclismos tienen carácter global y repercuten en el conjunto de la sociedad, nadie puede guarecerse en sus propios tesoros, por valiosos que sean. Desdeñar esa evidencia siempre acarrea serias consecuencias. Probablemente, en la realidad política también.</p>
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		<title>Jornadas de reflexión</title>
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		<pubDate>Fri, 10 May 2019 09:31:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Creo que nunca como ahora resulta tan recomendable alejarse de los acontecimientos para analizarlos con perspectiva y coherencia. Y no me refiero solo al panorama político –siempre cambiante– sino a los aspectos varios de la realidad cotidiana. Cuando la masificación crece exponencialmente en esta ‘modernidad líquida’ en que vivimos y que vaticinó Bauman, la mejor [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Creo que nunca como ahora resulta tan recomendable alejarse de los acontecimientos para analizarlos con perspectiva y coherencia. Y no me refiero solo al panorama político –siempre cambiante– sino a los aspectos varios de la realidad cotidiana. Cuando la masificación crece exponencialmente en esta ‘modernidad líquida’ en que vivimos y que vaticinó Bauman, la mejor manera de atemperar el sentido gregario al que nos inducen las campañas electorales, es hacer un alto y mirar las cosas con perspectiva, con sentido crítico. Porque sin sentido crítico devenimos en simples miembros de la ‘masa’, donde nos convertimos en número y disolvemos nuestra individualidad. Mark Twain ya lo advertía con otras palabras: «Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar». Reflexionar no necesariamente para cambiar de idea, pero sí para reafirmarse en ella, si es lo que decide, tras análisis juiciosos, sin condicionamientos de ‘propaganda’ populista, sentimentalismo engañoso o de la más obscena visceralidad. Meditación con enjundia.</p>
<p>Te estarás preguntando, mi buen Yorick, a qué viene este largo preámbulo. Pues muy sencillo. De aquí al 26 de mayo, fecha de las elecciones autonómicas, municipales y al Parlamento Europeo, no pienso escribir ninguna columna relativa, directa o tangencialmente, a los comicios. Así que desde hoy y hasta el 26 de mayo, para mí son jornadas de reflexión. En medio, procuraré escribir de asuntos personales y acaso de mayor interés…</p>
<p>Sin embargo, esto no significa que piense hacer oídos sordos a las tres campañas en ciernes. Al contrario. Sé que incurro en el tópico si digo que «Extremadura se juega mucho» en todas ellas. Porque esa expresión es un lugar común, pero a la vez es una verdad irrefutable. Extremadura se juega mucho porque estos comicios coinciden con un formidable proceso de desafío territorial al Estado que amenaza la estabilidad de cuatro décadas de progreso y convivencia democrática. Se juega mucho porque Extremadura, como el conjunto de España y de Europa, está sometida a las tensiones que generan la globalización, los populismos y los vaivenes impredecibles de los mercados financieros. Y se juega mucho porque en el ámbito local –salvo escasas excepciones– el desempleo, la despoblación, la falta de industrias y el envejecimiento de la población son condicionantes que llevan camino de convertirse en males endémicos.</p>
<p>Sobre todos y cada uno de esos asuntos pienso reflexionar, no para juzgar a nadie, sino para meditar cuál de las propuestas que se barajan considero más acertada para nuestros retos y nuestros problemas. Y además, trataré de dilucidar cuál de las fuerzas políticas participantes (en los distintos ámbitos) está en condiciones de cumplir lo que promete e incluso de rectificar, si fuera preciso, en función de las dificultades y de los conflictos que vayan surgiendo. Como enseña la experiencia, todos cometemos errores, lo malo es cultivar el ‘dontancredismo’ y no intentar siquiera enmendarlos. Dando por hecho, mi buen Yorick, que el ‘dontancredismo’ en ocasiones está más enraizado en ciertas capas de la sociedad que entre los propios políticos. La sombra de esa gente con el dedo alzado: «Qué proponen, que me opongo». Acerca de todo ello pienso reflexionar.</p>
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