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	<title>GRATIS TOTALprogreso &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>La calima y el progreso</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2021 12:14:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de mis primeros miedos infantiles se remontan a aquellas filminas que proyectaban a los cruzados eucarísticos y a los niños de la catequesis en una salita aneja al templo parroquial. Filminas en las que se recreaban escenas como la del masón que abjuró de esa fe y sus correligionarios le apuñalaron en el mismo tren donde intentaba huir a otra ciudad. O la sacrílega artimaña del que acudía a comulgar con una lengua postiza y luego pisoteaba la sagrada forma… Aquellas historias me causaban tanto pavor como la guerra nuclear que planeó sobre el mundo cuando la ‘crisis de los misiles’ en Cuba. Más allá de detalles geoestratégicos, para nuestra mentalidad infantil todo se resumía en una cadena inexorable: las bombas atómicas contaminan la hierba a miles de kilómetros, las vacas se comen esa hierba y todos moriremos porque la leche de las vacas está contaminada y es radiactiva…</p>
<p>Las amenazas del cielo. ¿Chernobil? ¿Fukushima? La del volcán de Islandia de nombre impronunciable que obligó a cerrar el espacio aéreo europeo en 2010 y también la de esta lluvia de barro del Sahara que además de polvo del desierto ha llegado hasta Suiza, Francia y el sur de Europa portando cesio 137, un isótopo radiactivo que no se halla de forma espontánea en la naturaleza, sino que procede necesariamente de la fisión provocada por una explosión nuclear, en este caso de la veintena de ensayos atómicos que la Francia del presidente De Gaulle llevó a cabo en el sur de Argelia y en el Sahara entre los años 1960 y 1967. Los isótopos radiactivos de cesio 137 han sido medidos por ACRO, la asociación encargada del control de la radiactividad en el oeste de Francia. ¿Lo menos malo? Que la concentración de 80.000 becquerel por kilómetro cuadrado es muy débil para causar daños en las personas y que el cesio 137 pierde la mitad de su poder radiactivo cada 30 años. Apenas la punta del iceberg. ¿Lo inquietante? Como recuerda en ‘La Vanguardia’ el experto en radioprotección Pierre Barbey, consultor científico de la asociación ACRO, «todo el hemisferio norte está afectado por la polución causada por las pruebas nucleares, y junto a Francia tienen responsabilidad el resto de potencias atómicas». Las cifras son de mareo: entre 1945 y 1980, Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China realizaron más de 500 ensayos nucleares atmosféricos.</p>
<p>Resulta paradójico que en Extremadura, donde jamás sufrimos, por desgracia, la contaminación propia del desarrollo y de los avances industriales, padezcamos estos días una intensa calima con polvo sahariano en suspensión hasta extremos de que la Aemet recomiende no hacer ejercicio físico al aire libre. Una calima que arrastra (a la vista de los isótopos detectados en Francia) amenazas atmosféricas globales. Siempre los detritus del progreso. El lado oscuro de la globalización. Dan ganas de parafrasear a Sorolla: ‘¡Aún dicen que el jamón ibérico es caro!’.</p>
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		<title>Ante la consulta</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Nov 2019 09:49:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[A quienes estamos ya en la sala de espera del hospital se nos ve cara de sueño. Quizás por el madrugón o por haber seguido el debate de las elecciones hasta el final. Llaman a consulta a los de las primeras horas. Una pareja de personas mayores ocupa a mi lado las únicas sillas libres [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A quienes estamos ya en la sala de espera del hospital se nos ve cara de sueño. Quizás por el madrugón o por haber seguido el debate de las elecciones hasta el final. Llaman a consulta a los de las primeras horas. Una pareja de personas mayores ocupa a mi lado las únicas sillas libres que quedaban. Casi todos los pacientes charlan con sus acompañantes o se entretienen, como es mi caso, mirando el móvil. Nadie habla en voz alta. Las conversaciones están dominadas por ese tono propio de la charla doméstica en el que resultan igual de cómplices los silencios que esas muletillas: –«Ya me dirás», «A ver si no»– que hilvanan el lenguaje coloquial. La enfermera va llamando y la lista se mueve.</p>
<p>La consulta da a un pasillo por el que se transita en dirección a otras salas del hospital. Una señora de mediana edad camina a buen ritmo valiéndose de dos bastones largos de bambú.</p>
<p>—«Mira, una con cuatro patas», le dice en voz baja a su acompañante.</p>
<p>El hombre, quizás por la asociación de ideas, le cuenta a ella, también en tono confidencial, algo que le había ocurrido:</p>
<p>—«Pues mira, ayer cuando iba de la cancilla para arriba, no usé cuatro patas, pero me agarré a la cola de la yegua y me ayudó a subir la cuesta».</p>
<p>—«Cómo hiciste eso, capaz de que te diera una coz».</p>
<p>—«Quita, quita, mujer, la yegua no se espanta conmigo, le doy de comer a diario».</p>
<p>La mayoría de la gente acude con sus pruebas diagnósticas y son derivadas a consulta según el orden prefijado. Hay quien explica, sin embargo, que no recibió cita para nuevas analíticas y que todos los papeles que tiene son los que entrega en ese momento a la enfermera…</p>
<p>La sala de espera es un microcosmo en continuo cambio. Algunos llegan para sustituir al familiar a quien es preciso acompañar. Un padre se marcha y sustituye a la hija que hasta ese momento cuidó del abuelo. Casi todos los pacientes son hombres y casi todas las acompañantes mujeres. Ellas se preocupan de que tras la consulta se coloquen bien la chaqueta o terminen de abotonarse la camisa. Alguna le regaña incluso mientras aguardan en la sala de espera: «Pero, padre, ¿no podías haberte puesto hoy otros zapatos?». El hombre refunfuña un poco y mueve la mano displicente, como diciendo «…qué más da…».</p>
<p>Cerca de mí un paciente entrado en años sujeta una carpetita de cartón con la que se sacude el aburrimiento de la espera golpeándose rítmicamente en la rodilla, sobre el pantalón de pana. Un par de veces le ha sonado el móvil y siempre ha explicado lo mismo: que aguardaba a que le llamaran para que le viera el médico. Y nada más.</p>
<p>Se habla en voz baja, pero no puedes evitar escuchar lo que se dice a tu alrededor. Nadie comenta nada del debate, ni de elecciones, ni de política. Sin embargo, es más que probable que todos los que estamos aquí, ante la consulta, haciendo uso de la sanidad pública, dependemos también de esa ‘otra’ consulta, relevante, del próximo domingo. Ya me entienden.</p>
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		<title>De héroes y tormentas</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Mar 2019 08:39:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ese dogma, tantas veces repetido, de que la economía es un estado de ánimo, puede aplicarse no solo al ámbito económico y financiero sino a muchos otros de la sociedad. En una entrevista en ‘La Vanguardia’ de Lluís Amiguet a la barcelonesa Mar Ruiz, profesora de emprendedores en Stanford e inversora en Silicon Valley, ella recuerda que Internet nació en Stanford y que allí trabajan juntos estudiantes y profesores de todas las edades, etnias y culturas, potenciando una diversidad enriquecedora. En un momento de la entrevista es la propia Mar Ruiz quien pregunta en relación a su lugar de trabajo: «¿Sabe cuál es nuestra lengua universal?», dice. «El inglés no está mal», sugiere el periodista. «¡El optimismo!» contesta Mar Ruiz. «Es lo que echo de menos cuando vuelvo a Barcelona. En Stanford todos sonríen y dicen estar bien, y al final es que es verdad».</p>
<p>Pero supongo que se refiere al optimismo concebido como una actitud deliberada ante las dificultades del día a día, no como un placebo irresponsable que nos eche en brazos de la temeridad. Ser optimista exige confianza en las propias fuerzas y, sobre todo, voluntad: «No soy optimista, quiero ser optimista», advierte Zola. Quizás ahora, cuando la OCDE anunció ayer que reduce en ocho décimas la previsión de crecimiento para la eurozona (el recorte más fuerte desde el año 2009, tras la crisis global, con lo que en vez de un crecimiento del 1,8% solo será del 1%), digo que justamente ahora, cuando se acercan esos nubarrones en toda Europa y en el resto del mundo es cuando resulta más indispensable confiar en el futuro y sonreír, más allá de los contratiempos. Porque siempre escampa. En la economía y en esas otras parcelas de la vida que no cotizan en Bolsa porque son valores intangibles que no cabe reducir a una tabla de Excel.</p>
<p>Donde menos puertas hay que dejar abiertas al desánimo, al pesimismo paralizante, es en esas parcelas que, –por los motivos que sea– no está en nuestra mano controlar de manera directa, intervenir con voluntad y determinación. Estoy pensando en muchas decisiones políticas, medioambientales, sociales… de las que únicamente somos meros espectadores o invitados de piedra. Aceptar el fatalismo en tales ámbitos equivale a rendirse y dar por hecho que en pleno siglo XXI el ciudadano de Europa tiene perdida la batalla frente al populismo, el nacionalismo o las políticas deshumanizadas.</p>
<p>Como explica muy bien esa catalana afincada en Stanford, quien triunfa no es quien nunca se equivoca, sino quien al tropezar sigue adelante y al que «no se le aparta por meter la pata». Los que, de verdad, no dejan de sonreír.</p>
<p>Decía Montaigne que no hay cosa a la que tuviera tanto miedo como al propio miedo. Supongo que es otra manera de nombrar el pesimismo. Seguir adelante y conquistar el futuro exige no dar oportunidades al derrotismo; exige asumir como propio el popular mantra del batallador: «El &#8216;no&#8217; ya lo tienes». Ocurre que los triunfos en la vida están reservados a quienes, tras la tormenta, avanzan sin perder la sonrisa. Como la gloria a los héroes cotidianos.</p>
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		<title>Paradoja futurista</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jan 2019 12:43:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me han regalado una de esas agendas que enriquecen sus páginas con frases de gente célebre. La correspondiente a hoy es de Víctor Hugo: «No son las locomotoras, sino las ideas, las que llevan y arrastran el mundo», pero me resisto a seguir por esa vía porque resulta sarcástico con los desastres del tren en Extremadura. Hablar de locomotoras aquí es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Funesta metáfora. Es obvio que el mundo cambia y son las ideas nuevas las que lo mueven. A veces con progresos rectilíneos y continuos; en ocasiones, zigzagueando, con dos pasos adelante y uno atrás.</p>
<p>Antes de la globalización y del ‘capitalismo sin fronteras’ –a lomos, principalmente, de las nuevas tecnologías y los avances en las comunicaciones– resultaban inconcebibles problemas como los que plantean estos días el colectivo de taxistas frente a las empresas VTC (vehículo turismo con conductor) tales como Uber y Cabify, al margen de que buena parte de esas empresas sean propiedad de fondos de inversión internacionales y contribuyan, de hecho, a ‘precarizar’ los salarios y las condiciones laborales de sus trabajadores. Eso sí, a precarizarlos en la misma proporción y desde los mismos planteamientos que lo hacen infinidad de empresas de infinidad de sectores productivos, desde la industria al comercio, desde la agricultura a la hostelería; desde la banca al ocio y a los propios medios de comunicación. Quien esté libre de ajustes, que levante la mano.</p>
<p>No todos los cambios, sin embargo, son inexorables. Hace unas pocas décadas, el Ayuntamiento de cualquier ciudad española se encargaba directamente de los servicios municipales básicos: el abastecimiento de agua, la recogida de basura y limpieza viaria, el mantenimiento de parques y jardines, el parque de bomberos, el autobús urbano… Ahora suele ser al revés: en vez de estar municipalizados, tales servicios se contratan a través de empresas concesionarias. Aunque el debate sobre la conveniencia o no de privatizar servicios públicos existirá siempre. Quiero decir que no cabe una solución definitiva, tajante, incuestionable, como ocurre, por ejemplo, con la necesidad de vacunas en la población infantil. Una sociedad puede decidir en determinado momento que le interesa ‘privatizar’ tal o cual sector porque esté justificado socialmente, no solo desde el punto de vista de la rentabilidad económica. Y a la inversa: decidir que hay cuestiones en las que solo cabe decir lo que Manuel Vicent en su famoso artículo: «No pongas tus sucias manos sobre Mozart».</p>
<p>No sé si las razones de los taxistas resultan ‘sostenibles’ frente a la amenaza que representa para ellos las VTC. Pero parece claro que a través de acciones violentas y descontroladas lo que consigan será como escribir en el agua. El sector debe ser regulado a nivel nacional. No puede convertirse en una selva, sometida a la ley del más fuerte. En las redes sociales circula una vieja imagen que resume, con ironía, cómo perciben algunos ciudadanos el conflicto. Se ve a un hombre con boina y una cartera en bandolera que pregunta: «¿Para cuándo se prohíbe el correo electrónico? Los carteros nos estamos quedando sin trabajo y nos tememos lo peor».</p>
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		<title>El discurso de José Julián Barriga</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Dec 2018 12:52:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de leer el discurso del periodista y escritor José Julián Barriga en su recepción como miembro de la Real Academia de Extremadura. Luce un título largo: ‘La contribución de los pensadores a la prosperidad de los pueblos. Aproximación crítica a la historia de Extremadura’, pero una conclusión sucinta y contundente: «Extremadura ha sido pródiga en producir pensamiento, pero huraña en retenerlo. Ha ido desalojando sucesivamente a sus pensadores y a sus hombres de acción. No busquen otra causa o razón del retraso de Extremadura que la de la expulsión del talento. Es falso y estúpido decir que los dioses nacieron en Extremadura y que fue un territorio poblado de genios. Lo malo es que sus pensadores, la inmensa mayoría de ellos, nacieron pero no vivieron en Extremadura. Preguntémonos cuál es la solución definitiva para remediar el atraso de Extremadura. En mi opinión, solo existe una alternativa: retener la inteligencia, mantener el talento».</p>
<p>Con anterioridad, confiesa José Julián Barriga otras certezas: el binomio inteligencia (pensadores) y progreso económico es constante en el devenir de la humanidad, sin que ello signifique, argumenta, que haya pueblos mejor dotados en orden a la inteligencia, aunque sí «sociedades que gestionan mejor que otras sus capacidades intelectuales y, sobre todo, saben retener el talento en su propio territorio».</p>
<p>Estructurado en tres grandes periodos históricos en los que se constata su esplendor: «los tiempos de Augusta Emérita, el siglo de Oro y de los Conquistadores y el empuje intelectual del siglo XIX», Barriga desmenuza en su discurso esas etapas con el apoyo y la cita de autoridad, entre otros, de Antonio Rodríguez Moñino preguntándose qué provincia o región española podría reunir durante el siglo XVI un haz de nombres como los de «Torres Naharro en teatro, místicos como San Pedro de Alcántara, escriturarios como Arias Montano, médicos como Arceo, historiadores como Hernán Cortés, filósofos como Fr. Luis de Carvajal, filólogos como El Brocense, músicos como Juan Vásquez, teólogos como el padre Maldonado, matemáticos como el cardenal Silíceo, poetas como Francisco de Aldana, épicos como Luis Zapata».</p>
<p>Un discurso que repasa de manera crítica la historia de Extremadura pero sin ensombrecer el pasado ni regodearse en el pesimismo. Al contrario, se reivindican figuras –y testimonios– como los de Pedro de Valencia, Juan Meléndez Valdés, Felipe Trigo, Roso de Luna, el oliventino Tomás Romero de Castilla, Publio Hurtado… Sin bajar del pedestal, tampoco, a los siete extremeños que «conforman la nómina de los grandes colosos de la Conquista: Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Núñez de Balboa, Hernando de Soto, Pedro de Valdivia, Francisco de Orellana y Pedro de Alvarado».</p>
<p>Con encomiable capacidad analítica, J. J. Barriga huye del retoricismo academista y lo mismo cita a Yuval Noah Harari que al León Leal que en 1921 denunciaba el porcentaje escandaloso de terratenientes absentistas que se daba en la provincia de Cáceres. Yo creo que Barriga ha escrito un texto que conviene tener a mano y releer en Extremadura. Como diagnóstico, como recordatorio y también como alarma. No en balde, entre sus páginas zumba el eco de una cita tempranera –e inquietante– de Montaigne: «Nadie está mal mucho tiempo sino por su culpa».</p>
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		<title>A ella, fervorosamente</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Dec 2018 13:06:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Mira hacia atrás y no ve una fecha en el calendario, sino una sucesión de acontecimientos que culminan con el voto, en urnas relucientes, un miércoles, 6 de diciembre, de hace justamente 40 años. Atrás quedaban ya aquel ‘Libertad sin ira’ del grupo Jarcha, verdadera banda sonora de una España que se desperezaba y el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mira hacia atrás y no ve una fecha en el calendario, sino una sucesión de acontecimientos que culminan con el voto, en urnas relucientes, un miércoles, 6 de diciembre, de hace justamente 40 años. Atrás quedaban ya aquel ‘Libertad sin ira’ del grupo Jarcha, verdadera banda sonora de una España que se desperezaba y el ‘Habla, pueblo, habla’ como sintonía oficial de la campaña para el referéndum de la ley de Reforma Política. Apenas habían transcurrido tres años de la muerte de Franco y hasta aquella España con la que nos conmovió Basilio Martín Patino en ‘Canciones para después de una guerra’ se presentía ya fenecida y firmante de todos los armisticios. Poco a poco se habían despejado las indecisiones acerca de ‘ruptura’ o ‘reforma’ y hasta las pintadas de signo ‘subversivo’: «Sí, Sí, Dolores a Madrid» o «Muerte al cerdo de Carrillo», eran acotadas con desenfado ácrata: «Sísí, emperatriz» o «Cuidado, Carrillo, quieren matarte <em>el</em> cerdo».</p>
<p>Solo el terrorismo parecía empeñado en abortar un proceso de modernización política al que se llegó mediante negociaciones, consenso y tras una amnistía general que fijaba, generosamente, el punto de partida para construir un futuro común en paz y en libertad.</p>
<p>Así que mira hacia atrás y se reconoce en aquel joven que compatibiliza su trabajo en una revista con los estudios en la Facultad de Ciencias de la Información, entonces un edificio aún sin acabar. Se reconoce en aquel joven que ha visto cómo en la Gran Vía de Madrid era obligado por los ‘grises’ a separarse de la persona con que paseaba un 1º de Mayo por el solo hecho de llevar bajo el brazo un determinado periódico&#8230; Del dolor ante la brutalidad de la ‘matanza de Atocha’ y la multitudinaria manifestación durante el entierro.</p>
<p>Un ayer donde empezaban a proliferar los primeros ‘multicines’, los VIP y el ‘drugstore’ de la calle Fuencarral, en que se podía adquirir desde las primeras ediciones de los periódicos hasta bebidas y tabaco de madrugada. Una época con manifestaciones políticas, sindicales o vecinales casi diarias, cuando las películas denominadas ‘de destape’ fueron dando paso a las salas ‘X’ y pasaban de moda los pantalones campana. Un ayer que además de quedar recogido en cámaras de fotos empezaba a registrar con tomavistas de super 8 las vacaciones y la memoria familiar.</p>
<p>Mira hacia atrás y piensa que la efeméride de la que hoy se cumplen, precisamente, 40 años, constituye para él además de un hito político, una frontera sentimental, pues justo ese día conoció a quien habría de ser desde aquel momento el centro de su vida. Tan es así que muchas veces ha bromeado con el espíritu ‘constitucional’ del vínculo que les une y el carácter de amuleto que debe poseer para amparar su duración. Por eso hoy se permite esta licencia personal, esta digresión íntima. A los pocos días de aquel referéndum le escribió en dos viejos cuadernos pautados una apasionada declaración de amor que ahora, 40 años después, ella a veces relee secretamente mientras él se hace el distraído, disimula y sonríe pensando en 1978.</p>
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		<title>Creencias</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jul 2018 12:25:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El escepticismo se diluye a medida que avanza la humanidad. Al menos en la ciencia. Por eso hemos dejado de creer que la Tierra es plana o que todos los astros giran alrededor de nuestro planeta. Sin embargo, cerca del 20% de los congéneres siguen pensando que somos el centro del universo y en España un 30% de la población desconoce que la Tierra gira alrededor del Sol. Se me dirá que las consecuencias de tales lagunas solo afectarían en el ámbito de los concursos televisivos o en el del expediente escolar. Existen desde luego otras falsas creencias mucho más trascendentes pero de las que somos menos conscientes. Esta semana publicaba ‘El País’ un amplio reportaje sobre la escasa cultura financiera de los españoles y algunos de los datos son para echarse a temblar. Por ejemplo, apenas el 58% de la población comprende el concepto de inflación y sus repercusiones en el bolsillo. Y otro más: «Las familias ahorran poco y los activos que poseen son tan conservadores que el billón de euros colocados entre todos no es rentable», circunstancia en la que probablemente influya el hecho de que casi el 90% de los productos de inversión se distribuyen a través de las sucursales bancarias a pie de calle y en la desconfianza ante el sistema por la cadena de «fiascos financieros».</p>
<p>¿Y en la política es mucho mejor? En la reciente conmemoración del homenaje a Mandela, el presidente Obama resumió las que él considera enseñanzas de la historia de los últimos 70 años: cualquier apuesta de futuro debe evitar el capitalismo descontrolado, inmoral y el socialismo «de la vieja escuela» que todo lo controla desde arriba. La parte teórica creo que está más o menos clara y casi nadie la cuestiona. En la práctica, sin embargo, me parece que el arco que se extiende entre esos dos extremos a los que alude Obama –capitalismo salvaje y socialismo dogmático– es demasiado amplio. En realidad, el territorio ocupado por la socialdemocracia y el estado de bienestar que erosionan ahora, por desgracia, la globalización, los populismos y los nacionalismos étnicos o supremacistas, capaces de imponer supercherías históricas o supersticiones emocionales frente a la razón y al progreso del hombre.</p>
<p>Así que me escandaliza más que los viajes en avión oficial del presidente del Gobierno para asistir a un concierto (decisión que no considero edificante, por otro lado) la manipulación histórica de la voluntad popular que representa el ‘procés’, subterfugio para un ‘golpe de Estado’ contra la propia Cataluña y la legalidad que la sostiene y ‘garantiza’ sus instituciones. Igual que me escandaliza más que el máster de Casado (al margen también de la opinión que me merezcan su vanidad y su titulitis) el populismo de Trump y sus decisiones frente a la Unión Europea. Por no hablar del escándalo que suscitan la política expansionista y de hechos consumados de la Rusia de Putin y del Israel de Netanyahu. O la Italia de Mateo Salvini, la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega. Y sin embargo, se mueve.</p>
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		<title>Donde se queman las mariposas</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jul 2018 12:04:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La pobreza es la patria más antigua de la humanidad. Por eso nunca se han detenido las migraciones de quienes huyen de «la bruja del hambre». Esa expresión, «la bruja del hambre» la escuché por primera vez a Edmundo Costillo con motivo de la publicación de un libro donde recogía, a sus 98 años de edad, las vivencias de una infancia misérrima –propia de los personajes de Dickens– y de una Extremadura más emparentada con la Edad Media que con el siglo XX.</p>
<p>En su evocación, Edmundo Costillo (Cañaveral, 1895) relataba cómo murió su padre y tuvo que irse con 11 años, aún analfabeto, a trabajar en una finca de la Sierra de San Pedro en la que dormía en un chozo con otro pastor. Cuando cumplió los 14 regresa al hogar, a Cáceres, donde malviven su madre y una hermana. Un alma caritativa le instó a que estudiara y facilitó su admisión como oyente en una escuela. No tenía para libros, pero otros compañeros (entre ellos Dionisio Acedo y Martín Duque Fuentes) se los prestaban.</p>
<p>El relato que hace Edmundo Costillo de esos días es conmovedor: «Yo estudiaba en la madrugada. Entonces solo se oía la voz del sereno que gritaba aquello de ‘Ave María Purísima, las dos y sereno’ o lloviendo, o lo que fuera. Tenía una madre que era analfabeta, pero con una sensibilidad extraordinaria de corazón. Estudiaba en el alféizar de la ventana, aprovechando la luz de un farol que había en la calle, donde se quemaban las mariposas. En mi casa no había aceite para hacer sopas, ¿cómo iba a haberlo para capuchina o candil? Por la noche, mi madre se quedaba allí conmigo y me decía, hijo, estudia fuerte, en voz alta, para que yo te oiga y te diga lo que se te olvida».</p>
<p>Recuerdo ahora la figura de este hombre por su condición de humildísimo cabrerillo y también por la fuerza expresiva de sus escritos, en buena parte ligados a las estampas costumbristas de Cáceres y de una Extremadura desaparecida ya en la noche de la penuria y la pobreza. Relatos como el del dúo que formaban en los primeros años del siglo veinte Miguel el Ciego, campanero en la iglesia de Santa María de Cáceres que tocaba también la guitarra y otro ciego más joven llamado Luis que «hacía trinar con habilidad su bandurria». Dueño de una prosa chispeante, armoniosa y de honda inspiración popular. Sirva de ejemplo el caso del ganadero que incumple un trato de compra en el que había empeñado su palabra y el otro le hace llegar el siguiente aviso: Si en el día fijado no cumple honradamente con lo pactado, tenga por seguro que «con su navaja cabritera le haría en la barriga más garabatos que tiene la firma de un notario». Bueno…</p>
<p>Quiero creer que si Edmundo Costillo, como tantos ‘alzados del suelo’ pudo escapar finalmente de la pobreza en una España bastante más atrasada que la actual, también podrán conseguirlo las oleadas de migrantes que sueñan camino de Europa con un futuro mejor.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La felicidad y su ADN</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Feb 2018 19:21:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>LA felicidad nunca se sabe por dónde llega ni por dónde nos conduce al paraíso. Si lo supiéramos, ese país no tendría exiliados. La sabiduría popular cree que la salud, el dinero y el amor constituyen el ADN de la felicidad, si es que puede denominarse así ese inestable estado de la materia. La felicidad tiene más de fuego que de brasa, más de sentimiento pasajero que de emoción duradera. Y aunque al tratarse de un bien invisible pudiéramos creer que no puede medirse ni cuantificarse, la realidad demuestra lo contrario. En junio de 2013 la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó el 20 de marzo como Día Internacional de la Felicidad, fecha en que suele presentarse el Índice Mundial de Prosperidad Global, conocido como Informe Mundial de la Felicidad, que se elabora a partir de una macroencuesta entre más de 150 países donde los entrevistados puntúan aspectos relativos a calidad económica, entorno empresarial, gobernabilidad, educación, sanidad, seguridad y protección, libertad personal, capital social y medio ambiente.<br />
En 2017 los noruegos resultaron ser los más felices del mundo. Un título que arrebataron a los daneses, que llevaban varios años destacando (junto con otro país nórdico, Islandia) como los campeones de la felicidad. España ocupó el puesto número 34. ¿Qué criterios hicieron que despuntaran Noruega y los otros países vecinos? Pues básicamente media docena: la libertad para poder elegir en la vida, la generosidad, la salud, los ingresos, la ausencia de corrupción y la decisión de invertir pensando en el futuro sin agotar los recursos del presente. Es decir, mirando al mañana.<br />
En 2018, sin embargo, Noruega ha sido desbancada del primer puesto como país más rico, saludable y feliz del mundo por Nueva Zelanda. Según el Instituto Legatum –que elabora el informe– el nuevo campeón destaca sobre todos en los apartados «capital social» y «calidad económica» y después en «entorno empresarial» y «gobernabilidad». ¿Por qué pierde Noruega el primer puesto en la clasificación que logró durante siete años consecutivos? Según informa ‘ABC’, por un único apartado: «la gobernabilidad».<br />
Así que la lista de los 25 países más ricos, saludables y felices del mundo es la siguiente: 1. Nueva Zelanda; 2. Noruega; 3. Finlandia; 4. Suiza; 5. Canadá; 6. Australia; 7. Holanda; 8. Suecia; 9. Dinamarca; 10. Reino Unido; 11. Alemania; 12. Luxemburgo; 13. Irlanda; 14. Islandia; 15. Austria; 16. Bélgica; 17. Estados Unidos; 18. Francia; 19. Singapur; 20. Eslovenia; 21. España; 22. Japón; 23. Hong Kong; 24. Malta y 25. Portugal.<br />
En el caso de España, los subíndices «medio ambiente» y «seguridad» la sitúan entre los 15 mejores del mundo, pero la «inestabilidad política y social» lastran sus méritos e impiden que sea uno de los 20 países más prósperos.<br />
Pero caben más preguntas: ¿Puede considerarse medianamente feliz un país con el nivel de paro que existe en España? ¿Se compensan unos apartados con otros? ¿Es posible hablar de la felicidad de un país en su conjunto, más allá de la de cada ciudadano? ¿Son fiables estos informes? Porque el escepticismo en materia de felicidad afecta al ámbito personal y al colectivo. Y viene de antiguo. No en vano el mayor descreimiento ya lo expresó Jonathan Swift: «La felicidad es el privilegio de ser bien engañado».</p>
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		<title>Dersu y los parceleros</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Oct 2017 18:18:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>DICE Diego Algaba Mansilla en su reciente artículo ‘Parceleros’ que se acordó de esos personajes tan característicos de la Extremadura rural «después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora», en Badajoz. La magnífica evocación que hace Diego Algaba de aquellos hombres –algunos de los cuales han terminado yéndose a vivir con sus hijos o nietos a la ciudad, entre las cuatro paredes de un piso «al que hay que subir en ascensor»– a mí me recordó al instante la peripecia de un personaje legendario: el viejo cazador <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Dersu_Uzala_(pel%C3%ADcula_de_1975)">‘Dersu Uzala’</a>, obra maestra de Akira Kurosawa.<br />
Esa película, que retrata la vida en libertad de un cazador en plena naturaleza (la tundra y los bosques siberianos) es también la conmovedora historia de una amistad entre el capitán Vladimir Arseniev, explorador del ejército ruso y el viejo cazador Dersu Uzala. No voy a desvelar cómo acaba la película, sólo me detendré en algunos pasajes de la historia. Tras las expediciones, Arseniev decide llevarse a vivir a su casa en la ciudad al viejo Dersu, al que le empieza a fallar la vista.<br />
La vida en el hogar transcurre dulce y confortable para el capitán, para su mujer y para su hijo. Pero el viejo Dersu Uzala se asfixia entre aquellas cuatro paredes y se pasa el día sentado en el suelo, embelesado ante las llamas de la chimenea. Dersu es la metáfora de un pájaro enjaulado, de un ser libre abatido.<br />
Su mundo y sus valores no son los de la ciudad. Tan es así que un buen día el capitán tiene que acudir a rescatarle porque al bueno de Dersu, viendo que se necesitaba leña en casa, no se le ocurrió otra idea que salir al parque y ponerse a cortar un árbol&#8230; que él consideraba de todos, no de nadie en concreto, igual que los del bosque o la taiga. Otro día se enfada con el hombre que suministra agua a las viviendas transportándolas en una cuba. Le afea que cobre dinero por algo que está en la naturaleza y no pertenece a nadie sino a todos. «¿Por qué dar dinero por agua? Mucha agua hay en río», le pregunta a la mujer del capitán, mientras el aguador le mira como si no estuviera en sus cabales y le dice: «No entiendes nada», a lo que Dersu resume enfadado: «¡Tú eres una mala persona!». Y para su escala de valores, que son los de un hombre que ha vivido en libertad, pegado a la naturaleza, claro que lo es. Dersu Uzala posee la ‘sabiduría instintiva’ de quien ha aprendido a vivir en armonía con la naturaleza: caza únicamente lo que necesita; comparte; piensa en otros cazadores que podrán necesitar también la cabaña del bosque; le acechan miedos e inseguridades; desconoce por ejemplo su edad exacta y otros muchos detalles mundanos pero sentencia en su sencillez: «Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener».<br />
Además de la ‘sabiduría instintiva’ que desprende la historia de Dersu Uzala, a mí me conmueve –como en el caso del parcelero de Diego Algaba– la pura necesidad de armonía con lo que nos rodea que supone coger las aceitunas de un olivo urbano, o conocer de sobra las cosas que de verdad importan en la vida.</p>
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