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	<title>GRATIS TOTALpropaganda &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Cuidar la democracia</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jan 2021 10:49:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En esta época proclive a condensar en tuits o en titulares nuestra realidad, las denominadas ‘palabras del año’ son un certero indicador de aquellos términos que nos atañen de cerca y resultan relevantes en el ámbito político o de la sociedad en general. En España, la FundéuRAE seleccionó en los últimos años las palabras: ‘escrache’ (2013), ‘selfi’ (2014), ‘refugiado’ (2015), ‘populismo’ (2016), ‘aporofobia’ (2017), ‘microplástico’ (2018), ‘emoji’ (2019) y ‘confinamiento’ en 2020. Sin embargo –y aunque no lo parezca tras esta larga introducción– yo no pretendo cuestionar ahora la lista española de las ‘palabras del año’ sino subrayar que algunas de ellas, en mi opinión, nacieron con un carácter casi intemporal mientras otras, por el contrario, resultan perecederas, vinculadas únicamente al periodo específico en que surgieron. Por ejemplo, la palabra ‘posverdad’, elegida por el Diccionario de Oxford el año 2016, me parece que es una pila alcalina con carga duradera, igual que lo serán, me temo, ‘populismo’ y ‘refugiado’.</p>
<p>La periodista e historiadora Anne Applebaum (Premio Pulitzer en 2004 por su investigación sobre el origen y creación de los gulags soviéticos) y autora de un famoso libro, ‘Twilight of Democracy’ (‘El ocaso de la democracia’), asegura en una entrevista en ‘El País’ que en Polonia, por ejemplo, los planteamientos educativos a partir de los años noventa favorecieron una enseñanza de la historia que potencia el victimismo, de modo que se obvian «los aspectos positivos del cambio o simplemente qué es o debe ser una democracia». Se me ocurre que ‘victimismo’ quizás sea otra de esas palabras intemporales, siempre vigentes para el nacionalismo voraz y el populismo de amplio espectro, de Abascal a Echenique, de Iglesias a Ortega Smith.</p>
<p>La experiencia prueba que el populismo es un camino sin retorno. Una vía que transitan formaciones tanto de extrema derecha como de extrema izquierda recurriendo al combustible del odio, la radicalidad y la polarización. Sin embargo, cuando se baja al terreno de lo cotidiano y se obvian tales planteamientos, la experiencia prueba también que la ciudadanía se implica y resuelve los retos de veras acuciantes. Lo hace, además, abriendo vías que conducen al futuro, no a la extinción de la democracia.</p>
<p>Anne Applebaum sostiene asimismo que «la democracia es circular. Durante un tiempo después de 1945», dice, «pensábamos que el progreso, el crecimiento y el aumento de las libertades eran imparables, pero no. La verdad es que se dan retrocesos. Las ideas van y vienen: desde los planteamientos anticientíficos hasta lo más retrógrado».</p>
<p>La democracia necesita cuidados, incluido el respeto a sus instituciones. Anomalías como el ‘brexit’, el ‘procés’ o el asalto al Capitolio de los Estados Unidos son avisos que nos alertan contra las patrañas verbales y propagandísticas. Que nos recuerdan lo necesario que resulta escapar del trilerismo político, rechazando cualquier radicalidad que no sea la del respeto a los hechos contrastados y a las verdades verificables. ¿El resto? Sectarismo, egolatría y pura filfa.</p>
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		<title>Las dimensiones del teatro</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Sep 2019 08:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Del mismo modo que la literatura occidental está salpicada de referencias constantes a las leyendas mitológicas de Grecia y Roma, las series (y sus derivados audiovisuales) se están convirtiendo en mitologías e inspiraciones obligadas de la modernidad. Los discursos políticos y las columnas periodísticas no podrían sustentarse sin su recurso, desde &#8216;Juegos de Tronos&#8217; a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Del mismo modo que la literatura occidental está salpicada de referencias constantes a las leyendas mitológicas de Grecia y Roma, las series (y sus derivados audiovisuales) se están convirtiendo en mitologías e inspiraciones obligadas de la modernidad. Los discursos políticos y las columnas periodísticas no podrían sustentarse sin su recurso, desde &#8216;Juegos de Tronos&#8217; a &#8216;El ala oeste de la Casa Blanca&#8217;, desde &#8216;El cuento de la criada&#8217; hasta la interesada alusión, por ejemplo, al combate entre Mohamed Ali (Cassius Clay) y George Foreman que tuiteó esta semana el líder de Podemos para simbolizar el valor de la santa paciencia… Y en ocasiones las series son algo más que una referencia, que una cita en un discurso. Todavía recuerdo cómo un &#8216;spin doctor&#8217; (ahora en una trinchera de distinto signo político) calcó literalmente cierto episodio de una serie americana para reivindicar, mediante una pila de documentos que los periodistas tan solo podían ver pero no copiar, la supuesta &#8216;inocencia&#8217; de su entonces patrón y presidente.</p>
<p>Ocurre que<strong> en este veraniego paréntesis preelectoral he visto &#8216;La voz más alta&#8217;, una serie que recrea el nacimiento de la Fox News y de la televisión como instrumento imprescindible para la política y la manipulación. </strong>«Creo firmemente en el poder de la televisión. Cambia a la gente lo que quiere, aunque no sepa que lo quiere», dice Roger Ailes, el protagonista de la historia.</p>
<p>Aparte de la denuncia que la &#8216;La voz más alta&#8217; hace de Ailes como depredador sexual,<strong> a mí me interesa la minuciosa radiografía acerca de cómo se transforma</strong> (cómo &#8216;degenera&#8217;, sería un verbo más preciso)<strong> un modelo televisivo con vocación informativa para terminar convirtiéndose en una implacable maquinaria de propaganda política.</strong> El huevo de la serpiente del populismo y de la telebasura.<strong> «La gente no quiere estar informada, quiere sentirse informada», proclama Ailes. Cuando un veterano del medio trata de frenarlo con el siguiente argumentos: «Somos una cadena de noticias. Necesitamos periodistas expertos», él replica tajante:</strong><strong>«Lo que necesitamos son personas que el público quiera ver, porque es la puta televisión».</strong> «Le daremos al norteamericano una visión del mundo como es en realidad y… como ellos quieren que sea». «Tenemos que dirigir las noticias, no solo informar».</p>
<p>Después de ver esta serie televisiva los espectadores más jóvenes a lo mejor entienden que la idea de guionizar programas de entrevistas y debates; la decisión de fabricar &#8216;noticias falsas&#8217; o de intentar que se transformen en virales simples &#8216;intrascendencias&#8217; es otra forma, y bastante nociva, de manipulación. Ruido en un sistema laberíntico que cuenta con un penúltimo engranaje: las redes sociales.</p>
<p><strong>Quizás vivimos dentro de un bucle permanente en el que la política y la realidad solo son, como en el poema de Gil de Biedma, las dimensiones del teatro, mientras nosotros somos, a la vez, personajes y espectadores.</strong> Un &#8216;matrix&#8217; alimentado, desde luego, por ese modelo de predicadores laicos que el mexicano Paco Ignacio Taibo II califica de «ministros de culto sectario» que hablan «como si fueran los dueños de la verdad revelada» y ante los que el sentido común aconseja ponerse en guardia.</p>
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		<title>Charlatanería de diseño</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Jul 2019 07:40:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En mi familia cuentan la anécdota de unos antepasados, hermanos y solteros, ya de cierta edad, que una mañana temprano salieron de su casa a caballo en dirección a Trujillo, apenas a 20 kilómetros de distancia. Nada más emprender la ruta, uno de ellos exclamó: «¡Mira, por allí va un lobo!». El acompañante guardó silencio. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En mi familia cuentan la anécdota de unos antepasados, hermanos y solteros, ya de cierta edad, que una mañana temprano salieron de su casa a caballo en dirección a Trujillo, apenas a 20 kilómetros de distancia. Nada más emprender la ruta, uno de ellos exclamó: «¡Mira, por allí va un lobo!». El acompañante guardó silencio. Prosiguieron la marcha, pero cuando estaban dentro del berrocal que rodea Trujillo el otro jinete se limitó a contestar: «O loba». Esa fue toda la conversación que mantuvieron durante cuatro leguas de viaje. La verdad es que este episodio solía utilizarse en la familia para reprochar a alguien sus &#8216;calladeras&#8217; o para retratarle con nula inclinación locuaz. «Este sale a la rama de los parientes aquellos de &#8216;lobo o loba&#8217;», oí más de una vez en casa cuando –por el motivo que fuera– alguno se mostraba más tenaz en los silencios que en la conversación.</p>
<p><strong>Cambian los hábitos sociales.</strong> Ya nadie viaja a caballo, salvo por diversión, para desplazarse de una localidad a otra. Pero<strong> creo que en los viajes colectivos, desde el tren al autobús, desde el taxi al Blablacar, le va ganando terreno el silencio a la charla;</strong> o mejor, <strong>las charlas que van ganando la mano son las que mantienen los usuarios de esos medios de transportes a través de la pantalla de su móvil con otros usuarios de dispositivos electrónicos. Las charlas en red.</strong> Decía Nietzsche que una conversación entre dos personas eran «dos monólogos con interrupciones más o menos pacientes». Sería en su época. <strong>Me parece que ahora vivimos la apoteosis del monólogo permanente y sucesivo, sobre todo en las redes sociales, en el &#8216;mátrix&#8217; globalizado de la realidad virtual. </strong></p>
<p>Por no conversar, me parece que ni los políticos conversan, aunque aparentemente hablan, se entrevistan, charlotean. Tal vez se limitan a interpretar un argumentario guionizado; acceden a fotografiarse con gestos de &#8216;diseño&#8217; que prohíbe, por ejemplo, mirar con afecto o cordialidad al interlocutor. Mirarle así supondría mostrar debilidad o sumisión. <strong>Hasta en los programas televisivos más populares empieza a ser frecuente la figura del especialista en comunicación no verbal, encargado de glosar, puntero en mano, lo significativo de esta mirada, de aquella mueca, de esa sonrisa… </strong>Supongo que dichas apreciaciones y dictámenes acabarán siendo recibidas por todos –espectadores o no de tales programas– con la credibilidad de los etruscos ante el arúspice que examina las entrañas de las aves y adivina qué presagios les reserva el porvenir.</p>
<p>En la era de la imagen, cualquier contenido de valor tiene que ser susceptible de ser resumido en un símbolo, en un gesto, en un atributo, en un relato. Y preferiblemente también en una &#8216;imagen potente&#8217;, en un eslogan, en un titular de prensa. Basta pensar en la actual encrucijada política de España para entenderlo. Antes que ingenio (llámese ocurrencia o estrategia) en cualquier negociación lo primero que se necesita es confianza. Confianza entre quienes negocian. Y hablar con sinceridad, lejos del postureo. Porque si de lo que se trata es de incurrir a diario en la facundia monologuista y charlatana, prefiero aquella contención de mis parientes en sus marchas a caballo. Se les entendía todo.</p>
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		<title>&#8216;Chernobyl&#8217; y el &#8216;procés&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jul 2019 08:03:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar la catástrofe. Las dos escenas para mí reveladoras apenas reflejan acción: se limitan a unas pocas frases cortas. La primera, la respuesta que les da a los operarios de la central el ambicioso Anatoli Diátlov, –empeñado a toda costa en completar la prueba que condujo a la catástrofe– cuando se le advierte del peligro de esa operación y de contravenir las normas: «No me hables de normas», le espeta a uno de ellos. Un comportamiento que el profesor Valery Legasov, el científico que sirve de hilo conductor del relato, resume con un juicio inapelable: «Diátlov rompió todas las reglas». Saltarse la ley. Hacerse trampas en el solitario. La otra escena pertenece a la vista oral que se celebra para dirimir los hechos. Tras explicar las claves científico-técnicas del accidente, el profesor Valeri Legásov habla de algunas carencias de los reactores empleados en la antigua URSS y reflexiona en voz alta sobre las terribles consecuencias de ocultar ciertos aspectos o detalles para no perjudicar, supuestamente, el prestigio del sistema… «Cada mentira que decimos supone una deuda a la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga».</p>
<p>Yo creo que la lección de ‘Chernobyl’ no radica tanto en el plano de los problemas técnicos (de hecho, solucionados poco después de la catástrofe), sino en el plano moral, de los comportamientos. Ese plano que tiene que ver con la condición humana y con determinados valores éticos y democráticos. Según Amiel, el peligro de un error está en proporción a la cantidad de verdad que contiene. La dimensión siempre es relevante.</p>
<p>Por eso me parece significativo descubrir cuánta verdad y cuánta mentira registrarían los medidores de errores éticos –si se hubieran inventado– para casos como el del ‘procés’. ¿Cuánto combustible políticamente ‘radiactivo’ se ha destinado a multiplicar en el imaginario colectivo la falsa especie de que España ‘robaba’ a Cataluña? ¿Cuántas falsedades han sido precisas para enturbiar la convivencia entre las gentes de Cataluña, ignorando que en cualquier sistema democrático moderno son las personas, no los territorios, quienes pagan impuestos? ¿Cuántas iniciativas políticas se han planteado para huir hacia delante, pura tramoya, y disfrazar los desmanes de la corrupción y el latrocinio?</p>
<p>Creo que en Cataluña, igual que en la serie ‘Chernobyl’, además de los detalles técnicos es preciso conocer los auténticos comportamientos políticos y las bases éticas y democráticas que los inspiraron. Su compromiso con la verdad, no con la leyenda, la propaganda o el interés sectario. No se trata de dar vueltas a la noria del error. «Esperar que la verdad salga del razonamiento», decía Hannah Arendt, «es confundir la necesidad de pensar con la urgencia de conocer». Si se hace una serie sobre el ‘procés’, espero que lo revelador sea, justamente, las verdades que es urgente conocer, no cuántos Dyatlov siguen dispuestos a envenenar el reactor y a repetir el desastre.</p>
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		<title>Al corazón, al corazón</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Apr 2019 07:28:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Mucho antes de que la era digital impusiera los concentrados de tuits, diálogos de wasap, aforismos y otras apoteosis del ingenio breve, reconozco mi interés y devoción por la sabiduría que contienen los proverbios y adagios de la tradición popular. Sumidos en una intensa precampaña electoral, no es que pretenda ahora hacer menosprecio del discurso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mucho antes de que la era digital impusiera los concentrados de tuits, diálogos de wasap, aforismos y otras apoteosis del ingenio breve, reconozco mi interés y devoción por la sabiduría que contienen los proverbios y adagios de la tradición popular. Sumidos en una intensa precampaña electoral, no es que pretenda ahora hacer menosprecio del discurso largo y alabanza del eslogan, pero creo que para ‘leer’ e interpretar correctamente la realidad de los mensajes políticos, lo más recomendable es actualizar nuestra memoria de esa vieja sabiduría popular.</p>
<p>Como potenciales votantes, a todas horas se nos bombardeará desde los medios de comunicación y desde las redes sociales con mensajes cortos (lemas, anuncios, memes, tuits, comentarios, bulos, noticias falsas y otras ciertas, reclamos, vídeos, carteles, soniquetes, propaganda…) para tratar de rescatarnos del supuesto laberinto en el que nos encontramos, y ayudarnos a decidir. En las precampañas y después en las campañas, a nadie van a intentar ganárselo para la causa de este o aquel partido con argumentos complejos y reflexiones que precisen calma, tiempo y constatar datos.</p>
<p>Para conseguir que el voto llegue a la urna, se apela al corazón, no a la cabeza. O mejor, al corazón antes que a la cabeza. Y deprisa, deprisa. A los mítines solo van los convencidos y quien acude lo hace confiado en ver reforzadas sus ideas, no en verlas cuestionadas. Miel sobre hojuelas. Los que se encargan de buscar votantes lo harán valiéndose de los diversos formatos a que antes me he referido (tuits, lemas, eslóganes…) y también apelando al miedo: ese dios capaz de intervenir en la voluntad popular como la vara de Moisés, que separó en dos partes las aguas del mar. En cierto modo, todas las formaciones políticas apelan al miedo: miedo a los males terribles que acarreará la llegada del adversario o miedo a no poder cumplir con las expectativas y los logros prometidos. Miedo al otro o miedo a lo incierto.</p>
<p>Me parece que la columna vertebral de las campañas electorales no se levanta ya con discursos técnicos y razonamientos prolijos sobre economía, medio ambiente, defensa, sanidad… sino, prioritaria y generalmente, con mensajes emotivos y guiños más sentimentales que ideológicos. Un ámbito donde priman las grandes abstracciones (el cambio, la solidaridad, el progreso, la firmeza, el amor a la patria…) que son difíciles de cuantificar y, en resumen, de medir y constatar. El ámbito del corazón.</p>
<p>En consecuencia, quizás lo más recomendable durante las próximas semanas sea refrescar la lectura de los proverbios tradicionales, pues nada mejor que la sabiduría popular, –centrada también en los valores y abstracciones de la vida–, para detectar, como un escáner, cuál es el mineral y cuál la ganga del mensaje. Sugiero que cada lector rescate para sí alguno de sus proverbios preferidos. Yo registro aquí tres al azar: «Aquel a quien amamos no tiene defectos; si le odiáramos, carecería de virtudes». «Los ojos se fían de ellos mismos, las orejas se fían de los demás». Y el último: «Cada paso que da el zorro se acerca más a la peletería». Disculpas por el escepticismo, y que me perdonen los animalistas.</p>
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		<title>Mensajes con brilli brilli</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Feb 2019 10:59:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Supongo que buena parte del éxito de las redes sociales se sustenta en la brevedad. Un valor prestigiado desde antiguo: «Lo bueno si breve, dos veces bueno», resume el dicho popular bastantes siglos después de que Tales de Mileto lo intuyera también a su manera: «Muchas palabras nunca indican mucha sabiduría». Un lema que sirve, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que buena parte del éxito de las redes sociales se sustenta en la brevedad. Un valor prestigiado desde antiguo: «Lo bueno si breve, dos veces bueno», resume el dicho popular bastantes siglos después de que Tales de Mileto lo intuyera también a su manera: «Muchas palabras nunca indican mucha sabiduría». Un lema que sirve, paradójicamente, para refutar y confirmar, al mismo tiempo, el triunfo de los superventas en la literatura y la apoteosis de los tuits en la galaxia digital. Sin embargo, no todos los ‘tochos’ de cientos de páginas contienen mayoritariamente la corcha de la torpeza ni los chispazos breves encierran, a la fuerza, sabiduría. En ocasiones, tras el chisporroteo del ingenio solo luce el chiste fácil, el guiño hueco de la gracieta.</p>
<p>A pesar de su prestigio antiguo: «Sé breve en tus razonamientos; que ninguno hay gustoso si es largo» (Cervantes) y el convencimiento general de que en los proverbios y en los refranes se encierra la sabiduría de los pueblos, yo creo que la brevedad está sobrevalorada; con la excepción, claro está, de todo lo escrito por Monterroso, ¡salve, Augusto!, que son palabras mayores.</p>
<p>Creo que ya he referido alguna otra vez lo que cuenta el mexicano Gabriel Zaid en torno a la influencia de los libros. En su opinión, si en el ámbito de habla española se esperó hasta 1966 para traducir al castellano una obra como la ‘Fenomenología del espíritu’</p>
<p>–«sin que mientras tanto se haya caído el mundo de habla española por falta de Hegel»–, apostillaba zumbón, cabe preguntarse sobre la influencia de ciertos títulos en los círculos cultos y «ya no digamos en las masas».</p>
<p>Lo que deseo apuntar es que si hablamos de literatura considero tan válidas las obras extensas como las breves. La Odisea o los cuentos de Monterroso. Pues su valor no radica tan solo en la extensión. Pero si de lo que se trata es de juzgar argumentos filosóficos, proyectos de vida, programas políticos, desconfío de la brevedad. Ahí son precisos diferentes criterios. Los profetas de la brevedad en la literatura, sí; en la política, no. Sí al ingenio, a la inteligencia y a la belleza concentradas en un poema, en un artículo, en una novela. No a la simplificación del eslogan, al argumento espasmódico.</p>
<p>El penúltimo conflicto generado por el ‘procés’ y el separatismo cavernícola se vivió ayer a cuenta del eufemismo ‘relator’, ‘mediador’ o ‘facilitador’ que con carácter internacional pretenden imponer en su chantaje a la España constitucional y democrática. Formulados en abstracto, ‘diálogo’ o ‘derecho a decidir’, son simples mantras destinados a socavar la integridad territorial. Aceptar tales espejismos es asumir intereses espurios. No vale el trágala de la tergiversación.</p>
<p>Ahora que se acercan elecciones, resulta imprescindible desechar la simplicidad de la propaganda, el chascarrillo de lo visceral. Ninguna apuesta política se perfila con cuatro brochazos ideológicos, por muy salpicados que lleguen de populismo, separatismo, tactismo resistente o promesas de futuro tan artificiosas como el brilli brilli. Si hablamos de política, coherencia y rigor. Poca broma. «Toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa», decía el economista inglés Alfred Marshall. Más claro, agua.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Trumpismo de gasolinera</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jan 2019 12:21:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la acción política se convierte en pura provocación, el interés general se convierte en mero interés sectario, en ganancia personal. La historia ofrece múltiples constataciones de ese postulado: desde los totalitarismos sangrientos del siglo XX hasta sus herederos ‘naturales’, los nuevos populismos, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, incluidos los nacionalismos étnicos, tan proclives a nutrirse de ‘irracionalismo’ sentimental antes que de leyes y de principios democráticos. Desde los imperios que prometían una duración de mil años, hasta los delirios de quienes prometían –al precio que fuera– el paraíso en la tierra. Desde quienes manipulan los hechos del pasado para recrear leyendas y ‘realidades’ que nunca existieron hasta quienes procuran labrarse un fructífero porvenir convirtiéndose en heraldos del apocalipsis casero: donde la culpa siempre es del ‘otro’, generalmente pobre y foráneo. Redentores cuyo primer mandamiento suele ser: «Esto lo arreglaba yo con…». Guárdate, mi buen Yorick, de todos aquellos dispuestos a concebir programas políticos solventes en apenas tres puntos suspensivos. Filfa y zoquetería.</p>
<p>El pasado mes de marzo le recordaba Noam Chomsky a Jan Martínez Ahrens en una entrevista en ‘El País’ que, tras la ola de neoliberalismo impuesta en el mundo hace 40 años, se produjo una concentración de riqueza en manos privadas y una pérdida del poder de la población general. «La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado –añade Chomsky– es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. Hay quien le llama populismo, pero en realidad es descrédito de las instituciones».</p>
<p>Partiendo de ese descrédito (contra el que las propias instituciones, dicho sea de paso, apenas han intentado vacunarse sometiéndose a un saludable ejercicio de autocrítica), a partir de ese descrédito, decía, los grupos políticos emergentes cada día teatralizan y banalizan más su actividad partidaria, convirtiéndola en una sucesión de protestas ocasionales, críticas situacionistas, denuncias mediáticas a través de las redes sociales y las –consabidas– promesas de un mundo mejor&#8230; Brindis al sol que constituyen el combustible básico con el que funcionan sus aparatos propagandísticos y electorales. Trumpismo de gasolinera. El recurso permanente al escándalo, a la falsedad, a las medias verdades, al cultivo del miedo, a la tergiversación; apelaciones al sentimentalismo engañoso, al egoísmo narcisista y despiadado; a la manipulación interesada… La hemeroteca está repleta de ejemplos recientes.</p>
<p>Es sabido que cualquier actividad política en las democracias requiere de cierta teatralización para ‘poner en escena’ propuestas e iniciativas. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. O en palabras de Quevedo: «Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir». En estos tiempos líquidos y trumpistas, cualquiera que se incorpora al ruedo electoral ibérico puede estar tentado de prometer un ‘paraíso’ donde se atan los perros con longanizas y llega el oro, más no el moro… Por eso hay que estar prevenidos contra la estrategia de la propaganda espuria y recordar a Séneca: «Nada tan amargo como estar largo tiempo pendiente de una promesa». Sobre todo si se trata de promesas rentables únicamente para quienes las hacen.</p>
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		<title>De Séneca a Azarías</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jun 2017 19:10:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me parece que Internet y el universo de las redes sociales se asemeja a los tiempos de los pasquines y de las pintadas. Una época en que el rumor, las medias verdades y la información descontextualizada circulaban igual que la moneda de curso legal. En determinadas circunstancias (bajo una feroz censura o un poder absoluto) supongo que los pasquines cumplieron su papel –valga la expresión– igual que las pintadas en las paredes. Para difundir eslóganes nada mejor que un muro, de ladrillo o de Facebook. Que se lo cuenten a los jóvenes de Mayo del 68 cuando pedían «¡Levantad los adoquines que debajo está la playa!» o a esos precursores de Banksy que ironizaron en el Londres de 1975 con otra pintada memorable: «Dios no está muerto: está vivo, saludable y trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso».<br />
El universo de las redes sociales suscita firmes reticencias porque la información que nos llega a través de nuestras cuentas no suele estar jerarquizada (su carácter en un porcentaje altísimo es aleatorio, azaroso, circunstancial); puede tratarse de datos no confirmados y para muchos usuarios, además, las redes sociales ‘ocupan’ un espacio y un tiempo que no pueden dedicar a otras propuestas informativas o de comunicación mejor estructuradas, más fiables y rigurosas. Menos líquidas.<br />
En mi opinión las redes sociales están destinadas a convertirse<br />
–probablemente lo son ya– en grandes herramientas de entretenimiento y diversión. Muy aptas para la propagación de memes, chistes, chascarrillos, nimiedades y otros subproductos de bajo coste. Por decirlo como Paco el Bajo en ‘Los santos inocentes’ cuando disculpaba a su cuñado Azarías: desengáñese, señorito Iván, para la paloma vale pero para la perdiz es corto de entendederas.<br />
Una de las cosas que peor llevo en las redes sociales es la práctica del machaqueo: esos profesionales del Twitter o del Facebook que se pasan el día con el mismo sonsonete. En modo martillo pilón o picador de almendrilla. Entusiastas del bombo y de la propaganda a los que jamás les entraría en la cabeza aquel famoso reproche de Alberto Moravia: «Curiosamente los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado».<br />
Sin embargo, reconozco que me gusta Internet en general aunque solo sea por lo que ha aportado al mundo de la comunicación y sus enormes potencialidades. Debo insistir también en que mis reticencias respecto a las redes sociales tienen que ver más con el uso furtivo que se hace de ellas que con su carácter.<br />
Así como Séneca decía al hablar de los vicios que son propios «de los hombres, no de los tiempos» puede decirse que el problema de las redes sociales no radica en su naturaleza sino en la utilización que hacemos de ellas, en el fin al que las destinamos. Aunque sospecho que si Séneca viviera en el siglo XXI y observara a millones de personas en todo el mundo consultando ensimismadas cada poco tiempo un dispositivo móvil, tal vez cambiaba de opinión.</p>
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		<title>De Camba a Churchill</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2016 18:36:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay tres amenazas que procuro esquivar: el perro guardián que no ladra, la ira del hombre pacífico y las promesas de quien vende paraísos a la vuelta de la esquina. Bueno, conozco bastantes más peligros pero digamos que esos tres intento soslayarlos a toda costa. Las épocas de incertidumbre parecen propicias para que asome por el horizonte la tercera de dichas amenazas: la de vendedores de paraísos o la de aquel comisionista de revoluciones del que hablaba <a href="http://www.casadellibro.com/libro-sobre-casi-nada/9788484728108/2221494" target="_blank">Julio Camba</a> en su libro de artículos ‘Sobre casi nada’. Aquel buen hombre desplegaba el muestrario con sus productos ante los potenciales clientes, los políticos indecisos. Y cuando el político le preguntaba asombrado «¿Para qué necesito yo una revolución?», el comisionista le decía: «Para gobernar. Sin una revolucioncita bien empleada no gobernará usted nunca».<br />
El catálogo de revoluciones que enseñaba el comisionista era muy variado:  había revoluciones progresistas, reaccionarias, pacíficas, violentas, populares, antipopulares&#8230; Ahora diríamos que hay también ‘revoluciones’ de diseño, de laboratorio, algunas embrionarias pero creciditas y a las que otros se apuntaron como Charlot en ‘Tiempos modernos’ cuando recoge una bandera del suelo y sin proponérselo se ve encabezando una manifestación obrera que avanzaba a su espalda.<br />
Quienes hayan frecuentado durante los últimos meses opiniones variadas en los distintos medios de comunicación (no computan ahí la ‘propaganda’ de voceros y trolls que repiten cual papagayos en las redes sociales las consignas de turno) habrán concluido que la principal y más importante obligación de los políticos salidos de las urnas el 20 D es negociar y ponerse de acuerdo para formar gobierno, anteponiendo los intereses del país a los del propio partido. Un espíritu que resume muy bien la famosa frase de Churchill, nunca tan citada por cierto como en estos días: «El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones». A este paso va a tener que ser la propia ciudadanía la que se eche a la calle para manifestarse con pancartas donde se lea: «Necesitamos estadistas, no solo políticos de partido».<br />
Si a finales de los años setenta, en plena Transición política, se habló mucho de la fase del «desencanto» (quizás debido a la natural crisis de crecimiento de aquella joven democracia) en estos años de crisis económica-financiera global se ha hablado de otro fenómeno alarmante: la desafección a los políticos, un malestar en aumento y que se extiende –de ahí la gravedad– a todo el arco parlamentario. «Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje», advertía <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Aldous_Huxley" target="_blank">Aldous Huxley</a>. Hace años tal vez era posible engatusar a la gente con palabras bonitas o promesas de paraísos al alcance de la mano. Pero ya no. La gente sabe de obra cómo se hace la prueba del algodón. Quiero decir la prueba de la urna.  </p>
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		<title>Mejor reírse</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Feb 2015 22:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Thackeray sostiene que el humor es una de las mejores prendas que se pueden vestir en sociedad. Yo estoy muy de acuerdo con él. Por eso en la historia me resultan más atractivas las miradas de los bufones, ¡ay, mi buen Yorick!, que las ocurrencias de los poderosos. Mejor la sabiduría destilada por quien tiene que sobrevivir a las arbitrariedades del tirano que  la ampulosidad afectada del gobernante. Por eso en estos tiempos en que la política se adorna tanto de tramoya y afectación son mucho más elocuentes las intervenciones del caricaturista que las proclamas del caricaturizado. Por eso a la democracia le sienta tan bien el humor. Y por eso mismo los palmeros y turiferarios de cuota se rebrincan y hasta parecen bufar cuando nuestros Quevedo o Marcial o Séneca de ahora señalan la desnudez del emperador correspondiente y se ríen con desparpajo de sus necedades.<br />
Siempre es bueno el humor. Nunca está de más. No hay asunto serio que no tenga su lado cómico, ni tema tan trascendente que no consienta unas risas. Quizás el humor sea   el consuelo más certero que existe contra la grandilocuencia, la soberbia o las mentiras con que el poderoso trata de trepar en su carrera. El humorista, el bufón, el escritor satírico, el caricato&#8230;  es capaz de describirnos la realidad sin maquillaje y de pintarles con sus auténticos andrajos a los personajes que se desviven por mostrar únicamente la mascarita que a ellos les interesa.<br />
Cuando se nos quiere pintar una realidad que no se corresponde con lo que vemos, cuando se nos insiste que es de día aunque reine la oscuridad de la noche más cerrada, la opción más saludable es el humor. La risa reparadora. La seguridad de que tras la siguiente duna el desierto nos regalará un oasis. Un alto donde parar un rato y reír.<br />
El humor es terapéutico para todos. Conviene empezar a reírse de uno mismo para  no caer precisamente en la trampa de quien confunde la seriedad con la solemnidad ampulosa, el interés general con la egolatría. El que sabe reírse de uno mismo difícilmente se va a considerar el rey del mambo. El humor nos emparenta con la humildad.<br />
 En las épocas de crisis económica el humor es un analgésico y a la vez un estimulante contra la adversidad. En la España de la postguerra y de la falta de libertades sobrevivió. Aunque es verdad que fue precisa una cierta tolerancia para que Jardiel Poncela o Mihura dieran paso a ‘La Codorniz’, ‘Hermano Lobo’ y todo lo que vino después.<br />
Los periódicos nos regalan tesoros muy sutiles de humor escrito y humor gráfico. Y de hecho es probable que nos hayan vacunado bastante más contra las argucias y supersticiones del poder –por decirlo así– las viñetas de dibujantes como El Roto o Ramón que otros textos sesudos de información o de opinión. En la literatura de habla inglesa hay una larga tradición de escritores de humor, desde Mark Twain a Evelyn Waugh, pasando por Oscar Wilde y hasta P.G. Wodehouse, Woody Allen o Gerald Durrell. Pero en español tenemos también una buena nómina, empezando por los clásicos y acabando en Augusto Monterroso. Échense unas risas y miren la vida con optimismo.  </p>
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