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	<title>GRATIS TOTALrazón &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Refutación de lo breve</title>
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		<pubDate>Fri, 30 May 2014 19:10:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el imaginario colectivo, lo breve va ganando prestigio –con sus naturales excepciones–, pues no imagino a un eyaculador precoz proclamando: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»&#8230; El peligro de la tendencia es que además de lo breve nos están colando de contrabando la banalidad, lo insulso; esas frivolidades que combinan tan graciosas con [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el imaginario colectivo, lo breve va ganando prestigio –con sus naturales excepciones–, pues no  imagino a un eyaculador precoz proclamando:  «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»&#8230; El peligro de la tendencia es que además de lo breve nos están colando de contrabando la banalidad, lo insulso; esas frivolidades que combinan tan graciosas con las muestras de ingenio frecuentes en las redes [de las barras de los bares] sociales, que no otra cosa es en realidad ese invento al que denominamos redes sociales&#8230;<br />
Yo mismo he expresado en alguna otra ocasión mi simpatía por el prestigio de ‘lo breve’ cuando se trata de un concepto equiparable a valor literario, a inteligencia concentrada; es decir, cuando se utiliza como sinónimo de saber, que es el sentido que daban los clásicos a lo breve: «Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo», nos prevenía Cervantes. O la recomendación de Horacio: «Sea cual sea el consejo que das, sé breve».<br />
En literatura son bien conocidos los ejemplos de obras maestras cuyo tesoro es la brevedad. Desde los cuentos de Augusto Monterroso hasta los relatos de Ambrose Bierce. Desde las obras de Catulo y Marcial hasta las fábulas de Esopo y los escritos de Juan José Arreola y Gabriel Zaid. Pero lo que en literatura constituye una prueba de talento, en otras circunstancias de la vida no representa necesariamente lo mismo. ¿Qué talento anida en quien deja la brevedad reducida a  exabrupto, a simple insulto? Y el insulto, ya se sabe, es una de las columnas que sostienen el antro moderno de la brevedad. ¿Qué puede esperarse de quienes renuncian a debatir sobre la base de argumentos bien desarrollados y con sincera voluntad de comprensión y entendimiento? Y cuando digo debatir no me refiero únicamente a los profesionales de la política, sino al común de los mortales, cada uno en su ámbito de actividades. ¿Qué valor se le supone a quien siempre se muestra remiso a la mínima empatía con quien tiene enfrente?<br />
Mientras los científicos no descubran algún formidable procedimiento para aprender sin esfuerzo y sin tiempo&#8230; (y me temo que no caerá esa breva), aspirar a la sabiduría exigirá corrección en el proceso de aprendizaje y no hacerse trampas en el solitario. Quiero decir que aprender, que formarse  –en el amplio sentido del término– exige razonar sin atajos y no vale dar por cumplido el itinerario cuando se han asimilado tan solo unos pocos chascarrillos para trampear y dar el pego. Lo advirtió mi admirado Laurence Sterne: «La ciencia se puede aprender de memoria, pero la sabiduría no».<br />
La realidad es compleja, nadie lo duda. Y  para interpretarla correctamente hacen falta  esfuerzo, capacidad, altura de miras y un instrumental debidamente afinado&#8230; Y nada de sectarismo, claro, si se trata de analizar  la realidad política o económica más próxima. Así que nada de eslóganes y chascarrillos. La brevedad, para los cuentos y las redes sociales&#8230; Hasta el economista inglés Alfred Marshall acude en nuestro auxilio: «Toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa». </p>
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		<title>Bastón de ciego</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2013 21:21:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuanto más compleja y diversa es una sociedad, más difícil resulta persuadirla. De lo que sea. En materia de consumo, en política, en cultura, en economía&#8230; A las masas uniformes es mucho más fácil convencerlas. La tendencia natural de quien está interesado en ‘vender’ su producto, sin embargo, es conseguir el mayor grado de uniformidad [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuanto más compleja y diversa es una sociedad, más difícil resulta persuadirla. De lo que sea. En materia de consumo, en política, en cultura, en economía&#8230; A las masas uniformes es mucho más fácil convencerlas. La tendencia natural de quien está interesado en ‘vender’ su producto, sin embargo, es conseguir el mayor grado de uniformidad en la clientela, especialmente si lo que se ‘vende’ son ideas o una ideología. ¿Qué significa eso? Que en una sociedad rica, plural, con criterios fundados, resulta más compleja la tarea de ‘adoctrinar’ en masa, uniformando lo que por principio no es uniforme, monolítico, sino variado, distinto, poliédrico.<br />
En tiempos de incertidumbre y de tormenta, la marinería suele mirar al capitán. Napoleón lo dijo de otro modo: «Hay en los pueblos un sentimiento interior, profundo, una necesidad que los arrastra al reconocimiento de un Dios, sea el que fuere». El dios a veces es un ídolo como el becerro de oro, la esperanza de un mundo mejor, la confianza en la solidaridad entre los hombres o incluso la simple delegación en una batería de poderes ‘fácticos’ a veces abstractos e imperceptibles que se ocupan de pensar y de decidir por todos nosotros. O por todos los que renuncian a ejercer como ciudadanos libres y responsables.<br />
Decía Joubert que «el razonamiento sólo es bueno en las materias en las que no vemos nada. Es como un bastón de ciego». Cuando estamos dominados por las creencias no necesitamos razonar, nos basta el convencimiento interno. Pero nuestra condición de ciudadanos libres exige precisamente que usemos ese bastón para ir tentando el camino, para encontrar los puntos de apoyo seguros y evitar los tropiezos. Nunca como en estos tiempos en los que se nos quiere vender tanto género de contrabando es imprescindible el sentido crítico, el escáner de la razón para detectar las impurezas y las partes contaminadas en los productos que nos quieren hacer tragar.<br />
Por desgracia, la tendencia al bombardeo con ideas simples, con meros eslóganes y lemas se está generalizando en las trifulcas políticas cotidianas. La gente se intercambia mantras (ahora denominados también ‘ideas fuerza’) como si fuesen cartas de una baraja virtual. Lo malo es que muchas personas se ponen a jugar las partidas y aceptan convertirse en papagayos, en monos de repetición de lo que otros han pensado o prescrito en su nombre. Mientras que al ciudadano crítico, responsable, no es fácil seducirle con ideas o productos que deslumbran pero no iluminan, al ciudadano que ha dimitido de su obligación de pensar por sí mismo es muy fácil engatusarle con género mixtificado, de contrabando y prestidigitación.<br />
Si trasladamos el ejemplo al que tantas veces se recurre de «no le des un pez, enséñale a pescar», al ciudadano libre y responsable no hay que regalarle munición ideológica –del signo que sea– sino facilitarle el acceso al razonamiento limpio, inteligente, y a la formación del criterio propio. Quiero decir que hay que invitarle a usar el bastón de ciego sugerido por Joubert para avanzar entre las sombras, no para liarse a palos con él.</p>
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		<title>La vomitera digital</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 20:24:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la epidermis para que asome, como en aquella serie televisiva de extraterrestres, el ‘lagarto’ que ha colonizado nuestro lado oscuro, el inquisidor de horca y cuchillo dispuesto a arreglar el mundo a su manera.<br />
Uno de los ‘rascadores’ de epidermis más populares lo proporciona Internet y la posibilidad de lanzar pedradas escondiendo la mano tras la confortable trinchera del anonimato. El anonimato funciona aquí como la rejilla del confesionario o el diván del psiquiatra, favorece la vomitera mental, la descarga de munición, con la ventaja de que no hay un cura que te ponga penitencia ni un facultativo que te pase la factura.<br />
Como en un carnaval gigantesco, diseminado entre innumerables ordenadores, el ejército de desinhibidos justicieros apalea a su antojo a quienes se les ponen por delante. Con el antifaz puesto, el trabajo de repartir leña es una actividad muy divertida. Lo digo en serio, lo único bueno de este matonismo digital es lo que tiene de ‘liberación’, de válvula terapéutica para dar rienda suelta a frustraciones económicas, familiares, políticas&#8230;, sin desembocar en ámbitos socialmente más sensibles. Es aquello que les decía el ex ministro Ernest Lluch, asesinado por ETA, a unos indeseables que le insultaban semanas antes del atentado: «¡Gritad! ¡Gritad, porque mientras gritáis no estáis matando!».<br />
Así que nunca falta gente dispuesta a llevarle la contraria a don Miguel de Unamuno con eso de la intolerancia y la razón.<br />
Los periodistas celebramos ayer, convocados por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, una serie de concentraciones en cuarenta ciudades del país para dar lectura a un manifiesto sobre los problemas del sector y bajo el lema general ‘Sin periodistas no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia’. ¿Alguien que utilice la razón, el raciocinio, puede usar ese mensaje –en mi opinión tan certero e inapelable como la ley de la gravedad– no solo para discrepar del lema, sino para ejercitarse en el insulto contra el periodismo y contra todos los miembros del colectivo?<br />
Es un ejemplo entre millones, traído al hilo de la actualidad, no porque desee situarme al otro lado del cristal. El periodista debe huir del protagonismo personal (el protagonista es siempre la información, el reportaje, el entrevistado&#8230;) si no quiere convertirse en una caricatura del mundo del espectáculo o en ‘otra cosa’.<br />
Más ejemplos. Un medio nacional anuncia que ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el nicaragüense Ernesto Cardenal, inmenso poeta, sacerdote de la teología de la liberación y en su día ministro sandinista. Uno de los comentarios a la noticia:  «Penosos, los ‘poemas’ del cura rebotado este. ¿Quién decide los premios, Stalin?». Por lo menos, el ‘mamporro’ ahí viaja rematado con humor.</p>
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