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	<title>GRATIS TOTALrecuerdos &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Nostalgias</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2015 17:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Los sentidos son las vías de conexión con la memoria. A través de ellos nuestro cerebro almacena recuerdos de música, sabores, imágenes, sensaciones y olores que perfilan nuestra cartografía emocional. A Marcel Proust, el sabor y el aroma de la famosa magdalena no solo le devolvieron el recuerdo de los viajes durante su infancia a casa de la tía Leoncia, sino que le abrieron de par en par las puertas a la avalancha evocadora de ‘En busca del tiempo perdido’. ¿Quién no ha vivido ese instante maravilloso en que al escuchar una determinada melodía o paladear un sabor ha tenido que contener las lágrimas por la emoción? Y quien dice un sabor o un olor puede decir las sensaciones de unas viejas imágenes o el tacto inconfundible de un abrazo o de unas manos acariciadas.<br />
Somos memoria porque los sentidos nos regalan recuerdos. Ocurre en lo personal y en lo colectivo. A veces el ritmo de la vida nos empuja a vivir el presente con una intensidad digamos que frenética, como si no hubiera mañana ni pasado. Supongo que los sociólogos conocerán bien el fenómeno y habrá estudios que lo analicen de forma sistemática. Yo identifico esas etapas con una especie de ‘adolescencia’ social donde importa más el vértigo de la prisa, el mero crecimiento, el ensimismamiento, que la mirada sosegada y nostálgica. Viví esa sensación, por ejemplo, durante los primeros años de nuestra Transición política, cuando películas como <a href="http://www.basiliomartinpatino.org/filmografia/canciones-para-despues-de-una-guerra/" target="_blank">‘Canciones para después de una guerra’</a> de Basilio Martín Patino o libros como ‘Crónica sentimental de España’, de Manuel Vázquez Montalbán, hacían que se esfumara el espejismo del presente para que nos atropellara la avalancha de la nostalgia. Del anteayer y del ayer mismo.<br />
Imagino que debe de ser la misma nostalgia evocadora que hizo triunfar después las series televisivas ‘Crónicas de un pueblo’, ‘Verano azul’ o más recientemente ‘Cuéntame’. De la adolescencia a la madurez. Cada generación al llegar a cierta edad se recrea en una mirada al pasado, y a ser posible en una mirada sin ira.<br />
En las redes sociales es un fenómeno con miles de seguidores. Miles de usuarios de facebook o twitter que disfrutan con las canciones antiguas subidas a internet por los coleccionistas de vinilos, o miles de ciudadanos de cualquier provincia que disfrutan con las imágenes de rincones y edificios a los que la piqueta del desarrollismo condenó a una muerte conmutada ahora por el viejo álbum de fotos&#8230; La industria de la nostalgia. Muchos de esos blogs o sitios web especializados se están convirtiendo en ágiles naves para viajar por el túnel del tiempo y recrearnos, ¡ay!, en el ayer. ¿Puro costumbrismo? Quizás algo más. En España se puede pasar ahora sin solución de continuidad de los versos de Rodrigo Caro: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa» a los episodios más contemporáneos de ‘El ministerio del tiempo’.<br />
Un viaje personal y colectivo. Sí. Como el de esos jóvenes –miles de ellos en el extranjero– nostálgicos de un país con horizontes  más esperanzadores y atmósfera de hogar.</p>
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		<title>El túnel del tiempo</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Mar 2015 21:23:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida sin recuerdos sería inconcebible. Literalmente una página en blanco, un álbum de fotos vacío. La filosofía, la literatura, las artes en general son un buen remedio contra el discurrir implacable del tiempo. En la historia, la popularización de la fotografía representa un instrumento extraordinario para que la memoria familiar –siempre la más cercana y la más íntima– se convierta en patrimonio sentimental de altísimo valor. De manera especial en nuestra época, inmersos en la sociedad de la imagen y donde en cualquier hogar se multiplican las fotografías, los vídeos y otros archivos analógicos y digitales. Ahí quería llegar yo.<br />
Los expertos nos previenen sobre la fragilidad de los soportes utilizados para almacenar fotos, documentos, música, vídeos&#8230; Recuerdos. Un reportaje publicado en estas mismas páginas nos avisa del riesgo: grabar imágenes y textos en cedés o discos duros no los convierte en eternos. Ni siquiera guardarlos en la nube. ¿Quién no olvidó algún ‘archivo’ en sistemas o soportes ya obsoletos? Ante los avances en almacenamiento y grabación, el consejo de los expertos es clarísimo: hacer cuantas más copias mejor y en cada nuevo sistema que vaya surgiendo.<br />
Hasta ahí los retos técnicos. Pero a mí me inquieta sobre todo el fondo del asunto. Creo que convivimos con tal cantidad de imágenes que el hombre de nuestra época puede prescindir de bastantes de ellas porque son en esencia intrascendentes, pura banalidad. Lo más probable no es que puedas prescindir de ellas sino que debes hacerlo para impedir que colapse tu capacidad de absorción. ¿Quién no limpia cada equis tiempo las incontables chorradas que recibe por wasaps, los correos basura que colmatarían tu cuenta o las tarjetas de la cámara fotográfica? No me refiero a todos los archivos analógicos o digitales. A mí las imágenes y testimonios que de verdad me preocupa que se pierdan en el tiempo «como lágrimas en la lluvia» son las fotos o los vídeos que cuentan el paraíso de la infancia, los juegos de la niñez, las peripecias de la juventud, las pasiones y desvelos y alegrías de la vida; de esa cadena que es el día a día y que todos de una manera o de otra resumimos en las colecciones de imágenes y documentos que pueblan los álbumes. Imágenes palpables, físicas, que poseen ahora la misma consistencia que el souvenir de aquel viaje inolvidable o del cuaderno donde escribiste aquella extensa y definitiva declaración de amor. Son los recuerdos que temería perder, los que me dolería que se desvanecieran.<br />
Si lo que no se dice no existe, tampoco si desaparece la música callada de las imágenes. La memoria es muy tramposa. Yo creo que a veces tiene que ser reprendida por la veracidad de la imagen. Nada mejor que un viejo álbum de fotos para devolvernos la precisión de la verdad, aunque sea una verdad  inmóvil, como la del insecto apresado en una gota de ámbar de hace millones de años. Dice el alemán Richter que los recuerdos son el único paraíso del que no podemos  ser expulsados. Cuidemos el álbum de fotos. No dejemos que nos tergiversen los recuerdos ni que nos expropien la memoria.</p>
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		<title>Frases para el mármol</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jan 2015 12:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante muchos meses yo visité a un familiar ingresado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid (entonces conocido popularmente como ‘El Piramidón’) y leí la frase del genial científico español que corona el vestíbulo principal: «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». Me encanta la idea. Memoricé esa frase igual que se memorizan los versos en la adolescencia o esos lemas y pintadas que sin saber bien por qué se resisten a escurrirse por el sumidero del olvido. Durante mucho tiempo encontré también en la estación de Metro que debía tomar para acudir a la Facultad de Periodismo la pintada que sigue: «¡Libertad para mi padre, 40 años en una fábrica!», y debajo, solo la clásica A mayúscula rodeada de un círculo con que firmaban sus pintadas por entonces los entusiastas de la acracia, el personal anarquista.<br />
Mientras la pintada del Metro era únicamente una pirueta reivindicativa e irónica,  propia de aquella España que empezaba a desperezarse de la larga dictadura y se adentraba por la transición política a la democracia, la frase de don Santiago Ramón y Cajal me parecía entonces y me sigue pareciendo ahora un mantra de valor permanente, una verdad no perecedera.<br />
«Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». ¿Qué mejor invitación a superarse de forma constante? ¿Qué mejor remedio contra el derrotismo? ¿Qué mejor consejo para afrontar por uno mismo el envidiable trabajo de formarse y cultivar las parcelas de saber? Esas trece palabras me parecen luz contra la sombra de la pereza, contra el desánimo y los desafíos de la vida cotidiana. Recordarlas probablemente no sirve para transportarnos de manera automática a un mundo mejor, pero sí para balizarnos el camino y hacernos menos ignorantes.<br />
En la sociedad de ‘cultura mosaico’ que nos ha tocado vivir, donde nos ‘bombardean’ a diario miles de mensajes en miles de soportes y plataformas –desde el universo de los medios de comunicación de masas hasta el universo de la publicidad, pasando por el ‘aleph’ de las redes sociales–, a mí me gustaría toparme más a menudo con frases como la de Ramón y Cajal. Juicios que equivalen a una rosa en el desierto.<br />
Si estuviera en mi mano exigiría que en los futuros edificios públicos se colocase en lugar destacado la frase de algún autor relevante en vez de la consabida plaquita de la autoridad encargada de su inauguración. Para esos, bien servidos irían con la cortinilla y la foto propagandística. Porque a la posteridad le sientan mucho mejor los pensamientos lúcidos que las placas protocolarias. Mejor patrocinar la sabiduría que la vanidad o los oropeles. Entre otras cosas porque la frase del sabio le pertenece a él, mientras que en las placas oficiales suele registrarse el nombre de los responsables políticos a pesar de que quienes sufragan las obras no son ellos sino nosotros, los contribuyentes. Así que a partir de ahora, mejor ir acopiando antologías de reflexiones dignas del mármol antes que las agendas de altos cargos y su previsión de inauguraciones.        </p>
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		<title>Unamuno, &#039;roñoso&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2013 20:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A memoria es selectiva y tan infiel como una amante voluble. ¿Por qué es más corta la memoria del favor que la del agravio? «La memoria», decía André Maurois, «es una gran artista: hace de la propia vida una obra de arte y un documento falso». Y Felisberto Hernández subraya el revés de la paradoja: «Olvidar lo malo también es tener memoria». Incluso el saber popular nos advierte con retranca ripiosa ante sus jugarretas. Recuerden el viejo cartel de las tabernas: «Si bebes para olvidar, paga antes de empezar».<br />
A mediados del pasado siglo César González Ruano publicó un libro titulado ‘Siluetas de escritores contemporáneos’, escrito, según confiesa en el prólogo, «de un tirón –nunca mejor dicho, puesto que fue arrancado de la memoria– rápidamente, en poco más de un mes» y «buscando en la tiniebla del recuerdo». En el libro desgrana detalles de una treintena larga de personajes a los que leyó y trató, entre ellos Emilia Pardo Bazán, Unamuno,  Valle Inclán, Benavente, Pío Baroja, Azorín, Blasco Ibañez&#8230;<br />
El retrato que le dedica a Miguel de Unamuno es formidable y sorprendente. Cuenta en primer lugar la admiración que despertaba entonces el vasco, un verdadero mito de la época, y se deleita en prolijos apuntes acerca de su aspecto exterior: las gafas, el chaleco, la camisa, el sombrero, la forma de los zapatos, el corte de pelo&#8230; Se demora después en los recuerdos de la última visita que le hizo en Salamanca. Primavera de 1930; Unamuno tiene ya 66 años y César González Ruano es un joven de veintitantos que le lleva cortésmente las galeradas del libro que ha escrito sobre él: ‘Vida, pensamiento y aventura de Miguel de Unamuno’.<br />
Según relata, hablaron y leyeron en tres lugares diferentes: la casa del ex rector, el café Novelty y el Casino. Unamuno le corrigió alguna fecha y algunos datos. González Ruano escribe de memoria dos décadas después de aquella visita, pero en la silueta de ahora no ahonda en detalles de su libro, ni del pensamiento de Unamuno ni de la vida de Unamuno. Se demora en cambio en acumular menudencias de su carácter maniático y de lo que llama «su sentido reverencial del dinero o, por otro nombre, roñosería».<br />
González Ruano se presenta ante el lector como un joven que había ido hasta Salamanca en coche alquilado, que comió solo porque no le invitó en ningún momento y que siempre pagó las pequeñas consumiciones que fueron haciendo, hasta que, señala, sólo al despedirse, cuando llamó al camarero «para pagar por última vez dos cafés», Unamuno pegó grandes voces y dijo: «¡No, no, no! ¡De ninguna manera! Paguemos cada uno el nuestro». «El café valía treinta o cuarenta céntimos», apostilla Ruano.<br />
Sea producto del azar o fruto de neurociencia inextricable, la memoria es siempre ‘plasmación’ de una realidad poliédrica. Ocurre con las personas y con las sociedades. Saber por qué, pasados veinte años, Ruano hace pivotar todo su relato sobre algo tan tangencial y secundario como la roñosería de Unamuno me resulta tan misterioso como  saber por qué cuando nos señalan la Luna, únicamente recordamos el dedo.</p>
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		<title>Recuerdos de ayer</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Mar 2010 22:20:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Durante los veranos de mi infancia viajé muchos días con otros de mis hermanos acompañando a mi padre por las carreteras de la provincia. En el viejo Citroen 2 Caballos, en el Renault 4-L (el popular ‘cuatro latas’) o incluso en el R-8 mi padre no solía poner nunca la radio y los viajes se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante los veranos de mi infancia viajé muchos días con otros de mis hermanos acompañando a mi padre por las carreteras de la provincia. En el viejo Citroen 2 Caballos, en el Renault 4-L (el popular ‘cuatro latas’) o incluso en el R-8 mi padre no solía poner nunca la radio y los viajes se convertían en verdaderas tertulias donde se hablaba de viejas historias familiares o de asuntos cotidianos sin mayor trascendencia.</p>
<p>A mis hermanos y a mí nos encantaba viajar con él porque aquellas excursiones eran también una forma de vacaciones enriquecidas con lecciones y cuentos no al amor de la lumbre, sino sobre cuatro ruedas. «Cuéntanos otra vez cuando tuviste que atravesar el río y el agua le llegaba al caballo a la barriga», le pedíamos, incansables. O aquella historia del bisabuelo a quien le robaron en una posada del camino los títulos de propiedad antes de llegar a cobrar la herencia de su antepasado el marqués&#8230;</p>
<p>Mi padre se armaba de paciencia y nos repetía los viejos sucedidos, tantas veces relatados y siempre tan atractivos para nuestra mente infantil. Nuestras únicas reticencias se producían si al caer la tarde no estábamos de regreso. Entonces sabíamos que después de las historias y los cuentos llegaba la hora del rosario y ahí nadie se escapaba. Para entretener el tiempo (supongo que por aquella época tenía muy recientes sus cursillos de cristiandad), mi padre empezaba a rezar el rosario en voz alta mientras nosotros le contestábamos a coro con el consabido «ora pro nobis». Misterio tras misterio. Kilómetro a kilómetro.</p>
<p>En ocasiones, sentado en el asiento de atrás, yo me hacía el remolón y en vez de contestar a la letanía me dejaba llevar, en silencio, perdido entre mis imaginaciones y las musarañas. Cuando aquello resultaba muy ostensible y mi voz se dejaba de oír, mi padre acababa con mi aislamiento a través de una pregunta, que dirigía a alguno de mis hermanos, cargado de ironía:</p>
<p>–«¿Vuestro hermano Juan Domingo se ha bajado ya o sigue en el coche?»</p>
<p>Entonces, mis hermanos me miraban, sonreían y yo me veía obligado a retomar el consabido «ora pro nobis». Ocurrió varias veces. Siempre así.</p>
<p>Ha pasado el tiempo y mi padre ya no está en este mundo. Supongo que ahora, durante los viajes, los padres siguen contando historias familiares a sus hijos y alguno habrá incluso, que les invite a rezar el rosario. No lo sé. Yo no he vuelto, desde luego, a vivir una experiencia semejante. Cuando viajo con mis hijos y ellos se sitúan en los asientos traseros, después de las historias familiares llega el turno del silencio. Y del ordenador. Ellos encienden sus portátiles y navegan por las redes sociales sin otras claves que las del Facebook, el Tuenti y el Twitter. Nada de misterios gozosos, ni dolorosos. Nada de letanías.</p>
<p>A Robert Luis Stevenson los nativos de la isla de Samoa donde vivió sus últimos días le bautizaron como ‘Tusitala’ (’el que cuenta historias’). Ahora me doy cuenta de que mi principal ‘Tusitala’ fue mi padre y que en el universo imborrable de los recuerdos él sigue al volante de aquellos viejos cacharros en los que reconstruía las historias que nos permitieron crecer. Aunque yo a veces, en silencio, no conteste «ora pro nobis» ni me haya bajado aún del coche.</p>
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		<title>La memoria programada</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Apr 2009 00:04:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El hombre no está hecho de barro sino de recuerdos. El hombre es lo que ha vivido. Por eso Borges advierte que sin memoria no existiría la imaginación y Cervantes se lamenta de que la memoria es la «enemiga mortal de mi descanso». A pesar de ello, ¿quién no ha soñado alguna vez con desprenderse [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"><meta name="ProgId" content="Word.Document"><meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"><meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"><link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CTEMP%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"><o:smarttagtype namespaceuri="urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" name="PersonName"></o:smarttagtype><strong>El hombre no está hecho de barro sino de recuerdos. El hombre es lo que ha vivido. Por eso Borges advierte que sin memoria no existiría la imaginación y Cervantes se lamenta de que la memoria es la «enemiga mortal de mi descanso». </p>
<p>A pesar de ello, ¿quién no ha soñado alguna vez con desprenderse de los malos momentos de la vida, borrar de un plumazo los desamores, esa espina en el corazón clavada, los cataclismos de la juventud, incluso las derrotas ominosas de nuestro equipo de fútbol? (Sobre todo si trata de seguidores del Atlético de Madrid que, por suerte, no es mi caso). </p>
<p>Ser invisible o no sufrir el peso de culpa alguna son aspiraciones secretas y recurrentes. La ciencia acaba de dar un paso en esta carrera vertiginosa y fantástica. Expertos en neurología del sistema universitario estatal en Nueva York están experimentado con un fármaco, denominado ZIP, que aplicado a una molécula en el cerebro es capaz de bloquear determinadas informaciones aprendidas, según un artículo publicado por ‘The New York Times’. </p>
<p>El experimento, llevado a cabo con animales, abre un formidable abanico de posibilidades en el tratamiento de recuerdos traumáticos, de adiciones varias o en el campo de la memoria y del aprendizaje si, como suponen los expertos en neurociencia, el sistema de memoria trabaja de forma casi idéntica en las personas. </p>
<p>Cuántos soñarán ahora con acudir al hospital con el cerebro lleno de hojarasca y puntos negros como el conductor que acude a la ITV o el usuario informático para que le ‘resetén’ la computadora. Con la ventaja añadida de que no hará falta borrar todo el disco duro, tan solo aquellos ‘archivos’ dañados, esos iconos malditos del lado oscuro, enquistados más allá de la línea de sombra. </p>
<p>Sin embargo, me inquieta la efectividad real de estos avances. ¿Acaso no es verdad que la paloma, que se lamenta eternamente por la resistencia del aire, sería incapaz de volar si no dispusiera de ese aire en que se apoyan sus alas? Si el hombre aprende de sus errores y nunca a través de cabeza ajena, qué ocurrirá cuando decida borrar las contrariedades de la vida, los palos que le hicieron ganar experiencia? ¿Saben lo que les digo? No pediré que me suministren ZIP. De momento.</strong></p>
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