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	<title>GRATIS TOTALsabiduría &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Nuccio Ordine y sus &#8216;Clásicos para la vida&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Jan 2018 19:33:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>CUENTA Nuccio Ordine, filósofo y profesor de Literatura italiana en la Universidad de Calabria, que durante quince años todos los lunes en el primer semestre leía a sus alumnos breves citas de escritores, filósofos, artistas o científicos a los que luego dedicaba media hora de comentarios y debate. A esas clases se sumaban además de sus alumnos habituales, muchos estudiantes matriculados en otros departamentos humanísticos y científicos, «o incluso», añade Ordine, «amigos de los asistentes, atraídos simplemente por la curiosidad de escuchar la palabra de un poeta o un novelista».<br />
Esos textos los fue transformando en una columna semanal para el prestigioso suplemento del ‘Corriere della Sera’ e integran ahora la compilación reunida en el libro ‘Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal’ (Acantilado), del que G. Steiner ha escrito: «Pocos libros sobre la relación entre el arte, la literatura y la historia de las ideas resultan tan apasionantes y luminosas como el de Nuccio Ordine».<br />
De alguna forma este libro es una vuelta de tuerca a su ensayo ‘<a href="http://www.acantilado.es/catalogo/la-utilidad-de-lo-inutil/">La utilidad de lo inútil</a>’, donde cargaba lúcidamente contra lo que denomina «la dictadura del provecho», el sentido mercantilista de la universidad y vindicaba una vuelta a las humanidades como el mejor antídoto contra la barbarie. Una vuelta a las humanidades y a los clásicos.<br />
Por aquí desfilan la experiencia vital de Albert Camus y su conmovedora carta al señor Germain, su maestro en la escuela; el ejemplo de Cavafis y el simbolismo del poema ‘Ítaca’ (lo que importa es el viaje, no la meta) hasta las hondas lecciones de Nietzsche acerca del ‘bálsamo’ que constituye en cualquier aprendizaje la lentitud y la filología.<br />
Ordine nos incita a profundizar en las obras de Hipócrates, Platón, Thomas Mann, Maquiavelo, Marguerite Yourcenar, Goethe, Stefan Zweig, Borges, Giordano Bruno, Rilke, Dickens, Primo Levi, Cervantes, Boccacio, Daniel Defoe, Gracián, Ariosto, Rabelais, Saint-Exupéry, Montaigne, Swift, Molière, Ben Jonson, García Márquez, Montale, Plauto, Homero, Balzac, Guy de Maupassant, Flaubert, Italo Calvino, Czeslaw Milosz, Rostand, Montesquieu, John Donne, Pessoa, Estuart Mill, Albert Einstein&#8230;<br />
Creo que el mérito de Ordine no consiste solo en la selección de obras y autores, sino en la jerarquización (por decirlo así) de su mirada. Cuando habla de Saint-Exupéry, por ejemplo, glosa este fragmento de su obra inacabada ‘Ciudadela’: «No confundas el amor con el delirio de la posesión, que causa los peores sufrimientos. Porque al contrario de lo que suele pensarse, el amor no hace sufrir. Lo que hace sufrir es el instinto de la propiedad, que es lo contrario del amor». ¿Alguien desvela con más acierto la clave de la violencia machista actual? A mí me parece este libro un festín de sabiduría y lucidez. Y de compromiso con Europa, el Hombre (con mayúscula) y la cultura. Ordine rehuye lo moralizante y estetizante, pero nunca lo moral. Y nos regala el testimonio de clásicos, –entre otros el Thomas Mann de ‘Los Buddenbrook’– con las contradicciones del capitalismo, la conciencia y los negocios.</p>
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		<title>De Jaime Gil de Biedma a Confucio</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2016 18:18:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta que lees aquí será mi última columna del año 2016. He repasado amigo lector las escritas en las postrimerías de años precedentes y compruebo que en varias de ellas invoco al Jaime Gil de Biedma de ‘Píos deseos para empezar el año’ y ‘De vita beata’, dos poemas acaso apropiados para tiempo de balances [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta que lees aquí será mi última columna del año 2016. He repasado amigo lector las escritas en las postrimerías de años precedentes y compruebo que en varias de ellas invoco al Jaime Gil de Biedma de ‘Píos deseos para empezar el año’ y ‘De vita beata’, dos poemas acaso apropiados para tiempo de balances como es siempre el mes de diciembre.<br />
Así que este año tampoco quiero olvidar los versos de Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», ni la vieja sentencia de Laurence Sterne, el padre de ‘Tristram Shandy’: «La ciencia se puede aprender de memoria, pero la sabiduría no». Las escuelas y las facultades te conceden un título –con aplicación y suerte facilitan el aprendizaje de materias y contenidos infinitos– pero la sabiduría es una cima que únicamente puedes escalar en tu interior. En la conquista de la sabiduría podrán ayudarte los porteadores, te resultarán de utilidad los sherpas, pero nadie podrá sustituirte en la sacrificada tarea de recorrer la ruta con tesón y esfuerzo.<br />
La sabiduría es una cumbre que no se gana por el simple discurrir  del tiempo. «La sabiduría de los ancianos es un gran error. No se hacen más sabios, sino más prudentes», decía Hemingway, un escritor para quien el valor relevante de la vida estuvo vinculado siempre a la acción antes que al conocimiento. A su modo él también podría decir lo que Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», aunque fueran órdenes muy distintos.<br />
Al filo del año nuevo, miro hacia atrás y no me parece que el 2016 resulte especialmente memorable. Desde luego no en lo político. Siento temblores solo de pensar que en estas fechas podríamos estar discutiendo aún sobre los resultados de las terceras elecciones y la perspectiva en el horizonte de unas cuartas y tal vez unas quintas&#8230;<br />
Miro hacia atrás y veo una España con la izquierda real dividida y obsesionada por la ‘dramatización’ de la acción política. Tras el paso de Pedro Sánchez por la Secretaría General del PSOE y el panorama de tierra desolada que se percibe aún en ese solar histórico, la única esperanza es que el paso de los días permita cerrar heridas o al menos enfriar las cabezas de modo que el odio que alimenta egos e intereses partidistas no sea decisivo a la hora de tomar las grandes decisiones.  El principal partido de la oposición debe  aprender  también del espectáculo que está ofreciendo estos días ese pandemonium político que será Podemos mientras lo encabece Pablo Iglesias, un político ‘nuevo-viejo’, ejercitado en la egolatría y en el regate en corto.<br />
Miro hacia atrás y veo un Partido Popular demasiado satisfecho de sí mismo y tal vez no consciente del formidable ‘obsequio’ que ha recibido del PSOE, aunque fuera en circunstancias forzadas por el sentido de la responsabilidad nacional y el realismo político. Porque si hasta ese precipicio el tiempo discurrió a favor del PP, en cuanto el PSOE se recomponga el reloj corre para todos.<br />
Mis píos deseos en lo económico, progreso para España, y en lo político, apelo a la sabiduría de Confucio: «El mal no está en tener faltas, sino en no tratar de enmendarlas».</p>
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		<title>De escribir y leer</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jun 2015 20:56:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las paradojas llamativas de la sociedad contemporánea es la falta de relación directa entre información y conocimiento. Tener acceso a muchos datos no garantiza mayor grado de conocimiento ni tampoco mayor nivel de ‘sabiduría’. Reunir papeles al azar, sin criterio alguno, no convierte una pila de documentos en un archivo. De igual modo, recibir a todas horas ingentes cantidades de información no nos acarrea mayor conocimiento ni mayor nivel de consciencia. Toda la información que no sea procesada, analizada, jeraquizada, etcétera, de forma debida se convierte en mero decorado o en lo que los expertos denominan ‘ruido’.<br />
Entre las funciones de la Prensa y de los medios de comunicación está precisamente cumplir con esa tarea de jerarquizar y ordenar el caos informe que nos rodea. Lo que hacen los medios (al margen de ‘limitaciones’ ideológicas o técnicas) es justo eso: ofrecer una visión coherente de la realidad que nos envuelve; y dando por sabido que los medios nunca ‘son’ la realidad en sí misma, sino el reflejo, la consecuencia de haber puesto el foco sobre aquellos aspectos que consideran relevantes.<br />
Las redes sociales han elevado a la enésima potencia el flujo informativo, lo que en apariencia supone un gran avance: la universalización de los emisores. Como si tras el banderazo de salida se dijera: «Nada de unos cuantos emisores (los medios tradicionales) lanzando mensajes a millones de receptores. Las nuevas tecnologías permiten que todos seamos emisores y cualquiera puede convertirse a través de una cuenta de Facebook, de Twitter o de Instagram en un ‘medio de comunicación’ universal&#8230;».<br />
Pero no es así. O por ser más preciso: solo es así en apariencia. Si ya hemos dicho que el montón de papeles necesita determinados criterios para convertirse en archivo, en conocimiento, los millones de mensajes de las redes sociales precisan asimismo de una ‘recepción jerarquizada’ para abandonar la condición de ruido de fondo y transformarse en contenido ‘significativo’, en materiales que deberán ser reprocesados para superar –si cabe decirlo así– los controles de calidad. El crecimiento exponencial que han experimentando las redes sociales y por tanto los ‘emisores’, se produce en paralelo a una circunstancia curiosa: muchos titulares de las cuentas no se limitan a enlazar contenidos sino que ellos mismos se convierten en incontenibles grafómanos a los que les iría como anillo al dedo la conocida humorada de George Burns: «Éste es el sexto libro que escribo, lo que no está nada mal para un tipo que solo ha leído dos».<br />
Tal fertilidad creativa no suele mantener por desgracia una relación directamente proporcional a la calidad de lo difundido. Reconozco que he dejado de seguir algunas cuentas de redes sociales por la banalidad de los mensajes y sobre todo por su número excesivo. Por la incontinencia ‘escribidora’.<br />
Yo prefiero los medios tradicionales (en soporte papel o digital) y me acojo a los versos de Borges en su poema ‘Un lector’: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».</p>
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		<title>Frases para el mármol</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jan 2015 12:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante muchos meses yo visité a un familiar ingresado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid (entonces conocido popularmente como ‘El Piramidón’) y leí la frase del genial científico español que corona el vestíbulo principal: «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». Me encanta la idea. Memoricé esa frase igual que se memorizan los versos en la adolescencia o esos lemas y pintadas que sin saber bien por qué se resisten a escurrirse por el sumidero del olvido. Durante mucho tiempo encontré también en la estación de Metro que debía tomar para acudir a la Facultad de Periodismo la pintada que sigue: «¡Libertad para mi padre, 40 años en una fábrica!», y debajo, solo la clásica A mayúscula rodeada de un círculo con que firmaban sus pintadas por entonces los entusiastas de la acracia, el personal anarquista.<br />
Mientras la pintada del Metro era únicamente una pirueta reivindicativa e irónica,  propia de aquella España que empezaba a desperezarse de la larga dictadura y se adentraba por la transición política a la democracia, la frase de don Santiago Ramón y Cajal me parecía entonces y me sigue pareciendo ahora un mantra de valor permanente, una verdad no perecedera.<br />
«Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». ¿Qué mejor invitación a superarse de forma constante? ¿Qué mejor remedio contra el derrotismo? ¿Qué mejor consejo para afrontar por uno mismo el envidiable trabajo de formarse y cultivar las parcelas de saber? Esas trece palabras me parecen luz contra la sombra de la pereza, contra el desánimo y los desafíos de la vida cotidiana. Recordarlas probablemente no sirve para transportarnos de manera automática a un mundo mejor, pero sí para balizarnos el camino y hacernos menos ignorantes.<br />
En la sociedad de ‘cultura mosaico’ que nos ha tocado vivir, donde nos ‘bombardean’ a diario miles de mensajes en miles de soportes y plataformas –desde el universo de los medios de comunicación de masas hasta el universo de la publicidad, pasando por el ‘aleph’ de las redes sociales–, a mí me gustaría toparme más a menudo con frases como la de Ramón y Cajal. Juicios que equivalen a una rosa en el desierto.<br />
Si estuviera en mi mano exigiría que en los futuros edificios públicos se colocase en lugar destacado la frase de algún autor relevante en vez de la consabida plaquita de la autoridad encargada de su inauguración. Para esos, bien servidos irían con la cortinilla y la foto propagandística. Porque a la posteridad le sientan mucho mejor los pensamientos lúcidos que las placas protocolarias. Mejor patrocinar la sabiduría que la vanidad o los oropeles. Entre otras cosas porque la frase del sabio le pertenece a él, mientras que en las placas oficiales suele registrarse el nombre de los responsables políticos a pesar de que quienes sufragan las obras no son ellos sino nosotros, los contribuyentes. Así que a partir de ahora, mejor ir acopiando antologías de reflexiones dignas del mármol antes que las agendas de altos cargos y su previsión de inauguraciones.        </p>
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		<title>Refutación de lo breve</title>
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		<pubDate>Fri, 30 May 2014 19:10:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el imaginario colectivo, lo breve va ganando prestigio –con sus naturales excepciones–, pues no imagino a un eyaculador precoz proclamando: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»&#8230; El peligro de la tendencia es que además de lo breve nos están colando de contrabando la banalidad, lo insulso; esas frivolidades que combinan tan graciosas con [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el imaginario colectivo, lo breve va ganando prestigio –con sus naturales excepciones–, pues no  imagino a un eyaculador precoz proclamando:  «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»&#8230; El peligro de la tendencia es que además de lo breve nos están colando de contrabando la banalidad, lo insulso; esas frivolidades que combinan tan graciosas con las muestras de ingenio frecuentes en las redes [de las barras de los bares] sociales, que no otra cosa es en realidad ese invento al que denominamos redes sociales&#8230;<br />
Yo mismo he expresado en alguna otra ocasión mi simpatía por el prestigio de ‘lo breve’ cuando se trata de un concepto equiparable a valor literario, a inteligencia concentrada; es decir, cuando se utiliza como sinónimo de saber, que es el sentido que daban los clásicos a lo breve: «Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo», nos prevenía Cervantes. O la recomendación de Horacio: «Sea cual sea el consejo que das, sé breve».<br />
En literatura son bien conocidos los ejemplos de obras maestras cuyo tesoro es la brevedad. Desde los cuentos de Augusto Monterroso hasta los relatos de Ambrose Bierce. Desde las obras de Catulo y Marcial hasta las fábulas de Esopo y los escritos de Juan José Arreola y Gabriel Zaid. Pero lo que en literatura constituye una prueba de talento, en otras circunstancias de la vida no representa necesariamente lo mismo. ¿Qué talento anida en quien deja la brevedad reducida a  exabrupto, a simple insulto? Y el insulto, ya se sabe, es una de las columnas que sostienen el antro moderno de la brevedad. ¿Qué puede esperarse de quienes renuncian a debatir sobre la base de argumentos bien desarrollados y con sincera voluntad de comprensión y entendimiento? Y cuando digo debatir no me refiero únicamente a los profesionales de la política, sino al común de los mortales, cada uno en su ámbito de actividades. ¿Qué valor se le supone a quien siempre se muestra remiso a la mínima empatía con quien tiene enfrente?<br />
Mientras los científicos no descubran algún formidable procedimiento para aprender sin esfuerzo y sin tiempo&#8230; (y me temo que no caerá esa breva), aspirar a la sabiduría exigirá corrección en el proceso de aprendizaje y no hacerse trampas en el solitario. Quiero decir que aprender, que formarse  –en el amplio sentido del término– exige razonar sin atajos y no vale dar por cumplido el itinerario cuando se han asimilado tan solo unos pocos chascarrillos para trampear y dar el pego. Lo advirtió mi admirado Laurence Sterne: «La ciencia se puede aprender de memoria, pero la sabiduría no».<br />
La realidad es compleja, nadie lo duda. Y  para interpretarla correctamente hacen falta  esfuerzo, capacidad, altura de miras y un instrumental debidamente afinado&#8230; Y nada de sectarismo, claro, si se trata de analizar  la realidad política o económica más próxima. Así que nada de eslóganes y chascarrillos. La brevedad, para los cuentos y las redes sociales&#8230; Hasta el economista inglés Alfred Marshall acude en nuestro auxilio: «Toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa». </p>
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		<title>Con Juan de Mairena</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Nov 2013 18:58:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se ha repetido muchas veces que vivimos en una sociedad que posee cada día más información pero está cada día menos informada. Nos avasallan los datos, la documentación, pero eso no significa que poseamos más conocimiento, que seamos más ‘sabios’. Diría que, seguramente, ocurre lo contrario. La sociedad de nuestros días está disparando las cifras [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha repetido muchas veces que vivimos en una sociedad que posee cada día más información pero está cada día menos informada. Nos avasallan los datos, la documentación, pero eso no significa que poseamos más conocimiento, que seamos más ‘sabios’. Diría que, seguramente, ocurre lo contrario.<br />
La sociedad de nuestros días está disparando las cifras de los ‘solitarios urbanos’, atenazados en un modelo de vida donde el tiempo de convivencia se reduce porque hasta las tareas del ocio son cada vez más individuales, menos compartidas: los teléfonos móviles y las tabletas están ganando la partida incluso a las sesiones familiares de televisión y de cine. Pero tal situación, en teoría proclive para fomentar una introspección que condujera al razonamiento y a la ‘pasión filosófica’ lo que alimenta es el gusto por la pura evasión y el espectáculo. Quiero decir que este modelo en vez de producir unas generaciones con miles de sabios lo que produce a espuertas son tuiteros&#8230;<br />
El chasco es mayor si reparamos en otros aspectos. Por ejemplo, el sentido crítico frente a lo que podemos llamar el ‘pensamiento dominante’. En nuestra sociedad se fagocitan igual las ideas buenas, malas o mediopensionistas. Y todas con una vigencia que no viene marcada por su valor o su importancia, sino por las leyes internas de un mercado que se mueve en función de tendencias, de intereses, que establecen las grandes corporaciones de las nuevas tecnologías de la comunicación y la banca, que además de estar globalizadas no tienen, como el dinero, ni patria ni alma.<br />
Recomienda Antonio Machado a través de Juan de Mairena que se huya de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. «Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura». Y hablando de lo saludables que son las posiciones escépticas, aún es más explícito: «Confieso mi escasa simpatía –habla Juan de Mairena a sus alumnos– hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen. Porque si no lo están bien lo simulan, son unos farsantes;  y si lo están, no son verdaderos pensadores, sino, cuando más, literatos, oradores, retóricos, hombres de ingenio y de acción, sensibles a los tonos y a los gestos, pero que nunca se enfrentaron con su propio pensar, propicios siempre a aceptar sin crítica el ajeno».<br />
Tratados como ‘masas’ (encima con la facilidad prestidigitadora de hacernos creer que somos cada vez más ‘únicos’) los ciudadanos estamos obligados especialmente ahora a desarrollar el sentido crítico y la distancia cordial y saludable con quienes en verdad manejan los hilos de las marionetas.<br />
Yo me reconozco radicalmente machadiano en esta materia. Y entusiasta de las enseñanzas de Juan de Mairena, que lo explica mejor que nadie: «El escepticismo a que yo quisiera llevaros es más fuente de regocijo que de melancolía. Consiste en haceros dudar del pensamiento propio, aunque aceptéis el ajeno por cortesía y sin daño de vuestra conciencia». Y luego les aclara: hay que pensar, en suma, sabiendo que los callejones tienen salida. Tienen salida.</p>
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		<title>Hacia la sabiduría</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Mar 2013 18:05:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La destrucción de miles de negativos y diapositivas que el fotógrafo <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/19/actualidad/1363727950_173796.html">Daniel Mordzinski</a> almacenaba en unas dependencias del diario ‘Le Monde’, en París, devuelve a la actualidad el viejo tema de las hecatombes patrimoniales, la desaparición de las cosas queridas, ya sean la Biblioteca de Sarajevo, el Museo de Bagdad o los miles de yacimientos expoliados en cualquier rincón del mundo.<br />
Cuando la desaparición afecta a objetos a los que no nos sentimos vinculados por razones sentimentales o geográficas quizás el pesar sea más tolerable, menos intenso. Ojos que no ven, corazón que no sienten. Pero cuando lo que perdemos pertenece al ámbito íntimo de nuestro trabajo o de nuestras emociones, la sensación de pérdida debe de resultar tan dolorosa como la que agobia a Daniel Mordzinski estos días.<br />
¿Quién no se ha sentido mutilado, incompleto, al darse cuenta de que nunca más verá aquella fotografía de su niñez o de su juventud cuya pérdida le daña y desconsuela diariamente? Y  no por el valor material del patrimonio, a pesar de la cínica sentencia de Maquiavelo: «Los hombres olvidan más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio».<br />
En mi caso, desde luego, añoro más la primera pluma estilográfica que me regalaron de niño –y que sé extraviada para siempre– que las decenas de libros o los cuadros, por ejemplo, perdidos en el laberinto del olvido (propio y ajeno) y que nunca volveré a disfrutar aunque, con seguridad, en el mercado la etiqueta del precio marque una cifra considerablemente más alta.<br />
Supongo que esa sensación de pérdida está emparentada con la que embarga al protagonista de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Citizen_Kane">‘Ciudadano Kane’</a> cuando en los instantes postreros de su vida la única palabra que balbucea es <a href="https://www.google.es/search?q=ciudadano+kane+y+rosebud&#038;hl=es&#038;tbm=isch&#038;tbo=u&#038;source=univ&#038;sa=X&#038;ei=6JhMUZW3H4-xhAeW94CoCA&#038;ved=0CFwQsAQ&#038;biw=1198&#038;bih=827">‘Rosebud’</a>, el enigmático nombre del trineo con el que jugaba de pequeño en la nieve. ¿Cómo es posible que el rico magnate que posee un imperio y ha gozado de todos los tesoros y bienes del mundo recuerde tan solo el humilde patrimonio de un juguete?<br />
Sospecho que en cualquier sociedad y en cualquier época se registran a veces sensaciones parecidas. ¿Eso hace que las sociedades sean más dinámicas? Imagino que sí. Evolucionar, avanzar, exige dejar atrás, arrumbados en el baúl de los recuerdos, todos esos aspectos de la vida que únicamente comportan automatismos inútiles, viejas inercias cuyo sentido nadie comprende y que conducen directamente a la extinción&#8230; La dificultad radica, claro está, en determinar qué parte de la carga es superflua y que parte resulta esencial para que una generación tras otra avance y progrese.<br />
Así como cada hombre debe aprender qué ‘tesoros’ del pasado no pueden extraviarse jamás, cada sociedad debe averiguar también, colectivamente, qué factores comunes son imprescindibles para la supervivencia, para la conquista del presente y del futuro. «¿Buscar la verdad? Sí, si sólo se trata de saber. Pero ¿y si se trata de vivir? Entonces es preferible la sabiduría». Esas palabras de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Joubert">Joubert</a> siguen siendo uno de los anhelos vitales más inteligentes que conozco.</p>
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