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	<title>GRATIS TOTALStendhal &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>El &#039;otro&#039; síndrome Stendhal</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Mar 2016 21:04:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>AQUELLO que repetían los viejos manuales periodísticos de que las buenas noticias no son noticia es un tópico con cierta parte de verdad. La realidad más triste es la más real. Basta con mirar a <a href="http://www.hoy.es/internacional/union-europea/201603/24/policia-sospecha-hubo-segundo-20160324100416-rc.html" target="_blank">Bruselas</a>, igual que ayer a <a href="http://www.hoy.es/fotos/internacional/201603/18/capturado-bruselas-salah-abdeslam-30131747001-mm.html" target="_blank">París</a>. Lo más real es lo que más nos emociona, lo que nos conmueve de manera más profunda. Lo saben de sobra los escritores y todos aquellos convencidos de que resulta más fructífera la tristeza a la hora de crear que la alegría. A lo largo de la historia ha generado bastante más literatura el desengaño que la felicidad.<br />
Cuenta <a href="https://fr.wikipedia.org/wiki/B%C3%A9atrice_Didier" target="_blank">Béatrice Didier</a> en un ensayo acerca de la escritura de diarios personales que el propio <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Stendhal" target="_blank">Stendhal</a> anota en un momento: «He dejado de escribir los recuerdos tiernos, me he dado cuenta de que eso los estropeaba». Pero enseguida puntualiza Didier: «Es un arrebato de mal humor de un chico joven, una decisión que no pondrá en práctica». Bien pensado, esa reacción podría sustentar y dar nombre a «otro síndrome Stendhal» pero a la inversa: el de aquellos profesionales obligados a registrar en los medios de comunicación los actos atroces y despiadados de una realidad como la que dibuja en el horizonte el terrorismo yihadista y radical.<br />
Supongo que a muchos periodistas les gustaría en estos tiempos de  tragedias humanas plantearse como el joven Stendhal la decisión de obviar aquello que no le resulta conveniente para su relato. Aunque (como en su caso) la decisión solo puede quedarse en el territorio de los deseos inconsistentes. Nadie puede mirar para otro lado, aunque quisiera. Ahí radica precisamente la grandeza y la miseria de este oficio, el periodismo. El foco no puede centrarse solo en los recuerdos tiernos ni en los otros. Porque la vida sigue, no se detiene. Y es buena gana barajar desde la prensa, desde los medios de comunicación en general, la pervivencia de una visión ‘tierna’ o ‘feroz’ de la vida. No es distanciamiento cínico ni insensibilidad. La realidad es la que es y a los periodistas les corresponde contarla de la manera más veraz, comprensible y completa. De lo que ocurra en días sucesivos ya nos avisó Cervantes: «No hay recuerdo que el tiempo no borre ni pena que la muerte no acabe».<br />
Ahora es el dolor, la desazón, quien impera. Pero quizás quepa más espacio para el optimismo. Un artículo de <a href="http://www.bez.es/236730715/Daesh-y-la-sociedad-del-cansancio.html?origin=newsletter&#038;id=20&#038;tipo=3&#038;identificador=236730715&#038;id_boletin=127658959&#038;cod_suscriptor=864091503&#038;email=jdfernandez@hoy.es" target="_blank">Teresa Amor y Luis Serrano</a> en el digital ‘Bez’ sostiene que la violencia de los yihadistas cada vez obtendrá «menos atención mediática» y citan entre otras razones para justificar ese hecho la saturación de información que proporcionan las redes sociales y su consumo atropellado, sin tiempo de analizar y profundizar en sus causas. La velocidad con que se consume la información a través de las redes opera en un doble sentido respecto al hecho terrorista: por un lado contribuye a su divulgación masiva pero por otro lo convierte en ‘rutina’. Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿Habrá quien prefiera incluso obviar la ‘guerra terrorista’?</p>
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		<title>Sobre las pasiones</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Jul 2013 19:52:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>LAS pasiones iluminan nuestra existencia y como diríamos ahora, tienen muy buena prensa. «El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de la vida», escribió Stendhal. Y José Martí dijo: «Los apasionados son los primogénitos del mundo». Balzac, con esa inclinación a abarcarlo todo fue incluso un paso más allá: «La pasión es el humanismo universal. Sin ella la religión, la historia, el amor y el arte serían inútiles». La sabiduría popular nos recuerda que no hay empeño de altura sin una gran dosis de pasión, ni pasión que merezca tal nombre si no lleva aparejado el riesgo de convertirnos en su esclavo. Las pasiones de verdad no admiten trabajar con red.<br />
En la vida diaria solemos utilizar la pasión como valor de referencia para elaborar un juicio o fijar una posición. Así decimos por ejemplo de alguien que racanea: «Fulanito hace su trabajo con desgana, dormitando». O confesamos nuestro entusiasmo por un escenario radicalmente distinto: «Da gusto escucharle, pues aunque lo que sostiene no sea del todo cierto, lo defiende con tal pasión, con tal entusiasmo, que resulta persuasivo». La pasión en el trabajo, en la amistad, en la familia y en otros ámbitos cotidianos no solo está bien vista sino que nos parece imprescindible. Hay espectáculos públicos en que incluso está autorizada. Por ejemplo, los partidos de fútbol o las corridas de toros, donde el aficionado puede vociferar y acordarse de la madre del árbitro, o de un jugador rival, o de un picador, o de un banderillero, o del propio matador de toros con el derecho incontestable que le da haber pagado la entrada y no ejercer violencia física. Con el derecho que le otorga el participar en celebraciones donde se consienten o se toleran con manga ancha los desahogos colectivos con insultos e improperios.<br />
En la política las pasiones son otra cosa. Cuando se trata de políticos, a mí me parece más que justificada, siempre que la pasión se oriente hacia el bien común –no hacia el propio– y esté sometida a los controles característicos de las democracias avanzadas. Cuando hablo de políticos me  estoy refiriendo, claro está, a quienes desempeñan esa actividad con honradez y rectitud moral, no a las ‘ovejas negras’ que, como en todos los colectivos, también se da entre los políticos. Respecto a quien participa en la política de una manera indirecta y más o menos circunstancial, no profesional; es decir, el común de los ciudadanos, la pasión me parece que debe pasar por el tamiz de la inteligencia, de la razón, para que no acabe convirtiéndose en fanatismo o en una de sus derivaciones más venales y quizás más peligrosa: el clientelismo. Es preciso ser cartesianos y recurrir a la duda metódica. ¿Verdades absolutas? Las de la ciencia.<br />
Quiero decir que no cabe el inmovilismo en la pasión política. Salvo que esa pasión esté mineralizada y haya devenido en dogma, no en fruto libre y dialéctico de la razón.  Dicho de otra manera, hay que seguir el consejo de Joubert y buscar en la vida no solo lo que aumenta nuestras pasiones, sino también nuestras opiniones. Nuestra capacidad de juicio y de análisis sin anteojeras.</p>
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		<title>El turismo del horror</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 20:43:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desde siempre el hombre ha sentido atracción por el abismo y se debate entre Eros y Thanatos, lo dos impulsos, como advierte Freud, que son norte y sur de la existencia. Parece que entendemos y justificamos muy bien todo lo relativo a Eros, al amor y a sus múltiples ramificaciones, desde la conmoción de los [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde siempre el hombre ha sentido atracción por el abismo y se debate entre Eros y Thanatos, lo dos impulsos, como advierte Freud, que son norte y sur de la existencia. Parece que entendemos y justificamos muy bien todo lo relativo a Eros, al amor y a sus múltiples ramificaciones, desde la conmoción de los primeros escarceos en la adolescencia hasta la convención de las bodas, bautizos y sus correspondientes días conmemorativos. ¿Pero qué pasa con Thanatos? Aparte de las funerarias y de las floristerías, del negocio de la muerte viven muchas personas, incluso del sector turístico. La Universidad Central Lancashire, de Inglaterra, ha creado el Instituto de Estudios sobre Turismo Necrológico para buscar una explicación académica al hecho de que miles de ciudadanos visiten durante sus vacaciones el campo de exterminio de Auschwitz, la ‘zona cero’ de Nueva York, los campos de la muerte de Camboya o la central nuclear de Chernóbil, según informa el diario ‘La Vanguardia’ citando fuentes de la BBC.<br />
El director del centro universitario, Philip Stone, cree que las visitas a esos lugares obedecen al sentido trascendente que concedemos a la vida, al hecho de que «vivimos en una cultura que por lo general elimina la muerte del dominio público», explica, y también a que visitando esos escenarios del horror, de las atrocidades, los turistas pueden dar un paso atrás y experimentar la sensación de alivio, la alegría de que no haberle sucedido a ellos la terrible desgracia de convertirse en víctimas.<br />
¿Pero el turismo necrológico no está relacionado en realidad con el nacimiento del turismo? ¿Qué buscaba Stendhal en sus paseos por Roma, Florencia y Nápoles? ¿Y qué buscaron Heine o Goethe o los viajeros ilustrados y del romanticismo por media Europa? ¿Qué tipo de turismo es el que conduce hasta las pirámides de Egipto, los mayores monumentos funerarios de la historia?<br />
Yo creo que el hombre que se acerca hasta los pabellones de Auschwitz o hasta los campos de la muerte de Camboya no solo acude para reflexionar sobre la muerte y la trascendencia de la vida, sino para interrogarse acerca de la maldita ‘banalidad del mal’ y del instinto irracional que aún alienta en muchos ejemplares de Homo sapiens.<br />
Esos lugares de las grandes hecatombes de la historia, de los apocalipsis que perpetraron el nazismo de Hitler, los Jemeres Rojos de Pol-Pot, el nacionalismo étnico en Bosnia-Herzegovina o la Al-Qaeda de Bin Laden no pueden invitar únicamente a que reflexionemos sobre el más allá, como si se tratara de un cuadro del barroco con el caballero observando la calavera junto al reloj de arena para ilustrar el tema del ‘tempus fugit’.<br />
Quienes visitan en París el cementerio Père-Lachaise, donde están enterrados desde Proust hasta Edith Piaf, Balzac y Chopin, o quienes recorren las galerías del Panteón de Hombres Ilustres, donde reposan, entre otros, los restos de Voltaire, Víctor Hugo y Zola, pueden ser adscritos al ‘turismo necrológico’, pero un turismo más preocupado por los aspectos estrictamente culturales de la historia que por el desasosiego que suscita la cercanía del horror y del mal.</p>
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