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	<title>GRATIS TOTALTolerancia &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Cataluña y Tabarnia tras el espejo</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Dec 2017 19:01:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ha bastado la humorada formidable de Tabarnia para catapultar a las huestes independentistas al diván del psiquiatra. Menuda inocentada, ya que la prensa seria no las incluye en sus páginas el 28 de diciembre&#8230; El descoloque lo resumen las redes sociales con un par de imágenes y una metáfora: «donde las dan, las toman», «probar de su misma medicina» y «Tabarnia es un despiadado espejo para nacionalistas, es el reflejo de su insolidaridad y de su pesadez. Pero también es el coste, muy real, que pagarán quienes promuevan un referéndum de autodeterminación. En Quebec fue mano de santo», que es el tuit que puso el dirigente de Cs Girauta el martes 26 en su página oficial.<br />
¿Qué es Tabarnia? El neologismo surgido de contraer las palabras Tarragona y Barcelona, dado que en las comarcas costeras de esas dos provincias se concentra la mayoría de los votantes constitucionalistas, contrarios a las veleidades del ‘procés’. Tabarnia, que posee ya su bandera, está dispuesta a un futuro referéndum para que ellos puedan constituir una comunidad autónoma ajena a Cataluña pero vinculada de pleno derecho a España y a la Unión Europea&#8230; Ellos creen que ‘el resto de Cataluña’ (puesto que son contribuyentes netos, no como las regiones interiores de Lérida y Gerona, con menos renta y desarrollo) ‘les roba’ y también tienen «derecho a decidir».<br />
Tabarnia es un espejo, claro está. Una hipótesis. La posibilidad de ‘otra’ organización política donde quedan patentes todas las contradicciones del nacionalismo independentista, esa carcunda añeja cebada con tópicos de cartón piedra y supremacismo. Ha bastado que alguien reactivara en las redes sociales la iniciativa de impulsar una Tabarnia libre («¡Free Tabarnia!», «¡Tabarnia is not Catalonia!») para que surja la carcajada general y el mosqueo cambie de bando. Para que frunzan el ceño quienes llevan tiempo dando la tabarra y desviando el argumento cuando se les hace ver, como en el cuento, que el emperador está desnudo&#8230;<br />
Tampoco cabe esperar mucho más que unas sonrisas. Aunque a los acérrimos separatistas Tabarnia les anticipe los peligros del aprendiz de brujo y las consecuencias de ser tratado con la propia medicina, me temo que ellos seguirán contumaces en el error e inasequibles al desaliento. Firmes en el pasado&#8230;<br />
Pero resulta reconfortante la explosión de ingenio y buen humor que han suscitado en las redes sociales los episodios acerca de Tabarnia. Y al son de las bromas los hay que sueltan la pullita: «nada de Oteguis en Tabarnia» o referencias a que no admitirán tractores por la Diagonal&#8230; Este renacer no le quita gravedad al ‘problema catalán’ pero al menos –entre veras y burlas– abre un paréntesis por el que se cuelan las sonrisas. Como las de la cuenta de Twitter de un tal Kim-Junq-ueras @norcatalan que dice: ‘Yo estoy fastidiado con lo de #Tabarnia, pero lo mío no es nada al lado de Pedro Sánchez intentando decir «nación de naciones de naciones» sin trabucarse’. Para que luego digan.</p>
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		<title>Distancia y humor</title>
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		<pubDate>Fri, 08 May 2015 21:14:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El humor es una medicina que debe dispensarse sin receta. Y más en ciertas situaciones. El humor puede utilizarse como un filtro que deja pasar la luz pero sin dañarnos ni deslumbrarnos. La realidad observada con sentido del humor resulta menos inhóspita y más tolerable. Por eso nadie habla en contra del humor ni nos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El humor es una medicina que debe dispensarse sin receta. Y más en ciertas situaciones. El humor puede utilizarse como un filtro que deja pasar la luz pero sin dañarnos ni deslumbrarnos. La realidad observada con sentido del humor resulta menos inhóspita y más tolerable. Por eso nadie habla en contra del humor ni nos previene de sus perjuicios.<br />
De adolescente tuve un compañero de instituto que en cuanto alguien le contaba quejumbroso el desengaño sufrido por algún amor contrariado, siempre le respondía lo mismo: «Pues ahora tú imagínate a X, (la chica de turno) recién levantada dentro del baño&#8230;», y proseguía la descripción de la escena con tales detalles escatológicos o subidos de tono que el ‘compungido’ o se echaba a reír o renunciaba de inmediato a buscar consuelo y se alejaba horrorizado por el panorama que le estaban pintando&#8230;<br />
Las expresiones de mi compañero de instituto eran bastante indecorosas –yo diría que hasta muy soeces–, pero su proceder sin embargo siempre lo consideramos bienintencionado. Digno de aplauso. En el fondo él recurría al humor como una terapia, lo utilizaba para desprenderle la venda de los ojos a alguien obnubilado por una manera concreta de ver la realidad, aunque se tratara de un efervescente enamoramiento juvenil&#8230; Supongo que en la vida hay ocasiones en que es preciso que nos quiten la venda de los ojos (sobre todo a partir de hoy, que empieza la campaña electoral) y cuánto mejor si es con una sonrisa, no con los modos desabridos de la política trapacera.<br />
Yo creo muy recomendable aplicar el prisma del humor a todas las actividades de la vida, pero de forma especial a las de la política, pues si hay un antídoto efectivo contra las supersticiones y engaños de la política es precisamente el humor. Y ante todo cuando la política deviene, como ocurre en ciertos casos, en puro espectáculo, en filfa de tramoya, marquetin y simples ocurrencias.<br />
Además de una vacuna contra cualquier forma de fanatismo y de intolerancia, el humor es también una manera redentora de mirar lo que nos circunda. Según el psicólogo Luis Muñiz, «el humor es transgresión, nos obliga a crear una interpretación distinta de las cosas, por eso la religión y la política tienden a excluir el humor, al que temen más que a las bombas. Cuanto más dogmática es una sociedad, menos sentido del humor hay en ella».<br />
Igual que en ciencia se recurre al método prueba y error, a las falsedades que se nos presentan rotundas y persistentes deberíamos enfrentarle el humor, la ironía, el distanciamiento escéptico como un reactivo capaz de desvelar la auténtica naturaleza del género de contrabando. Además de terapia, el humor puede servir asimismo de rayos X para descubrir las verdaderas intenciones que perfila el revés de la trama. Las falsedades ocultas. ¿Cabe algo más saludable y divertido que sentarse a escuchar proclamas interesadas mientras adivinamos los esfuerzos de sus autores para que no se les noten los trucos? Observar la realidad desde la cerradura del humor es óptima terapia y un premio que no pueden birlarnos. </p>
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		<title>El valor del humor</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Sep 2014 19:20:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[EL humor es uno de los remedios más eficaces contra la bobería. No conozco a ningún badulaque con los dos dedos de frente necesarios para pensar por sí mismo y reírse de uno mismo. La gente demasiado solemne que se pavonea y se ufana no me parece fiable y creo que resulta nefasta más pronto [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>EL humor es uno de los remedios más eficaces contra la bobería. No conozco a ningún badulaque con  los dos dedos de frente necesarios para pensar por sí mismo y reírse de uno mismo. La gente demasiado solemne que se pavonea y se ufana no me parece fiable y  creo que resulta nefasta más pronto que tarde. Carecer de sentido del humor, no dar muestras de la humanidad tolerante que implica la risa, revela alguna tara esencial.<br />
 «Más vale reír en una choza que llorar en un palacio», sostiene el dicho popular, a pesar de que todos conocemos probablemente a algún espécimen que se ejercita a diario en el error de la amargura, en el estéril ejercicio del mal gratuito. Los médicos y los responsables de la salud pública deberían poder prescribir productos que nos garantizaran la risa, o al menos la sonrisa, y los gobiernos deberían también disponer de profesionales que nos alegraran la vida, no como empleados de un imaginario centro orwelliano con teles de entretenimiento, sino como esforzados facultativos de la cordialidad, del desinterés y la nobleza.<br />
La verdad es que planteado así suena a utopía o a propuesta de ciencia ficción, pero mucho más utópicos resultan algunos programas políticos y bastantes promesas electorales y el personal sigue picando y cae como ciquitrones en el sembrado. «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes futuros», decía Woody Allen.<br />
De no afligirnos una situación verdaderamente calamitosa, lo fácil sería aconsejar a quien necesita el bálsamo de la risa que prestara atención durante los próximos meses (hasta las elecciones de mayo de 2015, por ejemplo) a la marabunta de ocurrencias con las que seremos sistemática y cansinamente bombardeados por los diplomados en la venta de humo y otras variedades. Aunque quizás la recomendación no sea del todo benéfica pues quien sobreviviese al túnel de los escobazos bien podría creer que en el pecado lleva la penitencia. O dicho de otro modo:  mucho ji-ji-ja-ja, pero seguro que el ‘valiente’ que se atreviera a ingerir todas las trolas (aun sin creérselas) terminaría como el negro del sermón, con los pies fríos y la cabeza caliente.<br />
Reírse es bueno para la salud, se sabe desde los días de Aristóteles. Además de un beneficio personal, quien accede al privilegio del buen humor contribuye al bien de la sociedad, igual que quien cumple con sus preceptos cívicos, sean estos los que sean. Contribuir a una convivencia menos crispada debería deducir en Hacienda e incluso cotizar en el índice intangible de la calidad de vida. Si usted es una de esas personas que se levantan cada día con el propósito de hacer su trabajo lo mejor posible, de la forma más honrada y sin causar daño a sus semejantes, usted es uno de los escogidos por los dioses. Tal vez no figure en ninguna lista de ‘importantes’ ni  le reserven migajas de ningún banquete principal. Pero seguro que duerme repanchingado y con la conciencia tranquila de quien no pierde la sonrisa ni en la adversidad. Bertrand Rusell lo resumió con menos palabras: «El buen humor es la cualidad moral que más necesita el mundo». </p>
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		<title>La memoria selectiva</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Apr 2012 12:26:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La memoria es selectiva porque va ligada a nuestras emociones. Recordamos lo que nos importa, lo que es trascendente, al margen de que esa trascendencia pueda considerarse del todo baladí o el trance más relevante del resto de nuestra vida. Recordamos por ejemplo el primer beso de amor, partidas interminables de póker con los amigos o el temblor, perfumado de ternura, al sostener entre los brazos al hijo recién nacido.<br />
Es posible que la voracidad del olvido convierta en arena esos instantes en que decidimos optar por una carrera y no por otra; en que nos dejamos robar el mes de abril o en que recibimos, al contrario, el regalo milagroso de una persona insustituible. La memoria es selectiva y enmarca los recuerdos según la fuerza con que llegaron a nuestro corazón, pero no los ordena jerárquicamente. Quiero decir que, como en la canción de José Alfredo Jiménez, las emociones no entienden «esas cosas de las clases sociales» y no hay manera de regularlas, de lograr que funcionen igual que las piezas de un robot.<br />
No recordamos por ejemplo qué fatídica conjunción de circunstancias nos empujó a suscribir una hipoteca que maldecimos con la puntualidad de sus cuotas pero recordamos hasta en el mínimo detalle aquel larguísimo paseo por la playa, perdiendo el tiempo y riéndonos igual que adolescentes bajo la lluvia. Quizás hemos olvidado asuntos tan relevantes como el momento preciso en que ganó las elecciones de nuestros sueños la edad del DNI y no la del corazón, pero no se nos borran las imágenes de Pedja Mijatovic, montenegrino, 29 años, dándole al Real Madrid con un gol de ángulo imposible la séptima Copa de Europa.<br />
De todos los dibujos y chistes de Antonio Mingote recuerdo especialmente uno. Eran los años tenebrosos de la ignominia en el País Vasco, cuando los asesinatos se sucedían ante mucha gente que callaba o volvía la cabeza parapetada en esa infamia de «si los matan, algo habrían hecho&#8230;». En el dibujo aparecía un hombre tendido en el suelo, muerto, al que acababan de disparar. Junto a él un niño de pocos años que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!». Contemplando la escena, dos personas con sus txapelas y uno de ellos le dice al otro: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».    <br />
Por encima de otras muchas viñetas de Mingote, cargadas de humor paradójico o de ironía costumbrista, en mi memoria perdura el tremendo alegato contra la barbarie de aquel dibujo del crío y el padre muerto, aquella instantánea de actualidad con la que nos recordaba, en el fondo, que el emperador está desnudo y que «la banalidad del mal» que describió Hannah Arendt para referirse al pensamiento y la forma de actuar de los nazis, es un virus contra el que no se han vacunado muchas sociedades.    <br />
Únicamente con ese dibujo Mingote se hubiera ganado un trono en el espacio reservado a los justos. Lo que me sorprende ahora no es el unánime reconocimiento a su condición de ‘intelectual’ infatigable, sino cómo logró, en un país tan proclive al exceso y al desvarío, conservar intacto, indemne, la bonhomía de su humor, de su inteligencia y de su piedad.</p>
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		<title>Simón y &#039;La Pirroquia&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 20:35:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De Guardiola o de Mourinho. Taurinos y antitaurinos. A favor de la reforma laboral o radicalmente en contra. Refinería Sí o Refinería No. Monárquicos o republicanos. A favor de la huelga general o en contra. Nada de los espejos deformantes del callejón del Gato en los que Valle Inclán se inspiró para dibujar los esperpentos, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De Guardiola o de Mourinho. Taurinos y antitaurinos. A favor de la reforma laboral o radicalmente en contra. Refinería Sí o Refinería No. Monárquicos o republicanos. A favor de la huelga general o en contra. Nada de los espejos deformantes del callejón del Gato en los que Valle Inclán se inspiró para dibujar los esperpentos, lo nuestro es el ‘guerracivilismo’. Cuando más felices somos es cuando nos enfrentamos. A quien sea, incluso a nuestra propia sombra. «Qué dice ese, que me opongo». El mantra nacional.<br />
Los arrebatos de individualismo colorean  nuestro retrato colectivo. Detrás de la ancestral raíz ácrata, de ese espíritu anarquista del yo me lo guiso y yo me lo como, se adivina el Simón de la canción popular ‘La Pirroquia’. En los tiempos de la transición democrática le oí decir más de una vez a un compañero en la universidad: «No firmo ningún manifiesto que no haya redactado  personalmente, ni asisto a ninguna manifestación pública que no esté convocada por mí». No se reía al decirlo y, desde luego, se atenía solemnemente al mandamiento. Somos el país donde se entiende a la primera eso de «Ni dios, ni rey, ni patrón», aunque a ratos nos dejemos vencer, al contrario que el Simón de <a title="'La Pirroquia'" href="http://www.youtube.com/watch?v=Yznp1bST46k" target="_blank">‘La Pirroquia’</a>, por la necesidad de hacer bulto y sentirnos masa.<br />
Cultivamos la oposición (al mundo o a nosotros mismos) como si fuera un asidero imprescindible para mantenernos en pie. Cultivamos el sentido de oposición que nos transforma en ‘contrario’, es decir, que nos sitúa enfrente, que nos marca como adversario. Aquél está arriba, pues yo abajo. Ése dice blanco, pues yo negro.<br />
¿Quién dijo sutilezas, matices, ponderación, acuerdo, tolerancia, comprensión? Las glándulas salivales del entusiasmo colectivo se nos activan con otros manjares: radicalidad, trazo grueso, «pa’ cojones los míos» y leña al mono hasta que aprenda el catecismo.  No sé si es el instinto o la educación ambiental, pero al español le gusta afirmarse en oposición a algo, a alguien; pensar que es ‘radicalmente’ distinto a algo o a alguien. Basta escuchar un rato o leer unas pocas frases –escritas con libertad–  para detectar si detrás de cualquier discurso se perciben los anticuerpos de un espíritu conciliador o intransigente. Si detrás de las palabras mejor o peor ordenadas se agazapa la voluntad de encontrar verdades o de transmitir consignas. Quiero decir que no es muy difícil descubrir la existencia de un espíritu libre (en la medida en que todo hombre puede serlo, no hay que hacerse muchas ilusiones) o a un reproductor de la voz de su amo.<br />
Cuando digo conciliador no estoy pensando en un ‘bienqueda’ como esos  tipos que no saben decir ‘no’ y rehuyen todos los conflictos.  Conciliador no significa indiferente. «Un hombre puede combatir una afirmación con un razonamiento; pero una sana intolerancia», escribió Chesterton, «es el único modo con que un hombre puede combatir una tendencia».<br />
Si la atmósfera que nos rodea está cargada de dogmas, de proposiciones que tienden a convertirse en verdades incuestionables, una sana intolerancia o sentirse como el <a title="Simón de 'La Pirroquia'" href="http://www.youtube.com/watch?v=Yj9XxxV54dg" target="_blank">Simón de ‘La Pirroquia’</a> ayudan a salir del rebaño y a despejarnos la cabeza.</p>
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