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	<title>GRATIS TOTALtrabajo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Los impuestos y el &#8216;selfi del mono&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Sep 2017 18:27:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[LA oenegé FACUA-Consumidores ha denunciado abusos detectados en bares y restaurantes como cobrar por los cubiertos, por el hielo para un café, por el mantel de la mesa, usar el servicio y otras arbitrariedades por el estilo. Entre picos, palas y azadones, mil millones&#8230; La lista de conceptos susceptibles de ser rentabilizados vía impuestos debe [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>LA oenegé FACUA-Consumidores ha denunciado abusos detectados en bares y restaurantes como cobrar por los cubiertos, por el hielo para un café, por el mantel de la mesa, usar el servicio y otras arbitrariedades por el estilo. Entre picos, palas y azadones, mil millones&#8230; La lista de conceptos susceptibles de ser rentabilizados vía impuestos debe de ser tan larga como el afán escrutador del ministro Montoro.<br />
Así de golpe, los intentos de convertir en mero paganini a quien solo busca comer en el restaurante o tomarse algo en el bar pueden parecernos atrabiliarios o desvergonzados, pero bien pensado no es una práctica tan extraña. Basta compararla por ejemplo con la interminable serie de conceptos por los que una entidad financiera, sin ir más lejos, puede cobrarnos comisiones. Yo recuerdo todavía el escándalo que supuso permitir legalmente a la banca que penalizara a los clientes por la devolución anticipada de los créditos. O las ahora famosas ‘cláusulas suelo’. O el oneroso rescate con la excusa de que dejar caer a la banca sería incurrir en ‘riesgo sistémico’&#8230; Al lado de semejantes enjuagues, cobrar por el cubierto en la mesa se queda solo en pillería infantil.<br />
La fijación de impuestos suele ir unida al reconocimiento de un derecho. Un tribunal estadounidense decidió el pasado lunes que los derechos del famoso<a href="http://www.hoy.es/sociedad/ciencia/tribunal-atribuye-fotografo-20170913180644-ntrc.html"> ‘selfi del mono’</a> que se hizo en Indonesia el macaco Naruto al apoderarse de la cámara del fotógrafo David Slater no pertenecen al mono (en realidad hembra de macaco negra con cresta) sino al dueño de la cámara, aunque el fotógrafo deberá donar el 25% de los ingresos que obtenga en el futuro por el «selfi del mono» a organizaciones dedicadas a proteger y mejorar el hábitat de Naruto y de los macacos negros de Indonesia.<br />
¿Pagar impuestos por los robots? <a href="http://www.abc.es/sociedad/abci-bill-gates-opina-robots-deberian-pagar-impuestos-201702201715_noticia.html">Bill Gates</a>, fundador de Microsoft, cree que sería una buena medida a medio plazo para luchar contra los puestos de trabajo que destruirá la la progresiva automatización y el uso masivo de la inteligencia artificial. El secretario general de UGT, Pepe Álvarez, también defiende la posibilidad de que coticen los robots si esas máquinas sustituyen a trabajadores.<br />
¿Debe incluirse entre los paganinis de impuestos a quienes se pasan el día pidendo a Siri o a su correspondiente asistente virtual que les resuelvan tales o cuales cuestiones? ¿Dónde fijar los límites? Y sobre todo, ¿quién se encargará de hacerlo? ¿La ONU?<br />
La periodista y abogada Ángela Murillo planteaba ayer tarde en Facebook una cuestión que ella misma intuye polémica: «A riesgo de que me linchen, opino que los 25.000 perros que viven en Badajoz deberían pagar un impuesto. En otras ciudades los dueños ya pagan una cantidad simbólica por el uso y abuso de la vía pública». Era el breve comentario a una noticia de HOY que enlazaba en su muro: «El parque canino de Badajoz tendrá 7.000 metros cuadrados junto al Puente Real». En fin, que los carguen en la cuenta de Naruto, o en las de los blindados ante el ‘riesgo sistémico’.</p>
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		<title>El porvernir</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Oct 2012 19:08:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Roberto tiene 19 años. Hasta hace poco vivía con su madre, pero como ella no lograba la mitad de los días comida para él ha decidido irse de casa. Se ha marchado al piso de una familia que le ha acogido y a la que conoció porque también ellos iban en ocasiones al mismo comedor social donde acudían él y su madre. La pareja está divorciada, pero conviven juntos porque no pueden permitirse ir cada uno por su lado. Roberto dice que «es gente humilde, como yo» y que está contento con ellos. Les paga ciento y pico euros al mes que los servicios sociales de su ciudad le han conseguido por apuntarse a uno de esos cursos formativos subvencionados.<br />
Roberto no sabe nada de su padre, únicamente que vive en una ciudad lejana y que nunca se ha preocupado por él ni ha contribuido con una ayuda para su sustento. La última vez que lo vio, hace una pila de años, fue el día de la primera comunión. Su abuela paterna, que habita una casa baja en una barriada de las afueras, le dijo que mientras ella viviera no le faltaría para comer. Roberto se acuerda muchas veces de esa frase que es como un asidero, como un refugio calentito donde acurrucarse cuando le resulta demasiado inhóspito el desamparo, la mala suerte y la soledad.<br />
La madre de Roberto tiene un hijo más pequeño de otra relación. Pero Roberto no ve mucho a su hermano. «Es un chavalino que apenas conozco; cuando su padre lo llevaba a casa de mi madre le encantaba jugar conmigo y que le sacara a dar una vuelta por ahí».  Roberto está preocupado porque el curso del que cobra los pocos euros que destina a su familia de ‘acogida’ termina el mes que viene y aún no ha encontrado un trabajo ni una ayuda oficial para el próximo trimestre.<br />
Algunas mañanas se le echa de menos en el aula. Cuando los profesores preguntan el motivo de la falta a clase, los compañeros de Roberto dicen que se ha tenido que marchar porque estaba indispuesto. Pero no es verdad. O no es verdad del todo: las faltas coinciden siempre con los días en que va a ver a su abuela a recoger bolsas con comida y unos pocos eurillos que ella le da como a escondidas&#8230;<br />
A Roberto le gusta una chica que conoce desde que eran niños y jugaban en la orilla del gran río que baña su ciudad. Cuando se cruzan por la calle no puede evitar ruborizarse ni que el corazón se acelere desbocado. Ya no se atreve a hablar con ella y mucho menos quedar para irse al botellón o a ver una película. En realidad, cuando Roberto la ve venir de frente, por la misma acera, se limita a sonreírle y acelera el paso, como si no quisiera mostrar ninguna emoción especial, como si no quisiera desvelar que el corazón, boom, boom, boom, retumba en el pecho como los altavoces de un coche tuneado. En cuanto se cruzan, él gira la cabeza para verla alejarse con la carpeta de estudios. Roberto confía secretamente en que algún día ella vuelva también la cabeza y se crucen las miradas. Sabe que a esa chica le aguarda un futuro mejor, pero se resiste a rendirse, «soy joven y tengo toda la vida por delante», dice para sí mientras pulsa el timbre de la casa de su abuela.</p>
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		<title>El mensaje a García</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jun 2012 20:41:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Uno de los artículos periodísticos más famoso del mundo y con una difusión millonaria durante la vida de su autor se titula ‘Un mensaje a García’. Publicado en marzo de 1899 en una pequeña revista norteamericana, rápidamente fue reeditado como folleto y distribuido gratuitamente por la compañía del ferrocarril y por otras empresas o instituciones [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los artículos periodísticos más famoso del mundo y con una difusión millonaria durante la vida de su autor se titula ‘Un mensaje a García’. Publicado en marzo de 1899 en una pequeña revista norteamericana, rápidamente fue reeditado como folleto y distribuido gratuitamente por la compañía del ferrocarril y por otras empresas o instituciones –incluidos los ejércitos ruso y japonés– que lo tradujeron a prácticamente todos los idiomas de la tierra y multiplicaron su difusión por cifras millonarias.<br />
Escrito apresuradamente en una noche, según su autor, Elbert Hubbard, ‘Un mensaje a García’ parte de un hecho real. Durante la guerra de Estados Unidos con España, el presidente MacKinley necesita ponerse en contacto con un rebelde cubano, el tal García, que se encuentra en un lugar indeterminado de la sierra. Encarga esa misión a un militar, Rowan, quien sin hacer preguntas estúpidas se limita a guardar la carta en una bolsa impermeable. Cuatro días después desembarca de noche en Cuba, se adentra en la manigua y al cabo de tres semanas sale por la otra parte de la isla tras cruzar a pie un país hostil y haber entregado el mensaje al general García.<br />
La pincelada histórica le sirve al autor del pequeño ensayo para reflexionar acerca de cuáles son las diferencias entre la actitud de muchos trabajadores que cualquiera puede encontrar a su alrededor y la de ‘héroes’ como Rowan, esos que actúan con diligencia y cumplen su misión aunque entrañe las dificultades propias de las tareas que no son rutinarias, que exigen decisión, presteza y sobre todo voluntad de llevarlas a cabo. El trabajo bien hecho.<br />
‘Un mensaje a García’ se convirtió en un pequeño ensayo de éxito arrollador porque retrataba con ingenio y sencillez situaciones que se reproducen a diario en los centros de trabajo y cuál es la mentalidad que separa algunas veces al patrón del empleado. O mejor, a los buenos empleadores de los malos empleados. A esos trabajadores remolones que ante un encargo se ponen a formular preguntas capciosas o tan desganadas que le entregarán ganas de decirle: «Está bien, déjelo» y se levantará y lo hará él mismo. Un artículo por el que desfilan  «los eternos disgustados o perezosos» y esos otros que, aun con «aptitudes verdaderamente brillantes» para manejar su propio negocio, abrigan siempre la sospecha de que su patrón lo único que pretende es oprimirles y por tanto «si se le diera un mensaje para que lo llevara a García es probable que  le contestara: ‘Llévelo usted mismo’».<br />
Es verdad que ‘Un mensaje a García’ triunfó y fue difundido a través de tiradas millonarias en un mundo al que empezaba a asustar el fantasma de la lucha de clases y la expansión imparable de ciertas ideas socialistas, comunistas y anarquistas. De ahí que su autor pusiera en duda que en la pobreza haya excelencia y virtud ‘per se’, o que todos los patronos fueran a su vez hábiles y tiranos. Sería cruel e injusto preguntar a cinco millones de parados, víctimas de una crisis que se ha gestado en otras esferas, pero entre los millones que sí tienen empleo, cabe perfectamente la pregunta: ¿Usted llevaría el mensaje a García?</p>
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		<title>El diablo de España</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Apr 2011 22:28:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Todos los días llego media hora tarde a la oficina, pero lo compenso saliendo media hora antes. Hace siglos que en el imaginario popular cristalizó la idea de que en España se trabaja menos que en otros países, y además nos cabe la gloria de haber inventado un género literario y vital: la picaresca. Las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Todos los días llego media hora tarde a la oficina, pero lo compenso saliendo media hora antes. Hace siglos que en el imaginario popular cristalizó la idea de que en España se trabaja menos que en otros países, y además nos cabe la gloria de haber inventado un género literario y vital: la picaresca. Las antologías están llenas a rebosar. Recuerdo el chiste gráfico, tamaño cartel, que contemplé la primera vez que visitaba una imprenta: se veía a un cliente hablando con el encargado, que le contestaba de la siguiente manera: «¿Para cuándo dice que lo quiere?». El resto de la historia lo formaban tres monigotes desternillados de la risa por la ocurrencia del cliente. La metáfora de la agilidad y de la eficacia. Y el buen humor del personal, consciente de cómo funciona el negocio y dispuesto a reírse de sí mismo. </p>
<p>O esa otra escena tan reproducida en la que se observa a un obrero cavando una zanja, rodeado por cinco o seis personas (definidas por un rótulo) que únicamente se dedican a mirar: encargado, jefe de sección, capataz, supervisor, jefe de servicios técnicos, asesor de logística&#8230; En España observamos esa imagen y reímos la ‘ocurrencia’. «Desde luego, hay gente ingeniosa», pensamos sin levantar la voz mientras vamos poniéndole cara a los rótulos del chiste con personajes del ámbito de negocios o empresas conocidas.    </p>
<p>¿Y qué decir de los chistes del tipo: «Están un español, un alemán y un fráncés&#8230;». Nuestra estampa laboral se empeña en el gen pícaro antes que en el gen currante. Ahí va un ejemplo, que arrasa en Internet: </p>
<p>Se muere un alemán y descubre que hay un infierno para cada país. Antes de irse al suyo, pregunta: «¿Qué les hacen aquí a los condenados?». Le explican que durante una hora los ponen en la silla eléctrica, otra hora en una cama de clavos y el resto del día va el diablo y les da latigazos. El alemán se acerca al infierno de los franceses, pregunta qué les hacen allí y le explican que los mismos castigos que a los condenados de Alemania. Entonces observa que la entrada al infierno de España está atiborrada de gente queriendo pasar y vuelve a interesarse: «¿Qué les hacen aquí a los condenados?». Le responden: </p>
<p>–Lo primero, sentarlos en la silla eléctrica durante una hora; después, otra hora los acuestan en una cama con clavos y el resto del día llega el diablo y les da latigazos. </p>
<p>Intrigado, vuelve a preguntar: </p>
<p>–¿Pero por qué hay aquí tanta gente queriendo entrar? </p>
<p>El español le contesta: </p>
<p>–Es que aquí nunca hay luz, los clavos de la cama los han robado y el diablo solo viene, firma y se va. </p>
<p>En el imaginario popular seguimos recortando chistes de Forges para ponerlos junto a la mesa de trabajo, pero el último informe de la OCDE sobre ‘La sociedad de un vistazo’ se ha convertido en un formidable peñascazo contra el luminoso de los tópicos, y más en concreto sobre el relativo al trabajo. Los españoles dedican al trabajo un 20 por ciento más de horas que los alemanes. Si lo sabrán los del Schalke de Raúl y Jurado. Los alemanes se vienen a nuestro infierno por el sol, no por el pícaro diablo.</strong></p>
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		<title>La metamorfosis</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2010 21:46:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando se despertó aquella mañana después de un sueño intranquilo no se acordó de Gregorio Samsa ni de Kafka, sino de los días en que su habitación estaba empapelada con ‘pósters’ de la invasión de Checoslovaquia, del Che Guevara, del Guernica o de la estatua de Pizarro encabezando una fila de emigrantes extremeños que portaban [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando se despertó aquella mañana después de un sueño intranquilo no se acordó de Gregorio Samsa ni de Kafka, sino de los días en que su habitación estaba empapelada con ‘pósters’ de la invasión de Checoslovaquia, del Che Guevara, del Guernica o de la estatua de Pizarro encabezando una fila de emigrantes extremeños que portaban maletas de madera. </p>
<p>En aquel tiempo la juventud sí que era un arma cargada de futuro y no hubiera entendido la ironía de una frase que habría de escuchar muchas veces, años después: «El que a los veinte años no es revolucionario, no tiene corazón, y el que lo sigue siendo a los cuarenta no tiene cabeza». </p>
<p>Se miró ante el espejo y pensó que aún era capaz de reconocer entre los estragos del tiempo y el trabajo la silueta de aquel joven dispuesto a llevarse la vida por delante. Terminó de afeitarse pero se dio cuenta de que una leve brizna de melancolía ensombrecía su mirada. Sonrió al recordar otra frase que repetía últimamente como un mantra: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!, dijeron los agricultores el primer día del Diluvio Universal». Le parecía  muy ingeniosa. Uno de esos blindajes que el humor regala contra la adversidad.</p>
<p>Se dirigió a la habitación donde estaba la biblioteca (una especie de pequeño despacho, decorado con cuadros de sus pintores favoritos) y buscó un libro con las pastas ajadas, uno de esos volúmenes que revelan al primer vistazo su uso frecuente. El libro se titula ‘Las pequeñas virtudes’, de Natalia Ginzburg. </p>
<p>Recordó que uno de los relatos (precisamente el que da título al volumen) lo leyó y lo comentó con su hijo en más de una ocasión. Buscó la página y comenzó a leer: «Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber».</p>
<p>Mentalmente ha repasado toda su vida. Sus años juveniles y de trabajo, con jornadas de doce o catorce horas, en los que muchos festivos y domingos también tocaba arrimar el hombro. Ha mirado hacia atrás sin ira, pero con melancolía. Piensa en cómo han cambiado los tiempos. Y le confirman esa impresión las palabras del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, el autor de ese concepto tan gráfico, «modernidad líquida», para describir la realidad de estos tiempos de globalización, dominados por el mercado. «Actualmente», declara Bauman en una entrevista, «se espera que sean los propios individuos los que conciban soluciones individuales a los problemas sociales. La solidaridad comunitaria ha dado paso a la competencia entre individuos. La sociedad de consumo practica una exclusión más estricta, violenta e implacable que la antigua sociedad productiva». Él piensa que Bauman tiene razón, aunque a muchos esas palabras les suene a literatura.</p>
<p>Entonces comenzó a descolgar los cuadros del despacho, sacó del armario los antiguos ‘pósters’ y empezó a fijarlos, con chinchetas, en las paredes. Y volvió a sonreír.</p>
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