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	<title>GRATIS TOTALTrujillo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Tontos y otros improperios</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Sep 2019 08:41:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[En mis años juveniles tuve un profesor de Historia, don Juan Sanz, del que me he acordado muchas veces no solo por lo que consiguió enseñarnos, sino por la admiración y el respeto casi reverencial que le tributábamos todos. Cuando cursaba 3º o 4º del antiguo Bachillerato, una gripe traicionera me impidió asistir al examen [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En mis años juveniles tuve un profesor de Historia, don Juan Sanz, del que me he acordado muchas veces no solo por lo que consiguió enseñarnos, sino por la admiración y el respeto casi reverencial que le tributábamos todos. Cuando cursaba 3º o 4º del antiguo Bachillerato, una gripe traicionera me impidió asistir al examen trimestral de su asignatura. Aceptó examinarme días después. Aquella mañana, en el aula, junto con todos mis compañeros de curso, hizo que me situara en un pupitre cerca del estrado y mientras sostenía la boquilla de su cigarro en la comisura de sus labios se dirigió a mí:</p>
<p>—Fernández, –dijo– supongo que sabrá las preguntas que les puse a sus compañeros en el examen ¿no?</p>
<p>—Sí –contesté.</p>
<p>—¿No pensará que le voy a poner las mismas?</p>
<p>—No, claro –respondí enseguida.</p>
<p>—Pues tome nota –anunció, mientras formulaba las mismas preguntas del examen del primer día.</p>
<p>Confieso que llevaba bien preparada toda la materia del trimestre, pero de manera especial los temas sobre los que había examinado al resto de la clase. Sabía que su sentido de la justicia y de la ecuanimidad le hubieran desasosegado sobremanera de haberme sometido a otro cuestionario. Pero a la vez, la perspicacia y la práctica docente le empujarían a salvar el trance sometiéndome a ese interrogatorio previo para dejar claro que allí nadie se chupaba el dedo. Lecciones para la concurrencia.</p>
<p>Me he acordado de don Juan Sanz porque <strong>no sé si en estos tiempos en los que la corrección política puede verse reforzada incluso con cámaras en el aula, podrían resultar admisibles algunas de sus muletillas ante las barbaridades estudiantiles: «¡Tontos, tontos; pondría un disco repitiendo todo el día que sois tontos y no lo diría suficientes veces!».</strong> Comparados con el lenguaje de las redes sociales, aquellos improperios –que nos suscitaban sonrisas antes que indignación– no llegan ni a pellizco de monja. <strong>Dice Gracián que «siempre hay tiempo para enviar la palabra, pero no para volverla». De ahí el valor del hombre prudente: «Es fiera la lengua, que si una vez se suelta, es muy dificultosa de poderse volver a encadenar». </strong><strong>Bien podrían aplicárselo algunos políticos cuando hablan de sus contrincantes. Falta fineza y sobra odio. </strong>Eso sí que resulta inadmisible.</p>
<p>Como hombre inteligente, don Juan Sanz cultivaba el humor y la ironía. Recuerdo que un año los alumnos de varios grupos no disponíamos de aula fija y teníamos que ir rotando por las que quedaban libres. En uno de esos trasiegos alguien echó de menos su caja de compás, bigotera y un juego de escuadra y cartabón que guardaba en el pupitre. En cuanto se percató de que habían desaparecido, se lo comunicó a don Juan, el profesor a esa hora. «¿Qué curso ha estado antes aquí?», preguntó él. Se lo dijeron. «Pues vete ahora al aula equis y pregunta por fulano de tal». El alumno salió y al instante volvió con sus materiales de dibujo técnico. «¿Qué te ha dicho?», le interrogó el profesor. «Que creía que eran suyos». «Ya», fue lo único que contestó el profesor. Y todos reímos porque en aquel curso no se estudiaba dibujo.</p>
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		<title>No nos vendemos</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2015 20:05:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En Extremadura no nos sabemos vender. ¿Alguien se imagina qué habrían hecho en Cataluña, por ejemplo, si en vez de conmemorar desde hace trescientos años la melancolía de una derrota pudieran celebrar desde hace cinco siglos el regalo de haber conquistado casi medio continente para la nación? ¿Alguien se imagina qué sería de Cáceres, o de Badajoz o de Mérida y de Jerez de los Caballeros y Trujillo con su patrimonio si en vez de estar enclavados donde están el azar les hubiera situado en otras tierras? Piénsalo, mi buen Yorick, aunque solo sea un minuto.<br />
Aborrezco el sentimiento nacionalista, –me parece como decía el doctor Johnson «el último refugio de los bribones»– pero confieso que siento envidia de esas gentes que aman, conocen y quieren lo suyo con generosidad y sin sectarismo. Que aman lo suyo con coherencia, porque es suyo, por pertenecer a su historia, no por aliento fanático o interés excluyente.<br />
En esta época de turismo mundial y cultura globalizada, la historia no se reduce a cuatro monumentos y unos cuantos paisajes de postal. He comprobado con mis propios ojos cómo los ingleses, por ejemplo, defienden su imagen de marca con la National Gallery los cambios de guardia en el Palacio de Buckingham pero también con las recreaciones de la casa de Sherlock Holmes o las visitas a The Cavern, donde los primeros conciertos de los Beatles. En <a href="http://www.visitbritain.com/es/Destinations-and-Maps/History-and-heritage/Oxford.htm" target="_blank">Oxford</a> he visto verdaderas peregrinaciones de admiradores extasiados ante la Biblioteca Bodleiana o el Christ Church College, recordando escenas de Harry Potter. O a lectores de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ y de ‘El señor de los anillos’ rastreando las huellas de sus autores por tabernas y ‘colleges’.<br />
Nunca olvidaré que en México me llevaron a Coyoacán a visitar el café-librería ‘El Parnaso’, tan frecuentado por García Márquez, Bolaño y otros artistas. Pienso en España y lo primero que se me viene a la cabeza es la casa de Vicente Aleixandre, en Velintonia, 3, a punto de dejárnosla caer&#8230;<br />
Nuestra historia no son únicamente piedras. En Cáceres, por ejemplo, no queda recuerdo público alguno del paso de un genio como Rostropovich. Ni de Premios Nobel como Cela o Saramago. O de Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, por citar casi al azar a dos de los más imperecederos poetas del siglo XX. Hasta una placa recuerda el paso del general Franco por la ciudad, pero ninguna, que yo sepa, celebra la estancia de Sorolla en Plasencia o la de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_L%C3%B3pez_Garc%C3%ADa" target="_blank">Antonio López</a> en Yuste&#8230; Por no recordar, hasta se nos ‘olvida’ el paso de Cervantes por Guadalupe (tan nebuloso, como revela el libro de <a href="http://www.casadellibro.com/libro-los-trabajos-del-viajero-tres-lecturas-de-cervantes/9788476717349/926772" target="_blank">Javier Rodríguez Marcos ‘Los trabajos del viajero’</a>).<br />
Mientras en Berlín ‘venden’ al turista y al visitante rutas y ‘souvenirs’ por los restos del muro, la Isla de los Museos (incluida la antigua vivienda de la señora Merkel) no se olvidan de montar un pequeño museo con las actuaciones del grupo Ramones o de enseñar la ventana del hotel desde la que Michael Jackson amagó con lanzar a uno de sus hijos. ¿Y qué fue de Dire Straits o Ridley Scott en Cáceres? ¿O de Camarón y Joe Cocker en Mérida? ¡Ah, si fuéramos catalanes! </p>
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		<title>Don Donato y Tartarín</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jul 2015 19:47:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En mis años de estudiante en Trujillo nos daba clase de francés en el instituto un profesor, don Donato De la Horra, al que debo entre otras cosas el descubrimiento de esa obra maestra que es ‘Tartarín de Tarascón’, de Alphonse Daudet y algunas lecciones vitales a las que me referiré más adelante.<br />
Don Donato era uno de aquellos profesores de estilo machadiano, de caminar pausado, fiel a sus bares y a un gabán marrón que en mi recuerdo forma parte de su indumentaria como si fuera otra más de sus señas de identidad. De natural bondadoso y tolerante, siempre me transmitió la impresión de un hombre que miraba la vida desde la atalaya de quien conoce el valor de la ironía y también del descreimiento.<br />
Esta semana en que se ha convertido en noticia mundial la caza del león ‘Cecil’, enseguida han venido a mi memoria las andanzas de Tartarín de Tarascón y su caza del león en el Atlas. Pero antes que esos lances terribles de enfrentarse al peligro de la fiera que ruge, lo que he recordado son los descacharrantes episodios de la afición cinegética dominical  de los tarasconeses, quienes dada la ausencia total de piezas de pelo o de pluma a las que disparar, formaban partidas con sus perros, sus morrales y sus escopetas para después quitarse la gorra cada uno, lanzarla al aire con todas sus fuerzas y disparar «al vuelo con perdigones del cinco, del seis o del dos, según se haya convenido».  Y prosigue Daudet: «El que da más veces en su gorra queda proclamado rey de la caza, y por la tarde regresa en triunfo a Tarascón, con la gorra acribillada colgada del cañón de la escopeta, entre ladridos y charangas».<br />
No me extraña que en algunas regiones españolas donde se ha esquilmado la caza los Tartarines de turno acaben imitando a los cazadores de Tarascón y desquitándose contra sus gorras o contra algún otro objeto volandero. Supongo que han desaparecido para siempre aquellos veranos legendarios en los que era posible que un solo cazador durante el rato de la siesta se colgara cuarenta o cincuenta o sesenta tórtolas comunes. Yo conocí aquellos días en las paredes de los Carrascos, muy cerca de Ibahernando, o entre Robledillo de Trujillo y Santa Ana, unos pasos de tórtolas privilegiados hasta los que llegaban incluso cazadores de Portugal cuyos cartuchos ingleses los niños buscábamos y recogíamos después como tesoros de coleccionista. Era desde luego una Extremadura con miles de hectáreas sembradas de trigo, cebada y centeno y encinares y alcornocales sin amenazas de la ‘seca’.<br />
Y basta de caza, que no pretendo convertir esta columna en un manifiesto procinegético ni en una retrospectiva ‘alabanza de aldea’. A quien quiero evocar hoy es a don Donato De la Horra. Recuerdo que un día, poco antes de los exámenes finales de junio,  ofreció la lección, hizo algunas anotaciones en el encerado y nos puso los deberes de costumbre: textos en francés para traducir. Pero antes de acabar la clase nos dio un consejo que he recordado toda mi vida: «Estudien y aprovechen el tiempo porque yo en el examen final no les voy a suspender, pero si no estudian les va a suspender la vida».</p>
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		<title>Faulkner en tren</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 20:28:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El tren ha tenido siempre muy buena literatura, pero en nuestra región por desgracia malas vías y vehículos anticuados. Uno de mis primeros viajes por ferrocarril fue a Salamanca en el desaparecido Ruta de la Plata y en alguno de aquellos automotores renqueantes que al regreso te obligaban a parar de madrugada dos horas y media en la estación de Palazuelo Empalme (ahora denominada Monfragüe) para enlazar con otro tren hasta Cáceres. Por ferrocarril hice mi primer viaje a Lisboa y muchas veces, también de madrugada, cogí el Lusitania Exprés en Cáceres para llegar a Madrid tras innumerables paradas bien entrado el día.<br />
A mí me parece que en Extremadura el tren es un amigo fantasma que aparece a destiempo o que se acaba marchando y si te he visto no me acuerdo. Y no me refiero a aquella línea de Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena para la que se levantaron viaductos, se construyeron muelles y se pusieron vías desde 1928 a 1962 para acabar convertida en una de esas ‘vías verdes’ que algunos jóvenes recorrimos en las peregrinaciones a Guadalupe cuando aún conservaba los carriles y las traviesas antiguas.<br />
Tampoco me refiero a aquella vía fantasma que en la primera edición de ‘Pascual Duarte’ permitía que el protagonista de la novela, ambientada por Cela en Extremadura, llegara desde la provincia de Badajoz a Trujillo&#8230; en tren. Advertido del error, Cela subsanó el fallo en las siguientes ediciones del libro y aquel proyecto de ferrocarril que nunca llegó a levantarse regresó al mundo fantasmal de la imaginación.<br />
No obstante, la metáfora más expresiva de nuestra realidad ferroviaria no está en una novela o en un ensayo sino en las hemerotecas. A quien se le diga que el primer tren Talgo que circuló por vías extremeñas de manera regular lo hizo ¡el 12 de enero de 1988, cuarenta y tantos años después de su puesta en marcha por media España!, tendría que echarse las manos a la cabeza, pero más de indignación que de asombro.<br />
Sin embargo, es sabido que no está en nuestra tradición indignarnos, optamos antes por la resignación. O la excusa anestesiante. Y así nos va. La experiencia prueba que en materia de infraestructuras ferroviarias seguimos siendo, como en la décima de Francisco Gregorio de Salas, «los indios de la nación». Aquí es el último lugar al que llegan –cuando llegan– los avances en materia de infraestructura ferroviaria y el primer lugar del que desaparecen cuando surgen dificultades. Probablemente cuando el AVE auténtico (no sucedáneos) recorra las extensiones del oeste español los avances tecnológicos lo habrán convertido en un modelo obsoleto.<br />
De igual modo que Groucho Marx decía que la televisión es muy educativa porque cada vez que alguien encendía el televisor él se iba a otra parte a leer un libro, en Extremadura podemos argumentar que el tren ha aportado mucho también a la literatura,  pues cuanto más interminables resultan los desplazamientos, de más tiempo disponemos para evadirnos con un buen libro entre la manos. Y ayer que murió Sazatornil, mejor si el libro es del mismo <a href="https://www.youtube.com/watch?v=_-HsaMb8bhw&#038;feature=youtu.be">Faulkner</a>. </p>
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		<title>Adiós a Unamuno</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Nov 2011 21:50:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre 1908 y 1920 don Miguel de Unamuno recorre distintos lugares históricos de la geografía extremeña a los que se acerca con el espíritu crítico y la sinceridad analítica propios de un gigante intelectual. Algunos de los testimonios de esas rutas viajeras fueron reunidos en 2004 en un pequeño volumen con el título ‘Viajes por Extremadura’, dentro del nunca suficientemente elogiado Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura que promovió la Editora Regional.</p>
<p>En ese pequeño librito, una joya que no debería faltar en ninguna de nuestras bibliotecas, Miguel de Unamuno cuenta las impresiones y reflexiones que le suscitan lugares como las Hurdes, Yuste, Guadalupe o Trujillo. Es sabido que el entonces rector de la Universidad de Salamanca y uno de los puntales de la llamada Generación del 98 no era un espíritu complaciente con la realidad de aquella España muchas veces aturdida y bostezante. No vaya nadie buscando la piadosa disculpa en su mirada, aunque tampoco el látigo del juicio displicente o liviano. A Unamuno le ‘dolía España’ y en consecuencia le duelen también muchas de las realidades que, a principios del siglo XX, caracterizan Extremadura.<br />
Producen escozor muchas de sus sentencias y aún, pasado un siglo, nos ruboriza el hecho de que no fueran gratuitas sino que estuvieran cargadas de razón. Comprensivo con los hurdanos y no tanto con la ‘madrastra’ naturaleza que les acoge, Unamuno es implacable con la modorra intelectual, con la pura molicie, que atribuye a buena parte del paisanaje. En un momento dice de Plasencia: «La rodeamos, siguiendo la ronda de su carretera, dejándola en su secular siesta, sólo interrumpida de tiempo en tiempo por las intestinas disensiones de su bélico cabildo, luchas de canónigos que ponen en conmoción al pueblo entero».  En otro punto del trayecto analiza la hostilidad de arrieros, carreteros y trajinantes a los automóviles, porque «les obliga a ir despiertos por los caminos, a no dejarse dormir sobre sus carros, y una de las peores ofensas que a un español puede hacerse es interrumpirle la siesta, obligarle a andar despierto por los caminos de la vida».<br />
Es famosa también su diatriba contra los señoritos que se pasan el día en Trujillo jugando en el casino. Un casino con «una biblioteca pobrísima», solitaria, y un sala de juego atestada. «Todos los que faltaban en la biblioteca sobraban aquí».<br />
Don Miguel retrata, sin embargo, una Extremadura que afortunadamente no existe, que ha sido superada por las circunstancias o que el martillo del tiempo se ha encargado de ajustar&#8230;  Acompañándole en sus caminatas por Extremadura sentimos que nos golpea a veces en lo más íntimo de nuestro orgullo, pero leídos ahora, casi cien años después de haber sido escritos, esos textos tienen más de estampa del pasado que de fotografía del presente. Aunque percibimos también que hay una realidad que se mantiene: padecemos prácticamente las mismas líneas de ferrocarril que hace un siglo y de vez en cuando las dificultades económicas empujan a oleadas enteras de extremeños a la aventura de emigrar, al doloroso trance de abandonar la tierra.</p>
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