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	<title>GRATIS TOTALUnamuno &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>«Un muerto de hambre, de asco y de tristeza»</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jan 2016 22:38:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[España tiene una deuda con Cervantes y temo que no se saldará en este 2016 en que se cumplen 400 años de su muerte. En un país donde la factura con ‘El Quijote’ encabeza desde hace siglos la montaña de impagados el compromiso con su autor es aún más grande pues su figura permanece sepultada [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>España tiene una deuda con Cervantes y temo que no se saldará en este 2016 en que se cumplen 400 años de su muerte. En un país donde la factura con ‘El Quijote’ encabeza desde hace siglos la montaña de impagados el compromiso con su autor es aún más grande pues su figura permanece sepultada entre la proyección universal de sus personajes y el contumaz olvido de sus compatriotas. Si ‘El Quijote’ fue traducido y recibido con aplausos desde el primer momento en Inglaterra –de ahí la nutrida lista de seguidores, admiradores y epígonos– en España no ocurrió lo mismo hasta casi dos siglos después, es decir, hasta que sus méritos nos llegaron agigantados por el prestigio ganado fuera de su tierra.</p>
<p>Según el barómetro del CIS, solo uno de cada cinco españoles confiesa haber completado la lectura de ‘El Quijote’ y entre ellos, más de la mitad, el 54,1% reconoce que lo hizo «por motivos de estudio». En fin, como en las películas americanas: «no hay más preguntas, señoría».</p>
<p>En ‘El cuaderno gris’ cuenta Josep Pla la sorpresa que le causó la lectura en enero de 1919 de ‘Vida de Don Quijote y Sancho’, donde Unamuno presenta a Cervantes como «un pícaro» mientras que Xènius (Eugenio d’Ors) sostenía que Cervantes es un ‘pícaro’ «que se convierte, en la segunda parte de la obra, en un irónico trémolo de blando sentimentalismo». A mí lo que me llama la atención sin embargo es la interrogación que abre unas líneas más abajo el propio Pla: «Me pregunto por qué razón no se habla nunca de Cervantes tal como realmente fue: un hombre muerto de hambre, de asco y de tristeza. Es la impresión que da permanentemente a cualquier persona normal que lo lea».</p>
<p>Desde hace años conservo un facsímil del memorial que Cervantes dirigió en mayo de 1590 al Presidente del Consejo de Indias solicitando que se le concediera algún puesto en América en compensación por sus muchos servicios prestados a Su Majestad tras haber combatido en Italia, haber sido herido en la batalla naval de Lepanto, su paso por Túnez y Orán, sus años de cautivo en Argel después de ser capturado en la galera Sol, hasta sus servicios en Portugal o en Sevilla. De ese texto, de casi la misma extensión que una de nuestras Carta al Director, lo que me asombra es la capacidad para resumir en pocas líneas una vida tan densa como la de Miguel Cervantes a sus 43 años de edad, y sobre todo la respuesta que obtiene del Consejo de Indias, la fría y escueta anotación  al margen de la instancia en la que se resuelve la negativa únicamente con nueve palabras: «Busque por acá en que se le haga merced». Es decir, llame a otra puerta para ver si le atienden.</p>
<p>Con años y días internacionales para todo, ¿cómo no un año Cervantes? Desde luego que sí. Porque la mejor forma de homenajear a un autor es leyendo su obra, en especial ‘El Quijote’, ese libro genial que de niño  hace reír, de joven hace pensar y de viejo hace llorar.</p>
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		<title>A cántaros</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Oct 2014 19:36:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Supongo que la banda sonora para la crónica de este tiempo es la canción ‘A cántaros’, de Pablo Guerrero: «Hay que doler de la vida / hasta creer / que tiene que llover a cántaros». Habrá quien se acuerde de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía&#8230;» y muchos de aquella España, «Me duele [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que la banda sonora para la crónica de este tiempo es la canción <a href="https://www.youtube.com/watch?v=0bId3YSoPrA" target="_blank">‘A cántaros’, de Pablo Guerrero</a>: «Hay que doler de la vida / hasta creer / que tiene que llover a cántaros». Habrá quien se acuerde de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía&#8230;» y muchos de aquella España, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ser_de_Espa%C3%B1a" target="_blank">«Me duele España»</a>, de la que se dolió Unamuno y los integrantes de la generación golpeada por los desastres de 1898 y de un mundo verdaderamente en decadencia. En descomposición.<br />
Como ahora. Bajo unas élites dirigentes  amorales, que no reconocen más dios que el  dinero y con los modos desvergonzados de quienes se atrincheraron en la impunidad, el españolito de a pie lucha por sobrevivir a una crisis que tiene su origen en la voracidad financiera de mercados distintos&#8230; y distantes. Una crisis que a la mayoría le ha llegado ‘sobrevenida’ y no por vivir –como se ha insistido injustamente, tantas veces– por encima de sus posibilidades. Ese españolito que no ha hecho otra cosa que trabajar cuando ha encontrado trabajo, se enfrenta ahora a un doble esfuerzo titánico: resistir los vendavales de la crisis y la podredumbre de los que se aprovechan del poder económico para enriquecerse con el dinero ajeno. La corrupción política apesta.<br />
Supongo que antes o después tendrá que producirse una catarsis, una purificación que rehabilite modos y procedimientos en una sociedad, la nuestra, que ha sido invadida por el virus de la corrupción social. Un virus  lento e implacable que actúa como las termitas, un virus que va socavando el edificio general, la casa de lo común, de todo lo público, hasta convertirlo en algo endeble, hueco, carcomido por galerías inmundas.<br />
No basta con lamentarse. Frente a la corrupción hay que mantener posiciones activas: denunciando, rehuyendo formar parte de ese ‘juego’ y sobre todo, defendiendo posiciones morales –valores, en una palabra– ajenos al albañal de los intereses espurios. Supongo que el rearme moral exigirá bastante tiempo y colosales esfuerzos. Conseguir que en la ética ciudadana no aniden comportamientos como los que subyacen en los escándalos de los casos Gürtel, ERE, ‘tarjetas opacas’ de Caja Madrid, Bárcenas, Pujol, Noós, Malaya, Fabra&#8230; no se logrará de la noche a la mañana.<br />
Requerirá el convencimiento general de que «no todo vale», y de que la picaresca está bien para la historia de la literatura pero no como filosofía de vida española. Exigirá desechar la tolerancia y la aceptación de ese lema tan asumido por algunos de nuestros próceres: «Lo primero, la familia» y «Por la familia, cualquier cosa». Esos lemas que probablemente alimentaron casos como el de Baltar, Fabra, Pujol, Malaya&#8230;<br />
Contra la corrupción no valen las medias tintas. Por otra parte, no creo que la ciudadanía soporte una deriva que incremente de manera progresiva la situación actual. La cuerda está a punto de romperse. No puede estirarse mucho más. Quienes no quieran darse cuenta de la situación es que están ciegos o no viven en este mundo. Tiene que llover a cántaros y hay riesgo –grave– de inundaciones y temporales. </p>
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		<title>Universo futbolero</title>
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		<pubDate>Fri, 23 May 2014 11:22:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El fútbol además de un deporte es una estética. Y  una cantinela. No siempre ha gozado del prestigio intelectual que ilumina, por ejemplo, muchas de las argumentaciones vertidas en las últimas fechas a favor o en contra del estilo esencial del Real Madrid o del Barça o del Atlético de Madrid.<br />
Antes de que se hicieran famosas las trapacerías de Bilardo, o los zig-zagueos éticos de Maradona;  antes de las ‘boutades’ de Helenio Herrera o de las sentencias implacables de César Luis Menotti;  mucho antes de que Vujadin Boskov resumiera el asunto con un sustantivo y un verbo: «Fútbol es fútbol», ese deporte se había convertido en una religión en cuyos devocionarios figuraban oraciones como el poema de Rafael Alberti al portero húngaro Platko o la celebérrima cita de Camus: «Lo que sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Decir que la pasión del fútbol excede lo estrictamente deportivo o del mundo del espectáculo es una obviedad. Basta escuchar cualquiera de las reflexiones que formula Jorge Valdano o las historias que recrea tan hábilmente José Antonio Martín ‘Petón’ para adivinar que detrás de esa pugna de once contra once por un balón existe una mística universal que tiene que ver con el territorio insondable de los hombres. Dicho con menos retórica: «De las cosas sin importancia, el fútbol desde luego es la más importante», que es una frase que no sé quién  pronunció por primera vez porque se la atribuyen a medio mundo. El fútbol es, como dice Eduardo Galeano, un espejo. «Todo lo bueno y lo malo de la condición humana está en la cancha».<br />
Pero al igual que ocurre con otros aspectos de la vida, lo peor no son los protagonistas, sino quienes los rodean, o los actores secundarios. A veces lo peor de un partido no es el partido en sí, sino la versión que intentan transmitirte del mismo o las interpretaciones –generalmente interesadas– que hacen los colaterales. Yo suelo encontrar disfrute en los partidos que presencio, pero no tanto en las versiones de algunos comentaristas, profesionales o aficionados. Digamos que a mí no suelen molestarme las obras de los autores sino las glosas de los testigos. Con sus excepciones, claro está.<br />
Esa literatura futbolera (oral, escrita y visual) me parece que ha dado frutos memorables, antológicos. Pero también genera una cantidad de ruido enorme que lo único que hace es distorsionar la sintonía general. Me refiero a los típicos talibanes de barra de bar que identifican la pasión por un equipo con una garantía de exactitud, con un certificado personal de verdades y aciertos. Esos que piensan –y a veces hasta lo escupen–: «Esto es así porque lo digo yo». «Y ha sido penalti». «Y estaba en fuera de juego». Sin rechistar. Burrancos del argumento y de la insistencia;  gente que te invita a ponerle distancia a tu afición futbolera. A  pesar de todo, me parece que aquí también hemos avanzado y ya no tendría tanto sentido aquella descalificación de Unamuno: «Lo cierto es que todas esas gentes que se pasan media vida hablando de fútbol son gentes que maldita la pena que vale el que hablen de otra cosa». </p>
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		<title>Paisajes del alma</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Mar 2014 09:39:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El paisaje me parece una parcela semiabandonada en el tráfago de la actualidad periodística y literaria. No me refiero a las publicaciones especializadas (algunas verdaderamente antológicas) ni a los reportajes de viajes con fotos como postales que salpican algunas páginas en revistas y diarios. Estoy pensando en esos escritores cuya mirada trascendía la pura descripción geográfica o el censo demográfico (digamos Ponz) y ahondaron en la tradición de los viajeros ilustrados de los siglos XVIII y XIX, una trayectoria donde sobresalen autores que van desde la genialidad de Laurence Sterne con su <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Viaje_sentimental_por_Francia_e_Italia" target="_blank">‘Viaje sentimental por Francia e Italia’ </a>hasta ‘La Biblia en España’, de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/George_Borrow" target="_blank">George Borrow</a>, que tradujo nada menos que don Manuel Azaña.<br />
A mí me gusta la pasión por el paisaje que mostraron los escritores de la Generación del 98, desde Unamuno a <a href="https://archive.org/details/elpaisajedeespa00azor" target="_blank">Azorín</a>, pasando por Baroja y Antonio Machado, hasta las obras de autores más jóvenes como eran Ortega, Gregorio Marañón, Juan Ramón Jiménez, para desembocar en los poetas del 27, empezando por Rafael Alberti y terminando por Luis Cernuda.<br />
Me parece que después del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Camilo_Jos%C3%A9_Cela" target="_blank">‘Viaje a la Alcarria’ </a>de Cela y de varias de las obras de Miguel Delibes, resulta difícil encontrar algo similar a los grandes reportajes literarios de Pla o Cunqueiro, donde el paisaje nunca es fondo de escenario y se convierte en protagonista absoluto. Creo que aquella pasión noventayochista por el paisaje se refugió en los poetas –ahí sigue alumbrando, inagotable, la obra de Claudio Rodríguez– y ha fructificado hasta en las generaciones de la poesía última. Por cierto, aunque no sea este lugar oportuno para recuentos minuciosos, hay que decir que el gusto por el paisaje está muy vivo en la obra de algunos de los grandes poetas nacidos en Extremadura: desde Álvaro Valverde a Ángel Campos, desde Pureza Canelo a Basilio Sánchez o desde José Antonio Zambrano a Santos Domínguez.<br />
Sin embargo, yo echo de menos en las páginas de los periódicos ‘aproximaciones’ al paisaje similares a las que firmó en su día Azorín recorriendo media España. O a las estampas que Unamuno recreó tras las caminatas entre nuestro paisaje y paisanaje.<br />
Ya sé que en la actualidad los medios informativos y técnicos se han multiplicado con las cámaras de fotos, los vídeos, los intercambios de mensajes raudos y triviales&#8230; Y habrá quien repare en que las formas de abordar los asuntos informativos también han crecido exponencialmente. Pero yo no estoy hablando de tecnología y de recursos, sino de emociones. No me refiero a las herramientas con las que se hace el trabajo, sino al trabajo mismo, al fruto del esfuerzo. Es sabido que la belleza del paisaje no está únicamente en el paisaje, sino en la mirada del viajero. Y  más cuando los ojos del que mira trasciende la simple cartografía, si puede decirse así, para capturar y trascender el alma de las cosas. Esas miradas capaces de revelarnos la emoción de la tierra, de nuestros pueblos, de nuestros días felices y también de nuestros anhelos es lo que echo de menos. Pero  sé que esas miradas llenas de humanidad y de poesía nos aguardan.</p>
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		<title>La intrahistoria, claro</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Sep 2013 19:20:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>EL azar y los caprichos de la historia hacen que algunas efemérides se concentren en el calendario como fragmentos a su imán. El 11 de septiembre es una de esas fechas pródigas en conmemoraciones: desde el ominoso golpe de Pinochet en Chile, hasta los terribles ataques del terrorismo islamista en Estados Unidos, pasando por la celebración de la ‘Diada’ que organiza todos los 11 de septiembre el nacionalismo catalán.<br />
Yo soy poco dado a las efemérides porque  en muchos casos me parecen una convención injusta. Quienes estén familiarizados con esa obra monumental que se titula ‘Historia de la vida privada’ (son cinco tomos, pero valen por una biblioteca entera) saben que es relativamente habitual la falta de concordancia entre los acontecimientos que reseña la historia y los que debería ponderar el sentido común o la razón. ¿Quién festeja la efeméride del descubrimiento de la penicilina por  Alexander Fleming? ¿O la efeméride del tratamiento de las aguas, por ejemplo, para el abastecimiento público? ¿Qué día se conmemora la llegada del primer documento impreso a una ciudad? ¿O el de las primeras lavadoras mecánicas a los hogares españoles?<br />
No es que me haya convertido en un relativista empeñado en disentir de las interpretaciones convencionales de la historia y de las valoraciones que trascienden las páginas de los periódicos y quedan en los libros de texto. Allá cada cual con su manera de apreciar e interpretar los acontecimientos de la vida. Lo que quiero decir es que frente a quienes tienden a resumir el pasado en cuatro fechas y unos pocos nombres (generalmente de políticos o representantes públicos) yo prefiero fijarme en aquello que Unamuno llamaba la ‘intrahistoria’ y que son acontecimientos que posiblemente a la larga iluminen más aunque deslumbren menos. Uno de esos acontecimientos que ocupará desde ahora la casilla del 11-S en mi álbum invisible de efemérides es la noticia protagonizada por un equipo de científicos españoles del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) que ha logrado reproducir por primera vez células madre embrionarias en un organismo vivo, hallazgo publicado en la revista ‘Nature’ y con el que se abre, según los especialistas, un esperanzador campo de posibilidades a la llamada ‘medicina regenerativa’.<br />
Más allá de las posibilidades científicas para la regeneración de órganos y otros avances cuya importancia técnica se me escapa, el hallazgo de los investigadores del CNIO me resulta ilusionador por lo que encierra de ejemplo a seguir. Su éxito es fruto del esfuerzo y de la experimentación tenaz, no el producto de un trabajo rutinario y repetitivo. Me resulta estimulante saber que, aun con la que está cayendo en el campo de la investigación y de la ciencia, existen equipos como el que lidera en el CNIO el director del Programa de Oncología Molecular  y jefe del laboratorio de Supresión Tumoral, Manuel Serrano, para seguir trabajando por las cosas que son importantes para la sociedad. Sin distraerse, encima, por el relumbre de otras efemérides. Mi enhorabuena.</p>
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		<title>Ronaldo, otra vez</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jun 2013 20:40:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[DESDE que el fútbol traspasó la delgada línea que separa el puro espíritu deportivo del puro espectáculo de masas, esa nueva religión que se oficia al aire libre no sólo se ha convertido en eficaz sustitutivo de otras pasiones con más trascendencia social sino en un formidable analgésico para tiempos de pocas ofertas atractivas. Quiero [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>DESDE que el fútbol traspasó la delgada línea que separa el puro espíritu deportivo del puro espectáculo de masas, esa nueva religión que se oficia al aire libre no sólo se ha convertido en eficaz sustitutivo de otras pasiones con más trascendencia social sino en un formidable analgésico para tiempos de pocas ofertas atractivas. Quiero decir que en el mercado de la vida actual el fútbol es una alternativa donde volcar los entusiasmos que no suscitan la política o la economía. En ese sentido, los clubes deberían estar subvencionados no sólo por los psiquiatras que nos ahorran sino por las válvulas de escape que proporcionan a una sociedad convulsa y cada día más desencantada.<br />
De la nueva religión que es el fútbol se ha dicho de todo. Y en todos los sentidos. Desde aquella oda que Rafael Alberti dedicó al portero <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Franz_Platko" target="_blank">Platko</a> hasta las palabras displicentes de don Miguel de Unamuno: «Lo cierto es que todas esas gentes que se pasan media vida hablando de fútbol son gentes que maldita la pena que vale el que hablen de otras cosas». Sin embargo, se ha hablado mucho más a favor del llamado ‘deporte rey’ que en contra. Quienes defienden los valores intrínsecos del balompié suelen citar la frase tan conocida del premio Nobel de Literatura Albert Camus: «Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Entre mis preferidas está la de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_V%C3%A1zquez_Montalb%C3%A1n">Manuel Vázquez Montalbán</a>: «El fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño». Breve, clarificadora y precisa.<br />
Recuerdo que a finales de los años noventa le hice una entrevista a Manuel Vázquez Montalbán en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, en el Edificio Valhondo. Además de hablar de literatura y de política, también le pregunté por otra de sus grandes pasiones: el fútbol. En aquellos días se especulaba acerca de si <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ronaldo" target="_blank">Ronaldo</a> (y por entonces no había más ‘ronaldos’ que él, el primigenio y genial Ronaldo Nazario de Lima) aceptaría finalmente romper con el Barça y fichar por otro equipo. Recuerdo que el padre del detective Carvalho me miró extrañado cuando le pregunté su opinión sobre la marcha del delantero brasileño. «Ronaldo no es un futbolista, es una multinacional», contestó como el que señala una obviedad. Los hechos confirmaron al poco su intuición. Aparte de la fidelidad al fútbol, jugadores de ese nivel deben fidelidad al mercado, al negocio. Y el gran Ronaldo se marchó al Inter de Milán tras haber deslumbrado al mundo con su talento.<br />
Ayer leí en este diario que peligra la renovación de Cristiano Ronaldo y que el astro portugués había anunciado en su cuenta de Twitter que los rumores sobre su renovación con el Madrid son falsos. Mientras tanto, en  otros medios periodísticos europeos se especula abiertamente con la posibilidad de que el Mónaco pague 100 millones de euros por él (tiene contrato con el Real Madrid hasta 2015) y le convierta así en el futbolista mejor pagado del mundo con un sueldo anual estratosférico. ¿Hablar de Messi? Para qué. Cualquiera comete un error y en su caso no debe de costarle mucho subsanarlo&#8230;</p>
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		<title>Unamuno, &#039;roñoso&#039;</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2013 20:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A memoria es selectiva y tan infiel como una amante voluble. ¿Por qué es más corta la memoria del favor que la del agravio? «La memoria», decía André Maurois, «es una gran artista: hace de la propia vida una obra de arte y un documento falso». Y Felisberto Hernández subraya el revés de la paradoja: «Olvidar lo malo también es tener memoria». Incluso el saber popular nos advierte con retranca ripiosa ante sus jugarretas. Recuerden el viejo cartel de las tabernas: «Si bebes para olvidar, paga antes de empezar».<br />
A mediados del pasado siglo César González Ruano publicó un libro titulado ‘Siluetas de escritores contemporáneos’, escrito, según confiesa en el prólogo, «de un tirón –nunca mejor dicho, puesto que fue arrancado de la memoria– rápidamente, en poco más de un mes» y «buscando en la tiniebla del recuerdo». En el libro desgrana detalles de una treintena larga de personajes a los que leyó y trató, entre ellos Emilia Pardo Bazán, Unamuno,  Valle Inclán, Benavente, Pío Baroja, Azorín, Blasco Ibañez&#8230;<br />
El retrato que le dedica a Miguel de Unamuno es formidable y sorprendente. Cuenta en primer lugar la admiración que despertaba entonces el vasco, un verdadero mito de la época, y se deleita en prolijos apuntes acerca de su aspecto exterior: las gafas, el chaleco, la camisa, el sombrero, la forma de los zapatos, el corte de pelo&#8230; Se demora después en los recuerdos de la última visita que le hizo en Salamanca. Primavera de 1930; Unamuno tiene ya 66 años y César González Ruano es un joven de veintitantos que le lleva cortésmente las galeradas del libro que ha escrito sobre él: ‘Vida, pensamiento y aventura de Miguel de Unamuno’.<br />
Según relata, hablaron y leyeron en tres lugares diferentes: la casa del ex rector, el café Novelty y el Casino. Unamuno le corrigió alguna fecha y algunos datos. González Ruano escribe de memoria dos décadas después de aquella visita, pero en la silueta de ahora no ahonda en detalles de su libro, ni del pensamiento de Unamuno ni de la vida de Unamuno. Se demora en cambio en acumular menudencias de su carácter maniático y de lo que llama «su sentido reverencial del dinero o, por otro nombre, roñosería».<br />
González Ruano se presenta ante el lector como un joven que había ido hasta Salamanca en coche alquilado, que comió solo porque no le invitó en ningún momento y que siempre pagó las pequeñas consumiciones que fueron haciendo, hasta que, señala, sólo al despedirse, cuando llamó al camarero «para pagar por última vez dos cafés», Unamuno pegó grandes voces y dijo: «¡No, no, no! ¡De ninguna manera! Paguemos cada uno el nuestro». «El café valía treinta o cuarenta céntimos», apostilla Ruano.<br />
Sea producto del azar o fruto de neurociencia inextricable, la memoria es siempre ‘plasmación’ de una realidad poliédrica. Ocurre con las personas y con las sociedades. Saber por qué, pasados veinte años, Ruano hace pivotar todo su relato sobre algo tan tangencial y secundario como la roñosería de Unamuno me resulta tan misterioso como  saber por qué cuando nos señalan la Luna, únicamente recordamos el dedo.</p>
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		<title>La vomitera digital</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 20:24:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la epidermis para que asome, como en aquella serie televisiva de extraterrestres, el ‘lagarto’ que ha colonizado nuestro lado oscuro, el inquisidor de horca y cuchillo dispuesto a arreglar el mundo a su manera.<br />
Uno de los ‘rascadores’ de epidermis más populares lo proporciona Internet y la posibilidad de lanzar pedradas escondiendo la mano tras la confortable trinchera del anonimato. El anonimato funciona aquí como la rejilla del confesionario o el diván del psiquiatra, favorece la vomitera mental, la descarga de munición, con la ventaja de que no hay un cura que te ponga penitencia ni un facultativo que te pase la factura.<br />
Como en un carnaval gigantesco, diseminado entre innumerables ordenadores, el ejército de desinhibidos justicieros apalea a su antojo a quienes se les ponen por delante. Con el antifaz puesto, el trabajo de repartir leña es una actividad muy divertida. Lo digo en serio, lo único bueno de este matonismo digital es lo que tiene de ‘liberación’, de válvula terapéutica para dar rienda suelta a frustraciones económicas, familiares, políticas&#8230;, sin desembocar en ámbitos socialmente más sensibles. Es aquello que les decía el ex ministro Ernest Lluch, asesinado por ETA, a unos indeseables que le insultaban semanas antes del atentado: «¡Gritad! ¡Gritad, porque mientras gritáis no estáis matando!».<br />
Así que nunca falta gente dispuesta a llevarle la contraria a don Miguel de Unamuno con eso de la intolerancia y la razón.<br />
Los periodistas celebramos ayer, convocados por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, una serie de concentraciones en cuarenta ciudades del país para dar lectura a un manifiesto sobre los problemas del sector y bajo el lema general ‘Sin periodistas no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia’. ¿Alguien que utilice la razón, el raciocinio, puede usar ese mensaje –en mi opinión tan certero e inapelable como la ley de la gravedad– no solo para discrepar del lema, sino para ejercitarse en el insulto contra el periodismo y contra todos los miembros del colectivo?<br />
Es un ejemplo entre millones, traído al hilo de la actualidad, no porque desee situarme al otro lado del cristal. El periodista debe huir del protagonismo personal (el protagonista es siempre la información, el reportaje, el entrevistado&#8230;) si no quiere convertirse en una caricatura del mundo del espectáculo o en ‘otra cosa’.<br />
Más ejemplos. Un medio nacional anuncia que ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el nicaragüense Ernesto Cardenal, inmenso poeta, sacerdote de la teología de la liberación y en su día ministro sandinista. Uno de los comentarios a la noticia:  «Penosos, los ‘poemas’ del cura rebotado este. ¿Quién decide los premios, Stalin?». Por lo menos, el ‘mamporro’ ahí viaja rematado con humor.</p>
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